La Rioja

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Bares viejunos
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Jorge Alacid | 21-11-2014 | 19:01| 1
Bares de viejos, bares viejunos

Viejuno: voz introducida en nuestra jerga coloquial gracias al ingenio de la escudería de cómicos capitaneada por el gran Joaquín Reyes. Uno de esos hallazgos que glorifican el idioma español, porque añade un guiño semántico del que carece la palabra matriz: viejuno no es viejo sino una determinada clase de viejo. Se debería emplear más bien como sinónimo de anticuado: por ejemplo, Eduardo Punset sería viejo, pero no viejuno. Viejuna sería en realidad su hija Elsa, a pesar de ser más joven. No sé si me explico.

La palabra ha hecho fortuna últimamente, porque sirve para identificar de modo fetén algo o alguien pasado de moda, superado por el paso del tiempo, anacrónico… pero poseedor de cierta gracia. El encanto de lo camp. Así que hay gente viejuna, pero también menús viejunos (el cóctel de marisco, por ejemplo), ropa viejuna (el chaleco, tal vez) y bares, en efecto, viejunos. Véase el dibujado en la imagen que ilustra estas líneas: tropecé con él en el perfil de facebook del bar Pali Carlitos y lo relacioné con un comentario dejado semanas atrás en este blog por el periodista Guillermo Sáez. Sostenía el paisano trasterrado a Madrid que Logroño en general y su calle Laurel en particular se arriesgan a sufrir lo que denomina proceso de ‘donostización‘. Es decir, que de repente los bares o son modernos o no son, con esas barras al estilo de San Sebastián en permanente competición a ver quién tiene el pincho más hermoso o la enoteca mejor dotada. Alertaba el susodicho Sáez de la pervivencia que juzga en peligro de locales como el glorioso Perchas, emblema de los bares viejunos. Y que nadie detecte nada peyorativo en semejante atributo: el bar viejuno, a quien esto firma, le parece una especie cuya continuidad debería garantizarse por ley.

Así que de qué hablamos cuando hablamos de bares viejunos. Viene de nuevo en nuestro auxilio la imagen citada, de modo que la pregunta se contesta fácilmente: un bar viejuno debe contener un póster futbolero pasado de moda (el Atlético de Madrid en el mentado caso del Perchas, aquel del Logroñés que sigo añorando del difunto La Simpatía), un transistor analógico, máquinas de marcianitos de cuando ni SuperMario había nacido… Un mostrador de zinc, unas mesas de formica, vasos de Duralex, ceniceros de latón triangulares con el logo de Martini… Camareros de toda la vida con pinta de haberlo visto todo, una barra consagrada al monocultivo del pincho único (o mejor: sin pinchos), unos parroquianos pegados al estribo… Ayuda a esta configuración que el bar se sitúe fuera de los circuitos habituales, condición que cumplen por lo tanto los locales ubicados en los barrios alejados del centro de Logroño: allí se puede asegurar que (casi) todos los bares son en consecuencia viejunos.

Pienso en establecimientos como el citado Perchas, claro, bandera del bar viejuno cuando este concepto ni siquiera existía. Y pienso en una curiosa derivada: el bar viejuno concebido como bar… moderno. Es decir, que su idiosincrasia singular le permite sobrevivir a las modas que vienen y van. Que vienen y van mientras ellos, estos bares fieles a su propia identidad clásica, permanecen al margen de las tendencias… hasta que ellos mismos se convierten en eso, en tendencia. Me refiero por ejemplo al Iturza de la Mayor, que ha aparecido unas cuantas veces en este blog: antaño era uno de los bares típicos de esa ruta castiza, junto al Bretón y el Cuatro Calles, cuando la calle todavía no se había convertido en refugio del público joven. Entonces (años 80), el Iturza ya nos parecía merecedor del encanto de lo viejuno, pero esta palabra no se había inventado. Ahora, le ocurre otro tanto con su clientela renovada: reconforta encontrar en nuestras correrías por los bares de confianza un garito por donde no pasa el tiempo. Un bar refractario a esa ola de ‘donostización’ que mencionaba arriba: así es el Iturza, que tal vez sea viejuno, pero no viejo. Y así son también el Perchas o el Soriano, inasequibles a su oferta del pincho único (las orejitas o el champi que despachan al margen de neotabernas, gastrobares y resto de recientes entradas en el universo hostelero): bares a quienes el adjetivo que mejor les cuadra es el del auténticos. Con sus servilleteros con mondadientes en el lateral, televisor Telefunken y cortinilla de abalorios franqueando la entrada. O con su autógrafo dedicado del Panaderito de Oyón, por ejemplo, como ocurría en el antiguo Tívoli: uno de esos bares que ha pasado de ser viejuno a emblema de lo nuevo.

Cosas de la edad: nos ha pasado a todos, pero al contrario.

P.D. El Iturza ha sido noticia reciente porque milita entre los bares que protagonizan esa curiosa batalla civil por la moda (también reciente) de tomar la consumición en la calle. Una de esas cuestiones que siempre me intrigan: por qué se legisla desde la Administración algo que los ciudadanos gestionan por sí solos sin mayores problemas. Prometo una reflexión más larga sobre tal cuestión, en una próxima entrega. Seguiremos informando

 

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De propina
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Jorge Alacid | 14-11-2014 | 08:44| 0

Propina, del latín ‘propinare’: dar de beber. Y añado yo: extraña costumbre que va desapareciendo del universo hostelero patrio, en proporción a la implantación de nuevos usos entre los camareros y su clientela. Y añado todavía más: así como hogaño se medía el carácter rumboso de un parroquiano por su tendencia a dejar tras cada consumición unas monedas (o algún billete, incluso: eran los tiempos anteriores al euro), hoy esos dispendios parecen anticuados, propios de otras épocas, testigos de un mundo que huye.

