La Rioja

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Como riojanos vuestros que son
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Jorge Alacid | 17-06-2016 | 10:41| 0
Bodega del Riojano, en Santander. Foto publicada por El Diari Montañés

 

Pasatiempo marciano para amigos de los bares que sean naturales y residentes en La Rioja: navegar por google observando el largo cúmulo de referencias dedicadas a glosar cuantos bares llamados El Riojano, Riojano, Rioja o algo parecido encuentra uno a su paso por el éter. Más de 400.000 referencias. Gloria bendita. Sí, ya sé que no es nada científico, sino un paseo virtual que, en mi caso, acompaña al que me concedo cuando visito alguna ciudad y me maravillo ante un letrero donde una nomenclatura semejante me reconcilie con el añorado y perdido universo de las bodeguilla. Una tipología que apenas sobrevive en Logroño y alrededores. Y que, en efecto, lejos de entre nosotros tendía a ser así denominada: con la marca Rioja bien visible.

Se trataba de un tipo de bar que tuvo sentido, sentido pleno por cierto, cuando lo defendían aquellos paisanos que recorrieron España proclamando la buena nueva, que sabía a vino de Rioja. Y para que no hubiera dudas, en efecto bautizaban así sus negocios: Rioja, ya entonces, era sinónimo de vino, bebida por excelencia en aquel tiempo. Años 50, 60 o 70 del pasado siglo: sin la parafernalia actual, oculta en grandes barricas que luego servían de mostradores viajaba aquella mercancía para ser expedida a granel. Se beneficiaban de ella no sólo los chiquiteadores de guardia, sino el vecino de los alrededores: bajaba a la bodeguilla más cercana, aproximaba la botella al garrafón y se marchaba por donde había venido, para acompañar el almuerzo. Con o sin; con o sin gaseosa.

Con el tiempo, ese universo en blanco y negro ha ido mudando. Como tengo por aquí advertido, la propia costumbre del vino sin embotellar ha periclitado, de modo que su consumo ha quedado reducido a incondicionales de tales prácticas… que ya apenas encuentran dónde ejercerla. Por Logroño, donde durante largo tiempo fue una costumbre diaria, apenas quedan espacios consagrados a semejante rito: apunte el improbable lector la bodeguilla que Neira defiende al final de la calle Milicias y casi que debe parar de contar. Como es lógico, los bares que de esta guisa pululaban por Logroño evitaron siempre mencionar en el rótulo eso de El Riojano, La Riojana o cosas por el estilo. En esos casos, era redundante.

Todo lo contrario de cuanto ocurre fuera de nuestras fronteras. Hay mesones, bares y tabernas así llamados por Cádiz, Madrid, Huesca, Marbella, Bilbao… El más célebre de esta familia se aloja en Santander: el Riojano, local emplazado en la céntrica calle Río de la Pila (junto a la plaza Pombo, suculenta zona de garbeo y tapeo), ganó justa fama a lo largo del pasado siglo merced al impulso propinado por su ideólogo, Víctor Merino, riojano en efecto. Nacido en Autol, fallecido prematuramente en accidente de tráfico, Merino construyó en el corazón de la capital cántabra una casa de comidas verdaderamente ejemplar, fruto de la herencia paterna. Aquel primitivo mesón Riojano se transformó durante su dirección en algo distinto al primigenio negocio: un acabadísimo restaurante que demostraba cómo se puede mantener fidelidad a las raíces y, a partir del respeto hacia la herencia familiar, crear algo distinto, de una envergadura mayor. Un Riojano a lo grande.

La foto que ilustra estas líneas, obtenida en el hermano El Diario Montañés, recuerda cómo era aquella Bodega del Riojano de Santander. Una hermosura de foto. Una belleza de establecimiento. Una herencia maravillosa que nadie debería dilapidar. Desde luego, menos que nadie, un riojano

P. D. Moderna Tradición, local de reciente inauguración, situó a su entrada un rosario de depósitos donde presumo que se esconde un jugoso botín en forma de vino de Rioja. Cuando todavía estaba en obras y entré una tarde a curiosear, me intrigó esa sucesión de depósitos. Pensé que se trataba de un guiño hacia el pasado: barricas contemporáneas donde se expide vino a granel por la canilla. Luego, cuando le he visitado unas cuantas veces (con resultados espléndidos, por cierto) he comprobado que tales depósitos parecen más bien formar parte de la decoración. Prometo preguntar, enterarme y divulgar los hallazgos que encuentre.

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Portales, nuevos en esta calle
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Jorge Alacid | 10-06-2016 | 08:13| 0
Principal de Portales, vista desde San Agustín. Foto de Justo Rodríguez

 

Una entrada reciente a propósito del bar llamado Calenda, antaño Doblón, condujo mis pasos hacia la calle donde se asienta, Portales, que fue la mía durante mis primeros veinte años de vida. Y recordé que hasta la apertura del mentado local, y de su vecino Merlín al que prometo regresar un día de éstos a través de persona interpuesta, la calle apenas contaba con bar alguno. El sector hostelero le era ajeno, salvedad sea la añorada churrería de Samaniego y algún otro hito que ahora no recuerdo. Nada que ver, por lo tanto, con su fisonomía actual. La calle ha mudado su piel casi por completo. Han desaparecido algunos de los comercios más queridos (¡Dulín y La Mariposa de Oro resisten!) y en su lugar, ya se sabe: aparecen bares. Bares y nada más que bares. Que será el destino de otros negocios próximos a agonizar, por razones que la razón no entiende.

No me extenderé más en esta manía de ampliar el sector hostelero que nos ha dado ahora por Logroño. Prefiero centrarme en aquello que tiene de positivo. Por ejemplo, una apertura reciente: se llama Principal, ocupa un ancho espacio en la manzana lindante entre San Agustín y Gallarza donde se alzó aquel macrocomercio tan querido llamado Emiliano Alonso y se suma en consecuencia a la colonización de ese tramo para la hostelería. Ahora mismo, salvo la muy castiza relojería de Cárdenas, todos (todos: ojo) los negocios que se emplazan en la mano de los impares pertenecen al mismo ramo. Son bares y una pastelería, de esas contemporáneas: quiere decirse que a la magdalena le llaman muffin y al pastel, cake.  Por cierto: un negocio encantador.

