La Rioja

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Navidad en Logroño: el bar favorito de quienes viven fuera
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Jorge Alacid | 19-12-2014 | 09:07| 1

Interior de la Chocolatería Moreno, cerrada en Logroño desde hace años. Foto de Juan Marín
Llega la Navidad, los buenos deseos se apoderan de nosotros (o hacemos como que se apoderan) y los bares se preparan para esos momentos en que la máquina registradora hace tilín. Días propicios para pensar en quienes están lejos de nosotros, días propicios por lo tanto para que unos cuantos de ellos se asomen a este blog y escriban desde la distancia un nuevo capítulo en nuestra búsqueda del bar favorito de los logroñeses. Habrá que recordar lo de siempre: que esta encuesta no tiene validez científica alguna. Que está construida a partir de las sensaciones, de los recuerdos y añoranzas. Y que por lo tanto es más bien un mapa sentimental de las emociones que se nos disparan cuando alguien nos pregunta por nuestro bar favorito. Dicho lo cual, allá van las ocho respuestas de otros tantos paisanos a quienes invitamos a contestar a tal pregunta a través de las redes sociales.

Ramón Gil nos manda un abrazo desde el envidiable paraje de St. Thomas (US Virgin Islands) y nos cuenta lo que sigue: “Cuando el amigo Jorge Alacid me pide que le cite tres bares de Logroño, asumo que es tarea imposible. Cómo puedo citar sólo tres, si había y hay  tantos y tan buenos. Pero sólo había que pensar un poco y era fácil. Todo logroñés somos de hacer los bares en ruta y en compañía. Por tanto como todo tiene un comienzo, un entretiempo y un final, y en mi caso eran siempre los mismos, problema solucionado. Empezábamos en el Tívoli a las 8. Mientras íbamos a la zona,  Mesón del Rey, y el remate siempre en La Taberna del Irlandés”.

Desde el foro capitalino, el amigo José Luis García Íñiguez se confiesa: “Mis bares favoritos son el Soriano, el (antiguo) Casablanca y el Café Bretón. Al Soriano porque su actitud ante la vida es envidiable: abre cuando le da la gana. A mí me gustaría alguna vez dedicarme a eso, a trabajar cuando me salga de las narices. Luego ya podemos hablar de su sencillez y de que siempre lo recomiendo a los forasteros que me piden consejo. Al Casablanca, antes de su última reforma (le pusieron esos sofás que parecen tronos, cuando allí ya nos trataban como reyes sin tanto boato), pertenecen algunas de mis noches más espirituosas. Incluidos cánticos desgarrados al borde del cierre. También allí coincidí una noche con la que hoy es mi mujer, aunque entonces ninguno nos percatamos. No era el momento. A mí entonces me tocaba cerrar bares y luego discotecas y luego algún kebab. En el Café Bretón quise ser escritor y terminé haciendo guardias frente al juzgado por el Logroñés. Las cosas no siempre salen como uno desea. Siempre me siento bien allí, como uno de los rincones reconocibles de mi Logroño. Bien sea en la terraza con un gintonic o en la sala con un café con leche o un batido. Por no hablar de sus premios de literatura. En los últimos años, dos joyas: el Manu de Jabois y el Escrito en negro de Martín Olmos”.

Y de Madrid, al Golfo Pérsico: allí reside la risueña Gloria Martín, quien deja el siguiente mensaje: “Después de vivir cuatro años en Dubai, donde todo es de diseño y un tanto superficial, aprecio más que nunca lo auténtico. Así que elegiría el Soriano en la Laurel, porque nunca quemarte la boca con el aceitillo recién salido de la plancha fue tan gustoso. También el Bretón, porque es el primer bar que me viene a la cabeza cuando hay que quedar a tomar un café con las amigas después de meses sin vernos. Y por último el Moderno, porque tiene solera y porque no he sido capaz de explicar fuera de nuestras fronteras lo que significa el momentazo ‘Fibra de pájaro’: es de esas cosas que hay que vivir”.

Próxima parada, Londres, desde donde Mikel Lotina responde lo que sigue: “ Mis favoritos son el Soriano, en el que tengo recuerdos desde muy niño. Iba los domingos a comerme el pan con la salsa solo y ver con mis padres la hoja con todos los resultados de fútbol. Segundo, el Edén, donde he pasado media infancia, y el tercero el café bar Parlamento, que me encanta: nos tratan como en casa y voy cada vez que estoy en Logrono”.

Saltamos el charco. Por el Cono Sur anda la colega Inés Royo, sabia parroquiana logroñesa como se aprecia en su contestación: “El Dominó: por la atención de Dori, por la rapidez de dicha atención, por la terraza en plena avenida de Portugal en la que saludas a 100 personas por hora, por sus copas con mucho hielo y puestas como dios manda, por su cercanía a la Laurel (para la cañita de antes) y a los bares de la Mayor o la Plaza del Mercado (para la copa de después). El Pata Negra: el producto que más echo de menos fuera de España es el jamón. Hay sitios en los que venden algún sucedáneo, pero no es lo mismo, algunos me dan jamón ‘proscuitto’ como si fueran a darme jamón-jamón, otros me cobran un jamón de hembra como si fuera de Salamanca y en otros sitios directamente no saben lo que es un jamón “crudo”, como se llama aquí, en condiciones. Así que el jamón es una de mis obsesiones y guardo los paquetes de jamón envasados al vacío que me traigo de España “para ocasiones especiales” como si fuera oro en paño. Me gusta el Pata Negra por el jamón, porque siempre hay gente, porque amo la Laurel y porque esa esquina es estratégica, aunque desde que abrieron el otro y han juntado con mi producto estrella el segundo producto estrella de la lista (el huevo frito) la elección es cada vez más difícil. Y pondría también el Café Madrid porque fue “mi primer bar” donde siempre, tronara o nevara, nos juntábamos con mis amigas, el primer lugar donde nos tomábamos unos cafés que tenía más leche condensada que café, donde engordábamos cada fin de semana dos kilos y medio de tanto “viaje” a la máquina de chucherías del fondo y donde llegó un día en el que pedí mi primer gin-kas, pagué 3,60 euros, y fue un punto de no retorno. Pero es más melancolía que preferido. De hecho ahora cuando pasamos todas por ahí miramos de reojo “el Madrid” pero no nos atrevemos entrar de nuevo: “Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, que decía Sabina. Y no volvemos. Entre otras cosas, porque nos da miedo darnos cuenta de que estamos cerca de los 30”.

También por América, pero más al norte, anda dando raquetazos Nico Jubera, cuya respuesta es así de sintética: “Sin duda el Tío Agus. Los pinchos son exquisitos. Y las patatas bravas del Jubera”.

