La Rioja
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El atentado del cura Merino apuntaló en el trono a la reina Isabel II
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Marcelino Izquierdo | 11-02-2012 | 11:41

Cuando se cumple ahora 160 años del intento de regicidio y posterior ejecución del cura Merino los análisis históricos que se están llevando a cabo refuerzan la tesis de que el Gobierno moderado de Bravo Murillo aprovechó la coyuntura para reforzar la imagen de la reina, ya entonces bastante deteriorada. «Mi celebridad se quedará en las estamperías», aseguró Martín Merino días antes de ser ejecutado en la capital de España por regicida. Este sacerdote nacido en Arnedo y apodado el cura Merino intentó asesinar a la reina Isabel II, pero su puñalada sólo pudo herir a la hija de Fernando VII. Muchos quisieron ver en su atentado una conspiración contra la Corona, pero él siempre lo negó.

Atentado en Atocha
El 2 de febrero de 1852 Martín Merino acudió a la madrileña iglesia de Atocha con un puñal oculto bajo el hábito talar. La reina Isabel II acudía a misa por primera vez tras alumbrar a su la infanta Isabel de Borbón, conocida popularmente como ‘La Chata’ y dar gracias por tan venturoso parto, pues sus dos anteriores hijos habían muerto. Fue al salir del oficio cuando Merino, uno más de los sacerdotes que pululaban por el lugar, se inclinó ante ella como si fuera a entregarle algún documento. Por sorpresa, el cura lanzó a la reina una puñalada que bien pareciera mortal de necesidad y sólo la actuación de la comitiva real impidió que el agresor le asestara otra cuchillada. La Reina cayó de espaldas, al tiempo que el coronel de alabarderos Manuel de Mencos se hacía cargo de la princesa recién nacida para protegerla. Esto le valió más tarde recibir el título de marqués del Amparo, que le fue concedido el 2 de septiembre de ese mismo año. El gesto instintivo de protegerse con el brazo y las consistentes ballenas que armaban el corsé de Isabel II, amortiguaron la puñalada y dejaron en herida leve un golpe que pudo ser más grave.
El cura Merino fue detenido de inmediato, juzgado de forma sumaria y condenado a muerte. En los apuntes jurídicos de su causa ya se decía que «entre los papeles que le encontraron tenía uno con el epígrafe de La Conciencia, discurso de oposición al partido Narváez, que entre otras cosas decía que la declaración de la mayoría de S. M. envolvía la burla más sangrienta contra el Estado».
Se trata del libro La Conciencia, páginas escritas por el regicida Merino y publicadas por su abogado defensor, en la Imprenta de Miguel González, en 1854. El propio abogado afirmaba en el preámbulo de este opúsculo de 23 páginas que «las personas que entonces gobernaban la Nación no permitían que se hablase de Merino, su solo nombre los aterraba, así lo comprendimos, y por eso abandonamos nuestro propósito (…). Hoy las circunstancias han cambiado completamente, ya nadie se asusta de nombres». De hecho, el defensor sólo publicó la obra tras el triunfo de la Revolución en España, en 1854, conocida como la Vicalvarada y que puso fin al mandato de Narváez.
Fue entonces cuando se supo que uno de los motivos que impulsaron a Merino a atentar contra la Reina fue el «indigno» fusilamiento de Martín Zurbano. «Los siglos venideros mirarán como una aficción mitológica la sangre de un padre regando las cenizas de sus hijos, todos bañados voluntariamente en su propia sangre para crear el trono, de cuyas órdenes hicieron los ministros viniese su exterminio: no estaba aún cometida la falta y castigada con la muerte de los hijos, cuando los mayores enemigos de la reina sacrificaron a Zurbano que pudo ser culpable, pero nunca digno del fin que tuvo poco honroso por cierto para el reinado de Isabel II».

