La Rioja

img
Miscelánea de tragos: Logroño, Madrid, Amberes
img
Jorge Alacid | 26-06-2015 | 07:36| 0

El verano empieza a perfumar nuestra vida y al igual que obramos en nuestros quehaceres cotidianos, cuando sacamos la ropa de temporada y retiramos la antigua, me ha parecido pertinente agrupar en esta entrada una serie de impresiones que por sí solas no justifican un artículo pero que sí lo merecen agrupadas bajo el concepto de miscelánea, con un toque esencialmente madrileño puesto que por el foro anduve hace unos días y traigo información más o menos fresca.

Así que mientras me cruzaba por Madrid con caballeros en pantaloneta, ninfas en short y mosqueteros con palo selfi intentando sacarte un ojo. Mientras regateaba perros cagando, perros solitarios, perros por parejas, perros en grupo, mierdas de perro, perros con bozal y perros sin bozal y hasta perros en bolsa (puesto que hacía calor y su dueña evitaba el consecuente sofoco). Mientras comprobaba que hay ciudades incluso en España donde (milagro) ¡¡¡los ciclistas no circulan por las aceras!!! tuve tiempo de hacer aquello que mejor se me da: irme de bares. Aquí va un apresurado resumen.

 

Madrid Eat

 

Madrid te come

Antes, en los años 80, Madrid te mataba y ahora te come, puesto que el bocado es tendencia y al grito de si los clientes no van a los bares, los bares irán a por sus clientes incluso en furgoneta, cada tercer fin de semana del mes se reúnen alrededor de la Torre Picasso una serie de locos con sus divertidos cacharros: a bordo viaja una mercancía hostelera que ya mereció aquí una entrada en exclusiva, una vez detectado que se trata de una corriente al alza. La experiencia es muy recomendable: perfecta organización, no demasiado barullo, oferta culinaria muy variada, tarifas sensatas (cinco euros un estupendo bocata calamarares, por ejemplo) y tragos de cualquier rincón del mundo a disposición del curioso. En junio concluyeron su ronda anual: Madrid Eat (que así se llamaba el invento: pronúnciese Madrit) vuelve después del verano.

Por San Quintín

De tienda de ultramarinos a bar trendy: San Quintín, en la madrileña calle Jorge Juan (cerca del célebre callejón), es una acabada muestra de ese tipo de garitos multifunción que han desembarcado en nuestras vidas como parroquianos. Lo mismo para el vermú que para la copa nocturna o el café de media tarde, el negocio (propiedad del mismo grupo que defiende con éxito otros locales como el Ten con Ten) dispensa estupendos bocados para el aperitivo, sirve también almuerzos desenfadados así en mesas bajas como en las altas que rodean la barra y mezcla en su carta con mucho desparpajo platos de la cocina italiana mezclados con la mejor tradición gastronómica… asturiana, cuya cúspide se llama (nada menos) pizza de pitu de caleya. Nada menos. Por cierto, dispone de una excelente carta de vinos. De vinos de Rioja. Y como es habitual en los Madriles, tiran la caña con mucho estilo.

 

Bar Cabrón, en Amberes. Foto de Miguel Martínez Nafarrate.

 

Bares de otros mundos

Por Flandes anduvo de bares el compañero de esta casa Miguel Martínez Nafarrate y de allí me trae este regalito, ganador hasta ahora de aquel pasatiempo convocado en este blog para premiar al bar con el nombre más raro. Raro por divertido. En este caso, raro y faltón. Ignoramos ambos las razones que movieron a sus dueños a bautizarle con semejante nomenclatura, pero ahí tiene el improbable lector un bar con mucha clase, alojado en Amberes. También ignoramos qué se pretendía con tal nombre: si apelar con semejante denominación a sus potenciales clientes o (tal vez) referirse al propio promotor del negocio.

Bares de este mundo

Vuelve el Perchas. Y se supone que sus orejitas, aunque habrá que aguardar hasta agosto para comprobarlo, porque será cuando el castizo local de la calle Laurel funcione otra vez. También será entonces cuando conozcamos si los nuevos dueños mantienen la fórmula mágica de rebozado que tanta fama le dio. Será también la hora de corroborar si preservan la decoración fetén y bizarra, incluyendo los banderines del Atlético de Madrid. Mientras tanto, los fanáticos de este bocado tienen una estupenda alternativa en la cercana Taberna de Baco: sus orejas no desmerecen las fenecidas (momentáneamente) del mentado Perchas.

 

Bar art decó

 

P.D. Pongamos que volvemos a Madrid. Lo aviso para quien quiera pasar un maravilloso rato deambulando por las salas de la Fundación March en la calle Castelló, que albergan hasta este domingo una inmejorable travesía alrededor del art decó, así que tiene que darse prisa.  Viene a cuento de este blog esta sugerencia porque entre las piezas se incluye la imagen situada sobre estas líneas: se titula ‘Bar en casa del señor Coste’ y se trata de una obra de Jean-Marie Rothschild: un breve apunte de lápiz, carboncillo, gouaché y barniz sobre papel donde observamos en efecto el atildado garito de que el citado Monsieur Coste disponía en su domicilio. Un bar para él solo, solito en su casita. Un capricho que merecerá una entrada en exclusiva atendiendo el consejo que me traslada una gentil dama, seguidora de este blog, sobre esos bares que ni siquiera exigen salir de casa.

Ver Post >
El cono de Logroño
img
Jorge Alacid | 18-06-2015 | 15:15| 0
La Veneciana de Marqués de Vallejo

 

Llegaba de veraneo mi abuela Emilia, dejaba las maletas en casa y nos conminaba: “Vamos a tomar un mantecado”. Esa palabra me encantaba: mantecado. Así denominaba mi abuela a los helados, a todos los helados, en aquel tiempo en que apenas se podía elegir entre dos o tres sabores: el de mantecado, en efecto, limón, chocolate… Poco más. De modo que peregrinábamos raudos hasta La Veneciana y por el camino nos íbamos preguntando qué clase de helados eran aquellos que para alguien como mi abuela, vecina de Barcelona nada menos, representaban el paraíso. ¿En Logroño se despachaban unos helados de los que carecía la llamada Ciudad Condal? La respuesta surgía espontánea mientras los saboreábamos: aunque fueran de Logroño, aquellos eran unos helados fetén. Inigualables.

Con el paso del tiempo, La Veneciana de Marqués de Vallejo se ha instalado en mi corazón por razones que ahora no vienen a cuento, pero es que en realidad siempre estuvo ahí, en la región donde habita la historia sentimental de quien esto escribe. Por sus helados, por supuesto, pero también por ese célebre luminoso de discreta elegancia, el más famoso cono de Logroño que sigue saludando al paseante cuando llega desde El Espolón y tropieza con mi vista ciudadana preferida, La Redonda al fondo. Ese rótulo, la acerca festoneada por los chicles que la clientela lanzaba al suelo para atacar el codiciado cucurucho de insuperable barquillo, el helado regalándose y embadurnándote mientras te lo zampabas… Todo esto pertenece al equipaje emocional de tantos y tantos logroñeses, educados en la religión única de La Veneciana hasta que llegó Isago a Vara de Rey: hasta que la propia casa matriz se desplegó por el resto de la ciudad, hasta este momento actual en que la devoción que algunos sentimos por ese bocado frío que nos sigue sabiendo a verano ya dispone en Logroño de otros destinos.

