La Rioja

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El bar de Teo
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Jorge Alacid | 20-01-2017 | 11:54| 1
El fotógrafo Teo, en la exposición de López Osés. Foto de Justo Rodríguez

 

Quien curiosee estos días por la exposición que cuelga de las salas del Ayuntamiento, desbordante de la magia de las imágenes en blanco y negro del Logroño antiguo, tropezará a la entrada con un singular rincón. En los muros de este coqueto apartado observará referencias a un viejo bar de Logroño, que todavía sobrevive en la calle Ingeniero Lacierva. El Siglo XX, que así se llama tal casa, merece de los organizadores (los prodigiosos personajes de la Casa de la Imagen) un capítulo preliminar antes de ingresar en la muestra donde se exhiben las instantáneas del benemérito fotógrafo López Osés. Porque ahí, en aquel bar que poco tenía que ver mediada la pasada centuria con su aspecto actual, impartía magisterio el propio López Osés en compañía de otros miembros de su estirpe: retratistas del Logroño inmemorial. Como Teo, el imprescindible protagonista de estas líneas. Porque aquel bar era el bar de Teo.

Lo confirma el propio interesado con su característico vozarrón, cuya intensidad jamás decae. El octogenario fotógrafo, memoria viva y andante de Logroño, explica que en efecto allá por los años 60 se hizo un hueco con sus colegas de tertulia en el Siglo XX animados por una poderosa razón: que el bar tenía tele. Nada menos. Según sus cálculos, nada menos que la segunda tele instalada en Logroño: la primera se ubicó en la factoría de Estambrera, vaya usted a saber por qué. Para solazar (se supone) a sus trabajadores, de modo que se hurtaba el espectáculo al común del pueblo. Cuya alternativa consistía en peregrinar hasta el Siglo XX, aposentarse ante el vetusto aparato y aguardar: a ver si funcionaba la magia. Porque lo habitual, recuerda Teo, era que la pantalla vomitase aquel añorado universo fantasmal ininteligible, rico en niebla y otros fenómenos similares, hasta que al fin (milagro, milagro) brotaban algunas imágenes y la parroquia se asomaba a la modernidad.

Que en aquel bar tenía nombres vieneses. El programa que concitaba más entusiasmo entre Teo y compañeros de quinta era aquel show protagonizado por el entonces célebre Franz Johan, austriaco él al igual que sus colegas de escena, como la añorada Hertha Frankel, ventrílocua elegantísima que se expresaba a través de la perrita Marilín. Todo, como se ve, muy marciano: sobre todo observado más de cincuenta años después. Pero si el improbable lector, por el contrario, hubiera formado parte de la cofradía de aquellos pioneros del fotoperiodismo logroñés tal vez hubiera experimentado una emoción semejante y lunes tras lunes, el día consagrado a la tertulia, hubiera conducido sus pasos hasta el bar de Teo.

Y no era un bar cualquiera. Lo defendía el exitoso Pepe, quien había ganado justa fama gracias al singular espacio vecino que también llevaba su firma en la calle Oviedo, donde aún sobrevive: el Rincón de Pepe. Con su queso gigante y otras lindas costumbres tan camps, Pepe se hizo un hueco en aquel Logroño y expandió sus dominios a la vuelta de la esquina. En realidad, llevaba los bares en la sangre: heredero de la saga de Los Navarros, aquel legendario local del Logroño castizo, oficiaba como sumo sacerdote en su Siglo XX gracias al respaldo que le concedía su condición de dueño de la única tele dispuesta al público logroñés, así como merced a otras virtudes netamente hosteleras: su barra, por ejemplo. Que Teo recuerda bien provista de distintas golosinas y sus alabadas banderillas.

Se entenderá por lo tanto que allí se estableciera aquella tertulia hoy recuperada por las buenas gentes de Jesús Rocandio: la entrada a la exposición debe por lo tanto entenderse como un homenaje a aquel López Osés (excelente fotógrafo cuya obra merece luego una detenida visita), Teo y resto de contertulios. Como el famoso artista y profesor Vicente Gallego, o como el singular Agustín, cuya pista medio ha perdido Teo: “Era hijo de los que llevaban el bar Turismo de la calle Sagasta y volvió a Logroño después de haber vivido en Londres trabajando como guía”. Llevaba como se ve en la sangre eso del turismo (jeje), lo cual explica su carácter inquieto. O así le recuerda Teo, quien se detiene rememorando una excursión que por aquel tiempo le llevó a bordo de un venerable Seiscientos hasta Burgos, guiado por el propio Pepe y un colega del gremio hostelero (dueño del bar de la estación de autobuses) hasta Ribadelago, municipio burgalés donde en los años 70 brotó nada menos que petróleo.

Los tres amigos volvieron a Logroño sin haber cristalizado su sueño de convertirse en magnates del petrodolar; regresaron a las infinitas tertulias de cada lunes en el bar Siglo XX, donde les daban las tantas hablando de esto y de lo otro. De Picasso, por ejemplo, quien tenía en el pintor Gallego a un defensor incondicional. Hablando, en definitiva, “de todo un poco”, como subraya Teo. Quien añora esas noches interminables, pródigas en vino con gaseosa y otras pócimas de la época; aquel bar que reclamaba la visita puntual de “toda la gente bien de Logroño”; aquel Siglo XX en cuyo cuartito donde se guardaban las botellas el memorable Pepe convirtió un buen día su local en el primero de Logroño con televisión al servicio de sus parroquianos. Que le devolvieron el favor como debería ser norma: prometiéndose a sí mismos no olvidarle.

Así que proeza superada: uno puede pasear por la exposición de López Osés, sumergirse en el Logroño de esos años y detenerse a la salida en el recuerdo de aquel tiempo en que todavía se abrían por la ciudad bares de este linaje. Bares recios, de mobiliario castellano y decoración bizarra: bares, sí. No gastrobares.

 

Vista de la calle Santiago, obra de López Osés

 

P.D. En los muros del Ayuntamiento cuelgan hasta el día 29 las fotos de López Osés, donde el visitante encontrará otras imágenes que celebran el universo logroñés de los bares. Por ejemplo, la ubicada sobre estas líneas: una foto de la calle Santiago, a cuya izquierda se observa un despacho de vinos atendido por la cooperativa Arca de Noé de San Asensio. El mismo espacio donde se instalaría años después el añorado Tifus. El mismo local que hoy ocupa La Jala.

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Aquí hay caldo
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Jorge Alacid | 06-01-2017 | 09:57| 0
Entrada al bar Gil de República Argentina. Foto de Justo Rodríguez

 

Laurel, primera glaciación. En medio del frío invernal, las huellas de los caminantes que peregrinan de bar en bar trazan un surco sobre la acera, orillada la nieve a ambos lados de la calle: dos muretes blanquísimos. Desde el Blanco y Negro baja a gran velocidad un hombrecillo que transporta en un carrito de la compra su mercancía. Ambos (el hombrecillo, el carrito) conocieron días mejores, lo cual no puede decirse del botín oculto en el interior de la bolsa: un jugoso arsenal de reconfortantes patatas calientes. El vendedor las parte en dos mitades según las normas de higiene de la época: es decir, inexistentes. Bajo el mismo criterio que atenta contra la salud pública esparce la sal y luego se marcha hasta el siguiente garito, una vez cobrada la breve miseria que pedía por semejante regalo. Regalo, sí: para nuestros maltrechos estómagos, que agradecían acompañar aquellos vinazos de carretero con algún bocado igual de bizarro y los engullían como si fueran un manjar.

