La Rioja

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Bares sobre ruedas
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Jorge Alacid | 30-01-2015 | 09:45| 0
El tren de Anita, un clásico del Logroño del siglo XX. Foto del archivo de Diario LA RIOJA

 

La cuesta de enero se sube mejor sobre ruedas. Un chiste, ejem, mejorable: lo sé. No se me ocurría otra cosa para iniciar esta entrada que quiero dedicar a una modalidad recién implantada en suelo patrio: los tragos portátiles que, acompañados de bocados muy logrados, se despliegan ante nuestros ojos a bordo de furgonetas, camionetas o vehículos ‘ad hoc’, en cuyo seno habitan misteriosos fogones, neveras diminutas y utensilios de variado pelaje que aseguran la administración de tentempiés de notable nivel. Una tendencia que, en esta vida fugaz por la que nos toca transitar, tiene toda la pinta de haber llegado aquí para quedarse.

En realidad, esos tragos provisionales reflejan muy bien el tiempo que nos toca habitar. De ahí que en esta España que tanto recuerda a aquella en blanco y negro parezca pertinente el regreso de hábitos que suponíamos superados. Porque de toda la vida hubo en Logroño empresarios hosteleros que, en vez de despachar su mercancía en un sitio fijo, distribuían su oferta a lomos de vehículos que forman parte ya del imaginario de cualquier logroñés que peine alguna cana. Es el maravilloso y emblemático caso del empresario apodado El Guaje, patriarca de una saga de emprendedores en el sector hostelero, que empezó ganándose el sustento con su aparatoso carro emplazado según recuerdo en la esquina de Hermanos Moroy con Marqués de Vallejo. Aquel ingenioso caballero esparcía los dones que expedía en tres subsectores: el rincón tropical, donde descollaban los cocos partidos en raciones de más o menos cinco grados (y que refrescaba con su pintoresca regadera de plástico), el área encurtidos, consagrada al pepinillo, las aceitunas y el llamado revuelto (coliflor, zanahoria y otros); y la zona marisco, que incluía como subsecciones el calamarro (también llamado cangrejo), el vígaro o caracolillo (también llamado magurio) y la quisquilla (también llamada camarón).

Nuestro encantador paisano puede ejercer como hipotético abuelo de cuantos luego han seguido su ejemplo en tales prácticas. Se citará en consecuencia esas increíbles camionetas que una bendecida mano transforma en gloriosas churrerías: las hay repartidas por Club Deportivo, la Glorieta, Murrieta y el parque Gallarza, hasta donde yo conozco. No hay que esforzar mucho la imaginación para ver en ellas el precedente de estos otros vehículos más sofisticados que vemos desplegarse por urbes de mayor población, aunque careciendo del encanto de los pioneros. Por ejemplo, ese otro caso que todos hemos frecuentado alguna vez: las furgonetas que se emplazan por El Ferial (vulgo: las barracas), especializadas en bocados más bien salados, con querencia acendrada por el universo alemán (vulgo: salchichas), cuya plancha sirve en esta renovada variante como elemento central para exquisiteces de mayor postín. Primas hermanas de las que desembarcan también por las fiestas de los pueblos llevando a bordo su suculenta mercancía.

Bares sobre ruedas todos ellos, antecedentes de los casos más sofisticados que vamos conociendo, que todavía no han llegado por Logroño pero que ya asoman por el resto de España: así ocurre con el cocinero riojano Koldo Royo, que anda por Mallorca, donde antes defendió un restaurante de larga fama iluminado por la Guía Michelín y sus estrellas, repartiendo bocados a bordo de una furgoneta. Cosas de la crisis. Lo veo por televisión y compruebo que el singular desafío no le arredra: combate la larga noche de la economía declinante radiante de ánimo y completa sus servicios sobre ruedas sirviendo cenas a domicilio. Y tanto la oferta furgonetera como los platos que cocina en casa ajena tienen muy buena pinta, así que me instala la duda de si cuajaría en Logroño una experiencia semejante.

Hablo por mí, pero yo no lo descartaría. Me confieso incondicional de los churros que así se nos despachan desde antaño, añoro también aquel carrito con sus cocos y sus caracolillos y fui igualmente adicto a la oferta salchichera que nos ofrecían por las barracas. No es que ahora no lo sea: es que ya me he ido quitando de las barracas en sí, así como del algodón de azúcar, del tren de la Bruja y de la tómbola donde (casi) nunca tocaba nada. Pero no rechazaría probar uno de esas gollerías que ofrece el paisano Royo ni me importaría ver cómo florecen (siempre que Hacienda y la ordenación jurídica vigente lo permitan) enotecas sobre ruedas, coctelerías sobre ruedas, cervecerías sobre ruedas: insisto, correctamente legislado su ámbito de aplicación y con unas tarifas que también obraran en consecuencia y garantizasen el éxito que persiguen sus promotores. No, no descartaría que triunfen por Logroño, donde tenemos ya la vista acostumbrada: qué otra cosa que tragos portátiles son los innumerables botellones que acampan entre nosotros cada fin de semana.Representan más o menos lo mismo, ese aire furtivo con que ahora parece pertinente despachar un trago. Y contamos con otra ventaja adicional para aceptar esa tendencia: que muchos logroñeses nos hicimos mozos comiendo las pipas que nos ofrecían en el único tren cuyo combustible era el girasol. El añorado tren de Anita que siempre veremos junto al Tívoli si cerramos los ojos: pionero en servir sobre ruedas su glorioso tesoro. Ni alcohol ni tapas, sólo pipas, que nos hacían igual de dichosos. Y es que, en efecto, está todo inventado: incluso la felicidad viajaba entonces sobre ruedas.

P.D. Un inciso para cerrar esta entrada: paso con frecuencia delante de su puerta, pero hasta hace poco no había reparado en el cierre de un local histórico, el despacho de vinos Néstor, sito en Ingeniero La Cierva. Mala cosa. Porque estas bodeguitas, a las que dediqué una entrada hace tiempo, representan una de las más acababas aportaciones riojanas al universo de los bares. Una tipología que se bate en retirada cuando hace no demasiado dotaba de color al sector hostelero logroñés. Sólo resisten Murillo y Gil en República Argentina: especies en vías de extinción. Si fueran animalitos, contaríamos con legislación al respecto para evitar su desaparición.

 

 

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Y la mejor croqueta de Logroño es… Sorpresa, sorpresa
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Jorge Alacid | 24-01-2015 | 10:30| 0
Pablo Sotés y Óscar López, cocinero y propietario de Catedral. Foto de Andrea Aragón

Como decíamos ayer… En capítulos anteriores, este blog había ido recopilando las opiniones recogidas a lo largo de la semana, después de que el pasado viernes nos sumáramos a ese efémeride tan marciana del Día Mundial de la Croqueta, preguntando a los improbables lectores y a la audiencia de la web de Diario LA RIOJA cuál era la mejor de Logroño. En las primeras oleadas de respuestas, se detectó rápidamente un pugilato entre las despachadas en dos establecimientos señeros, el Buenos Aires y el Tondeluna, aunque progresivamente irrumpió un tercer contendiente que cuestionaba el liderato de ambos en este juego, concurso o lo que sea: el Catedral, local autoetiquetado como gastrobar, de apertura todavía reciente (poco antes de Navidad) y situado en la calle Portales, frente a (de ahí el nombre) La Redonda.