Vamos concluyendo. Desde el continente hermano, estacionado en Chile, Luis Calvo también exhibe su añoranza de un clásico, El Perchas. Cuando contestó a la encuesta, desconocíamos ambos que el bar se disponía a cerrar, pero su respuesta sigue teniendo sentido: “Cuando tengo la gran suerte de ir a La Rioja a reunirme con los míos, siento una necesidad imperiosa de ir a la calle Laurel. Consciente de que puede parecer poco innovador, para mí lo de toda la vida no defrauda. Si me preguntas por un bar en especial, lo tengo claro, y es que no hay nada como El Perchas, pues desde que tengo uso de razón, ha sido mi bar favorito. Es difícil que incite a los paseantes a entrar; sin embargo, los que somos de Logroño sabemos que dentro encontrarás la mejor oreja de cerdo que hayas probado. El Perchas sabe encandilarnos, pues a todos los visitantes que he llevado han acabado repitiendo tajada. Y es que, como les digo yo, lo clásico en Logroño no falla”.

Cerramos con María Malo, que envía desde Alemania este singular recordatorio. “No soy de Logroño y además vivo fuera de La Rioja desde hace unos cuantos años, así que no estoy muy al día de las tendencias y pinchos de los que disfrutan los logroñeses. Por eso me decanto más por la tradición y el recuerdo de etapas pasadas. El lugar al que más cariño le tengo, por desgracia, cerró hace unos años. No hay riojano que no haya pasado una tarde (o una mañana) disfrutando de una buena taza de chocolate con churros en la Chocolatería Moreno. Estaba situada en la calle El Peso, junto a la Plaza de Abastos, lugar tradicional de compra de alimentos por antonomasia para cualquier logroñés. En Moreno siempre nos trataron con mucho cariño. Mi padre nos llevaba (a mi hermano y a mí) a desayunar cada vez que visitábamos la capital riojana. No recuerdo en qué momento decidimos que la mezcla de un vaso de leche con churros era el desayuno perfecto. Lo normal hubiera sido cambiar aquel color blanquecino con un sobre de Colacao o, en su defecto, pedir un chocolate. Para nosotros, aquella mezcla de sabores, el de la leche blanca y sin azúcar, y el de los churros cubiertos de ella, era especial. O eso, al menos, nos parecía a nosotros. De mis visitas a aquel lugar han pasado más de quince años. Por ello, y lamentándolo mucho, soy incapaz de recordar el nombre del señor mayor que hacía los churros. O de su nuera, una señora rubia con coleta, que siempre nos recibía con una sonrisa en la boca y nos preguntaba por el frío que hacía en la sierra. Recuerdo que una de las últimas veces que acudimos a desayunar, la “señora rubia y con coleta” atesoraba un recorte de periódico que llevaba semanas guardando: era la foto de nuestra comunión, que se había publicado en el Diario La Rioja. La última vez que fuimos nos encontramos con la puerta cerrada. Alguien nos comentó que habían tenido que cambiar el horario y abrían sólo por las tardes. Poco tiempo después, echaron el cierre de manera definitiva”.

P.D. Como epílogo de esta entrada, sirvan estas líneas que la propia María Malo añade a su relato, porque me parece que sirven como resumen bastante cabal de lo que expresa el resto de encuestados. Así que allá va la despedida: “Algo que hago siempre que voy a Logroño y quedo con amigos es ir a la calle Laurel y a la San Juan. Sé que puede parecer típico de turistas y guiris, pero desde que me fui a vivir a Alemania así era como me sentía cada vez que volvía a la madre patria. No puedo elegir uno de esos bares, pequeños, castizos y tradicionales, y descartar al resto. Así que la clave siempre estaba en planificar una ruta por sendas calles. Mis pinchos favoritos: la zapatilla, el champi, el matrimonio, el cojonudo, el roto y el baco. Y voy a dejar de escribir, que se me está haciendo la boca agua y no es que me pueda escapar y darme un homenaje”.

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Los bares del Logroñés
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Jorge Alacid | 13-12-2014 | 15:20| 0
Antigua alineación del Club Deportivo Logroñés, en un póster publicado por el diario AS

 

Hace unas semanas surgió la autorizada opinión del amigo José Luis Ouro en las entrañas de este blog y, como el santo Pablo camino de Damasco, gracias a su aportación yo también me caí del caballo. Su comentario en torno a los pósters del Logroñés que sobreviven en un puñado de bares  me invitaba subliminalmente a redactar esta entrada, porque coincidió con una visita al nuevo Las Gaunas, uno de los campos de fútbol más feos que uno ha visto en su vida (y ha visto unos cuantos), acompañando a unos amigos a su inesperada cita con el fútbol de segunda B: ir ese domingo por República Argentina fue como desayunar la magdalena de Proust. Un emocional regreso a la infancia y la adolescencia que me invitaba a esta reflexiones que comparto aquí con quienes, como el arriba firmante, han visto unirse en su corazón dos amores tan esquivos: los bares y el Logroñés.

La imagen que ilustra estas líneas resume a la perfección el equipaje sentimental del que hablaba: veo ese cartel que publicó en su día el diario As y me dan ganas de llorar. Por lo que fue y por lo que pudo haber sido. Lo que fue: una alineación que me conduce a mis años de chaval, cuando peregrinar a Las Gaunas significaba cruzar ante la puerta de unos cuantos locales que me siguen sonando a fútbol. Tucumán, Mar de Plata, Cinco Pesos: la trilogía de garitos que rendía tributo con su nombre a la calle que les acoge, llamada en consecuencia República Argentina. En el último de ellos se despachaban incluso entradas: era un estupendo modo de adquirir una de infantil cuando se llegaba a la edad de cadete y una de cadete entrada en la condición de juvenil, estratagema que funcionaba peor en la taquilla del añorado Las Gaunas (el auténtico) por el celo del taquillero pero que menguaba la derrama exigida para ingresar en nuestro particular teatro de los sueños.

En realidad, la travesía dominical se iniciaba antes, mucho antes: era frecuente quedar con los amigos en algún bar a medio camino entre el hogar familiar y el campo de fútbol, lo cual también resultaba consecuente con la propia historia del club de nuestra devoción, muy ligada al mundo hostelero local. Al Logroñés, en efecto, lo conocí cuando tenía su sede en un desaparecido bar de la calle Bretón, llamado Alfred´s (nomenclatura muy setentera). Por otro lado, su eterno presidente, el recordado Césareo Remón, era un prohombre de la hostelería local, con mando en plaza en el hoy resucitado Las Cañas, así que todo alrededor de los colores blanco y rojo apuntaba hacia el objeto de este blog, los bares. Los bares eran también, por cierto, la salida natural para muchos futbolistas cuando se jubilaban y en los bares era costumbre encontrarse con ellos cuando aún ejercían como tales, matando el tiempo entre partidas de cartas y ligoteo con camareras y clientas: no sé la razón pero desde antaño un tipo de esmerada planta y buena billetera ha atraído al género femenino con una facilidad envidiable. La verdad es que no me lo explico.