Otra alternativa para combatir el frío ambiente en las eternas rutas invernales por Laurel y alrededores se materializó poco tiempo después. Algunos bares empezaron a repartir caldo entre su clientela, que agradecía de corazón el trago cuando ingresaba entre vaharadas en el local de turno, se calentaba por el método habitual (patadas contra el suelo) y atacaba la bendita pócima a cucharadas (los menos), directamente de la taza a la boca (la mayoría) o con un leve toque de vino blanco (servidor). Vino servido por cierto en porrón, utensilio hogaño casi desaparecido de nuestros bares favoritos: con los inspectores de consumo hemos topado.

La fiebre del caldo se fue popularizando mediados los años 80 y todavía hoy pueden observarse sus efectos en las barras conspicuas. Lo cual resulta una rareza logroñesa: según me asegura cierto forastero, alojado en esta misma casa, por otras tierras no suele ser tan común que los bares despachen caldo. De dónde viene semejante costumbre, me pregunto mientras yo mismo disfruto en casa del reparador tentempié. Me contesta desde el fondo de mi conciencia al maestro Eduardo Gómez, quien me recuerda que hace años ya publicó en Diario LA RIOJA una pieza que reivindicaba aquel universo logroñés donde el caldo aparecía prácticamente en cada barra. Es decir, que no se trataba ni se trata de novedad alguna. Con una particularidad propia de los años de su fundación, allá en el pleistoceno: que entonces, cuando Gómez gastaba pantalón corto, era gratis. Cortesía de la casa. Ahora nos cobran (no mucho; no llega al euro en el Gurugú, por ejemplo) lo que antes era una dádiva, porque los camareros se apiadaban de su gélida parroquia, según una norma implantada, como recuerda el amigo Eduardo, por el desaparecido bar Bilbao de la calle Mayor. “Salía de la cocina el camarero Gallastegui, portando una bandeja con tacitas que distribuía entre la clientela”, refresca su memoria. Aunque ojo: aquella parroquia rumbosa agradecía el detalle y a escote aportaba la voluntad. Unas monedas en la bandeja y al bar siguiente; por ejemplo, el Racimo de Oro de la misma calle, ducho también en el arte de servir caldo.

 

Oferta de caldo en el Gurugú

 

Yo no conocí tal costumbre. Cuando el caldo resucitó ante nosotros, ya era de pago. Pero no era un pago oneroso, de modo que por unas pesetas salías del bar algo mejor de como entrabas. Era usual que, además, al trago de caldo se añadiera el vino preceptivo propio de cada ronda, que también calentaba lo suyo aunque no con carácter tan vertiginoso. Y si además aparecía por allí el hombrecito con las patatas calientes como de contrabando, menú perfecto. Sobre todo, porque se tarifaba a precios muy contenidos. Aquellos caldos de verduras, que en algún caso se adornaban con el conocido perfume a Starlux o Avecrem; esos caldos que en los bares de mayor pedigrí añadían un toque a (hueso de) jamón nos aliviaron en mi mocedad de los rigores invernales. Que por cierto vuelven estos días a golpearnos mientras protagonizamos la misma ruta inmemorial por los bares logroñeses. Lo cual me lleva a confesar que no: que no tengo ni idea de por qué en otras localidades del norte de España nunca llegó a extenderse esta bonita costumbre, pese a que también acompañaba el mismo frío ambiente. Ellas se lo pierden. Ese termo siempre dispuesto, ese chorro que brota entre vapores, esa taza humeante que aguarda sobre el platillo, ese leve toque de porrón… Ah, el caldo. La particular magdalena de Proust de tantos y tantos logroñeses: por allí al fondo, mientras vuelve a nevar en mi imaginación, creo ver si cierro los ojos al hombrecillo que baja desde el Blanco y Negro por la calle Laurel a repartir su mercancía.

Aquella sí que era una auténtica patata caliente.

P.D. Unos minutos patrocinados: Diario LA RIOJA, que con tanta generosidad y paciencia acoge estas correrías por Logroño y sus bares, ofrecerá a su propia parroquia el próximo domingo día 15 una ración de caldo. Sí, caldo: en tetrabrik, de la prestigiosa marca Aneto. Ideal para saborear en casa, aunque también existe la opción de transportarlo a la Laurel, rogar que lo caliente el camarero de confianza y a ver si por ensalmo aparece el hombrecillo con las patatas calientes. Milagros más raros se han visto en esta calle. Y fin de la publicidad.

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Nuestro hombre en la barra: el camarero de los mil bares
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Jorge Alacid | 05-01-2017 | 16:52| 0
Chuchi, ideológo del bar Junco

 

Llega Chuchi al Junco, reparte cien saludos, regala mil sonrisas. Se sirve una cerveza («Tostada, eh?»), se sigue riendo a cada frase y pone a funcionar la moviola. Afuera acampan el frío y la niebla; dentro, guarecidos al calor de la fiel parroquia que jamás le abandona, en efecto Chuchi recuerda. Y recuerda bien, con tino y brío: Logroño, los bares de Logroño que ha defendido desde que se inició en el oficio a los 16 años, le caben en la cabeza. «Yo empecé en El Rincón de Pepe de la calle Oviedo». Primera catarata de imágenes. En blanco y negro: reaparecen ante nuestros ojos el tinto a dos pesetas y el gigantesco queso suizo que decoraba el castizo local que aún mantiene la luz encendida. Procedía Chuchi de Santa María de Cameros («Ponlo, ¿eh?»), población ignota perteneciente a San Román que el cronista no tiene el gusto. Su padre lo puso a trabajar a tan temprana edad, lo cual entonces no era raro, y de allí nace la segunda oleada de recuerdos, ya en color: segunda estación, el Majari de Jorge Vigón, propiedad entonces de otra familia camerana, los Espinosa.

¿Ya le gustaba esta profesión? Chuchi disuelve la pregunta mientras cabecea y sigue sonriendo a su estilo: con los ojos. «No sé, no sé… No sé si me gustó. Yo lo que trataba era de ir disfrutando con lo que tenía en cada momento». Y precisa: «No tengo la sensación de haber elegido este oficio, más bien creo que ocurrió al contrario: que el oficio me eligió a mí». Y del Majari de Ángel Mari y resto de la prole, a la tercera etapa: Vivero, imperial marisquería situada bien cerquita, una cuenta mayúscula del rosario de bares que en aquel tiempo (finales de los 70, primeros 80) alegraban toda esa esquina de Logroño a la hora del vermú masivo. Anote el improbable lector una pausa obligada (servicio militar se llama la figura) y recobre la pista de Chuchi por otros bares de sobresaliente enjundia, como el Borgia de la Gran Vía. Para entonces, nuestro hombre ya se ha permitido alguna escapada a Pamplona, siempre al otro lado de la barra, y su cara le empezará a sonar a quienes por esa época frecuentasen la añorada Zona logroñesa: sí, ese camarero sonriente del Braulio El Loco (pionero en aquella ruta) era Chuchi. El mismo que aguanta en su puesto cuando el pub muta a su siguiente encarnación, bautizada Yesterdey. El mismo que va hilando destinos como camarero aliado con su gran amiga: la casualidad.