Pues bien: como uno no las ha catado no sabría decir si sus croquetas son en efecto las mejores de Logroño, pero desde luego el Catedral puede enorgullecerse de contar con la clientela más movilizada. En tan elevado número han ido votando sus parroquianos por las croquetas que prepara un caballero llamado Pablo que finalmente se ha llevado el primer premio de nuestra iniciativa, superando al Buenos Aires (segundo) y al Tondeluna (tercero). Así que felicidades, al citado Pablo, a los dueños del bar, a su plantilla y a su clientela. Y felicidades también a los dos establecimientos que le escoltan en el podio y, por supuesto, a todos los amigos que han ido participando en esta búsqueda de la mejor croqueta, ese bocado tan clásico de nuestros bares que al parecer en Logroño cuenta con encendidos seguidores.

La lista de enhorabuenas debe ampliarse a todos aquellos bares que han sido citados en los comentarios de nuestros lectores, incluyendo los ubicados fuera de Logroño. No me gustaría olvidarme de nadie, pero la lista es prolija y ha llegado hasta aquí por vías tan distintas que temo equivocarme. Espero que no. Ahí va. Torres, Carlos, El Muro, La Tavina, La Taberna del Tío Blas, Umm, La Cabaña del Tío Juanvi, Más que café, El Abuelo, Urbión, Virginia, La Senda, Ensenada, Las Cubanas, La Nuit, Donosti, El Rincón de Alberto, Bococa, Ende, el jamonero Jabugo de Siete Infantes, Lekken and Lekken, Matute, Volapié, Iruña, Kaiser, Portales 24, El Colmado de los Artistas, PanyVino, Eleyce y La Panza de Sancho. Y de fuera de la capital, Masip de Ezcaray, el Arriero de Sorzano, La Tapiada de Albelda, San Quintín de Oyón y el Alameda de Fuenmayor.

Como se podía pronosticar, una larga lista de encuestados se decanta por lo que todos cuando de croquetas, tortilla o paella se trata: que las mejores son las de su madre, la de su abuela o las de su pareja. Es lo que tiene haberse convertido en un plato común en el recetario familiar. A todos los que así opinaron, también felicidades. Por partida doble: por haber participado y por disfrutar de semejante gollería en la cocina de casa. Pero quienes opten por peregrinar por los bares de Logroño ahí tienen una estupenda relación de locales donde satisfacer sus ansias croquetiles. Empezando por el ganador, el Catedral, que gentilmente ha aceptado la propuesta de convidar a una ración de sus croquetas al ganador del sorteo que haremos entre los participantes. Seguiremos informando.

P.D. Los votos sobre este incruento concurso gastronómico/festivo se han recogido por distintas vías: los recibidos en este blog, por un lado; por otro, los dejados en la cuenta personal de facebook de quien suscribe; una tercera opción fue la cuenta corporativa de larioja.com en facebook. La suma de todos ellos dio como ganador al Catedral. Todos ellos, los lectores que amablemente han participado en nuestra propuesta y quieran conocer los pormenores de la croqueta ganadora harán bien en leer mañana, sábado, el reportaje que publicará Diario LA RIOJA en su suplemento Degusta y el vídeo que sobre este particular publicará por su parte la web del periódico.

 

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La mejor croqueta de Logroño es…
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Jorge Alacid | 20-01-2015 | 09:55| 1

La mejor croqueta de Logroño es… De momento, no se sabe. Ese enigma se despejará en este blog este próximo jueves. Hasta entonces hay de plazo para seguir votando en el juego que ha lanzado la web de Diario LA RIOJA, con ocasión de esa efeméride tan rara que se celebró la semana pasada: el día de la croqueta. Con semejante coartada, preguntamos a nuestros lectores cuál era su favorita y un par de días después recapitulamos. Según las opiniones recogidas, así en la propia web como en su perfil de faceboo, la predilecta del público logroñés oscila entre las que ofrece el Tondeluna y las que despacha el Buenos Aires.

Desde ese día, apenas se han registrado novedades. Sigue en lo más alto de la tabla, que diría un periodista deportivo, el duelo entre ambos locales, sin incorporaciones llamativas al listado que ya registré en la anterior entrada de este blog y que ahora reitero: Torres, Carlos, El Muro, La Tavina, Catedral (que va ocupando el tercer puesto), La Taberna del Tío Blas, Umm, La Cabaña del Tío Juanvi, Más que café, El Abuelo, Urbión, Virginia, La Senda, Ensenada, Las Cubanas, La Nuit, Donosti, El Rincón de Alberto, Bococa, Ende, el jamonero de Siete Infantes y Lekken and Lekken. Debe añadirse a la lista alguna incorporación, como las del Asador Matute o sus vecinas, la taberna Volapié y el Iruña, así como las de la hamburguesería Kaiser o las de Portales 24. Julián San Martín aconseja las que sirve un nuevo bar, El Colmado de los Artistas, y hay quien continúa barriendo para casa (como ocurre en PanyVino) insistiendo en las bondades de las croquetas de sus propios establecimientos. Lo cual no es lo ideal, pero tampoco pasa nada. Se puede aceptar como orgullo de padre/madre.

Hay algún caso en que los clientes emigran fuera de Logroño y ahí están los ejemplos del Masip de Ezcaray, el Arriero de Sorzano y La Tapiada de Albelda para confirmarlo, como el San Quintín de Oyón o el Alameda de Fuenmayor. Y hay también lo previsto: aquellos que opinan que, como era fácil pronosticar, las mejores croquetas son las que hace su madre, su abuela o incluso ¡¡¡su marido!!!, una opción que yo hubiera descartado. Sin embargo, sucede que, al parecer, un caballero llamado Rafael García Romero es un auténtico as de los fogones, un artista de la bechamel, o al menos así lo considera su pareja, Rosa Martínez. Suerte que tiene.

En fin, que lo dicho: dejaremos de plazo hasta el jueves y con las opiniones que hayamos recogido entre nuestros lectores publicaremos al día siguiente el ganador. De premio, prometemos mediar ante el bar que haya sido elegido a ver si tiene un detalle con nuestros lectores. Me malicio que no habrá problemas: cuando a alguien le dice que sus croquetas son las mejores, seguro que le apetece obsequiarnos con una ronda.

P.D. La pregunta que lanzó larioja.com ha demostrado que, en efecto, el mundo de la croqueta moviliza como pocos no sólo los jugos gástricos, sino a la audiencia. Es uno de los bocados más populares de la hostelería española; me atrevo a decir que sólo compite con la tortilla tanto en calidad como en cantidad. No suele faltar en ninguna barra, tampoco se olvidan de ella en las mejores casas de comidas, y es también uno de esos platos populares con más raigambre en el recetario familiar. De ahí el aluvión de lectores que se han interesado por la noticia, a quienes damos las gracias y les invitamos a seguir votando. Ya lo saben, hasta el jueves hay tiempo.

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Mundo croqueta: duelo entre Buenos Aires y Tondeluna
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Jorge Alacid | 17-01-2015 | 09:31| 0

¿Aceptamos Buenos Aires como bar? Bueno, vale, de acuerdo. Todo sea en memoria de cuando, en efecto, era bar: se enclavaba como sabe cualquier logroñés castizo en el corazón de la calle Laurel y era también, como en su actual encarnación, casa de comidas. Allí aseguran sus múltiples fans que hoy se cocinan las mejores croquetas de Logroño y, por lo tanto, queda incluido en el simpático pugilato que la web de Diario LA RIOJA ha establecido con sus lectores, en busca de la mejor croqueta de Logroño.