De hecho, las andanzas empresariales de unos cuantos exblanquirrojos cuando abandonan el fútbol ya fueron materia de una entrada en este blog. Si hoy vuelvo a explorar esa veta es porque me apetece ir un poco más lejos: pensar qué bares se vinculan en mi memoria con la trayectoria del Logroñés. Y habrá que citar por lo tanto todos cuantos rodeaban el viejo campo de fútbol igual que ahora se asocia al nuevo estadio con los locales surgidos a su alrededor, donde se mantiene la fidelidad a ese rito del café, copa y puro clásico del prepartido. En mi caso, esa cita tenía como escenario el fenecido Wellington de Jorge Vigón, donde uno se aprovisionaba de la cuota de líquido disponible para afrontar el duro trance de aposentarse en la grada de general durante el frío invierno.

Otros hinchas disponían de su campamento base en otros bares, pero todos teníamos algo en común, creo: acudir tras cada tarde en Las Gaunas al Carabanchel o al Negresco, para observar en sus monumentales pizarras (precursoras de internet sin saberlo) los resultados del resto de equipos competidores. Y una segunda coincidencia: cuando tropezábamos con el póster del Logroñés en cualquier bar, de modo automático ese bar se convertía en ‘nuestro’ bar. Así que el improbable lector de este blog puede practicar ahora el siguiente rito: cierre los ojos, ingrese en el desaparecido bar La Simpatía y contemple el póster que aquí adjuntamos, similar al que allí existía. Y recite conmigo: de pie, Belaza, Marín, Álava, Corcuera, Cenitagoya (sin bigote) y García Fernández; agachados, Hernáez, Luisi, Ortega, Berasategui e Iriarte (con pelo). Al fondo, la grada de un estadio abarrotado (sí, más o menos como ahora), que no era Las Gaunas pero que se parece en su humilde y venerable aspecto: tribuna sin asientos, rótulos muy años 70, ausencia de cuarto árbitro así como de otras tonterías recientes. Ah, y ese público que se protege del sol con sombreros de papel: ese público que si fuera de Logroño vendría de tomarse su carajillo en el Mar de Plata, de fumarse una faria en el Tucumán o de comprar su entrada de cadete en el Cinco Pesos para engañar al boina que custodiaba la entrada a Las Gaunas. Pensando que toda la vida sería así de feliz.

P.D. Decía que ese póster con las leyendas en blanco y rojo de mi mocedad me disparaba la emoción… por lo que pudo haber sido. Es decir, qué hubiera pasado con el fútbol en Logroño de no incurrir en el rosario de tropezones y fiascos que hemos ido conociendo, sobre los que no abundaré. Es una página tan dolorosa, por absurda, que prefiero olvidarla. Prefiero quedarme con lo bueno. Los bares y el Logroñés, el viejo Las Gaunas… con sus propios bares: los ambigús de General y Preferente (donde era tan fácil irse sin pagar) y los camareros ambulantes, cuya letanía todavía me parece escuchar: “Hay Kas Limón, Kas Naranja, Kaskol, esquisoles…”

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El Perchas, en torno al casticismo
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Jorge Alacid | 09-12-2014 | 08:02| 2
Entrada al bar El Perchas, foto de Justo Rodríguez

El logroñés trasterrado que vuelve a casa por vacaciones observa distintos ritos de reinmersión en su tierra natal, que suelen manifestarse en directa proporción a la personalidad de quien se trate: habrá quien refresque su abono para ingresar como de crío en las piscinas de Cantabria, habrá también quien tome asiento en las veladas veraniegas del Espolón para asistir a los conciertos de la Banda Municipal y habrá quien si regresa al hogar familiar por Navidad aproveche para discutir si era mejor Iberpop que Actual, uno de esos temas de conversación tan apasionantes y tan caros para Logroño. Lo que es seguro es que unos y otros acabarán dando una vuelta por la calle Laurel, leales a sus bares favoritos. Y también casi seguro que uno de ellos será El Perchas, con sus orejitas y sus banderines del Atlético de Madrid. Bueno, pues hay malas noticias para ellos y para los indígenas: si el dios de la hostelería no lo remedia, esta será la última Navidad con El Perchas, sus orejitas y sus banderines de Atlético de Madrid.

Disgusto, decepción, dolor incluso: así son las reacciones que uno contempla a su alrededor, cuando comenta con amigos y conocidos la noticia de la próxima defunción de uno de los bares más peculiares del Logroño bizarro. Disgusto, decepción y dolor así en los que viven trasterrados, en efecto, como entre quienes son habituales a la ronda diaria o semanal por la calle Laurel. Apenas hace unas semanas comentábamos por este blog la difícil supervivencia que acecha a los bares cariñosamente llamados viejunos, entre los cuales El Perchas ocupa lugar de honor. Bueno, pues la supervivencia es más que difícil: para algunos es imposible, pero ahuyente el improbable lector cualquier asomo de lágrimas. Aunque la noticia nos hiele el corazón a sus devotos, en realidad llega la hora de celebrar este adiós que se avecina: cuando concluya diciembre, un matrimonio de esforzados trabajadores logroñeses se acogerá a la bendita jubilación. Y ambos podrán comprobar si como cuentan jubilación viene de júbilo.

En su caso, yo creo que sí. Seguro que quienes nos han alegrado las incursiones en la calle Laurel desde que éramos unos mocosos se han ganado el derecho a procurarse unos años más tranquilos. Sin que les incordie el borracho de guardia, sin los sofocos que exige atender una barra tan solicitada, sin la esclavitud que significa un negocio donde se produce el contrasentido de que unos trabajan para que otros disfruten. El Perchas es todo eso, cierto, pero también mucho más: uno de los escasos testigos del tiempo en que todos (repito: todos) los bares de Logroño eran más o menos así.

¿Y cómo eran? Fieles a sí mismos. No había música atronando por los bafles, las referencias de vino de Rioja eran las justas y las necesarias y el mismo decorado heredero del tiempo de su fundación seguía recibiendo a la parroquia, que entraba en el bar habiendo alcanzado uno de los propósitos que se forja uno cuando practica semejante tradición: el cliente sabía a lo que iba. Sabía a lo que iba a El Perchas. No había sorpresas, alabado sea Logroño.

Porque el cliente venía a eso, al monopincho. A por la orejita. ¿Despacha otras tapas el Perchas que no sean sus orejitas? Yo diría que no, pero la verdad es que lo ignoro. El simpático cerdito que saluda a la entrada eclipsa cualquier oferta que no sea la habitual: engullir una de las orejas que sus hermanos habían perdido para que fuera rebozada en la minúscula cocina donde tan felices nos han hecho. Sé que habrá entre nosotros y entre quienes nos visitan desafectos a la causa de la orejita; ellos se lo pierden, porque se trata de un bocado singular por lo exquisito: porque en esa escasa superficie delicadamente rebozada cabe un sugerente mundo gastronómico, cuyas completas virtudes no citaré. Me limitaré a reivindicar la que me pareció siempre más atractiva: su textura. Esa textura pringosa, esa primera capa un punto viscosa que a menudo resulta tan complicado despegar de los dedos, esa cualidad gelatinosa que se combina sabiamente con el crujiente secreto que aguarda adentro, el suculento cartílago cuyo chasquido sabe a gloria.