No serán lo mismo, claro. No serán los helados de nuestra infancia, aunque el día en que me pareció oportuno saludar la llegada del verano con una entrada dedicada al helado pensé antes si una heladería se puede considerar como un bar. Me contesté a mí mismo que sí: que tomarse un helado en La Veneciana o en cualquier otra heladería representa un ejercicio de sincera fe en el modelo hostelero, porque este sector de la alimentación en frío dispensa también otros productos (desde café a chocolate con churros, pasando por el granizado) y porque el helado, que solemos devorar mientras vamos caminando, también admite ser degustado en el interior de cada establecimiento.

Aunque no de todos, cierto: la tendencia actual, frente a lo habitual antaño, pasa por pedir el helado favorito, abonar la consumición y, luego de optar entre cucurucho o tarrina, irse con el bocado a otra parte. La heladería de siempre, por el contrario, garantizaba un ancho espacio en el local para la degustación calmada, lo cual ocurre aún en algún establecimiento de Logroño así como en esas heladerías que sobreviven lejos de nosotros. Porque el fino catador de helados habrá observado que tal cosa sucede en la monumental Giolitti, catedral del helado: ubicada en el corazón de Roma, junto al Panteón, despacha su oferta con ejemplar generosidad y la tarifa a precios por cierto muy ajustados. Otro tanto ocurre en la también muy antigua Nossi Bé, céntrica heladería bilbaína que lleva funcionando junto al puente del Arenal desde 1911, cuando se fundó como tostadero de café. Hoy ofrece cosas tan raras como helados de chipirón o de bacalao al pil pil, según la costumbre que han ido adoptando otros maestros como el calahorrano Sirvent (gloria a su destreza heladera) o el extraordinario maestro logroñés Fernando Sáenz Duarte, a quien debemos bocados tan sutiles como el helado de lías de vino blanco… Se me hace la boca agua. Agua helada…

Son sólo algunas de las referencias que regalo al improbable lector de estas líneas, con la advertencia reproducida arriba: que habrá mejores helados, pero que uno lleva en su corazón los de La Veneciana por fidelidad a su memoria y por lealtad a su ciudad, a la ciudad que recuerda de cuando era un crío, llegaba la abuela Emilia y nos invitaba al mejor mantecado del mundo.

 

Foto antigua de La Veneciana de Logroño

 

P.D. La familia Bez defiende La Veneciana desde que se implantara en Logroño (inicialmente, en la calle Portales) procedente de San Sebastián. Las historias que relataba el inolvidable abuelo Augusto emocionaban a todo quien le escuchara: eran relatos tan memorables como su arrojo, su audacia empresarial, su capacidad de sacrificio. En San Sebastián, la casa madre de La Veneciana sigue recibiendo a la clientela igual que por Logroño los descendientes de Augusto fueron luego desplegando su negocio por Gran Vía, Juan XXIII, Vara de Rey y, de nuevo, Portales. Es decir, donde todo empezó, hoy a cargo de la tercera generación. Su oferta se ha ido enriqueciendo con el paso del tiempo, de modo que supongo que cada logroñés tendrá su helado favorito. Por si alguien se lo pregunta, y también porque me apetece dejarlo por escrito, el mío fue, ha sido, es y será el de siempre: su inmejorable helado de café.

Ver Post >
Londres en sus pubes
img
Jorge Alacid | 13-06-2015 | 15:51| 0
Pub The Holy Bush, en el barrio londinense de Hampstead

Nos vamos de excursión. Como suele ser norma, Logroño en sus bares desmiente su nombre y así como antes peregrinó por La Rioja (y visitó los amados bares de Cenicero) y resto de España (Madrid, León, Soria, entre otros destinos), hoy protagoniza su primera expedición extranjera: el viaje reciente de dos compañeros hacia la capital del antiguo Imperio británico me ha refrescado la memoria, que es casi tanto decir como el corazón. Porque uno lleva Londres dentro de su yo más íntimo… incluso desde antes de aterrizar por primera vez en sus calles. Que ya tiene mérito amar algo sin conocer ese algo.

Lo cual significa que desde crío quien esto firma estaba loquito por todo lo que oliera a Inglaterra. Desde su fútbol hasta su rugby, incluyendo los hermosos estadios que albergan ambas disciplinas. Y su música, sus actores (ah, el estupendo Michael Caine) y sus actrices (la inolvidable Julie Christie), sus cabinas de teléfono, sus autobuses de dos pisos, sus taxis, sus policías de extravagantes sombreros… y sus pubs. También llamados pubes. A uno le gustaban los pubs también antes de conocerlos, así que una visitados comprobó que conocerlos es amarlos. Porque la atmósfera que en ellos habita es genuina, irrepetible. Porque la costumbre de abrevar tanto en su interior como en sus alrededores es una hermosa manera de hermanamiento entre clientes, así como un estupendo itinerario para iniciarse en la ingesta de cerveza y sus evocadoras denominaciones: lager, bitter, brown, India pale…

El pub en realidad debe interpretarse como un termómetro de la vida en Londres: en una sociedad tan adicta a la estratificación por clases, los pubs se dividen según esa misma lógica, de modo que hay pubs y pubs porque, en efecto, siempre ha habido clases. Un observador curioso podrá determinar qué tipo de clientela acude a cada uno en función de factores como la vestimenta, la inclusión de mujeres entre la parroquia (más común entre los pubs más top, que diría Mr. Mou, vecino por cierto de esa ciudad) y algún detalle adicional. Por ejemplo, yo he notado que los ricos se ríen más: esos pijísimos londinenses que salen del curro en la City tras mover por el orbe unos cuantos milloncejos a través del éter no pueden contener la risa. Su euforia desencorbatada, su manera de celebrar el éxito de la última operación, la desenvoltura con que se piden otra pinta… Poco que ver con el cliente taciturno del pub de arrabal, que consume su jarra mirando al techo, habla entre dientes y sólo se anima si en la omnipresente televisión gana su caballo favorito.

