La Rioja
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Autor: aremesalvillar_501
Sentido y sensibilidad
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Antonio Remesal | 20-07-2017 | 11:57| 0

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Como el título de la novela adaptada tantas veces para el cine y la televisión, “Sentido y Sensibilidad”, son elementos clave en la mecánica de la cata.

 

En la página de hoy veremos como el vino se percibe a través de nuestros sentidos y como de alguna manera todos ellos están implicados en la cata: la vista, el gusto, el olfato, el tacto, y el oído.

 

Si, han leído bien, también el oído. Para algunos a la hora de valorar un vino,  incluso para los supuestamente  más conocedores, el oído es el sentido fundamental. Son los que solo manifiestan su opinión después de haber visto y oído la reacción de otros, son los que prefieren no arriesgar, son los que obvian su apreciación personal acomodando su opinión a la de la mayoría. Se pierde así la espontaneidad, la frescura de una opinión abierta. Y lo peor de todo, si todos cedemos ante la opinión de los que creemos más entendidos el mercado se alinea con patrones muy particulares fijados por críticos o prescriptores que reglan lo que debe y no debe gustar y acaban marcando, inevitablemente, la dirección enológica de los productores. Vinos, distintos, particulares, que tendrían un público determinado acaban sucumbiendo ante la dictadura de los líderes de opinión. Así que ya saben, como en la vida misma, el criterio propio es el que vale: menos oreja para fuera y más oído paro uno mismo.

 

Apostando por las catas ciegas,…y sordas

 

Ahora que parece las catas “ciegas” tienen  cada día más adeptos deberíamos potenciar  las catas “sordas”. Catas donde cada cual valore el vino sin haber escuchado la opinión previa de nadie.

 

Del sentido del oído y del vino les contaré una curiosidad. Me contaban que este ritual nace para que, precisamente, el único sentido que quedaba fuera del protocolo de degustar un vino, con el sonido de las copas al chocar,  entrara también a formar parte del mismo.

 

Como la misma palabra lo dice, el sentido del gusto, es el sentido que principalmente interviene en la cata. Con todo, nuestra capacidad perceptiva respecto a este sentido es limitada. Así, mientras se pueden apreciar miles de olores diferentes, nuestro sentido del gusto solo puede distinguir el dulce, el salado, el ácido y el amargo. A esta lista hay que añadir el umami  conocido popularmente como sabroso. Este quinto sabor, respuesta al glutamato, ácido glutámico, ha sido no hace mucho  identificado como un sabor más, presente en la cocina oriental pero que también se encuentra en alimentos como el jamón o el queso.

 

Los gustos se reciben a través de la lengua en las llamadas papilas gustativas, pero no de manera homogénea en toda ella. Partes de este órgano son más sensibles a determinados sabores,  así por ejemplo, la punta detecta antes el dulce, mientras que el amargo se revela antes y mejor en el fondo de la lengua.

 

El olfato, tanto por la gran variedad de matices capaces de ser percibidos, como por la capacidad que nuestro cerebro tiene para almacenar recuerdos relacionados con el olor, es el sentido que en mayor medida participa en la cata. Algunos enólogos afirman que con solo oler el vino se obtiene el 90% de la información necesaria en la cata. En España se celebran concursos de catadores y sumilleres que conceden el premio llamado “nariz de oro”, lo que es reflejo del papel de este sentido en la cata.

 

Los olores llegan al epitelio sensorial en el interior de nuestra nariz, por el aire en forma de pequeñas partículas volátiles llamadas moléculas olorosas. Solo las sustancias volátiles huelen, por eso una pieza de metal no huele, nada se evapora de ella. Las partículas volátiles  atraviesan la cavidad nasal, o llegan a través de la boca por el conducto de unión cerca de la garganta, al fondo de la nariz. Allí en contacto con unas estructuras ciliadas es recibida la información y  transmitida al cerebro. El cerebro humano está preparado para reconocer miles de olores diferentes (millones según las investigaciones más recientes) que son identificadas de modo parecido a como  se comprueba una llave en su cerradura. Usando la jerga de la cata, después de oler un vino podremos dar nuestra opinión sobre el mismo “en nariz”.

