Bilbao en sus bares

El Iruña de Bilbao

La primera vez que entré en el Iruña de Bilbao (en la imagen, foto de El Correo) fue en el verano del 82, suceso que sigo sin olvidar. En honor a esa epifanía, procuro volver sobre mis pasos cada vez que visito el Bocho, lo cual hago con cierta frecuencia, incluso desde antes del Guggenheim. ¿Por qué me deslumbró? Bueno, cualquier cliente del popular café puede responder conmigo: porque el Iruña emana clase, estilo, distinción. Puro Bilbao, por lo tanto. La bella caligrafía de sus paredes tamizadas de cerámica, el laberíntico espacio que ocupa, rico en rincones ocultos a la primera mirada, su doble y elegante barra, que incluye un altillo en desuso donde el día de mi bautismo como parroquiano actuaba un trío de jazz, allí izado no sé cómo.

Curiosamente, el batería era un libanés a quien había tratado cuando manejaba las baquetas en un local logroñés ya difunto, alojado en el subsuelo de avenida de Portugal. Esa coincidencia acentuó mi amor por el Iruña, cuyos camareros me han despachado siempre con profesionalidad extrema, ese tipo de atención hacia el cliente fría y eficaz, sin grandes confianzas, de la que soy muy fan. Aún más lo soy del bar a la hora del vermú, que goza de un encanto imbatible sobre todo si la ciudad se desmiente a sí misma y en consecuencia luce el sol: el público invade entonces no sólo el interior sino la acera con vistas a los jardines de Albia, recoleto rincón bilbaíno que ni siquiera la severa sede del PNV logra afear.

Alguna vez tropecé con sus puertas cerradas porque tocaba descanso semanal. La dirección del bar compensaba mi decepción invitándome a acudir a su hermano pequeño, La Granja, en la vecina plaza Circular (antes llamada España), donde uno se encontraba un ambiente similar: hermoso maderamen, atención esmerada, clientela con ese punto tan british como sólo he visto en Bilbao en mis paseos por España (hoy llamada el Estado). Ambos locales, Iruña y La Granja, compartían propiedad con otro local fetén, el Bulevar anclado al otro lado de la ría. Garito también pródigo en atractivos, que completaba la triada feliz de mis paseos por el Bilbao hostelero, donde tengo puestas todas mis complacencias porque vengo observando que se honra desde antaño el feliz diálogo que algunos reivindicamos con nuestros bares favoritos, convencidos de que ese vínculo refuerza no tanto nuestra condición de consumidores como la de ciudadanos.

De modo que si hoy este blog vuelve a ignorar su titulo y viaja fuera de Logroño es para homenajear a una de mis ciudades favoritas, que tiene entronizados a sus bares mediante una tipología común que los hermana y sus clientes agradecemos: cuando ingresamos en alguno de ellos, una voz interior nos dice que en efecto ese bar es bilbaíno. Que ese bar sólo puede pertenecer a la misma ciudad que acoge a San Mamés, el puente de Deusto y el funicular de Archanda. ¿Qué los hace distintos? Ya se ha citado: sobre todo, clase. Mucha clase. Señorío. Profesionales de los de antes, barras con deslumbrante oferta gastronómica, clientela muy adicta al Rioja… Ese tipo de parroquia que sabe que como fuera de casa, en ningún sitio se está como en un bar, lo cual se refleja a toda hora aunque a uno le llama especialmente la atención que Bilbao siga siendo tan adicta al aperitivo, rito que se ejerce como a mí me gusta: en su versión larga. Es decir, estirándolo hasta las ocho de la tarde, trago arriba, trago abajo. Así que larga vida al Iruña, a La Granja y al Bulevar. Larga vida a las rondas por Pozas antes y después de que juegue el Athletic, larga vida al Colavidas, los bares de las Siete Calles y el Moyua, antaño Villa de Bilbao. Y larguísima vida a mi favorito, el coqueto bar que alberga el Frontón Deportivo, espacio que aconsejo visitar: lo más parecido a un club inglés que uno haya visto. Donde por lo tanto a uno le tratan como a un lord. Un lord de Bilbao.

P. D. Entre los encantos que custodia el Iruña figura su condición de pila bautismal de aquel célebre (bueno, célebre en época de mis abuelos) himno que hace un millón de años se entonaba para festejar lo mejor de la cocina española, a varias voces. Según relata su página web, la composición se data en 1927 y viene firmada por el sestaotarra Miguel Arregui, pianista del café por aquel tiempo, a quien auxilió Jesús Unzué, hijo del fundador que entonces ejercía de cocinero. Es ese canto famoso del “qué hay para hoy”, que el coro contesta de esta guisa: “Tenemos pollo asao, asao, asao, asao con ensalada, buen menú, buen menú, buen menú señor”. Postdata para curiosos.