En realidad, todo cuando tengo que decir yo sobre las propinas lo expresa mucho mejor el amigo Steve Buscemi en el memorable arranque de Reservoir dogs. Lo resumo para quien no haya visto la peli o la haya olvidado: digamos que… Ejem… El Señor Rosa no es muy partidario y aquí dejo este video que lo demuestra. Su postura  abre un encendido debate con el resto de comensales típicamente norteamericano, porque en la tierra del tío Sam la propina viene de serie en cualquier actividad del sector servicios. Como bien saben quien haya visitado aquel país, es usual que el precio de según qué cosas (una consumición, por supuesto, pero también un viaje en taxi) no sea excesivamente caro visto con ojos celtibéricos, pero de repente la factura se dispara cuando se le agrega un misterioso tanto por ciento. Un porcentaje que suele variar, pero que las fuentes consultadas para esta entrada sitúan en el entorno del 18%: cuando yo viajé por allí, ese incremento se anotaba al final de la cuenta explícitamente, pero viajeros recién llegados de aquellos lares me aseguran que ya ni se toman la molestia. Te aplican de saque la propina y uno sólo se entera cuándo pregunta a santo de qué ha subido tanto la consumición: será entonces cuando sepa que en realidad no le han cobrado la propina, sino el llamado tip. Esto es, el acrónimo de una especie de impuesto revolucionario llamado To Insure Promptnes, que traducido a la lengua de Gonzalo de Berceo significa ‘para asegurar prontitud’.

Eufemismos, como se ve, los hay también en la jerga del imperio. Y ahí quería llegar: qué pagamos cuando pagamos una propina. ¿Prontitud? Bueno, en algún local yo estaría dispuesto a abonar un recargo para no esperar tanto, la verdad. Pero se supone que con la propina distinguimos un servicio más esmerado de lo habitual, una velada especial gracias a la contribución del camarero de guardia, un detalle que nos haya regalado el bar de confianza… Porque pagar una propina por algo que ya estás abonando cuando te haces cargo de la minuta (que te pongan un vino, por ejemplo) tiene poco sentido. Por la misma razón, tal conducta se debería haber hecho extensiva a lo largo de la historia a distintos sectores de actividad económica, donde uno no los ha contemplado casi nunca. ¿Por qué entonces deberíamos dejar propina en un bar y no en la charcutería? ¿Por qué no darle una propia al quiosquero por el periódico?

Es un misterio que no acabo de entender. Como he explicado más arriba, uno no es partidario de la propina. No me importa pagar un precio más elevado de lo que debería a cambio de algún complemento adicional que sí lo valga, pero añadir un suplemento a cambio de vaya usted a saber qué… Nunca le he visto demasiado sentido, aunque lo practico: a veces, lo confieso, porque me da apuro llevarme unas monedas del platillo ante la mirada inquisitorial del camarero. Y todos tendremos que aceptar que siempre que dejamos una propina, queda en el aire la duda de si deberíamos haber sido más generosos, porque aquí no hay coeficientes como el TIP yanqui y por lo tanto podemos sospechar que se esperaba algo más de nosotros.

De modo que concluyo como empezaba: no le veo sentido. Pagar una propina por algo que ya estás abonando, pagar una propina sea cual sea el servicio que te ofrecen, pagar una propina aunque el vino no se sirva en condiciones, la caña se tire mal o el pincho de tortilla sepa igual que la que hice yo una vez en casa… Pagar una propina si te atienden con antipatía, el suelo está lleno de servilletas y mondadientes y en lugar de copa te ofrecen duralex… En fin, que me quedo con el argumento de Mr. Pink y agrego un toque logroñés: a mí no me importa pagar propina si en el bar me ponen algo de regalo. Y me basta un cucurucho de cacahuetes.

Bar, dulce bar: artículo en la revista Belezos

P.D. Y de propina, un anuncio. Ya está en la calle la revista Belezos, que incluye una colaboración firmada por servidor en torno a La Rioja en sus bares. Si os apetece echarle un vistazo, muy agradecido: aquí os dejo la foto de las primeras páginas. La verdad es que este número ha quedado muy bien y contiene artículos harto interesantes. Espero haber estado a la altura.

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Dos años de blog… y cinco rondas gratis
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Jorge Alacid | 07-11-2014 | 07:57| 19

Como en este blog pensamos que Bilbao es un barrio de Logroño, nos hemos venido arriba y para festejar los primeros dos años de vida sorteamos unas cuantas rondas por algunos de nuestros bares de confianza. Cinco consumiciones para dos personas, en locales de acusada raigambre logroñesa: Donosti, Taberna de Baco, Calderas, La Retro y Torres. A todos ellos, gracias infinitas por su generosa colaboración, vertiginosa por cierto: nada más rogar que se animaran a participar en este sorteo, se apresuraron a contestar afirmativamente. Así que de nuevo, muchas gracias.

¿Qué tienen que hacer los improbables lectores para merecer este obsequio? Poca cosa. Leer hasta el final de esta entrada, donde figura una pregunta muy facilita de contestar para todo logroñés que peine ya alguna cana, relativa a nuestro querido universo de bares. El año pasado, para conmemorar la primera vela en esta tarta compartida en que se ha convertido este blog, ya contamos con la desinteresada contribución de otros tres bares: Tastavín, Taberna de Tío Blas y La Tavina. A cambio de degustar sus consumiciones, los ganadores sólo tuvieron que hacer lo mismo que se les pide ahora a quienes acierten con la pregunta de este año: quedar con los dueños de los bares (desde el blog nos ocuparemos de las gestiones) y mandarnos una foto cuando les sirvan sus rondas. Nada más. Facilito. Los ganadores serán los cinco primeros que contesten en la web de Diario LA RIOJA. Repito: en la web. No a través de redes sociales.

Este año, soplamos las dos velitas en la tarta coincidiendo con la puesta en marcha de una iniciativa para la cual he contado con el apoyo de unos cuantos seguidores: a través de facebook rogué a unos cuantos de ellos que me dijeran cuáles eran sus bares favoritos de Logroño. Animado por la entusiasta respuesta, lancé acto seguido una nueva entrega: cuáles son los bares favoritos… de diez periodistas. El resultado se publicó hace unas semanas; ahora, mientras espero respuesta de esos dos nuevos colectivos de clientes logroñeses (concretamente, diez políticos y diez riojanos que viven fuera). Cuando recopile las contestaciones de los veinte encuestados y, sin ningún ánimo estadístico ni sociológico, renovaré con ellas esa especie de clasificación que he ido publicando.

Listas de bares favoritos al margen, lo prometido es deuda: aquí va la pregunta prometida. Repito: se llevarán las cinco rondas los que primero contesten en larioja.com. Tienen que dejar un teléfono de contacto o una dirección de correo para ponerles luego en contacto con los bares respectivos. El orden será el mismo en que se han mencionado arriba los bares colaboradores, es decir: Donosti, Taberna de Baco, Calderas, La Retro y Torres. Así que allí vamos. Esta es la pregunta. ¿Cómo se llamaba el bar alojado hace años en los bajos del Espolón, que sustituyó a la antigua bolera llamada Trébol?