 

El olor está muy ligado a las emociones. El bulbo olfatorio, o parte del cerebro que convierte las sensaciones en percepciones, pertenece al sistema límbico, o grupo de estructuras interconectadas que controla las emociones e impulsos. De ahí que el olor desencadene fácilmente emociones, estados de ánimo o recuerdos. Ningún otro sentido parece estar mejor conectado a la memoria que el olfato.  Y es que el bulbo olfatorio, o región del cerebro que procesa la información procedente de los receptores olfativos, está muy cerca de la que maneja el almacenamiento de los recuerdos. De ahí que mucha gente es capaz de relacionar olores con recuerdos muy concretos. Por otra parte, los olores pueden desencadenar emociones ligados a recuerdos pasados. A mí particularmente, por poner un ejemplo, todavía hoy, el aroma del café recién hecho me lleva de nuevo a mi niñez cuando mi abuelo José lo preparaba cada mañana. También a ustedes les habrá ocurrido como ciertos perfumes u olores desencadenan emociones que creían olvidadas.

 

El gusto, junto con el olor y otras sensaciones experimentadas por el vino, u otro alimento en la boca permiten discernir el sabor. En la lengua existen numerosas terminaciones nerviosas que producen, además de sensaciones gustativas, táctiles y térmicas. La textura y temperatura, y es aquí donde entra el sentido del tacto, de un vino varían significativamente nuestra percepción de los sabores. El resultado de nuestra apreciación táctil y gustativa nos permite valorar el vino “en boca”.

 

Terminamos con el sentido de la vista. A través de nuestros ojos, mediante la compleja estructura que conforma el sentido de la vista percibiremos el color y apariencia visual del vino.

 

Visto, olido y saboreado el vino, o lo que es lo mismo, recibida la información por todos nuestros sentidos, un conjunto de sensaciones se disparan, nuestro cerebro interpreta y procesa los datos.  Pero no todo lo que nuestros sentidos captan procede del vino ni todos tenemos la misma sensibilidad ante la información que nos llega durante el tiempo que trascurre antes de que la copa de vino se consume. Es por eso que el vino que despierta nuestros sentidos, que toca nuestra sensibilidad, que más nos emociona, no suele ser el mejor técnicamente o enológicamente hablando, sino aquel bebido en buen momento y en buena compañía.

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Catar, una experiencia única y muy personal
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Antonio Remesal | 19-07-2017 | 1:22| 0

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No todo el mundo que vive en el área de producción del vino de Rioja es bodeguero, tiene viñas o se gana la vida en el sector del vino. Esto es lo que parece piensa mucha gente cuando visita esta tierra. Al poco tiempo de estar aquí, se dan cuenta que, como casi todos los estereotipos poco tienen que ver con la realidad. Lo que si es verdad es que la gran mayoría de gente que viene a la Denominación lo hace atraído, de una u otra manera, por la cultura del vino y la gastronomía. Raro es el foráneo que no va de vinos y pinchos a la “Laurel” o que visita una bodega para conocer de cerca el proceso enológico y de paso llevarse unas botellas del vino más afamado de España.

 

Con todo esto, no cabe otra cosa que la decepción de nuestro huésped cuando se da cuenta que no somos terratenientes bodegueros y que en el peor de los casos poco más sabemos de enología, que “con uvas se hace el vino”. Pero claro, no es tampoco cosa de decepcionar al visitante, por lo que, bien en la mesa, de bares, o de visita en una bodega, tendremos que ponernos enfrente de una copa de vino para manifestar nuestra opinión enfrente de alguien que espera algo más que eso de “está muy bueno ”.

 

Contrariamente a lo que algunos piensan, para catar no son necesarios grandes conocimientos, únicamente, sentido y sensibilidad, lo demás es cosa de un poco de práctica y para eso, oportunidades no faltan.   Si somos capaces de cogerle el tranquillo, cuando venga alguien a visitarnos verá que aquí en Rioja, el que más y el que menos distingue un cosechero de un crianza, un rosado de un clarete, y que en definitiva, conocemos y sabemos apreciar lo que tenemos. Empecemos pues, por unas nociones de lo que es y trae consigo catar.

 

Mediante la cata (o degustación) se realiza un detallado análisis y evaluación de un vino a través de los sentidos: vista, gusto, olfato e incluso, tacto. Probar un vino para evaluar su calidad es tan antiguo como su producción. Es en el momento que éste se convierte en un bien sujeto al intercambio comercial, entre particulares primero, y más tarde profesionales marchantes, cuando por necesidad aparecen técnicas cada vez más estandarizadas para caracterizar los vinos.