El resto, media docena de locales, forman una curiosa fraternidad que luego se extiende por sus dos costados. Hacia Murrieta, al veterano y loado Eldorado le han nacido unos cuantos hermanos pequeños con el paso de los años y en la esquina con Once de Junio se espera un próximo alumbramiento. Y hacia los Chapiteles, ocurre otro tanto. Bares como el mentado Calenda, heladerías y restaurantes, aunque alguno de ellos se transformará pronto en… Bingo. Otro bar. Lo cual, entre otras novedades para quienes conocimos la calle dominada por una gozosa variedad de tiendas (librerías, por ejemplo: ya sólo queda Cerezo) representa un cambio cultural de extraordinario relieve, una de cuyas manifestaciones más ingratas se encarna en el imperio de la terraza.

Que es otra peculiaridad logroñesa. A mí me encanta, como a cualquiera, pasar un rato al aire libre en compañía de sus tragos favoritos y dejando que fluya la tertulia, pero me parece que como ocurre en otros ámbitos, aquí reina la ley… de la selva. Hace unas semanas, crucé la calle de arriba a abajo. Lloviznaba y había bajado el termómetro: un desapacible atardecer desaconsejaba sentarse en los veladores, cosa que en efecto sucedía. Las terrazas no tenían ningún cliente (repito: ninguno) pero allí estaban todas desplegadas, invadiendo el espacio compartido.

Lo cual contribuye como dejaba antes escrito a que la calle se haya convertido en una especie de parque temático para el ocio hostelero. Dejo para otros juicios más expertos que el mío si tal deriva tiene sentido. A mí me parecerá siempre fetén que todo empresario con espíritu emprendedor crea llegada la hora de convertir cualquier local en el bar que soñaba y procuraré arrimarme a su barra aunque sólo sea por el cariño que profeso a Portales y para compartir estas cavilaciones con el improbable lector, a quien recomiendo que se deje caer por el recién abierto Principal, terraza por cierto incluida: bocados suculentos, servicio esmerado y camareros en perfecto estado de revista. A todos ellos les deseo mucha suerte.

La que también merece Portales.

P.D. En los alrededores de la calle siguen naciendo nuevos bares cuya visita me parece aconsejable. Sobre los restos de la añorada casa Echaven, al final de Sagasta, lleva un tiempo de flamante apertura Moderna Tradición. Bienvenido sea. Todavía más curioso me parece recorrer el enlosado suelo hidráulico de la venerable  farmacia García Baquero reconvertida ahora en bar, en un recodo de la plaza del Mercado. Se llama La Despensa del Marqués, ofrece tapas estupendas con vistas a La Redonda y además de respetar el antiguo piso su reforma ha descubierto una curiosa columna de piedra y madera para custodiar el abovedado interior. El día en que deje de sonar Bisbal por la megafonía será un bar casi perfecto.

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Un bar en un libro
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Jorge Alacid | 03-06-2016 | 08:09| 0
El Moderno, cuando aún no lo era

 

Durante casi un año, Diario LA RIOJA ha ido publicando cada domingo una serie insólita porque recogía la historia de un bar. Un café, mejor dicho. El Café Moderno. Se trataba de, aceptando la propuesta de colaborar dirigida desde la dirección del establecimiento que pilota Mariano Moracia, retratar la vida de Logroño, España y el mundo a través de su reflejo en la propia peripecia del Moderno. Esta serie ya concluye. Por eso me ha parecido pertinente recuperar en este espacio el prólogo que en su día escribí como pórtico, para que el lector se hiciera una idea de qué iba a ir publicando el periódico decano de la prensa regional. Aunque ya me he ocupado otras veces del singular negocio de la plaza Martínez Zaporta, me malicio que sigue teniendo sentido dedicarle esta entrada.

Allá vá.

Érase una vez una ciudad. Una ciudad con su trajín, su bullicio, su algarabía. Una ciudad con sus ciudadanos, por supuesto. Ciudadanos con sus cuitas, sus dimes y sus diretes, aunque vaya a usted a saber qué significa dimes y qué significa diretes. Con sus cavilaciones, en fin. Con sus inquietudes, ensoñaciones, fantasías y (también, también) con sus pequeñas o grandes miserias cotidianas.

Y érase una vez un café. Llámelo el amigo lector bar, cafetería, garito, cantina, taberna, tasca o como guste. Nosotros le llamaremos café porque eso es precisamente el protagonista de este cuento, un café. Así que tenemos una ciudad y un café, que poco más se necesita para construir una historia larga, profunda y adictiva. Y no es un café cualquiera: es el Moderno, alojado en la muy castiza plaza de Martínez Zaporta, corazón de Logroño. Así que con todos ustedes el Café Moderno, nada menos, que lleva meses soplando las primeras cien velas de la imaginaria tarta (o no tan imaginaria) que sus leales le han preparado para celebrar como merece la magna efeméride. Porque durante el año 2016 ha cumplido su centenario y por si acaso la propiedad, la clientela y demás parientes no están presentes cuando celebre sus 200 años, que todo puede suceder, consideraron llegada la hora de honrar al Moderno como suele hacerse en estos casos: echando la casa por la ventana. Mejor dicho, el café.

De modo que la familia Moracia, con Mariano al frente, prometía emociones fuertes para celebrar el año y cumplió con su advertencia a medida que avanzaba el calendario. Como preludio, desde el día 6 de septiembre las páginas de Diario LA RIOJA volvió a asociar su nombre, el del periódico decano de la región, con el café ubicado allí donde antaño se levantó su sede. Porque el Moderno es uno y trino: es café, claro que sí, pero también fue teatro (hoy, sólo cine) y, además, un singular edificio de viviendas, rematado por una elegante cúpula en su cima y ocupada su planta baja durante largo tiempo por menesteres de todo tipo; entre ellos, en efecto, el de albergar el siglo pasado la redacción y talleres de Diario LA RIOJA, suceso que no olvidan los logroñeses que más canas peinan.

Entre ellos, figura desde luego el citado Mariano Moracia, penúltimo eslabón de la maquinaria que pusieron en marcha sus antecesores para gloria de Logroño y sus bares. A Mariano se le ocurrió aprovechar el centenario del café para contar en este periódico su historia, que es un poco la  historia de todos nosotros: a través de sus episodios fue asomando la vida de una ciudad entera, Logroño, capital de una región cuya trayectoria puede leerse también espigando entre los avatares del Moderno. Porque cada acontecimiento, la letra grande y la letra menuda de la Historia, los personajes que la enriquecieron (y aquellos que se empeñaron en empeorarla), las peripecias propias del café y las tribulaciones de sus dueños, empleados y clientela se han ido proyectando contra el telón de fondo de su barra, sus veladores y su terraza. Y porque las interminables tertulias, los jugadores de dominó, los habituales del menú del día, los parroquianos más fieles y los clientes furtivos han edificado la biografía delModerno mientras de paso escribían la historia sentimental de Logroño.

