La Rioja

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¿Quién tiene los mejores morros de Logroño?
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Jorge Alacid | 16-02-2017 | 08:46| 7
Un simpático cerdito

 

Sostiene la literatura científica respecto a Logroño y sus bares que la santa trinidad que todo mesonero debería despachar a su clientela, la triple corona de nuestras barras predilectas, está formada por los siguientes ingredientes: caldo, morro y vino de la casa. No puedo estar más de acuerdo, filosofaba para mi caletre mientras me flagelaba consumiendo precisamente el morro que sirven en el Alfonso de la calle Villegas, una reciente epifanía cuyo autor rápidamente me corregirá: no es morro, es careta. Hecha la precisión, me abandono a la degustación de tan exquisito manjar propio de catadores recios de la antigua escuela de parroquianos castizos y me pregunto la bobada que sigue a continuación: quién tiene los mejores morros de Logroño. Con perdón.

Una pregunta pertinente. No hace tanto tiempo, un camarero benemérito me reprochaba que no hubiera catado los que sirven en el venerable Claret de la mencionada calle: aunque me pilla al lado de casa, tenía que aceptar que no. Que no los había probado jamás, laguna que me apresuré a corregir poco después. Con efecto automático: allí mismo me afilié al sindicato de clientes que le reserva profunda devoción, aunque todavía me declaré incapaz de decidir si le daría mi voto como el mejor de Logroño en esa estirpe.

De modo que acabé conduciendo mis pasos a la siguiente conclusión: dejar que los morros vengan a mí. O, mejor dicho, que espero las respuestas del improbable lector que tropiece con estas líneas. A esa doble candidatura, el Alfonso y el Claret, debo añadir para que formen un bonito trío otros morros recién catados, que me dejaron tan satisfecho como el resto de su impresionante barra: el Monterrey de Vara de Rey, donde recomiendo también sus estupendos torreznos y prometo visitar cuanto antes sus prometedoras migas, que pintan fetén. Tres morros, tres: Alfonso, Claret y Monterrey. A los que cualquiera puede añadir los que más le gusten. Clásicos o renovados, da igual: vale con que rindan tributo a este señorial plato, antaño tan común en cada barra, hoy en retirada como el resto del recetario tradicional construido alrededor de la querida casquería.

Una pena. Porque la clientela contemporánea se lo está perdiendo. El jovencito que hoy peregrine sin demasiada información por las barras conspicuas desconocerá, si no ha sido iniciado en semejante periplo por el consejo de ancianos del lugar, que hubo un tiempo en que un bar despachaba morros como el churrero churros. Porque constituían un elemento indispensable para ingresar en la culinaria autóctona y porque se tarifaban a precios comedidos, como era norma entre el llamado material de despojo. Y porque además los más novatos parroquianos de los bares logroñeses nunca sabrán qué divertido era aquello de penetrar en tu bar favorito, pedirte un caldo, tomarte luego un vino y esperar a que el camarero te preguntara lo siguiente:

-¿Quieres algo de picar?

Y la respuesta subsiguiente:

- Sí. Por favor, acércame los morros.

Así que lo dicho: hala, a votar. Quién tiene los mejores morros de Logroño. Con perdón, de nuevo.

 

 

P.D. Una versión renovada de los morros de toda la vida se despacha en La Tavina: su célebre tapa de careta reinventada, que tantos elogios mereció del gran Ferrán Adrià. Quien escribe estas líneas milita entre sus devotos: ahí tiene usted, improbable lector, un acabado ejemplo de cómo la modernidad gastronómica puede celebrar unos felices esponsales con el recetario clásico y cautivar a la parroquia. Pero aquí, habrá que insistir, hablamos de otra cosa: hablamos de morros. Del plato de morros de toda la vida que por cierto en algún bar de confianza sirven también en salsa: por ejemplo, Moderna Tradición, que lo incluye bajo esta apariencia en su carta. Una delicia, por cierto.

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Una lágrima por el Suizo
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Jorge Alacid | 09-02-2017 | 16:56| 0
Publicidad antigua del Suizo de Haro

 

Que no se moleste nadie, pero si tengo que elegir una cabecera de comarca riojana donde tenga puesta mis complacencias siempre reconoceré mi devoción por Haro, destino de habituales incursiones festivo-hosteleras. Aparcar cerca del coqueto Cid Paternina, curiosear por la carnicería Mendoza (prueben sus morcillas, perdón, delgadillas: imperiales, oiga usted), descender admirándome de la elegante sucesión de edificios finiseculares (dotados de una delicada carpintería propia de orfebres) y detenerme en la plaza de la Paz… Observar entonces su bello templete, la armoniosa porticada, la esbelta torre de Santo Tomás allá al fondo, la prometedora Herradura, el Beethoven, el Chamonix y tantos otros… Y, sobre todo, la posibilidad de maravillarnos porque todavía sobrevive entre nosotros su benemérito Café Suizo, testigo majestuoso de otra época. De otra época, sí: de la época en que su terraza no dejaba que pasara el tiempo y sus veladores del interior rebosaban de un gentío ahora ausente.

Esa otra época en que su barra no ofrecía el lánguido (pero encantador) aspecto que hasta hoy te recibía. Una imagen ya borrosa, difusa. Porque la propiedad del Suizo anuncia su inminente cierre, luego de vaticanas discusiones con la familia al frente del negocio. Y no: yo no me resisto a pensar que volveré a pisar las calles de Haro nuevamente sin la promesa del reconfortante cafelito esperándome en la plaza de la Paz. Una puñalada contra nuestra memoria sentimental, la clase de material intangible con que las ciudades construían su propio imaginario, el archivo emocional que se transmite de generación en generación hasta que, como sucede ahora, queda amputado: el Suizo se despide y Haro no será lo mismo.

¿Qué encontraba entre sus paredes el potencial cliente? Hablo por mí: la confirmación de que una gloriosa parte de nuestro pasado habita entre nosotros. Clientes solitarios calibrando las intenciones del forastero que acaba de ingresar en el bar, bebedores ocasionales y los habituales de la ronda eterna. Cuadrillas de tertulia al estilo riojano (esto es, hablando a gritos) y el cuarteto de guardia despachando la partida de rigor en las mesitas (naipes, creo recordar: si también dominó, lo he olvidado). Camareros diplomados en la universidad de la vida, con más mili que una botella de Kaskol, defendiendo la barra como era norma: un servicio eficaz, sin concesiones. Sin las odiosas familiaridades que hoy se toman los novatos en la profesión.

Adiós a todo eso. De todo eso se despide Haro, un denso capítulo en la biografía de la ciudad al que cada vecino aportará además su propia experiencia. Alguna pareja seguro que inició allí su idilio, será el café adonde el abuelo llevaba a merendar al nieto, que a su vez hoy será ese jubilado que conduce hasta el Suizo a su propia descendencia. Habrá quien note en el bar el vacío que dejó el amigo desaparecido, a quien sin embargo todavía seguirá viendo tal y como lo conoció, y habrá por supuesto quien se quede desamparado, sin saber adónde ir, cuando compruebe que la cancela se cierra y el Suizo pasa a la historia. Ese cliente triste, fané y descangallado, como en el tango: el parroquiano de siempre transformado en parroquiano a la intemperie.

