La Rioja

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Nuestro hombre en la barra: García, la San Juan de siempre
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Jorge Alacid | 29-03-2017 | 08:08

Marcos, Estefanía, Conchita y Dani, en el García. Foto de Justo Rodríguez

 

El logroñés veterano recordará la calle San Juan previa a su actual encarnación. Una calle de vida comercial riquísima, que contaba con establecimientos de acusado arraigo y que además incorporaba a una larga serie de gremios, como las tiendas de ultramarinos que hoy se baten en retirada (y hubo hasta tres en tan breve tramo), un par de carnicerías y su tienda de lanas. El local de Teo donde se revelaban los carretes familiares, la superlimpieza Mola (en seco), la joyería de Javi y otros clásicos del Logroño inmemorial. Había también bares, por supuesto; como los había en la vecina Ollerías, hoy medio moribunda. Bares que sin embargo no colonizaban toda la calle como ahora es norma: bares que el cliente conspicuo podía recitar porque cabían en los dedos de la mano y memorizarlos era sencillo: sí, el logroñés que peine alguna cana recordará el Duaso y el Noche y Día. Y no olvidará La Esquina o el Torres, que aún resisten aunque reinventados. O el García, que también sobrevive en perfecto estado de revista. Con Dani y Marcos al frente, media vida viendo cómo la calle se transforma. Cómo todo Logroño ha cambiado igualmente.

También ellos mismos han cambiado, ojo. Porque ese mismo logroñés ya entrado en años que recuerde la San Juan en su primigenio estado tal vez fuera uno de tantos parroquianos que tuvo que sortear al propio Marcos cuando de mocoso corría tras un balón, convertida la calle entera en improvisado campo de fútbol. «Jugábamos hasta veinte críos al fútbol aquí mismo», sonríe Marcos mientras señala a la calle. Será más improbable que alguien también conociera las andanzas futbolísticas de su hermano mayor cuando estuvo enrolado en el difunto Huesca Apolo: Dani también se ríe mientras se recuerda a sí mismo enfundándose aquella camiseta, poco antes de viajar a Zaragoza como estudiante recién concluido el COU en el D´Elhuyar y de regresar al hogar familiar, que en su caso adoptaba la forma de bar.

El bar García, en efecto, que su padre tomó en traspaso luego de que su anterior inquilino lo refundara con ese nombre sobre los cimientos del desaparecido Regio. Desde entonces, más de cincuenta años después, el García acompañaba los pasos del logroñés castizo desde una de las calles más cañís, donde la vida ciudadana conoció antaño un dinamismo del que hogaño (ay) carece. Anote usted como herencia de aquel pasado comercial la tienda de curtidos alojada junto al García y casi que pare de contar: bares y más bares. «Hasta 37 contando las dos travesías», anota preciso Dani. Un festín que agradece desde luego el aficionado a deambular entre ellos y también maravilla al nuevo cliente, al cliente moderno: el turista. «Los fines de semana son una locura», confirman al unísono los dos hermanos, a quienes acompañan en su desempeño Conchita (y no Rosa, como por erro apareció en papel prensa) y Estefanía. Un parece que confirmarían todos los veteranos de cada barra de Logroño, que habrán observado la misma evolución que asombra a Dani y Marcos. Un diagnóstico compartido: el parroquiano de toda la vida va desapareciendo, las cuadrillas tradicionales entran en declive y el elemento foráneo releva a todos ellos como corresponde a su linaje: desembarcando los viernes y sábado y despidiéndose los domingos.

Esos domingos «que ya no son lo que eran», apunta Dani, quien subraya que su bar se mantiene fiel a la estirpe de quienes no cierran por descanso dominical. Bares que abren casi de seguido, desde primera hora de la mañana como en su caso, porque disponen de una clientela leal que lo agradece y porque además la familia regenta también la pensión situada enfrente, de modo que sus pasos les llevan casi por inercia hasta la calle San Juan, donde por cierto nació el propio Marcos: eso de ver la vida desde el bar en su caso es algo más que una metáfora.

Otro tanto ocurre con su hermano mayor, quien se ocupa de elaborar por sí mismo los jamones que le han dado justa fama a su negocio «aunque cuando lo llevaban mis padres era también popular el pincho de tortilla». «No creo que entre aquí nadie que no coma algo», aventura, mientras repasa su oferta culinaria deteniéndose en un hito reciente: la ganada celebridad de su cecina, oriunda de Astorga. Que la parroquia ataca mientras la acompaña de una copa de vino, porque aquí cada trago se cuida también con mimo: «Tenemos hasta cinco vinos distintos de cosechero para el chiquiteo».

Embutidos, vinos de Rioja y un servicio fetén y disciplinado: bajo tales atributos, en esta universidad adiestraron a Dani y Marcos sus padres y aquí permanecen ellos resistiendo, depositarios de la esencia de esta calle donde hoy deben iniciarse en nuevas asignaturas. El enoturismo, por ejemplo, acerca hasta el García a esa nueva clientela mucho más entendida que antes en el mundo del Rioja, clientela como se ha dicho adicta al fin de semana: «Aquí de cuatro a ocho de la tarde no se ve un alma», reiteran los dos hermanos, que han observado cómo el rito de las rondas de bares sí se mantiene en ciertos barrios de la periferia mientras deserta del centro de Logroño, dominadas sus calles por las incesantes aperturas de bares. «No sé cómo acabará todo esto ni si la ciudad se lo puede permitir», cabecea Dani. «Hay calles como Portales que ya son casi monotemáticas», añade, con ese punto de ironía que siempre le asoma en los labios: la propia de un filósofo de la escuela senequista, como corresponde a cada hincha del Atlético de Madrid y a todo incondicional del Logroñés. La misma sonrisa que aflora cuando le preguntan por la hora del retiro: «Esperemos que no nos jubilen».

No. Que no jubilen el García. La calle San Juan, la calle San Juan de siempre, no sería lo mismo.

 

Clientes en el García. Una foto antigua de Teo
P.D. El amigo Dani advierte que su afición al universo de los bares no se limita a su actividad profesional: de vez en cuando, se le puede encontrar a este lado de la barra, visitando alguno de sus locales predilectos. Cuando se le pregunta que los enumere, responde lo siguiente: “Uffff”. Lo cual significa que sus favoritos ocupan un ancho espacio en su corazón de cliente y que preferiría no incomodar a nadie. Si se le aprieta un poco, admite que cada bar de la calle San Juan goza de sus complacencias, como el Samaray o el Tastavín, por poner dos ejemplos. Una relación donde incluye al Junco, El Soldado de Tudelila… Y tantos otros.