De modo que a Mariano Moracia le resultó sencillo convencer a Diario LA RIOJA de la pertinencia de publicar este serial durante los meses que mediaron hasta junio. Antes ya alistó para la causa a otro logroñés conspicuo, José Gómez, a quien se debe la recopilación de datos, fechas y anécdotas que resumen la vida del café. Luego reclutó a la ingeniosa pluma del periodista Luis Javier García, brillante artífice de los capítulos que cada domingo fueron viendo la luz en el periódico decano de la prensa regional.

Son sólo un par de nombres propios de la larga nómina de protagonistas convocados para la misión de perpetuar la memoria del Moderno. A todos ellos se agregó Diario LA RIOJA con su propósito de siempre: reforzar su vínculo con sus lectores. Mirar la vida a través de los ventanales del Moderno. Observar cómo nos reconocemos los riojanos reflejados  en los espejos del café. Meditar sobre qué sociedad ha forjado el paso del tiempo. Y abrazar el jugoso porvenir hacia donde nos guía el  tictac del reloj Coppel, el venerable reloj del Moderno que desde hace un siglo marca la hora de Logroño. El reloj que encierra también su alma.

P.D. La recopilación de todos los artículos publicados engrosa un recio volumen donde el lector interesado podrá bucear por los intestinos del Moderno, su vida y milagros. Su edición está próxima; a la venta en las mejores librerías.  

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Tragos, rumbas y rocanrol
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Jorge Alacid | 31-05-2016 | 09:17| 0
Nuria, en la puerta del Maltés. Foto de Justo Rodríguez

 

Un bar donde sonaran Los Ronaldos y Peret, por supuesto. Donde se profesara la devoción que merece Celia Cruz, desde luego. Un bar donde siempre se escuchara de fondo alguna tonada, donde la música naciera también del magín de sus clientes, quienes entregarían en la barra su botín en forma de cedés o casetes para construir una banda sonora colectiva a mayor gloria de la rumba y del rocanrol. Sería un bar pilotado por una maga, una hechicera. Una camarera que mezclara sutil en sus pócimas alcohol, sonrisas y un toque de pícaro misterio. Una camarera llamada Nuria que lleva en su corazón el bar que quería y lo comparte con quienes visitan estos metros cuadrados de armónica complicidad dispuestos en la calle Bretón: el bar se llama Maltés, ejerce de faro, guía y brújula como se exige a los mejores bares para noctívagos y resto de la fauna logroñesa que encontró hace 16 años en Nuria a su confidente favorita y en este bar, su bar predilecto.

Ocurrió en el año 2000, recuerda Nuria. Quienes hayan seguido sus sigilosos pasos por Logroño la recordarán en otras encarnaciones como camarera que ella recita como quien rememora una suerte de monopoly de bares indígenas donde prestó servicio. La Buhardilla, Plas, Isopo… Defendió también alguna barra en la calle Laurel, mientras se aventuraba en el territorio hostelero como una exploradora que busca su particular tierra prometida denominada trabajo por cuenta propia. Se topó con ese grial aquí, en este bar donde ahora echa la vista atrás y se reconoce en la chica que con 16 años menos aceptó el traspaso del Maltés de sus propietarios originales, quienes durante siete años habían intentado sin gran éxito incorporar al bar a la ruta de las grandes ligas logroñesas.

Nuria sí lo consiguió. Reina desde entonces en este breve espacio que dejó más o menos tal y como estaba el día en que puso aquí el pie, desparramó por la barra y la terraza su atributo esencial, la autenticidad, y adornó el conjunto con lo antedicho: buena música, buenos tragos. «Aquí se bebe de todo. Bueno, mis clientes en realidad se beben lo que yo les ponga». Primera risotada. Luego habrá más, alguna con un punto de emoción contenida, como cuando se le pregunta por esa extraña fraternidad alcanzada con su clientela y cita al célebre Walsky como su parroquiano preferido. «Me gustó este espacio desde el primer momento», reflexiona mientras esparce la mirada a su alrededor, en esta hora incierta del crepúsculo y asiente: en efecto, lo especial del Maltés es su atmósfera.

 

Poniendo música. Foto de Justo Rodríguez

 

Su atmósfera y su camarera. Reina de ese feudo donde los clientes han acabado por pertenecer a este bar «más que yo misma», como confiesa con ese punto ingenuo con que va hilando la cháchara. Porque se sorprende observando que su clientela «es más o menos la misma de cuando abrí el bar, aunque todos estamos algo más viejos, claro, porque la gente nunca se va, no sé qué pasa que dura mucho», igual que le llama la atención que, en realidad, a ese proteico grupo inicial se han ido sumando nuevas generaciones que encuentran en el Maltés lo mismo que sus mayores: tragos, rumbas, roncanrol. Atributos que son más que palabras: son una actitud, que Nuria defiende con vigorosa energía sobre todo en esos tramos finales de la noche, cuando hace magia de verdad. Cuando abre su circo de tres pistas: ajusta el volumen para que los bafles inunden de música la estancia, sirve el último trago al feligrés de turno, elucubra con el conversador infatigable del fondo, despacha tal vez a algún pelma que nunca falta.

Luego, cuando baja la persiana, hay veces en que Nuria no se marcha. Se queda como de guardia, de tertulia en la puerta, apurando la noche. Siente que el día ha valido la pena cuando logra sumar a la
parroquia de confianza «a esa gente nueva que de repente viene y consigo que se quede». Rodeada de fulgencios y mangoleles, Nuria sospecha que antes que un bar, el Maltés es «como una burbuja, como un agujero negro», apreciación corroborada por las afiladas plumas que visitaron un día sus dominios y se alistaron en su club de fans. «Tanto doy a mis clientes, tanto dan ellos» dispara como un eslogan posible para el Maltés.

–También es un oficio ingrato.

–También, pero yo lo veo más como algo divertido. Mi único deseo es seguir divirtiéndome. Y mientras mis clientes me sigan acompañando, yo sigo.