 

Posiblemente, los primeros atributos empleados para ensalzar, o depreciar la calidad de un vino, fueron aquellos que aludían a su capacidad embriagante y a su gusto, para, con el tiempo, irse enriqueciendo la jerga descriptiva. Enseguida, los términos que describen con precisión los sabores, aromas y peculiaridades del producto empiezan a formar parte del lenguaje cotidiano del mundo del vino.

 

Catar es, por consiguiente, probar o degustar con intenciones analíticas, o lo que es lo mismo, con el fin último de valorar la calidad de un producto.

 

El profesional enológico cata para conocer la evolución del vino durante el proceso de elaboración y  actuar en consecuencia (coupages, tratamientos, crianza o embotellado, etc.). El enólogo cata igualmente, para testar tanto su vino como el de otros productores y, también, como lo hace el aficionado, por el simple placer de beber.

 

La cata es un ejercicio de atención, que precisa entrenamiento y concentración. La distancia entre tragar y beber es la misma que entre beber y catar, es por tanto la cata, un paso más en la apreciación gustativa. Sentido, tiempo y atención son requisitos necesarios para empezar a catar, la sensibilidad es muy valiosa, pero se puede entrenar. La memoria…,ese es un don con el que cuentan habitualmente los mejores catadores.

 

Contrariamente a lo que muchos creen, la cata no es una actividad exclusiva para expertos. No es necesario ser enólogo o sumiller para dar nuestra opinión, y nadie sabe mejor que nosotros mismos, cuál es el vino que más nos gusta. Por tanto no hay opiniones correctas y equivocadas, cada uno percibe el vino de manera distinta. Como resultado de cada cata, tendremos una opinión basada en la comparación con vinos probados anteriormente y nuestra experiencia sensorial se habrá enriquecido.

 

Dicho esto, no es de recibo rechazar un vino solo porque no seamos expertos en la materia. ¿Te imaginas a alguien enfrente de una mesa repleta de manjares diciendo “no gracias, no probaré nada yo no entiendo de comida” ?.

 

No te preocupes tampoco si tu opinión habitualmente difiere de la del resto, no por eso eres un mal catador. Catar un vino es una experiencia personal en la que cada uno tiene que sacar sus propias conclusiones. En la cata estas tú a un lado y al otro el vino, como Gary Cooper en “solo ante el peligro”: Tú, tu vaso de vino y nadie en tu ayuda.

 

Estate atento a las sensaciones que el vino nos envía y manifiéstalas abiertamente, sin complejos, sin importar que difieran de las del resto. Al fin y al cabo, “para gustos se hicieron los colores”,  “sobre gustos no hay nada escrito”. Tú eres el que estas experimentando las sensaciones que el vino te transmite, por lo que tú eres el único que tiene voz sobre lo que a ti, particularmente, te gusta o disgusta.

 

Un buen catador no es aquel cuyos gustos coinciden con los de la opinión general o los de la crítica. Un buen catador es aquel que sabe “leer” de un vino hasta la letra pequeña. Aquel que es capaz de captar toda la información que a través de nuestros sentidos el vino nos transmite. Si eres riojano, yo lo soy -siendo la muestra de que no hace falta haber nacido aquí para serlo-, te gusta el vino,  aprovechas cualquier oportunidad para “conocer” nuevos vinos, tienes buena memoria y eres buen comunicador, entonces tienes todos los ingredientes para ser un gran catador.

 

Verás cómo, según te sumerjas en esta amplia y rica área de conocimiento, según vayas probando diferentes vinos,  o visitando bodegas aquí o allá, como tu mochila de conocimientos se hace mayor cada día y como, poco a poco, eres capaz de entender el porqué hay tanta gente apasionada con todo lo relacionado con este mundo.

 

Para concluir, una autocrítica para los profesionales, ¿no vamos algunos demasiado empalados a las catas? Y es que como en la canción “mujeres fatal” de Sabina, “hay mujeres que van al amor como van al trabajo”, hay algunos que lo de catar se lo toman demasiado en serio.