Muerte a los enemigos
En realidad, el cura Merino contra quien quería atentar era contra Narváez, pero dadas las medidas de seguridad en torno al presidente del Gobierno, volcó su ira hacia Isabel II, curiosamente más desprotegida. A Ramón María Narváez no le había temblado el pulso con sus enemigos, entre ellos el héroe de Varea. Como ejemplo, su frase más famosa: «No puedo perdonar a mis enemigos, porque los he matado a todos».
Mucho se habló de si Merino era, en realidad, la punta de lanza de un complot contra la monarquía, alentado por el propio duque de Montpensier, el gran conspirador. Fue «hijo de rey, cuñado de reina, padre de reina, mortífero duelista y eterno conspirador, fracasó en su empeño de sentarse en el trono de España», afirma el profesor Calvo Poyato. También se habló de una conjura masónica. Pero siglo y medio después no hay prueba alguna. «Señores, voy a decir la verdad como la he dicho toda mi vida. No voy a decir nada ofensivo contra la Reina. El acto que he preparado es un acto exclusivamente de mi voluntad y no tengo cómplices, y sépase que ninguna conspiración ha tenido connivencia ni conexión conmigo», declaró Merino en el juicio.

Isabel II y “Paquita”

Desde el momento que accedió al trono, la imagen de la reina Isabel II comenzó a deteriorarse rápidamente: el pueblo había salido muy harto del reinado de su padre, Fernando VII, y de la posterior guerra civil entre isabelinos y carlistas; el matrimonio entre Isabel y su primo Francisco de Asís –al que la gente motejaba como “Paquita”- iba de escándalo en escándalo, al igual que los escarceos amorosos de la exregente María Cristina; la reina había dejado hacer de su capa un sayo a los moderados, no sólo desde un punto de vista de represión política sino, también, con una gestión que frenaba el librecambismo que imperaba en Europa.

La oportunidad de tocar la fibra del ciudadano de a pie, manipulando la imagen de una joven madre herida nada más bautizar a su hija por un loco, no fue desaprovechada por el jefe de Gobierno, Bravo Murillo. La propaganda oficial se encargó de airear el suceso y de colocar a Isabel II como víctima, buena madre, amante esposa y excelente gobernadora. De hecho, cuando en 1854 la revolución conocida como “La Vicalvarada” derrocó el Gabinete moderado, la reina aguantó sobre su trono y no fue hasta la segundo intentona de 1868 hasta su derrocamiento definitivo.

Nacido en Arnedo

Martín Merino y Gómez había nació en Arnedo en el año 1789. De niño ingresó en la orden franciscana, hábitos que abandonó en 1808 para participar en la Guerra de la Independencia contra la invasión de las tropas de Napoleón Bonaparte. Tras la contienda, retomó los hábitos y llegó a ser ordenado sacerdote. A causa de sus ideas liberales en contra del Rey Fernando VII, se ve obligado a escapar a Francia en 1819 aunque regresó un año después cuando triunfó la revuelta de Riego.

Tras la caída del Trienio Liberal y la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis, Merino fue encarcelado, hasta que logró huir y exiliarse de nuevo en Francia. Allí permaneció durante once años como párroco de una localidad próxima a Burdeos. De regresó a España, instaló su residencia en Madrid, siendo designado capellán de la iglesia de San Sebastián. En el año 1843 ganó una importante suma de dinero en la Lotería, lo que le llevó a practicar la usura. Pero el negocio no fue bien y perdió toda su fortuna, amancebado con más de una criada vivió sus últimos años preparando la conspiración contra Narváez y que culminó con el ataque a Isabel II.

Cinco días después del atentado contra la joven monarca Isabel II, Martín Merino sufrió la pena capital: murió ajusticiado a garrote vil, su cadáver fue quemado y aventadas las cenizas. En realidad, y aunque para su incineración se esgrimieron razones más cercanas a la superchería que a la jurisprudencia, la verdad -como casi siempre- era más simple. «Para evitar que nadie sustrajera ninguna parte del cadáver con el pretexto de estudio y para que no quedase recuerdo alguno del regicida se dispuso en Consejo de Ministros que Martín Merino fuese quemado en una pira funeraria en el mismo cementerio junto a la fosa común y sus cenizas fueran dispersadas en ésta», explica el profesor Reverte Coma.

Los avances científicos registrados en Europa y, sobre todo en la vecina Francia, donde habían sido analizados por equipos científicos multidisciplinares los cráneos de famosos asesinos y malhechores, abrieron el debate médico en España sobre la necesidad de inspeccionar los restos del regicida.

  • María Antonia San Felipe

    Marcelino, da gusto ver un historiador por estos lares que nos cuente cosas que con el tiempo vamos olvidando