La Rioja

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Lo que había que echarle
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Jorge Alacid | 28-03-2015 | 08:50| 0
Lorenzo Cañas y el pequeño Mario, catando las tortillas del concurso de Degusta LA RIOJA

En noviembre del año 2012, una de las primeras entradas del blog Logroño en sus bares ya se detuvo en revisar ese territorio tan caro al universo hostelero logroñés: el suculento mundo de las tortillas. Si hoy vuelvo sobre mis pasos es porque Diario LA RIOJA ha convocado de nuevo su tradicional concurso, resuelto este viernes con el fallo del jurado que puede leerse en la información adjunta. Y, sobre todo, me detengo de nuevo en ese apetitoso cruce entre el huevo y la patata gratamente sorprendido por la respuesta de los participantes: más de 60 establecimientos de la capital riojana acudieron a la Plaza de Abastos con sus mejores creaciones para someterlas al veredicto de los expertos. Señal de que este concurso tiene impacto y de que tiene recorrido, porque tiene lo principal: un puñado de seguidores dispuestos a secundar la convocatoria y participar en esa suerte de fiesta de la gastronomía local que el concurso significa.

Digo gastronomía y digo bien: pocos bocados más entrañables y más lujosos para quien esto firma, porque encierra lo mejor de la sabiduría popular. Con la tortilla me sucede como con otros platos de la cocina de toda la vida: que siempre me pregunto a quién se le ocurrió. Quién fue la primera persona que decidió que un chorro de aceite humeante admitía de buen grado una ración generosa de patatas, que mezclada con unos cuantos huevos desembocaban en tan jugoso resultado. Debió ser alguien muy sabio. Porque su invento ha resistido el paso del tiempo y gana adeptos con los años: lo mismo que el concurso de tortillas, por cierto, a pesar de su juventud.

Lo cual me lleva a repasar mi propia trayectoria como cliente de los bares logroñeses y degustador de aquellos que ofrecían y ofrecen este pincho, que también admite el formato generoso. Es poco corriente pedirse una tortilla entera en un local, pero los hay como La Travesía o el Porto Vecchio en cualquiera de sus encarnaciones donde sí que tal plato es moneda común. Lo habitual, sin embargo, es pedirse una ración de tamaño de entre cinco y diez minutos, acompañar la ingesta con un trago y saborear ese delicado manjar como si fuera la magdalena de Proust. Es decir, pensando en cuántas y cuántas tortillas nos han hecho felices en nuestras barras favoritas. Las mías ya están mencionadas en esta entrada anterior pero no me importa repetirlas, porque el recuento me rejuvenece: ah, el Oslo, el Porto Novo, el Sebas, La Esquina… Ah, el Ignacio, sobre todo: me veo de nuevo frente a su mostrador, donde ahora se emplaza la mencionada La Travesía, engullendo de chaval la dosis dominical tras cada cita en Las Gaunas y aquella tortilla me vuelve a saber a la dichosa adolescencia en blanco y rojo, cuando la vida parecía infinita.

De las recientes tortillas que se han ido presentado al concurso, he tenido la dicha de catar un par de ellas: la del Serenella, gracias al detalle que tuvieron sus dueños con esta casa cuando, eufóricos por el primer premio que se llevaron en el 2013, nos obsequiaron a una ronda. Y he catado igualmente, sólo que previo pago, la que ese mismo año se llevó el galardón en la categoría que premia la introducción de más ingredientes que la tradicional patata y el perenne huevo: fue la elaborada en La Tavina, que despachan en generosa dosis y me pareció un pincho estupendo. Con un aliciente adicional: que como el resto de sus hermanas se aposenta en las cavidades estomacales formando un mullido colchón donde el trasiego de alcoholes encuentra el apropiado confort. En otras palabras, que garantiza lo que pronto supimos de jóvenes: que la tortilla de patata representa un bocado ideal en las horas de entrega a la dipsomanía, religión que nos tuvo entre sus creyentes cuando no había tantas donde elegir. Ya se han citado aquí unas cuantas de aquellas sugerentes reliquias: añada el improbable lector cuantas se han presentado al concurso, las ganadoras y las que quedaron eliminadas, y agregue también aquellas que salen a su encuentro en cada bar de Logroño.

Observará que encierran un paraíso común y festivo, un edén culinario. Y observará también que hay mucho y bueno donde elegir. Las distinguidas en esta edición del concurso lo merecen, sin duda, pero también aquellas que no se presentaron o que no pasaron la primera criba. Es cuestión de gustos, ya lo sabemos. Aunque también es cierto que hay gustos y gustos: un jurado que incluya entre sus miembros el docto dictamen de Lorenzo Cañas, perito en fogones y ejemplar ser humano, es imposible que pueda equivocarse.

P.D. En materia de tortillas, el mapa logroñés de bares disponía hace nada de una referencia singular, que solía citarse en cada catálogo nacional donde se recopilan estos precopilan estos placeres: la tortilla del Tahití. Disponía, ojo, y dispone, aunque desde que el bar se mudó de República Argentina y se convirtió en restaurante alojado en la calle Laurel dejó de ser por lo tanto una tapa para devenir más bien en plato principal para saborear sentado. Una tortilla famosa en toda España, multipremiada y elogiada, cuyo secreto (me parece) residía en un elemento a mi entender sustancial: que no se presentaba demasiado cuajada. Así es como servidor la prefiere pero ya se ha dicho: todo en esta vida es cuestión de gustos.

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Baden, marisco y cerveza negra
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Jorge Alacid | 20-03-2015 | 10:58| 0
Fachada del Baden, ya clausurado

Baden-Baden, localidad alemana famosa por su balneario, perteneciente al estado de Baden-Wurtemberg. Baden-Baden, de donde nació aquella expresión ya en desuso que también sirvió para bautizar una película célebre en su tiempo: Madrid, en verano, Baden-Baden. Lo cual significaba que con la canícula la capital del Reino se despoblaba, circunstancia de donde nació otro mito: el madrileño como Rodríguez, denominación muy cañí que tanta gracia les hace a los amigos latinoamericanos. Baden: en Logroño, dícese del famoso bar alojado en Travesía de Ollerías, pionero en el sector hostelero local por varias de sus aportaciones. La primera, servir marisco, un lujo al alcance de pocos bolsillos allá cuando abrió sus puertas, hace ahora 43 años. La segunda, que de sus grifos empezó a manar cerveza negra, rareza que ahora no lo es tanto pero que entonces alcanzó la categoría de acontecimiento.

Viene a cuento tan largo preámbulo del suceso que conmociona al mapa logroñés de bares: cierra Baden. Cierra y con su cierre desaparece una leyenda, porque sus mariscos y sus cañas ejercieron como un poderoso imán para unas cuantas generaciones que jamás habían visto de cerca una navaja (salvo en el escaparate de Suso, tal vez) y pensaban que cuando salía negra la cerveza era porque el artefacto andaba averiado y aquel bebedizo tan turbio no prometía nada bueno. De modo que Baden, sobre todo en los años 80 y primeros 90, se convirtió en parada obligatoria para quienes quisieran ser testigos de tantos y tantos mágicos sucesos que cada día se oficiaban en su barra. Las navajas salían perfectas de la plancha, impoluto el punto de sal, al igual que los berberechos  y los mejillones se ofrecían envueltos en una salsa picante y jugosa, muy adictiva, cuyo secreto jamás compartió el jefe de todo aquello, José López de Foronda, quien ahora se retira y disfrutará del merecido descanso que la plancha del bar no le concedía.