Incondicionales de Laurel

Gonzalo, Torres y Nicolás, longeva cuadrilla de la calle Laurel, retratados por Víctor Rubio en el Sebas
Supongo que por estas fechas en el Ayuntamiento logroñés empiezan a darle al caletre (también llamado magín o cacumen) para acertar con los destinatarios de las insignias que suelen imponerse por San Bernabé entre personas o instituciones que más se hayan comprometido en la defensa y el cariño hacia su ciudad. Viene esta digresión a cuento de que  como aquí somos apóstoles del periodismo llamado de servicio, se le ha ocurrido al autor de estas líneas ayudar a sus munícipes y sugerirles que este año piensen para tal reconocimiento en aquellos paisanos que honran nuestra más acendrada tradición: irse de vinos. Irse de vinos cada día desde el comienzo de los tiempos. Son los que llamo incondicionales del Laurel, a quienes considero merecedores de ese detalle del Ayuntamiento y de cuantas otras distinciones ciudadanas se nos ocurran. Eximirles del IBI, por ejemplo.
Porque entre los distintos méritos que adornan sus trayectorias figura en puesto destacado haber contribuido con las generosas y cotidianas donaciones de sus billeteras a sufragar unas cuantas hipotecas a sus camareros de confianza, pagar los estudios de los chavales del dueño del bar de turno y contribuir a la segunda residencia de aquellos privilegiados hosteleros que hayan accedido a ella. No es su única aportación gloriosa y digna de premio: acudiendo día tras día, así en el frío invernal o en las nevadas noches, así cuando llueve a cántaros o abruma el sofocante calor, esta bendita legión de chiquiteadores natos preserva el rito logroñés por excelencia y permite entregar el relevo a las siguientes generaciones. Yo conozco a unas cuantas de estas cuadrillas y cuando me cruzo con sus miembros (con perdón) dan ganas de aplaudir, porque observo que en esta querencia hacia su calle favorita se encierra también un extraordinario cariño hacia su ciudad, que ellos manifiestan mediante la ingesta del vino de la tierra y las golosinas que aguardan en sus barras predilectas.
Antaño yo fui uno de ellos. Recorría esta calle en cualquier condición atmosférica, inasequible al mal tiempo, pero los hábitos que se van adhiriendo con la edad imponen cierto alejamiento de esta ruta, al menos diariamente. Así que yo confieso: siento una punzada de envidia cuando contemplo a las cuadrillas que sí mantienen esta tradición y compruebo además que la tozuda manía de ingresar cada tarde en la Laurel tiene efectos secundarios positivos. Porque algunos de los más conspicuos aficionados a esta costumbre frisan la condición de octogenarios y oiga usted: parecen chavalillos cuando van de ronda en ronda. Me cuenta los hermanos Rubio (Víctor y Eduardo, a quienes tanto debo) que alguna de estas cuadrillas de seniors opera como un reloj: sus integrantes empiezan en El Soldado y van luego enlazando un bar tras otro, siempre los mismos y en el mismo orden, de modo que quien se ha perdido la primera visita ya sabe dónde encontrarlos y reanudar la marcha otra vez prietas las filas. Ahí va la alineación: Gonzalo, Torres, Nicolás y Cengotita (este último causa baja últimamente, cosas de la edad).
También por el Bretón me confirman que cuentan con su propia e inveterada cuadrilla, adicta al mismo rito que ejecutan en parecidos términos. Veo chiquiteadores solitarios que rápidamente encuentran refugio en algún grupo de conocidos para arreglar con ellos el mundo cada tarde entre trago y trago y veo parejas con quienes uno ya compartía la misma calle y la misma afición de chaval que todavía hoy mantienen la fidelidad a Laurel, lo cual me parece que es una manera de honrar a quienes les precedieron en tan civilizado hábito. Por ejemplo, a don Eduardo Gómez, veterana presencia en este blog, adiestrado desde cadete en la certeza de que formar parte de los incondicionales de Laurel es una de las mejores maneras de ser logroñés y en consecuencia de merecer la medalla del Ayuntamiento. Como la que él ya tiene.
P.D. Se ha citado Laurel como epicentro de las andanzas de estas tribus urbanas de chiquiteadores pero a uno le vale cualquier otra calle, porque cualquiera habrá observado que semejante rito se perpetra también por la San Juan, que cuenta con su propia legión de adictos, por los bares de República Argentina y su entorno o por el recorrido que proponen otros locales de cada rincón de la ciudad. Las cuadrillas que nunca fallan merecen desde luego el reconocimiento del Logroño de siempre; espero que también merezcan algún detalle de los establecimientos que frecuentan, porque la economía riojana no se puede permitir el lujo de prescindir de esta aportación diaria al mantenimiento del consumo doméstico y familiar. Porque hoy, irse de vinos en España es una demostración de patriotismo.

Heredarás la barra

Juan Francisco Bargondia, al frente del Sebas. Foto de Justo Rodríguez

Mañana de sábado, largo (larguísimo desayuno), la prensa sobre la mesa y héte aquí (me encanta esta expresión) que desde la contraportada del suplemento Degusta de Diario LA RIOJA me saluda la cara de Juan Francisco Bargondia, alma, corazón y vida del inmortal Sebas, cuya biografía está cincelada a la barra del popular bar de la calle Laurel (aunque en puridad se aloja en la calle Albornoz, con su misterioso ascensor incorporado). Le veo a él en la estupenda foto de Justo Rodríguez y veo entonces, por esos sugerentes meandros que depara la memoria, a su padre, a quien empecé a frecuentar en mis primeras andanzas por la mentada calle. Héte aquí toda una saga de camareros, concluyo mientras apuro el café con leche casero. Héte aquí toda una saga en una profesión muy bien dotada de ellas. Al menos, en Logroño.

Así que voy desandando mis pasos y tirando de esta madeja de recuerdos: cuántas de las barras logroñesas que más he visitado son la mejor herencia que recibieron quienes hoy las ocupan. Me sitúo al comienzo de la calle Laurel y voy repasando: no son tantas, la verdad, pero han dejado huella. Me parece que la generación de camareros ya jubilados no logró que penetrara en su prole el gusanillo de la hostelería, con la señalada excepción del Sebas y alguno más, o es posible que sus descendientes conocieran desde temprano los peajes de semejante oficio y prefirieran salir tarifando. En el Buenos Aires, por ejemplo, sí se observa un hilo de continuidad, aunque ahora se emplaza en República Argentina y ya no funciona como bar. Hay toda una teoría familiar tras los champis del Soriano y también se puede seguir el rastro de El Soldado de Tudelilla y el Jubera reconstruyendo el árbol genealógico de quienes ahora lo comandan, pero ya se va viendo que son casos excepcionales. Lo común es lo contrario: no hay rastro de Juanito en el actual Donosti o de Julián en el Blanco y Negro y ni el Bambi ni el Páganos son tampoco lo que eran cuando otra generación los pilotaba. La lista puede extenderse pero la conclusión surge por sí sola: eso de heredar la barra… Parece como que no.