P.D. Como esta entrada va de agradecimientos, la despido como empecé: dando las gracias. A los bares que colaboran en el sorteo y a los seguidores que he ido encontrando por el camino. Con todos estoy en deuda: por sus atinados comentarios, sus no menos acertadas críticas y por su generosa contribución a que, más o menos cada semana, me anime a dejar por aquí alguna pincelada de lo que significa Logroño en sus bares. Y como bandera de todos ellos, me permito el lujo de agradecer especialmente el cariño con que distingue a este blog Ramón Gil, que añade a su dedicación un factor que me llega al corazón: que sigue mis andanzas desde la lejanía. Así que insisto: muchas gracias a Ramón y muchas gracias a todos. Seguiremos informando.

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La ciudad que yo quiero
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Jorge Alacid | 31-10-2014 | 17:08| 1

 

Las pistas que este blog ha ido dejando desde que inició su andadura, hace ya un par de años, permiten construir una teoría según la cual la aportación de los bares a nuestra educación sentimental discurre en paralelo a otra condición que les concede un estatus simbólico de elevado poder: su contribución a hacer ciudad, que diría un urbanista. Pocas veces podremos observar con tanta claridad como ahora su aportación al caso concreto de Logroño: por una de esas felices y raras casualidades, coincide la celebración del centenario del edificio que alberga al entrañable café Moderno con la reapertura del antiguo Las Cañas, convertido ahora en Wine Fandango. Que no se me enfaden los dueños, pero yo le seguiré llamando al viejo estilo: Las Cañas.

Pocos bares logroñeses me llegan más directamente al corazón como éste, por razones que no viene a cuento explicar. Cierro los ojos y parece que vuelvo a ver su antigua decoración en bambú, la larguísima barra, los Remón al frente. Su reciente reinauguración es otra belleza. Sólo le hace falta que el tiempo añada brillo al local, lo llene de recuerdos y por lo tanto se integre en nuestro itinerario emocional, aunque yo prefiero destacar de su flamante reapertura otro aspecto, lo que mencionaba arriba: que los bares forjan como pocos negocios la imagen de una ciudad. Y la imagen de una ciudad, como se sabe, depende en gran medida de los ciudadanos. Al menos, la ciudad que yo quiero.

Aunque últimamente hayamos delegado graciosamente esa tarea en nuestros representantes públicos, lo cierto es que gran parte de lo bueno y de lo malo que hagamos con Logroño compete a los logroñeses. Una certeza que se cumple con solo mirar hacia el Moderno centenario: no hablaré aquí del magno edificio (los interesados pueden consultar el imprescindible volumen ‘Formación de la ciudad contemporánea. Logroño entre 1850 y 1936′, obra de Inmaculada Cerrillo Rubio), sino de los propietarios del café alojado en su planta baja. El Moderno, faro y guía del corazón de Logroño, dota de personalidad a toda la plaza Martínez Zaporta, ejerce como referencia local (“¿Quedamos en el Moderno?” era antaño una frase mil veces repetida) y queda imantado en nuestro cacumen a partir de múltiples entradas: sus bocadillos de calamares, su terraza perenne y esas fotos antiguas que decoran sus paredes y a veces aparecen donde menos se espera. De todas ellas, mi favorita es un fotograma: esa escena de Calle Mayor donde se ve al grupito capitaneado por Manolo Alexandre abandonar el bar, irrumpiendo en la noche logroñesa. Una imagen llena de magia y de misterio.

 

Imaginar Logroño sin el Moderno es imposible. Tan imposible como doloroso ha sido contemplar durante demasiados años la esquina del tercer palacete de Vara de Rey vacía, como si a la ciudad le hubieran amputado uno de sus órganos. En realidad, toda esa fachada de palacetes sirve como símbolo de los desastres perpetrados durante años: resulta curioso, y ejemplar, que sólo haya sobrevivido y continúe en uso el destinado para la función pública. Los otros dos, los gestionados por manos privadas, perecieron. En el caso del que hace esquina con Duquesa de la Victoria, su resurrección como sede de una Consejería… En fin, evito opinar que me caliento. El resultado parece bastante mejorable y ahí me quedo. En el segundo, al menos sus actuales propietarios preservaron el edificio del Gran Hotel tan añorado y ahora han invertido esfuerzo, energía y dinero en recuperar el viejo café Las Cañas, luego de aquella desdichada reforma que… También prefiero no recordarlo.

Tanto el Moderno como Las Cañas han protagonizado sus respectivas entradas en este blog, así que insisto: si  vuelvo a mencionarlos no es tanto por lo que son como por lo que significan. Dos tótems para el Logroño hostelero, sin duda, pero también dos símbolos de la ciudad. Dos locales que en cierto sentido nos representan porque en ellos se reconocen varias generaciones de logroñeses y porque sirven para ilustrar mi teoría de que cuando los ciudadanos se empeñan, la ciudad mejora. O al menos se vuelve más habitable. La dedicación de la saga de los Moracia al Moderno ha permitido que su café sobreviera en buen estado hasta nuestros días; otro tanto puede decirse de los Arambarri: nos han devuelto uno de nuestros bares bandera. Así que la ciudad les debe agradecimiento. Yo, desde luego, les doy las gracias a unos y a otros. Y les deseo larga vida al Moderno y a Las Cañas. O como se llame ahora.

P.D. Esta condición de los bares como iconos de la región me ha servido este verano de materia para la reflexión. Por encargo de la revista Belezos, he entregado a la imprenta un artículo sobre la contribución de los bares a la socialización de La Rioja, desde su núcleo urbano esencial hasta los confines del medio rural. De modo que los improbables lectores interesados en ver el fruto de mis cavilaciones, ya lo saben: el último número recién editado contiene un artículo que encarna, más o menos, la continuidad de Logroño en sus bares por otros medios. A su disposición en las librerías de esta tierra.

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Bares favoritos: cuál va ganando…
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Jorge Alacid | 24-10-2014 | 18:14| 0

La ocurrencia que me permitió allá en septiembre lanzar como si fuera un mensaje en una botella (metáfora muy apropiada para un blog sobre bares) una encuesta para determinar cuál es el bar favorito de (algunos) logroñeses tuvo tan estupenda acogida que poco después le siguió otra para divulgar los predilectos de mis compañeros de oficio, periodistas y asimilados. Así que repasando estos días las respuestas a ambas entradas, me ha dado por confeccionar una especie de clasificación que (aviso) no tiene ningún propósito, salvo el de pasar el rato. Entretenerse, una de mias palabras preferidas en español: por su graciosa construcción y por lo que significa.