Superadas no obstante algunas de las peculiaridades del pub, empezando por el idioma, para cualquier españolito ingresar en cualquiera de ellos es ingresar sin embargo en territorio amigo. Pocos locales se parecen más a nuestro querido bar de barrio, porque reúne esa misma condición de faro ciudadano y se nutre de una idéntica clientela por lo asidua y fiel, una clientela que genera esa clase de confraternización entre camarero y parroquiano tan cara a este blog, Una vocación de permanencia que se ilustra en el largo tiempo que gran parte de tales pubs lleva enraizado en la calle que lo acoge. Y, además, son bonitos: quiere decirse que el pub inglés, luego tan imitado, posee un cierto estilo, una decoración peculiar, vintage desde antes de que existiera el concepto vintage. Es decir, cuando lo antiguo era realmente auténtico: un espacio nacido para disfrutar de la cerveza tirada con habilidosa mano (y menos fresquista que en España, como se sabe), para estirar la tertulia, para concederse un rato viendo pasar la vida solo o en compañía de otros. Dios salve por lo tanto al pub: quienes paseen por Londres deberán sin dudarlo visitar la larga lista de célebres museos, recorrer Harrods y saludar en mi nombre a la Reina Isabel, pero deberán también incluir en su itinerario una visita al pub de la esquina para comprobar que los seres humanos nos parecemos más de lo que pensamos. Porque uno puede bautizarse como londinense con apenas tomar asiento en el taburete, reclamar su jarra, consumir su pinta y hacer lo que todos: mirar por la tele a ver si gana su caballo favorito.

P.D. De mi primera visita a Londres tengo guardado un completo resumen de los pubs que fui conociendo, que en posteriores viajes he vuelto a recorrer: una ruta de alto contenido sentimental. Uno se recuerda más joven peregrinando de pub en pub, recordando los buenos ratos pasados, los descubrimientos ya superados porque dejaron de serlo… Los anoto aquí por si alguien siente curiosidad: The Malrlborough Head, muy cerca de Oxford Street (en la calle North Audley); The Duke of York, también junto a Oxford Street, en Dering St.; Museum, obviamente frente al British; Red Lyon, junto a Picadilly, en Duke of Saint James St.; en la misma zona, The Argyl Arm (en Argyl St.); Marquis of Granby, al sur del Tamésis (calle Dean Bradley, por Millbank); Marquis of Clanricarde, un pub de barrio en Sussex Gardens; y el divertido Hog in the Pound (literalmente, Cerdo en la libra), en la calle South Molton. De paso, aprovecho para reivindicar mi favorito, que conocí años después: se ubica en el amado barrio de Hampstead, en un escondido callejón al que sólo puede accederse preguntando a los vecinos… que tratarán de despistar al turista como es tendencia en Londres. Superada las trampas, allí lo ve el improbable lector en la imagen que ilustra estas líneas: The Holy Bush, una belleza de garito que hubiera hecho feliz a Dickens.

Ver Post >
La sonrisa de Manolo Iturbe
img
Jorge Alacid | 07-06-2015 | 17:20| 4
Logo de la pastelería Iturbe

 

Entra un caballero en la cafetería, deja sus cosas en un recodo de la barra y recibe de la camarera una invitación en forma de pregunta: “¿Un cortado?”. Nuestro hombre responde que sí y toma asiento, sin percibir que protagoniza un imprescindible rito en forma de civilizada red social, mi red social favorita: la establecida entre camareros y clientes. Claro que para que tal suceso sea posible necesitamos reunir una serie de requisitos: profesionalidad al otro lado de la barra, cortesía en este lado y una relación fijada a lo largo del tiempo, de bastante tiempo. De modo que se precisa que el bar donde semejante prodigio acontece permanezca anclado en el corazón de la ciudad desde hace algo más que un cuarto de hora. Desde que uno tiene memoria, por ejemplo, como sucede en el escenario de este episodio, una anécdota que me sirve para dedicar esta entrada al local que los deudos de Manolo Iturbe defienden con mucha clase en la esquina de Víctor Pradera con avenida de Portugal.

Antaño, este bar/cafetería/pastelería/bombonería (este local que es más bien un monumento) ocupaba un icónico enclave frente al Banco de España. Lo recuerdo como una catedral del dulce, con una decoración muy sesentera, así en los materiales empleados (formica, creo) como en los colores que muy adecuadamente adoptaban la tonalidad más acorde con el establecimiento: eran tonos pastel. Y pasteles había, seguro, pero yo nunca les hice mucho caso: era más bien devoto de su chocolate con churros, que nos administraban sobre todo con ocasión de los cumpleaños que entonces, en los años previos al chiquipark, la bolera y otras conquistas recientes, se celebraban con un sentido de la medida y de la austeridad más acorde con nuestra mentalidad también sesentera. Lo cual significa que nos concedían bastante menos tonterías que hoy.

 

Interior del local de Iturbe

 

Aquel local regentado y bautizado por Manolo Iturbe falleció, aunque no del todo: yo lo sigo viendo tal cual era cada vez que cruzo delante de su imaginaria puerta en Vara de Rey. Y no falleció del todo porque emigró con sus descendientes hacia su actual emplazamiento, para dicha de los fans de la auténtica repostería, de la bollería fetén. El día en que el caballero arriba citado ingresó en el local, quien esto firma se dedicaba a comprobar la extraordinaria diferencia que existe entre una ensamaida de verdad, elaborada con mimo en un obrador de siempre, frente a la bollería de cartón piedra que sale de ya sabe usted dónde: de esas pastelerías franquiciadas que perpetran cada día un atentado contra el cruasán y contra el buen gusto. También contra la tradición.

Porque de eso van estas líneas: de la tradición. De cómo aún es posible entrar en algún bar y que te ofrezcan el café sin pedirlo; en Iturbe incluso van más lejos: lo sirven de saque, en cuanto ven al cliente asomar por la puerta, porque ya saben qué va a pedir. Así que estas líneas tratan de cómo es milagroso que todavía sobrevivan entre nosotros locales donde te recibe la sonrisa que Manolo Iturbe y los suyos nos dedican desde ese hipnotizante logo que adorna tanto esta casa como la ubicada en Poeta Prudencio. Un flan (o una tarta, tal vez, pensaba yo: ahora me entero de que es un suflé) con forma de señor descubriéndose el sombrero de que va tocado, dibujado ignoro por qué mano: una mano genial, en cualquier caso. Porque esa imagen de Iturbe ha sobrevido también hasta nuestros días puesto que ilustra a la perfección lo que aguarda dentro, cuando traspasas el elegante rótulo y te encuentras el conocido festín de gollerías sin igual, empezando por sus idolatradas milhojas y acabando por otro bocado salado sin igual, el pan que llega desde la calle Mayor y luce en su interior el nombre de Primi.

 

Iturbe, en la esquina entre avenida de Portugal y Víctor Pradera

 

Y al igual que antaño era habitual que una pastelería se dotase de una barra donde ofrecer a la clientela no sólo sus dulces, sino un cafelito o una taza de cacao para acompañar su ingesta, con el tiempo tal costumbre ha dejado de ser tan frecuente, así que hay que celebrar como merece que Iturbe todavía resista y combine con sabiduría ambos mundos: el hostelero y el pastelero. De modo que gloria a Manolo Iturbe, a sus inmarcesibles trufas y, sobre todo, a la enorme sabiduría que encierra el hecho evidente de despreciar las modas, permanecer fiel a su estilo inmemorial, conducir con mucho estilo así el mostrador de la confitería como la breve barra donde se atiende al cliente con ese tipo de venerable categoría que uno tanto añora. Gloria a un bar donde además se sirve con esmero algo tan sencillo (en apariencia) como un café cortado, incluyendo algún capricho en esta materia como el que distingue al compañero Juan Marín, habitual de la casa, fan de Iturbe y autor de las fotos que ilustran esta entrada. Gloria en fin a un bar donde el parroquiano habitual ya sabe que ni siquiera tiene que pedir el café; un local donde el cliente fiel siempre estará seguro de que según tome asiento alguien le atenderá desde el otro lado de la barra, con cordial profesionalidad y sin pegajosas ceremonias, con la pregunta que estaba esperando: “¿Un cortado?”.