Como decíamos ayer, se trata de un duelo incruento. Ese tipo de pulsos que se mantiene cuando hay un fogón por medio y surge el recetario tradicional español en cualquiera de sus manifestaciones: todo el mundo hace la mejor paella, el mejor cocido, la mejor tortilla… y las mejores croquetas. Todo el mundo, incluyendo a las mamás y las abuelas de todo el mundo. Logroño no es una excepción. Más bien, la encuesta lanzada espontáneamente por esos mundos digitales confirma la regla: aparecen entre las respuestas, en efecto, unos cuantos paisanos a título individual, pero aquí buscamos las que ofrece el prestigioso sector hostelero local. Se mencionaba en la anterior entrada de este blog la fama nacional que distingue a las elaboradas por la familia Paniego, presente en la capital a través del Tondeluna y, como se podía sospechar, esa croqueta es mencionada por numerosos de los encuestados. Que por cierto han reaccionado en masa, valga el chiste malo: nada menos que 200 personas le han dado ya al ‘me gusta’ del facebook de larioja.com donde se divulga la noticia, que ha alcanzado a más de 16.000 personas.

Un impacto semejante al obtenido por quien escribe estas líneas en su propio perfil de la misma red social: abrumado se queda uno cuando comprueba que la entrada en el blog ha contado con 627 seguidores, a los que deben añadirse quienes además han tenido la gentileza de tuitearla. Lo cual corrobora la repercusión que tienen en este mundo nuestro los platos caseros, la gastronomía familiar de toda la vida, ese bocado sabio y nutritivo que manos amigas ponen a nuestra disposición desde que tenemos memoria. Que eso es también la croqueta: ingenio popular. Cómo convertir en alta cocina lo que, si se piensa bien, tan sólo es una mezcla de sobras: un poco de pollo que quedó de anoche, aquellas migas de bacalao guardadas en la fresquera, algo de huevo duro… Ingredientes humildes pero soberbios: porque cuando pasan por la sabiduría de nuestros cocineros favoritos se transforman en otra cosa. En un momento memorable, a condición de que incluyan el componente fundamental: amor. Mucho amor.

Y amor derrochan desde luego las dos favoritas (de momento) de nuestros lectores, los de este blog y los de la web de Diario LA RIOJA. La encuesta se ha convertido casi en un mano a mano entre Buenos Aires y Tondeluna, pero me gustaría incorporar otras referencias que hasta esta hora también aparecen. Espero no dejarme ninguna: Torres, Carlos, El Muro, La Tavina, Catedral (que va ocupando el tercer puesto), La Taberna del Tío Blas, Umm, La Cabaña del Tío Juanvi, Más que café, El Abuelo, Urbión, Virginia, La Senda, Ensenada, Las Cubanas, La Nuit, Donosti, El Rincón de Alberto, Bococa, Ende, el jamonero de Siete Infantes y Lekken and Lekken. Lo dicho, espero no haberme dejado ninguna, porque la nómina es muy amplia: tan amplia que incluye el desaparecido Ramitos y emigra fuera de Logroño, hacia el Masip de Ezcaray. A todos ellos, muchas gracias. Y que aproveche.

P. D. En los comentarios a la noticia tanto en la propia web como en las redes sociales hay un poco de todo: hay quien se nota que barre para casa en sus comentarios y quien (en su mayoría) se limita a trasladar su experiencia como cliente de alguno de estos establecimientos. Esto último es lo preferible, pero en fin… Nosotros seguiremos informando de cómo evoluciona este juego que hemos propuesto con tan cordial acogida y en las siguientes entregas del blog ofreceremos la clasificación final. Hasta entonces, lo dicho: que aproveche.

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¿Qué bar tiene las mejores croquetas de Logroño?
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Jorge Alacid | 15-01-2015 | 18:48| 22
Francis Paniego, presumiendo de croqueta. Foto de Justo Rodríguez

Hace unos dias tropecé por televisión con el gran Francis Paniego enseñando el secreto mejor custodiado en su casa, el Echaurren de Ezcaray, en cualquier de sus encarnaciones (incluyendo nuestro logroñés Tondeluna): sus croquetas. El programa, de alcance nacional, resultó muy ilustrativo, al menos para quien esto escribe, puesto que se confiesa más bien inmune al encanto de tal bocado. Sí, bueno: ya sé que voy en contra de la corriente general adicta al croquetismo, pero son las cosas del servicio militar, vulgo mili. Quien haya vestido de caqui lo entenderá: si cada ser humano tiene fijada cuando nace la ingesta de un número determinado de croquetas, basta cumplir un año a las órdenes del Ejército español para que esa cifra sellada desde la cuna por el destino se multiplique. Exponencialmente. Croquetas cada día en el almuerzo, las sobrantes para la cena y no te las endiñaban de desayuno porque el sargento de cocina se apiadaba de nosotros.

Y sí, bueno: ya lo sé. Ya sé que aquella masa informe que solía llevar Findus de apellido poco o nada tiene que ver con estos exquisitos manjares que salen de los fogones de los cocineros riojanos, pero qué le vamos a hacer: uno ve una croqueta en un plato y se retrotrae, máquina del tiempo mediante, al tiempo en que gastaba uniforme del cuerpo de Ingenieros y gorra con aquel llorado eslogan: 81/8º. Yo ya me entiendo. Me veo con la bandejita metálica por el corredor de los comedores del cuartel y lo que veo no me gusta: en efecto, allí aparece la diaria ración croquetil, una engrudo que exigía una digestión elefantiásica, que se hacía fuerte en el área estomacal durante unas cuantas horas y cuyo sabor tanto me recordaba a los areneros de las piscinas de Cantabria. Una gollería, vaya.

De modo que todavía hoy, una glaciación después, tropiezo con una ración de croquetas, incluidas las mejores del mundo, y me dejan frío. No quiere decirse que sea ajeno a su degustación y de hecho he tenido durante largo tiempo entre mis tapas favoritas una de ellas: la croqueta de manitas que elaboran con singular encanto en el Vinissimo de la calle San Juan, aunque si soy sincero creo que me gustaba más por lo de dentro (las mencionadas manitas) que por el rebozo exterior. Citaré aquí otras que también me han tenido entre sus seguidores, como la de calamar que despachan en la Taberna del Tío Blas o la polifónica oferta que sirven en el Torres, pero la verdad es que me prodigo poco. Veo salivar a mis compañeros de ronda cuando se aproxima la cita croquetera en algún bar de confianza, observo a mi alrededor una legión de fans entre los seguidores del universo croquético y compruebo que triunfa entre nosotros una corriente que ha entronizado a la croqueta en general como el bocado entre los bocados, la tapa estrella, el tentempié ganador.