Porque por casualidad un día tropezó con otro ilustre de la hostelería logroñesa, el añorado Jesús, que defendía su propio bar allá en Murrieta. «Me preguntó si sabía de algún camarero para un proyecto nuevo que tenía intención de abrir en avenida de Portugal», vacía de nuevo Chuchi su memoria. «Y le dije algo que llevaba tiempo pensando: que algún día tenía que montar yo mi propio bar. Y que si me aceptaba de socio». Corría el año de 1982. La calle era muy distinta a la actual, mal iluminada y deficientemente urbanizada, pero ese Logroño empezaba a conquistar el sur para colonizarlo de bares y saludó con éxito la aventura. Sí, todo era distinto. Distinto como el bar que los dos Jesús pretendían levantar, un bar diferente, «lo cual con sus pros y sus contras, ¿eh?», dispara Chuchi. «Aunque fueron más los pros», acepta. El recién nacido se llamó Junco y como Junco sobrevive en perfecto estado de revista en esta ciudad que tanto ha cambiado con el paso del tiempo. «A mejor, ¿eh?», avisa.

«Cuando inauguramos el Junco pensamos que para hacer lo de siempre, mejor nos quedábamos donde estábamos», sonríe de nuevo Chuchi. De sus andanzas hosteleras por Pamplona se había traído la idea de ofrecer en Logroño una novedad que entonces tuvo carácter casi de conmoción social: zumos y batidos, hoy tan extendidos. Aunque el éxito tardó en llegar («Al principio fue duro, sobre todo los inviernos, claro: a ver quién se pedía entonces un batido en invierno»), finalmente una parroquia muy fiel empezó a poblar su barra y aposentarse en sus veladores. Donde usted la puede ver todavía hoy: y señala Chuchi hacia un grupito de clientes frisando la cuarentena que se desparrama con su chiquillería por el local. «Esos vienen desde que tenían dieciséis o diecisiete años».

Porque, en efecto, el tiempo pasa. Pasa incluso para el propio protagonista de esta historia, que sin embargo promete resistir en su fortín de avenida de Portugal: «No me pesa venir a trabajar». Y lanza la sonrisa número mil: «Además, todos los días me doy cuenta de que aquí dentro soy alguien para la gente, tengo ya una relación distinta con los clientes, casi de amistad». ¿Algo que añore? En la enésima mirada hacia atrás, la sonrisa se nubla: «A mi socio Jesús». El otro Jesús, fallecido hace unos años: «Bueno, yo era y soy Chuchi. A él yo siempre le llamaba don Jesús. Era una gran persona». Confesión postrera: «Sí, es lo único que echo de menos».

Y reflexión final. Explique usted por favor eso de que Logroño y sus bares han cambiado a mejor. Respuesta de Chuchi: «Es que la sociedad entera ha cambiado a mejor. La nuestra es una generación privilegiada, porque nosotros salimos de la nada. De la auténtica nada».

 

Chuchi, con su socio del Junco. Foto de Justo Rodríguez

 

 

P.D. Como suele ser norma en otros hombres del otro lado de la barra consultados en esta serie, también Chuchi se inclina por los bares del Logroño de siempre cuando se le pregunta por sus predilectos. Los locales adonde acude cuando se convierte en cliente y deja de ser camarero. Anote el improbable lector: el García de la calle San Juan, La Travesía de la cercana calle (que en efecto la atraviesa) y dos de Laurel. Por un lado, Sierra La Hez, con su impagable oferta de encurtidos, y el Gargonich.

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¿2017? Nos vemos en los bares
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Jorge Alacid | 30-12-2016 | 11:30| 0
Obra de Diego Ortega y Néstor Santo Tomás

 

Cierra el año y este blog le dedica su última entrada: no sé si el 2016 casi difunto se lo merece, pero como todo quien navega por la red (y por la vida analógica) ofrece su particular resumen, Logroño en sus bares no puede ser menos. Sobre todo, porque uno va recibiendo invitaciones a iniciarse en el noble ejercicio de los balances, listas y otras gaitas y, puesto que se debe a su público como cualquier cantante folclórica, acaba aceptando el reto.

Primera invitación. Javier García, seguidor de twitter a quien no tengo el gusto (pero al que envío un saludo), me propone lo siguiente: “Le animo a que elabore un raking de los bares de Logroño. De hoy y de ayer”. Y aunque también me advierte que semejante desafío “es complicado” de ejecutar, le contesto sin pausa. Porque la respuesta es sencilla: me decanto por los que ya no existen. Los que añoro. El Capri, el Continental y el viejo café La Granja. Y agradezco su oferta de crear con estas cavilaciones mías por los bares de confianza lo que el señor García llama ‘El tripalacisor’. Pero tengo que rechazarla: aparte de que el nombrecito propuesto se las trae, necesitaría otra vida para cumplir con semejante cometido.

Segunda invitación. Que tengo que declinar, amablemente. La creación de unos premios en plan ‘Lo mejor del 2016′, como esos discos recopilatorios a mayor gloria del reggaeton y otras calamidades contemporáneas. Me lo sugerían en una barra de confianza hace unos días y tengo que admitir que estuve dándole vueltas al magín. Pero se me ocurría algo tan poco convencional y un pelo gamberro que acabé por descartar la ocurrencia: todavía aspiro a que me sigan admitiendo en mis queridos bares. ¿Que qué me maliciaba? Algo así.

 

Premio Artadi: al bar donde sirvan peor el vino (de Rioja)

Premio Chicote: al camarero más borde.

Premio Salmonela: al bar con peor higiene

Premio Cruzcampo: al bar donde tiren peor la caña

Premio Tío Gilito: al bar donde tarifen más exageradamente

Premio Bar Turismo: al peor bar de Logroño

Como se ve, unos premios sin futuro. No se me ocurre ningún local que cumpliera semejantes requisitos. Preferí por lo tanto aceptar otra oferta que me hice a mí mismo: recopilar las iniciativas registradas a lo largo del año que más ilusión me han hecho como parroquiano y eventual cronista de la vida secreta de los bares logroñeses. En ese apartado, yo confieso: me tiene ganado el corazón la reapertura del Ibiza. Cuyo diseño recoge encendidas alabanzas como algún reproche, lo cual me parece fetén: viva la libertad. Porque mi alegría nace del mismo hecho de que esté abierto. Lo veo recibir a una clientela entusiasmada con la posibilidad de regresar al viejo café donde tan buenos ratos pasaron unas cuantas generaciones de logroñeses y me parece suficiente. Anoto otras aperturas recientes que me han hecho una ilusión semejante (Moderna Tradición, La Despensa del Marqués, Principal de Portales) y recomiendo los paseos genuinos que cualquiera tiene a su alcance: los de siempre, las rutas por los bares del viejo Logroño, o los itinerarios emergentes. Por ejemplo, el que me regalé la otra noche alrededor del parque Gallarza: Barrio Bar (vermú fetén), Serenella (y su tortilla multipremiada) y El Lagar, que me sorprendió gratamente por su cuidada decoración, esmerado servicio y estupenda oferta de tragos y bocados.