P.D. Cada vez que visito Iturbe me reprocho a mí mismo no frecuentar su barra con mayor dedicación, porque me asalta una sensación de placidez que no encuentro en otros sitios de la misma índole. Será que ingreso en el territorio de la infancia, supongo, porque todo me recuerda al mentado local de Vara de Rey. Antaño también compartí largas tardes de bollería y café en otro establecimiento similar, el que defendía (y defiende) Tupinamba en Jorge Vigón pero Iturbe tiene ese algo, ese espíritu de fidelidad a una época y a una manera de entender el negocio, que lo hace a mi juicio insuperable. Y ese logo que se quita el sombrero es igualmente insuperable: yo también me lo quito ante él.

Ver Post >
¿El bar más divertido?
img
Jorge Alacid | 29-05-2015 | 18:03| 1
Bar Pirulo, en el barrio logroñés de La Estrella

 

El mensaje lanzado la semana pasada al improbable lector desde este blog en busca de bares con nombres juguetones alcanzó cierto eco, de modo que he juzgado conveniente cerrar con una nueva entrada esa búsqueda del bar cuya denominación nos parezca a quien esto escribe y a quien atienda al otro lado de la pantalla el más divertido, con sinceros agradecimientos a todos los que han participado en este juego. Entre ellos, Benjamín Blanco, que me habló el otro día de un bar llamado Celona, ubicado curiosamente en Madrid. Buen chiste. O el también compañero Toño del Río, quien se acordaba de otro garito madrileño denominado Bar Clays. Un bar con interés, propio para ahorradores. Supongo.

En sus comentarios a esa entrada en la web de Diario LA RIOJA, la amable y desconocida (también lo supongo) Arantxa recuperaba la memoria de aquel local llamado logroñés La Conejera, ubicado en la calle Cigüeña, cuyo nombre le intimidaba tanto como le divertía. “No me atreví a entrar”, recuerda. Se trata del mismo bar cuya primera denominación también apostaba por la rotulación chispeante e ingeniosa: se llamó Cacodilato. De aquella época, cuando bautizar a estos negocios con alguna invención que se apartara de lo convencional era tendencia, rememoro ahora el llamado Profesor Isopo, desaparecido hace años de su enclave en Jorge Vigón. De un poco antes es Braulio El Loco, pionero de la Zona, otro local que se distinguía por ese tipo de guiño a la clientela que nace de una denominación como poco… Hum, distinta.

 

Bar Der Troya

 

A través de Facebook también percibí un gratificante retorno de esta propuesta. Teodoro Hernáez, antiguo condiscípulo del colegio San José, me avisa de un asador canario llamado Misasuntos, una broma mejorable, creo. Más gracia me hizo un bar cercano, muy cercano: se aloja en el logroñés barrio de La Estrella y debo su aportación al amigo Manuel Sáenz Júdez. Se trata del Bar Pirulo (para chulo, chulo…). Lejos de casa, el colega José Luis Ouro rescata dos curiosidades: un local de Valencia bautizado como El ombligo de Sharon (¿Stone?) y otro de Malasaña tan largo como evocador: El perro de la parte de atrás del coche. Yo no me tomaría nada allí, ni un triste trago, la verdad. También añade el compinche Ouro otra cita logroñesa, el Barlovento, ubicado igualmente por La Estrella, como el Pirulo, y agrega una curiosidad, aunque como me advierte tiene toda la pinta de ser un fake: Bar der Troya. Como bien avisa, alguien debería quedarse con la idea.

Proseguimos. Noemí Iruzubieta propone que un empresario misterioso abra en algún lado un bar llamado Tolo (me troncho) y apunta hacia Laguardia para traer hasta aquí dos bares que pueden considerarse complementarios: al parecer, uno se llamaba Mete y otro Saco. Una seguidora igual de fiel, Julia Baigorri, pone el foco en el barrio de Cascajos, donde alerta de la presencia de una cervercería muy apropiadamente llamada Dame Kaña, donde me informa que tiran estupendamente la cerveza. La simpar Marian San Martini hace honor a su apellido y ofrece información jugosa en materia de bares: según recuerda, en una telenovela de los años 90 salía un garito llamado La mujer de arena, sugerente denominación que merecería pasar a este lado de la realidad, como bien afirma: “Siempre decía que si ponía un bar le llamaría así”.

Y de Facebook a Twitter. En ese otro mundo cada día menos virtual dejó su mensaje el amigo Manuel Martín, corroborado por otro Martín, apellidado Schmitt, quien parece algo conocer de bares. Así supe de un local denominado Donde Queráis, garito que completa una broma de este tipo: “¿Dónde quedamos? Donde Queráis”. El chiste, bastante malo por cierto, se le ocurrió a su promotor, un empresario argentino que regentó el bar en la calle Mayor, muy cerca de Mercaderes, hasta que acabó cerrando. Ahí sigue, con la verja echada y su nombre saludando todavía desde la rotulación.

Revisando por internet a partir de estas y otras aportaciones he observado que estos juegos de palabras son en su mayoría bastante pueriles. Ingenioso, ingenioso, pero ingenioso de verdad no he pillado ni uno. Me siguen haciendo más gracias (uno es así) aquellos hallazgos de hace algunos años que ya mencioné en la entrada inicial: No se lo digas a papá y cosas por el estilo. Estos otros inventos recientes tienen un aire naif que me recuerda a los tebeos de mi infancia, sobre todo los debidos a Ibáñez. Era habitual que sus personajes deambularan por locales llamados Bar Tolo, Bar Bacoa, Bar Budo o cosas por el estilo. Así que ahora que al papá de Mortadelo y Filemón le ha dado por ironizar con nuestra triste vida política, muy podría ilustrar las andanzas de mis detectives favoritos alrededor de este garito: el Bar Cenas. Nada menos. Especializado en chorizo. Nada menos.

 

Otro chiste en forma de bar

 

P.D. Puesto que en la entrada anterior proclamé mi preferencia por el bar llamado Turismo, periclitado en el siglo pasado en su sede de la calle Sagasta, el compañero Justo Rodríguez se apresuró a advertirme de un detalle que yo ignoraba: que en su fase final, alguien le borró las dos letras finales y pasó a denominarse simplemente Turis. Bar Turis. No lo conocí con esa nueva denominación: me quedo por lo tanto con el recuerdo de su nombre original y su aspecto primigenio. Cierro los ojos y lo vuelvo a ver: y lo que veo no es agradable. Puro lumpen, creo.