El caso es que en la primer entrada la tabla quedaba encabezada por una constelación de locales (Eldorado, Menhir, Berlín, Blanco y Negro y La Tavina) emparentados porque habían recibido los mismos votos: dos cada uno. La encuesta, insisto, no tiene otra finalidad que la de servir como pasatiempo y por lo tanto carece de rigor científico. Contestaron diez personas a quienes les pregunté y ése fue el resultado: cinco bares igualados. La suma de las nuevas aportaciones (también diez) de los periodistas que accedieron a participar en este juego depara sin embargo una correlación de fuerzas. Debo confesar que me lo pasé estupendamente la otra tarde mientras los iba contabilizando, como si fuera el José Luis Uribarri de esta historia: todo sonaba a Eurovisión.

En fin, sin más rodeos, aquí comparto con vosotros, improbables lectores, las consecuencias de dejar opinar libremente a veinte logroñeses sobre sus bares de confianza. Y el ganador es… De momento, el bar Torres de la calle San Juan. Digo de momento porque perpetro próximas entradas sobre este particular y porque la clasificación está muy igualada: al Torres le votan cuatro encuestados y lidera esta encuesta perseguido de cerca por dos establecimientos también sitos en el corazón de Logroño, el Bretón y La Tavina, ambos con tres votos.

Citaré aquí a continuación aquellos que han conquistado el corazón de al menos dos encuestados, porque si incluyo a todos la lista sale demasiado larga. Larga y un pelín marciana: hubo quien no se conformó con Logroño y peregrinó hasta Ezcaray para incluir al Troika allí radicado. Y hubo quien votó por un garito que poco después se despidió: el extinto y llorado Tizona. Así que, superadas estas incidencias, queda consignado que al menos con dos votos figuran en esta clasificación los siguientes bares, si no me he equivocado: Menhir, Berlín, Blanco y Negro, Eldorado, Malabar, Iturza, La Jala, Soriano, Sebas, Embarcardero, Fax y Tastavin. Dicho queda. Si alguien más se anima, ya sabe dónde publicar sus preferencias: bien como un comentario en este blog, bien a través de las redes sociales por donde también se difunde. Y reitero: que nadie se tome este entretenimiento como otra cosa ni por favor (lo ruego) se ponga a votar por votar, por hacerse el gracioso o porque su amiguete tiene tal o cual bar.

Para asuntos más serios, quien lo desee puede optar por la sección de política.

O no.

P.D. Decía arriba que la encuesta sigue en movimiento porque he lanzado la misma pregunta sobre cuál es su bar favorito a dos colectivos. Uno, el de políticos, benditos sean: gracias a ellos, los periodistas todavía parecemos humanos. Y dos, el de riojanos en el exterior. Es decir, aquellos paisanos cuyas respuestas, que ha empezado a recibir, llegan con sobredosis de nostalgia. Lo cual añade un valor adicional: sobredosis de sentimentalismo. Justo lo que necesitamos en tantos y tantos bares.

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Bares de carretera
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Jorge Alacid | 18-10-2014 | 07:57| 0
Fachada del Duque de Medinaceli. Foto extraída de su página web

Este blog ha protagonizado antaño alguna escapada fuera de su universo tradicional, Logroño. Ha visitado bares de otros lugares (qué lugares), incursionado en los alrededores de la capital riojana y picoteado por aquí y por allá, antes de regresar siempre a casa. Hoy también toca excursión: movido por la curiosidad que despierta cierta tipología, el llamado bar de carretera, y pensando que es una suerte de establecimiento que ha vivido tiempos mejores y cuya desaparición tal vez se aproxima, me parece llegada la hora de rendirle tributo.

Y lo hago empezando por mi favorito: el Duque, sito en el municipio soriano de Medinaceli, al pie de la carretera… Que ya casi no es carretera: desde que se inauguró la autopista que en paralelo une Zaragoza y Madrid, al igual que otros locales situados en la misma tesitura ha tenido que acostumbrarse a ver cómo la clientela disminuye. Lo que no desciende, sin embargo, es la atención que se presta al viajero: trato esmerado, barra de confianza para el cafelito mañanero o vespertino (acompañado de una insuperable bayonesa), cortés servicio a la antigua (mi favorito) y unas estanterías donde se despachan los mejores productos de la tierra y su contorno. Incluido un hallazgo reciente: los miniadoquines. Esto es, las golosinas típicas de Aragón que ahora se ofrecen en formato minimal. En consecuencia, sospecho que en lugar de los habituales ripios que decoraban el interior del envoltorio, ahora se escribirán haikus.

El atractivo del Duque se combina en invierno con su espectacular Nacimiento, un deslumbrante Belén que ocupa la barra del interior, y durante todo el año con su comedor: un hogareño recinto donde se come estupendamente, con ese estilo de cocina burguesa que uno tanto añora. A quien le gusten tanto las migas como a quien esto escribe, que anote el Duque en su agenda camino de Madrid: las sirven con gajos de naranja en lugar de granos de uva e incluyen un secreto que las hace más jugosas y no tengo permiso para desvelar.

El Duque me sirve también para volver sobre mis pasos y recordar que, en efecto, estos establecimientos han vivido mejores días. Su gran aliado, como se deduce de la expresión ‘bar de carretera’, era eso: la carretera. Y al igual que ocurre en Medinaceli, allá donde se ha visto sustituida por una autopista a mayor gloria de la seguridad vial el bar desaparece de nuestro horizonte y cede el testigo a esas áreas de servicio, tan uniformes como mejorables. Quien haya comido, bebido o tomado un triste tentempié memorables en alguna de ellas, que levante la mano. No: no hay nadie a favor en la sala.

Antaño sucedía todo lo contrario. Quien peine alguna cana recordará los tiempos anteriores al GPS, cuando el cabeza de familia preparaba el viaje aquilatando horarios, sopesando itinerarios y colocando entre salida y destino una imaginaria chincheta en el mapa de carreteras: allí era donde tocaba parar. En los trayectos cortos, tipo Logroño-Pamplona, esa paradita se podía evitar. Pero en los desplazamientos más largos, ya se sabía que para llegar a Zaragoza era inevitable detenerse en Tudela. Y de camino hacia Bilbao, en alguna de las fondas o ventas que remataban el puerto que se eligiera para ascender desde el valle del Ebro en dirección al Cantábrico; otro tanto sucedía si el punto de destino era San Sebastián o Santander.