Voy acabando, con la vista puesta en el 2017. Registre el improbable lector en su caletre alguna apertura de postín que ya se anuncia. Una cervecería de inminente inauguración en Portales, allá donde acampaba el comercio de Foto Payá, y la resurrección del imprescindible Tahití de República Argentina, largo tiempo en obras pero anunciando ya su regreso a la actividad. Que se unirían en el nuevo mapa de bares a otra prometida recuperación muy cara a Logroño, la del añorado Baden. De modo que concluyo con un brindis. Por la salud de los beneméritos bares de toda la vida, que recibieron la visita de este blog (Soriano, Sebas, Lorenzo, Iturza, La Taranta y una larga y proteica nómina), por la salud de sus parroquianos y, sobre todo, por la de quienes siguen las andanzas de este blog. Que pronto dará cabida a una pieza en torno al eterno Chuchi del Junco (hoy se publica en el suplemento Degusta de Diario LA RIOJA) y que promete nuevas emociones en el año que se avecina. El 2017, donde seguro que volvemos a vernos donde solemos: en los bares.

P.D. Cualquier balance debería incluir un agradecimiento. Desde luego, estas líneas deben leerse como una demostración de gratitud infinita hacia quienes se sitúan al otro lado de la pantalla. Algunos, viejos (con perdón) conocidos; otros recién conocidos, que se manifiestan sólo a través del éter. Todos, en cualquier caso, se reúnen en una cifra: la de miles de seguidores que alguna vez se han asomado a esta ventana sobre Logroño y sus bares. Si alguien tenía alguna curiosidad (yo desde luego la tenía; vanidad, supongo), le dejo como regalo de Reyes la lista de las diez entradas más vistas este año, con un claro ganador: aquel artículo dedicado al cachopo, como se refleja en este dibujito que decora estas líneas, debido al ingenio del maestro Diego Ortega y del benemérito Néstor Santo Tomás. A quien también le doy las gracias.

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Regreso al Villa Rica
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Jorge Alacid | 23-12-2016 | 12:00| 0
La entrada del Villa Rica de la calle Laurel. Foto de Justo Rodríguez

 

Hace una semana, publiqué en este mismo espacio una entrada dedicada a glosar al venerable Villa Rica de la calle Laurel, disparando los recuerdos de su época más gloriosa para mí a partir de una imagen donde un grupo de colegas de generación disfrutaban del bar y de su célebre juego del volante. Aquel dibujo, debido al ingenio de Néstor Santo Tomás a quien no me canso de agradecer su suculenta contribución, también disparó la nostalgia de unos cuantos lectores, a quienes igualmente agradezco sus felicitaciones y comentarios. Entre ellos, los de un antiguo colaborador de esta sección, el amigo Poty Foronda. Quien se vuelve a animar a compartir sus reflexiones, puestas por escrito con la clase que le distingue en sus correrías literarias. Así que, con mi gratitud eterna, publico a continuación el artículo que firma el señor Foronda. Espero que os guste tanto como a mí.

 

RODANDO EN EL VILLA RICA

 

Regresa de tomar un café con Jorge, me hace sentar frente a la máquina y me pide que escriba. Empieza confesándome que su aversión a las máquinas electrónicas le viene de la adolescencia. Es firme: era un maula. No tardó en darse cuenta. Un poco más en asumirlo, reconoce. Se conformó entonces con mirar, callar y dar tabaco. Mirar las bolas de los futbolines y los flippers del Toky. Callar ante cualquier pirula. Y, más que dar tabaco, sonríe, a darle unas caladas al cigarrillo que pasara por delante.

Cuando abandonó los recreativos y encontró refugio en los bares, las máquinas también cambiaron. Las máquinas mecánicas (petacos, futbolín, billar) dejaban su espacio a las primeras consolas de videojuegos (murmulla algo del Space Invaders y el pimpón del Tívoli) y a las tragaperras.

Sin embargo, sobrevivían algunas máquinas de habilidad analógica en locales impermeables a la modernidad. Uno de ellos era el Villa Rica: un bar con tres puertas en la mejor esquina de la Senda. Me pide que lo describa en tres brochazos: una barra llena de cazuelas de albóndigas, cazuelillas de callos y platos con banderillas dispuestas a convertirse en el almuerzo, la merienda o el bocado de hombres de paso (todo demasiado viejuno como para llamarlo pincho, rumia); unas mesas y unas sillas de formica al fondo, un retrete (en el que se acertaba mejor borracho, ironiza), clarete de San Asensio y unas máquinas sin bits. Estas máquinas eran la razón por la que me hace escribir.

Una de esas máquinas estaba apoyada sobre el alféizar de la ventana que daba a Albornoz. Era un cajón con un volante con el que conducían, rodando de canto, una moneda (¿de pela, de duro?, no concreta) hasta llevarla a la meta por un circuito con curvas a izquierda y derecha. Cada una de las curvas tenía más caída en los extremos que la anterior. Él no superó jamás la segunda curva, reconoce. Como el premio no consistía en otra cosa que en recuperar la moneda, el dueño regalaba un mechero Bic a quien completaba el circuito. Pero antes había que avisarle en la última curva, pues no creía en milagros. Algunos tíos eran tan habilidosos que daban la última curva como Laudrup sus pases: mirando al árbitro. Y los había tan virgueros, me asegura, que llegados a esa última curva recorrían el circuito al revés, haciendo rodar hacia atrás y saltar hacia arriba la moneda. Él miraba, callaba y le daba unas caladas a lo que pasara.

La otra máquina, con la que uno se tropezaba nada más entrar, era una tragaperras, aunque no del estilo de las que llenaban de herraduras, campanas y vómitos metálicos los bares de la ciudad. Era como un flipper, tal vez algo más pequeña y con la pendiente de la base cambiada. Metían el duro por una ranura y la veías bajar por el canalillo, dirigible con una palanquita, y después rodar, con la expectativa de que hiciera diana contra alguno de los bolos que colgaban de unas lengüetas al fondo. Dependiendo del que acertaran caían dos, seis, diez o veinte duros. A diferencia de las máquinas de petacos, esta carecía de dispositivo de seguridad, por lo que en ocasiones la levantaban y la dejaban caer de golpe, con lo que lo bolos temblaban y soltaba unos duros. La máquina duró en el bar hasta que alguien hizo un agujerillo en el lateral, a la altura de los bolos, y con un alambre daba en el más cercano. Fue reemplazada por una tragaperras Ajofrín, una máquina fea y ruidosa, que, a pesar de ello, le alegró más de una noche en la que estaba, él me lo dice como en un blues, down and out.