Sí, El Perchas quedó asociado oreja mediante en nuestra memoria igual que el Soriano con sus champis o el Moderno con sus bocadillos de calamares. Quienes nos sucedan en esta práctica de corretear por los bares encontrarán si no han encontrado ya sus propias referencias, que les inundarán de nostalgia dentro de unas décadas. Pero sería una pena que las siguientes generaciones se pierdan los tesoros que alegraron las tardes de quienes les precedieron, para quienes casi la orejita era lo de menos. Lo importante era ingresar en El Perchas como quien entra en el túnel del tiempo. Un viaje en torno al casticismo al que Logroño no debería renunciar. Porque la calle Laurel quedará mutilada, perderá encanto, será otra sin El Perchas. Sin sus orejitas y sin sus banderines del Atlético de Madrid.

P.D. Cuentan mis confidentes de confianza (valga la redundancia) que hay una esperanza a la vuelta de Navidad: que fructifiquen las negociaciones emprendidas por los actuales titulares de El Perchas con algún interesado en perpetuar el negocio. Ojalá. Ojalá sea cierto, aunque uno se lo creerá sólo cuando lo vea: cuando vea que le sigue saludando el cerdito de la entrada. A cambio, aceptaría incluso que el nuevo dueño cambiara la decoración para desearle larga vida a El Perchas, a sus orejitas y sus banderines del Atlético de Madrid.

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A la calle
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Jorge Alacid | 29-11-2014 | 16:37| 2
BAR ITURZA DE LA CALLE MAYOR. 13/11/2014. DÍAZ URIEL para Diario LA RIOJA

Como decíamos ayer… Comentaba la semana pasada los curiosos avatares que viven algunos bares logroñeses so capa de la no menos curiosa normativa municipal que veta el consumo allende sus puertas. Y puesto que prometía una reflexión más pausada, allá voy. Lo primero, aquí dejo el titular: no lo entiendo. Y acto seguido, desarrollo la idea, tal y como nos sugerían nuestros maestros en la asignatura de Redacción de primer curso.

No entiendo esto de vigilar quién se toma qué en dónde por varias razones. La fundamental, es que no soy nada partidario de regular la actividad empresarial en un sector como el hostelero, que no es precisamente la industria de defensa: quiere decirse que no se trata de un ámbito vital para la ciudadanía. Forma parte de las actividades secundarias, de modo que legislar sobre tal sector me parece una pérdida de tiempo: yo, que soy acendrado partidario de la cosa pública, pienso que la Administración sí debe velar por nosotros en aquellos aspectos decisivos (educación, sanidad, servicios sociales), porque creo que lo hace mejor que la esfera privada (ya lo siento: lo digo de corazón) y porque no debemos permitir que tales ámbitos se conviertan sólo en un negocio. Pero también opino que, en consecuencia, la mano pública no pinta nada en otros negocios: el Ayuntamiento (todos los ayuntamientos) deberían dejar que un emprendedor abriera dónde y cuándo quisiera su comercio y, salvo que derive en conflicto con la vida privada del resto de convecinos o por motivos de orden público, que cada camarero aguante su barra.

Por otro lado, no olvido las sabias palabras que una vez me regaló un munícipe logroñés, nada amigo de regular aquellas actividades… que no se pueden regular. Porque no hay medios humanos ni materiales. El buen concejal debería saber que tipificar como sancionable todo aquello que sólo se puede sancionar poniendo a un guardia detrás de cada logroñés… En fin: que no es buena idea, puesto que resulta imposible, una locura, una insensatez. Si te estás tomando un vino, te llaman al móvil y sales del bar copa en ristre porque dentro no se oye nada, ¿te llevas una receta del municipal de guardia? ¿Charlar sosegadamente con la espalda contra la fachada del bar con otro cliente que también esgrime su vaso es merecedor de castigo? ¿Por qué en unos bares sí y en otros no? Mientras paladeas tu consumición sin meterte con nadie a las afueras del local de confianza simplemente porque te apetece disfrutar de una noche estrellada (qué cursi me pongo), ¿debes ser reconvenido por la ordenanza municipal mientras apenas unos metros más allá se celebra un botellón multitudinario?

Yo confieso. Sí, también he pasado algún rato en la calle Mayor tomando una caña fuera del Iturza, uno de los bares bajo el ojo policial. Lo he hecho en compañía de otras gentes que disfrutaban de un rato tranquilo, de tertulia, sin importunar a los vecinos más de lo que incordia una procesión, una manifestación o Logrostock, por poner algún ejemplo local. Y también he intentado alguna vez llegar hasta mediada la calle Laurel (donde por cierto vive gente que paga igualmente sus impuestos, tasas y tributos) y he tenido que desistir, por el elevadísimo número de personas que estaban tomando vino… Bingo: en la calle. No veo la diferencia. Y tampoco veo por qué alguien no puede abrir un bar donde le pete si tiene los permisos en regla, sin tener que medir la distancia que le separa del local más cercano.

Así que voy concluyendo. Pese a lo antedicho, no soy nada partidario de la ley de la selva hostelera. Me parece correcto que el Ayuntamiento resguarde los intereses ciudadanos en este ámbito, donde tiene bastante trabajo, por cierto, aunque en otro subapartado: no hay más que ver el descontrol al que Logroño se ve sometido en tiempo de terrazas, que ahora es todo el año. ¿Esa invasión del espacio común con los engendros que se han popularizado últimamente no debería merecer del Gobierno local algo más de atención? ¿Se sanciona a mucho camarero abusón por el insoportable arrastre de veladores de cada noche? ¿Esas acumulaciones de sillas en altura que en algún caso han provocado algún siniestro no son más peligrosas para el orden público que una pareja que se toma un vino a la puerta de un bar de la calle Mayor?

Ah, todo son preguntas. Las respuestas, como cantaba el bardo de Minnesota, están en el viento, maifren. En consecuencia, persiga la Administración lo que de verdad, de verdad, pero de verdad de la buena, perturba la convivencia y permita que esa mano invisible que según la doctrina liberal regula la economía dirija las actividades más cotidianas de los logroñeses, sobre todo en cuestión de bares. Porque para que nos echen a la calle nunca hemos necesitado la ayuda del Ayuntamiento.

P.D. En teoría, el celo municipal en este ámbito se dirige a garantizar el cumplimiento del artículo 22.4 de la ordenanza municipal de Logroño, según el cual “los titulares de las actividades deberán velar para que los clientes no produzcan molestias por ruido en el interior del local e impedir la salida del establecimiento por parte de éstos con bebidas y alimentos servidos para su consumo en el local, para lo cual adoptarán las medidas necesarias y eficaces que garanticen el cumplimiento de esta obligación”. Una cuestión, como se ve, de obligado incumplimiento, salvo que cada bar contrate servicio de seguridad. O salvo que vivamos en Corea del Norte y no me haya enterado.