Aquella España interior murió a manos del mapa radial de autopistas, lo cual está muy bien pero quita romanticismo al viaje. Uno apenas ha frecuentado la ruta que lleva por Burgos hacia Madrid porque siempre prefirió cruzar Piqueras cuando había que rendir cuentas en la capital del Reino, pero conoce a toda esa legión de peregrinos que besa el suelo cada vez que pisa Landa o Tudanca o sus hermanas pequeñas. Son esos bares de carretera donde el anecdotario familiar, las escapadas con la pareja o los viajes de trabajo (una expresión que tiene algo de contradicción en sus términos) se engordan y adquieren aires de leyenda. Lo cual resulta muy pertinente, porque se unen dos mundos de alto poder simbólico. Los bares y la carretera: cómo olvidar las visitas al Duque de Medinaceli, la cháchara con los dueños (tres generaciones al frente), el sabor de la bayonesa, el aroma de las migas y la mística del viaje.

P.D. El bar de carretera admite distintas versiones: para ciertos viajeros, incluso Logroño y sus bares pertenecen a ese territorio. Porque era habitual en los tiempos del Seiscientos que las carreteras cruzaran las ciudades, los viajeros se detuvieran en ellas, estirasen las piernas y conocieran su oferta hostelera. Por ejemplo, para la familia Delibes, su bar de carretera se situaba en Logroño y más que un bar, era un restaurante: el Cachetero. Sus hijos cuentan cómo el cabeza de familia y llorado escritor se las apañaba para cruzar siempre por Logroño camino de Valladolid, aparcar cerca del Espolón e ingresar en la popular casa de comidas de la calle Laurel para regalarse unas verduras, unas hortalizas, algo de casquería o un asado. Un motivo más para reconocer el talento del autor de ‘Los santos inocentes’: a su ingenio como escritor le acompañaba un rico olfato como gourmet.

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Bares favoritos II: una lista con periodistas
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Jorge Alacid | 09-10-2014 | 20:51| 0
La idea de reunir en este blog las opiniones de unos cuantos logroñeses sobre cuál es su bar favorito protagonizó hace unas semanas una entrega que contó con la generosa colaboración de amigos, conocidos y seguidores. Tan amplia respuesta recogió que me veo obligado a ofrecer un nuevo capítulo, limitado a los colegas de esta cosa del periodismo. Así que aquí os dejo las opiniones recopiladas.
Begoña García Barquero, cuyos primeros pasos en este oficio acogió con paciencia esta casa que también fue suya, nos cuenta lo que sigue: “1.-  La terraza del Fax. Me siento en la terraza del fax y estoy como en mi casa. 2.- El Cervantes. Por la barra espectacular que tienen y porque es donde más rico me sabe el café. 3.- El Gurugú. Porque siguen poniendo patorrillo y el pincho de sardina con guindilla sabe a gloria (un bar de los de toda la vida, sin pretensiones y a precios populares, que dicen por ahí)
Otra chica, sangre de la sangre fundadora de Diario LA RIOJA, toma el relevo. Con ustedes, Belén Martínez Zaporta. “Para tomar el vermú me quedo con el Ritz, por su situación y su luz; el Victoria, por su barra y su trato; y el Génesis, que ha mejorado su terraza y mantiene ese ambiente familiar y una atención exquisita”. Coda final nocturna: “Para las copas mi favorito es el Rumore en Sagasta, por su música y la simpatía de sus trabajadores”
No salimos de esta redacción. Chileno de nacimiento, porteño de corazón y logroñés de adopción, ahora que ya sabe decir ches y cuacho, allá arribas y pantaloneta, también nos interesa qué opina Martín Schmitt: “Mis bares favoritos son los del barrio: Lyon Tavern, El Rincón de las Tapas y el Vigón, por citar tres. Luego, para ir a tomar una copa, no hay como el Bretón”.
Dicho queda. El siguiente en la lista también habita entre estas cuatro paredes y se recrea en sus garitos predilectos. “Seguro que no soy nada original, pero ahí van los tres bares que llevo en mi corazoncito” nos cuenta Eloy Madorrán. “El primero es el Café Bretón: en el bar de Colo me he sentido siempre como en casa, desde el primer día. Allí he jugado al mús con amigos, y bebido con novias, con ex, con María cuando era compañera de instituto, con María cuando ya eramos pareja y, tradicionalmente, es el punto de quedada con mis amigos: “Como siempre, a las 9 en el Bretón”. Y esto me sirve para presentar a mi segundo bar. Y sigo sin ser original, aunque sí muy logroñés. El Tívoli ha marcado una etapa muy importante en mi iniciación al mundo de los bares. Allí, en esa esquina tan transitada durante décadas por locales y foráneos, tratantes y maleantes, encorbatados y descamisados, empezaban las noches del fin de semana en mi época de instituto. Aunque los recuerdos más deliciosos en ese bar, en esa barra metálica, me los reservó el destino para años después cuando tuve la inmensa fortuna de acudir casi a diario con mi amigo Carlos Hernández Olmos. Con él disfruté de su humor socarrón, procaz, en unas ocasiones rozando lo pornográfico, en otras lo poético, pero siempre, siempre, muy inteligente”.  Concluyendo: “Y mi tercer bar, ya desaparecido, igual desconocido para muchos, es el Marlén. Un local que regentaba el bueno de Juan Carlos, enfrente de lo que era el pabellón de halterofilia, ahora Polideportivo de Lobete, cuando una pared cumplía funciones de frontón. Allí nos hicimos fuertes las gentes del Calasancio después de los partidos de balonmano y, junto a Forni, siempre apoyado en la barra, junto a su cerveza, pasábamos las horas. Durante muchos años eché allí las primeras horas de las nocheviejas, y las últimas horas de cualquier día”.
Continuamos, aunque esto huele a endogamia, porque se pide la vez el amigo Teri Sáenz, también compañero de fatigas. “Con la edad me doy cuenta que me han cambiado los gustos. Ahora escogeríamos los pocos que piso. Por ejemplo, El Mirador y, El Embarcadero por el entorno; El Babel, por cercanía; La Luna si tiro de nostalgia; y a la hora de picar, La segunda taberna de San Juan y su selección de hongos con un delicioso huevo frito en el corazón del plato”.
Reclama nuestra atención otra antigua colega de menesteres en Diario LA RIOJA, Valvanera Valero, metida hoy en otros jaleos que resuelve con la eficacia conocida y la simpatía perenne. “ Para desayunar, la terraza del Ibiza en un domingo soleado. ¿Pinchos?  Soriano, Donosti, Torres, Sebas y Pata Negra por los vinos. De bocatas, el impagable -en todos los aspectos- Tío Tito (el servicio a domicilio es inmejorable) y el jamonero Mesón Jabugo. ¿Un bar de copas?.La Imprenta, una vez desaparecidos La Musa y otros clásicos para los cuasi-cuarentones. Y soy muy fan de El Andén a cualquier hora del día (y de su dueño Roberto). Faltan bares con sabor y una coctelería con camareros con pajarita: el desaparecido La Granja y su escalinata serían su mejor escenario”.
También la simpática y talentosa María Chinchetru conoció esta casa cuando se bautizó de periodista. Aquí deja su mensaje: “¿Mis barras favoritas de Logroño? Tastavin y Torres en la San Juan, en ambos casos la explicación es la misma, por la variedad de pinchos y la presentación. De Laurel me quedo con La Tavina, porque además de los pinchos, tienen amplia variedad de vinos para elegir y me gusta el ambiente del sitio en sus tres pisos, superagradable. Y después hay dos bares en la calle Capitán Cortés que son mi debilidad, mis favoritos del todo: uno de ellos es el Choca 2, un bar con solera, que regenta un matrimonio adorable que a mi siempre me ha hecho sentir en casa. Ponen un chocolate con churros que anima a los muertos en invierno y después, su especialidad son los sandwich calientes (de tomate o vegetales), que están buenísimos Y el otro de la calle Capitán Cortés, está justo en la otra esquina de la calle y es muy diferente. Es un pequeño bar llamado Open, cuyo diseño me encanta para tomar un vino vespertino y que tiene un pincho de cecina muy bueno.
Como las dos colegas que le preceden, también hubo un Quique Alcalde que veló en esta redacción sus primeras armas. Esto nos cuenta: “Mi favorito ahora, y el que más frecuento de largo, es el Asterisco. También mencionaría el Odeón (plaza Parlamento) y el Odeón Single (plaza del Mercado, este en horario nocturno). Y por poner uno de fuera del centro, el Zhivago, de la calle Clavijo .
Y regresamos a esta casa que nos cobija con infinita paciencia. Desde el departamento de diseño, Diego Ortega se pronuncia así: “Mis bares favoritos son bastante sencillitos, aunque no por ello dejan de ser muy buenos. De la zona de Portale, Iturza, La Jala Sound y Malabar. De Laurel, el Soriano. De San Juan, Torres. De Gil de Garate, Centro Asturiano y La Taranta. Y por encima de todos está el bar Tizona”, recientemente desaparecido.
Y concluimos con el más jovencito de los encuestados, décimo opinador de esta saga. A pesar de su corta edad, Iñaki García apunta maneras, como se puede deducir de su respuesta: “Bueno, aquí van mis preferencias. Como verás son todas nocturnas porque por el día no suelo ir mucho a los bares. Soy animal nocturno. El Pórtico. Es el bar al que vamos los amigos al comenzar la noche. Es un lugar en el que se pueden echar unos kinitos con cartas, dados u okalimochos. Quedan pocos bares de este tipo en Logroño. Brieva. No se puede dejar de nombrar este bar en el que poder encontrar el himno del Club Deportivo Logroñés, la sintonía de ‘Qué apostamos’ o los grandes éxitos de Rocío Jurado, Rocío Dúrcal o Los Pecos. Un clásico. Dolce Vita. Buena música, buena atención y muchas iniciativas atractivas en este local de La Zona”.