La memoria es infiel, se defiende. Le gusta ordenar el caos de recuerdos que se amontonan cuando uno empieza a hurgar en ella, como queriendo llenar la nada infernal del olvido. La escritura busca hacer verosímil la memoria. Por eso me pide que coloque al final de la barra, junto al teléfono público, un tarro de cristal con el juego más analógico que conserva. Lo coloco allí donde me pide, aunque puede que estuviera en el Bretón (el de la Mayor) o en El Porvenir (en Herrerías). El juego consiste en colocar una moneda encima de un limón que flotaba en un tarro lleno de agua. Quien deja su moneda sobre el limón, se lleva todas las monedas. Suena sencillo. Asegura que el fondo estaba lleno de monedas.

Miró. Calló. Fumó. Nunca vio ganar a nadie. Y un día el bote, el limón y las monedas desaparecieron. Después él, la juventud, etc. Más tarde el matrimonio que lo regentaba (el hombre tenía el pelo como Moe Szyslak; la mujer, las pestañas como Marge). Aunque el Villa Rica sigue en la misma esquina (me hace comprobarlo en Google, él tampoco ha vuelto). Las máquinas son ya nosotros. No sé a quién cita cuando me dice que estamos hechos de la misma pasta que nuestros sueños. Le gustaba pensarlo entonces, mientras veía rodar las bolas en el Toky, mientras las monedas por las máquinas del Villa Rica, mientras se sentía como un canto rodado. Tantos años después, con los sueños intactos, se va por el pasillo diciendo que estamos hechos de la misma naturaleza de nuestros recuerdos. Y me deja tranquilo.

José Ignacio Foronda, replicante.

 

Dibujo del Villa Rica, obra de Néstor Santo Tomás

 

P. D. Menciona Foronda el replicante la incógnita desatada en torno a qué obtenía de premio el improbable as del volante que concluyera con éxito el circuito. Hay distintas versiones. Dos corresponsales del blog ofrecieron la suya: para quien se apoda nada menos que Bomberomauri, de premio el dueño regalaba un mechero. Y para el denominado ruizpra_4769, el premio consistía en “recuperar la misma peseta que el jugador había introducido”. “No salías más rico, pero sí más orgulloso”, añade. Más exactos parecen los recuerdos de Juan Luis Varona, el interlocutor que me puso sobre la pista del dibujo de Néstor, quien aparece por cierto inmortalizado en esa viñeta con el resto de la cuadrilla. Esto me cuenta, de nuevo con mi agradecimiento infinito por su amabilidad y buena memoria: “El premio fue variando con los años y con la pericia que iban adquiriendo los jugadores. Yo llegué a bajar la peseta (creo que era una peseta, pero quizás un duro, realmente de eso no estoy seguro) alguna vez, jajaja”. Y añade: “El que está jugando el el dibujo era el súper especialista de mi cuadrilla (uno de los hermanos de Néstor). La bajaba casi siempre. Lo complicado era parar la moneda justo en la última línea justo antes de caer, para poder enseñarle al del bar que la habías bajado. Tras eso, recuperabas la moneda y el del bar te hacía otro sorteo. Tiraba el dado con un cubilete que dejaba cubierto. Unas veces era con dado de póker y tenías que acertar el color. Otras, era un dado normal y tenías que acertar el número. Si acertabas, te regalaba un mechero”. Lo cual confirma lo que uno sospechaba: que en aquellos años, uno se conformaba con cualquier cosa. Sobre todo en la calle Laurel.

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El volante del Villa Rica
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Jorge Alacid | 16-12-2016 | 09:31| 2
Néstor Santo Tomás dibujó a su cuadrilla en el Villa Rica de esta guisa en los años 80

 

Tomarse unos vinos por la calle Laurel exigía en mi mocedad el estricto cumplimiento de una serie de ritos que, luego de confirmarse, concedían a quienes superasen tales pruebas el carné de logroñés. Algunos ya se han citado aquí. Por ejemplo, aposentarse a comer pipas en la ventana del Tívoli, otro tanto en el alféizar del Taza. Engullir en invierno patatas asadas, que no calentaban tanto el estómago como las manos. Adivinar cuándo abría el Blanco y Negro, por supuesto. Someterse a la inclemencia del frío invernal en el wáter del Bambi, desde luego. Y hablando de wáteres, taza y media, con perdón: en el Villa Rica de la esquina con Albornoz aguardaba un examen doble. Hacer puntería en su inodoro de pedales (que tanto ayudó a reforzar nuestros abductores) e iniciar las prácticas del carné de conducir pilotando esa maquinita que se ofrecía a mano derecha según se entraba.

Esto último no era sencillo. Para empezar, porque solía estar ocupada. Los pasatiempos de aquella época eran tan escasos que cualquier nadería disparaba el entusiasmo y concitaba el interés de la potencial clientela. Además, había que aprovisionarse de calderilla, lo cual tampoco resultaba sencillo: porque, aunque suene paradójico, entonces todo el dinero que llevábamos era eso, calderilla, destinada a más altas ambiciones. Y porque el endiablado juguetito se las traía. Una especie de circuito de Fórmula Uno de juguete. Uno depositaba por la ranura su moneda y debía exprimir desde el primer segundo su capacidad de concentración: si no manteníamos desde el banderín de salida bien sujeto el volante, la moneda ignoraba las exigencias del circuito, sus curvas y sus contracurvas. A su libre albedrío, iba saltando y saltando hasta desaparecer, sin que pudiéramos dominarla a volantazos. Tilt.

Y si el jugador acertaba situando la moneda en el camino correcto, tampoco era el momento de cantar victoria: el recorrido que esperaba a continuación exigía una maestría que a muchos nos fue negada. Aún no había nacido Fernando Alonso, a quien me hubiera gustado ver domesticando aquella maldita moneda que se negaba a menudo a seguir su curso lógico y parecía disponer de vida propia. Aunque también ocurría alguna vez que ante nosotros se alzaba algún anónimo as del volante, cuyas filigranas en la maquinita nos dejaban mudos: el silencio se apoderaba del Villa Rica con una densidad de tal envergadura que bastaba ingresar por su puerta para saber que alguien estaba ejecutando con mayúsculo magisterio las maniobras reglamentarias que conducían a la monedita a su destino fetén.

¿Qué obtenía a cambio el exitoso jugador? Mis disculpas: se me ha olvidado. Debió suceder semejante proeza tan raras veces que no recuerdo nada. Nada de nada. Si el matrimonio que defendía aquella barra tan castiza le invitaba a un vino o si le permitía volver a intentarlo. Si recibía el aplauso sincero y emocionado del resto de la clientela (y salía por alguna de las dos puertas entre ovaciones) o si tal vez le convidaban a una bolsa de pipas. Logroño ya era así, según creo. Muy poco dado al elogio, aunque a todos nos constara que llevar la moneda dichosa por aquel carrusel de curvas y contracurvas, repechos endiablados y chicanes imposibles con mil trampas emboscadas para entorpecer el feliz itinerario representaba una hazaña magnífica. Es posible que incluso abucheáramos al mago del volante: nos ponía a los demás en evidencia.