No, porque tampoco es un legado que en la vecina y por tantas razones emparentada calle San Juan se preserve. Cierto que Dani y Marcos honran el legado familiar al frente del García pero casi que pare usted de contar… Aquella tendencia tan común que observaba uno en su adolescencia, cuando los hijos reemplazaban a los padres y de un modo natural se embutían el mandil para atender a la clientela, me parece que ha desaparecido. Ignoro si se mantendrá en el futuro inmediato, pero tiendo a pensar que no. Ya digo que esta profesión impone una larga serie de sacrificios que, aunque a menudo sea también muy vocacional e inflame de pasión y entusiasmo a quienes la practican, menudea también la figura arriba mencionada, la de quien procurar salir pronto de la barra en cuanto advierte que adopta la forma de calabozo.

Y sin embargo… Sin embargo, hay algo que ennoblece a estos bares donde un hilo invisible asegura la continuidad en el trato, un cierto respeto a la tradición, un aire de permanencia muy grato para la fugacidad de nuestra vida como clientes. Como es natural, nadie puede imponer al resto de mortales la profesión que escojan y (repito) desertar de la barra una vez conocida la esclavitud que supone es harto comprensible. Pero a quien esto firma le encanta ejercer de parroquiano en aquellos locales donde antaño conoció a los progenitores de quienes hoy defienden la barra, porque la visita tiene algo de viaje en el tiempo, a su propia condición de veterano en estas lides. Como si se observara a sí mismo en un espejo con retrovisor y se viera retratado más jovencito en los ojos de quienes heredaron este bar y hoy siguen dignificando el hermoso oficio de sus antecesores.

P.D. Lejos de Laurel y San Juan anidan algunos ejemplos que confirman el titular de estas líneas y que me perdonen todos aquellos a quienes no cito: imperfecciones de la memoria. Sí, claro que hay quien hereda la barra, y estoy pensando en la saga de los Langarica, un par de generaciones que rinden homenaje al oficio familiar, o en Colo ‘Bretón’ y sus distintas encarnaciones hosteleras o en la línea de continuidad que se observa en el tantas veces resucitado Iturza o en el clásico entre los clásicos Café Moderno, donde se han destetado varias promociones de los Moracia o en el Victoria, de Carnicerías a Víctor Pradera, siempre en las mismas manos (más o menos). Pienso en todos ellos y me pregunto cuál de estas promociones recientes de camareros riojanos traspasará el oficio a sus deudos. Quiénes atenderán a nuestros heredederos.

Un bar distinto

Interior de La Retro, foto de Juan Marín

Un compañero de redacción y célebre bloguero me sugería hace unas semanas dedicar una entrada a ese nuevo concepto de bar indefinible, que triunfa así en la capital del Reino como en la periferia, cuya identidad se deduce a partir de la acumulación: es tienda, es lugar de encuentro, es esto, lo otro y lo de más allá. Y además, es un bar: en Logroño lleva por nombre La Retro y quien no haya traspasado su puerta puede estrenarse como cliente paseando por el número 9 de Calvo Sotelo, local lindante con la sala Gonzalo de Berceo, y reflexionar sobre qué raro es todo, qué raros somos: un bar, en efecto, donde te venden ropa, libros y discos (vinilos, por cierto), decorado con ese aire falsamente informal que tanto abunda (llámalo hipster si sabes aspirar la hache), de modo que el parroquiano siente que ha irrumpido más bien en el hogar de algún bohemio contemporáneo donde por otro lado le estaban esperando.

Esa sensación de amigabilidad, libre traducción del concepto ‘friendly’ tan en boga, me parece que encierra la razón de su éxito. Cualquier logroñés habrá podido observar que el personal se arracima a la puerta en buen número, deambula luego por el interior también formando una breve multitud (valga la paradoja) y sospecha uno que algo acabará comprando en la tienda o bebiendo en el bar, porque el sitio es bien chulo. Hogareño. Ladrillos a la vista, columnas de fundición, alianza entre madera y hierro… Sí, bien chulo. Si no entras parece que te estás perdiendo algo, como se deduce de la foto que ilustra estas líneas, cortesía de Juan Marín.

La Retro hace cristalizar en la retina de un logroñés ya veterano el recuerdo de uno de los bares más bonitos que en la ciudad han sido, Continental. No, no me refiero al bar alojado en las entrañas del Espolón, al que aludí ya en un post anterior, sino a su hermano mayor: una hermosa librería abierta poco antes en la calle del Cristo, estupendo espacio habitado por la sabiduría dispuesta en forma de volúmenes en sus anaqueles y dotado de un nivel inferior, donde penetraba uno como si ingresara en el centro de la tierra, pero una tierra poblada sólo por libros. El bar que hubiera hecho feliz a Borges, y digo bar porque sus propietarios, que pronto emigraron al citado enclave del Espolón donde antes reinó un bar/bolera, ofrecían un trago reparador a la clientela en forma de café o de infusión. No era por lo tanto un bar al uso, pero sí que resultó pionero en esta tendencia actual: una librería que es también algo más, o un bar al que esa etiqueta se le queda corta.