Todas estas digresiones vienen a cuento de que este viernes tenemos una cita con el rarísimo universo de los días mundiales. Por haber, hay un día en el calendario anual de días mundiales dedicado.. a los días mundiales. Como las muñecas rusas, más o menos. Así que como ahora toca el día mundial de la croqueta, que vaya usted a saber en qué consiste, he pensado en aquel reportaje de Paniego elaborando el plato estrella que ideó su madre Marisa Sánchez y humildemente me arrodillo. Abjuro de lo antedicho porque me dejó noqueado. La alta cocina se ha popularizado tanto que corre el riesgo de vulgarizarse: dejamos de conceder valor a lo que sí lo tiene. A esas obras de arte, auténticos trabajos de orfebrería e ingenio popular. A esa conclusión llegaba mientras me maravillaba con el delicado trabajo que ejecutaba Paniego, componiendo la mezcla de alimentos que luego mimaba como si fuera un bebé mientras hacía la bechamel, el exacto equilibrio entre ingredientes, la textura sublime que alcanzaba al final del proceso (visible incluso a través de la pantalla), la freiduría no menos minuciosa, la sabiduría transmitida entre generaciones que garantiza que esa croqueta es ‘la’ croqueta y no se parece en nada a la que usted o yo hacemos en casa (lo cual muy improbable en mi caso)…

Esas son las croquetas que el equipo de Tondeluna ofrece en El Espolón, candidatas como el resto de las que se despachan en los bares de Logroño a imponerse en el concurso (por llamarlo de alguna manea) que desde aquí lanzamos: cuáles son las mejores croquetas de Logroño. Y no vale responder con la clásica frase de “las que prepara mi madre”. Tienen que forma parte del menú propio de las barras acreditadas en la capital de La Rioja: como premio, una promesa. La promesa de que sortearemos entre los participantes una consumición de croquetas (claro) en el bar que resulte ganador. O, al menos, lo intentaremos. Nos aprovecharemos de la buena voluntad que distingue al sector hostelero local, sospechando que al bar cuyas croquetas sean las elegidas por nuestros improbables lectores le apetecerá tener un detalle con su clientela. Aunque sólo sea por presumir.

P.D. Los más prestigiosos críticos de cocina suelen coincidir en destacar las croquetas de la familia Paniego entre las mejores de España. Digo familia y digo bien, creo yo: porque además del talento de la matriarca del clan, doña Marisa, y del de su hijo Francis, a éste le entendí en el citado reportaje televisivo que también su padre metió la cuchara, nunca mejor dicho, para que el bocado resultara más tierno que crujiente. No excesivamente crocante, defecto en que a mi modesto juicio se suele incurrir cuando de croquetas se trata. En la imagen que acompaña esta entrada vemos por cierto al mencionado Francis presumiendo de croqueta; que no se vea favoritismo en esta foto. Porque esa misma crítica gastonómica que ha entronizado al Echaurren y sus hijos desconocerá seguramente las que se sirven en las barras de Logroño. Así que lo dicho. ¿Cuál es la mejor croqueta de Logroño? Y quien se anime a contestar, que recuerde lo que decía Coubertin: lo importante es participar.

 

 

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Bares favoritos: premio para… el Bretón
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Jorge Alacid | 10-01-2015 | 09:45| 0
Interior del Bretón
Y el premio es… para el Bretón. Aunque en realidad no hay ningún premio: el título de esta entrada sólo sirve para este tontorrón juego de palabras que me permite descifrar el bar que concita más respuestas entre los encuestados por este blog en busca del favorito de sus seguidores. En el sondeo, que no tiene validez científica alguna como insisto en recordar, han participado unos cuantos lectores que fueron dejado sus opiniones de modo espontáneo y también quienes han contestado a mi requerimiento directo. Hubo tres entradas monotemáticas: las protagonizadas periodistas, políticos y logroñeses que viven fuera. Gracias a todas estas aportaciones, este experimento/juego/diversión o lo que sea, ya tiene ganador. El Café Bretón.
Y se impone el local de la calle homónima con seis votos de otros tantos logroñeses, sólo uno más de los recibidos por otros tres locales que ocupan las siguientes posiciones: Soriano, Torres y Tastavín. Un trío que se lleva cinco menciones cada cual y que completa con el mencionado Bretón una especie de itinerario de las barras logroñesas que ayuda a despejar la incógnita célebre: qué buscamos cuando vamos de bares. La respuesta es sencilla: un poco de todo. En el caso del Bretón, pienso que le beneficia su condición de bar total. Es decir, que estamos ante uno de esos locales que abre en prolongado horario porque cuenta con un público que responde por igual al desayuno matutino, el vermú, el café de media tarde… Una parroquia que tiene puestas sus complacencias también en él para la ronda de vinos, la copa noctívaga… Una clientela, en fin, tan adicta a los veladores del entrepiso con vistas a la calle Laurel como a la terraza con vistas al teatro.
De ahí esos seis votos, sospecho. Contribuye a pensar en el Bretón como el bar favorito de unos cuantos encuestados por otros dos factores: el paso del tiempo, que canoniza locales que cuando son neonatos apenas nos dicen gran cosa, y su condición de faro cultural de Logroño. El Bretón suele ser noticia más allá del sector hostelero, como puede comprobar cualquiera que fisgonee por google y de hecho hace unos años ya recibió un precio nacional concedido por los hosteleros patrios. Lo cual significa algo y puede no significar nada: como mantemos con los bares una conexión más bien sentimental, podemos elegir el que nos guste por la primera razón que nos venga a la cabeza (más bien, al corazón) y no tener que justificar nuestra elección. Ya lo decía el bolero: el corazón tiene que cosas que la hostelería no entiende.
De modo que tenemos una especie de bar de bares, de panbar si se me acepta el neologismo, en el primer puesto y un trío que le persigue con una oferta complementaria: Tastavin y Torres, que son vecinos por cierto en la calle San Juan, comparten un espíritu similar. Gran nivel de tapas y pinchos, esmerado servicio y una oferta muy suculenta de vinos por copas con énfasis en referencias poco conocidas y atención a las novedades que demanda un consumidor cada vez menos borrego en materia de Rioja. La fotografía de los gustos logroñeses se completa por lo tanto con el Soriano, que es justamente lo contrario: la devoción por lo conocido, la seguridad de saber que hay bares donde apenas nada cambia. Eso es el Soriano (con su ejemplar pincho de champiñón tan emblemático como bandera) y eso representan otros locales, como el recién desaparecido Perchas (que se lleva cuatro votos, por cierto) o el Sebas, premiado por tres encuestados.
También La Tavina, el Mesón Alfonso y el Pata Negra se hacen con tres votos y añadiré tan sólo al Tivoli de la larga lista de bares favoritos, porque recibió cuatro apoyos que resumen muy bien de qué hablamos cuando hablamos de bares: entre quienes lo citan como uno de sus bares predilectos figuran quienes en realidad votan al primer Tivoli, no al actual. Lo cual, como digo, confirma la impresión arriba citada, germen de hecho del nacimiento de este blog: que hay una especie de geografía sentimental encerrada en nuestro propio mapa personal e intransferible de bares, habitado tanto por los que son como por los que han sido. Y que tal vez sólo en materia de bares uno puede seguir prefiriendo votar por un fantasma y dejarse traicionar por la memoria: cuando votamos por uno de esos garitos ya difuntos, puede que nos estemos limitando a honrar el tiempo en que fuimos más jóvenes.
P.D. Los improbables lectores de este blog tal vez recuerden una entrada reciente dedicada al universo de los bares de carreteras. Como mi favorito mencioné entonces a El Duque de Medinaceli, situado en la travesía desde Logroño a Madrid por la N-111. Una visita reciente me permite avisar de que el bar estará cerrado durante este mes y parte de febrero porque se somete a cirugía. Espero que la visita del bisturí no lo desfigure ni le reste encanto: cruzo los dedos. La ¿buena? noticia es que cuando reabra se beneficiará de que un corte en la carretera por las obras de duplicación de vía obligará a los vehículos a cruzar de nuevo por Medinaceli. Por lo tanto, no será preciso durante una temporada dar un rodeo para detenerse a la puerta de un bar que lleva derrochando clase y mucho estilo durante más de medio siglo. Le deseo larga vida y que no cambie demasiado. Sus fans lo agradeceremos.
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Los bares favoritos… de unos cuantos políticos logroñeses
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Jorge Alacid | 02-01-2015 | 17:57| 0

Año nuevo, hábito viejo. Me parece llegada la hora de ir concluyendo la encuesta lanzada semanas atrás en este mismo espacio en torno a cuál es el bar favorito… de los que contestan. Es decir: que no se trata del bar favorito del conjunto de los logroñeses, puesto que este sondeo carece de ánimo científico. Han ido respondiendo a la pregunta que lancé por facebook unos cuantos seguidores del blog y recopilando sus contestaciones. Hubo un sondeo genérico y luego otros sectoriales: entre periodistas, entre logroñeses trasterrados y concluyo con uno de políticos. Dirigentes del arco parlamentario regional han tenido a bien divulgar sus listas de bares predilectos. Hay quien no ha respondido al llamamiento, quien ha contestado muy prolijamente y quien ha sido más escueto. A todos ellos, muchas gracias. Y aquí va el resultado de sus respuestas, por riguroso orden alfabético.