Pero reservemos un tímido espacio para el optimismo. Dicen que una ventana emergente se abre al futuro y que el bar pasará a otras manos cualquier día de estos. Pero uno, como los visitantes del infierno que dibujó Dante, abandona en este terreno cualquier concesión a la esperanza: suele ocurrir que pasan los días y aquel ilusionante anuncio no se materializa nunca. O incluso puede suceder que el bar se reabra, en efecto, pero los nuevos dueños acometan tal reinvención del viejo local que del genuino Suizo luego no queden ni los huesos. Tampoco su alma. Despojados de su aspecto tradicional hemos visto perecer en nombre de la modernidad demasiados bares por Logroño, La Rioja y el resto de España: asusta pensar que similar destino aguarde al querido café de Haro. Que acabe convertido en uno de tantos parques temáticos hosteleros, de falsa decoración vintage, donde sólo triunfe el mal gusto. Y mientras por Haro discuten si son galgos o podencos buscando a quién echar la culpa del cierre, yo reconozco que me da un poco lo mismo: me resigno a derramar una imaginaria lágrima por el café que este lunes dice adiós. Pensando que ojalá sea un hasta luego.

 

Publicidad antigua del Suizo de Haro

 

P.D. La terminología de café suizo, que tanto furor causó en la España del siglo pasado, ya mereció en este cubil alguna entrada a propósito de un libro muy recomendable, obra del benemérito historiador Antonio Bonet, quien aludía al origen misterioso de semejante nomenclatura en su volumen ‘Los cafés históricos’ y atribuía su fundación a dos ciudadanos de origen helvético, llamados Matossi y Franconi, quienes idearon tan gran invento cuando encallaron en Bilbao esperando un navío que les debía llevar a América. No hubo tal: se quedaron en la villa fundada por nuestro paisano Diego de López Haro (Haro, sí: curiosa paradoja), alumbraron un horno para nutrir de bollos a la población, le añadieron poco después un café para acompañar el bocado y crearon así la tipología de café suizo. Quien esté interesado (y se aburra), aquí tiene aquel artículo publicado en el 2013 a propósito precisamente de una excursión a Haro con exploración incluida del Suizo ahora medio difunto. Y le añado un recordatorio: que también Logroño contó con su propio Suizo, en el Espolón, y que en el otro Espolón riojano, el de Santo Domingo, atendió a sus clientes durante largo tiempo el otro Suizo que yo conocí, aquel memorable bar que cayó derrotado por los nuevos tiempos. Como el de Logroño. Como el de Haro.

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Nuestro hombre en la barra: Cervezas y música (y balonmano)
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Jorge Alacid | 03-02-2017 | 10:49| 0
Alberto y Juan, en Eldorado. Foto de Justo Rodríguez

 

 

Logroño, interior día. Alberto trajina por Eldorado como suele, enfrentado a la tarea diaria de abrillantar su bar para que reluzca también como suele: mediante la generosa contribución de camareros y parroquianos a la construcción de una atmósfera inigualable. El tipo de ambiente que uno espera hallar cuando deja su domicilio: un bar donde se esté mejor que en casa. Proeza que Eldorado lleva ejecutando con acierto durante 25 años: acaba de soplar todas esas velas festejando su envidiable capacidad para desafiar todos aquellos elementos que cuando Alberto y su socio Pedro, hoy recién abandonada la actividad, se embarcaron en su aventura parecían atentar contra el éxito que luego recogieron. Un milagro: un bar a mayor gloria de un hilo musical rocanrolero, en una calle que entonces gozaba de la condición de oasis entre las distintas zonas logroñesas y consagrado al universo cervecero.

Pero resultó que Alberto algo sabía de los secretos que tienden a imantar a una clientela a ese tipo de bar que se acaba convirtiendo en destino predilecto de cada correría. Se había adiestrado como camarero en el Pasarena de la calle Bretón y gozado luego de cierta fama (una fama que perdura) cuando le reclutó el mencionado Pedro, convertido luego en su socio, en el añorado Blue Moon de Albia de Castro.

El espíritu de ese bar viajó con ellos hasta Portales: la apuesta por la música, que en Café Eldorado abrió la paleta desde el rock al blues y al jazz, y la edificación de ese vínculo invisible, pero muy tangible, que termina por atar a un cliente a su local favorito a lo largo de toda la vida. «Aquí sólo nos falta celebrar una boda», bromea Alberto, secundado por las risas de Juan, su hermano y camarero de confianza.

Porque, en efecto, en Eldorado puede suceder de todo. Novios que acuden para festejar su reciente enlace, solteros que despiden el celibato, jaranas flamencas y sus célebres jam sessions, que acababan como es menester en tales casos: de amanecida, con los asistentes desparramados al aire de Portales. Punkis, jevis y políticos (incluido cierto caballero del PP, muy asiduo de concejal, que llegó a alcalde) se hermanan desde 1991 en su abigarrada barra para festejar lo que todo bar festeja: la vida. Porque, fieles a unos códigos transmitidos de generación en generación, los clientes de Alberto veneran estos metros cuadrados con tanta devoción que en algún caso llegan a formar parte del mobiliario. Y señala Alberto emocionado un rincón que llama la esquina de Paco, en honor a ese parroquiano difunto. Eldorado no te olvida.

Se ha escrito Paco y habrá que añadir otros cuantos nombres y apellidos: los Purón, Romanos, James, Jordi y compañía. Los Aguinagalde y Garabaya, por supuesto, porque el balonmano logroñés dispone en este local de una suerte de sede oficiosa, desde que Alberto y Juan decidieron crear la proteica Peña Maiden que anima al Naturhouse con tal intensidad que un partido en el Palacio no sería lo mismo sin sus camisetas, sus banderas y, desde luego, sus confetis, que hacen tan dichoso al chico de la mopa. «Es que aquí el cliente es sagrado», explica Alberto para que el lector entienda qué clase de bar es este Eldorado que genera una feligresía tan incondicional como la recién citada. «Si todos somos exigentes, el cliente también lo debe ser y nosotros tenemos que darle respuesta», resume, mientras revisa una caja de cartón donde duermen las fotos que componen la memoria sentimental de su bar.

Pero atención. Nostálgicos, abstenerse. Alberto prefiere mirar hacia adelante, hacia un futuro que seguirá desbordando rocanrol con el estilo propio de la casa («Aquí se escucha de todo, incluso cintas que la gente graba en casa y nos trae para que la pongamos») y cerveza. Que continuará emanando de sus cuatro grifos, dispuesta en esas copas modelo Kwak que tanto alboroto causaron cuando Eldorado empezó a popularizarlas, un impacto que aún generan. «Al principio», recuerda Alberto, «no había tanta cultura cervecera en Logroño». «La gente no entendía que tardases en tirar la caña o te la pedía helada, pero ahora pasa al contrario: te piden que la sirvas como se debe servir», recuerda.

No es la única variación que Alberto tiene anotada: señala cómo los hábitos de sus adeptos han ido variando en perjuicio de las incursiones nocturnas y en beneficio de la tarde «que ahora se alarga más». Y lo confirma la cara de ese seriote John Wayne cuyo póster preside el local, un guiño hacia el mítico western de Howard Hawks que sirvió para bautizar el bar, según una idea del inolvidable Francis Cillero, crítico de cine que fue de este diario y uno de los primeros clientes conspicuos de Eldorado. Una feliz ocurrencia que, como el mismo bar, sobrevive al paso del tiempo y se refleja en la decoración, muy rica en iconografía del Salvaje Oeste… Un aparatoso despliegue apache que Alberto revisa con la mirada mientras se despide con un aviso juicioso:«Yo soy más de indios que de vaqueros».