 

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Bares viejunos
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Jorge Alacid | 21-11-2014 | 19:01| 7
Bares de viejos, bares viejunos

Viejuno: voz introducida en nuestra jerga coloquial gracias al ingenio de la escudería de cómicos capitaneada por el gran Joaquín Reyes. Uno de esos hallazgos que glorifican el idioma español, porque añade un guiño semántico del que carece la palabra matriz: viejuno no es viejo sino una determinada clase de viejo. Se debería emplear más bien como sinónimo de anticuado: por ejemplo, Eduardo Punset sería viejo, pero no viejuno. Viejuna sería en realidad su hija Elsa, a pesar de ser más joven. No sé si me explico.

La palabra ha hecho fortuna últimamente, porque sirve para identificar de modo fetén algo o alguien pasado de moda, superado por el paso del tiempo, anacrónico… pero poseedor de cierta gracia. El encanto de lo camp. Así que hay gente viejuna, pero también menús viejunos (el cóctel de marisco, por ejemplo), ropa viejuna (el chaleco, tal vez) y bares, en efecto, viejunos. Véase el dibujado en la imagen que ilustra estas líneas: tropecé con él en el perfil de facebook del bar Pali Carlitos y lo relacioné con un comentario dejado semanas atrás en este blog por el periodista Guillermo Sáez. Sostenía el paisano trasterrado a Madrid que Logroño en general y su calle Laurel en particular se arriesgan a sufrir lo que denomina proceso de ‘donostización‘. Es decir, que de repente los bares o son modernos o no son, con esas barras al estilo de San Sebastián en permanente competición a ver quién tiene el pincho más hermoso o la enoteca mejor dotada. Alertaba el susodicho Sáez de la pervivencia que juzga en peligro de locales como el glorioso Perchas, emblema de los bares viejunos. Y que nadie detecte nada peyorativo en semejante atributo: el bar viejuno, a quien esto firma, le parece una especie cuya continuidad debería garantizarse por ley.

Así que de qué hablamos cuando hablamos de bares viejunos. Viene de nuevo en nuestro auxilio la imagen citada, de modo que la pregunta se contesta fácilmente: un bar viejuno debe contener un póster futbolero pasado de moda (el Atlético de Madrid en el mentado caso del Perchas, aquel del Logroñés que sigo añorando del difunto La Simpatía), un transistor analógico, máquinas de marcianitos de cuando ni SuperMario había nacido… Un mostrador de zinc, unas mesas de formica, vasos de Duralex, ceniceros de latón triangulares con el logo de Martini… Camareros de toda la vida con pinta de haberlo visto todo, una barra consagrada al monocultivo del pincho único (o mejor: sin pinchos), unos parroquianos pegados al estribo… Ayuda a esta configuración que el bar se sitúe fuera de los circuitos habituales, condición que cumplen por lo tanto los locales ubicados en los barrios alejados del centro de Logroño: allí se puede asegurar que (casi) todos los bares son en consecuencia viejunos.

Pienso en establecimientos como el citado Perchas, claro, bandera del bar viejuno cuando este concepto ni siquiera existía. Y pienso en una curiosa derivada: el bar viejuno concebido como bar… moderno. Es decir, que su idiosincrasia singular le permite sobrevivir a las modas que vienen y van. Que vienen y van mientras ellos, estos bares fieles a su propia identidad clásica, permanecen al margen de las tendencias… hasta que ellos mismos se convierten en eso, en tendencia. Me refiero por ejemplo al Iturza de la Mayor, que ha aparecido unas cuantas veces en este blog: antaño era uno de los bares típicos de esa ruta castiza, junto al Bretón y el Cuatro Calles, cuando la calle todavía no se había convertido en refugio del público joven. Entonces (años 80), el Iturza ya nos parecía merecedor del encanto de lo viejuno, pero esta palabra no se había inventado. Ahora, le ocurre otro tanto con su clientela renovada: reconforta encontrar en nuestras correrías por los bares de confianza un garito por donde no pasa el tiempo. Un bar refractario a esa ola de ‘donostización’ que mencionaba arriba: así es el Iturza, que tal vez sea viejuno, pero no viejo. Y así son también el Perchas o el Soriano, inasequibles a su oferta del pincho único (las orejitas o el champi que despachan al margen de neotabernas, gastrobares y resto de recientes entradas en el universo hostelero): bares a quienes el adjetivo que mejor les cuadra es el del auténticos. Con sus servilleteros con mondadientes en el lateral, televisor Telefunken y cortinilla de abalorios franqueando la entrada. O con su autógrafo dedicado del Panaderito de Oyón, por ejemplo, como ocurría en el antiguo Tívoli: uno de esos bares que ha pasado de ser viejuno a emblema de lo nuevo.

Cosas de la edad: nos ha pasado a todos, pero al contrario.

P.D. El Iturza ha sido noticia reciente porque milita entre los bares que protagonizan esa curiosa batalla civil por la moda (también reciente) de tomar la consumición en la calle. Una de esas cuestiones que siempre me intrigan: por qué se legisla desde la Administración algo que los ciudadanos gestionan por sí solos sin mayores problemas. Prometo una reflexión más larga sobre tal cuestión, en una próxima entrega. Seguiremos informando

 

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De propina
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Jorge Alacid | 14-11-2014 | 08:44| 0

Propina, del latín ‘propinare’: dar de beber. Y añado yo: extraña costumbre que va desapareciendo del universo hostelero patrio, en proporción a la implantación de nuevos usos entre los camareros y su clientela. Y añado todavía más: así como hogaño se medía el carácter rumboso de un parroquiano por su tendencia a dejar tras cada consumición unas monedas (o algún billete, incluso: eran los tiempos anteriores al euro), hoy esos dispendios parecen anticuados, propios de otras épocas, testigos de un mundo que huye.

En realidad, todo cuando tengo que decir yo sobre las propinas lo expresa mucho mejor el amigo Steve Buscemi en el memorable arranque de Reservoir dogs. Lo resumo para quien no haya visto la peli o la haya olvidado: digamos que… Ejem… El Señor Rosa no es muy partidario y aquí dejo este video que lo demuestra. Su postura  abre un encendido debate con el resto de comensales típicamente norteamericano, porque en la tierra del tío Sam la propina viene de serie en cualquier actividad del sector servicios. Como bien saben quien haya visitado aquel país, es usual que el precio de según qué cosas (una consumición, por supuesto, pero también un viaje en taxi) no sea excesivamente caro visto con ojos celtibéricos, pero de repente la factura se dispara cuando se le agrega un misterioso tanto por ciento. Un porcentaje que suele variar, pero que las fuentes consultadas para esta entrada sitúan en el entorno del 18%: cuando yo viajé por allí, ese incremento se anotaba al final de la cuenta explícitamente, pero viajeros recién llegados de aquellos lares me aseguran que ya ni se toman la molestia. Te aplican de saque la propina y uno sólo se entera cuándo pregunta a santo de qué ha subido tanto la consumición: será entonces cuando sepa que en realidad no le han cobrado la propina, sino el llamado tip. Esto es, el acrónimo de una especie de impuesto revolucionario llamado To Insure Promptnes, que traducido a la lengua de Gonzalo de Berceo significa ‘para asegurar prontitud’.