P.D. Cuando Nuria deja su puesto avanzado de centinela en la calle Bretón y se sitúa a este lado de la barra, confiesa su predilección por unos cuantos bares logroñeses, entre los cuales cita tres: el de Manuel en la calle Albia de Castro, el Villarreal del parque del Carmen y, sobre todo, el Moderno. Un clásico en permanente renovación. Un posible modelo para el Maltés.

 

Moderno

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Bar Iturza, nueve letras
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Jorge Alacid | 20-05-2016 | 07:18| 0
Rótulo pintado del bar Iturza, en la calle Mayor. Foto de Justo Rodríguez

 

Hace unos cuantos meses, recibí el encargo de colaborar con una publicación que pretendía reflexionar sobre el impacto que generan en Logroño algunos indómitos rótulos de comercios muy característicos. Espigué la lista de potenciales candidatos y me decanté por escribir sobre el bar Iturza, cuya rotulación tanto me ha intrigado desde antiguo. El caso es que el tiempo iba pasando, el proyecto no terminaba de cristalizar y hace unos días recibí de su promotor la noticia de que en efecto la publicación no verá la luz, al menos de momento. De modo que me ha parecido oportuno recuperar en esta entrada las líneas que en su momento puse en limpio sobre un bar muy particular y un rótulo no menos fetén.

 

Ahí va el artículo:

El neón de los bares, la lírica callada de la tipografía, acompañan los pasos ciudadanos desde que el azar nos deposita en el mundo. Mundo Logroño. Así como el bar nos sirve de brújula, el rótulo es nuestro faro. Trepa la niebla desde el río, pero al fondo del Espolón parpadea la cegadora luz que nos avisa: estamos llegando a Ibiza, playa bajo los soportales. A lo lejos luce como un reclamo otro heraldo familiar: Samaray, hermoso nombre. Y sabemos que nos acercamos a casa cuando lo anuncia La Granja, que ilumina la calle Sagasta con una deslumbradora potencia de fuego, formando una nebulosa que se parece bastante a una pesadilla. Es una fantasía animada de ayer y de hoy, porque se nutre del rico catálogo donde bullen otros rótulos imperecederos: Pingouin Esmeralda, La Gaceta del Norte, Orive, Henry Colomer… Vecinos, el cartel de La Numantina, que todavía resiste, y otro ya olvidado: el del Instituto Nacional de Previsión, nomenclatura que haría feliz a Kafka.

Carteles que enmarcan la clase de democracia favorita de los logroñeses, la mesocracia, y que también contribuyen a su ceremonia civil preferida: irse de bares. Una iglesia laica que se anuncia de mil maneras, entre el neón y la brocha gorda, devota de un tipo de letrero que debe su fama al pintor que pinta con amor esas palabras donde día tras día se reconocerán varias generaciones: Bar Iturza. Nueve letras. Nueve, el número bíblico, el número del Espíritu Santo, lo cual resulta pertinente con la atmósfera ambiente del local de la calle Mayor, templo espiritual y dipsómano, adicto al misterio llamado gamba a la gabardina, suculento bocado y poderosa imagen que tal vez bautizó Ramón Gómez de la Serna.

Bar Iturza, la palabra pintada. Dos palabras para ti. Y entre las dos palabras, un registro azul eléctrico aporta el dato prosaico a la desteñida poesía que encierran los cuatro colores del letrero pintado contra la pared, cuya hechura imperfecta remite al día olvidado en que el pintor recibe el encargo y se pertrecha de pinceles. Cuando izado a la escalera perpetra esta manifestación de arte cotidiano y decide en honor de aquellos otros pintores logroñeses que le precedieron en el escalafón recurrir al marrón sutil, festonear de blanco las nueve letras y decantarse por el rojo como color dominante que nada domina, mientras al fondo brilla un azul inesperado ejerciendo de sombra. Cuatro colores al servicio tanto de la parroquia conspicua como de la recién llegada, una coalición de modernos de última hora, parvenus que todo lo ignoran sobre la dramaturgia del huevo duro, antaño divisa del Iturza cuando se traspasaba esta puerta presidida por los cuatro colores que la decoran.

Sucede que el cliente penetra ya en el bar sin ver el letrero, que tal es la hazaña máxima a que aspira cualquier artista: ser invisible. O al menos que lo sea su estilo. Alcanzar por lo tanto ese edén en que el artesano tipógrafo deviene en maestro pintor. Porque pinta con amor. Amor, diosa de los bares.

 

P.D. El artículo transcrito me permitió irme de excursión por los confines de la memoria y trazar ese itinerario de rótulos que he ido citando, donde reparé que exigen capítulo propio aquellos bares con más bellos letreros. Incluyo otro aquí que no aparecía en el texto: el Tívoli, que sus actuales regentes han tenido a bien recuperar en la remodelación todavía reciente. Una pena que por el camino se hayan extraviado otros no menos hermosos: Capri, Dickens, Turismo, Chevalier…

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Doblón, Doblón
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Jorge Alacid | 13-05-2016 | 07:32| 0
Bar Calenda, antes Doblón. Foto de Justo Rodríguez

 

Como mis padres eran de La Granja, yo me marché a Doblón.

Alcanzaba entonces la adolescencia, esa tierna edad: cuando uno empieza a reivindicar su propio espacio y huye por lo tanto de cuanto le puedan enseñar sus mayores porque ya lo sabe todo de la vida y no admite lecciones. Así que una de las primeras señales que envié a mis progenitores respecto a mis particulares gustos tuvo que ver con una trascendental elección en materia de bares: acababan de abrir una elegante y espaciosa cafetería enfrente del hogar familiar, lo cual representaba toda una invitación a abandonar la tutela paterna (las tertulias de La Granja) y decantarme por mi propio universo, donde pronto encontré recompensa. No había dudas: con la impertinencia propia de mi condición juvenil, deserté de los hábitos conspicuos de las generaciones anteriores y opté por trazar mi itinerario personal. Tendría unos 15 años cuando tomé tal decisión: ya no volvería a La Granja. Ah, la edad: cuántas estupideces… Pero esa es otra historia.

Yo adopté semejante renuncia no sólo porque uno estuviera más a gusto lejos del radar de sus padres, consumiendo sus propios tragos (el cafelito del mediodía, por ejemplo) lejos de ellos, sino porque topé con aquel bar donde aguardaba otro par de alicientes: por ejemplo, la consulta metódica de la prensa diaria sin abonar ni un céntimo, más o menos como ahora sigue siendo tendencia, y la atención gentil con que me obsequiaba cierto camarero a quien todavía sigo viendo por ahí y a quien poco después conocí vestido de civil, sin el uniforme de barman, al frente de una proteica banda logroñesa llamada Fríos, calculadores y distantes.