El éxito de Baden fue tan mayúsculo en su época que alcanzó un carácter histórico cuando se convirtió en el primer bar logroñés que contaba con su propia franquicia. Un angosto local situado en Saturnino Ulargui, en aquel tiempo en que esta calle se convirtió en la referencia para el picoteo que hoy sigue siendo. Quien esto escribe ha sido cliente más o menos habitual de ambos Baden: del original y de aquel hermano pequeño, que tuvo muy corta vida. Lo cual siempre me pareció injusto: era una barra elegante, de corte clásico, con una carta donde los productos del mar se tarifaban a precios bastante comedidos. Y donde se tiraba también la caña con mucho estilo. De modo que su clausura, que precedió a la que ahora nos ocupa, representó una puñalada para todos los fanáticos de ambas mercancías, quienes hoy también guardan luto por el cierre de uno de esos bares que acaban adquiriendo la condición de guía y faro de una ciudad. Una brújula.

El adiós del Baden, del que me invitan a escribir las queridas Vicky y Cristina (ahora caigo que el dúo tiene nombre de película de Woody Allen), llega en un momento de cierta tristeza para la hostelería logroñesa, igual que para el conjunto del comercio local. Se baten en retirada otros garitos con muy buena pinta, como La Retro, y bajan la persiana hasta los más castizos, como el vecino Alejandro de la calle del Carmen en trance de ser recuperado para la causa hostelera, o el Rincón de la Travesía, en la cercana San Juan. Caen también como moscas tiendas de toda la vida, lo cual es una manera muy efectiva de cortocircuitar el corazón de una ciudad. El dueño de Samantha, la perfumería de Jorge Vigón de cuyo propio cierre escribí en otro sitio cercano días atrás, me confesaba que había ido elaborando una lista de comercios de-Logroño-de-toda-la-vida cerrados en los últimos cinco años que helaba el corazón. En cierto sentido, también el Baden puede incluirse en tan fatídica relación: la de aquellos establecimientos que contribuyeron a forjar la imagen de una ciudad, cuya despedida nos deja más pesarosos. Y nos deja más viejos, a solas con nuestros recuerdos. Huérfanos, en cierto sentido. Porque como me preguntaba Cristina desde Italia estos días: dónde se podrán encontrar ahora en Logroño unas navajas como aquellas. Siento contestarle a ella y a quien se haga la misma pregunta que no tengo ni idea. Me temo que en ningún sitio: porque aquellos manjares y tragos de nuestra mocedad, los bares donde vimos pasar la vida cuando aún parecía ancha y larga, sólo alimentan ya nuestras fantasías.

Porque eran bares hechos del mismo material que el mítico halcón maltés: del material con que se construyen nuestros sueños.

P.D. La noticia del cierre del Baden (que por cierto se rotula al modo alemán en el cartel de la entrada, es decir, Baden-Baden) la adelantó en primicia, como suele, el infatigable compañero Eduardo Gómez en las páginas de Diario LA RIOJA. También daba cuenta de otros adioses recientes, como los arriba citados, lo cual me hizo caer en la cuenta de que van pereciendo unos cuantos locales del Logroño castizo. Porque se jubiló el Perchas y ahí sigue el local vacío, a la espera de que algún intrépido se anime. De modo que me malicio que estamos ante un cambio cultural de proporciones más extensas que una pura coincidencia. Me malicio si las ordenanzas en materia de alquileres antiguos algo tendrán que ver en esta larga serie de despedidas.

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La ruta del pincho pote
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Jorge Alacid | 13-03-2015 | 17:28| 7

 

Bar de la calle Labradores que invita a practicar el pincho pote. Foto de Juan MarínCualquier logroñés habrá podido comprobar de un tiempo a esta parte cómo se extiende entre nosotros esa práctica denominada al modo euskaldun: el llamado pincho pote. Se trata de una actividad desplegada también en distintas localidades de La Rioja, pero como pretendemos seguir siendo fieles en lo posible a la patria chica, en esta entrada abordaremos tan sólo los seguidores que ha encontrado entre los bares logroñeses. Que lo son en buen número: de hecho, se me ocurrió escribir estas líneas cuando tropecé en el venerable Beti con el anuncio de que también ese local forma parte de una reducida, aunque castiza, ruta de establecimientos dedicados a tal costumbre: integra un trío que completan los vecinos Pesos y Gaona.

Habrá que advertir en primer lugar de qué hablamos cuando hablamos de pincho pote. Cualquiera lo sabe porque es muy sencillo, pero si queda algún indígena ajeno a sus encantos, aquí va la aclaración: una fórmula barata de incentivar el chiquiteo adosando a precios muy razonables una tapa a la consumición habitual, esto es, el vino, la caña, el refresco… Por módicas tarifas se anima el público a dinamizar la máquina registradora, crece el ambiente en bares y alrededores, se reactiva en consecuencia el consumo. Una estupenda manera de guiñarle un ojo a la clientela y, de paso, demostrar lo que otros negocios (el del cine, por ejemplo) también han conocido recientemente: que los precios suelen ser un muro insalvable en estos tiempos sombríos cuando de alternar se trata. Que superado ese peaje, el cliente se anima.

Así que, milagro, milagro: resulta que cuando se tarifa económicamente volvemos a visitar los bares, tradición que no debería perderse. Resulta por lo tanto pertinente el experimento que aquí pretendemos: invitar a los improbables lectores a que nos ayuden a configurar una especie de ruta por el pincho pote de Logroño. Que nos cuenten qué bares se incluyen en esta tendencia y qué zonas de la ciudad disponen de su propio itinerario. Con sus aportaciones iremos configurando un mapa donde se visualice tanto la ruta de cada barrio como los locales que la integran, con el detalle adicional de explicar en qué consiste cada oferta.

Como ejemplo, además del citado caso del pincho pote trino del entorno de la Glorieta, habrá que mencionar también el que protagoniza la calle Labradores y sus alrededores, valga el pareado. Lo integran, según observo en la cartelería distribuida por Logroño, el Tío Tito, Nimar, Da Vinci, El Porteño, Cazador, Guevara, Chaplin, Roche 2, Teyma, Mi Bar, Versalles, Centro Cántabro y Kaiser, entre otros, que despachan su oferta los jueves y viernes (vino o cerveza más pincho, dos euros; euro y medio si el vino es joven) e incluyen un sorteo entre los participantes. Así lo contaba allá por octubre la compañera María José Lumbreras, quien recopilaba para Diario LA RIOJA algunas de las distintas rutas que se manejan por Logroño. Citaba el precedente de la mal llamada ‘Laurel pobre’, ese itinerario que proponen los bares de la zona de República Argentina y Gil de Gárate, cuyo ejemplo siguen otra zonas además de las mentadas: así ocurre con Albia de Castro y otras calles de Lobete, que limitan esta actividad a los viernes como suele ser habitual.