Con Javier Caballero, el autor del blog copas en ristre

P.D. Como impulsor de esta lista de bares favoritos (y al fin y al cabo colega de quienes han contestado en esta entrega), y antiguo cliente de muchos de ellos (y como prueba ahí aparece esa foto que me envió el antiguo compañero de fatigas Javier Caballero) veo llegado el momento de proclamar cuáles son mis predilectos. Citaré tres: Las Cañas, La Granja y Continental. Tienen un inconveniente: que desaparecieron hace unos cuantos años. Y una ventaja: que como son difuntos, no me comprometen con los que están abiertos y pongo a salvo por lo tanto la necesaria ecuanimidad que debe guiar este blog .

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Que viene Gallarza
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Jorge Alacid | 04-10-2014 | 07:38| 0
Hermosa vista de la calle Gallarza. Foto de Juan Marín

Ahora que reabre el Tívoli, parece llegada la hora de recordar que aunque siempre fue un bar incluido dentro de la ronda habitual por la Laurel, en realidad es en González Gallarza donde se cobija. Otra cosa es que, en efecto, se ofreciera como entrada, fielato y cabeza de puente para organizar el peregrinaje por la calle logroñesa más citada en este blog: el Tívoli se incorporó desde antaño en nuestro imaginario a la Laurel y vaya usted ahora a sostener lo contrario, frente a la evidencia de que su puerta principal daba como se ha comentado a Gallarza y el otro acceso, en pleno chaflán hacia Bretón de los Herreros. Ocurría, supongo, que la fama de la Laurel ejercía como un imán que atrapaba a los bares adscritos a su alrededor, cosa que sigue sucediendo: como hemos visto en otras entradas, hasta los bares de la vecina San Agustín forman parte de la asociación de la calle Laurel. Cualquier logroñés lo puede entender: nuestros trasiegos no siempre coinciden con el nomenclátor municipal.

Que el Tívoli se viera como un hito más en el itinerario de la Laurel obedecía también, supongo, a que en realidad la calle Gallarza, pese a ubicarse en el mismo ombligo logroñés, carece misteriosamente de atractivo para los bares. Mencione usted, improbable lector, algún local que recuerde en esta calle: yo casi desisto. Salvado sea el Niza, que también mereció nuestras atenciones tiempo atrás, y ese indeciso Tívoli que siempre pareció habitar en otra calle, hasta que Abadía abrió La Casa de los Quesos en la esquina donde se alzaba la barra del Carabanchel y desde hace unos meses también empezó a despachar vinos, la historia de esta calle se limita a ese exiguo racimo de bares. Lo cual me intriga y a la vez me permite vislumbrar un prometedor porvenir a muy corto plazo: bastaría con que algún intrépido hostelero se animara y añadiera su propio negocio al rosario que se inicia (repetimos) en el Tívoli, prosigue con ese paso de paloma que significan la Taberna del Tío Blas y La Tavina, alojados ambos en la esquina con Laurel; continúa con el mentado Niza y concluye (de momento) con el establecimiento de Abadía, con la duda de si admitimos el Noche y Día que hace esquina con Portales. Es sencillo imaginar que toda la mano izquierda según se viaja hacia la calle Portales admite nuevos usos hosteleros para los bajos allí ubicados; igual ocurre con los emplazados a la derecha nada más superar Hermanos Moroy.