Ver Post >
Los bares más divertidos
img
Jorge Alacid | 22-05-2015 | 16:20| 2
Villalo Bar, en Villalobar. Foto de Justo Rodríguez

 

Hace ahora un año, Coca Cola lanzó una campaña de promoción de los bares patrios que reclamó aquí su sitio en forma de la entrada que hoy recupero. Aproveché aquella ocasión para reivindicar que yo lo vi primero (quiero decir, eso de poner de moda nuestros bares) y para rememorar la hermosa sinfonía que forman los nombres de aquellos que son o fueron más queridos. Si regreso sobre mis pasos ahora es porque me anima a hacerlo un hallazgo en forma de enlace en internet, donde se repasan también los nombres de unos cuantos bares. De unos cuantos bares con nombres raros. Raros, raros, raros. Raros y divertidos.

Veamos.Tenemos desde Bar Veider para fanáticos de la saga de George Lucas, hasta La Birra de Brian: ídem para los seguidores de Monty Phyton. Desde Menoc Donald (un chiste muy malo, me parece), hasta El Quinto Coño: al parecer, un garito alejado del centro, o eso prefiero pensar. Y otro juego de palabras muy mejorable: La Tapilla Sixtina. En fin… En esto del sentido del humor no nos detendremos: hay quien lo ejerce con ingenio, quien lo ignora y quien lo emplea sólo cuando le interesa. Esta breve recopilación, que incluye aportaciones tan gloriosas como Tasca Gao (me troncho), el restaurante Puta Parió (me desarma), Churrasic Park (me echo a llorar), Mary con Juan (sigo llorando, pero de risa) o Aroma de Berga (evito comentarios), me ha invitado a pensar en lo sosos que somos por Logroño cuando bautizamos bares. Y qué lejanos quedan los tiempos en que acudíamos a garitos llamados No se lo digas a papá o a discotecas denominadas Yo qué sé. Bueno, en realidad, yo iba a poco a ambos locales pero me consta que hicieron furor en su tiempo y que contaron como aliada con esa nomenclatura tan divertida. O al menos tan distinta.

A mí el bar cuyo nombre siempre me hizo más gracia fue el Turismo, garito que sólo algún otro senior recordará. Ubicado en el tramo postrero de Sagasta cuando esa zona de Logroño era más o menos territorio comanche, intimidaba desde el mismo acceso: un amenazador bar cuyo desconcertante nombre inquietaba tanto como la parroquia conspicua, la decoración lumpen o el sombrío aspecto de sus camareros. ¿Por qué se llamará Turismo? Era la pregunta que me hacía cada vez que mis pasos acababan a su alrededor, porque había algo peligroso y por lo tanto atractivo para un mocete que ansiaba ya afeitarse en eso de deambular por la manzana donde se ubicaba, superada la alpargatería de Ochoa. Peligroso y ridículo, como cuando te animaban los más mayores a ingresar y pedirte un tinto con paracaídas. Cosa que hice una tarde: ah, qué ingenuo.

Turismo era un nombre fetén, aunque no tan fetén como Pachuca. A mí me gustaban esos bares con denominaciones que entonces parecían exóticas cuando lo exótico aún existía: es decir, en la época anterior a Ryanair. Bares como Capri, Montecarlo o Roma. Bares como Samaray (¿Qué sería Samaray?) o Ibiza. Sonaban a películas en Cinemascope y despertaban nuestras ensoñaciones, pero ahí se acababa cualquier asomo de osadía: desde luego a nadie se le ocurría frivolizar con la partida de nacimiento de estos negocios. El nombre de un bar debía aparentar seriedad, gusto por el orden, criterio, sensatez: justo lo que uno pretende encontrar al otro lado de la barra. Un espacio cabal donde la diversión obedecía a otros factores, como la ingesta de alcoholes, y donde se negaba cualquier concesión a la autoparodia como después fue norma y ahí arriba figura esa larga nómina de bares con nombres tan curiosos para demostrarlo.

 

Bar Reinols, un bar de ficción de la serie Siete Vidas

 

No creo que exista hoy en Logroño nada por el estilo. Así que estas líneas son un mensaje en una botella, nunca mejor dicho: una invitación a quien lo desee para que me informe de si me equivoco. Si hay por nuestra ciudad desperdigado algún bar cuyo nombre merezca nuestra atención por su peculiaridad, por alguna doble lectura que se nos escapa o por lo que sea. Un pub llamado Is, por ejemplo, como le hubiera gustado titular al suyo a un querido amigo cuando filosofábamos de jóvenes… en la barra de cualquier bar, claro. O un bar llamado Reinols, como el célebre garito de la tele: otro chiste con poca gracia, me parece, aunque ha tenido éxito allá en el madrileño municipio de Pinto, donde hay un local homónimo que no es de ficción. O como estos otros que he ido pescando por la red: el Mastur Bar (jeje), el A tomar por copas (muy soez), el Notinghan Prisa (muy fino) o mi favorito, porque me regaló estupendas veladas allá en el Pleistoceno: el Salsipuedes ovetense.

 

Bar Salsipuedes, en Oviedo.

 

El Salsipuedes tiene doble alma: una acogedora casa de comidas por el día, un animado bar de copas por la noche. Muy animado: tan animado que cuando me tuvo de cliente hizo largo honor a su nombre. Con moraleja añadida: porque cuando al final en efecto lograbas dar con la puerta de salida, te tropezabas con el vecino Bar Sovia… De donde también resultaba difícil salir.

P.D. En Logroño ya confieso que ignoro hasta donde yo conozco si a los dueños de los bares les ha salido la veta ingeniosa cuando bautizan sus locales, pero fuera de la capital las andanzas de los compañeros Pío García y Justo Rodríguez recorriendo La Rioja de cabo a rabo dieron con algunos hallazgos memorables, también en materia hostelera. Es el caso del Villalo Bar, garito ubicado, como su propio nombre indica, en el municipio riojalteño de… Villalobar, donde se toman con buen humor su toponimia y reciben a indígenas y forasteros… pero solo en fin de semana. Los días laborables, como tantos otros bares de La Rioja interior, el visitante lo encontrará cerrado. En honor a su ingenio, le cabe el privilegio de presidir estas líneas.

 

 

Ver Post >
La invasión de las terrazas crecientes
img
Jorge Alacid | 15-05-2015 | 08:07| 4
Terraza del actual café Moderno, cuando se llamaba Oriental

 

Gobernaba Logroño José Luis Bermejo allá a finales del siglo pasado. Quien esto escribe deambulaba por los corredores del Ayuntamiento buscando alguna noticia que llevar a la redacción cuando tropezó con un edil cariacontecido a la salida de una comisión, quien le entregó una cuartilla donde se condensaba el motivo de su queja: allí, dibujado con la pericia de un niño de cuatro años se contenía el despliegue de veladores de un céntrico bar de Logroño. Apenas un boceto con unas mesitas con sus sillas, diseminadas en el entorno del local: un croquis indispensable para contar con el permiso municipal, de modo que el Ayuntamiento pudiera enviar luego a sus inspectores a comprobar si, en efecto, la terraza veraniega se ajustaba al plan propuesto por el empresario y aprobado por la municipalidad.