 

Foto antigua en Eldorado

 

P.D. Concluye la entrevista y asoma el gatillazo: cuando los chicos de Eldorado tienen que decidir cuál es su (otro) bar favorito de Logroño… Cuando les preguntan hacia dónde dirigen sus pasos cuando dejan de ser camareros para ejercer de clientes… Lo dicho: dudas, titubeos, pasapalabra… Agitan sus respectivos magines y al final algo disparan: Juan elige tras no pocas cavilaciones el vecino Odeón de la plaza del Parlamento, mientras confiesa al alimón con Alberto que los días de farra, cuando de jovencitos deambulaban de barra en barra, quedaron atrás. Y Alberto, otro tanto. Ah, la vida del camarero: del bar a casa, y de casa al bar. Con algunas señaladas excepciones. Y con una salvedad que finalmente incluye el jefe de todo esto: el Mauleón II, acaba citando. El bar de la plaza de Fermín Gurbindo donde concluyen sus aventuras como fanático del pedestrismo, eso que en lenguas bárbaras llaman runners (con perdón). Aunque hasta en esa actividad se mantiene fiel a sus principios: sus colegas serán corredores, pero también cerveceros. Lo propio de toda cofradía donde milite el patrón de Eldorado.

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Encierro de camareros
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Jorge Alacid | 27-01-2017 | 12:24| 3
Una imagen del encierro en la iglesia de Palacio. Foto de Alfredo Iglesias

 

Hace un par de glaciaciones, a mí también la noche me confundía. Tanto me debió confundir que detecto enormes lagunas en mis recuerdos de aquellas andanzas, perpetradas más de una vez con el amigo Alfredo Iglesias, condiscípulo que fue del colegio San José, fotógrafo de prensa en aquella época y generoso compañero en las lides reporteriles. De los buenos. De los mejores. De entonces procede estas hermosas imágenes en blanco y negro. Unas fotos desconcertantes, como la que preside estas líneas: hay que afinar muy bien el ojo para desvelar todo lo que encierra ese intrigante retrato, cuyo misterio resolví contactando con su autor para que me explicara qué significaba esa mujer acurrucada al pie de una tumba, que había publicado en Facebook. ¿Era una performance? El caballero Iglesias me contestó con una respuesta que añadió más desconcierto a mis cuitas, pero que me permitía rescatar la mencionada imagen para hablar de lo nuestro. De Logroño y sus bares: “Era una camarera de la plaza del Mercado durmiendo en la iglesia de Palacio durante aquel famoso encierro”.

¿Famoso? ¿Encierro? ¿Durmiendo en una iglesia? Todo eran preguntas. Así que el propio Alfredo, que como es propio en tanto fotógrafo logroñés también frecuentó el sector hostelero desde ambos lados de la barra, me puso en contacto con algunos de los protagonistas de esta serie de retratos de formidable poder evocador. Así que gracias a su testimonio fui hilando el relato de aquella peripecia, que como he advertido al principio tenía completamente olvidada: para entonces, primeros años 90, ya nos habíamos vuelto formales. Tal vez demasiado.

Así que, animado por la potencia de esas hermosas fotos de Alfredo, recabé un par de testimonios de los encerrados. Camareros de esa zona del viejo Logroño que por aquella época empezaba a convertirse en escenario para las correrías nocturnas, desplazando hacia sus flamantes bares a los habituales de la Zona, cuyo declive empezó por esos años. Que es donde se oculta, por cierto, la razón de fondo de aquella protesta: los nuevos negocios hosteleros reclamaban un horario que coincidiera con sus expectativas empresariales y tropezaron por el contrario con un amenazante cambio de normativa municipal. El temor a que el Ayuntamiento impusiera un horario impropio para su actividad desembocó en un espontáneo malestar y acabó derivando hacia una protesta algo más organizada. “Es que querían que cerráramos a la una de la mañana”, se escandaliza todavía hoy uno de aquellos rebeldes. Rebeldes, sí: porque, como recuerda a continuación, “a las cuatro de la tarde de un día de Carnavales nos reunimos en un bar de la plaza del Mercado a ver qué podíamos hacer y para las siete ya había voluntarios para encerrarse”.

¿Dónde? En la cercana iglesia de Palacio. Les favorecía la acogida dispensada por el entonces párroco del templo, Esteban, a quien los encerrados reservan una profunda simpatía y sentida gratitud. “Era una persona extraordinaria, que hizo en aquel tiempo un trabajo social tremendo”, coinciden los testimonios recogidos para este artículo. “Sobre todo, porque entonces toda esa parte de Logroño era un barrio muy degradado, con mucha droga”, añaden. El caso es que el párroco escuchó sus reivindicaciones, abrió las puertas de Palacio bajo el compromiso de que el encierro no interfiriese con la actividad propia del culto y proclamó: “La Iglesia siempre estará abierta a las reivindicaciones del pueblo”.

 

 

Otra imagen del encierro en la iglesia de Palacio. Foto de Alfredo Iglesias

 

 

Dicho y hecho. Un grupo de primeros voluntarios se arracimó en el templo desde el primer día de la protesta, organizó turnos, comidas y demás detalles logísticos y consiguió su propósito inicial: llamar la atención. Se ocupó de su protesta no sólo la prensa regional, sino también medios nacionales y aunque pronto se detectaron algunas divisiones entre los encerrados (“Nos hicieron una guerra bastante sucia para boicotearnos”, recuerda uno de ellos), lo cierto es que el Ayuntamiento, entonces con alcalde socialista, dobló la rodilla y aceptó sus condiciones. Más o menos: implantó una doble opción de cierre, a las 2.30 horas y a las 4 horas que ha llegado en lo sustancial incólume hasta nuestros días, “por el curioso procedimiento de separar a los bares en función de su espacio y del número de baños que tenía”, como explica otro de aquellos camareros rebeldes, cuyo resumen se desdobla en dos vetas. Por un lado, triunfa cierta nostalgia por aquellas dos semanas de encierro protagonizadas por una veintena de personas, donde imperó un espíritu de generosa confraternización, aunque de fondo prevalece una visión más amarga. “Fue una época bastante injusta para la gente de los bares”, concluye. “Hoy me parece que en el Ayuntamiento se hacen las cosas mejor con nosotros”.

¿Mejor? Quién sabe. Habrá quien prefiera este tiempo y habrá quien, por el contrario, se admire de aquella capacidad para rebelarse que hoy parece olvidada. Desde luego, yo no me imagino que ante una circunstancia semejante calara ahora entre nuestros camareros favoritos la idea de encerrarse en la iglesia más cercana para protestar ante el Ayuntamiento. Ahora, la única movilización masiva que conocemos en materia de bares tienden a promoverla no los camareros, sino los clientes: se llama botellón. Lo cual desatará desde luego el enfado de los hosteleros logroñeses, aunque no tanto como para pasarse las noches durmiendo en sus sacos en el claustro de Palacio. Que es lo que hicieron aquellos inolvidables camareros en los años 90, a quienes recuerdan estas líneas y tampoco olvidan las mágicas fotos de Alfredo Iglesias.

 

Imagen del encierro en la iglesia de Palacio. Foto de Alfredo Iglesias

 

P.D. Las andanzas de Alfredo Iglesias en aquella época durante la cual frecuentaba la noche logroñesa con mayor asiduidad que ahora no sólo registran esta célebre asonada de Palacio: también recoge, como se ve en el collage de fotos adjunto, otros memorables momentos vinculados a nuestro querido universo temático, Logroño y sus bares. Hermosas imágenes condensadas bajo estas líneas que merecen un vistazo de quienes profesen alguna devoción por la fotografía, versión blanco y negro. Los colores de los bares donde nos iniciamos como logroñeses.