Pero hay más casos. En ese mismo artículo, Lumbreras recogía la propuesta de un grupo de bares situados por el nuevo Las Gaunas (Los Ángeles, La Guindalera, Bulevar y Toscana), cuya iniciativa tiene también bastante que ver con la aspiración de que los vecinos de esos nuevos sectores residenciales encuentren junto a su hogar la oferta hostelera y de ocio que a menudo les conduce hacia el centro de la ciudad. Pienso que se trata de una intención similar a la que anima a los demás bares: convencer a su clientela de que como cerca de casa, en ningún sitio. Porque una tendencia que domina todas estas nuevas modas de peregrinar por los bares es que ocurren en la periferia: el centro, el auténtico corazón de Logroño, con sus rutas ya consolidadas como Laurel, San Juan y similares, no participa de esta moda. Supongo que porque sus bares cuentan con un arsenal promocional suficiente que evita sumarse a la práctica del pincho pote. Su atractivo radica en su larga historia como zona hostelera, cuyo encanto divulgan las guías de viaje y otras publicaciones por tierra, mar y aire.

De modo que, en resumen, aquí se ha citado una serie de bares adictos al pincho pote. Estaría muy bien que entre todos dibujáramos una ruta logroñesa, una idea que nace con vocación de servicio. Completar ese mapa depende de que alguien al otro lado del blog se anime. Y así podremos concluir entre todos con esa frase tan periodística: seguiremos informando.

P.D. El pincho pote es una variante, en realidad, de una práctica hostelera que ya encontró algún eco en este blog. Aquel mapa de los tapas gratis con que algunos bares imitan la costumbre de otros puntos de la geografía española de obsequiar a su clientela tuvo cierta repercusión gracias a la generosa contribución de los lectores de este blog. En conclusión, lo que tanto una como otra modalidad intentan es que el personal visite sus barras y que, mediante ambas fórmulas, no pueda alegar que el precio es una barrera que le impide disfrutar de su ocio favorito.

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Solteros y solteras
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Jorge Alacid | 06-03-2015 | 08:14| 2
Despedida de soltera en la calle Laurel. Foto de Juan Marín

Rebrota estos días el viejo debate sobre la pertinencia de tolerar, limitar, vetar o directamente prohibir (vaya usted a saber cómo) las despedidas de soltero en los bares del centro de Logroño, puesto que en ocasiones sus participantes suelen alborotar de modo exagerado la tranquila ingesta de bebidas propia de los autóctonos y además derivan alguna vez en espectáculos de dudoso gusto, con exhibición de material plastificado que apela a las contingencias propias de la noche de bodas. Y puesto que los integrantes de tales jolgorios se abandonan a los excesos etílicos, cuyas consecuencias en forma de vómitos, deposiciones y otros fluidos decoran calles y plazas, resulta frecuente entre nosotros que cunda la indignación entre quienes tienen (tenemos) que convivir con dichos espectáculos. Una indignación que tiene su punto farisaico: que levante la mano quien no haya protagonizado allá por su mocedad exhibiciones semejantes, cuyo recuerdo todavía le sonroja.

La penúltima controversia en torno a esta cuestión lleva la firma de UGT, cuyo apartado de autónomos reclamó esta misma semana una regulación (¿?) de estas actividades, que enlaza de manera a mi juicio misteriosa con la pérdida de empleos en el sector hostelero y el cierre de unos cuantos bares logroñeses. Yo juraría que pasa todo lo contrario: que aquellos establecimientos que prefieren negarse a ser invadidos por la cofradía del novio/a en ciernes acompañado/a por sus colegas ven cómo mengua el movimiento de la caja registradora. Y que, al revés, los que acogen con indisimulada satisfacción a estos neoturistas observan cómo crece el negocio. De ahí que me sorprenda esta reclamación sindical.¿Regular las despedidas de soltero dará oxígeno a la economía local? ¿Prescindir de los ingresos que aseguran, no sólo a los bares sino a otros sectores limítrofes, estas visitas de jóvenes y no tan jóvenes dispuestos a gastarse en Logroño lo que probablemente racanean en su lugar de residencia servirá para mejorar la alicaída hostelería logroñesa?

Yo lo dudo. Y lo digo como nada ejemplar ejemplo de cómo se puede cambiar de opinión sobre este asunto, o sobre otro cualquiera, simplemente dejando pasar el tiempo. En un primer momento, superada la fase inicial de asombro, a mí también me incordiaba la presencia de estas legiones de forasteros que con su derroche de ímpetu alteraban la paz que uno desea alcanzar cuando zanganea por la calle Laurel. Y sí: también a mí me llamaba la atención el mal gusto que les caracterizaba, aunque sobre esas cuestiones de gustos prefiero no pronunciarme. Cada cual tiene el suyo y todos son legítimos. (Hay a quien le conmueven los gorgoritos del trovador llamado Pablo Alborán, fíjese usted). Con el discurrir de los años, he ido confirmando que las manifestaciones más exaltadas propias de las despedidas se han ido apaciguando. Que sus promotores observan una conducta menos expansiva. Más contenida. Sí, se les ve mareadillos en el mejor de los casos, por el abuso de distintas sustancias (se supone), pero yo los recordaba antaño más osados. Menos proclives a dejarse seducir por los encantos de la ciudad que visitan, a confraternizar con los indígenas, a la tertulia con los amigos que forman parte de su cuadrilla, objetivos que deberían ser compatibles con el deseado desenfreno y frenesí propio de quienes se disponen a despedir la vida de soltero.

Compruebo además que estas observaciones que aquí comparto con el improbable lector coinciden con el punto de vista de unos cuantos dueños de bares. Alguno me confiesa que sin las ricas aportaciones crematísticas de las despedidas de soltero sería harto difícil llegar incólumes a final de mes. La mayoría me confirma que, en efecto, los excesos de antaño se han civilizado. Que nuestros bares no sufren con ellos más que con las impertinencias propias del resto de la clientela, porque todos los parroquianos podemos montar alguna vez el espectáculo y ponernos muy pesados aunque no participemos en estas algabarías. Que muchos de ellos se acomodan casi durante todo el fin de semana en su bar favorito, una vez que confirman que son bien recibidos y que cuentan con el beneplácito del propietario tanto para el vermú como para el picoteo, tanto para la ronda nocturna como incluso para la copa ya de madrugada en aquellos locales que también las sirven. Y que dinamizan el ambiente, aportando su propia cuota de color al folclore habitual. Y, sobre todo, me dicen lo mismo que yo pienso: cómo se puede regular una despedida de soltero. ¿Poniendo un policía en cada grupo?

Mala ideas: podrían pensar que es un estriper.

P.D. Las quejas de los autónomos afiliados a UGT, más allá de la polémica sobre las despedidas de soltero, incluyen algún dato incontestable: por ejemplo, que sólo en enero de este 2015 casi neonato se han perdido en Logroño 15 bares. Una pérdida que se añade a la caída del empleo en el sector y a la mengua de beneficios. Cifras que cualquiera puede comprobar dándose una vuelta por la calle, sobre todo entre semana. Y entre las bajas, una que duele especialmente en este blog: el adiós de La Retro, local insólito y lleno de encanto de la calle Calvo Sotelo, que mereció una entrada hace cerca de un año y que ha bajado la persiana. Suerte al caballero Jota en sus próximas aventuras.