Concha Andreu, candidata del PSOE a la Presidencia autonómica, se explica así: “Mi favorito en cuanto a manjares versión tapas es el Tastavin de la calle San Juan, me hace perder el entendimiento, tanta variedad y exquisitez. Mi preferido con terraza de día, el Umm! de la calle Torrecilla, 11. Además de cuidar los vinos, las cervecitas y tapas son totalmente de mi agrado. La terraza nocturna, aunque cada vez la practico menos por falta de tiempo, la del Café Bretón, es como estar en casa. Y como final y con especial cariño el Café Luz en Saturnino Ulargui, 12, donde a la hora del vermú, si Mariano tiene a bien, prepara un especial con angostura que a mí me lleva a dejar la prisa al otro lado de la puerta”.

Seguimos con otra mujer y también socialista: Beatriz Arráiz, alcaldable al Ayuntamiento de Logroño, contesta lo siguiente: “El Moderno, es un sitio singular como creo que no queda otro en Logroño, te introduces en un escenario del siglo XIX, pero con personajes variopintos, de toda clase y condición que filosofan, debaten, un ambiente fantástico. Un bar de barrio, de mi barrio que, sin embargo, descubrí tarde es el Alfonso, porque tiene los mejores morritos de Logroño, salvo prueba en contrario. Y el Tívoli, no sé si por la ubicación, por la nostalgia… No sé pero ese bar, ha tenido y tiene algo especial”.

Sin salir del salón de plenos logroñés, esta es la contestación de Conchi Bravo, diputada por el PP y también concejal. “Me gustan los bares, pero me estoy volviendo muy mayor… En fin, me gustan el Pata Negra, el Colonny y el Lolita”.

Y desde el mismo partido que Bravo, Conrado Escobar enseña su póker: “El García de la calle San Juan, El Soldado de Tudelilla, con el gran Manolo al frente, la estupenda Taberna del tío Blas y el Ibiza”.

Desde el PR+, su líder Miguel González de Legarra se extiende un poco más y viaja más allá de Logroño: “La verdad es que como yo soy muy de bares lo tengo un poquito complicado para elegir algunos, pero voy a intentarlo: sin duda los primeros, por encima de todos, serían los bares de la calle San Juan. La propia calle en sí creo que tiene un encanto especial. y se configura en mi ‘bar’ favorito. Hay un bar en Arnedo al que siempre que voy no puedo resistir entrar a comer una gordilla a la plancha, el bar Niza. La Herradura de Haro es otro lugar con mucha magia. Creo que podría decir varios más pero de momento termino con la cafetería del Círculo Logroñés, un lugar como de otra época pero muy actual donde siempre me encuentro cómodo y atendido por grandes profesionales”.

César Luena, diputado socialista por La Rioja, se decanta por cuatro bares: “Empezando por dos de mi barrio: el Alfonso en la calle Villegas y La Bellota en Manzanera. El Juan y Juan de Sagasta y El Noche y Día de la calle Portales”.

De los bares de hoy a los de siempre: el recorrido que propone el concejal logroñés del PP Ángel Sáinz Yangüela representa en cierto sentido un paseo por la historia del Logroño hostelero y por todo el mapa callejero. Ahí va: “Mis recuerdos de juventud pasan por unos vermús en la zona que constituían los Cibeles, Drugstore, Amazonas y Vivero. Si había hambre, Don Torcuato y el Beti ofrecían los mejores emparedados de Logroño. También forma parte de mi juventud las rondas por Laurel que comenzaban en el Tívoli y se hacían paradas obligatorias en El Perchas, Páganos, Calderas, extendiéndose a San Agustín con el Florida y el Carabanchel como lugares destacados. Las noches éramos parte del decorado de Lorca y se hacían frecuentes visitas a La Buhardilla y Tris Tras. Ahora, la tranquilidad de San Juan es una excelente alternativa al bullicio de Laurel y nos ofrece excelentes lugares en el Torres y Tastavin. Las noches nos recogen en tranquilas tabernas irlandesas, tipo Covent Garden o School Tavern, ambas en la zona de 7 Infantes, donde su tranquilidad nos reclama como alternativa a una Plaza del Mercado en la que ya me siento desubicado”.

Y concluimos con Julio Revuelta, exalcalde de Logroño por el PP, hoy alto cargo regionalista. Que también se concede un paseo por la historia logroñesa muy extenso. “No he podido elegir unos pocos bares, ya lo siento”, confiesa. “Y aunque he sido restrictivo, me gustan demasiado y en cada época he tenido mis favoritos, que me parecería injusto olvidar. El primer bar importante fue el Robinson Pub, propiedad de mi padre y de Joaquín Herrero y dirigido por Alfredo Barquín, donde cada domingo tomábamos el vermú familiar, antes de ir a comer al Boni (San Remo) o la La Merced (antigua). La adolescencia va unida al Drugstore y al Cibeles y, por encima de ellos, al Tizona y sus pinchos. Después vinieron el Zona Zero y el Saxo, sobre todo el Saxo, con su aspecto ibicenco y la música de Bob Marley. Y el Mere y el Ignacio para el bocata de tortilla. A Las Cañas le fui fiel apenas un par de veranos, pero fue inolvidable. El Trazos (en Jorge Vigón) y el Olympia llegaron justo antes y después de ser padre y disfrutar a diario del Parque del Carmen. El Swing Tavern fue mi favorito varios años y ahora y desde hace más tiempo de lo que me gusta recordar, frecuento el Dominó, a cualquier hora. Y me encanta mi barrio al completo: Zhivago, Real, Sojuela, Urbión, Nebraska, Umm…”

Así que dicho queda. Mientras voy anotando las respuestas para preparar la clasificación final, aprovecho que pasaba desear a todos los improbables lectores del blog un estupendo 2015. La próxima semana, prometo publicar la lista completa de bares, con el podio ocupado por… Bueno, lo dicho: hasta la semana que viene.

P.D. Incluyo en esta lista como coda final a un político… sin partido. ¿De momento? Bueno, mientras se desvela el misterio aquí os dejo la relación de bares que espontáneamente dejó en mi perfil de Facebook Julián San Martín, recientes aún los días en que lideraba a UPyD en Logroño, a quien le agradezco que respondiera a mi llamamiento en busca del bar favorito de los logroñeses. Esto nos cuenta: “Un copita en el 13, cervecita con una palomita en  Tolmay, varios en el Sebas y orejita en el Perchas”  (que todavía existía, en efecto) “matrimonio en el Gil, champi en La Cueva y el atún rojo del  Tastavin, tortilla de  La Travesía, cochinillo  en Las Cubanas y solomillo con foie en La Anjana, pincho-pote del ECU y el  Gurbindo”. “¿Quieres más?”, me pregunta. No, Julián, muy amable, le respondo: que se nos dispara el ácido úrico sólo leyéndote…

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El último bar
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Jorge Alacid | 26-12-2014 | 17:08| 1

 

Muere el año y entre mazapanes y zambombas, la avalancha de nostalgia que todo lo invade se apodera también del espíritu de nuestros bares y desemboca por lo tanto en este blog. Me preguntaba cómo cerrar este 2014 al que también hemos sobrevivido y caí en la cuenta de que son fechas propicias para compartir con el improbable lector una costumbre que uno lleva observando largo tiempo y que resulta ser un hábito común a unos cuantos logroñeses: eso de reunirse con los amigos para despedir el año con un brindis previo a la ingesta de marisco y espumosos, tanto antes de Nochebuena como antes de Nochevieja.