 

Bares de Logroño, según Alfredo Iglesias

 

Bares de Logroño, según Alfredo Iglesias

 

Bares de Logroño, según Alfredo Iglesias
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El bar de Teo
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Jorge Alacid | 20-01-2017 | 11:54| 9
El fotógrafo Teo, en la exposición de López Osés. Foto de Justo Rodríguez

 

Quien curiosee estos días por la exposición que cuelga de las salas del Ayuntamiento, desbordante de la magia de las imágenes en blanco y negro del Logroño antiguo, tropezará a la entrada con un singular rincón. En los muros de este coqueto apartado observará referencias a un viejo bar de Logroño, que todavía sobrevive en la calle Ingeniero Lacierva. El Siglo XX, que así se llama tal casa, merece de los organizadores (los prodigiosos personajes de la Casa de la Imagen) un capítulo preliminar antes de ingresar en la muestra donde se exhiben las instantáneas del benemérito fotógrafo López Osés. Porque ahí, en aquel bar que poco tenía que ver mediada la pasada centuria con su aspecto actual, impartía magisterio el propio López Osés en compañía de otros miembros de su estirpe: retratistas del Logroño inmemorial. Como Teo, el imprescindible protagonista de estas líneas. Porque aquel bar era el bar de Teo.

Lo confirma el propio interesado con su característico vozarrón, cuya intensidad jamás decae. El octogenario fotógrafo, memoria viva y andante de Logroño, explica que en efecto allá por los años 60 se hizo un hueco con sus colegas de tertulia en el Siglo XX animados por una poderosa razón: que el bar tenía tele. Nada menos. Según sus cálculos, nada menos que la segunda tele instalada en Logroño: la primera se ubicó en la factoría de Estambrera, vaya usted a saber por qué. Para solazar (se supone) a sus trabajadores, de modo que se hurtaba el espectáculo al común del pueblo. Cuya alternativa consistía en peregrinar hasta el Siglo XX, aposentarse ante el vetusto aparato y aguardar: a ver si funcionaba la magia. Porque lo habitual, recuerda Teo, era que la pantalla vomitase aquel añorado universo fantasmal ininteligible, rico en niebla y otros fenómenos similares, hasta que al fin (milagro, milagro) brotaban algunas imágenes y la parroquia se asomaba a la modernidad.

Que en aquel bar tenía nombres vieneses. El programa que concitaba más entusiasmo entre Teo y compañeros de quinta era aquel show protagonizado por el entonces célebre Franz Johan, austriaco él al igual que sus colegas de escena, como la añorada Hertha Frankel, ventrílocua elegantísima que se expresaba a través de la perrita Marilín. Todo, como se ve, muy marciano: sobre todo observado más de cincuenta años después. Pero si el improbable lector, por el contrario, hubiera formado parte de la cofradía de aquellos pioneros del fotoperiodismo logroñés tal vez hubiera experimentado una emoción semejante y lunes tras lunes, el día consagrado a la tertulia, hubiera conducido sus pasos hasta el bar de Teo.

Y no era un bar cualquiera. Lo defendía el exitoso Pepe, quien había ganado justa fama gracias al singular espacio vecino que también llevaba su firma en la calle Oviedo, donde aún sobrevive: el Rincón de Pepe. Con su queso gigante y otras lindas costumbres tan camps, Pepe se hizo un hueco en aquel Logroño y expandió sus dominios a la vuelta de la esquina. En realidad, llevaba los bares en la sangre: heredero de la saga de Los Navarros, aquel legendario local del Logroño castizo, oficiaba como sumo sacerdote en su Siglo XX gracias al respaldo que le concedía su condición de dueño de la única tele dispuesta al público logroñés, así como merced a otras virtudes netamente hosteleras: su barra, por ejemplo. Que Teo recuerda bien provista de distintas golosinas y sus alabadas banderillas.

Se entenderá por lo tanto que allí se estableciera aquella tertulia hoy recuperada por las buenas gentes de Jesús Rocandio: la entrada a la exposición debe por lo tanto entenderse como un homenaje a aquel López Osés (excelente fotógrafo cuya obra merece luego una detenida visita), Teo y resto de contertulios. Como el famoso artista y profesor Vicente Gallego, o como el singular Agustín, cuya pista medio ha perdido Teo: “Era hijo de los que llevaban el bar Turismo de la calle Sagasta y volvió a Logroño después de haber vivido en Londres trabajando como guía”. Llevaba como se ve en la sangre eso del turismo (jeje), lo cual explica su carácter inquieto. O así le recuerda Teo, quien se detiene rememorando una excursión que por aquel tiempo le llevó a bordo de un venerable Seiscientos hasta Burgos, guiado por el propio Pepe y un colega del gremio hostelero (dueño del bar de la estación de autobuses) hasta Ribadelago, municipio burgalés donde en los años 70 brotó nada menos que petróleo.

Los tres amigos volvieron a Logroño sin haber cristalizado su sueño de convertirse en magnates del petrodolar; regresaron a las infinitas tertulias de cada lunes en el bar Siglo XX, donde les daban las tantas hablando de esto y de lo otro. De Picasso, por ejemplo, quien tenía en el pintor Gallego a un defensor incondicional. Hablando, en definitiva, “de todo un poco”, como subraya Teo. Quien añora esas noches interminables, pródigas en vino con gaseosa y otras pócimas de la época; aquel bar que reclamaba la visita puntual de “toda la gente bien de Logroño”; aquel Siglo XX en cuyo cuartito donde se guardaban las botellas el memorable Pepe convirtió un buen día su local en el primero de Logroño con televisión al servicio de sus parroquianos. Que le devolvieron el favor como debería ser norma: prometiéndose a sí mismos no olvidarle.

Así que proeza superada: uno puede pasear por la exposición de López Osés, sumergirse en el Logroño de esos años y detenerse a la salida en el recuerdo de aquel tiempo en que todavía se abrían por la ciudad bares de este linaje. Bares recios, de mobiliario castellano y decoración bizarra: bares, sí. No gastrobares.

 

Vista de la calle Santiago, obra de López Osés

 

P.D. En los muros del Ayuntamiento cuelgan hasta el día 29 las fotos de López Osés, donde el visitante encontrará otras imágenes que celebran el universo logroñés de los bares. Por ejemplo, la ubicada sobre estas líneas: una foto de la calle Santiago, a cuya izquierda se observa un despacho de vinos atendido por la cooperativa Arca de Noé de San Asensio. El mismo espacio donde se instalaría años después el añorado Tifus. El mismo local que hoy ocupa La Jala.

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Aquí hay caldo
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Jorge Alacid | 06-01-2017 | 09:57| 0
Entrada al bar Gil de República Argentina. Foto de Justo Rodríguez

 

Laurel, primera glaciación. En medio del frío invernal, las huellas de los caminantes que peregrinan de bar en bar trazan un surco sobre la acera, orillada la nieve a ambos lados de la calle: dos muretes blanquísimos. Desde el Blanco y Negro baja a gran velocidad un hombrecillo que transporta en un carrito de la compra su mercancía. Ambos (el hombrecillo, el carrito) conocieron días mejores, lo cual no puede decirse del botín oculto en el interior de la bolsa: un jugoso arsenal de reconfortantes patatas calientes. El vendedor las parte en dos mitades según las normas de higiene de la época: es decir, inexistentes. Bajo el mismo criterio que atenta contra la salud pública esparce la sal y luego se marcha hasta el siguiente garito, una vez cobrada la breve miseria que pedía por semejante regalo. Regalo, sí: para nuestros maltrechos estómagos, que agradecían acompañar aquellos vinazos de carretero con algún bocado igual de bizarro y los engullían como si fueran un manjar.