Pero esa esa otra historia. Lo realmente fetén de aquella cafetería era no tanto su mejorable denominación (Doblón: parecía que sonaba el cencerro de una vaca) como lo antedicho. Una elegante y sinuosa barra, un estupendo servicio de camareros, una cierta sofisticación que nacía (supongo) del alto número de periódicos que se ofrecía para su atenta lectura a la parroquia; entre ellos, una anomalía: el lunes, cuando estaba prohibida la publicación de prensa diaria en España, sólo se aceptaba por parte de la autoridad competente (militar, por supuesto) la impresión de aquellas hojas del lunes cuya gestión se encomendaba a las asociaciones provinciales de la prensa. De modo que en Doblón tropezaba uno con la Hoja del Lunes de San Sebastián, botín negado en otros bares que allí se nos regalaba para acompañar el café con los pormenores de la actividad pública, sobre todo deportiva: era curioso observar las penurias del amado Logroñés a través de las crónicas de la difunta agencia Mencheta. Pero esa es otra historia.

El bar garantizaba otras alegrías, pero debo aceptar que mi predilección por subirme a sus taburetes y dedicar un rato largo a la lectura de prensa nacía de la evidencia de que por allí era difícil que apareciera el fiscalizador ojo familiar. Podías quedar con la novia, inmune a esa rara sensación de que alguien te observara por la espalda, y pelar la pava sin prisas. Y podías en consecuencia abandonarte al placer de observar la fauna local, sabiendo que por tu temprana edad no ocurría lo contrario: de adolescente eres más o menos invisible, así que podías concederte el placer de ver sin ser demasiado visto.

De modo que por esos años vi alzarse ante mí a un público que hasta entonces no aparecía en la vida cotidiana de Logroño: llegaban los 80 y algunas cosas iban a cambiar. El comercio de Portales y alrededores, hasta entonces icono de la ciudad, empezaba a mutar su piel, el centro se trasladaba hacia el sur y los santos patrones de Logroño, esas familias que tendían a dirigir la vida de sus congéneres para imponer su santa voluntad al resto de paisanos, tampoco eran ya lo que fueron: misterios de la neonata democracia. Pero esa es otra historia.

Doblón se convirtió desde luego en mi cafetería favorita durante una larga temporada y no sólo por sus atributos hosteleros: también encarnaba un tiempo nuevo que a mí me sorprendió acodado en su majestuosa barra, haciéndome pasar por un logroñesito más mayor de lo que en realidad era, distraído en las peripecias del Logroñés y otras calamidades, como las protagonizadas por el Barcelona. En realidad, estaba esperando la hora divina en que por fin pudiera entrar en el Merlín vecino. El bar que sí que lo cambió todo.

Pero esa también es otra historia.

P.D. El viejo Doblón se llama ahora Calenda. No tengo el gusto. Me ocurre con este bar como con otros locales de Logroño resucitados: declino visitarlos porque me incomoda el recuerdo de lo que fue, puesto que mi visión melancólica del enigmático pasado suele derrotar a la pura realidad del presente. En su piso superior, la cafetería albergó dos negocios no menos gloriosos: el restaurante Machado y su sucesor, el Marón. En ambos tuve el gusto de disfrutar de sus mesas, muy bien dispuestas de golosinas de todo tipo, lo cual añade un punto de acerada nostalgia a estas líneas.

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Bares con denominación de origen
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Jorge Alacid | 06-05-2016 | 17:11| 0
Mapa de La Rioja. Así éramos

 

Hace unas cuantas semanas, cayó por mi jurisdicción una suculenta vianda de la que no tenía noticia: una estupenda morcilla, elaborada en Anguiano según me comentó la amable carnicera mientras me la expedía, prometiendo un gozo infinito cuando me la zampara. Llevaba razón la buena mujer: la recomiendo desde aquí… si tiene usted la suerte de encontrarla en algún bar de Logroño. Yo desde luego no he tropezado con ella por ningún lado, lo cual me ha hecho recordar un comentario que me hizo llegar hace ya tiempo la amiga Tere, a quien puede encontrar usted simultaneando simpatía y profesionalidad así en La Taberna de Baco como en el Donosti.

¿Qué me contaba Tere? Que en la mentada Taberna de Baco procuran como norma que sus productos tengan denominación de origen riojano. Cuando me lo dijo, caí en la cuenta de que ése era un flanco todavía sin explorar del todo entre los bares logroñeses: no porque no hagan como Tere, puesto que seguro que tienden a abastecerse en las firmas más cercanas, sino porque no explotan como debieran su vocación por las materias primas de casa. Nunca he entrado en bar alguno de Logroño donde haya tropezado con un argumento de esa consistencia tan prometedora, que encierra el compromiso de distinguirse de los demás. Hacer marca, en definitiva, que dirían los expertos en mercadotecnia que tanto abundan: bares, en efecto, donde las mercancías lleguen desde manos próximas, desmarcándose por lo tanto de la competencia con ese sello de calidad autóctona.

Insisto. Seguro que la mayoría de bares se proveen de materias primas en Logroño y alrededores, pero sí así se comportan, luego hacen algo muy mal visto en estos tiempos en que no sólo hay que ser bueno, sino parecerlo. Darlo a conocer, hacer bandera de esa tendencia a recurrir a los proveedores de su entorno. Que se entere en consecuencia toda tu clientela de que esa morcilla que llega desde la plancha es de Anguiano. O de Foncea, por ejemplo, donde también las elaboran con semejante mimo y estupendos resultados. Que los huevos vienen de esas gallinas felices que pululan por Arrúbal gracias a Rosalinda o del resto de granjas hermanas de esa dichosa cofradía. Que los embutidos provengan también de amigos indígenas, que los pimientos sean de Tormantos (o de Leiva, sin salir de esa esquina fronteriza con Burgos) y los tomates, de Zarratón. Que el queso sea de Cameros (aunque la factoría radica en Haro y me tiene entre sus fans) y los champiñones y setas, huelga decirlo…

Y que La Rioja se ofrece incluso como improbable puerto de mar y en consecuencia los calamares vienen de Tricio. Lástima que cerrara la planta de anchoas de Albelda: sigo sin encontrar otras mejores. Pero la lista que voy aquí medio improvisando puede prolongarse hasta cuanto quiera el improbable lector. Añada en consecuencia aquellos víveres que le resulten más familiares y ofrezcan mayores garantías, reclame que también el pan (ojo con el pan: alimento básico como pocos que merece por sí mismo una entrada cualquier año de estos) salga crujiente de los hornos de confianza y por supuesto, por supuesto, por supuesto: que los encurtidos patrios exijan en nuestras barras favoritas el papel protagonista que merecen. Un chorro de aceite riojano de cualquiera de los trujales que recorren la geografía regional completaría la foto: ahí tiene usted la carta más autóctona y fetén para un posible bar con denominación de origen.