La causa de su desconsuelo era evidente: tanto el concejal como el periodista transitaban a diario por la zona donde se ubicaba aquel bar y podían comprobar que el dibujo no se correspondía con la realidad. El dueño del local había multiplicado por ene su propuesta, repartiendo mesas y sillas por donde le placía, invadiendo el espacio dedicado en teoría al peatón y molestando a los vecinos, así a los más cercanos como a los de enfrente: en la cumbre de su desparpajo, había cruzado la calzada y extendido sus dominios como le dio la gana. No era esta sin embargo la razón última del pesar que mostraba nuestro edil. Su escandalizada pena tenía que ver con lo que acababa de comprobar en comisión: que el Ayuntamiento se encogía de hombros. Los responsables de Urbanismo alegaban que si procedían contra este empresario debían hacerlo también contra la práctica totalidad de bares con terraza. No había inspectores suficientes para comprobarlo… ni ganas tampoco de ejecutar el indispensable celo municipal, puesto que acarreaba la necesidad de pisar algunos callos.

 

Veladores en la calle Portales de Logroño

 

Pienso a menudo en aquella anécdota a la vista de cómo ha ido evolucionando este universo de las terrazas logroñesas. Y reparo sobre todo ahora en que colonizan el verano de nuestra ciudad, a partir de una foto que colgó en su cuenta de facebook el político Miguel González de Legarra. Al principio no la entendí y eso que nací a dos pasos de donde fue tomada: resulta que ‘eso’ es la calle Portales, a la altura de La Redonda. Y no: no es una instalación artística ni performance alguna. Se trata tan sólo de cómo ha desplegado a su alrededor un bar allí emplazado sus veladores. Obsérvese que, sumadas las sillas y mesas al resto de mobiliario urbano, apenas queda un triste pasillo para que transite el ciudadano. Nada que uno no vea también en otros rincones de la ciudad: hay calles donde el paseo se convierte en una carrera de obstáculos, entre terrazas, ciclistas, farolas que nadie pide, bancos que nadie usa y peatones que caminan a la logroñesa, es decir, pensando como Fraga que toda la calle es suya. Intente usted sortearlos: mala idea. Mejor haga como yo: cruce de acera…

… Y se la encontrará tomada por otra terraza, que se van extendiendo hasta el infinito y más allá. Uno, que ha sido cliente antiguo y tenaz de este acabado ejemplo de cómo un bar se convierte en fenómeno social donde ver y ser visto, entiende que el placer de disfrutar de un trago o un bocado al aire libre es una de las grandes conquistas de nuestro tiempo. Así que no tengo nada contra ellas, sino todo a favor; tampoco estas líneas deben leerse como un alegato contra el empresariado local de la hostelería, que bastante sufre con tener que hacer malabares para que le cuadren las cuentas cada día y que anda este fin de semana soliviantado, así que lo último que precisa es que le toquen las narices o la caja registradora. Pero no deja de sorprender la permisividad municipal con una moda que atenta contra las formas civilizadas de compartir el espacio público: esto de plantar la terraza donde a uno le apetezca, allá penas si molesta al resto de paisanos o de si cumple los requisitos del Ayuntamiento (o los impuestos por el puro sentido común) me parece una mala idea. A todos se nos puede acusar de conducta incívica en un momento cualquiera de nuestra trayectoria como ciudadanos. Pero entronizar este desprecio a los demás que significa la invasión de las terrazas crecientes me parece lo antedicho: mala idea. Una mala forma de ser logroñeses.

P.D. La extensión exagerada de la terraza suele acarrear otros motivos de preocupación. Por ejemplo, la escandalosa (y peligrosa) altura que alcanzan las sillas cuando se recoge la terraza, que en algún caso llegan al primer piso del edificio colindante y han provocado ya algún siniestro, por fortuna menor. También ahí me parece que el Ayuntamiento mira hacia otro lado, al igual que se inhibe con esa funesta manía de arrastrar los veladores cuando se despliegan por el entorno de cada bar, a desprecio de la ordenanza municipal sobre ruidos. Aunque para ruido, la agradable sinfonía que se perpetra cada mañana, cuando se descorren los gigantescos candados que sujetan sillas y mesas y se dejan caer graciosamente al suelo. Ese sí que es el auténtico himno de Logroño.

 

Ver Post >
¿Todos los bares son iguales?
img
Jorge Alacid | 08-05-2015 | 08:23| 1
Imagen del desaparecido Casa Taza de la calle Laurel. Foto de la web de La Rioja Turismo

Cerró el Perchas, falleció hace tiempo La Simpatía, resisten el Sebas, el Iturza, el Gurugú, el Soldado y otros clásicos, llegan otros nuevos y… Peligro: regreso sobre mis pasos para hacer mío (con permiso del copyright) el concepto que acuñó en este blog el trasterrado colega Guillermo Sáez y aprovecho para alertar sobre el riesgo de caer en ese fenómeno que llamó con acierto donostización. Es decir, que todos los bares logroñeses corren el riesgo de ser iguales, en el vano intento de emular a los pretendidamente hermanos ricos de San Sebastián, que desde luego lo son… por las facturas que endosan. Y si nuestros queridos bares pierden su identidad, perderán también su misterio y su encanto, una amenaza que cualquier parroquiano puede atisbar con sólo darse una vuelta por sus bares de confianza.

Ocurre que algún decorador ha debido entregar original y copia de algún hallazgo en materia de bares y de repente todos son casi idénticos. Si además los disfrazas con vocablos tipo gastrobar o neotaberna, el resultado es que llegará el día en que pasear por Valladolid, Granada o Logroño mientras te zampas un pincho o te tomas un trago será como jugar al juego de las siete diferencias: adivina en qué se distingue esta barra de aquella otra. El último en rendirse a semejante plaga es el venerable Casa Taza de la Laurel, la misma calle donde se están perpetrando últimamente todos estos atentados. Pocos bares como el Taza tan unidos a mi corazón, pocos garitos donde uno haya malgastado tantas horas con el pasatiempo favorito de la adolescencia: perder el tiempo…

… Que es una manera inteligente de ganarlo. Ganarlo aposentado en el paso de paloma que representaba el ventanal situado a la diestra según se entraba, custodiado por un anciano pariente de los propietarios a quien no le hacía demasiada gracia ver allí apoltronados a los más jóvenes de su clientela. Circulen, circulen: no lo decía pero lo insinuaba, un mandato tácito al que respondíamos como suele, haciéndonos el longuis, el sueco o el orejas. Sólo cuando de modo expreso nos aclaraba el buen hombre que no estaba demasiado conforme con que lleváramos allí media hora apalancados por el triste precio de un vaso de vino (servido en Duralex, entre cinco y seis pesetas: finales de los 70) decidíamos hacerle caso y aposentarnos en el vecino Tívoli, que disponía del mismo servicio de centinelas y por un precio parecido (e idéntico modelo de cristalería) nos convertía en custodios de la calle Laurel, cuyo acceso vigilábamos desde el ventanal que daba a la barra. De paso, nos comíamos un millón de pipas del tren de Anita.