Otra alternativa para combatir el frío ambiente en las eternas rutas invernales por Laurel y alrededores se materializó poco tiempo después. Algunos bares empezaron a repartir caldo entre su clientela, que agradecía de corazón el trago cuando ingresaba entre vaharadas en el local de turno, se calentaba por el método habitual (patadas contra el suelo) y atacaba la bendita pócima a cucharadas (los menos), directamente de la taza a la boca (la mayoría) o con un leve toque de vino blanco (servidor). Vino servido por cierto en porrón, utensilio hogaño casi desaparecido de nuestros bares favoritos: con los inspectores de consumo hemos topado.

La fiebre del caldo se fue popularizando mediados los años 80 y todavía hoy pueden observarse sus efectos en las barras conspicuas. Lo cual resulta una rareza logroñesa: según me asegura cierto forastero, alojado en esta misma casa, por otras tierras no suele ser tan común que los bares despachen caldo. De dónde viene semejante costumbre, me pregunto mientras yo mismo disfruto en casa del reparador tentempié. Me contesta desde el fondo de mi conciencia al maestro Eduardo Gómez, quien me recuerda que hace años ya publicó en Diario LA RIOJA una pieza que reivindicaba aquel universo logroñés donde el caldo aparecía prácticamente en cada barra. Es decir, que no se trataba ni se trata de novedad alguna. Con una particularidad propia de los años de su fundación, allá en el pleistoceno: que entonces, cuando Gómez gastaba pantalón corto, era gratis. Cortesía de la casa. Ahora nos cobran (no mucho; no llega al euro en el Gurugú, por ejemplo) lo que antes era una dádiva, porque los camareros se apiadaban de su gélida parroquia, según una norma implantada, como recuerda el amigo Eduardo, por el desaparecido bar Bilbao de la calle Mayor. “Salía de la cocina el camarero Gallastegui, portando una bandeja con tacitas que distribuía entre la clientela”, refresca su memoria. Aunque ojo: aquella parroquia rumbosa agradecía el detalle y a escote aportaba la voluntad. Unas monedas en la bandeja y al bar siguiente; por ejemplo, el Racimo de Oro de la misma calle, ducho también en el arte de servir caldo.

 

Oferta de caldo en el Gurugú

 

Yo no conocí tal costumbre. Cuando el caldo resucitó ante nosotros, ya era de pago. Pero no era un pago oneroso, de modo que por unas pesetas salías del bar algo mejor de como entrabas. Era usual que, además, al trago de caldo se añadiera el vino preceptivo propio de cada ronda, que también calentaba lo suyo aunque no con carácter tan vertiginoso. Y si además aparecía por allí el hombrecito con las patatas calientes como de contrabando, menú perfecto. Sobre todo, porque se tarifaba a precios muy contenidos. Aquellos caldos de verduras, que en algún caso se adornaban con el conocido perfume a Starlux o Avecrem; esos caldos que en los bares de mayor pedigrí añadían un toque a (hueso de) jamón nos aliviaron en mi mocedad de los rigores invernales. Que por cierto vuelven estos días a golpearnos mientras protagonizamos la misma ruta inmemorial por los bares logroñeses. Lo cual me lleva a confesar que no: que no tengo ni idea de por qué en otras localidades del norte de España nunca llegó a extenderse esta bonita costumbre, pese a que también acompañaba el mismo frío ambiente. Ellas se lo pierden. Ese termo siempre dispuesto, ese chorro que brota entre vapores, esa taza humeante que aguarda sobre el platillo, ese leve toque de porrón… Ah, el caldo. La particular magdalena de Proust de tantos y tantos logroñeses: por allí al fondo, mientras vuelve a nevar en mi imaginación, creo ver si cierro los ojos al hombrecillo que baja desde el Blanco y Negro por la calle Laurel a repartir su mercancía.

Aquella sí que era una auténtica patata caliente.

P.D. Unos minutos patrocinados: Diario LA RIOJA, que con tanta generosidad y paciencia acoge estas correrías por Logroño y sus bares, ofrecerá a su propia parroquia el próximo domingo día 15 una ración de caldo. Sí, caldo: en tetrabrik, de la prestigiosa marca Aneto. Ideal para saborear en casa, aunque también existe la opción de transportarlo a la Laurel, rogar que lo caliente el camarero de confianza y a ver si por ensalmo aparece el hombrecillo con las patatas calientes. Milagros más raros se han visto en esta calle. Y fin de la publicidad.

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Nuestro hombre en la barra: el camarero de los mil bares
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Jorge Alacid | 05-01-2017 | 16:52| 0
Chuchi, ideológo del bar Junco

 

Llega Chuchi al Junco, reparte cien saludos, regala mil sonrisas. Se sirve una cerveza («Tostada, eh?»), se sigue riendo a cada frase y pone a funcionar la moviola. Afuera acampan el frío y la niebla; dentro, guarecidos al calor de la fiel parroquia que jamás le abandona, en efecto Chuchi recuerda. Y recuerda bien, con tino y brío: Logroño, los bares de Logroño que ha defendido desde que se inició en el oficio a los 16 años, le caben en la cabeza. «Yo empecé en El Rincón de Pepe de la calle Oviedo». Primera catarata de imágenes. En blanco y negro: reaparecen ante nuestros ojos el tinto a dos pesetas y el gigantesco queso suizo que decoraba el castizo local que aún mantiene la luz encendida. Procedía Chuchi de Santa María de Cameros («Ponlo, ¿eh?»), población ignota perteneciente a San Román que el cronista no tiene el gusto. Su padre lo puso a trabajar a tan temprana edad, lo cual entonces no era raro, y de allí nace la segunda oleada de recuerdos, ya en color: segunda estación, el Majari de Jorge Vigón, propiedad entonces de otra familia camerana, los Espinosa.

¿Ya le gustaba esta profesión? Chuchi disuelve la pregunta mientras cabecea y sigue sonriendo a su estilo: con los ojos. «No sé, no sé… No sé si me gustó. Yo lo que trataba era de ir disfrutando con lo que tenía en cada momento». Y precisa: «No tengo la sensación de haber elegido este oficio, más bien creo que ocurrió al contrario: que el oficio me eligió a mí». Y del Majari de Ángel Mari y resto de la prole, a la tercera etapa: Vivero, imperial marisquería situada bien cerquita, una cuenta mayúscula del rosario de bares que en aquel tiempo (finales de los 70, primeros 80) alegraban toda esa esquina de Logroño a la hora del vermú masivo. Anote el improbable lector una pausa obligada (servicio militar se llama la figura) y recobre la pista de Chuchi por otros bares de sobresaliente enjundia, como el Borgia de la Gran Vía. Para entonces, nuestro hombre ya se ha permitido alguna escapada a Pamplona, siempre al otro lado de la barra, y su cara le empezará a sonar a quienes por esa época frecuentasen la añorada Zona logroñesa: sí, ese camarero sonriente del Braulio El Loco (pionero en aquella ruta) era Chuchi. El mismo que aguanta en su puesto cuando el pub muta a su siguiente encarnación, bautizada Yesterdey. El mismo que va hilando destinos como camarero aliado con su gran amiga: la casualidad.