Es un sueño y ya se sabe que soñar es gratis. Pero ingresados en el territorio de la utopía, cabe idear también un destino nuevo para González Gallarza que actualice la entrañable plaza de Abastos: esto es, incorporarla al circuito de bares según el exitoso modelo implantado en otras ciudades. Serviría de paso para insuflar algo de actividad a un mercado que llevo muy dentro del corazón (allá vendía los productos de la huerta familiar mi abuela Felisa) y que fue para muchos logroñeses de mi generación y de otras vecinas nuestro particular Corte Inglés. Desde hace demasiado tiempo, el mercado languidece. Cada ocurrencia municipal ha sido sólo eso: una ocurrencia que nunca trajo tiempos mejores. Más bien al contrario: tal vez sería mejor pedir a cada Corporación que se limitara a dejar la plaza tal y como la encontró…

Dicho lo cual, aprovechar sus coquetos espacios y su privilegiada sede en el Logroño de siempre parece una asignatura que casa bien con el mundo de la hostelería. Saborear un Rioja mientras alguna mano amiga allega desde Varea una ensalada de tomate o refrescar el gaznate acompañando el trago con alguno de los preciados embutidos que por allí se despachan… Encontrar sitio para una tertulia presidida por los vinos de la tierra, otorgar en definitiva una nueva vida a uno de los mejores edificios civiles de que dispone la ciudad y reanimar las calles circundantes… Ahí tenemos un estupendo plan de actuación: yo mismo me animaría a apoyar con mi voto al partido que se presentara con un programa donde incluyera un destino semejante para la plaza de Abastos.

P.D. Aunque en puridad tanto La Tavina como la Taberna del Tío Blas se alojan en la Laurel y sirven como espléndido acceso hacia la emblemática calle para vecinos y forasteros (nada que ver con la tristona imagen de apenas unos años atrás, como se aprecia en la imagen del compañero Juan Marín), ambos locales se abren también a la calle Gallarza, imprescindibles pasos de paloma para esa costumbre tan logroñesa: ver sin ser (demasiado) vistos. De paso, ayudan según me cuentan a que los miembros de una de nuestras cuadrillas más veteranas acaten la orden de sus médicos: puesto que el galeno les ha dicho aquello tan común del “el vino, fuera”, eso hacen nuestros hombres. El vino, en efecto, se lo toman fuera.

 

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Bares y letras
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Jorge Alacid | 26-09-2014 | 15:32| 0
Claudio Magris, en el Caffe San Marco de Trieste

Una coalición de azares ha depositado sobre mi teclado una sugerente invitación: por qué no destinar un rato a reflexionar sobre bares y letras. Es decir, de cómo nuestras lecturas se han emparentado alguna vez con ese memorable cosmos formado por las barras y los tragos. Repasando mi propio equipaje como lector, reviso ahora al amor del bar aquellos libros que más me han impresionado y confieso que unos cuantos tienen bastante que ver con una de las declinaciones del universo hostelero más caras a la literatura: sus incursiones en el mundo de los bebedores. Sobre todo, de los grandes bebedores.

Habrá que citar en consecuencia al dipsómano cónsul de Bajo el volcán, con quien me he tropezado en una de mis lecturas veraniegas: la recomendable biografía del precozmente fallecido David Foster Wallace, un autor con su propio currículum de adicciones donde el alcohol fue sólo una nota a pie de página. Para Wallace, las peripecias del embriagado héroe que Cormac McCarthy dibuja en su novela Suttree son superiores artísticamente al retrato que Malcolm Lowry nos dejó de su Geoffrey Firmin, cuyas andanzas entre vapores mexicanos muy bien  se pudieron titular Bajo el mezcal. Desconozco la citada obra de McCarthy, como no he sucumbido tampoco a la de Kingsley Amis, de quien Malpaso acaba de publicar su apetitoso Sobreber, aunque sí he frecuentado más la de su hijo, Martin Amis, uno de mis autores predilectos y, como buen british, también entregado a la gimnasia del gin y otros destilados.

Más cerca de casa me pillan los cafés que retrató la generación de Cela y compañía, donde se consumían las horas en la larga noche del franquismo. Los madrileños cafés de La Colmena o de Tiempo de Silencio perviven en mi memoria como una metáfora muy lograda de cómo fue aquel tiempo que por edad no conocí pero que, siendo propio de la época de mis padres, he rememorado aunque sea por persona interpuesta: gracias a los recuerdos familiares, claro, pero también gracias a la alucinada prosa de Martín Santos de quien un día fui muy devoto. Los cafés poseen su propia literatura porque garantizan una atmósfera muy peculiar, desbordantes de tipos dignos de ser retratados por una pluma ágil y comprometida con su tiempo, pero también ingresan en la esfera de los libros por una vertiente muy curiosa: los cafés, entendidos como escritorio de algunos grandes de las letras. En el bar situado debajo de su domicilio confesaba el gran Pepe Hierro que se sentaba a escribir sus poemas y por los cafés han deambulado con sus cuartillas unos cuantos grandes de esta disciplina, de Borges a Cortázar, pasando por Joyce y Umbral y desembarcando en otro de mis favoritos, Claudio Magris. El escritor italiano suele pasar revista a la vida emboscado en el Caffe San Marco de Trieste y desde allí (donde lo vemos fotografiado por Daniele di Marco) dispara su lúcida escritura para beneplácito de sus adictos.

En un bar (concretamente, en un coqueto velador sobre el Paseo de la Castellana) sitúa mi admirado Javier Marías cierta escena decisiva de su enorme Los enamoramientos, novela que tanto me conmovió, y por bares de toda condición (y sobre todo mucho humo) se movían con lánguida elegancia los héroes de Hammet, Chandler y epígonos, incluido mi Ross McDonald, tan querido. Voy citando a bote pronto los vínculos entre alcohol y literatura que se me van ocurriendo, repasando mis lecturas más cercanas, y compruebo que se trata de dos universos que se alinean con tanta frecuencia como provecho. Supongo que los bares, como escenarios de un cierto imaginario literario, predisponen a los escritores a encontrar la magia que buscan en sus incursiones por el territorio de la ficción. Y supongo que en los bares nos reconocemos quienes pertrechados de nuestros libros de cabecera exploramos los conflictos y avatares ocultos entre las mejores páginas que nos han ido construyendo la personalidad. Y en los bares, en fin, se forja esa alianza entre la inspiración y la botella tan cara a la historia de la literatura. Entre lectura y lectura,  entre trago y trago.

