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Entre visillos

Todo cambia

Cambia lo superficial
Cambia también lo profundo
Cambia el modo de pensar
Cambia todo en este mundo

(Julio Numhauser/Mercedes Sosa)

                 Suenan vientos de cambio de eso no hay duda, aunque no sabemos si el huracán ha de llevarse por delante todo el edificio constitucional o servirá con una reforma de cierto calado para dar respuesta a la decepción que invade el país por los cuatro costados. Ya sabemos que la Constitución de 1978 fue fruto del consenso necesario en una época que precisaba clausurar cuarenta años de dictadura y abrir la puerta a la democracia, era cuando Labordeta cantaba que entre todos haríamos un camino para unidos levantar a “aquellos  que cayeron gritando libertad”. Este tiempo no es aquel, tenemos muchas dificultades pero, al menos, contamos con la libertad de poder cambiar las cosas.

            Estos días el nuevo partido Podemos ha elegido a su secretario general Pablo Iglesias y en su presentación se han escuchado el Canto a la Libertad de Labordeta, la canción de Mercedes Sosa que encabeza esta columna, La estaca de Luis Llach y el poema de Miguel Hernández, Vientos del pueblo. Es decir, están pidiendo cambios con las mismas canciones y con los mismos simbolismos y, probablemente, con la misma ilusión que en aquellos años de la transición, hoy denigrados por algunos, muchos españoles llenamos las calles pidiendo democracia. El grito de lucha era el mismo: “el pueblo unido jamás será vencido”, un aforismo que sigue vigente hoy y será válido mañana cuando de nuevo el sistema que nazca de éste se corrompa o deteriore. Es indudable que muchas cosas han fallado y ¿cuál ha sido la principal?, simplificando mucho las cosas diré que, como siempre, el factor humano. Gentes sencillas salidas del pueblo accedieron a los gobiernos municipales, autonómicos y nacionales y es indudable que muchas cosas cambiaron de golpe y para bien, pero ni lo bueno ni lo malo son eternos. Además si el concepto “pueblo” está repleto de bondad y de generosidad los componentes del pueblo, individualmente considerados, no son todos estupendos. Hay gente maravillosa y hay sinvergüenzas, arribistas e interesados que aprendieron los mecanismos de acceder al poder a través de las estructuras de los partidos que según la Constitución debían vertebrar nuestra democracia y pervirtieron el sistema ante el silencio, el interés o el encubrimiento de muchos porque eran ideológicamente los suyos. El sistema enfermó, se relajaron los controles y hemos llegado al punto en el que la decepción es tan inmensa que precisa cambios radicales.

            Respecto de la Constitución de 1978, madre de nuestro sistema político, hay varias posturas. Podemos quiere hacer saltar los candados del 78, aunque todavía no sabemos cómo. El PSOE aboga por una reforma que selle las vías de agua que están deteriorando el sistema institucional en vigor y no sólo por el grave problema territorial que se está viviendo en Cataluña. Al otro lado está el PP que no quiere que nada cambie aunque el desplome del edificio sea evidente. Se alega por Rajoy que es necesario un amplio consenso para modificarla como lo tuvo para aprobarla. Muchos españoles no podemos olvidar que la Constitución fue modificada en su artículo 135 en el verano de 2011 por acuerdo unilateral del PSOE y del PP, sin refrendo popular y a la velocidad del rayo por imposición exterior. Este hecho todavía hoy pesa como una losa en la credibilidad de los grandes partidos. A España hoy no le queda otra salida que generar cambios profundos y ello precisa modificar la Constitución. Es evidente que el consenso debe buscarse pero no sólo entre los partidos sino, sobre todo, con la sociedad que hoy reclama de nuevo el protagonismo que tuvo en la transición. Soñemos, pero no olvidemos que cuando pase el tiempo, como canta Mercedes Sosa, “lo que cambió ayer, tendrá que cambiar mañana”.

María Antonia San Felipe

Sobre el autor

Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política. "Entre visillos" es un homenaje a Carmen Martín Gaite con esa novela ganó el Premio Nadal en 1957, el año en que yo nací.


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