Porque por casualidad un día tropezó con otro ilustre de la hostelería logroñesa, el añorado Jesús, que defendía su propio bar allá en Murrieta. «Me preguntó si sabía de algún camarero para un proyecto nuevo que tenía intención de abrir en avenida de Portugal», vacía de nuevo Chuchi su memoria. «Y le dije algo que llevaba tiempo pensando: que algún día tenía que montar yo mi propio bar. Y que si me aceptaba de socio». Corría el año de 1982. La calle era muy distinta a la actual, mal iluminada y deficientemente urbanizada, pero ese Logroño empezaba a conquistar el sur para colonizarlo de bares y saludó con éxito la aventura. Sí, todo era distinto. Distinto como el bar que los dos Jesús pretendían levantar, un bar diferente, «lo cual con sus pros y sus contras, ¿eh?», dispara Chuchi. «Aunque fueron más los pros», acepta. El recién nacido se llamó Junco y como Junco sobrevive en perfecto estado de revista en esta ciudad que tanto ha cambiado con el paso del tiempo. «A mejor, ¿eh?», avisa.

«Cuando inauguramos el Junco pensamos que para hacer lo de siempre, mejor nos quedábamos donde estábamos», sonríe de nuevo Chuchi. De sus andanzas hosteleras por Pamplona se había traído la idea de ofrecer en Logroño una novedad que entonces tuvo carácter casi de conmoción social: zumos y batidos, hoy tan extendidos. Aunque el éxito tardó en llegar («Al principio fue duro, sobre todo los inviernos, claro: a ver quién se pedía entonces un batido en invierno»), finalmente una parroquia muy fiel empezó a poblar su barra y aposentarse en sus veladores. Donde usted la puede ver todavía hoy: y señala Chuchi hacia un grupito de clientes frisando la cuarentena que se desparrama con su chiquillería por el local. «Esos vienen desde que tenían dieciséis o diecisiete años».

Porque, en efecto, el tiempo pasa. Pasa incluso para el propio protagonista de esta historia, que sin embargo promete resistir en su fortín de avenida de Portugal: «No me pesa venir a trabajar». Y lanza la sonrisa número mil: «Además, todos los días me doy cuenta de que aquí dentro soy alguien para la gente, tengo ya una relación distinta con los clientes, casi de amistad». ¿Algo que añore? En la enésima mirada hacia atrás, la sonrisa se nubla: «A mi socio Jesús». El otro Jesús, fallecido hace unos años: «Bueno, yo era y soy Chuchi. A él yo siempre le llamaba don Jesús. Era una gran persona». Confesión postrera: «Sí, es lo único que echo de menos».

Y reflexión final. Explique usted por favor eso de que Logroño y sus bares han cambiado a mejor. Respuesta de Chuchi: «Es que la sociedad entera ha cambiado a mejor. La nuestra es una generación privilegiada, porque nosotros salimos de la nada. De la auténtica nada».

 

Chuchi, con su socio del Junco. Foto de Justo Rodríguez

 

 

P.D. Como suele ser norma en otros hombres del otro lado de la barra consultados en esta serie, también Chuchi se inclina por los bares del Logroño de siempre cuando se le pregunta por sus predilectos. Los locales adonde acude cuando se convierte en cliente y deja de ser camarero. Anote el improbable lector: el García de la calle San Juan, La Travesía de la cercana calle (que en efecto la atraviesa) y dos de Laurel. Por un lado, Sierra La Hez, con su impagable oferta de encurtidos, y el Gargonich.

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¿2017? Nos vemos en los bares
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Jorge Alacid | 30-12-2016 | 11:30| 0
Obra de Diego Ortega y Néstor Santo Tomás

 

Cierra el año y este blog le dedica su última entrada: no sé si el 2016 casi difunto se lo merece, pero como todo quien navega por la red (y por la vida analógica) ofrece su particular resumen, Logroño en sus bares no puede ser menos. Sobre todo, porque uno va recibiendo invitaciones a iniciarse en el noble ejercicio de los balances, listas y otras gaitas y, puesto que se debe a su público como cualquier cantante folclórica, acaba aceptando el reto.

Primera invitación. Javier García, seguidor de twitter a quien no tengo el gusto (pero al que envío un saludo), me propone lo siguiente: “Le animo a que elabore un raking de los bares de Logroño. De hoy y de ayer”. Y aunque también me advierte que semejante desafío “es complicado” de ejecutar, le contesto sin pausa. Porque la respuesta es sencilla: me decanto por los que ya no existen. Los que añoro. El Capri, el Continental y el viejo café La Granja. Y agradezco su oferta de crear con estas cavilaciones mías por los bares de confianza lo que el señor García llama ‘El tripalacisor’. Pero tengo que rechazarla: aparte de que el nombrecito propuesto se las trae, necesitaría otra vida para cumplir con semejante cometido.

Segunda invitación. Que tengo que declinar, amablemente. La creación de unos premios en plan ‘Lo mejor del 2016′, como esos discos recopilatorios a mayor gloria del reggaeton y otras calamidades contemporáneas. Me lo sugerían en una barra de confianza hace unos días y tengo que admitir que estuve dándole vueltas al magín. Pero se me ocurría algo tan poco convencional y un pelo gamberro que acabé por descartar la ocurrencia: todavía aspiro a que me sigan admitiendo en mis queridos bares. ¿Que qué me maliciaba? Algo así.

 

Premio Artadi: al bar donde sirvan peor el vino (de Rioja)

Premio Chicote: al camarero más borde.

Premio Salmonela: al bar con peor higiene

Premio Cruzcampo: al bar donde tiren peor la caña

Premio Tío Gilito: al bar donde tarifen más exageradamente

Premio Bar Turismo: al peor bar de Logroño

Como se ve, unos premios sin futuro. No se me ocurre ningún local que cumpliera semejantes requisitos. Preferí por lo tanto aceptar otra oferta que me hice a mí mismo: recopilar las iniciativas registradas a lo largo del año que más ilusión me han hecho como parroquiano y eventual cronista de la vida secreta de los bares logroñeses. En ese apartado, yo confieso: me tiene ganado el corazón la reapertura del Ibiza. Cuyo diseño recoge encendidas alabanzas como algún reproche, lo cual me parece fetén: viva la libertad. Porque mi alegría nace del mismo hecho de que esté abierto. Lo veo recibir a una clientela entusiasmada con la posibilidad de regresar al viejo café donde tan buenos ratos pasaron unas cuantas generaciones de logroñeses y me parece suficiente. Anoto otras aperturas recientes que me han hecho una ilusión semejante (Moderna Tradición, La Despensa del Marqués, Principal de Portales) y recomiendo los paseos genuinos que cualquiera tiene a su alcance: los de siempre, las rutas por los bares del viejo Logroño, o los itinerarios emergentes. Por ejemplo, el que me regalé la otra noche alrededor del parque Gallarza: Barrio Bar (vermú fetén), Serenella (y su tortilla multipremiada) y El Lagar, que me sorprendió gratamente por su cuidada decoración, esmerado servicio y estupenda oferta de tragos y bocados.

Voy acabando, con la vista puesta en el 2017. Registre el improbable lector en su caletre alguna apertura de postín que ya se anuncia. Una cervecería de inminente inauguración en Portales, allá donde acampaba el comercio de Foto Payá, y la resurrección del imprescindible Tahití de República Argentina, largo tiempo en obras pero anunciando ya su regreso a la actividad. Que se unirían en el nuevo mapa de bares a otra prometida recuperación muy cara a Logroño, la del añorado Baden. De modo que concluyo con un brindis. Por la salud de los beneméritos bares de toda la vida, que recibieron la visita de este blog (Soriano, Sebas, Lorenzo, Iturza, La Taranta y una larga y proteica nómina), por la salud de sus parroquianos y, sobre todo, por la de quienes siguen las andanzas de este blog. Que pronto dará cabida a una pieza en torno al eterno Chuchi del Junco (hoy se publica en el suplemento Degusta de Diario LA RIOJA) y que promete nuevas emociones en el año que se avecina. El 2017, donde seguro que volvemos a vernos donde solemos: en los bares.