Se trata de un hábito que, en efecto, puebla los bares del centro y del extrarradio, en función de las querencias propias de quienes protagonizan la última ronda, el último trago de cada año, la visita al último bar. En mi caso, acostumbro a acudir para tales fines a la zona antes conocida como Tontódromo, que ya ocupó aquí alguna entrada y reaparece de vez en cuando: el Paseo de las Cien Tiendas, le llaman. Se trata de una zona que frecuento escasamente durante el año, así que concluyo que si regreso una y otra vez a estos lares para la apoteosis navideña debe ser porque, como los asesinos, yo también vuelvo al lugar del crimen. En consecuencia, quedo en paz con mi psicólogo, si lo tuviera, y en este retorno a la edad del pavo me suelo citar con las amistades en el Amalys de Ciriaco Garrido, local que tanto frecuenté de mozo. A continuación, la ruta nos lleva por los bares arracimados a su alrededor. Los antiguos y los nuevos: entre los primeros, Cibeles, que alguien llamará Cacao; entre los recién llegados, hay de todo: antaño, cuando al grupito se le agregaban los críos que hemos ido criando, se requería un local de anchuroso espacio para acogernos a todos, requisito que no cumplen tantos bares de los allí alojados.

Era por lo tanto habitual acabar en el bar del Círculo Logroñés, castizo recinto que no dudo en recomendar. Pero también el Marbella nos aceptó alguna noche de frío helador, como el Vinnone o el Napoli. Repaso mentalmente la lista de los bares de esas céntricas manzanas y concluyo que prácticamente acabamos ingresando en todos ellos, alguna que otra vez. El Magyk, el Cóndor (hoy Continental), el Café Crema… Y mientras veo las fotos que en ocasiones memorables nos tomaron (eran los tiempos anteriores al selfie), noto que, en efecto, el aluvión de nostalgia es imparable: se ve uno envejecer, cierto, pero también contempla cómo los niños de entonces son hoy casi veinteañeros o sin el casi. A todos les deseo que dentro de unos años repasen su propio álbum de fotos (o lo que venga después del selfie) y comprueben que el paso de la vida se saborea mejor… en la mejor compañía.

De modo que así se garantizarían que esta travesía en pos del último bar del año seguirá siendo un rito que seguramente compartirán con otros logroñeses. La Navidad, que provoca no escasos males y amenaza con temibles derivadas que no citaré, reúne también otros méritos que se arriesgan a pasar desapercibidos: entre ellos, no resulta para mí el menor la posibilidad de concederme un oasis entre el ajetreo diario para recuperar un rato de sosiego y entretenerme con la cháchara que ofrecen amigos y conocidos. Porque otra de las vertientes de esta costumbre de peregrinar de bar en bar antes de las cenas familiares es corroborar lo arriba citado. Que otras cuadrillas de generaciones vecinas (año arriba, año abajo) practican la misma tradición, de modo que uno aprovecha para saludar a esas buenas gentes a quienes apenas ve durante el resto del año, incluyendo en semejante costumbre a esa especie de logroñés trasterrado que nos visita sólo durante estos días y que nos mira como nosotros le miramos: viéndonos como los chavales que siempre fuimos.

De modo que voy concluyendo. Hace un par de días me sumergí en esta costumbre con ocasión de la Nochebuena y no se me ocurre nada mejor que reincidir en la última noche del año. Quedaré por lo tanto con los amigos, me resignaré al barullo de villancicos que algunos paisanos perpetran con más voluntad que acierto, me tropezaré con esas caras que nos parecen conocidas desde el tiempo en que las canas eran una perspectiva lejana, comprobaré que, como el turrón célebre, todavía siguen quedando logroñeses que vuelven a casa por Navidad y brindaré por un 2015 mejor que el 2014.

No será difícil que así sea. El año entrante promete emociones fuertes, igual en la vida que en los bares. Tres elecciones se aproximan en el horizonte (locales, regionales, nacionales) y nuestros asombrados ojos volverán a ver cosas que no creerían. Lo cual será objeto de comentario lejos de aquí: en este blog sólo se habla de bares. De bares y alrededores. En consecuencia, si reviso lo acontecido en el viejo 2014, dictamino que para Logroño fue un buen año: abrieron bares con muy buena pinta (incluyendo las reaperturas de Tívoli y Las Cañas, éste como Wine Fandandgo), no cerraron demasiados (el Perchas sea excluido) y el sector logró al menos lo que deseamos todos: sobrevivir. Pedir más resulta excesivo. Como le contestó Bogart a una camarera de su bar en Casablanca cuando le preguntó qué iba a hacer esa noche: “No hago planes con tanta antelación”.

 

Marián, con Tere en el Donosti

 

P.D. Ya han empezado a recibir sus premios los afortunados con el sorteo de una ración doble en los bares de confianza que se ofrecieron generosamente a colaborar con este blog. Aquí aparecen Marián y la compañía cuando se dieron una vuelta por el Donosti y Tere les obsequió su proverbial hospitalidad. También Carmen Torres se pasó por… el Torres, claro, pero ni siquiera pudo hacerse una foto que lo atestigüe de atestado que se encontró el bar y agobiados a sus responsables. En cualquier caso, a todos muchas gracias. Y un dichoso 2015: nos vemos en los bares.

 

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Navidad en Logroño: el bar favorito de quienes viven fuera
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Jorge Alacid | 19-12-2014 | 09:07| 1

Interior de la Chocolatería Moreno, cerrada en Logroño desde hace años. Foto de Juan Marín
Llega la Navidad, los buenos deseos se apoderan de nosotros (o hacemos como que se apoderan) y los bares se preparan para esos momentos en que la máquina registradora hace tilín. Días propicios para pensar en quienes están lejos de nosotros, días propicios por lo tanto para que unos cuantos de ellos se asomen a este blog y escriban desde la distancia un nuevo capítulo en nuestra búsqueda del bar favorito de los logroñeses. Habrá que recordar lo de siempre: que esta encuesta no tiene validez científica alguna. Que está construida a partir de las sensaciones, de los recuerdos y añoranzas. Y que por lo tanto es más bien un mapa sentimental de las emociones que se nos disparan cuando alguien nos pregunta por nuestro bar favorito. Dicho lo cual, allá van las ocho respuestas de otros tantos paisanos a quienes invitamos a contestar a tal pregunta a través de las redes sociales.

Ramón Gil nos manda un abrazo desde el envidiable paraje de St. Thomas (US Virgin Islands) y nos cuenta lo que sigue: “Cuando el amigo Jorge Alacid me pide que le cite tres bares de Logroño, asumo que es tarea imposible. Cómo puedo citar sólo tres, si había y hay  tantos y tan buenos. Pero sólo había que pensar un poco y era fácil. Todo logroñés somos de hacer los bares en ruta y en compañía. Por tanto como todo tiene un comienzo, un entretiempo y un final, y en mi caso eran siempre los mismos, problema solucionado. Empezábamos en el Tívoli a las 8. Mientras íbamos a la zona,  Mesón del Rey, y el remate siempre en La Taberna del Irlandés”.