Pero sobre todo, que el dueño del bar nos lo recuerde. Que toda-toda-toda la cartelería avise al cliente indígena que se encuentra como en casa porque le rodean alimentos amigos. Y que el aproveche para darle un bocado a esta tierra en sus incursiones entre nosotros y luego ejerza como el mejor divulgador de nuestros encantos.

Es sólo una idea. Una idea que regalo, con la promesa de que si algún día semejante bar se levantara ante nuestros ojos, me tendría entre sus clientes. Y me malicio que alguno más me seguiría.

P.D. Sobra recordar que cuando uno ingresa en cualquier bar logroñés, espera topar en materia de vinos con aquellos que despachan las bodegas riojanas: ahí sí que la denominación de origen se da por supuesta. Aunque viene siendo habitual encontrarse con marcas de otras denominaciones, lo cual a mí me parece bien: estoy en contra de cualquier forma de papanatismo. Me contaba el dueño de un prestigioso bar que su oferta de tintos se limita a Rioja, pero que en blancos le suelen pedir sus clientes vinos de otras denominaciones y señalaba hacia la pizarra, donde aparecían en efecto unas cuantas nacionales e internacionales. Al lado, por cierto, de la oferta en cerveza también escrita a tiza: cerveza riojana, que desde luego la hay. Igual que hay otros licores, del vermú al pacharán, nacidos aquí al lado. Sin necesidad de remontarse la añorada y muy bizarra ginebra Poldark, ‘made in’ Albelda.

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Damas de la calle San Juan
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Jorge Alacid | 28-04-2016 | 11:25| 0
Alhóndiga y La Travesía, con las damas a sus puertas. Foto de Justo Rodríguez

 

Una sección que se llame Nuestro hombre en la barra como la que alberga estas líneas no sólo homenajea a nuestros camareros de confianza mientras le guiña un ojo a Graham Green y su inmortal novela ‘Nuestro hombre en La Habana’ con un tontorrón juego de palabras, sino que acoge en su seno a todo lo contrario: a nuestra mujer en la barra. Mejor dicho: nuestras mujeres. Con todos ustedes, improbables lectores, Jaque y Chus, Chus y Jaque, damas de la San Juan, ejerciendo un oficio antaño casi relegado al uso exclusivo de varones que en manos femeninas alcanza otro grado de excelencia. Con un toque fetén y distinto. El nacido en la gracia y viveza con que nuestras heroínas defienden su bar La Travesía desde hace 23 años. Un local vecino del recién nacido, el aledaño Alhóndiga, que luce su primer año de vida con una barra donde triunfa el bacalao en cualquiera de sus encarnaciones, entre otras golosinas.

A Jaque y Chus las conocerá la clientela fiel de tan castizo rincón logroñés, esa Travesía de la San Juan que el imaginario popular sitúa como prolongación de la calle central de esta inmemorial ruta del chiquiteo, por su feliz desempeño al frente del bar donde se han hecho célebres gracias al manjar delicioso, la espléndida tortilla que tanto recuerda a la original. Mismo bar, distinto nombre: se llamaba Ignacio, lo atendía caballeroso el señor Extremiana y su mujer se ocupaba de la sartén, el aceite, la patata… También hacía lo mismo que quienes les sucedieron: echarle huevos.

En todos sus sentidos. Porque se exigía cierta valentía en los albores de los 90 para tomar bajo su tutela un bar en una calle, la San Juan, que no es desde luego la vigorosa arteria de hoy. «Entonces estaba casi muerta», rememora Jaque, portavoz oficial del dúo de camareras. Un dúo devenido en trío, porque en la aventura del Alhóndiga les siguió Lucía, quien se inició en este oficio con ellas en La Travesía, el más conocido periplo de una singladura que para Jaque y Chus empezó antes, mucho antes: en La Zona.

Allí, en el Gabinete de la calle Fundición, ya derrochaban clase y simpatía poniendo copas a los trasnochadores oficiales de Logroño. Se habían conocido un poco antes, cuando coincidieron de camareras en el difunto Trazos de Jorge Vigón; hicieron buenas migas y se animaron a ser sus propias jefas, al frente de ese local que animó la noche logroñesa. La animó tanto que casi pudo con ellas, de modo que cuando vieron que el depósito de energía empezaba a menguar se decantaron por dar un volantazo a su trayectoria hostelera: pasaron de la noche al día, nunca mejor dicho. Le echaron el ojo a este bar del Logroño antiguo, tomaron lecciones de los dueños que lo traspasaban hasta dar con el punto al jugoso bocado llamado tortilla y lo dicho: le echaron huevos.

El resto es historia. Una historia logroñesa que se sigue escribiendo. Jaque y Chus aguantaron como jabatas hasta que lograron, en compañía de más gente audaz como ellas, poner de moda este itinerario por la San Juan convenientemente renovado y ganaron fama con esa tortilla cuyo secreto es sencillo: no lo hay. «Es tradicional, clásica», explican. Su maestría en la cocina y la barra contagió luego al resto de la prole de camareras que han surcado el escaso espacio de que dispone La Travesía, de donde nacen sin parar tortillas y más tortillas. No sólo las despachadas en formato pincho, o las que se consumen enteras tanto en la barra interior como en la exterior: también es habitual que trabajen de encargo y así ocurrió el día memorable en que recibieron un encargo que no olvidan, doscientas tortillas para una celebración.