Como se desprende, aquel juego tan tontorrón ocupó en nuestra iniciación a la calle Laurel una especie de hito tan formidable que se entenderá mi genuino entusiasmo cuando recibí por correo la imagen que ilustra esta entrada. Ahí verá el improbable lector, gracias a la pericia como dibujante de Néstor Santo Tomás, a dos jovencitos logroñeses extasiados al volante. Primeros años 80: cualquiera de esa generación puede reconocerse en la pareja de quintos, a quienes el resto de la cuadrilla no hace demasiado caso. Mejor dicho: los ignora por completo. Tal vez porque se disponían a completar con éxito la vuelta de reconocimiento y sólo se merecían eso: el desprecio que Logroño otorga a quien cosecha algún triunfo.

Todavía volví mil veces después de esa época al Villa Rica, seguí probando suerte con la máquina y vi crecer ante mis ojos a los hijos de aquel matrimonio que defendía el bar. Un día, sin embargo, encontré que todo había cambiado. Había cambiado la dirección del local y, horror máximo, había desaparecido el célebre pasatiempo, arrancado de la pared para morir (supongo) en el contenedor más cercano. Yo obré en consecuencia: nunca más regresé al Villa Rica. Alguna vez en que me vi tentado me he cerciorado de que la máquina sigue sin aparecer y me mantengo por lo tanto fiel a semejante boicot, tan marciano. Aunque tantos años esquivando esa barra donde pasé tantas y tantas tardes acodado viendo a tanto Fittipaldi de ocasión tiene ahora su recompensa: ese dibujo que me reconcilia con el Villa Rica que sobrevive en mi imaginación. El bar al que sí volvería.

Sobre todo, si recupera la maquinita.

P.D. Comenté con algún camarada de aquellos años estos recuerdos a propósito del dibujo que me envío don Néstor y comprobé que se trataba de añoranzas mutuas. Hasta el punto de que uno de ellos, el amigo Poty Foronda, me abrumó como suele: con el recordatorio detallado de este juego del Villa Rica… y de unos cuantos más. De los que yo no tenía ni tengo memoria. Fue tan preciso en sus propios recuerdos que le invité a que los comparta en este blog cualquier día de éstos. Compromiso que promete cumplir: así reviviremos de su mano los días en que una generación entera jugaba a poner una moneda encima de un limón sumergido en una fuente llena de agua. Para que luego nos digan que cualquier tiempo pasado fue mejor.

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Quisimos tanto al Baden
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Jorge Alacid | 09-12-2016 | 08:48| 0
Obras en el edificio del Baden. Foto de Justo Rodríguez

 

Todo empezaba en el Mere. Una generación de logroñeses que hoy peinan alguna cana se acodaba por entonces en los preciosos y magros metros cuadrados disponibles, engullía el bocadillo como si fuera la última cena y observaba curioso el exterior, donde otra multitud demandaba su ración puertas afuera y se admiraba por la pericia magnífica con que los defensores de tan castiza barra liquidaban las peticiones de la clientela. Los tiempos en que desde la cocina se facturaba la riquísima tortilla con un engranaje laboral manchesteriano. Un espectáculo.

Pero aquel circo gastronómico-festivo tenía más pistas. Porque la calle San Juan (la calle en sí: el Mere ahora medio resurrecto formaba parte de la Travesía, que no es lo mismo pero se parece) ofrecía un amplio abanico de posibilidades: un parque temático a la logroñesa para devotos del chiquiteo y de las ricas raciones de cocina casera. Cuya segunda estación podía ser cualquiera de los bares que en ambos manos custodiaban el legado eterno de las rondas interminables, la ruta que siempre conducía al Baden. Que ahora también amenaza con resucitar: bendito sea el dios de los bares.

Porque para unas cuantas quintas de logroñeses, aquel bar donde nos iniciamos en distintas clases de placeres (desde la ingesta de marisco a los tragos de cerveza negra) representó durante largo tiempo la playa donde desembocaban las correrías por la San Juan y alrededores. Hoy, ver los andamios trepando por su fachada encierra alguna promesa incierta. También hay algo de magia. La misma magia que se observaba en sus raciones de berberechos y navajas: la magia de un cuento. Igual que Hansel y Gretel vieron una luz iluminar aquella cabaña del bosque, cualquier adicto a la hermosa costumbre de frecuentar nuestros bares predilectos siente ahora la misma quemazón. Una curiosidad semejante. ¿Abrirá de nuevo el Baden?

Los peritos locales en bares no se ponen de acuerdo. Hay quien asegura que la reapertura es inminente y quien prefiere no pronunciarse. De momento, ganan quienes contemplan con alguna ilusión ese frenesí de andamios que se apodera de la calle San Juan y alcanza a esta minúscula arteria que conecta con la calle Ollerías, de tan triste recuerdo. La calle del Baden, como la conocieron tantos lugareños. Que ese es el éxito principal de cualquier negocio: acabar dando nombre a la calle que le aloja, galardón del que pocos pueden presumir. El Baden, al que tanto quisimos, es uno de esos raros ejemplos. Y autor de otra hazaña mayúscula: convertirse en icono local. Perpetuarse en la memoria de Logroño con tal fortaleza que todavía hoy, cuando comentas con alguna voz amiga que el Baden amaga con reabrirse, se dispare un entusiasmo genuino: «Qué bien se estaba allí adentro».

P. D. Publiqué este artículo, con algún leve cambio, en Diario LA RIOJA a propósito de la renovada operación de cirugía que tiene a la calle San Juan y aledaños pródiga en andamios. Entre ellos, el que decora la fachada del Baden. Desde entonces, he podido comprobar que en efecto las obras avanzan a buen ritmo. ¿Se dispone el bar a reabrir un día de estos? Espero confirmarlo en fechas sucesivas. Para quien esté interesado, le invito a que mitigue la curiosidad releyendo (o leyendo por primera vez) esta otra entrega que publiqué en este mismo blog con ocasión del fatídico día en que cerró. Cuando despedimos a nuestra hermosa marisquería.

 

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Nuestro hombre en la barra: Alfonso, una vida en dos bares
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Jorge Alacid | 02-12-2016 | 15:55| 0
Elena y Alfonso, en su bar de la calle Villegas

 

Hora del aperitivo en la calle Villegas. La parroquia ingresa en el bar sin cesar, aunque diseminada. Una pareja de sesentones acompaña el cafelito con la ingesta de los deliciosos pimientos rellenos, como si fueran pasteles. Llegan también clientes solitarios a acodarse a la barra, endulzando el vino con la prensa del día. El jugoso tentempié florece tentador allá al fondo de la barra: torreznos y choricillo. Bajo la vitrina brillan otras golosinas: bacalao en aceite, anchoas rebozadas, raciones de pulpo. Afuera se arraciman al sol del mediodía los feligreses recién salidos del rezo en la mezquita. El nuevo Logroño y el Logroño de toda la vida comparten metros cuadrados.