Así que la melancolía invade el paseo por La Retro, porque el autor de estas líneas se recuerda de jovencito paseando la mirada curiosa por aquella Continental y piensa que Logroño entero se explica muy bien en su historia recurriendo a la frase manida: lo que pudo haber sido… Lo que pudo haber sido y no fue, una larga trayectoria desbordante de proyectos truncados que le hubieran concedido una fisonomía muy distinta, más atractiva, de haber fructificado. Así que deseo que La Retro disfrute de la fortuna que le fue negada a sus antecesores, que la clientela siga ingresando en buen número, alivie la sed en su barra y se deleite con la terraza veraniega que se anuncia con vistas a uno de los sugerentes patios de manzana de Logroño más espaciosos y menos conocidos. Espero que curiosee entre los vinilos que aquí despachan o se lleve alguno de libros que se venden con denominación de origen: sólo hay obras de las editoriales riojanas Pepitas de Calabaza, Fulgencio Pimentel y Mangolele. Porque el nombre o el concepto es lo de menos: si uno está a gusto y se toma un trago con un nivel de confort más que aceptable, cosa que por aquí parece garantizada, a mí me vale. Yo le llamaré bar. Un bar distinto.

P.D. La buena vida de los hermanos Trueba, Tipos Infames (libros y vinos)… Abundan por Madrid garitos de este tenor, donde se hermana la ingesta de alcoholes y otros bebedizos con actividades alternativas: desde el comercio hasta la pura condición de lugar de encuentro. Algo de eso, de sitio donde-hay-que-estar, tiene La Retro, como advierte desde su perfil de facebook: club social, pone ahí, y eso parece ser. Un recinto que materializa la estupenda idea de Jota Echegoyen, polifacético y dinámico tipo que emprendió esta aventura hace tres meses… Club de lectura, taller de punto, sala de exposiciones, espacio para la tertulia, tienda que vende de todo un poco, a condición de que ese poco tenga mucha clase: mobiliario vintage, bisutería, decoración y ropa, según el formato pop up, esto es, que venderán diseños durante unos quince días y que pase el siguiente. Y además, es un bar. Cafés, repostería, refrescos, vinos, pinchos fríos: lo dicho, un bar. Pero distinto.

Bares a bocados

Un doble bocadillo, que es voz polisémica

Hace unos días, estando de tertulia con un hostelero local, el caballero mencionó un sugerente bocadillo que suele despachar en su bar. Repasando sus ingredientes, se nos hacía mutuamente la boca agua, sobre todo cuando citaba cierta mayonesa de soja con muy buena pinta que decoraba su creación. Entonces caí en la cuenta de un remediable olvido: por este blog todavía no se había paseado el mundo del bocadillo, que algún pedante llamará emparedado (o sándwich, como el pijerío madrileño), cuando en realidad son cosas distintas. Para entendernos en clave de Logroño: un emparedado era aquel bocado en que compitieron antaño Torcuato contra Cibeles, mientras que un bocadillo era lo que servían en el Moderno. Su célebre y ya citado aquí alguna vez bocadillo de calamares.

El bocadillo por excelencia en España y La Rioja, según tengo comprobado, era el de tortilla, aunque me parece que este refrigerio se bate en retirada. Es más común servirlo en formato pincho, un triángulo cuya ingesta leve permite nuevas excursiones gastronómicas en el bar de al lado. Bocadillos de tortilla fueron alimento habitual en la adolescencia, otra cosa que (ay) ya no es lo que era, porque por una magra aportación económica uno se avituallaba para un rato largo. Porto Novo (hoy encarnado como Porto Vecchio) fue en su momento la principal factoría logroñesa de este manjar, que salía por cientos de sus cocinas, y otro tanto ocurría en su primo hermano, el Oslo. Había no obstante otras alternativas, algo anteriores en el tiempo: por ejemplo, La Esquina, local que ahí resiste en la calle San Juan, recibiendo a quienes ingresan en ella por la Glorieta. A su atractivo gastronómico unía que se podía sellar la quiniela, ese boleto de 15 resultados que sigue sin tocarnos. Contaba a su favor con un elemento irrebatible: el bocadillo era enorme. Ciclópeo, gigantesco, casi media barra de pan en cuyo seno aguardaba el bocado mágico tarifado con gran sensatez. Competía en tamaño mastodóntico con otro clásico logroñés, el bocadillo de La Viga, periclitado garito de la calle Rodríguez Paterna que tanta gusa alivió en nuestra mocedad. El Mere, La Travesía (antiguo Ignacio), el Sebas: el mundo de la tortilla local es inconmensurable, aunque ya se confirma de estas referencias que del bocata hemos pasado al formato pincho. Que no es lo mismo.

Pero regresamos a La Esquina, porque muy cerca habitaba y habita cierto bar que me tuvo entre sus incondicionales gracias al encanto de otro tipo de bocadillo: el de panceta que despachaba el Alejandro de la calle del Carmen. Y que el dios del colesterol me perdone, porque con el amado cerdo hemos topado. Bocadillos de jamón de los jamoneros de confianza (calle Vitoria, calle Saturnino Ulargui, calle Oviedo, El Soldado, Pata Negra, García), de chorizo, de lomo o de salchichón: nos comíamos hasta los andares, en efecto. Eran bocadillos tan humildes como jugosos, que sigo sin olvidar, aunque los he ido abandonado, tendencia que creo que se generaliza. Ya digo que sospecho que la tapa mató a la estrella de los bocatas, aunque estamos a tiempo de asistir a su resurrección: por ejemplo, el de calamares que sirven en el Torres de la calle San Juan me parece un estupendo sustituto de sus hermanos mayores. Porque de regalo uno se zampa una dosis de nostalgia: ay, de aquellos bocatas de calamares del Moderno, qué se fizo. Do se fueron.