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Bares en serie
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Jorge Alacid | 27-02-2015 | 10:14| 0
Lone Star

Recientes incursiones en el planeta televisivo me han removido el cacumen hasta retrotraerme al tiempo en que dediqué una entrada a los bares que vemos por la pequeña pantalla. Una nomenclatura que ya no tiene sentido: hay pantallas más pequeñas por todos los lados, incluido el hogar familiar, y la televisión es cualquier cosa menos pequeña cuando nos regala el talento que caracteriza a los grandes gurús de HBO y similares leyendas. Dicho lo cual, lo que ahora sigue es una reflexión sobre qué tipo de imagen proyecta el amigo americano en función de la serie que toque esta temporada.

 

the wire

The Wire, una ronda de café griego

Pocos bares, pero elegidos. Baltimore, otrora patricio enclave de la costa este, sirve como degradado escenario para unas atípicas aventuras de polis y casos, con la delgada línea de lo legal y lo moral tintineando como telón de fondo. De modo que esta serie oscila entre los garitos bien regados de alcohol destilado donde los buenos y los malos (sean quienes sean, que nunca queda claro) acaban su jornada laboral y un par de locales convertidos casi en un personaje más durante la segunda temporada: por un lado, el bar donde los estibadores del puerto tienen puestas todas sus complacencias, atendido por una dama que desde luego no estudió en Oxford (modales mejorables) y donde el pequeño Sobotka solía exhibir sus atributos (en sentido estricto). Un tugurio temible, aunque intimida más mi favorito: el destartalado bar donde, también en esa misma segunda temporada, el secundario llamado El Griego tenía instalada su oficina. Feo local, repleto de mugre, camarero con aspecto de expresidiario y un eterno café humeando junto al ventanal desde donde nuestro hombre ve corromperse el mundo. Si visita usted Baltimore, ya me contará si el garito merece la pena. Y recuerdos para Omar y para McNulty.

 

Homeland

Homeland, el hombre que bebía Rolling Rock

Las andanzas de los hombres y mujeres de la CIA por Washington y alrededores dejan escaso margen para la vida social, de modo que cuando los protagonistas del thriller más largo de la historia toman asiento en algún taburete y se relajan ante una copa… en realidad no se relajan: siguen trabajando. Así que los bares que aparecen en pantalla suelen ser espacios laborales: algunas confidencias imprescindibles para que progrese la trama suelen ocurrir en la barra de un hotel, uno de esas barras impersonales de hoteles impersonales que tanto abundan por el gigante yanqui. Con alguna excepción memorable: la familia Brody entregándose al mullido confort del mundo hamburguesa en un garito de Gettysburg, donde son interrumpidos por un coro de electores que quiere conocer al nuevo héroe americano (cuando el engaño aún persiste) y el propio protagonista concediéndose el capricho de una cerveza cuando comunica a su excompañero de armas y amante de su mujer que le deja con ella barra libre, nunca mejor dicho. Una charla que tiene lugar en el típico garito para la soldadesca, con su mesa de billar y resto de detalles característicos. Todo muy previsible, salvo un detalle: la cerveza elegida por Mr. Brody. Rolling Rock. Hermoso nombre para una marca muy poco conocida en España (al menos para quien esto firma), tal vez un mensaje en clave para los fans de Homeland, tal vez una pista falsa. Una de tantas pistas falsas.

 

True detective

True detective, el hombre que bebía Lone Star

De la cerveza episódica en Homeland a la cerveza protagonista en True Detective. Cerveza multiusos: el contenido se vierte metódicamente en el gaznate del amigo Matthew McConaughey (Rustin ‘Rust’ Cohle en la cinta) y el continente sirve estupendamente para que el personaje progrese en sus clases de pretecnología, como se advierte en la imagen. Una lata tras otra de Lone Star, un trabajo manual tras otro, el libreto avanza para pasmo del espectador, a quien se llevará de paseo por ese descenso a los infiernos que desvela lo de casi siempre: que el averno habita entre nosotros. Por ejemplo, en un bar de carretera poblado por moteros narcotraficantes, uno de los tremendos locales por donde el caballero Rust y su colega Martin Hurt (a quien encarna también formidablemente Woody Harrelson) van cabalgando sus noches, amamantadas de alcohol. Lo cual es muy pertinente con la idea central que anima estas líneas: conocimos al joven Woody al frente de la barra de otro bar de ficción, el televisivo Cheers, y en un bar acaba varado en True Detective el señor McConaughey. Un estrafalario garito, perdido en mitad de la nada: metáfora muy apropiada para atrapar la esencia de la serie, un largo viaje por la cara B del sueño americano. Que sabe a cerveza Lone Star.

 

Los Pollos Hermanos

Breaking bad, menudo pollo

Porque el sueño americano, en efecto, suele adoptar a menudo la forma de pesadilla. Un finísimo trecho separa el canónico ‘way of life’ (casa con jardín delantero, familias de espléndidas dentaduras, piscina en la parte de atrás) de los atroces secretos que ocultan esos mismos unifamiliares de irreprochable césped, cuya piscina admite muy bien otros usos. El señor Walter White lo prueba: en apenas un parpadeo se ve embullido en una catástrofe de dimensiones bíblicas que por culpa del efecto dominó va llamando a más y más catástrofes. Una comedia en el sentido noble del término que se visualiza en ese universo tan caro a la América de la llamada basura blanca: subempleos, falta de líquido disponible a final de mes y, sí, muchos sueños rotos. Una hecatombe que desemboca en bares nada memorables, con una excepción: el nuclear y proteico Pollos Hermanos, un sitio (otro más) que tampoco es lo que parece, en cuyos fogones se cocina una de esas subtramas tan caras a los guionistas de la serie, quienes encuentran en estos afluentes del río madre una imaginativa manera de que progrese la acción. La receta del éxito: muslos de pollos con metanfetamina.

 

House of cards

House of cards, las mejores costillas de Washington

Del mejor pollo de Alburquerque a las mejores costillas de Washington.Y si Walter White casi siempre da pena y a ratos un poco de risa, con Frank Underwood sucede más o menos lo contrario: que da bastante miedito pero a veces también un poco de pena. El retrato de un dirigente sin escrúpulos que borda Kevin Spacey puede leerse como el reverso del presidente Barlett de El Ala Oeste que hubiera pasado por la banda de Tony Soprano y se pasea por los mismos bares de la capital del imperio que ya vimos en Homeland. Anodinos locales con camareros demasiado sonrientes, copichuelas con esos palitos que les gustan tanto poner por Yanquilandia y un pianista al fondo tocando piezas que nadie le ha pedido. Todo muy aburrido, lo cual encaja poco con el perfil del protagonista, el hombre que convenció a su mujer para desposarse con esta frase: “Conmigo nunca te aburrirás”. El espectador, tampoco. Thriller político de gran altura, interpretaciones mayúsculas (ah, esa Robin Wright, Lady Macbeth vestida por Armani)y un guión afilado que incluye algún área de descanso: son esos raros momentos en que nuestro hombre visita su garito predilecto y ataca su ración de costillas, las mejores de la ciudad. Un sucio bar que esconde un tesoro: vale como metáfora de la serie. La política como estercolero que a veces también oculta algún diamante.