Desde el foro capitalino, el amigo José Luis García Íñiguez se confiesa: “Mis bares favoritos son el Soriano, el (antiguo) Casablanca y el Café Bretón. Al Soriano porque su actitud ante la vida es envidiable: abre cuando le da la gana. A mí me gustaría alguna vez dedicarme a eso, a trabajar cuando me salga de las narices. Luego ya podemos hablar de su sencillez y de que siempre lo recomiendo a los forasteros que me piden consejo. Al Casablanca, antes de su última reforma (le pusieron esos sofás que parecen tronos, cuando allí ya nos trataban como reyes sin tanto boato), pertenecen algunas de mis noches más espirituosas. Incluidos cánticos desgarrados al borde del cierre. También allí coincidí una noche con la que hoy es mi mujer, aunque entonces ninguno nos percatamos. No era el momento. A mí entonces me tocaba cerrar bares y luego discotecas y luego algún kebab. En el Café Bretón quise ser escritor y terminé haciendo guardias frente al juzgado por el Logroñés. Las cosas no siempre salen como uno desea. Siempre me siento bien allí, como uno de los rincones reconocibles de mi Logroño. Bien sea en la terraza con un gintonic o en la sala con un café con leche o un batido. Por no hablar de sus premios de literatura. En los últimos años, dos joyas: el Manu de Jabois y el Escrito en negro de Martín Olmos”.

Y de Madrid, al Golfo Pérsico: allí reside la risueña Gloria Martín, quien deja el siguiente mensaje: “Después de vivir cuatro años en Dubai, donde todo es de diseño y un tanto superficial, aprecio más que nunca lo auténtico. Así que elegiría el Soriano en la Laurel, porque nunca quemarte la boca con el aceitillo recién salido de la plancha fue tan gustoso. También el Bretón, porque es el primer bar que me viene a la cabeza cuando hay que quedar a tomar un café con las amigas después de meses sin vernos. Y por último el Moderno, porque tiene solera y porque no he sido capaz de explicar fuera de nuestras fronteras lo que significa el momentazo ‘Fibra de pájaro’: es de esas cosas que hay que vivir”.

Próxima parada, Londres, desde donde Mikel Lotina responde lo que sigue: “ Mis favoritos son el Soriano, en el que tengo recuerdos desde muy niño. Iba los domingos a comerme el pan con la salsa solo y ver con mis padres la hoja con todos los resultados de fútbol. Segundo, el Edén, donde he pasado media infancia, y el tercero el café bar Parlamento, que me encanta: nos tratan como en casa y voy cada vez que estoy en Logrono”.

Saltamos el charco. Por el Cono Sur anda la colega Inés Royo, sabia parroquiana logroñesa como se aprecia en su contestación: “El Dominó: por la atención de Dori, por la rapidez de dicha atención, por la terraza en plena avenida de Portugal en la que saludas a 100 personas por hora, por sus copas con mucho hielo y puestas como dios manda, por su cercanía a la Laurel (para la cañita de antes) y a los bares de la Mayor o la Plaza del Mercado (para la copa de después). El Pata Negra: el producto que más echo de menos fuera de España es el jamón. Hay sitios en los que venden algún sucedáneo, pero no es lo mismo, algunos me dan jamón ‘proscuitto’ como si fueran a darme jamón-jamón, otros me cobran un jamón de hembra como si fuera de Salamanca y en otros sitios directamente no saben lo que es un jamón “crudo”, como se llama aquí, en condiciones. Así que el jamón es una de mis obsesiones y guardo los paquetes de jamón envasados al vacío que me traigo de España “para ocasiones especiales” como si fuera oro en paño. Me gusta el Pata Negra por el jamón, porque siempre hay gente, porque amo la Laurel y porque esa esquina es estratégica, aunque desde que abrieron el otro y han juntado con mi producto estrella el segundo producto estrella de la lista (el huevo frito) la elección es cada vez más difícil. Y pondría también el Café Madrid porque fue “mi primer bar” donde siempre, tronara o nevara, nos juntábamos con mis amigas, el primer lugar donde nos tomábamos unos cafés que tenía más leche condensada que café, donde engordábamos cada fin de semana dos kilos y medio de tanto “viaje” a la máquina de chucherías del fondo y donde llegó un día en el que pedí mi primer gin-kas, pagué 3,60 euros, y fue un punto de no retorno. Pero es más melancolía que preferido. De hecho ahora cuando pasamos todas por ahí miramos de reojo “el Madrid” pero no nos atrevemos entrar de nuevo: “Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, que decía Sabina. Y no volvemos. Entre otras cosas, porque nos da miedo darnos cuenta de que estamos cerca de los 30”.

También por América, pero más al norte, anda dando raquetazos Nico Jubera, cuya respuesta es así de sintética: “Sin duda el Tío Agus. Los pinchos son exquisitos. Y las patatas bravas del Jubera”.

Vamos concluyendo. Desde el continente hermano, estacionado en Chile, Luis Calvo también exhibe su añoranza de un clásico, El Perchas. Cuando contestó a la encuesta, desconocíamos ambos que el bar se disponía a cerrar, pero su respuesta sigue teniendo sentido: “Cuando tengo la gran suerte de ir a La Rioja a reunirme con los míos, siento una necesidad imperiosa de ir a la calle Laurel. Consciente de que puede parecer poco innovador, para mí lo de toda la vida no defrauda. Si me preguntas por un bar en especial, lo tengo claro, y es que no hay nada como El Perchas, pues desde que tengo uso de razón, ha sido mi bar favorito. Es difícil que incite a los paseantes a entrar; sin embargo, los que somos de Logroño sabemos que dentro encontrarás la mejor oreja de cerdo que hayas probado. El Perchas sabe encandilarnos, pues a todos los visitantes que he llevado han acabado repitiendo tajada. Y es que, como les digo yo, lo clásico en Logroño no falla”.

Cerramos con María Malo, que envía desde Alemania este singular recordatorio. “No soy de Logroño y además vivo fuera de La Rioja desde hace unos cuantos años, así que no estoy muy al día de las tendencias y pinchos de los que disfrutan los logroñeses. Por eso me decanto más por la tradición y el recuerdo de etapas pasadas. El lugar al que más cariño le tengo, por desgracia, cerró hace unos años. No hay riojano que no haya pasado una tarde (o una mañana) disfrutando de una buena taza de chocolate con churros en la Chocolatería Moreno. Estaba situada en la calle El Peso, junto a la Plaza de Abastos, lugar tradicional de compra de alimentos por antonomasia para cualquier logroñés. En Moreno siempre nos trataron con mucho cariño. Mi padre nos llevaba (a mi hermano y a mí) a desayunar cada vez que visitábamos la capital riojana. No recuerdo en qué momento decidimos que la mezcla de un vaso de leche con churros era el desayuno perfecto. Lo normal hubiera sido cambiar aquel color blanquecino con un sobre de Colacao o, en su defecto, pedir un chocolate. Para nosotros, aquella mezcla de sabores, el de la leche blanca y sin azúcar, y el de los churros cubiertos de ella, era especial. O eso, al menos, nos parecía a nosotros. De mis visitas a aquel lugar han pasado más de quince años. Por ello, y lamentándolo mucho, soy incapaz de recordar el nombre del señor mayor que hacía los churros. O de su nuera, una señora rubia con coleta, que siempre nos recibía con una sonrisa en la boca y nos preguntaba por el frío que hacía en la sierra. Recuerdo que una de las últimas veces que acudimos a desayunar, la “señora rubia y con coleta” atesoraba un recorte de periódico que llevaba semanas guardando: era la foto de nuestra comunión, que se había publicado en el Diario La Rioja. La última vez que fuimos nos encontramos con la puerta cerrada. Alguien nos comentó que habían tenido que cambiar el horario y abrían sólo por las tardes. Poco tiempo después, echaron el cierre de manera definitiva”.