P.D. De la gran literatura a la letra pequeña del papel prensa, el verano me ha traído la confirmación por distintos frentes de que los bares, como ya se intuía por aquí, forman tendencia. Su riquísima vida convierte la estancia en su interior en una expedición harto interesante, pródiga en ratos magníficos. Lo corrobora este estupendo artículo titulado Alcoholes que pesqué en Jot Down: lo firma el gran Marcos Ordóñez y lo rescato porque me parece, que en cierto sentido, es un enfoque barcelonés de algo parecido a lo que contamos en este blog. Algo así como Barcelona en sus bares. Espero que guste al improbable lector.

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Saluda a todo el que veas
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Jorge Alacid | 18-09-2014 | 17:58| 0

Hace un año, por estas fechas consigné una estupenda sorpresa en este mismo blog: en un bar de la calle Laurel nos convidaron a zurracapote, servido fresco en el porrón preceptivo. Ocurría que Logroño se preparaba para sus fiestas mateas y en ese local habían decidido recuperar una tradición perdida vaya usted a saber en nombre de qué nuevas y funestas costumbres. Porque antaño era casi obligatorio: en la mayoría de bares, sus propietarios preparaban la riquísima pócima para regalar al indígena y al forastero, a quien se iniciaba en ese brebaje escasamente conocido lejos de entre nosotros. Tengo observado que tal hábito se mantiene fuera de Logroño, en algunos municipios de La Rioja, lo cual me parece una manera muy apropiada para corroborar si, como dicen, por esta tierra somos o no somos hospitalarios. Con el porrón de zurracapote lo podemos saber: así se pasa de las palabras a los hechos.

Viene a cuento este prolegómeno de que veo llegada la hora de honrar al santo Mateo y revisar la curiosa metamorfosis que los bares patrios protagonizan cuando desembarcamos en el rito del cohete (que algún hortera llamará chupinazo), bullicio callejero y resto de tópicos que perpetramos por Logroño cada 21 de septiembre. Los bares, ay, dejan un poco de serlo: las muchedumbres que, sobre todo en fin de semana, se despliegan por nuestras calles y plazas exigen una respuesta inmediata para satisfacer sus necesidades en materia de tragos y bocados, los camareros necesitarían otra vida para atender cada demanda, es habitual por otro lado la derrama en forma de vomitonas y demás desperdicios entre quienes debutan esos días en la costumbre de desparramarse y, en fin, la ciudad es otra. Sus bares también: sus bares en determinados casos incluso cierran sus puertas, porque sus propietarios prefieren ahorrarse los sofocos mateos, y hay quienes abandonan su perfil tradicional para aceptar las exigencias de una clientela… poco exigente. Se trata de pasarlo bien, sin grandes pretensiones, y entonces nuestras barras de confianza se convierten simplemente en una excusa: parte del decorado.

No ignoro que se mezclan estas dos tendencias (el bar que se fuga y el bar que se maquilla) con otras menos llamativas. Fuera del centro, las barras conspicuas mantienen su fisonomía, adornadas sólo con algún detalle mateo (camareros con pañuelo al cuello), e incluso habitan entre nosotros las que procuran un esfuerzo adicional por estar a la altura del reto que supone recibir a una legión de visitantes que sólo viajan a Logroño por esos días y, por lo tanto, se llevarán de aquí la imagen que se desprenda de la semana festiva. Y luego están los bares que se inauguran por San Mateo, subgénero logroñés del que ya hablamos aquí hace nada, y los bares furtivos: se trata de esas casetas que aparecen por fiestas y amplían la oferta hostelera, con resultados… mejorables. Son como bares de compromiso, que añaden una nota de color al folclore local con mucho chunda-chunda por los bafles, versión macarrada pura o versión sevillanas. No los cuento entre mis favoritos, aunque confieso que sí: que los he frecuentado.

Y los he frecuentado desde la primera vez que una carpa de esta guisa brotó ante nuestros ojos: ocurrió en los primeros 80, allá en avenida de Portugal, donde antaño se alzó el garaje Elías. En el abandonado solar, la compañía andaluza de vinos llamada Terry instaló sus reales, con una enorme barra al fondo, con su suelo de madera para zapatearlo al ritmo de los bailes andaluces (cosa que no sucedía apenas: entonces casi nadie sabía bailar sevillanas por estas tierras) y con sus corrales donde un caballo blanco, fetiche de la marca desde los días de la tele con sólo dos cadenas, esperaba la hora de acudir enjaezado hasta la plaza de toros.

La novedad fue muy bien acogida entre la fauna local y fuimos muchos quienes descubrimos los vinos de Jerez y los amontillados. También descubrimos por entonces que la manzanilla no tenía necesariamente que ser ese bebedizo caliente que te daban si te dolían las tripas, sino un delicioso néctar alumbrado en un lugar de hermoso nombre: Sanlúcar de Barrameda. Nos acostumbramos al pan de picos para acompañar las tapas propias del sur, con su jamón finamente cortado y sus pescados fritos que en nada se parecían al de San Bernabé, y aceptamos lo que deberíamos aceptar estos días: que Logroño cambia por fiestas.

Yo espero que sea para bien, aunque desde que me recojo pronto tiendo a pensar lo contrario. Lo cual no me impide desear al improbable lector unas felices fiestas y rogarle humildemente que deje de orinar por las esquinas. Es preferible que siga el mandato de uno de mis refranes logroñeses favoritos: en estas fiestas mateas, saluda a todo el que veas.

P.D. Se ha citado antes el caso de los camareros que protegerán estos días sus gargantas con el pañuelo y traigo malas noticias: aunque se empeñen algunos en lo contrario, aunque los puristas seamos ya una minoría en plan abuelo Cebolleta, el pañuelo de fiestas es rojo. Rojo, repito: se decidió subvertir esta costumbre que sí preservan en los pueblos riojanos, sobre todo Ebro abajo, para no parecernos a los vecinos navarros. Pero la tradición es la tradición, así que insisto: el pañuelo mateo es rojo. Escrito lo cual, que cada uno se ponga el que más le guste, preferiblemente el que vende Diario LA RIOJA inspirado en nuestra baldosa indígena. Al fin y al cabo, en efecto, estos días Logroño será un pañuelo.

 

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