Casa Taza bajó un día la persiana, como el Tívoli mentado. Pero así como el Tívoli tardó alguna década en reaparecer ante nosotros con muy buena pinta, fruto (se supone) de un esforzado proyecto empresarial, del viejo Taza al nuevo apenas mediaron unos meses: lo que tardaron los nuevos dueños en liquidar cualquier rastro de vida inteligente anterior y convertirlo, cambio de nombre mediante, a la nueva fe de los bares de diseño, que lo mismo te asaltan en Logroño que en cualquier otra ciudad española. Ofician esta recién adoptada religión a través de un altar donde se exhiben las golosinas de rigor, usted ya me entiende: piruleta de no sé qué, esencia de esto, perfume de aquello, homenaje a mi abuela en forma de galleta de foie con reducción de Pedro Ximénez y mucha, mucha, mucha cebolla caramelizada…

Supongo que habrá algún término medio entre el viejo vinazo servido en duralex y estos nuevos hábitos. Y proclamo de paso que cada empresario que se lanza a la aventura de poner un bar, defender su barra, pagar las nóminas y resto del gasto corriente, conquistar a la clientela… Bueno, es una aventura que merecerá siempre el respeto de quien esto firma. Lo que subyace en estas líneas no es tanto una crítica concreta como una reflexión de fondo: lo mismo cualquier día nos liquidan el entrañable depósito donde el Calderas pone el vino a refrescar.

P.D. En materia de ‘donostización’, por Logroño no se ha extendido sin embargo la costumbre de exhibir los pinchos en la barra sin tapar propia de San Sebastián. Así como el inspector de guardia de nuestro Ayuntamiento exige cubrir con hasta tres trincheras las tapas de cada local, con alguna salvedad cuya justificación se me escapa, por San Sebastián reina una conspiración entre Administración, administrados y turistas para que cada bar salude a la clientela mostrando su rica oferta sin obstáculos ni cortapisas. Ignoro la razón: o por aquí somos más escrupulosos, o por las vascongadas menos. Pero el resultado es que mientras allí las tapas te entran por los ojos, en Logroño hay que salvar unos cuantos fielatos. Y en eso sí que todos los bares de España no son iguales.

Ver Post >
Querida Zona
img
Jorge Alacid | 02-05-2015 | 10:53| 0
Pub Dante, en la calle Chile de Logroño

 

En diciembre del 2012, publiqué en este blog un artículo dedicado a uno de focos más conspicuos del Logroño hostelero: la llamada Zona. En esa entrada cuyo enlace dejo aquí al improbable lector, rememoraba aquellos años (finales de los 70, la década de los 80 casi completa) en que la oferta de ocio nocturno ciudadano prácticamente se acababa allí y mencionaba también unos cuantos bares que cualquiera habrá retenido en su memoria si conoció aquel paraíso del copeteo durante la época en que las hombreras estaban de moda. El pionero Robinson, el inolvidable La Enagua, el desconcertante Rocky, el memorable Abraxas, el Saxo (mi favorito) y el resto de la alineación. No redundaré por lo tanto en aquella incursión por la nostalgia porque prefiero decantarme por un baño de realidad muy actual. Actualísimo. Un reciente paseo por aquellas calles (Vitoria, Chile, Fundición) me confirma lo que ya intuíamos: que la Zona como tal prácticamente no existe.

Lo que existe es un puñado de bares que se niega a capitular, encomiable actitud que no basta para considerar ese paraje como un concepto en sí mismo, una noción ciudadana y redonda, una comunidad de locales entendida al estilo antiguo, cuando se constituyó. Es decir, al estilo de la época en que aquella esquina de Logroño empezó a habitarse y nació La Zona. Los bares de hoy viven desperdigados y me temo que su clientela potencial se ha diseminado igualmente por otras esquina de la ciudad, del Espolón hacia el Norte, más o menos. Supongo que lo agradecerán los habitantes del barrio, a quienes recuerdo defendiendo su derecho al descanso cuando semejante reivindicación sonaba casi como una extravagancia, pero también imagino que habrá quien, como quien esto firme, añore aquella época de esplendor. El bullicio jaranero que acompañaba la ingesta de las distintas clases de destilados en que nos iniciamos por entonces alcanzaba el clímax por San Mateo: las calles se convertían de facto en peatonales, porque no había ser humano sensato que decidiera conducir por allí su utilitario, y el trajín de copas iba desde el bar hacia afuera, una tendencia que hoy también estaría proscrita.

Qué ha sucedido para que tantos y tantos bares exhiban ahora la persiana bajada, el cartel de Se vende reciba al visitante y a su alrededor sólo acampe una mustia tristeza… Es sencill responder alegando, como he mencionado arriba, que también en el sector hostelero se imponen ciertas modas y vaya usted a reclutar hoy a las manadas de dipsómanos que asaltan cada noche de fin de semana los locales del Casco Antiguo para convencerles de que regresen a la Zona que tantas alegría deparó a sus papás y hermanos mayores. Yo mismo soy un acabado ejemplo de esta reconversión en hábitos parroquianos: en mis contadas incursiones para tales menesteres noctívagos me decanto por alguno de los garitos del corazón de Logroño y ya no recuerdo cuándo fue la última vez que me tomé una copa por la calle Vitoria y alrededores. También ignoro la razón: supongo que, como animal gregario que me confieso, también en esto de salir de noche sigo la norma logroñesa y procuro no apartarme de ella.

Lo cual es una pena. Un abandono que me reprocho. Pasé muy buenos ratos en la Zona, con el mencionado caso del Saxo como emblema: cada sábado sabía que podían ocurrir unas cuantas cosas en mis excursiones nocturnas, pero sobre todo sabía que alguna de ellas me pillaría en el bendito pub de la calle Chile, ya hace años reconvertido. Al lado resiste el Lorca, milagro, milagro. De la rica y proteica historia que este puñado de bares protagonizaron hace ya unas cuantas décadas apenas sobreviven un par de ellos. El Biribay, por ejemplo, un caso muy curioso porque será uno de los locales con más encarnaciones que ha conocido Logroño y ahí lo tienen a su disposición quienes quieran tomarse un trago acompañado de música en directo, para desmentir la idea de que semejantes empeños empresariales están destinados a fracasar en Logroño, por nuestra propensión al aborregamiento del sota, caballo y rey.