No flaquearon. Salieron las doscientas tortillas en su punto, como en perfecto estado de revista mantienen tanto La Travesía como su hermano pequeño, ese barcito llamado Alhóndiga por el que hoy se desviven y que contribuye a configurar el rico entramado de bares que conceden su fisonomía singular a la San Juan. Una calle que, como la Laurel, es una y trina. Una calle donde cada día se forja un vínculo especial entre camareros y clientes, «que son más que clientes, son amigos», reflexiona Jaque. Y sale afuera del Alhóndiga a ver pasar la vida, mientras hila tertulia con un grupito de parroquianos, saluda a otros que pasan y mira hacia lo lejos. Que es como mirar hacia atrás y tropezarse con ella misma cuando, junto a Chus, imaginaron que tras la noche (tras las copas del Gabinete), vendría la luz del día que ahora derrama sus dones sobre sus dos negocios en la San Juan. Resumen: «Que les vaya muy bien a todos los bares, sobre todo a nuestros vecinos, porque eso nos favorece a todos». Y petición final: «Ojalá el día tuviera 48 horas».

P.D. Jaque, natural de Torrecilla, y Chus, oriunda de Matute, hicieron tal vez un pacto con el diablo para que el tiempo no pase por ellas: así se desprende de las fotos que conserva el archivo de Diario LA RIOJA, donde se las puede ver más o menos como ahora. Con más experiencia, desde luego, de modo que Jaque no le pide gran cosa al futuro: “Lo único que echo de menos es que era más joven”, se ríe. Y no pierde la sonrisa cuando se le pregunta por sus bares favoritos, esos adonde acude cuando no está defendiendo el suyo: “Mis favoritos son los de la calle San Juan, me gusta entrar en prácticamente todos”. Y entre ellos, dos debilidades: sus desayunos en el Umm y sus excursiones al Tastavín, que no perdona “porque me encantan sus pinchos y, sobre todo, porque somos muy amigas de Pedro y Anca”.

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Los Leones, un bar de cine (y IV)
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Jorge Alacid | 22-04-2016 | 09:58| 1
Actores de Calle Mayor, en el interior de Los Leones

 

Como decíamos ayer…

Como decíamos anteayer

Como decíamos el otro día…

Este serial por entregas para recordar la legendaria vida de Los Leones concluye aquí, cuando, coincidiendo con la renovación del alquiler del establecimiento, Ricardo Bellido decidió limitar sus afanes empresariales al naciente Milán y dejó el bar de Portales en manos de una rama de la familia fundadora, los Barrenengoa. Aunque el negocio siguió abierto, sufrió desde entonces una rápida decadencia que todavía se acentuó cuando tomó su dirección un nuevo empresario, a quien le tocó la fatal suerte de expedir su certificado de defunción, en los primeros años 70.

Para entonces, Bellido ya había desaparecido también. Trágicamente, falleció en 1969 en un accidente de tráfico cerca de Aranda, un día invernal en que viajaba hasta Madrid porque quería poner en marcha en Logroño una academia de coctelería y pretendía pedir consejo al príncipe del combinado nacional, el inmortal Perico Chicote. Su viuda siguió al frente del Milán, pero ya nada era lo mismo. Tampoco Logroño, aunque algunas cosas nunca cambian. Afortunadamente. Maite recuerda cómo los contertulios de su padre en Los Leones, que le siguieron en su nueva aventura, acudieron en su socorro cuando tuvo que ayudar a su madre en el Milán y eran ellos los que se ocupaban de cerrar el bar cada noche, como si mantuvieran su propio código de honor con el camarada fallecido. Un gesto de caballerosidad extrema que sólo se explica por la profunda huella que en sus vidas había dejado la experiencia de ser los privilegiados clientes de Los Leones, cuando se abandonaban a la amabilidad y destreza de Ricardo Bellido, a quien su hija recuerda hoy tal y como era: gentil, discreto, serio, audaz. “Un hombre entrañable”, resume Maite, quien reserva espacio en su memoria para dedicarse a evocar uno de los momentos centrales: el homérico relato de cómo Los Leones se convirtió en un bar de cine.

 

Otra escena de Calle Mayor rodada en Los Leones

 

Semejante prodigio tiene que ver con su conversión en plató cinematográfico con ocasión del rodaje de Calle Mayor, la monumental cinta de Juan Antonio Bardem a mayor gloria de Logroño, sus vecinos y su memoria. Ocurre que entre las localizaciones que eligió el cineasta para documentar esa tragicomedia de la vida en provincias, junto al café Moderno y la biblioteca del instituto, se decantó también por Los Leones. Su propia condición de espacio cinematográfico, con esa sucesión tan teatral de escondites, recovecos y laberintos, se lo puso muy fácil a Bardem, que encontró en una superficie muy condensada lo que estaba buscando: el café. El café, esa institución tan española, muy enraizada en la vida de una ciudad como Logroño: eso era Los Leones, eso supo ver el buen ojo del director de Calle Mayor y eso fue lo que apareció en la pantalla, para solaz de Maite Belllido, puesto que no sólo apareció en la inolvidable película en su papel de niña postulante, sino que vivió el rodaje como una aventura interminable.

Calle Mayor, rodada en 1956, permitió a la familia Bellido convivir con la fiesta del cine vista desde sus entrañas. En Los Leones se rodaron unas cuantas escenas imprescindibles, porque al coro de holgazanes bromistas les venía muy bien ese café a la antigua como escenario de sus pillerías de brocha gorda. Así que la familia del cine se instaló en el bar de la calle Portales e hizo que brotara la magia, con tanta intensidad que Maite todavía sigue sin olvidar multitud de anécdotas: tenía 9 añitos entonces, la edad en que la vida te empieza a sorprender y se fija por lo tanto con mayor determinación cada recuerdo en tu retina. Sobre todo, si tienes un memorión como el de ella, capaz de desgranar casi fotograma por fotograma la película 60 años después.

Aquella Semana Santa memorable, con José Suárez disparando suspiros entre las damas de Logroño a su paso por Portales, la sonrisa de Betsy Blair imantando la pantalla, el enorme talento de figurantes como Manolito Alexandre, la pura magia del cine chocando contra la propia magia encerrada en el blanco y negro de las calles logroñesas… Todo ese equipaje inmemorial que Maite Bellido va recitando mientras no deja de recordarse caracterizada para su papelito en la peli: con su uniforme de la Compañía de María, gorrito incluido, y el chicle bazoka haciendo pompas mientras pide una ayudita hucha en ristre a la pareja protagonista. Una figurante con chicle, como figurantes fueron (bien que con frase) otras vecinas de Logroño (la Bruna, la Peña) en la mítica cinta de Bardem, alumbrada en Los Leones cuando Los Leones simbolizaban todo un mundo: cuando todo un mundo cabía en un café.

Cuando todo un mundo cabía en la calle mayor de cualquier ciudad de provincias.