Eufemismos, como se ve, los hay también en la jerga del imperio. Y ahí quería llegar: qué pagamos cuando pagamos una propina. ¿Prontitud? Bueno, en algún local yo estaría dispuesto a abonar un recargo para no esperar tanto, la verdad. Pero se supone que con la propina distinguimos un servicio más esmerado de lo habitual, una velada especial gracias a la contribución del camarero de guardia, un detalle que nos haya regalado el bar de confianza… Porque pagar una propina por algo que ya estás abonando cuando te haces cargo de la minuta (que te pongan un vino, por ejemplo) tiene poco sentido. Por la misma razón, tal conducta se debería haber hecho extensiva a lo largo de la historia a distintos sectores de actividad económica, donde uno no los ha contemplado casi nunca. ¿Por qué entonces deberíamos dejar propina en un bar y no en la charcutería? ¿Por qué no darle una propia al quiosquero por el periódico?

Es un misterio que no acabo de entender. Como he explicado más arriba, uno no es partidario de la propina. No me importa pagar un precio más elevado de lo que debería a cambio de algún complemento adicional que sí lo valga, pero añadir un suplemento a cambio de vaya usted a saber qué… Nunca le he visto demasiado sentido, aunque lo practico: a veces, lo confieso, porque me da apuro llevarme unas monedas del platillo ante la mirada inquisitorial del camarero. Y todos tendremos que aceptar que siempre que dejamos una propina, queda en el aire la duda de si deberíamos haber sido más generosos, porque aquí no hay coeficientes como el TIP yanqui y por lo tanto podemos sospechar que se esperaba algo más de nosotros.

De modo que concluyo como empezaba: no le veo sentido. Pagar una propina por algo que ya estás abonando, pagar una propina sea cual sea el servicio que te ofrecen, pagar una propina aunque el vino no se sirva en condiciones, la caña se tire mal o el pincho de tortilla sepa igual que la que hice yo una vez en casa… Pagar una propina si te atienden con antipatía, el suelo está lleno de servilletas y mondadientes y en lugar de copa te ofrecen duralex… En fin, que me quedo con el argumento de Mr. Pink y agrego un toque logroñés: a mí no me importa pagar propina si en el bar me ponen algo de regalo. Y me basta un cucurucho de cacahuetes.

Bar, dulce bar: artículo en la revista Belezos

P.D. Y de propina, un anuncio. Ya está en la calle la revista Belezos, que incluye una colaboración firmada por servidor en torno a La Rioja en sus bares. Si os apetece echarle un vistazo, muy agradecido: aquí os dejo la foto de las primeras páginas. La verdad es que este número ha quedado muy bien y contiene artículos harto interesantes. Espero haber estado a la altura.

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Dos años de blog… y cinco rondas gratis
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Jorge Alacid | 07-11-2014 | 07:57| 20

Como en este blog pensamos que Bilbao es un barrio de Logroño, nos hemos venido arriba y para festejar los primeros dos años de vida sorteamos unas cuantas rondas por algunos de nuestros bares de confianza. Cinco consumiciones para dos personas, en locales de acusada raigambre logroñesa: Donosti, Taberna de Baco, Calderas, La Retro y Torres. A todos ellos, gracias infinitas por su generosa colaboración, vertiginosa por cierto: nada más rogar que se animaran a participar en este sorteo, se apresuraron a contestar afirmativamente. Así que de nuevo, muchas gracias.

¿Qué tienen que hacer los improbables lectores para merecer este obsequio? Poca cosa. Leer hasta el final de esta entrada, donde figura una pregunta muy facilita de contestar para todo logroñés que peine ya alguna cana, relativa a nuestro querido universo de bares. El año pasado, para conmemorar la primera vela en esta tarta compartida en que se ha convertido este blog, ya contamos con la desinteresada contribución de otros tres bares: Tastavín, Taberna de Tío Blas y La Tavina. A cambio de degustar sus consumiciones, los ganadores sólo tuvieron que hacer lo mismo que se les pide ahora a quienes acierten con la pregunta de este año: quedar con los dueños de los bares (desde el blog nos ocuparemos de las gestiones) y mandarnos una foto cuando les sirvan sus rondas. Nada más. Facilito. Los ganadores serán los cinco primeros que contesten en la web de Diario LA RIOJA. Repito: en la web. No a través de redes sociales.

Este año, soplamos las dos velitas en la tarta coincidiendo con la puesta en marcha de una iniciativa para la cual he contado con el apoyo de unos cuantos seguidores: a través de facebook rogué a unos cuantos de ellos que me dijeran cuáles eran sus bares favoritos de Logroño. Animado por la entusiasta respuesta, lancé acto seguido una nueva entrega: cuáles son los bares favoritos… de diez periodistas. El resultado se publicó hace unas semanas; ahora, mientras espero respuesta de esos dos nuevos colectivos de clientes logroñeses (concretamente, diez políticos y diez riojanos que viven fuera). Cuando recopile las contestaciones de los veinte encuestados y, sin ningún ánimo estadístico ni sociológico, renovaré con ellas esa especie de clasificación que he ido publicando.

Listas de bares favoritos al margen, lo prometido es deuda: aquí va la pregunta prometida. Repito: se llevarán las cinco rondas los que primero contesten en larioja.com. Tienen que dejar un teléfono de contacto o una dirección de correo para ponerles luego en contacto con los bares respectivos. El orden será el mismo en que se han mencionado arriba los bares colaboradores, es decir: Donosti, Taberna de Baco, Calderas, La Retro y Torres. Así que allí vamos. Esta es la pregunta. ¿Cómo se llamaba el bar alojado hace años en los bajos del Espolón, que sustituyó a la antigua bolera llamada Trébol?

P.D. Como esta entrada va de agradecimientos, la despido como empecé: dando las gracias. A los bares que colaboran en el sorteo y a los seguidores que he ido encontrando por el camino. Con todos estoy en deuda: por sus atinados comentarios, sus no menos acertadas críticas y por su generosa contribución a que, más o menos cada semana, me anime a dejar por aquí alguna pincelada de lo que significa Logroño en sus bares. Y como bandera de todos ellos, me permito el lujo de agradecer especialmente el cariño con que distingue a este blog Ramón Gil, que añade a su dedicación un factor que me llega al corazón: que sigue mis andanzas desde la lejanía. Así que insisto: muchas gracias a Ramón y muchas gracias a todos. Seguiremos informando.