De modo que estas líneas sirven para exculparme un tanto de mi deserción de aquella Zona que tantas noche de gloria me regaló. Calculo que todavía en los primeros 90 peregriné con cierta asiduidad por allí. Trabajaba entonces cerca y era habitual acabar alguna noche de trabajo tomando una copa antes de regresar a casa en el Amalys, por ejemplo, en el PH (territorio por cierto de los futbolistas del entonces también glorioso Logroñés) o en un garito que estaba al lado, cuyo nombre he olvidado, pero donde nos atendían con profesionalidad y cortesía Chus y Jaque, quienes también acabarían por saltar al otro lado para defender desde que dejaron aquel bar la barra de La Travesía. Cambiaron los cubatas por la tortilla de patatas, una metáfora de lo que en realidad sucedió para que dejáramos de frecuentar la Zona: ocurrió que nos hicimos mayores, incapaces de seguir aquel ritmo. Volver sobre nuestros pasos como clientes, como hago yo con esta entrada dedicada a la querida Zona, sólo sirve para corroborar que el tiempo pasa. Y que cualquier tiempo pasado fue anterior.

 

Bar Numancia, en la calle Chile de Logroño

 

P.D. El hecho de que la Zona como tal, como concepto global, haya desaparecido de nuestra actualidad (yo creo que ni siquiera nadie la llama ahora así) no significa que los bares allí repartidos no funcionen con regularidad y éxito. Pongo un caso: el Dante. Ubicado en donde antaño se alzó la discoteca Valentino, cuenta con una fiel clientela, tira estupendamente la cerveza y dispone de una esmerada oferta musical para acompañar los tragos. Y a uno, que se pasó media vida en la acera de enfrente (con perdón), apoltronado entre los sillones de bambú del Saxo, le parece una suerte de justicia poética que sobreviva con tanta clase y estilo. Aunque el monumento a esa vocación de permanencia habría que ubicarlo en la puerta del Numancia: fue bar cuando a su alrededor sólo había pubs y sigue siendo bar décadas después. Hace honor a su denominación: en efecto, Numancia resiste.

Ver Post >
Los bares sin nombre
img
Jorge Alacid | 24-04-2015 | 07:19| 0
Bar sin nombre, en Briones

 

El pasado verano, recogiendo una amable invitación de la revista Codal que edita el Instituto de Estudios Riojanos, colaboré con un artículo donde, con un espíritu menos informal que el empleado para las entradas de este blog, reflexionaba sobre la aportación del bar al imaginario riojano, desde la ciudad al mundo rural. Logroño, epicentro de este blog, pertenece al primer ámbito, aunque como nativo de la calle Portales siempre he pensado que mi ciudad natal se trata más bien de un pueblo que ha ido a más. A más, en cuanto a extensión: en su yo más íntimo, Logroño sigue siendo para mí mi pueblo. Mi pueblerina cuna, a la que tanto debo. De modo que cuando uno se aleja de los bares del centro, ese alma rural tan cautivadora y atractiva surge de modo natural y se manifiesta en la supervivencia de los bares nuestros de cada día. Bares viejunos, bares de barrio, que han merecido aquí alguna entrada y la seguirán mereciendo. Porque uno, en su humilde condición de cliente de unos cuantos de ellos, se sigue sintiendo en deuda por su contribución a forjar la identidad ciudadana. Sé que me repito, pero ahí va mi reflexión ya algo manoseada: el bar es faro y brújula de una sociedad. De una cierta manera de entender nuestra civilización.

Sobre este particular han reflexionado también dos compañeros en esta casa común de Diario LA RIOJA, Pío García y Justo Rodríguez, cuyas andanzas por La Rioja habrán podido seguir sus lectores en las páginas del decano de la prensa regional durante todo el 2014, que conmemoró enviándolos de paseo su 125 aniversario del periódico y recordó de paso el viaje similar que años ha protagonizaron otros dos veteranos colegas, Roberto Iglesias y el fotógrafo Herce. En sus travesías, ambos comprobaron lo arriba citado. Que pocas instituciones como el bar vertebran el territorio riojano, hermanan el valle y la sierra, oxigenan la mortecina vida de los municipios menos poblados. En este artículo, Pío García escribió sobre el particular en la web de Diario LA RIOJA e ilustró sus cavilaciones con unas estupendas fotos de Justo Rodríguez, que retrataban el alma de esos bares donde la memoria sentimental de todo un pueblo se fermenta y se custodia. Bares tan especiales, con tanto estilo, que a veces ni siquiera tienen nombre. No lo necesitan.

Véase el bar de la foto que ilustra estas líneas. Tropecé con él deambulando hace unos días por Briones, estupendo lugar por donde llevaba tiempo sin detenerme. El bar estaba abierto pero nadie atendía en su interior. Sólo resonaba el eco de la tele, que se desparramaba por partida doble a diestra y siniestra. Las venerables mesas de formica aguardaban a los imaginarios clientes que a esa hora, media tarde, se resistían a entrar. Del fantasmal camarero nada se sabía ni nada se supo. Ni el sonido de mis pisadas le arrancó de su invisible presencia. Como no se materializó, no pudo por lo tanto responder a la pregunta que me intrigaba: cómo se llama su bar. Porque ningún rótulo descifraba el enigma, no había rastros de su nomenclatura en rincón alguno, ni letrero que despejara el misterio. Incluso la amable carnicera de la esquina se sorprendió cuando le trasladé a ella la pregunta. Miró a través de la puerta de su negocio y comprobó, como si viera por primera vez el bar de enfrente con esos nuevos ojos, que en efecto carecía de nombre. Cuestión que aclaró acto seguido. “Aquí siempre le llamamos el bar de Martina”, respondió.

El bar de Martina, en consecuencia, no precisa rotulación. Al menos para los vecinos de Briones, a quienes habrá acompañado durante años ofreciendo la misma imagen que me regaló a mí. Un bar de toda la vida. Un bar donde ir comprobando el paso del tiempo lentamente, en compañía de las modas que sólo iría adoptando cuando dejaran de serlo, lo cual es una sabia manera de decantación que me parece admirable. Casualmente, cerca del bar de Martina se aloja otro bar sin nombre, como me informó la misma gentil vecina. Otro bar que tampoco lo necesita: es el bar de José Luis, porque así se llamaba un propietario anterior, en cuyo honor se ha perpetuado tal denominación aunque luego haya pasado por otras manos y ahora acabe de reabrir, todavía sin nombre.

Son los bares que fueron, los bares tal y como los recordamos en nuestro corazón, los bares que siempre serán. Garantizan una cierta atmósfera, un intangible, un valor del que sólo seremos conscientes cuando desaparezcan. Si un día dejaran huérfana a su clientela producirían tal vez un efecto similar al día en que decidieran rotular su nombre: nadie lo entendería. Porque tal rotulación es redundante (no se necesita, tengo que insistir) y porque el municipio donde se alojan, el barrio que les alberga, dejaría de ser el mismo. Aunque suene a paradoja, su fortaleza reside en su anonimato. Porque es un anonimato sólo figurado.

P.D. Mientras preparaba esta entrada, por esas casualidades que cada día me desconciertan más, me llegó el encargo de colaborar con un libro cuya publicación se prepara en torno, precisamente, a la rotulación comercial. Es decir, cómo se intitulan los comercios logroñeses, con un capítulo dedicado al mundo de los bares. A todos aquellos bares que, al contrario de los arriba citados, sí que lucen orgullosos su nombre.

 

Ver Post >