P.D. Este repaso incluye también series como la fallida The Newsroom, ese artefacto de Alan Sorkin sobre la realidad del periodismo que no acaba de funcionar por exceso de almíbar. Le sobra el excesivo tiempo dedicado a explorar la veta sentimental, los idilios cruzados de los protagonistas, y le falta un buen bar: el único que aparece con cierta frecuencia es el garito adonde acuden los becarios del programa. Un garito sin ningún misterio cuyo mayor atractivo reside en su agresiva política de precios: las copas son muy baratas. Un argumento bastante pobre: para que nos cautive un bar, aunque sea de ficción, se agradecen coartadas más atractivas.

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Los primeros chinos
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Jorge Alacid | 20-02-2015 | 08:13| 0
Jugarse la ronda a los chinos

Entre las más acendradas tradiciones que el viento de la modernidad expulsó de nuestros bares figura una cuya ausencia clama al cielo: la tertulia. Quiere decirse que el bar no es sólo el lugar donde quedamos a tomar esa consumición frugal y si te he visto no me acuerdo, el cafelito vertiginoso, un vino y vamos al siguiente, una cerveza y para casa. Antaño, el bar era un lugar donde apalancarse un rato largo, tal vez porque había más tiempo y más tiempo que perder, expresión que me encanta porque encierra una profunda sabiduría. Perder el tiempo suele ser una manera elegante y sabia de ganar algo: ganar conocimiento, capacidad para la empatía, habilidad para el duelo dialéctico… Todos esos valores sí que se han perdido, incluyendo cierta predisposición a atender lo que otros tienen que contarnos. Que en eso consiste la tertulia de toda la vida, no la actual, dominada justamente lo contrario. Hoy, un tertuliano es más bien alguien que aburre al otro con su palabrería y la tertulia, una confrontación de monólogos.

Encuentro que de un tiempo a esta parte, sin embargo, hay alguna posibilidad de redención. Tropecé la otra tarde con un reportaje de la revista Vanity Fair donde precisamente se anotaba el regreso de la tertulia, asociado al universo hostelero. En unas cuantas ciudades menudean locales, al estilo de los clubes ingleses, donde se resucita el noble rito de la conversación distendida, la posibilidad de arreglar el mundo a partir de la educada cháchara de unos y de otros, la esgrima en el debate como una de las bellas artes puesto que requiere ingenio, alguna erudición, sentido del humor y capacidad de encaje. Virtudes hoy en retirada que deberíamos sin embargo preservar. Y no es casualidad que reaparezcan al calor de los bares: la moderada ingesta de alcohol e infusiones suele contribuir a abrillantar lenguas y caletres, de modo que desde antiguo se asocian ambas vertientes. La de hablar por hablar y la de beber por beber.

En el Logroño actual apenas unos par de bares fomentan estas dos gimnasias, según tengo observado. El Moderno y el Bretón. Ninguno de los dos, sin embargo, en la misma proporción que cuando uno gastaba pantalón corto y observaba a sus mayores discutir largas horas al pie del estribo en su bar de cabecera o sentados en los butacones arracimados por el local. Así recuerdo por ejemplo el antiguo La Granja, con sus tertulianos atacando y defendiéndose desde primera hora de la mañana mientras sorteaban los cruasanes del camarero Santos. Eran diatribas inofensivas, que casi nunca pasaban a mayores, engarzadas por un argumento de peso: la amistad. Aquellas gentes eran amigas o al menos camaradas, que no es lo mismo pero que a veces resulta una condición de más largo alcance. Solían acabar sus coloquios en franca armonía, establecida a partir de un rito que no admitía discusión: jugarse la consumición. A los dados o a los chinos.

En una reciente necrológica publicada en Diario LA RIOJA observé cómo el elogio del finado incluía la añoranza de los tiempos en que, en efecto, los dados culminaban el encuentro con los amigos en muchos bares logroñeses. En este caso particular, se anotaba que el fallecido guardaba un completo registro de todas esas partidas que se ha llevado el tiempo: quién ganó, cuándo, con qué jugada… Maravilloso. Y con los chinos, otro tanto: así entró en nuestro diccionario juvenil aquella voz, chino, hasta entonces restringida a las películas de Fumanchú y al cocinero de la familia Cartwright, dueña del rancho Bonanza.

Ya nadie juega a los chinos, con una esplendorosa excepción hasta donde uno conoce. Me reencontré con ella recientemente y fue como volver a la infancia. En la cafetería del Carlton, a media mañana, se reúnen todavía (¡Todavía!, qué envidia) los Ciriza, Pedrosa, Zueco, Alloza, Conde-Pumpido y compañía. Por esas cosas de la biología van desapareciendo de la antigua tertulia muchos de sus miembros más veteranos, pero al menos estos cinco resisten. Resisten en plena forma: hablan, se permiten algún chiste, alguna confidencia, arreglan el mundo y al mediodía se marchan por donde han venido. Engrasan el valor de la palabra y el valor de la amistad, dos virtudes en retroceso que merecen que alguien se tome la molestia de perpetuarlas como este quinteto. Y como además pervive en sus tertulias el juego de los chinos, pienso si no habrá llegada la hora en que el Ayuntamiento les preserve a ellos como lo que son: los caballeros de un tiempo en vías de extinción que se han ganado el respeto de sus convecinos. Al menos, el de quien esto firma.

P.D. Los chinos, según cuenta el periódico ABC, son un invento español. Concretamente leonés y datado en el siglo XVIII, cuya nomenclatura se debe a que en el interior de la mano de cada jugador se ocultaba una china, esto es, una piedra pequeña. De china a chino, el juego alcanzó ancha notoriedad en la España de los años 60, llegando a disputarse incluso campeonatos y otorgándole una fama que nace de su idoneidad para mejorar la destreza de quienes lo practican en el cálculo rápido y el juego estadístico de posibilidades. José Antonio Hidalgo, biznieto que dice ser del fundador de este popular pasatiempo, don Felipe Valdeón, recuerda que su antepasado era pastor de oficio, lo cual ayuda a comprender cómo se le ocurrió la idea: como si fuera un solitario. Un entretenimiento para combatir las interminables horas de guarda y custodia del ganado, de donde saltó al resto del orbe patrio hasta triunfar en un escenario insólito: los bares de carretera, lupanares o como quiera el lector denominarlos. Los clientes se jugaban las rondas con las chicas y de ahí la popularidad que alcanzó y se acabó extendiendo en aquella España del blanco y negro. Una popularidad que cesó de súbito: si usted tropieza hoy con alguien jugándose la consumición a los chinos, es que está viendo Cuéntame.