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La ciudad que yo quiero
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Jorge Alacid | 31-10-2014 | 17:08| 1

 

Las pistas que este blog ha ido dejando desde que inició su andadura, hace ya un par de años, permiten construir una teoría según la cual la aportación de los bares a nuestra educación sentimental discurre en paralelo a otra condición que les concede un estatus simbólico de elevado poder: su contribución a hacer ciudad, que diría un urbanista. Pocas veces podremos observar con tanta claridad como ahora su aportación al caso concreto de Logroño: por una de esas felices y raras casualidades, coincide la celebración del centenario del edificio que alberga al entrañable café Moderno con la reapertura del antiguo Las Cañas, convertido ahora en Wine Fandango. Que no se me enfaden los dueños, pero yo le seguiré llamando al viejo estilo: Las Cañas.

Pocos bares logroñeses me llegan más directamente al corazón como éste, por razones que no viene a cuento explicar. Cierro los ojos y parece que vuelvo a ver su antigua decoración en bambú, la larguísima barra, los Remón al frente. Su reciente reinauguración es otra belleza. Sólo le hace falta que el tiempo añada brillo al local, lo llene de recuerdos y por lo tanto se integre en nuestro itinerario emocional, aunque yo prefiero destacar de su flamante reapertura otro aspecto, lo que mencionaba arriba: que los bares forjan como pocos negocios la imagen de una ciudad. Y la imagen de una ciudad, como se sabe, depende en gran medida de los ciudadanos. Al menos, la ciudad que yo quiero.

Aunque últimamente hayamos delegado graciosamente esa tarea en nuestros representantes públicos, lo cierto es que gran parte de lo bueno y de lo malo que hagamos con Logroño compete a los logroñeses. Una certeza que se cumple con solo mirar hacia el Moderno centenario: no hablaré aquí del magno edificio (los interesados pueden consultar el imprescindible volumen ‘Formación de la ciudad contemporánea. Logroño entre 1850 y 1936′, obra de Inmaculada Cerrillo Rubio), sino de los propietarios del café alojado en su planta baja. El Moderno, faro y guía del corazón de Logroño, dota de personalidad a toda la plaza Martínez Zaporta, ejerce como referencia local (“¿Quedamos en el Moderno?” era antaño una frase mil veces repetida) y queda imantado en nuestro cacumen a partir de múltiples entradas: sus bocadillos de calamares, su terraza perenne y esas fotos antiguas que decoran sus paredes y a veces aparecen donde menos se espera. De todas ellas, mi favorita es un fotograma: esa escena de Calle Mayor donde se ve al grupito capitaneado por Manolo Alexandre abandonar el bar, irrumpiendo en la noche logroñesa. Una imagen llena de magia y de misterio.

 

Imaginar Logroño sin el Moderno es imposible. Tan imposible como doloroso ha sido contemplar durante demasiados años la esquina del tercer palacete de Vara de Rey vacía, como si a la ciudad le hubieran amputado uno de sus órganos. En realidad, toda esa fachada de palacetes sirve como símbolo de los desastres perpetrados durante años: resulta curioso, y ejemplar, que sólo haya sobrevivido y continúe en uso el destinado para la función pública. Los otros dos, los gestionados por manos privadas, perecieron. En el caso del que hace esquina con Duquesa de la Victoria, su resurrección como sede de una Consejería… En fin, evito opinar que me caliento. El resultado parece bastante mejorable y ahí me quedo. En el segundo, al menos sus actuales propietarios preservaron el edificio del Gran Hotel tan añorado y ahora han invertido esfuerzo, energía y dinero en recuperar el viejo café Las Cañas, luego de aquella desdichada reforma que… También prefiero no recordarlo.

Tanto el Moderno como Las Cañas han protagonizado sus respectivas entradas en este blog, así que insisto: si  vuelvo a mencionarlos no es tanto por lo que son como por lo que significan. Dos tótems para el Logroño hostelero, sin duda, pero también dos símbolos de la ciudad. Dos locales que en cierto sentido nos representan porque en ellos se reconocen varias generaciones de logroñeses y porque sirven para ilustrar mi teoría de que cuando los ciudadanos se empeñan, la ciudad mejora. O al menos se vuelve más habitable. La dedicación de la saga de los Moracia al Moderno ha permitido que su café sobreviera en buen estado hasta nuestros días; otro tanto puede decirse de los Arambarri: nos han devuelto uno de nuestros bares bandera. Así que la ciudad les debe agradecimiento. Yo, desde luego, les doy las gracias a unos y a otros. Y les deseo larga vida al Moderno y a Las Cañas. O como se llame ahora.

P.D. Esta condición de los bares como iconos de la región me ha servido este verano de materia para la reflexión. Por encargo de la revista Belezos, he entregado a la imprenta un artículo sobre la contribución de los bares a la socialización de La Rioja, desde su núcleo urbano esencial hasta los confines del medio rural. De modo que los improbables lectores interesados en ver el fruto de mis cavilaciones, ya lo saben: el último número recién editado contiene un artículo que encarna, más o menos, la continuidad de Logroño en sus bares por otros medios. A su disposición en las librerías de esta tierra.

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Bares favoritos: cuál va ganando…
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Jorge Alacid | 24-10-2014 | 18:14| 0

La ocurrencia que me permitió allá en septiembre lanzar como si fuera un mensaje en una botella (metáfora muy apropiada para un blog sobre bares) una encuesta para determinar cuál es el bar favorito de (algunos) logroñeses tuvo tan estupenda acogida que poco después le siguió otra para divulgar los predilectos de mis compañeros de oficio, periodistas y asimilados. Así que repasando estos días las respuestas a ambas entradas, me ha dado por confeccionar una especie de clasificación que (aviso) no tiene ningún propósito, salvo el de pasar el rato. Entretenerse, una de mias palabras preferidas en español: por su graciosa construcción y por lo que significa.

El caso es que en la primer entrada la tabla quedaba encabezada por una constelación de locales (Eldorado, Menhir, Berlín, Blanco y Negro y La Tavina) emparentados porque habían recibido los mismos votos: dos cada uno. La encuesta, insisto, no tiene otra finalidad que la de servir como pasatiempo y por lo tanto carece de rigor científico. Contestaron diez personas a quienes les pregunté y ése fue el resultado: cinco bares igualados. La suma de las nuevas aportaciones (también diez) de los periodistas que accedieron a participar en este juego depara sin embargo una correlación de fuerzas. Debo confesar que me lo pasé estupendamente la otra tarde mientras los iba contabilizando, como si fuera el José Luis Uribarri de esta historia: todo sonaba a Eurovisión.

En fin, sin más rodeos, aquí comparto con vosotros, improbables lectores, las consecuencias de dejar opinar libremente a veinte logroñeses sobre sus bares de confianza. Y el ganador es… De momento, el bar Torres de la calle San Juan. Digo de momento porque perpetro próximas entradas sobre este particular y porque la clasificación está muy igualada: al Torres le votan cuatro encuestados y lidera esta encuesta perseguido de cerca por dos establecimientos también sitos en el corazón de Logroño, el Bretón y La Tavina, ambos con tres votos.