P.D. Cualquier balance debería incluir un agradecimiento. Desde luego, estas líneas deben leerse como una demostración de gratitud infinita hacia quienes se sitúan al otro lado de la pantalla. Algunos, viejos (con perdón) conocidos; otros recién conocidos, que se manifiestan sólo a través del éter. Todos, en cualquier caso, se reúnen en una cifra: la de miles de seguidores que alguna vez se han asomado a esta ventana sobre Logroño y sus bares. Si alguien tenía alguna curiosidad (yo desde luego la tenía; vanidad, supongo), le dejo como regalo de Reyes la lista de las diez entradas más vistas este año, con un claro ganador: aquel artículo dedicado al cachopo, como se refleja en este dibujito que decora estas líneas, debido al ingenio del maestro Diego Ortega y del benemérito Néstor Santo Tomás. A quien también le doy las gracias.

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Regreso al Villa Rica
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Jorge Alacid | 23-12-2016 | 12:00| 0
La entrada del Villa Rica de la calle Laurel. Foto de Justo Rodríguez

 

Hace una semana, publiqué en este mismo espacio una entrada dedicada a glosar al venerable Villa Rica de la calle Laurel, disparando los recuerdos de su época más gloriosa para mí a partir de una imagen donde un grupo de colegas de generación disfrutaban del bar y de su célebre juego del volante. Aquel dibujo, debido al ingenio de Néstor Santo Tomás a quien no me canso de agradecer su suculenta contribución, también disparó la nostalgia de unos cuantos lectores, a quienes igualmente agradezco sus felicitaciones y comentarios. Entre ellos, los de un antiguo colaborador de esta sección, el amigo Poty Foronda. Quien se vuelve a animar a compartir sus reflexiones, puestas por escrito con la clase que le distingue en sus correrías literarias. Así que, con mi gratitud eterna, publico a continuación el artículo que firma el señor Foronda. Espero que os guste tanto como a mí.

 

RODANDO EN EL VILLA RICA

 

Regresa de tomar un café con Jorge, me hace sentar frente a la máquina y me pide que escriba. Empieza confesándome que su aversión a las máquinas electrónicas le viene de la adolescencia. Es firme: era un maula. No tardó en darse cuenta. Un poco más en asumirlo, reconoce. Se conformó entonces con mirar, callar y dar tabaco. Mirar las bolas de los futbolines y los flippers del Toky. Callar ante cualquier pirula. Y, más que dar tabaco, sonríe, a darle unas caladas al cigarrillo que pasara por delante.

Cuando abandonó los recreativos y encontró refugio en los bares, las máquinas también cambiaron. Las máquinas mecánicas (petacos, futbolín, billar) dejaban su espacio a las primeras consolas de videojuegos (murmulla algo del Space Invaders y el pimpón del Tívoli) y a las tragaperras.

Sin embargo, sobrevivían algunas máquinas de habilidad analógica en locales impermeables a la modernidad. Uno de ellos era el Villa Rica: un bar con tres puertas en la mejor esquina de la Senda. Me pide que lo describa en tres brochazos: una barra llena de cazuelas de albóndigas, cazuelillas de callos y platos con banderillas dispuestas a convertirse en el almuerzo, la merienda o el bocado de hombres de paso (todo demasiado viejuno como para llamarlo pincho, rumia); unas mesas y unas sillas de formica al fondo, un retrete (en el que se acertaba mejor borracho, ironiza), clarete de San Asensio y unas máquinas sin bits. Estas máquinas eran la razón por la que me hace escribir.

Una de esas máquinas estaba apoyada sobre el alféizar de la ventana que daba a Albornoz. Era un cajón con un volante con el que conducían, rodando de canto, una moneda (¿de pela, de duro?, no concreta) hasta llevarla a la meta por un circuito con curvas a izquierda y derecha. Cada una de las curvas tenía más caída en los extremos que la anterior. Él no superó jamás la segunda curva, reconoce. Como el premio no consistía en otra cosa que en recuperar la moneda, el dueño regalaba un mechero Bic a quien completaba el circuito. Pero antes había que avisarle en la última curva, pues no creía en milagros. Algunos tíos eran tan habilidosos que daban la última curva como Laudrup sus pases: mirando al árbitro. Y los había tan virgueros, me asegura, que llegados a esa última curva recorrían el circuito al revés, haciendo rodar hacia atrás y saltar hacia arriba la moneda. Él miraba, callaba y le daba unas caladas a lo que pasara.

La otra máquina, con la que uno se tropezaba nada más entrar, era una tragaperras, aunque no del estilo de las que llenaban de herraduras, campanas y vómitos metálicos los bares de la ciudad. Era como un flipper, tal vez algo más pequeña y con la pendiente de la base cambiada. Metían el duro por una ranura y la veías bajar por el canalillo, dirigible con una palanquita, y después rodar, con la expectativa de que hiciera diana contra alguno de los bolos que colgaban de unas lengüetas al fondo. Dependiendo del que acertaran caían dos, seis, diez o veinte duros. A diferencia de las máquinas de petacos, esta carecía de dispositivo de seguridad, por lo que en ocasiones la levantaban y la dejaban caer de golpe, con lo que lo bolos temblaban y soltaba unos duros. La máquina duró en el bar hasta que alguien hizo un agujerillo en el lateral, a la altura de los bolos, y con un alambre daba en el más cercano. Fue reemplazada por una tragaperras Ajofrín, una máquina fea y ruidosa, que, a pesar de ello, le alegró más de una noche en la que estaba, él me lo dice como en un blues, down and out.

La memoria es infiel, se defiende. Le gusta ordenar el caos de recuerdos que se amontonan cuando uno empieza a hurgar en ella, como queriendo llenar la nada infernal del olvido. La escritura busca hacer verosímil la memoria. Por eso me pide que coloque al final de la barra, junto al teléfono público, un tarro de cristal con el juego más analógico que conserva. Lo coloco allí donde me pide, aunque puede que estuviera en el Bretón (el de la Mayor) o en El Porvenir (en Herrerías). El juego consiste en colocar una moneda encima de un limón que flotaba en un tarro lleno de agua. Quien deja su moneda sobre el limón, se lleva todas las monedas. Suena sencillo. Asegura que el fondo estaba lleno de monedas.

Miró. Calló. Fumó. Nunca vio ganar a nadie. Y un día el bote, el limón y las monedas desaparecieron. Después él, la juventud, etc. Más tarde el matrimonio que lo regentaba (el hombre tenía el pelo como Moe Szyslak; la mujer, las pestañas como Marge). Aunque el Villa Rica sigue en la misma esquina (me hace comprobarlo en Google, él tampoco ha vuelto). Las máquinas son ya nosotros. No sé a quién cita cuando me dice que estamos hechos de la misma pasta que nuestros sueños. Le gustaba pensarlo entonces, mientras veía rodar las bolas en el Toky, mientras las monedas por las máquinas del Villa Rica, mientras se sentía como un canto rodado. Tantos años después, con los sueños intactos, se va por el pasillo diciendo que estamos hechos de la misma naturaleza de nuestros recuerdos. Y me deja tranquilo.

José Ignacio Foronda, replicante.