El Logroño castizo, en fin. Uno de cuyos embajadores ingresa ahora por la puerta del bar que defiende desde hace 16 años en este rincón de la ciudad. Es Alfonso Fernández García, jefe de todo esto. O jefe a medias: como un ángel tutelar, su esposa Elena sigue cada uno de sus pasos. Entra y sale de la cocina en un incesante trasiego de cazuelitas, atiende a cada cuadrilla y es posible que hasta se ría con los chistes de Alfonso. Que dispara por cierto su ingenio con la velocidad y el tino de quien lleva desde siempre, desde que tiene memoria, ejerciendo como camarero. Un camarero de sólo dos bares: el Lucans añorado donde se bautizó en el oficio, el Mesón Alfonso que lleva su nombre y defiende con maestría. Con la sabiduría propia de quien sabe que este tipo de bares, antaño tan comunes, representan hoy casi una rareza en el Logroño contemporáneo: un bar festoneado de mesitas para ese bocado que exige todo vermú cabal y en condiciones, ese asiento para las meriendas de media tarde… que pueden durar hasta bien entrada la noche.

Y, por supuesto, sirven para atacar ese reconfortante platillo de morros que le ha concedido merecida fama. «Morros, no», aclara raudo Alfonso. «Careta». «Que no es lo mismo», subraya. Careta suministrada desde la factoría de Alejandro Miguel, añade luego de carrerilla. Porque en el buen olfato para aprovisionarse de productos de garantía cifra nuestro hombre el éxito que distingue a su bar. En realidad, se trata de una enseñanza adquirida en sus lejanos tiempos de encargado del Lucans, la barra inmemorial alojada en avenida de Portugal, escenario en comandita con el Llacolén vecino de inolvidables aperitivos, largas mañanas consagradas al cafelito, partidas de naipes interminables a mayor gloria del café, copa y puro.

 

Alfonso, en su época en el Lucans

 

Nacido en Santa Cruz de Yanguas, un pueblito de Soria cercano a la frontera con La Rioja, Alfonso García desembarcó en aquel Lucans memorable para adiestrarse en esta profesión que sigue ejerciendo con parecido magisterio. Había fundado el legendario bar la alianza formada por Agustín Cañas y Luis Azcona, quien agregó a la primera sílaba de su nombre el apellido de su socio para bautizar así el local mítico, que dispuso de una fecunda vida. Fue la academia donde Alfonso vio pasar la vida imantada a los apellidos propios de ese Logroño: los Entrena, Mato, Reboiro, Baños… Los años en que Rafa Castejón ejercía de limpiabotas y catedrático en psicología, los años de la celebérrima gamba rebozada que algún cliente pedía desde la puerta. Los años de Viña Salceda, que entonces no era un vino más: era EL vino, recuerda Alfonso. EL vino de toda una época en Logroño.

De aquel tiempo, Alfonso rescata una palabra. La palabra gracias. Se siente de verdad agradecido a sus compa- ñeros, a sus jefes y a sus clientes, alguno de los cuales le acompañó hasta la calle Villegas cuando, luego de 28 años en aquel mítico local del centro de la ciudad, abrió su propio negocio. Si tenía dudas sobre el porvenir de semejante aventura, pronto se disiparon. Alfonso atrapó una clientela fiel, «que son más amigos que clientes», confiesa. Una clientela con nombres y apellidos que de algo le sonarán al improbable lector: el exconsejero Luis Alegre («Es un fenó- meno, viene casi todos los días»), el diputado César Luena y unos cuantos personajes más del Logroño de siempre que se dejan caer por aquí atraídos por la impagable buena mano que Elena acredita en la cocina y el trato distinguido que Alfonso garantiza a su parroquia.

Y sus bandejas de morros, por supuesto. Perdón: de careta. Un suculento bocado despachado a la brasa… que encierra algún misterio. «Algo hay, algo hay», sonríe nuestro hombre, refractario a compartir sus secretos pero pródigo en agradecimientos, como se ha dicho: «Sólo puedo dar las gracias a todos mis clientes pero sobre todo a los jóvenes, es algo asombroso: cuando tuve que cerrar el bar porque estaba de baja me paraban por la calle y todo». ¿Se emociona Alfonso? Pudiera ser.

Y haría bien. Porque en este tipo de ingredientes sentimentales se deposita la magia de bares como éste, donde tratan de tú a todo cliente, donde uno se reconcilia con aquellos años en que no era tan extraño este universo cañí y placentero, donde se llama a las cosas por su nombre. Bares auténticos y un recetario como los de antes, servido con esa clase de profesionalidad antigua tan añorada. Dignidad y decoro. Y un leve manto de ironía, el buen humor propio de un camarero castizo que nunca debería faltarnos. ¿Conclusión? Habla Alfonso: «Esto es lo que hay. Cualquier tiempo es mejor que el pasado”.

P.D. Preguntado como es norma en esta sección sobre a qué bares dedica su tiempo libre, Alfonso contesta como lo que es: un logroñés de principios. Amigo por lo tanto de las rutinas. Lo cual significa que como habita en su propio negocio de lunes a sábado, los domingos por la mañana se concede un lujo en forma de aperitivo del brazo de Elena alrededor de su barrio. Así que los tres bares que citará son del entorno de la plaza Primero de Mayo: La Encina, Camarote y Nuevo Plaza.

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Qué hay de nuevo, Ibiza
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Jorge Alacid | 28-11-2016 | 15:57| 0
Inauguración del Ibiza, esta mañana en Logroño. Foto de Juan Marín

 

Hubo un tiempo que recordarán los logroñeses más veteranos donde el sol no se ponía en los bares del Espolón. Quiere decirse, hipérbole mediante, que la gavilla de negocios hosteleros arracimados
alrededor de la céntrica plaza permitía a un hipotético cliente no abandonar ese entorno y regalarse unas cuantas visitas a sus locales predilectos sin dejar de pisar las mismas baldosas. No hacía falta peregrinar a la cercana San Juan ni a la vecina Laurel: el Espolón se bastaba para satisfacer las necesidades de los logroñeses incondicionales de la ronda eterna.

Fueron los años del Ringo o el Aéreo Club, a los que siguieron los del inolvidable pub Duque; los años de Las Cañas, por supuesto, cuyo vacío ocupa ahora Wine Fandango. Y, desde luego, los años del Ibiza, inmemorial faro, guía y brújula para varias promociones de logroñeses. Que encontraban en el bar ahora recuperado el lugar donde quedar para esto o aquello: para las gestiones bancarias, el itinerario por la Plaza de Abastos o la línea de salida en su ruta hacia el vermú que invitaba a recorrer los bares aledaños. El Ibiza, sí: el Ibiza, el imaginario puerto de mar de que dispuso Logroño, que hoy reabre sus puertas para su enésima reinvención luego de una profunda transformación tras año y medio clausurado. Prevalece sin embargo su espíritu, su alma tan vinculada al corazón de la ciudad.

Que algo tiene que ver con su condición camaleónica. Porque el Ibiza jugó sus cartas con buena fortuna cuando decidió convertirse en uno de sus bares donde hay que estar. Para ver y para ser visto. Bajo esa misma filosofía reanuda este lunes su actividad, como explica David Houngbeme, portavoz del grupo empresarial que se hizo con la propiedad del local cuando sus anteriores gestores concluyeron su andadura. Se trata, por lo tanto, de reconvertir el Ibiza en lo que fue toda su vida: un café abierto siempre. O casi. Ese bar que nunca cerraba. O casi. Madrugador para el desayuno, operativo durante la mañana para el cafelito o el tentempié reparador, también funcionando para el aperitivo. Así se recuerda al Ibiza, a toda máquina también por la tarde y la noche, y así les gustaría a sus flamantes dueños que siguieran conociéndolo las nuevas generaciones de logroñeses a quienes tal vez nada les diga el viejo local. Cuando se hizo célebre por su terraza exterior y sus veladores del interior, limpiabotas incluido.