 

 

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Al calor del amor en un bar
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Jorge Alacid | 14-02-2015 | 08:48| 1
Portada de El Hortelano para Gabinete Caligari

Alguna vez me he preguntado (supongo que en pleno aburrimiento) cuándo nacen los logroñeses. Es decir, en qué época del año es más común que se abarroten los paritorios del San Pedro igual que antes fue hora punta en el San Millán. Tengo una cierta sospecha: me malicio que nueves meses después de San Mateo o de Nochevieja suele haber noticias de la cigüeña. La ingesta masiva de alcohol y el desparrame generalizado contribuyen al intercambio de fluidos y… Etcétera, que no hace falta dar muchos detalles. De donde se deduce que si mis cálculos van en la buena dirección, allá por junio tiene que ser época de intensa actividad para ginecólogos y comadronas, fruto de los desmadres mateos. Y tres meses después, otro tanto: toca recoger las consecuencias de la noche más larga del año.

Viene esta digresión a cuento de que muchos de esos encontronazos amorosos suelen tener como escenario nuestros bares. Al calor del amor de los bares se forjan amores sin cuento, romances eternos, noviazgos furtivos. Y puesto que este fin de semana entramos en territorio San Valentín, parece un escenario propicio para reflexionar sobre esa vertiente poco explorada de nuestros bares favoritos: su condición de nido para tortolitos. Para los primeros escarceos, especialmente. De modo que esta entrada en el blog es más bien una invitación, a ver si alguien se anima a contar todo lo que se pueda contar sobre en qué bar logroñés conoció a su pareja, cosa que ocurre probablemente más veces de las pensamos.

El que suscribe habla con feliz conocimiento de causa: para servidor, el bar que ejerció de Cupido fue el venerable Taza de la calle Laurel, hoy en trance de resurrección. El Taza ofrecía una ventaja para estas lides que también caracterizaba al vecino Tívoli: un ventanuco con asiento, estupendo paso de paloma para semejantes ejercicios. De modo que siempre que vuelvo a pasar delante de su puerta y veo tanto el bar en sí como el ventanuco citado, me pongo de buen humor. Rejuvenezco incluso.

No será el mío el único caso. Porque los bares representan una extensión del hogar tan conseguida que sirven como escenario para todas aquellas maniobras que en la casa familiar no pegan demasiado. Huyen desde antaño las parejitas al bar de confianza para alejarse del escrutinio paterno y trenzan entre consumiciones su idilio, así que cualquiera puede hacer ese mismo ejercicio de memoria sentimental y enlazar unos bares con otros pespunteando su propia trayectoria sentimental. El Taza, el difunto Capri, el antiguo Cibeles, el Torres anterior a su actual reencarnación… Bares y más bares como depositarios de un contenido emocional que hermana a una generación con otra. La de nuestros padres se sirvió del Ibiza, La Granja y similares para construir sus largos domingos de noviazgo, con frecuencia acompañados de esa figura llamada carabina que las promociones más jóvenes desconocen: dícese de la persona, generalmente mujer, que vigilaba en la España del NO-DO que las manos de ambos miembros de la pareja estaban a la vista, encima de la mesa. Quien evita la tentación, ya sabemos: evita el peligro.

Y las quintas más recientes tendrán seguramente sus locales de confianza para perpetrar la misma gimnasia de las parejitas que les precedieron en tales artes. Ve uno a los jóvenes enamorados pelando la pava tras los ventanales del garito que hayan elegido, dirigiéndose miraditas al aroma del cafelito y comprueba que, en efecto, el bar posee un alto poder simbólico para las artes amatorias que pasa demasiadas veces desapercibido. Como forma parte natural del paisaje de nuestras vidas, no reparamos en la importancia que ha tenido y tiene para nuestra educación. También para la educación sentimental, objetivo irrenunciable de este blog.

De modo que el improbable lector queda avisado: llega San Valentín, una excusa tan buena como cualquier otra para celebrar la vida donde solemos los logroñeses, en nuestros predilectos bares. Si además sirven para otras prácticas al margen de tragos, bocados y tertulias, mucho mejor: por aquí somos partidarios de la felicidad en cualquiera de sus manifestaciones. Y aunque el santo de los enamorados traiga de antiguo esa molesta sensación de venir apadrinado por El Corte Inglés e inventos semejantes, también supone una coartada estupenda para ponerse cursis y tener algún detalle con nuestros corazones, que diría la Igartiburu. De paso, se contribuye a dinamizar la actividad del sector hostelero, que ha encontrado en esta y otras efemérides la excusa perfecta para abrillantar la máquina registradora. Así que como sentenció Gabinete Caligari, cuyo estupendo disco con estupenda portada debida al genio de El Hortelano ilustra esta entrada, este fin de semana llega la hora de abandonarse al calor del amor en un bar. Y hasta lueguito, corazones.

P.D. Por contratiempos de salud felizmente superados no pude acudir el miércoles a la celebración de los 30 años del Café Bretón, aniversario convertido en una suerte de homenaje a su ideólogo principal, el caballero Colo Cortés. Así que no pude brindar por otros 30 años de exitosa vida ni incluir mi rúbrica en el libro de firmas creado a tal efecto, laguna que espero subsanar cualquier tarde de éstas. De modo que aprovecho esta entrada para sumarse a los unánimes parabienes para festejar la dichosa trayectoria de un bar que ha aparecido ya unas cuantas veces en este blog. Entre otras, cuando se le concedió el título oficioso de mejor bar de Logroño.

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El bar de barrio
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Jorge Alacid | 06-02-2015 | 08:05| 2
Bar Piqueras, en el barrio logroñés de La Estrella. Foto de Justo Rodríguez

Recientes incursiones por el barrio de Madre de Dios me animan a reparar en una tipología de bares que apenas ha atendido este blog pero que merece una mirada más detenida: el bar de barrio. Del que conocemos abundantes testimonios por Logroño, del que todos hemos sido alguna vez clientes, del que nutre cualquier análisis sociológico que pretendamos construir sobre nuestra experiencia urbana. Un análisis que resulta pertinente incluso en una ciudad como la nuestra, donde el concepto de barrio, entendido como un enclave dotado de acusada identidad propia, no tiene demasiados seguidores. En mi mocedad, allá en el Pleistoceno, ese concepto casi se circunscribía a los extramurales: Varea (que es más bien una entidad local), Yagüe y La Estrella. Con el paso del tiempo y el crecimiento urbanístico, los tres se han integrado (más o menos) en Logroño, de modo que la conciencia de barrio se ha ido diluyendo, a lo que contribuye que felizmente los tres han ido mejorando sus dotaciones, de modo que el carácter reivindicativo que habitaba hace unas hace décadas en cualquiera de esos rincones también ha desaparecido. Sí sobrevive, sin embargo, la especial configuración que tienen los bares allí radicados.

Se trata de una reflexión compartida: curiosamente, mis cavilaciones en torno a esta cuestión coinciden con un estupendo reportaje con que Sergio Moreno abrillantó hace unas semanas el suplemento Degusta que publica cada sábado Diario LA RIOJA. Contenía una reflexión semejante en torno al universo de los bares característicos de uno de esos barrios, La Estrella. Y concluía que siendo iguales a otros alojados en el resto de Logroño, esos bares son distintos. Si el improbable lector se pregunta como yo la razón de tal diferencia, deberá aceptar conmigo que el elemento distintivo es uno: su clientela. Porque su oferta en tragos y bocados, la decoración que le caracterice o cualquier otro factor que se nos ocurra puede ser consustancial al bar de barrio o del bar del centro. Pero una feligresía que los visita con ese tipo de fidelidad que recuerda a otros tiempos, que con metódica lealtad acude diariamente al cafelito, al vermú o la ronda vespertino/nocturna, se da en muy pocos casos. Y la mayoría de ellos tiene lugar en el bar de barrio, al que ayuda otra condición intangible sin la que tampoco se puede entender su linaje: su condición de faro ciudadano.