P.D. A la tendencia de relevar el bocadillo por una tapa se suma otra que tiene que ver con el tamaño: porque sí que importa. Quiere decirse que el bocadillo tradicional, constituido alrededor de casi media barra de pan, retrocede ante el formato minimal. De hecho, esta moda alumbra una nueva voz en la nomenclatura gastronómica de nuestros bares: con todos ustedes, el bocatita. Bocatita es de hecho un clásico de Logroño, como lo fueron los bocadillos con que aguardábamos en Las Gaunas los goles que rara vez llegaban o los bocadillos con que almuerzan los madrugadores allá por San Mateo, como bocadillos logroñeses bien castizos son los que sirven en el ambigú del Adarraga o los que nos zampábamos de críos en las lloradas sesiones dobles de cine del Bretón. Y otro vocablo que ha ingresado en nuestro vocabulario a la vez que en nuestras panzas me sirve para rematar estas líneas: qué otra cosa que un bocadillo es el kebab, la carne que gira. El fetiche de los hijos de quienes se iniciaron en el mundo del bocata allá en La Viga o en el Moderno.

Bares con nombre de mujer

Mosaico de fotos con camareras de Logroño. Obra de Diego Ortega, gracias al archivo de Diario LA RIOJA

A medida que avanza este blog, compruebo cómo ha ido recogiendo la vertiente femenina en nuestros bares. Cada día más. Igual que la mujer ha ido poblando escenarios en principio dominados por el sector masculino, también en nuestros garitos de confianza las chicas ocupan su espacio sin que a nadie le llame ya la atención, demos gracias a Baco. Habrá que explicar a las generaciones menos talluditas que no siempre fue así; que antaño una mujer defendiendo una barra, como también sucedía al frente de otros negocios con exceso de testosterona, llamaba la atención y fomentaba las maledicencias. Igual que no podían abrir una cuenta en el banco sin permiso de su marido ni bajar a la mina ni fichar por el Ejército, las mujeres parecían tener vetado su ingreso en la hostelería.

Aunque es cierto que siempre fue un gremio más generoso con su presencia que el resto del paisaje laboral. Tal vez, porque como se trataba de negocios familiares en gran parte, el matriarcado quedaba entonces justificado. De modo que los logroñeses más veteranos sí que recordarán algunos ejemplos de mujeres trabajando en su bar, solas o en compañía de sus esposos, aunque preferentemente al mando de la cocina. Así ocurría en tantos y tantos casos. El Buenos Aires, con Carmen y Pilar faenando en los fogones aunque asomando poco en la barra, el Negresco, con María Luisa como sombra eterna de Luis Santos, el Jubera, también pródigo en explorar su lado femenino…

Pero un bar que incorporarse a su plantilla, sin mediar vínculo familiar alguno, a una mujer como camarera… Un bar que eligiera a una mujer en vez de un hombre para atender su barra… Antaño no era algo tan frecuente como hoy. Eduardo Gómez siempre me recuerda el caso del extinto Bahía de Marqués de Vallejo, pionero en contratación de barwoman. Con el paso del tiempo, las mujeres se fueron haciendo fuertes al frente de sus negocios, demostraron que los prejuicios son sólo eso, lamentables mentecatadas, y floreció una primera gran promoción de camareras logroñesas que allá a finales de los 80 empezó a desempeñar su oficio en el escenario entonces más bullicioso de la ciudad: los bares de la Zona. Poniendo copas a deshoras, aguantando al mirón de guardia y las impertinencias de rigor, aquellas muchachas que hoy peinarán alguna cana se licenciaron como maestras en un oficio que exige buen ojo para catalogar al cliente, mano izquierda para despachar la consumición y entrega casi total, porque ya se sabe que en esta profesión los horarios casi no existen. Virtudes todas ellas que la mujer suele acreditar en igual (o mayor) medida que un hombre.

Así que las chicas triunfaron. Y siguen triunfando. Entro en Vinissimo y confirmo esta apreciación, paso por La Travesía y me sucede algo parecido, no digamos si paro en el Donosti de la Laurel. Añada el improbable lector cuantos ejemplos conozca y comprobará que son legión las barras donde las mujeres dominan.  Y mientras voy reflexionando sobre esta evolución tan halagüeña en el universo de nuestros bares, desemboco en una carambola: resulta que mañana es el Día de la Mujer Trabajadora, valga la redundancia. Juro que no lo tenía en cuenta mientras semanas atrás repasaba la dichosa lista de bares donde alguna vez me atendió una mujer a quien no he olvidado y pienso que tan feliz coincidencia merece dedicar estas líneas a ellas. A todas las mujeres que uno ha ido conociendo en los bares de Logroño, a los dos lados de la barra.

P.D. Si tengo que elegir la primera camarera que me impresionó como cliente aún barbilampiño, yo confieso: fue Julia, la entonces propietaria de El Soldado de Tudelilla cuando el bar aún se alojaba en la calle Laurel. Aquella dama, a quien veo de vez en cuando por Logroño sobrellevando con airoso garbo la jubilación, me sirvió un inolvidable bocadillo de aceitunas que hubiera hecho feliz a Dalí. Puro surrealismo. Y sin salir del confesionario, lo admito: la camarera que conquistó el corazón de los logroñeses de mi quinta fue  María Luisa, icono de La Universidad. Derrochaba estilo, clase y elegancia: como si Elizabeth Taylor hubiera fichado por la calle Laurel.

Bares color caqui

Bar Trompeta de Plata, en Logroño. Foto de Juan Marín

Recogiendo una amable invitación dedico esta entrada a rememorar los tiempos color caqui y los bares de semejante tonalidad que poblaron los alrededores de cuarteles en los tiempos inmemoriales del servicio militar, mili para el vulgo. Lo hago a partir de un caso bien logroñés: el bar Trompeta de Plata, cuya suerte quedó unida antaño a los avatares del vecino cuartel de Artillería, aunque no se encargara tanto del toque de diana como del toque de retreta.