P.D. Postdata final. Como dejé sentado al comienzo de esta serie de entregas dedicadas a Los Leones, me siento en deuda de gratitud con Maite Bellido por la generosidad con que me fue regalando sus recuerdos de cría en el querido café de Portales. Y ado también la estupenda contribución del caballero Santi de Santos, quien me envió otras de las fotos que ilustran estas líneas, y la aportación de Eduardo Gómez, en este artículo que me sirvió de inspiración. Y por supuesto con mi señora madre, que activó mi interés por Los Leones cuando recopiló para mí el puñado de fotos donde aparece con sus amigas de jovencitas (guapas y elegantes todas: Mari Paz, Rosi, Mari Tere) y en una Nochevieja con mi padre y el matrimonio Somalo, la querida Mari Ángeles y el llorado Alberto. Así que lo dicho: muchas gracias a todos. Los Leones se despiden de ustedes.

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Los Leones, un bar de cine (III)
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Jorge Alacid | 15-04-2016 | 08:19| 0
Clientes de ficción en Los Leones: son los actores de Calle Mayor

 

Como decíamos ayer… Como decíamos anteayer…

Bajo la dirección ya en solitario de Ricardo Bellido, llega el gran momento de Los Leones, los años que no olvidan los logroñeses que fueron sus clientes fieles. Con esa clase de lealtad hacia el bar que les trataba mejor que su propio hogar, con la clase de vínculo que se forja cuando entre quienes habitan a ambos lados de la barra nace ese algo tan parecido a la amistad o la camaradería. “Había clientes que eran como de la familia”, confirma Maite Bellido. Las sesiones de baile, con el pick-up de maleta que adquirió su padre como banda sonora cuando no reclutaba músicos en vivo, marcaban el calendario de Logroño, esa secuencia de bailes jueves/sábado/domingo que no convenía perderse si uno quería saber entonces qué se cocía por la ciudad, porque por Los Leones acababan desfilando todos: los indígenas, por supuesto, pero también los forasteros. Comerciantes de paso y mozos de reemplazo, alguno de los cuales abonaría una anécdota asombrosa: cuando Aurora, la hija de Maite, se fue a vivir a Barcelona mucho tiempo después, acabó en casa de un matrimonio… que se había conocido bailando en el café familiar, mientras el caballero cumplía el servicio militar en Logroño.

Casualidades de la vida. La vida, sí. Ah, la vida. La vida tiene cosas que la razón no entiende, como alertaba el bolero, de modo que se comprenderá que a Maite se le nuble a ratos la vista mientras abre su corazón para que bombee esos recuerdos condensados durante tantas y tantas tardes en el negocio de la calle Portales, atenta al discurrir a los clientes, dando cháchara a las parejas más conspicuas, preparando con su padre el cotillón de Nochevieja. “Desde un mes antes”, rememora, “ya le decían: ‘Ricardo, resérvame una mesa’. Y mi padre hacía un plano con las mesitas, les iba poniendo nombre, preparaba las bolsas con los bigotes de pega, el confeti y los matasuegras”.

Aquellas noches de Año Nuevo, la plantilla de Los Leones se quedaba dentro del bar cuando cerraba su puerta (su hermosa puerta giratoria) y prolongaba el festín con su particular recena, hasta bien entrada la madrugada… mientras Maite, entonces una pequeñaja, se tenía que conformar con marcharse a casa de sus primas nada más comer las uvas, imaginando cómo sería la juerga que se avecinaba en su ausencia, sintiendo esa punzada de envidia que todos alguna vez hemos sentido cuando no nos dejaban jugar con los mayores, un sentimiento teñido hoy por la melancolía de saber que aquellos fueron buenos tiempos de verdad.

 

Celebrando una Nochevieja en los años 60

 

Los Leones, años 60. Retrato de grupo

 

Porque mientras repasa los pormenores de su privilegiada vida como vigía de aquel mundo feliz, Maite va desgranando los asombrosos detalles que cabían en Los Leones. Cabían desde luego las veladas sabatinas, comandadas por los famosos ‘Fernandos‘ de Radio Rioja y su no menos célebre programa ‘La sonrisa de los niños’ y cabía por supuesto la pléyade de queridos camareros cuyos nombres va recitando, desde Vicente y Benito, los recordados jefes de barra, hasta el trío formado por Martín, Arturo y Moreno, pertrechados de uniforme (uno en invierno, otro en verano), y el mariscal Calatrava, as de la amabilidad, al igual que sus compañeras de oficio. Porque otra de las novedades que incorporó el bar fue contar con mujeres defendiendo una profesión en teoría de hombres en aquella elegante y enorme barra de Los Leones, más de veinte metros de longitud donde, en efecto, cabía todo un mundo. Defendiendo todos, plantilla, clientes y propietarios, un modo distinto de sentir el negocio de los bares, asomados por lo tanto a los prodigiosos ventanales con vistas a Portales, que entonces era como asomarse a Logroño entero. Orgullosos de participar de la magia contenida en Los Leones, su caprichosa rotulación, su graciosa imagen de marca cuando ese concepto ni siquiera existía.

Un paraíso. Un paraíso para Maite, que notó clausurarse una etapa de su vida a los 17 años, cuando cerró el bar que fue su casa. Ricardo Bellido, que ya había abierto en Vara de Rey un bar igualmente inolvidable, el Milán, se confesó incapaz de seguir el ritmo de trabajo que exigía desdoblarse entre esos dos negocios, a los que añadía en verano la gestión de otra cumbre del Logroño hostelero, el Bolo Pin Club de Calvo Sotelo, sala de fiesta con encanto chic y bailes al aire libre.

Llegaba el adiós a Los Leones: aunque esa es otra historia.

Continuará.

P. D. El Bolo Pin Club ha aparecido ya alguna vez por estas esferas del ciberespacio: una sala de fiestas al aire libre, que por lo tanto abría sólo en los meses de verano, ubicada en Calvo Sotelo frente a los Maristas, que visité con alguna asiduidad de niño acompañado por la mano paterna. No tengo sin embargo ningún recuerdo de su gemelo, el llamado Jardín Victoria, con el que competía el Bolo Pin Club, donde trabajó algún tiempo mi querido tío Javier. Al Bolo vuelvo siempre que puedo en uno de estos viajes memorísticos: lo recuerdo como un acabado ejemplo de aquellas salas que aparecían en las comedias de Hollywood, con las parejas bailando los ritmos yeyés, un elegante emparrado, la barra coqueta al fondo. Retazos de un mundo que se perdió.

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