P.D. Como epílogo de esta entrada, sirvan estas líneas que la propia María Malo añade a su relato, porque me parece que sirven como resumen bastante cabal de lo que expresa el resto de encuestados. Así que allá va la despedida: “Algo que hago siempre que voy a Logroño y quedo con amigos es ir a la calle Laurel y a la San Juan. Sé que puede parecer típico de turistas y guiris, pero desde que me fui a vivir a Alemania así era como me sentía cada vez que volvía a la madre patria. No puedo elegir uno de esos bares, pequeños, castizos y tradicionales, y descartar al resto. Así que la clave siempre estaba en planificar una ruta por sendas calles. Mis pinchos favoritos: la zapatilla, el champi, el matrimonio, el cojonudo, el roto y el baco. Y voy a dejar de escribir, que se me está haciendo la boca agua y no es que me pueda escapar y darme un homenaje”.

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Los bares del Logroñés
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Jorge Alacid | 13-12-2014 | 15:20| 0
Antigua alineación del Club Deportivo Logroñés, en un póster publicado por el diario AS

 

Hace unas semanas surgió la autorizada opinión del amigo José Luis Ouro en las entrañas de este blog y, como el santo Pablo camino de Damasco, gracias a su aportación yo también me caí del caballo. Su comentario en torno a los pósters del Logroñés que sobreviven en un puñado de bares  me invitaba subliminalmente a redactar esta entrada, porque coincidió con una visita al nuevo Las Gaunas, uno de los campos de fútbol más feos que uno ha visto en su vida (y ha visto unos cuantos), acompañando a unos amigos a su inesperada cita con el fútbol de segunda B: ir ese domingo por República Argentina fue como desayunar la magdalena de Proust. Un emocional regreso a la infancia y la adolescencia que me invitaba a esta reflexiones que comparto aquí con quienes, como el arriba firmante, han visto unirse en su corazón dos amores tan esquivos: los bares y el Logroñés.

La imagen que ilustra estas líneas resume a la perfección el equipaje sentimental del que hablaba: veo ese cartel que publicó en su día el diario As y me dan ganas de llorar. Por lo que fue y por lo que pudo haber sido. Lo que fue: una alineación que me conduce a mis años de chaval, cuando peregrinar a Las Gaunas significaba cruzar ante la puerta de unos cuantos locales que me siguen sonando a fútbol. Tucumán, Mar de Plata, Cinco Pesos: la trilogía de garitos que rendía tributo con su nombre a la calle que les acoge, llamada en consecuencia República Argentina. En el último de ellos se despachaban incluso entradas: era un estupendo modo de adquirir una de infantil cuando se llegaba a la edad de cadete y una de cadete entrada en la condición de juvenil, estratagema que funcionaba peor en la taquilla del añorado Las Gaunas (el auténtico) por el celo del taquillero pero que menguaba la derrama exigida para ingresar en nuestro particular teatro de los sueños.

En realidad, la travesía dominical se iniciaba antes, mucho antes: era frecuente quedar con los amigos en algún bar a medio camino entre el hogar familiar y el campo de fútbol, lo cual también resultaba consecuente con la propia historia del club de nuestra devoción, muy ligada al mundo hostelero local. Al Logroñés, en efecto, lo conocí cuando tenía su sede en un desaparecido bar de la calle Bretón, llamado Alfred´s (nomenclatura muy setentera). Por otro lado, su eterno presidente, el recordado Césareo Remón, era un prohombre de la hostelería local, con mando en plaza en el hoy resucitado Las Cañas, así que todo alrededor de los colores blanco y rojo apuntaba hacia el objeto de este blog, los bares. Los bares eran también, por cierto, la salida natural para muchos futbolistas cuando se jubilaban y en los bares era costumbre encontrarse con ellos cuando aún ejercían como tales, matando el tiempo entre partidas de cartas y ligoteo con camareras y clientas: no sé la razón pero desde antaño un tipo de esmerada planta y buena billetera ha atraído al género femenino con una facilidad envidiable. La verdad es que no me lo explico.

De hecho, las andanzas empresariales de unos cuantos exblanquirrojos cuando abandonan el fútbol ya fueron materia de una entrada en este blog. Si hoy vuelvo a explorar esa veta es porque me apetece ir un poco más lejos: pensar qué bares se vinculan en mi memoria con la trayectoria del Logroñés. Y habrá que citar por lo tanto todos cuantos rodeaban el viejo campo de fútbol igual que ahora se asocia al nuevo estadio con los locales surgidos a su alrededor, donde se mantiene la fidelidad a ese rito del café, copa y puro clásico del prepartido. En mi caso, esa cita tenía como escenario el fenecido Wellington de Jorge Vigón, donde uno se aprovisionaba de la cuota de líquido disponible para afrontar el duro trance de aposentarse en la grada de general durante el frío invierno.

Otros hinchas disponían de su campamento base en otros bares, pero todos teníamos algo en común, creo: acudir tras cada tarde en Las Gaunas al Carabanchel o al Negresco, para observar en sus monumentales pizarras (precursoras de internet sin saberlo) los resultados del resto de equipos competidores. Y una segunda coincidencia: cuando tropezábamos con el póster del Logroñés en cualquier bar, de modo automático ese bar se convertía en ‘nuestro’ bar. Así que el improbable lector de este blog puede practicar ahora el siguiente rito: cierre los ojos, ingrese en el desaparecido bar La Simpatía y contemple el póster que aquí adjuntamos, similar al que allí existía. Y recite conmigo: de pie, Belaza, Marín, Álava, Corcuera, Cenitagoya (sin bigote) y García Fernández; agachados, Hernáez, Luisi, Ortega, Berasategui e Iriarte (con pelo). Al fondo, la grada de un estadio abarrotado (sí, más o menos como ahora), que no era Las Gaunas pero que se parece en su humilde y venerable aspecto: tribuna sin asientos, rótulos muy años 70, ausencia de cuarto árbitro así como de otras tonterías recientes. Ah, y ese público que se protege del sol con sombreros de papel: ese público que si fuera de Logroño vendría de tomarse su carajillo en el Mar de Plata, de fumarse una faria en el Tucumán o de comprar su entrada de cadete en el Cinco Pesos para engañar al boina que custodiaba la entrada a Las Gaunas. Pensando que toda la vida sería así de feliz.

P.D. Decía que ese póster con las leyendas en blanco y rojo de mi mocedad me disparaba la emoción… por lo que pudo haber sido. Es decir, qué hubiera pasado con el fútbol en Logroño de no incurrir en el rosario de tropezones y fiascos que hemos ido conociendo, sobre los que no abundaré. Es una página tan dolorosa, por absurda, que prefiero olvidarla. Prefiero quedarme con lo bueno. Los bares y el Logroñés, el viejo Las Gaunas… con sus propios bares: los ambigús de General y Preferente (donde era tan fácil irse sin pagar) y los camareros ambulantes, cuya letanía todavía me parece escuchar: “Hay Kas Limón, Kas Naranja, Kaskol, esquisoles…”

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