Ocurre que así como solía haber un bar pegado al cogote de la redacción de cualquier periódico, cosa semejante ocurría en el universo militar. Eran locales que servían como extensión del cuartel y así acontece con el mentado Trompeta, que incluso contaba con taquillas para que los mozos dispusieran de ellas, una vez se cambiaban el traje de romano (o de bonito, que ambos términos existían en nuestra jerga) e ingresaban vestidos ya de civil en las calles logroñesas. Se dice Logroño como se puede citar cualquier otro rincón de España: el que conoció quien esto firma se anclaba en el barrio que llaman Campamento, mediado el camino que va desde San Roque a La Línea de la Concepción en el lejano Campo de Gibraltar, y era gemelo de nuestro Trompeta: mesas con perennes jugadores de cartas, imantados a la formica, barra especializada en la manofactura del plato único bautizado como completo y un breve biombo que hacía frontera con una suerte de vestidor, donde se ejecutaba ese rito de despojarse del traje de soldado y disfrazarse de paisano. A veces, tal bar ejercía de fonda: en los pisos superiores se arracimaban estancias repletas de camas, donde los privilegiados aprovechaban el pase pernocta. Las habitaciones reproducían la estética cuartelera, con la ventaja de que nadie exigía hacer guardia. Allí arriba tampoco existían las imaginarias.

Pero este tipo de bar, en sentido estrictamente hostelero, pasó a la historia por la dedicación infinita a la producción en serie de esos platos donde se despachaba la mercancía idolatrada por su clientela militar: dos huevos fritos, patatas igual de fritas y muslos de pollo o filetes de lomo a elegir como aporte cárnico. Contaban que semejante alimento formaba parte de la dieta casi única del boxeador llamado Urtain, mito de los años 70, y así se conocía en media España. En mi caso, usábamos una nomenclatura equívoca: le decíamos completo, polisémico vocablo que servía en alguna barra para ofrecer ese clásico de sobremesa compuesto de café, copa y puro. De modo que podía suceder que al primer completo le siguiera este segundo.

Pero como quiera que el servicio militar tenía la costumbre de enviar a los quintos indígenas lejos de su patria, el Trompeta fue una barra más frecuentada por forasteros que por autóctonos, salvada sea la excepción de los llamados voluntarios, mozos que optaban por quedarse en casa haciendo la mili a cambio de ofrecer al Ejército unos cuantos meses más de servicio. Así que uno tuvo que esperar a licenciarse para conocer el Trompeta y encontrarse con lo que no quería: el mismo bar de la misma mili, sólo que a diez minutos de casa. Idéntica monodosis de completos (a precios imbatibles, eso sí: la paga del soldado era exigua y los taberneros adaptaban a ella sus tarifas) y similar paisaje. Cortes de pelo uniformes, parecidos chistes y las dichosas batallitas que todos hemos contado tantas veces como oído. Así que no quedó más remedio que huir. Huir de La Trompeta porque una vez que has conocido el mundo caqui es lo único que debes hacer: huir de él. De hecho, pasan los años y veo que sigo huyendo de sus inverosímiles reglas, surrealistas escenas y demás  parafernalia. Confiesa el escritor Muñoz Molina que todavía hoy se levanta algún día sobresaltado de la cama pensando que sigue haciendo el servicio militar. Le juro a usted que no es al único que le pasa: esa trompeta no deja de sonar en alguna cabeza.

P.D. El planeta de bares de color caqui adquiere a las afueras de Logroño una tonalidad azul, propia del uniforme de aviador que colonizó los garitos del entorno de Recajo. Como muchos de ellos lucen a su entrada una luz roja y este blog puede ser leído por menores, no abundaré en tal cuestión. Y hablando de menores: para muchos de los púberes logroñeses Trompeta es hoy sinónimo de botellón, nuestro gran bar al aire libre, puesto que los jardines, parques y oscuros rincones al bar de la calle Trinidad son el escenario clásico para semejante práctica. El único modo de iniciarse en la ingesta de alcohol al que son ajenos los clientes conspicuos del Trompeta: aquellos soldados de mi quinta y alrededores a quienes hoy brindo esta entrada.

 

Soria en sus bares

Puerta del bar Lázaro en Soria. Imagen de Tripadvisor

Nos vamos de excursión. Para esta visita fuera de Logroño a bordo de este blog, luego de aquellos viajes por Cenicero y Madrid, he elegido una población vecina que llevo muy dentro del corazón. Hablo de Soria. Así que andando, camino Soria, como dijo el cantante: porque superado Piqueras, su doble serie de seis curvas que murió a manos del túnel que hoy hace frontera, uno llega a la ciudad de los poetas y tiene donde elegir. Porque el soriano disfruta como cualquier logroñés de barra en barra, mantiene el rito del vermú con una fidelidad que ya quisiéramos por aquí y aprecia sobre todo la vertiente dominical de tal costumbre, ocupando los bares del centro en modo avalancha y sometiéndose también de paso a las ricas tapas que salen a su encuentro.

La tipología de los bares sorianos es variada según tengo observado, aunque predomina un tipo de local que podríamos denominar madrileño. Es decir, un bar de esos de toda la vida, por donde aún no han pasado los aires de modernidad que tanto daño han hecho a la España hostelera. El fanático de la terraza dispone de hermosos veladores la espléndida Dehesa y si toma el coche con destino al cercano Valonsadero, monumental parque medio urbano a las afueras de la ciudad, disfrutará del encanto de tomarse un trago al aire libre con mucho, pero que mucho, mucho aire. Y muy libre. Pero sostengo que la auténtica sustancia de los bares sorianos reside alrededor de la calle de El Collado, depositada por ejemplo en los garitos de la plaza de Herradores, donde tengo dispuestas todas mis complacencias en un bar de ambiente taurino y estupendos boquerones en vinagre: el bar Félix, algo desfigurado tras su última reforma. En este y otros bares se cumple una tradición también muy madrileña: tiran la caña a la perfección. Lo cual podrá comprobarse si seguimos ruta por El Collado e ingresamos en cualquiera de los bares del Tubo y del Tubo pequeño, que tanto recuerdan a nuestra calle Laurel.