P. D. Hasta aquí el artículo publicado este lunes en Diario LA RIOJA, en vísperas de que se obrara el prodigio: en efecto, el Ibiza ha vuelto. Aunque hasta mañana no empezará a funcionar para gozo de sus incondicionales, este mediodía ha ofrecido un anticipo de lo que espera. Estupendo servicio, inmejorable imagen, un espacio confortable… Sólo le falta lo que ansían todos los negocios: llenarse de clientes. No creo que falten: el nuevo Ibiza, el Ibiza de siempre, lo tiene todo para triunfar. Y de paso completa una estupenda fachada de Logroño para deleite de indígenas y forasteros amigos de los bares.

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Y el cachopo habitó entre nosotros
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Jorge Alacid | 18-11-2016 | 09:00| 0
El cachopo de La Taberna de Correos

 

También el mundo de los bares vive, como tantos sectores de la sociedad de consumo, sometido al imperio de las modas. De repente, un bar impone cierta tendencia, otros tantos le siguen a veces un poco tontorronamente, los medios de comunicación amplifican el impacto de la novedad y la clientela acaba rindiéndose a la ocurrencia de turno impulsada por ese extraño temor a quedarse fuera de juego. Por miedo a dar la sensación de que no se entera. Así ocurre por ejemplo con esta rara proliferación del cachopo asturiano en los menús de España entera, con las extravagancias propias de este tiempo donde se busca el más difícil todavía en cada ámbito, también en el gastronómico: el cachopo por sí solo no es suficiente. Debe manipularse su ADN hasta dejarlo irreconocible, retorcer la receta clásica… De modo que cuando el potencial cliente lo engulla piense que su abastecedor sí que sabe. Que en ese bar se acuerdan de verdad de sus parroquianos y les evitan en consecuencia una dieta formada por bocados vulgares. O por el cachopo de toda la vida.

Viene a cuento esta digresión porque las primeras muestras cachoperas ya habitan entre nosotros. Bienvenidas a Logroño. En formato de pincho las despachan en La Taberna de Correos, la barra de la castiza San Agustín. Y en formato plato, tenedor, cuchillo y tentetieso, es decir, bajo esa versión de generosas dimensiones a la que debe desde luego su reciente celebridad se nos aparece el cachopo en la barra de En las nubes, el bar de Gil de Gárate que ha aparecido alguna vez por aquí. Y cuentan sus responsables que con éxito. Se trata de un cachopo tradicional, construido a partir del recetario antiguo. ¿Cómo? Valga esta receta que proporciona Juanjo Cima, dueño del bar ovetense Las Tablas del Campillín y ganador del concurso organizado este año en Asturias, cuna de semejante bocado. “Algo tan sencillo como dos filetes de ternera rellenos de jamón y queso, empanados y fritos”, resume Cima. Con un secreto, claro: que estén crujientes por fuera y jugosos por dentro. Como el San Jabobo de toda la vida, vaya. Aunque sus defensores niegan cualquier similitud: el cachopo, avisan, es otra cosa. Por favor. Nada que ver con el San Jacobo.

 

El cachopo al estilo de En las nubes, con patatas y pimientos

 

En fin: como quiera que cualquier interesado en esta moda reciente puede por su cuenta teclear la palabrita en internet y darse un festín con recetas, autores y demás parafernalia (por ejemplo, el debate en torno a su tamaño, que al parecer también en esto importa), lo que aquí queremos contar tiene que ver con su vertiente logroñesa. ¿Cómo es que un plato propio de la cocina asturiana triunfa entre nosotros? A lo cual responden desde los dos bares citados lo siguiente. Susana, de En las nubes, aclara rauda la cuestión: resulta que ella es asturiana. Así que hace año y medio implantó por amor al terruño el cachopo en su ecléctica carta, poblada por cierto de referencias propias de Alemania, de donde es oriunda su pareja. “Le dije que si él ponía codillo, yo cachopo”, relata entre risas. Se trata, en efecto, del cachopo de toda la vida, tarifado a 18 euros la pieza: enorme bandeja que se acompaña de guarnición de pimientos y patatas fritas. Quien quiera modernidades, puede decantarse por la versión actualizada, con cecina en vez de jamón y queso de cabra. “No es tan sencillo encontrar estas piezas de ternera en las carnicerías de Logroño”, subraya Susana. ¿Por qué? Por su exagerado tamaño, que ya hemos dicho que importa: una media de 42 centímetros de largo por 22 de ancho. “Fuimos los primeros en Logroño, pero ahora la gente ya lo conoce y nos lo pide”, recuerda Susana. Y concluye: “Tiene mucho éxito, la verdad. Sobre todo, porque es un plato que va muy bien para ser compartido y nos lo demanda mucha gente”.

Y desde La Taberna de Correos, Richard agrega lo siguiente: más o menos, que se lo quitan de las manos, oiga. El impacto de su pincho, alumbrado allá en septiembre, demuestra que había una clientela esperando esta clase de tapa. Porque lo suyo es tapa, aclara. Aunque no cualquier tapa: “Es un cachopo medio riojano”. La razón de que así lo bautice tiene que ver con la raíz indígena de uno de sus ingredientes: el queso, que es de Cameros. Le añade cecina y lo dicho: a triunfar. “Es muy sabroso y alimenta mucho”, asegura.

En fin, que todo conspira para que el cachopo se quede con los logroñeses una temporada. Lo cual guarda cierta justicia poética: me recuerda una voz amiga aquel tiempo en que alcanzó gran impacto servido en una barra célebre, ya desaparecida. El añorado Dólar de la calle Murrieta, que ejerció de improvisado embajador de la cocina del Principado. Que hoy planta su legación en la calle Lardero, donde se alza la sede del Centro Asturiano: también el cachopo figura entre sus atractivos… hasta ahora, en que se prepara para ser traspasado a otras manos. Quien lo reabra a partir de enero tendrá que decidir si mantiene el cachopo en su carta, hoy provisionalmente retirado, o si prefiere prescindir de este emblema de la gastronomía astur.

Me malicio que ya me sé la respuesta…

P.D. Rastreando por google en torno a la vida y milagros del cachopo, tropiezo con una asociación recurrente: su vínculo con el mundo de las despedidas de soltero. Observo que es habitual que se sirva en los actos organizados alrededor de ese distinguido mundillo de muñecas hinchables y otras muestras de elegante caballerosidad, tan popularizada entre nosotros. Al parecer, los menús que se despachan para los aficionados a despedir en manada el celibato incluye con frecuencia el simpático plato asturiano, puesto que almohadilla a la perfección la zona gástrica y permite en consecuencia la ingesta de alcoholes, consustancial a estas celebraciones. Es decir, como el bocata de calamares del Moderno en la glaciación propia de los chiquiteadores de mi quinta.

 

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