Igualdad (I)

Este gobierno y su partido se han empeñado en que mujeres y varones seamos iguales con inquebrantable determinación pero equivocando el camino que debe seguirse si se desea obtener una verdadera igualdad sexual, que no es el legislativo sino el biomédico. Pues la mayor diferencia entre el hombre y la mujer, la condición que ha definido sus diferentes roles sociales desde la prehistoria, es la maternidad. Mientras ellos, físicamente más fuertes, pasaban el día fuera de la choza o la cueva cazando o guerreando, ellas permanecían tejiendo, cocinando, y cuidando de la prole, tareas fisiológicamente condicionadas por la naturaleza humana, ya que sólo el cuerpo femenino podía (y puede aún) gestar, parir y amamantar, mientras que el masculino estaba mejor dotado para soportar los agotadores esfuerzos de la lucha. La consecuencia fue el sometimiento de la mujer y su relegación casi a sierva del hombre, hecho que perdura en los peores lugares del planeta. Por aquí las cosas han mejorado algo y tras las progresivas conquistas de alma, sufragio, pantalones, curro, paridad y poder, las diferencias sociales entre hombres y mujeres han ido reduciéndose pero sin desaparecer porque obviamente siguen siendo ellas quienes conciben, dan a luz y crían, (y muchas ya de paso hacen la compra, ordenan la casa, lavan, tienden y planchan a pesar de meter las mismas horas que los hombres en su trabajo sí remunerado). De manera que en la edad del ipod, como en la de piedra, la anatomofisiología de la reproducción siguen condicionando esa diferencia entre sexos que obsesiona al ejecutivo. Por tanto, la primera medida para acabar con ella debe ser sacar la gestación del vientre de la mujer. Hoy se puede fecundar en un tubo e implantar el embrión en el útero de otro mamífero y dentro de poco en una máquina incubadora, de modo que mientras el feto crezca en el interior de una estufa o de una oveja mamá podrá dedicarse a las mismas cosas que papá sin las incomodidades del tripón, las revisiones, el parto o la cesárea y la baja maternal. Los hospitales se librarían del marrón de la obstetricia y llegado el momento se abre la incubadora o se sacrifica la oveja y listo; oveja (o perra, vaya) que frente al útero artificial ofrecería la ventaja de poder criarla en casa para no perder los vínculos con el futuro bebé, que al ser iguales para ambos progenitores, observadores externos del embarazo, acabarán para siempre con el mito de la maternidad como causa de la inferioridad de la mujer. El siguiente paso será suprimir por decreto esa servidumbre ancestral de las mujeres que es la lactancia materna, pero esto ya será cosa del otro jueves.

Escrito por: aldama 5 comentarios 11 Jul 2007 URL Permanente

5 comentarios · Escribe aquí tu comentario

tweeta

tweeta dijo

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tweeta

tweeta dijo

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coches a pedales

coches a pedales dijo

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Jose Francisco Gutiérrez Lazpita dijo

Me gusta más el método tradicional y no por ser hombre, creo que también me gustaría si fuese mujer.
A pesar de las evidentes trabas que tiene el ser mujer, debe tener también sus compensaciones. He conocido a poquísimas mujeres que cuando se les pregunta qué les gustaría ser si volviesen a nacer, digan que les gustaría ser hombres.
Yo, personalmente, si volviese a nacer me gustaría ser mujer.
¡Seguro que el Duque de Mantua no!

Pachucha

Pachucha dijo

La naturaleza es obstinada. No sé si podremos con ella.

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Sobre este blog

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El bisturí

Fernando Sáez Aldana (Haro, 1953) es médico traumatólogo y escritor. Ha publicado tres libros de relato breve (La ouija y otros relatos, Armonía y otros cuentos y El decatlon riojano), tres novelas (Hasta los huesos, Kundry y La Casa) y el poemario En el crepúsculo y ha obtenido una docena de premios literarios entre los que destacan el Juan de la Cuesta y el Tiflos de cuento.

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