Porque en realidad el bar de barrio al bar que más se parece es al bar de pueblo, lo cual tiene sentido: qué otra cosa sino un pueblo, con su personalidad indómita, es el barrio de una ciudad como Logroño. Y que otra cosa es su bar que plaza pública, ágora, foro para la tertulia y la rumorología, el salón de plenos donde se arregla el mundo cada día. Lo cual incluye a los bares de los tres barrios antes citados pero también a aquellos que enclavados más cerca del corazón de la ciudad se consideran dotados de singularidad, como el mentado Madre de Dios. Ocurre que su configuración actual, con las todavía recientes promociones asentadas donde antaño sólo había huertas y territorio sin explorar, han llevado hasta esa esquina logroñesa a nuevos inquilinos carentes por lo tanto de conciencia barrial. De modo que la parroquia que acude regularmente al bar de confianza suele peinar ya unas cuantas canas: son los mismos que mantienen el mismo hábito de cuando Madre de Dios, o el barrio de que se trate, era de hecho Madre de Dios, el de toda la vida. Un dictamen que vale igual para la Zona Oeste o cualquiera de los enclaves en que Logroño se distribuye con una división más artificial que real. Con una excepción: Cascajos.

Siempre me ha parecido que Cascajos, al contrario que otros barrios, sí que tiene una vida interior tan propia que le invita a independizarse cuando le dé la gana. Atribuyo ese estatus más autónomo a dos circunstancias: por un lado, su localización, a espaldas de la ciudad, fruto de la configuración tan especial que exigía el paso de la vía férrea hasta su soterramiento. Cascajos carecía hasta hace poco de las conexiones con la ciudad propias de otros sectores, lo cual era una desventaja pero también ayuda a ofrecerle una personalidad única e intransferible. Por otro lado, Cascajos se urbanizó más o menos de golpe, lo cual favoreció que el paisaje humano fuera bastante uniforme: parejas jóvenes, con hijos o en vías de traerlos al mundo formaban la mayor parte de su población, confluyendo naturalmente en aficiones comunes, ocupaciones coincidentes, reflexiones más o menos concomitantes… y también en la demanda de una fértil panoplia de bares. De bares de barrio, dicho sea sin ánimo peyorativo. De hecho, los allí ubicados plantean una oferta bien atractiva, por las exquisiteces que despachan y porque forman una paleta muy rica para que las necesidades de la vecindad queden satisfechas sin necesidad de emigrar más allá de la estación de tren, frontera con el resto de Logroño. Porque entonces serán bares, en efecto, pero nunca serán esos bares de barrio que tantos logroñeses llevan en su corazón.

P.D. Como avisaba al principio, esta entrada nace de mis últimos paseos por Madre de Dios, de modo que parece pertinente anotar aquí una serie de bares de dicho barrio, cuya relación me facilita gentilmente el gran Eduardo Gómez. En el listado falta uno difunto, que resulta ser mi favorito: el añorado Ramitos. Dicho lo cual, allá van algunos de esos bares que son o han sido eso: bares de barrio. Virunca, Danubio, Ubago, A Tutiplén, La Antigua, Atlantis, Manhattan, Olimpo, Venus, Nobu, Dalma, Bécquer, Caracol…

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Bares sobre ruedas
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Jorge Alacid | 30-01-2015 | 09:45| 0
El tren de Anita, un clásico del Logroño del siglo XX. Foto del archivo de Diario LA RIOJA

 

La cuesta de enero se sube mejor sobre ruedas. Un chiste, ejem, mejorable: lo sé. No se me ocurría otra cosa para iniciar esta entrada que quiero dedicar a una modalidad recién implantada en suelo patrio: los tragos portátiles que, acompañados de bocados muy logrados, se despliegan ante nuestros ojos a bordo de furgonetas, camionetas o vehículos ‘ad hoc’, en cuyo seno habitan misteriosos fogones, neveras diminutas y utensilios de variado pelaje que aseguran la administración de tentempiés de notable nivel. Una tendencia que, en esta vida fugaz por la que nos toca transitar, tiene toda la pinta de haber llegado aquí para quedarse.

En realidad, esos tragos provisionales reflejan muy bien el tiempo que nos toca habitar. De ahí que en esta España que tanto recuerda a aquella en blanco y negro parezca pertinente el regreso de hábitos que suponíamos superados. Porque de toda la vida hubo en Logroño empresarios hosteleros que, en vez de despachar su mercancía en un sitio fijo, distribuían su oferta a lomos de vehículos que forman parte ya del imaginario de cualquier logroñés que peine alguna cana. Es el maravilloso y emblemático caso del empresario apodado El Guaje, patriarca de una saga de emprendedores en el sector hostelero, que empezó ganándose el sustento con su aparatoso carro emplazado según recuerdo en la esquina de Hermanos Moroy con Marqués de Vallejo. Aquel ingenioso caballero esparcía los dones que expedía en tres subsectores: el rincón tropical, donde descollaban los cocos partidos en raciones de más o menos cinco grados (y que refrescaba con su pintoresca regadera de plástico), el área encurtidos, consagrada al pepinillo, las aceitunas y el llamado revuelto (coliflor, zanahoria y otros); y la zona marisco, que incluía como subsecciones el calamarro (también llamado cangrejo), el vígaro o caracolillo (también llamado magurio) y la quisquilla (también llamada camarón).

Nuestro encantador paisano puede ejercer como hipotético abuelo de cuantos luego han seguido su ejemplo en tales prácticas. Se citará en consecuencia esas increíbles camionetas que una bendecida mano transforma en gloriosas churrerías: las hay repartidas por Club Deportivo, la Glorieta, Murrieta y el parque Gallarza, hasta donde yo conozco. No hay que esforzar mucho la imaginación para ver en ellas el precedente de estos otros vehículos más sofisticados que vemos desplegarse por urbes de mayor población, aunque careciendo del encanto de los pioneros. Por ejemplo, ese otro caso que todos hemos frecuentado alguna vez: las furgonetas que se emplazan por El Ferial (vulgo: las barracas), especializadas en bocados más bien salados, con querencia acendrada por el universo alemán (vulgo: salchichas), cuya plancha sirve en esta renovada variante como elemento central para exquisiteces de mayor postín. Primas hermanas de las que desembarcan también por las fiestas de los pueblos llevando a bordo su suculenta mercancía.