Pero antes de penetrar (con perdón) en la esencia de los bares sorianos, hágame el improbable lector este favor: aléjese unos metros más allá de la plaza y por la calle Puertas de Pro alcance el bar El Silencio, local de nombre estremecedor donde hallará reparación para la caminata en forma de contundente tapa de atún en escabeche. Un taco delicioso, que sirve para reanimar el estómago y reanudar la marcha, ahora sí, en dirección los bares que festonean El Collado y vías adyacentes. Un desfiladero donde se honra a Baco y donde se degustan las especialidades de la cocina de la tierra, que para mí siempre tendrán la forma y el gusto del torrezno, encantadora golosina que habita en casi cada barra pero que disponen de manera fetén en dos de ellas según me parece: el Mesón Castellano y el bar Santo Domingo.

Dejo para el final mi favorito, la bodega Lázaro. Una taberna alojada en el arranque de El Collado, con su cortinilla de pedrería a la entrada que tanto me recuerda a la casa de mi abuela y su barra inmóvil, una foto fija en el tiempo de cuando este tipo de locales menudeaban. Hoy ejerce de último mohícano, despachando los mismos vinos dulces de siempre en los vasos de toda la vida, sembradas sus paredes de recortes de periódicos anteriores al off set y alfombrado el suelo de cáscaras de cacahuetes, bocado que sirven por doquier en sus impagables bandejitas blancas. El Lázaro, inmemorial almacén de vinos, es uno de esos bares que uno desplegaría en un imaginario paraíso habitado sólo por los garitos de confianza donde se consigue la hazaña de estar mejor que en casa: no son tantos y éste es uno de ellos. Un bar que hace bueno su nombre: su clientela resucita a una vida mejor cuando traspasa su puerta.

P.D. El improbable lector que llegue hasta el final de estas líneas y decida algún día darse un paseo por El Collado hará bien en detenerse mediada la calle y admirarse del bello inmueble donde se aloja una institución de esmerado pedigrí: el Casino de Soria. Si ingresa en su interior, seguramente se asombrará con la delicada decoración que le transporta un siglo atrás, cuando la ciudad se convirtió en destino de poetas, de Bécquer a Machado pasando por Gerardo Diego por citar sólo a los más célebres. A ellos está dedicada un rincón en los pisos superiores; a ras de suelo, y por eso aparece en este blog sobre bares, el Casino dispone de una elegante barra, bien surtida de pinchos, donde también se tira la caña con gran clase, que el cliente apura mientras ve pasar la vida tras los ventanales que dan a la calle. Un pasatiempo muy aconsejable.

Los bares raros

Bar llamado cabin, típico de Londres. El de la foto se ubica en el barrio de Hampstead

España es tierra de bares y La Rioja, otro tanto. Así que hay bares de todos los colores y estilos sin ir más lejos que paseando por Logroño: repaso la lista de los más raros que he frecuentado en esta ciudad desde mi lejana mocedad y me salen unos cuantos. Los hay raros por su emplazamiento: qué pinta un bar en un hospital, por ejemplo. Pero como todos los hospitales que conocemos en estos pagos cuentan con su hermosa barra, sus banderillas y su tinto de la casa, pues no le damos importancia. Por no citar otra rareza máxima, los bares de tanatorio. Abstenerse chistosos.

Culpo de esta entrada a Toño del Río, que me recordaba hace tiempo la costumbre juvenil que adoptó con su cuadrilla de incluir en su ronda una visita al bar de la extinta Policlínica Clavijo, hoy residencia de ancianos. ¿Qué les atraía de tal escenario? Se ignora. Yo pienso que uno toma esas decisiones tan extravagantes por aburrimiento. Es lo que tiene Logroño, que te acabas cansando de las mismas rutinas y te decantas por la primera originalidad que sale a tu encuentro… aunque tú mismo no sepas muy bien la razón. En mi caso, confieso que durante una breve temporada me aficioné a una barra muy opaca. Se escondía en el seno de una dependencia policial, entonces ubicada en Murrieta, frente al Hospital Militar hoy en trance de reconversión. Unos oscuros hangares donde un grupo de agentes de la Policía Nacional (los grises, sí) se refugiaban del frío durante el retén de guardia y se hacían fuertes parapetados tras una barra breve, cuyo único encanto residía en los competitivos precios que acreditaba: el botellín de cerveza, a 15 calas (últimos años 70, primeros 80). En realidad, para su conspicua clientela su atractivo era otro: poder contarlo. Poder contar a la salida el bar raro, rarísimo, del que veníamos.

Ese tiempo de bares raros me temo que cesó. Con el tiempo, nos hemos ido convirtiendo en clientes más formalitos y más exigentes, incómodos con las extravagancias. Recuerdo que antaño el bar de la Residencia Sanitaria, en los años en que el Hospital San Millán se llamaba así, también tenía su punto. Un no sé qué, un qué sé yo. La cafetería del San Pedro carece sin embargo de este singular encanto: parece más bien una estancia del propio hospital, con ese aire aséptico e impersonal tan frío: casi un quirófano. También han desaparecido alguno de los bares que poblaban los institutos de nuestra adolescencia: el del D´Elhuyar está cerrado, según creo, aunque sobreviven el del Sagasta y el de la Escuela de Arte. Aunque me parece que el bar más raro, tal vez el único de esta tipología que resiste en Logroño, anida en un supermercado. Nada menos: ahí lo tienen los curiosos, entrando en el Sabeco (que otros llaman Simply) que tiene acceso por Calvo Sotelo. Una breve barra que dispone de una clientela fiel, dispuesta para alargar la tertulia. Un bar raro, en efecto, aunque no tanto como éstos: los recopilados por el Huffington Post en sus viajes a lo largo y ancho de este mundo. Como el Capitán Tan.