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No hay derecho
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Antonio Remesal | 19-07-2017 | 1:09| 0

La imposibilidad de transmisión del “papel” para plantar viña no ha sido el único derecho suspendido como consecuencia de la nueva regulación europea

Viñedos en Rioja Alavesa

Viñedos en Rioja Alavesa

Por imperativo comunitario hemos pasado de un escenario, ”el anterior a enero de 2016”, en el que el “papel” para viña, o lo que es lo mismo el documento que facultaba la plantación de viña, se compraba y vendía libremente, como cualquier otro bien, a una situación, en el que la transmisión de los derechos es historia pasada.

 

Hasta el 1 de enero de 2016 el derecho para plantar vid se conseguía por una adjudicación de la Administración, un arranque en la misma explotación, o la compra del derecho a un propietario que hubiera arrancado y que renunciara a plantar con el mismo. Al contrario que ahora, bastaba arrancar el viñedo para poder vender, conjunta o separadamente, la tierra y el derecho.

 

Los cambalaches del “papel”

 

El que no podía, o no quería,  comprar derechos pero, aun así, pretendía plantar viña, debía esperar a las adjudicaciones procedentes de la reserva, un reservorio de derechos a nivel nacional, que los políticos manejaban a la perfección y del tiraban periódicamente, cayendo como un regalo del cielo a los agraciados.

 

En un mercado de carestía la especulación estaba servida. La venta de “papel” se convirtió en un negocio sujeto al trapicheo que ni en los más negros tiempos del estraperlo. Los viticultores o intermediarios compraban y vendían, en un mercado paralelo al del viñedo y al de la tierra, el derecho que otorgaba la posibilidad de entrar  en el “Club Rioja” o, si ya se estaba dentro, de aumentar la cuota de participación. Un “club” tan selecto y exclusivo que una acción del mismo, el derecho para plantar una hectárea de viña, llego a cotizarse hasta en 30.000 €.

 

La liberalización del mercado del viñedo será total tarde o temprano, como lo es ya en el sector lácteo y este año lo será en remolacha.  De momento, como antesala del libre mercado, desde el 1 de enero de 2016 los derechos han desaparecido. Para plantar vid es precisa una autorización administrativa, que se diferencia de los  antiguos derechos en que  no son transferibles.  La obtención de “papel” para plantar es solo posible mediante un arranque en la misma explotación o bien por la adjudicación por el Ministerio, cuyas reglas, “emanadas” de Europa, hasta el momento, han dado lugar, al menos en Rioja, a grandes arbitrariedades y que no han dejado satisfechos más que a aquellos que se han aprovechado de las mismas.

 

A tenor de la normativa comunitaria, si se constata demanda, el Ministerio de Agricultura está obligado a ofrecer nuevas autorizaciones para plantación, en una cifra que puede llegar hasta un 1% de la superficie vitícola nacional.  Siempre que a petición de las Denominaciones de Origen correspondientes y, para garantizar la competitividad, el Ministerio decida reducir el porcentaje que se asigne a determinadas regiones.

 

El pasado año de 4173 hectáreas a repartir para toda España 387 correspondieron a Rioja. Dado que la superficie concedida no alcanzó ni para los jóvenes sin viña, los que tenían más puntos con los criterios fijados de reparto, se tuvo que prorratear la asignación en función de la superficie solicitada, correspondiendo a cada uno finalmente el 11% de la superficie pretendida.  En Rioja la mayor parte de las plantaciones fue adjudicada a unos pocos terratenientes (o sus testaferros), mientras los muchos que cumplían las condiciones pero que acreditaron pequeñas superficies de tierra blanca se quedaron con muy poco. Para los viticultores profesionales que necesitaban ampliar su explotación, ni una hectárea, ni siquiera a los jóvenes.

 

Se tuvo la posibilidad de plantear un recurso de alzada contra la resolución del Ministerio en la que se fijaban en 645 hectáreas el crecimiento del potencial vitícola en la Denominación de Origen para 2017 y se mantenían los mismos desafortunados criterios de adjudicación del 2016. No se hizo. Argumentaron pocas posibilidades de que prosperara. No haciendo nada las posibilidades no es que sean pocas, es que son nulas. Ahora todos tachan de auténtica “chapuza” el reparto de 2016, “a buenas horas mangas verdes”. El 2017 será más de lo mismo, las pequeñas modificaciones que se han hecho no evitarán que los “listillos” encuentren fórmulas para saltarse un reglamento que tiene poco margen de maniobra. Por hacer las cosas tarde y mal, tocará de nuevo envainársela.