 

Dibujo del Villa Rica, obra de Néstor Santo Tomás

 

P. D. Menciona Foronda el replicante la incógnita desatada en torno a qué obtenía de premio el improbable as del volante que concluyera con éxito el circuito. Hay distintas versiones. Dos corresponsales del blog ofrecieron la suya: para quien se apoda nada menos que Bomberomauri, de premio el dueño regalaba un mechero. Y para el denominado ruizpra_4769, el premio consistía en “recuperar la misma peseta que el jugador había introducido”. “No salías más rico, pero sí más orgulloso”, añade. Más exactos parecen los recuerdos de Juan Luis Varona, el interlocutor que me puso sobre la pista del dibujo de Néstor, quien aparece por cierto inmortalizado en esa viñeta con el resto de la cuadrilla. Esto me cuenta, de nuevo con mi agradecimiento infinito por su amabilidad y buena memoria: “El premio fue variando con los años y con la pericia que iban adquiriendo los jugadores. Yo llegué a bajar la peseta (creo que era una peseta, pero quizás un duro, realmente de eso no estoy seguro) alguna vez, jajaja”. Y añade: “El que está jugando el el dibujo era el súper especialista de mi cuadrilla (uno de los hermanos de Néstor). La bajaba casi siempre. Lo complicado era parar la moneda justo en la última línea justo antes de caer, para poder enseñarle al del bar que la habías bajado. Tras eso, recuperabas la moneda y el del bar te hacía otro sorteo. Tiraba el dado con un cubilete que dejaba cubierto. Unas veces era con dado de póker y tenías que acertar el color. Otras, era un dado normal y tenías que acertar el número. Si acertabas, te regalaba un mechero”. Lo cual confirma lo que uno sospechaba: que en aquellos años, uno se conformaba con cualquier cosa. Sobre todo en la calle Laurel.

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El volante del Villa Rica
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Jorge Alacid | 16-12-2016 | 09:31| 2
Néstor Santo Tomás dibujó a su cuadrilla en el Villa Rica de esta guisa en los años 80

 

Tomarse unos vinos por la calle Laurel exigía en mi mocedad el estricto cumplimiento de una serie de ritos que, luego de confirmarse, concedían a quienes superasen tales pruebas el carné de logroñés. Algunos ya se han citado aquí. Por ejemplo, aposentarse a comer pipas en la ventana del Tívoli, otro tanto en el alféizar del Taza. Engullir en invierno patatas asadas, que no calentaban tanto el estómago como las manos. Adivinar cuándo abría el Blanco y Negro, por supuesto. Someterse a la inclemencia del frío invernal en el wáter del Bambi, desde luego. Y hablando de wáteres, taza y media, con perdón: en el Villa Rica de la esquina con Albornoz aguardaba un examen doble. Hacer puntería en su inodoro de pedales (que tanto ayudó a reforzar nuestros abductores) e iniciar las prácticas del carné de conducir pilotando esa maquinita que se ofrecía a mano derecha según se entraba.

Esto último no era sencillo. Para empezar, porque solía estar ocupada. Los pasatiempos de aquella época eran tan escasos que cualquier nadería disparaba el entusiasmo y concitaba el interés de la potencial clientela. Además, había que aprovisionarse de calderilla, lo cual tampoco resultaba sencillo: porque, aunque suene paradójico, entonces todo el dinero que llevábamos era eso, calderilla, destinada a más altas ambiciones. Y porque el endiablado juguetito se las traía. Una especie de circuito de Fórmula Uno de juguete. Uno depositaba por la ranura su moneda y debía exprimir desde el primer segundo su capacidad de concentración: si no manteníamos desde el banderín de salida bien sujeto el volante, la moneda ignoraba las exigencias del circuito, sus curvas y sus contracurvas. A su libre albedrío, iba saltando y saltando hasta desaparecer, sin que pudiéramos dominarla a volantazos. Tilt.

Y si el jugador acertaba situando la moneda en el camino correcto, tampoco era el momento de cantar victoria: el recorrido que esperaba a continuación exigía una maestría que a muchos nos fue negada. Aún no había nacido Fernando Alonso, a quien me hubiera gustado ver domesticando aquella maldita moneda que se negaba a menudo a seguir su curso lógico y parecía disponer de vida propia. Aunque también ocurría alguna vez que ante nosotros se alzaba algún anónimo as del volante, cuyas filigranas en la maquinita nos dejaban mudos: el silencio se apoderaba del Villa Rica con una densidad de tal envergadura que bastaba ingresar por su puerta para saber que alguien estaba ejecutando con mayúsculo magisterio las maniobras reglamentarias que conducían a la monedita a su destino fetén.

¿Qué obtenía a cambio el exitoso jugador? Mis disculpas: se me ha olvidado. Debió suceder semejante proeza tan raras veces que no recuerdo nada. Nada de nada. Si el matrimonio que defendía aquella barra tan castiza le invitaba a un vino o si le permitía volver a intentarlo. Si recibía el aplauso sincero y emocionado del resto de la clientela (y salía por alguna de las dos puertas entre ovaciones) o si tal vez le convidaban a una bolsa de pipas. Logroño ya era así, según creo. Muy poco dado al elogio, aunque a todos nos constara que llevar la moneda dichosa por aquel carrusel de curvas y contracurvas, repechos endiablados y chicanes imposibles con mil trampas emboscadas para entorpecer el feliz itinerario representaba una hazaña magnífica. Es posible que incluso abucheáramos al mago del volante: nos ponía a los demás en evidencia.

Como se desprende, aquel juego tan tontorrón ocupó en nuestra iniciación a la calle Laurel una especie de hito tan formidable que se entenderá mi genuino entusiasmo cuando recibí por correo la imagen que ilustra esta entrada. Ahí verá el improbable lector, gracias a la pericia como dibujante de Néstor Santo Tomás, a dos jovencitos logroñeses extasiados al volante. Primeros años 80: cualquiera de esa generación puede reconocerse en la pareja de quintos, a quienes el resto de la cuadrilla no hace demasiado caso. Mejor dicho: los ignora por completo. Tal vez porque se disponían a completar con éxito la vuelta de reconocimiento y sólo se merecían eso: el desprecio que Logroño otorga a quien cosecha algún triunfo.

Todavía volví mil veces después de esa época al Villa Rica, seguí probando suerte con la máquina y vi crecer ante mis ojos a los hijos de aquel matrimonio que defendía el bar. Un día, sin embargo, encontré que todo había cambiado. Había cambiado la dirección del local y, horror máximo, había desaparecido el célebre pasatiempo, arrancado de la pared para morir (supongo) en el contenedor más cercano. Yo obré en consecuencia: nunca más regresé al Villa Rica. Alguna vez en que me vi tentado me he cerciorado de que la máquina sigue sin aparecer y me mantengo por lo tanto fiel a semejante boicot, tan marciano. Aunque tantos años esquivando esa barra donde pasé tantas y tantas tardes acodado viendo a tanto Fittipaldi de ocasión tiene ahora su recompensa: ese dibujo que me reconcilia con el Villa Rica que sobrevive en mi imaginación. El bar al que sí volvería.

Sobre todo, si recupera la maquinita.

P.D. Comenté con algún camarada de aquellos años estos recuerdos a propósito del dibujo que me envío don Néstor y comprobé que se trataba de añoranzas mutuas. Hasta el punto de que uno de ellos, el amigo Poty Foronda, me abrumó como suele: con el recordatorio detallado de este juego del Villa Rica… y de unos cuantos más. De los que yo no tenía ni tengo memoria. Fue tan preciso en sus propios recuerdos que le invité a que los comparta en este blog cualquier día de éstos. Compromiso que promete cumplir: así reviviremos de su mano los días en que una generación entera jugaba a poner una moneda encima de un limón sumergido en una fuente llena de agua. Para que luego nos digan que cualquier tiempo pasado fue mejor.

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