P.D. Deambulando por Londres hace unos veranos, me llamaron la atención unas extrañas casetas ancladas en alguna acera que se abría sólo de vez en cuando. Nunca llegué a pillar qué horario seguían. Se solían plantar delante de una parada de taxis; de repente, se abrían y en aquel minúsculo espacio resulta que cabía una especie de minibar. Apenas servía cafés y esos engrudos que los británicos llaman comida, imposibles de aceptar para un estómago pelín refinado. El tipo lo cerraba en cuanto podía, taxistas y resto de gremios que operaban por su alrededor se marchaban tras el frugal almuerzo y la caseta, que por allí llaman ‘cabin’, se cerraba. Lo digo como idea para Logroño: es el único tipo de bar que echo en falta.

 

¿Hay muchos bares en Logroño?

Vista de la calle Laurel (foto Juan Marín)

Buena pregunta. ¿Hay muchos bares en Logroño? ¿Escasean, tal vez? ¿Suficientes, acaso? La respuesta puede provenir de distintas fuentes, empíricas o científicas. Entre las primeras predominará la disparidad de opiniones: habrá quienes piensen que cualquier cantidad se les hace poco y quienes se escandalicen por lo contrario, por la abrumadora presencia de barras de toda índole diseminadas entre nosotros. Así que acudiremos a análisis más rigurosos, estadísticos. Si nos ponemos en manos de la Caixa, por ejemplo, cuyo servicio de estudios edita anualmente un anuario convertido en una especie de enciclopedia sobre los hábitos de consumo de los españoles, sabremos con precisión suiza en qué escenario nos movemos: su último recuento anota 985 bares en Logroño. Salimos a 6,4 por cada mil habitantes.

Extraigo la cifra de un reportaje recién publicado en El Periódico, en cuya web encontré esta perla: un mapa interactivo que desglosa el número de bares por habitante, municipio por municipio. Al menos eso decía la propaganda, que contenía sin embargo mucha letra pequeña: resulta que no, que no están todos. Yo lo he comprobado rastreando los resultados de distintas poblaciones vecinas a Logroño, cuyos datos no aparecen. Me interesaba esa búsqueda por aquello de establecer una comparativa, única manera fiable de medir una estadística; sí que puedo aportar algunos datos de capitales españolas que nos permitirán enfocar mejor la pregunta con que arrancaba esta entrada. ¿Hay muchos bares en Logroño? Bueno, pues en Santander todavía hay más: tocan a 7,5 por cada mil habitantes, un promedio al que se acerca Bilbao (7,3), encabezando un grupito de ciudades que también superan a la nuestra: San Sebastián tiene 6,6, el mismo coeficiente que Barcelona. La capital catalana supera a Madrid (5,3) y distancia también a Valencia, que cuenta con 5,8. Por aquello de completar la radiografía y hacernos una idea más fiel incorporo el registro de una pequeña capital de provincias, Guadalajara: se queda en apenas 4,3 bares por cada mil habitantes.

Así que volvemos sobre nuestros pasos y concluimos que la pregunta se contesta encogiendo los hombros: ni muchos, ni pocos. Una saludable zona media de la tabla acoge a Logroño en esta clasificación, frente a la opinión generalizada que uno habría firmado también: parecía que había más bares, la verdad. Uno suponía que éramos la avanzadilla hostelera de España y resulta que unas cuantas capitales que nos rebasan. Incluso si reparamos tan sólo en los datos de las localidades de la región que aparecen en el mapa, llegamos a una conclusión parecida: ni pocos ni muchos. Nájera (8,1), Santo Domingo (7,8), Haro (6,9) y San Vicente de la Sonsierra (6,9) superan a la capital de La Rioja, pero Arnedo (3,2), Alfaro (3,8), Calahorra (5,2) y Fuenmayor (5,3) todavía tienen menos bares per cápita. Otro dato arroja más luz: la vecina Viana se dispara hasta los 11,9 bares por cada mil habitantes. Y Laguardia, hasta los 26,5.

También hay localidades riojanas que mejoran ese récord: como advierten los autores del estudio, esta estadística prima a aquellos municipios turísticos, cuyo exiguo censo exige sin embargo un alto número de establecimientos para acoger a quienes les visitan en temporada alta o disponen allí de una segunda residencia. Por ejemplo, la localidad oscense de Sallent de Gállego, sede de la estación de esquí de Formigal, es el municipio con más actividades de restauración de España: 40,3 bares cada 1.000 habitantes. Así que era fácil rastrear por el buscador en demanda de un dato riojano semejante: cualquiera podría adivinar en consecuencia que el ránking regional estaría liderado por… Ezcaray. La hermosa villa (también al pie de una estación de esquí) cuenta con 18 bares por cada mil habitantes. Y de elevada calidad, por cierto. En Ezcaray sí puede aceptarse que tienen muchos bares. Pero en Logroño… A la pregunta de si hay muchos me temo que habrá que contestar con otra: seis bares y medio por cada mil habitantes, ¿son pocos o muchos?

P.D. El escenario de bares logroñeses tiende a verse revolucionado en pocos meses, si se confirman las aperturas anunciadas al calor de la reciente abolición de la norma que lo impedía en función de las distancias entre garito y garito. Llega por lo tanto la hora del empresario, del emprendedor, del hostelero que tanto logroñés lleva dentro. De modo que cuando la Caixa vuelva a hacer recuento dentro de un año, es plausible que sus resultados arrojen otro panorama. De lo cual uno se alegra, porque pienso que esa normativa carecía de sentido y así lo dejé escrito en otra entrada anterior. Y porque pienso que un poco de agilidad burocrática puede contribuir a reanimar el escenario económico local. Que falta hace.

 

La Rioja

EN CUALQUIER CASO TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS:
Queda prohibida la reproducción, distribución, puesta a disposición, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa.