Bar y fútbol

Foto del Perchas, tomada de la web callelaurel.org

Viendo el viernes en un bar de Logroño la finalísima de Copa, reparé en la estrecha relación que guardan ambos mundos, sobre todo desde la irrupción de las cadenas digitales. Antaño ocurría también algo así con ocasión de las citas futbolísticas más trascendentales, pero lo habitual era el fútbol televisado en su versión doméstica, alrededor de la mesa camilla. Hoy, el encanto de corear los goles y ocultar las decepciones en público es tendencia, a mayor gloria de la máquina registradora y a despecho de las simpatías que el dueño del bar profese por unos u otros colores.

De modo que el bar suele ser terreno neutral, cosa que es también un hallazgo reciente. En el pasado inmediato, cuando el beneficio del fútbol televisado no atacaba a la economía del bar, era costumbre ingresar en ciertos garitos sabiendo que se entraba en uno de tantos santuarios… madridistas. Casi siempre madridistas. Eran la mayoría, seguidos aunque de lejos por esas barras presididas por algún póster del Athletic, entonces el segundo equipo con más hinchas riojanos. Así que los forofos azulgranas nunca agradeceremos bastante la existencia del hoy desaparecido bar Florida de la calla San Agustín, oasis culé, cuyo dueño era uno de los nuestros. Y poco más, excepción hecha del Calderas de la Laurel. Porque si no era del Barcelona, el propietario sí que era antimadridista acérrimo, como atestiguó durante largo tiempo cierta foto que un día, con el Logroñes ya en Primera División, tanto molestó a esos talibanes llamados ultrasur con ocasión de su primer desembarco entre nosotros.

Al margen del bipartidismo ahora triunfante, por Logroño debemos consignar alguna otra alternativa. En Jorge Vigón tengo anotado un bar adicto al Real Zaragoza, cuyo dueño debe poseer un corazón a prueba de infartos. Y muy cerca existió durante breve tiempo, en Albia de Castro, otro local consagrado al ¡¡¡Osasuna!!!, a cuyo propietario hay que reconocerle cierto arrojo por plantar semejante embajada en territorio hostil. Y no me olvido de un clásico que hoy está de enhorabuena, retratado en la foto que adorna esta entrada (tomada de la web callelaurel.org): el castizo Perchas de la Laurel, donde uno entra sabiendo que sus orejas serán inmejorables (me refiero a las que ofrece el bar, ese pincho sublime) y sabiendo también que en algún momento de la ingesta la charla derivará hacia las glorias o miserias del Atlético de Madrid. Así ocurrió en mi última visita, cuando comprobé que el dueño no es un colchonero de boquilla, sino un aficionado de noble pedigrí, puesto que rememoraba las hazañas de su equipo desde los tiempos de Jones y compañía como quien silba. Y supe que era un hincha de verdad, de los auténticos, de los míos, cuando me regaló algunas de esas anécdotas triviales que suelen alimentar mis charlas favoritas sobre fútbol. Esas anécdotas absolutamente intrascendentes cuando no directamente marcianas, que son las que permiten comprobar que cuando hablamos de fútbol en realidad hablamos de otra cosa. De algo más grande.

Estamos hablando de la vida.

P.D. La ecuación bar-fútbol equivale en Logroño a otro binomio clásico, República Argentina-Las Gaunas. Incluso antes de las campañas de púrpura en Primera, los bares de la mentada calle fueron el corazón que bombeaba sangre blanquirroja hacia el campo municipal y exigían por lo tanto una parada en alguno de ellos para la consumición ritual (completo: café, copa y puro). Como una suerte de de viacrucis festivo, hostelero y futbolero. Cinco Pesos, Tucumán, Mar de Plata, qué recuerdos; por algo se llamaba y se llama República Argentina

 

 

 

Elogio del tabernero

Rótulo del desaparecido bar Marzo, en Logroño

Tomo el diccionario de la RAE, busco la entrada bar y tropiezo con estas dos acepciones: 1.- Local en que se despachan bebidas que suelen tomarse de pie, ante el mostrador. 2.- Cierto tipo de cervecerías. Muy de acuerdo con la primera, desconcertado con la segunda. Sucede que tal palabra sirve para distinguir a diferentes realidades. Llamamos bar a cualquier cosa, cuando de hecho el idioma español nos permite alguna alegría más gracias a su muy rico vocabulario. Por ejemplo, noto que la voz taberna, que a mí me encanta, ha desaparecido casi del habla mal llamada vulgar. Y es una pena. Porque taberna (según la mentada RAE, “establecimiento público, de carácter popular, donde se sirven y expenden bebidas y, a veces, se sirven comidas”) es una tipología hostelera de gran arraigo entre nosotros. Y quienes pilotan este tipo de locales, los taberneros, nos remiten a una manera de interpretar el oficio ya en desuso: de cuando el tabernero ejercía como el rey de los camareros. Su aristocracia.

Toda esta digresión viene a cuento porque cada vez que visito la muy recomendable Taberna de Herrerías veo en su monumental espejo una reivindicación de la taberna con la que estoy muy de acuerdo. Eso es una taberna y lo demás son cuentos: ganas de marear la perdiz, que en este ámbito suele equivaler a marear a la clientela. Ya se sabe, además, que detrás de cada nombre raro se suele esconder una tarifa más elevada. La ropa vintage, por ejemplo, es la ropa usada de toda la vida, pero si le pongo semejante nombrecito, la cobro más cara. Y en la hostelería, otro tanto. ¿Qué es un gastrobar? Yo lo ignoro. Pero cuando me dicen taberna sé muy bien de qué me están hablando: un bar donde, como nos advierte la Real Academia, se sirven “a veces” comidas. La de Herrerías, sin ir más lejos. Su atractivo principal es obviamente el restaurante, cuyo alojamiento en el edificio esquina a San Bartolomé me sigue pareciendo un acabado ejemplo de cómo embellecer el Casco Antiguo y darle vida a un rincón casi moribundo. Ofrece una cocina familiar que antaño no era demasiado difícil encontrar en Logroño pero que hoy está en retroceso; es la misma cocina que se servía hasta su mudanza en otra taberna, la del Tío Jorge de la calle Galicia, donde uno reconoce el recetario de siempre llevado a alguna cumbre: sus alcachofas al horno, mi plato favorito en una carta que puede degustarse sentado a la mesa pero también subido al taburete, en la barra. En la taberna, por lo tanto.

Y de paso el cliente se puede entretener curioseando entre las fotos y carteles que adornan sus muros. Una de esas imágenes preside estas líneas: frente a la Taberna, donde hoy se alza la sede de la Seguridad Social, existió hace no demasiado un bar llamado Marzo que recordarán los logroñeses más veteranos. Hoy su imagen nos saluda frente a la barra. Yo lo conocí ya cerrado, pero su rótulo imantaba mi mirada cuando paseaba por allí: ese bar fue durante un tiempo remoto el bar de mi abuelo Ismael y me apetecía dedicarle esta entrada a su memoria precisamente hoy, 17 de mayo del 2013, cuando mi madre (su hija) cumple 80 años. Como recuerdo al tabernero que una vez fue mi abuelo, ahora que ese concepto parece pasado de moda… Aunque cuidado: la historia es pendular y atisbo en el firmamento señales de que la hostelería española emigra hacia la taberna, tipología que tal vez algún día acabará por diferenciarnos en nuestro globalizado mundo.

P.D. Sin salir de Logroño, uno tropieza todavía con unas cuantas tabernas, que tienen en común ser bastante recientes. En la calle Laurel se ubica La Taberna del Laurel; cerquita, en San Agustín, La Taberna de Correos; y en la calle San Juan, La Segunda Taberna. Son las que recuerdo así a bote pronto, junto a su pariente inglés, el pub llamado Sport Tavern, y otra taberna recientemente fallecida: La Taberna de Mere. Mere, nada menos: paradigma del tabernero.

Tapas gratis, otra ronda

Delia, en El Rincón de las Tapas de Jorge Vigón

Las dos entradas alojadas recientemente en este blog en torno a las tapas gratis en los bares de Logroño (más bien, a la ausencia de tapas gratis en los bares de Logroño por regla general) han seguido teniendo eco. Las aportaciones de distintos corresponsales me invitan a elaborar un mapa detallando cuántos son y qué ofrecen. Como me llevará un tiempo, mientras tanto quiero seguir compartiendo con los improbables lectores unos cuantos nuevos hallazgos.

Por ejemplo, en el Impass de avenida de la Paz, junto a la rotonda del IX Centenario, me cuentan que te ponen rodajitas de embutido o patatas panadera con cada consumición. Cerca, en el Cotton de Luis de Ulloa, con el café de la mañana una mini magdalena de chocolate,  con el de la tarde una galleta y con la caña, olivas o patatas. Y no muy lejos, en El Rincón de las Tapas de Jorge Vigón, una vez que pagas la consumición se puede elegir gratis la tapa que se prefiera.

Seguimos. Sin salir de esta misma calle, el bar Vigón ofrece con el vino un pinchito: chorizo, queso, anchoas, morritos… “Vamos, lo que ese día tengan en la barra”, nos aclaran. Dentro del mismo barrio de Lobete, en El bar de Manuel de la calle Albia de Castro ponen patatas fritas, aceitunas o frutos secos “y te suelen preguntar qué prefieres”, avisa otro lector. Y concluimos, de punta a punta de Logroño, porque en el bar Cava de Murrieta (esquina a la calle Vitoria) todos los mediodías ponen con la bebida un bocadito de champis, queso, ensaladilla, bacalao, pavo…. “Y con el café te dan una magdalena pequeña y por las tardes patata fritas o alpiste”, concluye este otro navegante.

Por si faltaba algo, Eduardo Gómez, compañero en esta casa y perito en bares, sale en mi socorro como otras veces. Le pido una breve relación de bares con tapas gratis, así a bote pronto, y esto me cuenta: “El Mesón Aris de la calle San Agustín pone un cacito de migas con el vino y el Guinea de Albia de Castro, una cazuela de paella (por cierto que muy rica) a los incondicionales. Sólo los domingos. Y acabo de conocer en Gil de Gárate un bar llamado Montaditos y Más que ofrece por 0,70 euros un vino Chulato y un pincho de tortilla”. Nada menos.

P.D. Por cierto que el propio Eduardo me cuenta una anécdota que ilustra la generosidad acreditada en las barras de Madrid. “Entré en un bar y pedí un vino. Me fui al servicio y a la vuelta me encontré con que con el vino me invitaban a un huevo frito con fritada. Todo, por 1,50 euros”. La pena es que Eduardo no recuerda el nombre del bar para compartirlo en este blog.

 

La Granja de mi vida

Imagen muy antigua del café La Granja de la calle Sagasta de Logroño

Como este blog sirve como autobiografía logroñesa, el improbable lector ya habrá comprobado que de entre los bares que uno ha frecuentado surge  inevitable un ramillete de ellos que se repiten: el Tívoli, el Moderno, el Continental… Cada uno de ellos ha ocupado su propio espacio aquí en forma de entrada, aunque reparo ahora en que mi favorito de todo el parque logroñés no había gozado todavía de semejante honor. Con todos ustedes, La Granja.

En alguna ocasión ya había glosado a sus camareros más conspicuos. Santos, magistral mago que siempre sacaba un cruasán de la bocamanga y llevaba una sonrisa pegada a la cara, o Dámaso, gobernando la barra desde el puente de mando de la cafetera, monumental aparato que le tenía apartado siempre en la esquina del bar a la espera de que llegara, de tarde en tarde, su amigo Pepe Blanco. Cosa que cuando ocurría… Ese día era fiesta, porque el cantante agasajaba a los conocidos, como es natural, pero también a los desconocidos, a quienes trataba como si fueran colegas de toda la vida y se hacía cargo de la ronda. Era uno de tantos momentos dichosos en un bar que para mí representa lo que para Proust su magdalena, un eterno regreso al edén que tenía forma de tostada, aquel bocado bien rico en mantequilla que nos era ofrecido si nos portábamos bien. Y La Granja, con su hermosísima barra curvada, era también el silente Valentín ocupándose de atender a los clientes de silla, que se agrupaban en corrillos salvo los privilegiados que accedían a las butacas corridas que pespunteaban la pared lindante con la pescadería Suso: una cátedra donde brillaban los apellidos más rancios del Gotha local, nos asustaba el militar al que llamábamos ‘El Barbas’ y cada mañana se arreglaba España y el resto del mundo.

La Granja fue todo eso y mucho más. También, el semillero de grandes camareros que allí se destetaron en el oficio como Alfonso Soldevilla y compañeros de quinta, bandeja en ristre por la escalera, porque ese era otro de sus encantos, el pequeño palco superior que ejercía de paso de paloma para el sector femenino de la parroquia y deparaba alguna imagen inolvidable, como los primeros visones colgando de la barandilla, vistos desde abajo como una amenaza peluda cuyo atractivo se nos escapaba aunque encerraba algún simbolismo: ya nada iba a ser como era. Bajo la escalera, embutido en un breve espacio que contaba con su propia barrita, se escondía un banco que solía ser muy requerido por la chiquillería y exigía grandes reflejos para hacerse un sitio en él. Sobre todo los domingos a la hora del vermú.

Sí, La Granja fue todo eso. Su nombre tan evocador, sus llenazos a la hora del café matutino, sus meriendas para los logroñeses más otoñales… y su fatídico declinar. Cosas de la modernidad: el bar fue perdiendo atractivo a medida que la clientela demandaba otra tipología alejada de su estética de cafetería americana muy rica en metales. Sobrevivió al tránsito con la España del pelotazo pero de mala manera, perdiendo su identidad, transfigurándose con nulo éxito. Su penúltima encarnación como bar nocturno y de copeo a ritmo de chunda-chunda me daba bastante pena, aunque aún me dio más lástima cuando cerró. Pasar por su puerta clausurada era una pequeña puñalada en cualquier corazón logroñés, así que el milagro de ver renacer La Granja es todo lo contrario, una invitación a la esperanza. Cuando atravesé la calle Sagasta hace unas semanas y vi a los operarios redecorando el local; cuando vi a los nuevos dueños ilusionados con el proyecto vigilando los trabajos a pie de obra; cuando vi que se había respectado la singular curvatura de la barra… Supongo que vi llegada la hora de saldar mi deuda con La Granja. Espero haber satisfecho con estas líneas que me vuelven a saber a tostada con mantequilla. Por ahí llega Santos…

P.D. La Granja reabre para San Bernabé convertida en un local de copas que aspira también a atraer a la clientela menos noctívaga. Así lo publicaba este viernes Diario LA RIOJA, que daba cuenta de la apuesta de los nuevos propietarios por unas tarifas más contenidas. Lo cual me parece su segunda buena idea: no sólo reabren el mítico local, sino que se adaptan a la realidad. Que es uno de los factores, me parece, que más ha dañado a la hostelería local desde que antes de la crisis, cuando todos nos volvimos ricos, los precios se disparasen y eso de tomarse un trago empezara a nacernos un agujero el bolsillo.

Guía breve de tapas gratis de Logroño

Patatas fritas gratis en el bar El Flechazo de León

La foto que ilustra estas líneas retrata una tapa que mencionaba en una entrada anterior, dedicada a reflexionar sobre la curiosa manía que acreditan los bares de Logroño de negarse, por regla general y desde hace largo tiempo, a ofrecer un pincho gratis para acompañar el trago. Justo lo contrario a lo que ocurre en el bar donde invitan a esta tapa de la imagen: las suculentas patatas fritas del bar El Flechazo de León, gloria humilde pero bendita. Hubo quien se tomó a mal mi comentario, aunque sólo era eso: un comentario desde cierta perplejidad reciente, puesto que como advertía es sin embargo tendencia en muchos de esos mismos bares ofrecer por la cara algún bocado dulce para digerir el cafelito. Pido disculpas a quien se haya podido molestar porque no era mi intención.

Como cabía suponer, aquella entrada generó gran cantidad de comentarios, que agradezco de corazón. Sobre todo, porque me permiten redactar esta nueva entrada: una especie de guía breve de tapas gratis por los bares de Logroño a partir de la aportación de mis corresponsales. Aquí va la lista.

El fiel Paco ofrece unas cuantas pistas: “En el Marbella de Juan XXIII te ponen, además de un exquisito café por un euro, un cruasancito para acompañar. En el Villarreal del parque del Carmen acostumbran a acompañar las cañas con unas patatas fritas (la tercera ronda suelen subir a aceitunas) y en el Morry de Belchite no falta nunca el plato de “alpiste”, cacahuetes, triskis y maíces que hacen que la cerveza fluya con más velocidad….y que acabes pidiendo otra ronda”. Un corresponsal anónimo cita el bar Cariló, situado en la esquina de Club Deportivo y Divino Maestro, donde invitan a patatas o frutos secos. “Y con el café también ponen o una galleta o lacasitos”, agrega. Y alguien que se identifica como DM anota que en el Urcey (calle Doce Ligero), “siempre ponen patitas con la consumición”.

A los comentarios se unen incluso los dueños del algún bar, como el Atenas de la calle Villamediana: “Nosotros en nuestro bar siempre ponemos picoteo gratis.Con el café, magdalenas, galletas, bizcocho… Todo casero, lo hacemos nosotros. Y para el vino y las cañas, chorizo (hecho por nosotros), salchichón, tocino ibérico, pâté…”. Dicho queda. Y un tal Alberto, por su parte, se hace eco de cómo esta moda de invitar a algo se consolida en el reguero de bares en el entorno de Gil de Gárate y cita tres de ellos: La Taranta, San Miguel y Géminis. A su vez, alguien llamado cuervo61 añade a esta lista el bar El Faro, de la calle Huesca, y otro apodado Locusberonius aporta una relación de bares del barrio de Cascajos que también citan otros corresponsales elogiosamente. Por ejemplo, La Espiga de Oro, “donde te obsequian de forma espectacular”, el Pedregales, “y algún otro que no recuerdo”. En ese mismo barrio se sitúa, recuerda un caballero llamado Manuel, La Dehesa de Santa María, que “a primera hora con los cafés pone unos cruasans de mantequilla pequeñitos y el resto del día la típica galletita. Además los fines de semana y festivos, en el vermú ponen una tapita con cada consumición: lacón con salmorejo, migas, paella….”. Y advierte: “Algo está cambiando en Logroño ; si los buscas, hay sitios agradecidos con la clientela”. Y, en efecto, estas líneas no salen de Cascajos sin tomar nota de que, como advertía arriba otro corresponsal, La Espiga de Oro parece al frente en la lista de bares más generosos. Lo cuenta el cibernauta llamado Gurendes, que se quita el sombrero ante “una gama de tapas gratuitas realmente diversa: champiñones, lomo adobado, jamón, mini-sandwiches”. Con esta conclusión: “Y supongo que les salen las cuentas”.

P.D. En el otro post había comentado mi admiración por la prodigalidad que exhiben los hosteleros de León, capital donde se esmeran especialmente en esto de obsequiar a la clientela. Recogí algún comentario coincidente y otros que advertían de novedades que quiero compartir con mis improbables lectores: esta es una costumbre al parecer también extendida por Ávila (doy fe), Granada y Lugo. Añada usted los que quiera y no olvide que yo también mencioné otros de Logroño como La Fundición o el Continental. Y, por cierto, la lista continúa abierta para quien se anime a echarnos una mano.

Bares de cine

John y Samuel, en nuestra cafetería favorita de Los Ángeles

La taberna del irlandés, el café de Rick allá en Casablanca, la cantina de Mos Eisley (el bar de La Guerra de las Galaxias, para el vulgo)… Cuando dediqué una entrada de este blog al amable camarero Tío Pío, secundario de la maravillosa película Gilda, caí en la cuenta de que también el cine debe mucho a la hostelería. O tal vez sucede al revés: que los bares se han ido adaptando a la imagen que de ellos hemos forjado cuando (todavía) manteníamos la costumbre de tomar asiento en nuestra sala favorita, a ver qué nos echaban en el Diana, el Sahor o el Bretón… Y solían echar (me encanta ese verbo) películas donde salían bares: desde el mítico saloon del Oeste a los garitos típicos del cine negro, de donde se expulsaba un aroma a tabaco y alcohol de mala calidad que luego buscábamos con éxito dispar en los locales que teníamos más a mano. Hemos tenido bares españoles de cine (mi favorito sigue siendo el Moderno de ‘Calle Mayor’), pubs ingleses , cafeterías californianas (cuya estética pop tanto arrebata a Mr. Tarantino), veladores italianos (la Via Veneto que recorría Mastroiani en su ‘Dolce Vita’), los Cafe&Tabac franceses tan caros al cine francés…

En esta materia también tengo mis preferencias, que son bastante universales y ecuánimes: me gustan todos. Me gustan los bares de las películas que me gustan y me gustan los bares incluso de películas que me dejan frío o directamente detesto. Me gusta el bar donde Harry encontró a Sally fingiendo orgasmos, me gusta el café de La Colmena de Mario Camus, me gusta la barra de ‘Fat City‘ rebosante de todos esos perdedores de John Huston… Me seduce el bar de ‘I Vitelloni‘ con sus hastiados jugadores de billar (tan parecidos a los del Moderno de Bardem, sí) y adoro el bar de ‘Fuego en el cuerpo‘ (y su diálogo legendario).
-Me están mirando, dice Kathleen Turner.
- No deberías llevar esa ropa, contesta William Hurt.
- ¿Por qué? Sólo es una blusa y una falda, replica ella.
- Entonces no deberías llevar ese cuerpo, concluye él.

La atmósfera del bar, el inigualable ambiente que se genera cuando entra en combustión la química entre clientela y camareros me parece sin embargo difícil de cazar. Sólo un ojo muy bien entrenado, un cineasta con olfato que haya pasado sus buenos ratos acodado en una barra puede capturar ese intangible. Lo estupendo es que cuando lo hace… Zas. Magia. De repente uno está ante la gran pantalla y desearía saltar al otro lado y pagar la siguiente ronda. Son raros momentos, pero muy deseables. Entre los directores actuales, tengo a Clint Eastwood (tan minusvalorado antes como sobrevalorado hoy) como uno de los más capaces para transportarnos al bar soñado, ese que como clientes potenciales llevamos siempre dentro. Aunque si tengo que decantarme por uno solo de los miles de bares transitados a través de la historia del cine. Si debo confesar en qué bar me gustaría corporeizarme y participar de ese muy logrado ambiente de camaradería (que es cosa distinta de la amistad, un grado más elevado) que retratan los fotogramas… Bueno, ese es el bar de una película que hoy juzgo olvidada aunque en su día alcanzó gran éxito, ‘El cazador’ de Michael Cimino, prometedor director que lleva largo tiempo en la penumbra. Toda la película me sigue hechizando, con un reparto maravilloso (de Robert de Niro a Christopher Walken), pero esa escena de los colegas en el bar, bebiendo, jugando al ‘snooker’ y desafinando mientras atacan ese temazo de Can’t take my eyes off you… Ah… Cada vez que vuelvo a verla me reconcilio con el cine, con los bares y con la amistad. Aquí os dejo el enlace: la calidad de la imagen no es muy buena, pero creo que merece la pena.

En la barra del bar de 'El cazador'

P.D. John Cazale (en la imagen, con John Savage en el bar de ‘El cazador’) es un caso raro en la historia del cine Su prematura muerte nos privó de seguir su evolución como intérprete, que prometía alcanzar alguna cumbre como las que holló en el escaso tiempo del que dispuso. Murió en 1978, con un historial que envidiaría cualquier colega, por la envergadura extraordinaria de las películas en que participó: pocas (cuatro) pero elegidas. Porque Cazale pasó a la historia como el Fredo de las dos primeras entregas de ‘El Padrino‘, el hermano que traiciona a Pacino (“Sé que fuiste tú Fredo, ¡me rompiste el corazón!”) y con un papel episódico en otra gran peli de los 70 hoy semiolvidada, ‘Tarde de perros‘, también con Pacino de protagonista. El cáncer se lo llevó con apenas 42 años, justo después de dejar su testamento cinematográfico en la mentada El cazador, donde compartía cámara con su chica de entonces: una tal Meryl Streep.

El misterio de la tapa gratis

Café con galleta y magdalena en un bar de Logroño: la tapa gratis es posible

“No es una tradición del norte de España”. Recuerdo que con motivo de una convocatoria de prensa la responsable de un bar del Logroño castizo saldó así de concluyente la pregunta de si alguna vez se habían planteado en el gremio servir una tapa de regalo a sus clientes. Y recuerdo que una periodista, asturiana ella, le invitó a que viajara un poco más: en efecto, la tradición de obsequiar a la parroquia con alguna de las especialidades de la casa está bien arraigada en el sur de España, es igualmente un rito que se observa en muchos bares de Madrid y anida además en numerosas ciudades del norte: por ejemplo, en las capitales castellanas. En Logroño, por el contrario, tan civilizada costumbre no se lleva. No se ha llevado nunca.

Lo cual es una pena. Ya sabemos que el bolsillo del hostelero anda como el del resto del parque laboral español, exánime y muy necesitado de cariño, pero siempre me he preguntado en qué escasa consideración tienen alguno a su clientela, sobre todo a la más adicta, si nunca, pero nunca-nunca-nunca, le convida a algo. Me vale cualquier cosa. Unas humildes aceitunas, unas modestas patatas fritas, las simpáticas peladillas. ¿Es mucho pedir? Me parece que no. Y me lo parece no sólo porque haya alcanzado esta conclusión por mí mismo, que mi opinión ya sé que no es gran cosa, sino porque cerebros más avezados que el mío han llegado a la misma queja: qué poco nos quieren nuestros camareros favoritos y los dueños de nuestros bares de confianza. Qué escasas veces se estiran. Y qué nulo ojo para el negocio: porque tengo la sospecha de que si mañana un local decide regalarnos un bocado (por minúsculo que sea) para que pase mejor el trago, se ganaría el corazón de su clientela. Que a menudo es tanto como ganarse su bolsillo.

A veces, este trato me duele especialmente. Sobre todo en los bares que más me gustan, aquellos que forman parte de la memoria más personal. Y, sobre todo, porque pienso que con un detalle de vez en cuando bastaría. Ya digo que me conformo con poco. No hace mucho me apoltroné en el Continental de Calvo Sotelo cerveza en mano y cuando pedí unas patatas fritas señalando hacia un sobre colgado de una pared, me invitaron a las que ofrecen gratis a la clientela. Gol por toda la escuadra. Otro bar que tiene este tipo de consideración es La Fundición del parque del Carmen, donde te regalan un platito de frutos secos y el vino sabe mejor. Así, a bote pronto, no recuerdo muchos otros. ¿Alguno más?

Dejo en manos de mis improbables lectores la respuesta a esta pregunta… Aunque me temo sin embargo que la lista será no muy larga. Curiosamente, esta manía de no pagarse ni un triste cacahuete coincide con otra moda bastante implantada recientemente y cada vez más extendida: la de incorporar un bomboncito o una galleta cuando pides un café. Un gesto cada vez más típico que demuestra que otros bares con otras costumbres son posibles en Logroño y que por lo tanto también debería ser posible incluir el equivalente salado cuando pedimos una caña, un Rioja o un refresco. Es cierto que en aquellos garitos donde uno guarda cierta relación de confianza y hasta cariño con los dueños suelen prodigarse este tipo de guiños, pero no hablo de eso: hablo de un detalle institucionalizado.

De esos que no son tradición en el norte de España.

P.D. De todas las ciudades cuyos bares más he frecuentado, pienso que León es la más hospitalaria con la clientela. Allí se despliega ese manual de cortesía consistente en procurar un bocado gratis al cliente, sin reparar en gastos: medias raciones de embutido, trozos de pizza de tamaño bien generoso, tacos de jugoso queso castellano… La lista está encabezada por un bar cuyo nombre he olvidado: frontera con el Barrio Húmedo, su especialidad es algo tan sencillo como las patatas fritas. Patatas que elabora el matrimonio que dirige el bar al borde del infarto, siempre sudoroso el caballero, con una sencilla receta: finísimas rebanadas redondeadas, fritas en abundante aceite, y espolvoreadas con un sencillo toque de pimentón, un punto picante. Éxito absoluto. Y gratis. A ver si la tradición se impone en este rincón del norte de España.

Menudo pollo

Carpanta y su pollo, creación del dibujante Escobar

El pollo, gloria de la gastronomía española y mundial, que admite distintos usos y se manifiesta en nuestras mesas y nuestros bares en muy variopintas versiones, representó antaño una cumbre de la cocina popular. Eran años de precariedad culinaria, hasta el punto de que el pollo guisado era el plato que habitualmente reservaban los hogares patrios para la comida dominical, gran momento de la semana.

En el imaginario popular de la época, el pollo, aunque hoy cueste admitirlo, se izó por lo tanto como un monumento y así lo entronizó el dibujante Escobar cuando se le ocurrió la idea de crear al personaje bautizado como Carpanta, un tipo que hizo carrera hasta el punto de que su nombre fue durante años sinónimo de hambriento. “Más hambre que Carpanta” era un dicho muy común que dejó de tener sentido cuando dejamos de pasar hambre. Tal vez haya que recuperar ahora esa frase hecha…

Ocurría que Carpanta, cuando llevaba tiempo sin probar bocado y en consecuencia deliraba, a veces veía pollos. Pollos bien gorditos, pollos descabezados, pollos convertidos en el manjar al que tenía vetado el acceso el pobre monigote. Menudos pollos. El pollo era el alimento nacional por excelencia y cuando Carpanta soñaba, en sus ensoñaciones respetaba esa lógica que todos habíamos hecho nuestra: en el caso de Logroño, porque si uno paseaba por la calle Gallarza y fijaba la mirada a la altura del Niza, era inevitable topar con los hermanos pollos ensartados en fila de a cinco como si fueran banderillas, perfumando toda la manzana y haciéndole a uno salivar en el camino hacia casa. El propietario del bar, cuyo hijo cuida hoy con gran mimo y sentido del oficio, se pasó media vida según lo recuerdo moviendo aquellos pinchos pollunos, sudando como se puede imaginar, sudando como sólo suda un asador de pollos: que se lo pregunten al señor Daniel y el resto de la hermandad logroñesa que ha convertido avenida de Colón y aledaños en epicentro de esta popular delicia gastronómica.

El nuevo Zikos de Ingeniero Lacierva, con su asador de pollos

Aquel modo de preparar el pollo asado nos llegaba a menudo con etiqueta ´catalana, tal vez sin saberlo. Se llamaba ‘Pollos a l´ast’, denominación que muchas veces se transcribía erróneamente porque el propietario del asador no era muy ducho en el idioma de Guardiola y le sonaba mejor el nombre de ‘Pollos al last’, que nos parecía más fino que a la pepitoria. Durante largo tiempo, hasta la mentada irrupción de Daniel y compañía, el pollo asado del Niza fue para mí el pollo por antonomasia de Logroño, en competencia directa con los que salían del asador del Zikos, en sus sucesivas encarnaciones. La última, bien reciente: el número dos de Ingeniero Lacierva acaba de convertirse en La Granja de Zikos, una vez que el infatigable y ejemplar Alfonso Soldevilla lo ha hecho suyo. Mantiene la fidelidad al pollo de toda la vida, pero promete ampliar su carta. Seguirá por lo tanto vecino de otro Zikos, el número tres que hace esquina con la calle Oviedo, y supongo que echando de menos al viejo Zikos I, el original, el auténtico… Que no sabía situar exactamente hasta que vino en mi auxilio Eduardo Gómez y me refrescó la memoria: aquel bar primigenio se situó en avenida Portugal, “al lado de Radio Rioja, donde ahora hay otro bar”. Pues dicho queda, don Eduardo.

P.D. El pollo en formato tapa apenas puede verse en las barras de Logroño. Como pincho, sólo recuerdo haberlo visto en forma de alitas asadas en algún bar. Lejano por lo tanto el tiempo aquel en que era más habitual toparse con él, incluso en versiones bastante pintorescas. Por ejemplo, en modelo pezuña: el antiguo amor que teníamos por la cocina de despojos se reflejaba en nuestra devoción por el pincho que antaño ofrecían en el bar de Alejandro en la calle del Carmen. Para mi asombrada memoria, debo reconocer que alguna vez piqué aquel manjar: chupeteando entre los dedos tropezabas con algún trozo de carne viscosilla… Y poco más. A untar la cazuelita, porque la pezuña llegaba envuelta en salsa de tomate y eso sí que no admitía debate: la recuerdo bien suculenta. Tal vez su aliño era el único atractivo a aquella tapa, que generaba intenso debate entre los estómagos más finos y los más recios. Solían ganar estos últimos, no como ahora.

El bar de toda la vida

Imagen antigua del bar Gurugú, facilitada por Daniel Velasco

El debate sobre cuál es el bar más antiguo de Logroño quedó hace años sentenciado a favor del Gurugú, castizo local enclavado en la mitad de dos mundos: el universo formado por el centro conspicuo, frontera con la Judería (barrio que otros llaman Villanueva) y el Logroño que nació con el Ensanche truncado. El Gurugú mira hacia la Glorieta desde su alojamiento en avenida de Navarra, calle antaño central que hoy… Digamos cariñosamente que ha conocido mejores días, cuando en ella habitó Rafael Azcona, nada menos, y anidaba una pequeña burguesía local que a mediados de los 70 inició un viaje hacia el sur de Logroño que todavía (¡Todavía!) no ha terminado.

El Gurugú es un bar simpático, que se mantiene fiel a esa idea de taberna de toda la vida y va evolucionando al ritmo que marca su barra, generosa en suculentas raciones de tapas de una tipología hoy más rara de ver que antaño. Hablo de sus callos, por ejemplo, difíciles ya de encontrar por Logroño; pero hablo más en general de una cierta atmósfera, de un espíritu indómito que le lleva a militar en ese tipo de bares que contribuyeron a forjar el alma de una ciudad

Esta es también una entrada dedicada. Dedicada a la familia Velasco, que pilota el bar casi desde su fundación y dedicada sobre todo a uno de sus últimos eslabones, Daniel, periodista que compartió alguna tarde con quien esto firma y a quien debo la generosa información que me proporciona para sellar esta historia del bar de los Demetrio, Domingo y compañía. “Sabemos que el Gurugú nació en 1909”, señala Daniel. “Se desconoce el nombre del fundador pero se sabe que participó en Melilla en la batalla del monte Gurugú en ese mismo año y de ahí el nombre”, añade. Así que aquel misterioso promotor apareció por Logroño, alumbró el bar… y poco más.

La auténtica historia que los Velasco pueden acreditar arranca en los años 50, “cuando coge el bar el tío del actual propietario, es decir, mi padre, quien lo regenta con su hermana y su cuñado”. Y desde su sede en avenida Navarra esquina con la calle Los Yerros difunde al mundo desde tiempo inmemorial esa paleta gastronómica especializada en sardinas con guindilla, bacalao, bonito y los citados callos, convertida en cátedra del mus logroñés y epicentro del mundillo taurino: “Los toreros recorrían a pie el trayecto entre La Manzanera y el Gran Hotel y siempre paraban a tomar algo en nuestro bar”, relata Daniel. “Así surgió la expresión que se popularizó en Logroño: ‘Del Gurugú a los toros y de los toros al Gurugú’”. A su puerta paraban años ha los autobuses que venían de Estella y Viana hasta Logroño, de modo que el bar se convirtió en una suerte de embajada navarra en La Rioja, punto de encuentro para los vecinos de esas localidades fronterizas y sede oficiosa de tratantes de ganado y militares de toda condición. Lo resume así el mentado Daniel Velasco: “En definitiva, que ¡el Gurugú es el Gurugú, viva historia política-torera-civil de Logroño y su casco antiguo! Y hasta que a este servidor le quede una gota de sangre hará lo imposible para que el bar más antiguo de Logroño se mantenga en pie y prospere”.

P.D. Decía arriba que el Gurugú se enclava en la Judería, la Villanueva o como quiera que ese barrio se llame. Los expertos no se ponen de acuerdo y a mí me da un poco igual: para los críos del Logroño de mi época, sus siete calles serán siempre los siete pecados y que nadie se me enfade. Hacía alusión esta expresión popular a los garitos de dudosa reputación que albergaba sobre todo una de esas calles, Rodríguez Paterna, que ahí resisten aunque ya un poco en retirada. A mí nunca me pareció una denominación peyorativa: soy bastante partidario de cometer algunos pecadillos en esta perra vida. Uno de ellos, el de la gula, se satisfacía también sin salir de la mentada Rodríguez Paterna: lo saciaba el extinto bar La Viga, donde ingerí el primer bocadillo de tortilla pagado de mi bolsillo. Nunca lo olvidaré: por lo suculento del ingrediente y lo mayúsculo del bocado, media barra de pan hueco tamaño ‘king size’. Todavía estoy haciendo la digestión.

Jamón, jamón

Mesón jamonero Rincón de Pepe, en la calle Oviedo de Logroño

Aquellos de mis improbables lectores que descubrieron recién nacidos que había microondas en la cocina y gozaron desde niños de aparatos en televisión a todo color con mando a distancia creerán que, en lógica consecuencia, esto de comer jamón cuando a uno le venga en gana es una costumbre que también frecuentaron sus mayores. Pues no, amiguitos: hay malas noticias. El suculento bocado nacido del exquisito pernil del cochino ibérico representaba no hace tanto tiempo un viaje por la excelencia gastronómica, puesto que su cotización se medía en un hermoso puñado de pesetas que en mi mocedad escaseaban. De modo que toparse por Logroño y resto del orbe con un bar cuya oferta gastronómica estuviera capitalizada por el jamón suponía una extrema rareza.

Un exotismo, vaya. Viajar por lo tanto hasta la calle Oviedo en busca del Rincón de Pepe equivalía a una peregrinación hasta tierra extraña, donde de repente el explorador tropezaba con un alimento como de dibujos animados. Una fantasía bicolor, blanquirroja como nuestro amado Logroñés. El bar que despachaba aquella mercancía fetén era, curiosamente, de lo más normalito. Era y es, porque todavía sigue allí anclado, un espacio rectangular, con la barra a mano izquierda muriendo a la altura de la cocina, desde donde salían los bocadillos con su prometedor ingrediente desbordando las rebanadas de pan, de modo que alguna loncha amenazaba con irse al suelo. Eran, como se deduce, raciones generosas, según la moda hostelera de aquel entonces (mediados de los 70, más o menos). Quiere decirse en consecuencia que quienes atendían el bar no racionaban sus manjares como es ahora tendencia, porque tenía probablemente en mejor consideración a su clientela: tal vez porque entendía que para llegar hasta la puerta de su local sus parroquianos tenían que cruzar medio Logroño y desdeñar por lo tanto otras invitaciones también muy jugosas. Aunque, cierto, no tanto como la suya: hago memoria y no consigno ningún otro bar de la época cuyo banderín de enganche fuera el jamón.

Hoy, esta imagen en blanco y negro ya no tiene sentido. El embutido estrella del padre cerdo puebla las barras logroñesas y en algunas de ellas es el rey. Son los llamados jamoneros, tipología hostelera que yo juzgo inventada por algún madrileño, puesto que en la capital del Reino rinden antiguo tributo a este producto, que cuenta allí incluso con su propio museo: el Museo del Jamón, en efecto,franquicia de extravagante denominación de cuyo techo cuelgan como estalacticas decenas de patas de cochino gritando cómeme. Sin ir tan lejos, Logroño cuenta también con unos cuantos bares de estas características, donde satisfacer razonablemente nuestra querencia por esta cumbre de la gastronomía española que tanto atrae a los turitas que nos visitan. Y, en efecto, ya sabemos todos que donde esté el de Jabugo o el de Guijuelo, que se quite el de Teruel o el cordobés de Pozoblanco, pero quienes tenemos un paladar no tan exquisito nos conformamos con que el jamón sea honrado y de calidad: no es necesario alcanzar todos los días el cielo.

¿Mis favoritos? Tampoco en esto soy muy original. Me decanto en mis excursiones por la calle Laurel por el Pata Negra, jamonero a quien le nació no hace mucho un hermano pequeño en San Agustín. Otras veces opto por el que sirven en El Soldado de Tudelilla, que a menudo llega acompañado por un chiste de Manolo: hay veces en que incluso tiene gracia. Tanta gracia como el toque de tomate con adorna el pan, un guiño catalán que le otorga encanto. Pero si soy sincero, el que sigo prefiriendo es el del Rincón de Pepe: me gusta tanto que no he vuelto a entrar en el bar desde niño. Supongo que para conservar su sabor en mi memoria.

P.D. Hace poco, instalado en uno de los bares que la franquicia 5 Jotas tiene desplegados por Madrid, asistí a un prodigio: la apertura y corte de un jamón ante mis asombrados ojos. Un momento maravilloso. No porque fuera una escena inédita, sino porque uno no se cansa de verla. Siglos de sabiduría popular se concentran en cada rincón de este manjar, que marida bien con cualquier vino, entra también muy bien con cerveza y me parece que alcanza en Andalucía su excelencia: hasta en la más humilde taberna se sirve con garantías. Y los chistes de los camareros suelen ser mejores que los de Manolo. Dicho sea desde el cariño.

La Rioja

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