Citaré aquí a continuación aquellos que han conquistado el corazón de al menos dos encuestados, porque si incluyo a todos la lista sale demasiado larga. Larga y un pelín marciana: hubo quien no se conformó con Logroño y peregrinó hasta Ezcaray para incluir al Troika allí radicado. Y hubo quien votó por un garito que poco después se despidió: el extinto y llorado Tizona. Así que, superadas estas incidencias, queda consignado que al menos con dos votos figuran en esta clasificación los siguientes bares, si no me he equivocado: Menhir, Berlín, Blanco y Negro, Eldorado, Malabar, Iturza, La Jala, Soriano, Sebas, Embarcardero, Fax y Tastavin. Dicho queda. Si alguien más se anima, ya sabe dónde publicar sus preferencias: bien como un comentario en este blog, bien a través de las redes sociales por donde también se difunde. Y reitero: que nadie se tome este entretenimiento como otra cosa ni por favor (lo ruego) se ponga a votar por votar, por hacerse el gracioso o porque su amiguete tiene tal o cual bar.

Para asuntos más serios, quien lo desee puede optar por la sección de política.

O no.

P.D. Decía arriba que la encuesta sigue en movimiento porque he lanzado la misma pregunta sobre cuál es su bar favorito a dos colectivos. Uno, el de políticos, benditos sean: gracias a ellos, los periodistas todavía parecemos humanos. Y dos, el de riojanos en el exterior. Es decir, aquellos paisanos cuyas respuestas, que ha empezado a recibir, llegan con sobredosis de nostalgia. Lo cual añade un valor adicional: sobredosis de sentimentalismo. Justo lo que necesitamos en tantos y tantos bares.

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Bares de carretera
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Jorge Alacid | 18-10-2014 | 07:57| 0
Fachada del Duque de Medinaceli. Foto extraída de su página web

Este blog ha protagonizado antaño alguna escapada fuera de su universo tradicional, Logroño. Ha visitado bares de otros lugares (qué lugares), incursionado en los alrededores de la capital riojana y picoteado por aquí y por allá, antes de regresar siempre a casa. Hoy también toca excursión: movido por la curiosidad que despierta cierta tipología, el llamado bar de carretera, y pensando que es una suerte de establecimiento que ha vivido tiempos mejores y cuya desaparición tal vez se aproxima, me parece llegada la hora de rendirle tributo.

Y lo hago empezando por mi favorito: el Duque, sito en el municipio soriano de Medinaceli, al pie de la carretera… Que ya casi no es carretera: desde que se inauguró la autopista que en paralelo une Zaragoza y Madrid, al igual que otros locales situados en la misma tesitura ha tenido que acostumbrarse a ver cómo la clientela disminuye. Lo que no desciende, sin embargo, es la atención que se presta al viajero: trato esmerado, barra de confianza para el cafelito mañanero o vespertino (acompañado de una insuperable bayonesa), cortés servicio a la antigua (mi favorito) y unas estanterías donde se despachan los mejores productos de la tierra y su contorno. Incluido un hallazgo reciente: los miniadoquines. Esto es, las golosinas típicas de Aragón que ahora se ofrecen en formato minimal. En consecuencia, sospecho que en lugar de los habituales ripios que decoraban el interior del envoltorio, ahora se escribirán haikus.

El atractivo del Duque se combina en invierno con su espectacular Nacimiento, un deslumbrante Belén que ocupa la barra del interior, y durante todo el año con su comedor: un hogareño recinto donde se come estupendamente, con ese estilo de cocina burguesa que uno tanto añora. A quien le gusten tanto las migas como a quien esto escribe, que anote el Duque en su agenda camino de Madrid: las sirven con gajos de naranja en lugar de granos de uva e incluyen un secreto que las hace más jugosas y no tengo permiso para desvelar.

El Duque me sirve también para volver sobre mis pasos y recordar que, en efecto, estos establecimientos han vivido mejores días. Su gran aliado, como se deduce de la expresión ‘bar de carretera’, era eso: la carretera. Y al igual que ocurre en Medinaceli, allá donde se ha visto sustituida por una autopista a mayor gloria de la seguridad vial el bar desaparece de nuestro horizonte y cede el testigo a esas áreas de servicio, tan uniformes como mejorables. Quien haya comido, bebido o tomado un triste tentempié memorables en alguna de ellas, que levante la mano. No: no hay nadie a favor en la sala.

Antaño sucedía todo lo contrario. Quien peine alguna cana recordará los tiempos anteriores al GPS, cuando el cabeza de familia preparaba el viaje aquilatando horarios, sopesando itinerarios y colocando entre salida y destino una imaginaria chincheta en el mapa de carreteras: allí era donde tocaba parar. En los trayectos cortos, tipo Logroño-Pamplona, esa paradita se podía evitar. Pero en los desplazamientos más largos, ya se sabía que para llegar a Zaragoza era inevitable detenerse en Tudela. Y de camino hacia Bilbao, en alguna de las fondas o ventas que remataban el puerto que se eligiera para ascender desde el valle del Ebro en dirección al Cantábrico; otro tanto sucedía si el punto de destino era San Sebastián o Santander.

Aquella España interior murió a manos del mapa radial de autopistas, lo cual está muy bien pero quita romanticismo al viaje. Uno apenas ha frecuentado la ruta que lleva por Burgos hacia Madrid porque siempre prefirió cruzar Piqueras cuando había que rendir cuentas en la capital del Reino, pero conoce a toda esa legión de peregrinos que besa el suelo cada vez que pisa Landa o Tudanca o sus hermanas pequeñas. Son esos bares de carretera donde el anecdotario familiar, las escapadas con la pareja o los viajes de trabajo (una expresión que tiene algo de contradicción en sus términos) se engordan y adquieren aires de leyenda. Lo cual resulta muy pertinente, porque se unen dos mundos de alto poder simbólico. Los bares y la carretera: cómo olvidar las visitas al Duque de Medinaceli, la cháchara con los dueños (tres generaciones al frente), el sabor de la bayonesa, el aroma de las migas y la mística del viaje.

P.D. El bar de carretera admite distintas versiones: para ciertos viajeros, incluso Logroño y sus bares pertenecen a ese territorio. Porque era habitual en los tiempos del Seiscientos que las carreteras cruzaran las ciudades, los viajeros se detuvieran en ellas, estirasen las piernas y conocieran su oferta hostelera. Por ejemplo, para la familia Delibes, su bar de carretera se situaba en Logroño y más que un bar, era un restaurante: el Cachetero. Sus hijos cuentan cómo el cabeza de familia y llorado escritor se las apañaba para cruzar siempre por Logroño camino de Valladolid, aparcar cerca del Espolón e ingresar en la popular casa de comidas de la calle Laurel para regalarse unas verduras, unas hortalizas, algo de casquería o un asado. Un motivo más para reconocer el talento del autor de ‘Los santos inocentes’: a su ingenio como escritor le acompañaba un rico olfato como gourmet.

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