Bares sobre ruedas todos ellos, antecedentes de los casos más sofisticados que vamos conociendo, que todavía no han llegado por Logroño pero que ya asoman por el resto de España: así ocurre con el cocinero riojano Koldo Royo, que anda por Mallorca, donde antes defendió un restaurante de larga fama iluminado por la Guía Michelín y sus estrellas, repartiendo bocados a bordo de una furgoneta. Cosas de la crisis. Lo veo por televisión y compruebo que el singular desafío no le arredra: combate la larga noche de la economía declinante radiante de ánimo y completa sus servicios sobre ruedas sirviendo cenas a domicilio. Y tanto la oferta furgonetera como los platos que cocina en casa ajena tienen muy buena pinta, así que me instala la duda de si cuajaría en Logroño una experiencia semejante.

Hablo por mí, pero yo no lo descartaría. Me confieso incondicional de los churros que así se nos despachan desde antaño, añoro también aquel carrito con sus cocos y sus caracolillos y fui igualmente adicto a la oferta salchichera que nos ofrecían por las barracas. No es que ahora no lo sea: es que ya me he ido quitando de las barracas en sí, así como del algodón de azúcar, del tren de la Bruja y de la tómbola donde (casi) nunca tocaba nada. Pero no rechazaría probar uno de esas gollerías que ofrece el paisano Royo ni me importaría ver cómo florecen (siempre que Hacienda y la ordenación jurídica vigente lo permitan) enotecas sobre ruedas, coctelerías sobre ruedas, cervecerías sobre ruedas: insisto, correctamente legislado su ámbito de aplicación y con unas tarifas que también obraran en consecuencia y garantizasen el éxito que persiguen sus promotores. No, no descartaría que triunfen por Logroño, donde tenemos ya la vista acostumbrada: qué otra cosa que tragos portátiles son los innumerables botellones que acampan entre nosotros cada fin de semana.Representan más o menos lo mismo, ese aire furtivo con que ahora parece pertinente despachar un trago. Y contamos con otra ventaja adicional para aceptar esa tendencia: que muchos logroñeses nos hicimos mozos comiendo las pipas que nos ofrecían en el único tren cuyo combustible era el girasol. El añorado tren de Anita que siempre veremos junto al Tívoli si cerramos los ojos: pionero en servir sobre ruedas su glorioso tesoro. Ni alcohol ni tapas, sólo pipas, que nos hacían igual de dichosos. Y es que, en efecto, está todo inventado: incluso la felicidad viajaba entonces sobre ruedas.

P.D. Un inciso para cerrar esta entrada: paso con frecuencia delante de su puerta, pero hasta hace poco no había reparado en el cierre de un local histórico, el despacho de vinos Néstor, sito en Ingeniero La Cierva. Mala cosa. Porque estas bodeguitas, a las que dediqué una entrada hace tiempo, representan una de las más acababas aportaciones riojanas al universo de los bares. Una tipología que se bate en retirada cuando hace no demasiado dotaba de color al sector hostelero logroñés. Sólo resisten Murillo y Gil en República Argentina: especies en vías de extinción. Si fueran animalitos, contaríamos con legislación al respecto para evitar su desaparición.

 

 

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Y la mejor croqueta de Logroño es… Sorpresa, sorpresa
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Jorge Alacid | 24-01-2015 | 10:30| 0
Pablo Sotés y Óscar López, cocinero y propietario de Catedral. Foto de Andrea Aragón

Como decíamos ayer… En capítulos anteriores, este blog había ido recopilando las opiniones recogidas a lo largo de la semana, después de que el pasado viernes nos sumáramos a ese efémeride tan marciana del Día Mundial de la Croqueta, preguntando a los improbables lectores y a la audiencia de la web de Diario LA RIOJA cuál era la mejor de Logroño. En las primeras oleadas de respuestas, se detectó rápidamente un pugilato entre las despachadas en dos establecimientos señeros, el Buenos Aires y el Tondeluna, aunque progresivamente irrumpió un tercer contendiente que cuestionaba el liderato de ambos en este juego, concurso o lo que sea: el Catedral, local autoetiquetado como gastrobar, de apertura todavía reciente (poco antes de Navidad) y situado en la calle Portales, frente a (de ahí el nombre) La Redonda.

Pues bien: como uno no las ha catado no sabría decir si sus croquetas son en efecto las mejores de Logroño, pero desde luego el Catedral puede enorgullecerse de contar con la clientela más movilizada. En tan elevado número han ido votando sus parroquianos por las croquetas que prepara un caballero llamado Pablo que finalmente se ha llevado el primer premio de nuestra iniciativa, superando al Buenos Aires (segundo) y al Tondeluna (tercero). Así que felicidades, al citado Pablo, a los dueños del bar, a su plantilla y a su clientela. Y felicidades también a los dos establecimientos que le escoltan en el podio y, por supuesto, a todos los amigos que han ido participando en esta búsqueda de la mejor croqueta, ese bocado tan clásico de nuestros bares que al parecer en Logroño cuenta con encendidos seguidores.

La lista de enhorabuenas debe ampliarse a todos aquellos bares que han sido citados en los comentarios de nuestros lectores, incluyendo los ubicados fuera de Logroño. No me gustaría olvidarme de nadie, pero la lista es prolija y ha llegado hasta aquí por vías tan distintas que temo equivocarme. Espero que no. Ahí va. Torres, Carlos, El Muro, La Tavina, La Taberna del Tío Blas, Umm, La Cabaña del Tío Juanvi, Más que café, El Abuelo, Urbión, Virginia, La Senda, Ensenada, Las Cubanas, La Nuit, Donosti, El Rincón de Alberto, Bococa, Ende, el jamonero Jabugo de Siete Infantes, Lekken and Lekken, Matute, Volapié, Iruña, Kaiser, Portales 24, El Colmado de los Artistas, PanyVino, Eleyce y La Panza de Sancho. Y de fuera de la capital, Masip de Ezcaray, el Arriero de Sorzano, La Tapiada de Albelda, San Quintín de Oyón y el Alameda de Fuenmayor.

Como se podía pronosticar, una larga lista de encuestados se decanta por lo que todos cuando de croquetas, tortilla o paella se trata: que las mejores son las de su madre, la de su abuela o las de su pareja. Es lo que tiene haberse convertido en un plato común en el recetario familiar. A todos los que así opinaron, también felicidades. Por partida doble: por haber participado y por disfrutar de semejante gollería en la cocina de casa. Pero quienes opten por peregrinar por los bares de Logroño ahí tienen una estupenda relación de locales donde satisfacer sus ansias croquetiles. Empezando por el ganador, el Catedral, que gentilmente ha aceptado la propuesta de convidar a una ración de sus croquetas al ganador del sorteo que haremos entre los participantes. Seguiremos informando.

P.D. Los votos sobre este incruento concurso gastronómico/festivo se han recogido por distintas vías: los recibidos en este blog, por un lado; por otro, los dejados en la cuenta personal de facebook de quien suscribe; una tercera opción fue la cuenta corporativa de larioja.com en facebook. La suma de todos ellos dio como ganador al Catedral. Todos ellos, los lectores que amablemente han participado en nuestra propuesta y quieran conocer los pormenores de la croqueta ganadora harán bien en leer mañana, sábado, el reportaje que publicará Diario LA RIOJA en su suplemento Degusta y el vídeo que sobre este particular publicará por su parte la web del periódico.

 

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