De las 387 hectáreas repartidas en 2016 para Rioja, 363 se han quedado en La Rioja, 4 han ido para Álava y 20 para Navarra

Por otra parte, el acuerdo tácito en la interprofesional que garantizaba un crecimiento equilibrado en proporción a la superficie de viñedo de cada autonomía perteneciente a la DOC se ha incumplido: el reparto de viñedo en la DOC Rioja no ha sido proporcional a la representación de cada una de las Comunidades Autónomas del Rioja. Si nos referimos al viñedo origen Rioja de cada una de las provincias de la DOC, le correspondería a La Rioja el 70% de las adjudicaciones de nuevas plantaciones,  el 20% a Álava y el 10% a Navarra, cifras que contrastan con las adjudicaciones de 2016, y que seguirán en la misma línea en 2017 y, si no hay acuerdo en el pleno del Consejo, en 2018. No es extraño que los viticultores alaveses se quejen, en 2016 solo 4 hectáreas de las 387 repartidas fueron para Álava.

 

Autorización de nuevas plantaciones para 2018

 

La semana pasada el Ministerio ha puesto a disposición de las organizaciones agrarias un borrador del Real Decreto que modificará para el 2018 los criterios de reparto. Como novedad, parece que experiencia y formación agrícola, serán requisitos que se incorporaran. Se primará a los jóvenes y a los viticultores profesionales. El principio de potenciar las explotaciones más respetuosas con el medio ambiente también entra en el paquete de preferencia en las adjudicaciones. No estaría tampoco de más que se vetara el acceso a plantaciones a los favorecidos por la laxa regulación  de 2016 y 2017 y se limitara el número de  hectáreas por adjudicación. Ya puestos a pedir, yo sugeriría se incluyeran entre los criterios de selección beneficiar a los viticultores que dispongan de mayor porcentaje de viñedo viejo,  contar con la vocación vitícola del terreno donde se pretende plantar y priorizar a los términos municipales en los que el viñedo es el cultivo  tradicional y mayoritario.

 

Aún hay tiempo hasta el 1 de noviembre de 2017 para que la interprofesional del Rioja plantee, por un procedimiento que está perfectamente regulado, recomendaciones al Ministerio  que debe ir precedido por un acuerdo entre las partes representativas de cada zona geográfica. Este debería pasar por que las nuevas plantaciones se dirijan a las zonas, explotaciones y viticultores que, en principio, por condiciones naturales y profesionalidad, garanticen una mayor calidad, aspecto sin duda en el que se deposita el futuro de Rioja.

 

La pelota está, pues, en la interprofesional y el Pleno del Consejo Regulador.  Es el Ministerio y  las Comunidades Autónomas quienes deben recogerla y jugarla bien. Pero ya para 2018.

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El viñedo se echa al monte
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Antonio Remesal | 19-07-2017 | 1:02| 0

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Si la vid fuera una persona diríamos que es “de buen conformar”, vamos, que se adapta sin problemas a las circunstancias.  La poca exigencia del viñedo en cuanto a ecosistema permite hacer vino en los lugares más recónditos del planeta. A prácticamente todas las civilizaciones ha llegado la vid y no para llevar a las mesa su fruto, sino, fundamentalmente, porque con ese fruto se ha hecho vino. Cuando un imperio se expandía había que asegurar la provisión de vino, por lo que si el cultivo de la vid no existía se plantaban vides y se creaba afición enseñando y cultivando (enseñando) a los nativos del lugar.

 

En la antigüedad la vid tuvo su mayor desarrollo en el área mediterránea, donde las condiciones eran las más idóneas para que la uva madurara, donde la suavidad de sus inviernos permitían su supervivencia y las heladas no mermaban de forma irreversible la cosecha.

 

Desde los inicios de la actividad agrícola el hombre ha sabido donde se podía cultivar la viña y donde daba lugar a vinos de mayor calidad. Esto no quiere decir que en aquellos enclaves en que las condiciones no favorecían el cultivo se renunciaba al disfrute del vino. Ni mucho menos, se plantaba en la solana, en las zonas más resguardadas de las heladas, en las menos propensas a plagas y enfermedades y si, aún con esto, la maduración era deficiente, se enriquecía el vino con azúcar o miel para aumentar el grado alcohólico, hacer el vino bebible y, facilitar, de paso, la conservación durante el mayor tiempo posible. Por tales motivos sabemos que la viña ha llegado a prácticamente toda la geografía española. Aunque ahora no se vean viñedos plantados, solo hace falta fijarse en las decoraciones con motivos vitícolas de edificios civiles o religiosos o en las vides aisladas en algunos casos asilvestradas, para constatar su presencia anterior.

 

Desde siempre, allí donde la vid se ha cultivado, las plantaciones se han dirigido a los terrenos más pobres, donde otros cultivos bien por ausencia de agua, pendiente elevada o presencia abundante de piedras o rocas no daban el rendimiento adecuado, mientras que la viña, más rústica, no tenía problemas. El vino ha sido hasta hace pocos años un complemento alimenticio más, pero el pan, las frutas o las hortalizas, eran irreemplazables  y más “señoritos”, por lo que los terrenos agrícolamente más aptos se reservaban  para estos cultivos. Si es verdad que en determinados momentos de la historia en el que el vino ha alcanzado mayor precio, la viña se haya desplazado a terrenos de regadío, pero siempre de manera puntual. La naturaleza del cultivo y su regulación más estricta, comparadas con otros cultivos, aleja a la vid de movimientos especulativos que en otros ámbitos han sido más habituales. La vid necesita al menos 3 años para empezar a producir, tiene gran longevidad y requiere de una autorización para plantar. Así es y ha sido durante siglos,  pero en los últimos 30 años la evolución ha sido más rápida que lo que venía siendo hasta ahora: en unos casos el viñedo se ha extendido rápidamente a latitudes hasta ahora desconocidas, mientras que en otros ha desaparecido o se ha trasladado a otros enclaves distintos.

 

Viñedos de altura

 

Hoy nos centraremos en el fenómeno que está ocurriendo en todo el mundo, el desplazamiento de las plantaciones a cotas más altas. Hasta hace no más de 20 años, la gran mayoría de los viñedos no alcanzaban alturas superiores a los 500 metros,  así con todo, la graduación media del vino era inferior a la actual. Era entonces cuando se fijaba como límite técnicamente recomendable para el cultivo de la vid para vinificación una altitud sobre el nivel del mar inferior a 750 m. Esa era la altura máxima que en Rioja, con contadísimas excepciones, el viñedo se localizaba. Altitud que los técnicos no recomendábamos sobrepasar para que la maduración se completara correctamente. Hoy, esa cifra se supera en las nuevas plantaciones de blanco (tipo de vino en el que se demanda mayor chispa y  riqueza aromática), pero también en tinto. Es por eso que, me atrevería a decir, ningún técnico cuestionaría una plantación únicamente por hacerse a cotas elevadas. Ciñéndonos a la DOC Rioja se asiste a plantaciones a los mismos pies de la Sierra Cantabria, en el monte Yerga, Sierra Carbonera, Montes Obarenes, Sierra de la Hez, Sierra de Moncalvillo, Sierra de Alcarama,…a cotas que ni siquiera nos planteábamos hace apenas unos pocos años.

 

Con todo ello la altura máxima en la que se planta en Rioja todavía queda lejos de la que alcanzan viñedos en nuestra península. Concretamente en la Alpujarra granadina podemos encontrar viñas con altitud próxima a los 1.300 metros. Un poco más lejos, pero también dentro del territorio nacional, en Canarias, al Sur de Tenerife perteneciendo a la D.O. Abona, se pueden ver plantaciones a alrededor de 1.800 metros, las más altas de Europa. Pero, si de records se trata, es necesario ir a los pies del Himalaya para encontrar viñedos aislados cerca de la cota de los 3.000 m.

 

Parece que la plantación en altura se ha convertido en un aval de calidad y es un hecho, que debido al cambio climático se han producido cambios en el fenómeno madurativo. Vemos, básicamente, que las vendimias se adelantan año tras año, los niveles de alcohol aumentan y la acidez cae, perdiendo los vinos frescura y capacidad de guarda. Igualmente observamos en Rioja, como ocurre en otras áreas vitivinícolas mundiales, como localizaciones para el viñedo que antaño, por su altitud, se consideraban extremas e incluso inviables resultan ahora mejor que las tradicionales a menor altura. Sufren de menos estrés térmico, de un menor acoso de enfermedades y plagas y su maduración es más pausada. Estos enclaves en altura dan lugar a vinos con menos graduación, mayor carga aromática, color más estable y mayor acidez; más próximos a los vinos de las, hasta hace poco, áreas naturales o tradicionales de cultivo, que por el cambio climático han modificado su perfil.

 

Estos cambios en el cultivo del viñedo deben hacernos reflexionar sobre hasta que punto límites, o conceptos agronómicos que creíamos inmutables, tienen vigencia, con las condiciones climáticas a las que parece de forma irreversible nuestro planeta va derivando. Los nuevos escenarios están dando  lugar a nuevos retos, a los que el viticultor, el agrónomo y el enólogo deben enfrentarse. Para ello ha de pensarse en soluciones, tanto desde el punto de vista vitícola, con la búsqueda de material vegetal adaptado, diferentes sistemas de cultivo, u opciones, como la que hoy nos ocupa: la plantación en altura. Del mismo modo debe contemplarse la modificación o flexibilización de la normativa vitivinícola que permita el encaje de soluciones que ahora mismo la legislación ni siquiera contempla.

 

Plantar en altura no es solo una moda es también una exigencia consecuencia del cambio climático. Lo demuestran las plantaciones que se han hecho en los últimos años y que han dado en general lugar a vinos muy particulares e interesantes y en la línea de los gustos actuales. ¿Quién sabe si, como en esa serie de televisión, en un futuro no veamos viñedos y bodegas en Ezcaray?.

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Cuatro…y nos conocemos todos
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Antonio Remesal | 17-02-2017 | 10:23| 0

Bodega en Mendavia perteneciente a la DOC Rioja

Rioja tiene más de 500 bodegas inscritas, que se pueden agrupar en 4 modelos de negocio.

Aunque ninguna bodega se puede adscribir totalmente  a un solo grupo. Todas tienen componentes de otras y todas en el fondo son negocios para ganar dinero, hoy me he atrevido con esta simplificación.

Bodegas “románticas”, clásicas, empresas bodegueras y ‘sociedades transvinateras’, son los cuatro grupos en los que he caracterizado las bodegas de Rioja y que conviven en la DOC sin más diferenciación que sus propias marcas.

Juan es un joven emprendedor que, resultado de rendimientos reducidos y una fina práctica vitícola y enológica, lleva tres campañas elaborando un vino excelente. Desgraciadamente no vende una caja. Ojalá tenga suerte, pero probablemente acabe como proveedor de uva o vino a granel de alguna bodega grande, con lo que Juan verá su sueño frustrado y Rioja perderá una gran promesa.

Juan se ha topado con la realidad del mercado, un totum revolutum, en el que cohabitan vinos con calidades diversas y contraetiquetas idénticas. Un mercado gobernado por la tiranía del precio, en el que es tarea imposible distinguirse si no cuentas con una marca consolidada. Éste es el escenario donde gravitan las bodegas de Rioja, que básicamente responden a cuatro patrones:

1. Proyectos románticos. El perfil del bodeguero es el de un/a joven, aunque algunos ya no tanto, la mayoría con ascendientes del mundo del vino y con sólida formación en enología o agronomía que han puesto su pasión y recursos en un proyecto personal. Se abastecen de uva de las mejores viñas: de su familia o que van adquiriendo a vecinos que les miran como bichos raros («¿para qué querrá esta viña vieja que da cuatro racimos?»).
Practican una viticultura respetuosa, de rendimientos reducidos y cuidado escrupuloso de la uva y elaboran vinos «distintos», con técnicas francesas. Empiezan con vinos del año y, en cuanto pueden, compran unas barricas para hacer vinos ‘de autor’, con unos meses de crianza; si les va bien, amplían a 50 el número para hacerse criadores. Son capaces de reflejar en su vino la tierra de donde proceden, pero muchos se quedan en el camino «se puede hacer un vino soberbio en Rioja, lo duro es venderlo», coinciden.
Con esta filosofía encontramos decenas de bodegas en Rioja, algunas de ellas con trayectorias de más de 20 años: unas en la cresta de la ola, con bodegueros elevados a la categoría de gurús, y otras, con menos suerte aunque a veces con vinos excepcionales. Algunos han tenido que aparcar su romanticismo para convertirse en empresas más comerciales. Exportan y venden a distribuidores que buscan algo exclusivo y también a enotecas y restauración. Los que aguantan el tirón y no tienen que «bajar la persiana» son los llamados a ocupar el escalafón más alto: el mismo que el de los Clos de Borgoña o los Crus de Burdeos.

2. Bodegas clásicas. Las tradicionales bodegas de Rioja. Son algunas centenarias, ubicadas casi todas en Rioja Alta y Rioja Alavesa, que elaboran sus mejores vinos con largos periodos de maduración en barrica. Ofrecen vinos con una calidad homogénea año tras año, sin sustancial variación de las ‘recetas’ de sus antepasados. Sus viñedos, situados en enclaves muy propicios para la viticultura, son propios o de proveedores de confianza con los que guardan una relación a veces de muchos años.
Sus vinos visten la mejor mesa, van muchos para exportación, se consumen en restauración o se beben en una comida o celebración especial. Los acostumbrados a los Riojas de siempre son sus clientes fieles. Tratan de mantener precios pero a veces no tienen más remedio que lanzar promociones para «hacer caja».

3. Empresas/bodega. En este grupo se encuentran la mayoría de las pymes bodegueras. Fueron fundadas a partir de los años 70 del siglo pasado hasta hoy, con capitales que han invertido en un negocio atractivo en auge. Practican una viticultura extensiva, con grandes superficies de viñedos de mediana edad, algunos viejos y otros recientes. Gran parte de su uva viene de los viñedos propios y el resto de proveedores, unos fijos y otros no. Sus vinos mantienen una relación calidad/precio muy aceptable en toda la amplia gama. No les falta al menos un vino especial con uvas muy seleccionadas que es el que suele ganar concursos y que exhiben como «buque insignia». Están estas bodegas muy expuestas a los altibajos del mercado pero el viticultor hace de «colchón»: se le paga la uva menos cuando las cosas no pintan bien.
Estas empresas suelen exportar al menos un tercio de la producción a un mercado segmentado por precio con compradores atraídos por una buena calidad a coste competitivo.

4. Sociedades transvinateras. Son compañías que transcienden el ámbito vinícola. Su visión de negocio se podría resumir en ‘business is business’ o, lo que es lo mismo, «el que venga detrás que arree». Son grupos con intereses fuera del sector del vino, incluso del agroalimentario y con otras bodegas fuera de Rioja. Dependen buena parte de proveedores a los que aprietan al máximo con uva de calidad heterogénea.

El enólogo es la mano ejecutora del director comercial y de marketing para hacer una oferta de vinos adaptada al mercado. Desde vinos del año a otros con diferentes crianzas o vinos especiales en partidas pequeñas, hasta vinos ‘No-Rioja’ de excedentes o de otras denominaciones elaborados en empresas del grupo. En cualquier caso, son todos vinos correctos, a precios atractivos. Un número muy reducido de bodegas de este tipo comercializan una buena parte del vino Rioja.

Las sociedades transvinateras hacen políticas agresivas de precio. La marca paraguas, Rioja, les permite gozar, por ahora, de grandes beneficios. Sus costosas campañas publicitarias atraen a clientes que compran más por fama que por prestigio a una bodega grande más que a una gran bodega. Mientras unos buscan darse a conocer otros procuran mantener su statu quo.

Hasta aquí, esta categorización , un simple boceto  que trata de llamar la atención sobre los múltiples intereses que hay en Rioja, sobre las dificultades que las bodegas que apuestan por la calidad tienen para subsistir y sobre el riesgo de que las estructuras económicas más fuertes, en su lucha por mantener su statu quo, acaben fagocitando al resto.

Es por ello, por lo que algunos abogamos por la diferenciación que permita que aquellas empresas que van más allá del beneficio inmediato progresen y se consoliden. Y de paso que el consumidor tenga a su disposición una oferta de vino segmentada, identificable y que responda a sus expectativas.

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Sobre el autor Antonio Remesal
Ingeniero Agrónomo y enólogo. He trabajado en la empresa privada en ámbitos muy variados de la ingeniería. Actualmente en la Administración, en el sector del vino, con el que me siento absolutamente comprometido. Escribo sobre viticultura y enología y, de paso, sobre lo que tercia…Autor del libro “Talking about wine: Rioja”, primer libro monográfico sobre Rioja escrito en inglés.