La Rioja

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Bares de carretera
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Jorge Alacid | 18-10-2014 | 07:57| 0
Fachada del Duque de Medinaceli. Foto extraída de su página web

Este blog ha protagonizado antaño alguna escapada fuera de su universo tradicional, Logroño. Ha visitado bares de otros lugares (qué lugares), incursionado en los alrededores de la capital riojana y picoteado por aquí y por allá, antes de regresar siempre a casa. Hoy también toca excursión: movido por la curiosidad que despierta cierta tipología, el llamado bar de carretera, y pensando que es una suerte de establecimiento que ha vivido tiempos mejores y cuya desaparición tal vez se aproxima, me parece llegada la hora de rendirle tributo.

Y lo hago empezando por mi favorito: el Duque, sito en el municipio soriano de Medinaceli, al pie de la carretera… Que ya casi no es carretera: desde que se inauguró la autopista que en paralelo une Zaragoza y Madrid, al igual que otros locales situados en la misma tesitura ha tenido que acostumbrarse a ver cómo la clientela disminuye. Lo que no desciende, sin embargo, es la atención que se presta al viajero: trato esmerado, barra de confianza para el cafelito mañanero o vespertino (acompañado de una insuperable bayonesa), cortés servicio a la antigua (mi favorito) y unas estanterías donde se despachan los mejores productos de la tierra y su contorno. Incluido un hallazgo reciente: los miniadoquines. Esto es, las golosinas típicas de Aragón que ahora se ofrecen en formato minimal. En consecuencia, sospecho que en lugar de los habituales ripios que decoraban el interior del envoltorio, ahora se escribirán haikus.

El atractivo del Duque se combina en invierno con su espectacular Nacimiento, un deslumbrante Belén que ocupa la barra del interior, y durante todo el año con su comedor: un hogareño recinto donde se come estupendamente, con ese estilo de cocina burguesa que uno tanto añora. A quien le gusten tanto las migas como a quien esto escribe, que anote el Duque en su agenda camino de Madrid: las sirven con gajos de naranja en lugar de granos de uva e incluyen un secreto que las hace más jugosas y no tengo permiso para desvelar.

El Duque me sirve también para volver sobre mis pasos y recordar que, en efecto, estos establecimientos han vivido mejores días. Su gran aliado, como se deduce de la expresión ‘bar de carretera’, era eso: la carretera. Y al igual que ocurre en Medinaceli, allá donde se ha visto sustituida por una autopista a mayor gloria de la seguridad vial el bar desaparece de nuestro horizonte y cede el testigo a esas áreas de servicio, tan uniformes como mejorables. Quien haya comido, bebido o tomado un triste tentempié memorables en alguna de ellas, que levante la mano. No: no hay nadie a favor en la sala.

Antaño sucedía todo lo contrario. Quien peine alguna cana recordará los tiempos anteriores al GPS, cuando el cabeza de familia preparaba el viaje aquilatando horarios, sopesando itinerarios y colocando entre salida y destino una imaginaria chincheta en el mapa de carreteras: allí era donde tocaba parar. En los trayectos cortos, tipo Logroño-Pamplona, esa paradita se podía evitar. Pero en los desplazamientos más largos, ya se sabía que para llegar a Zaragoza era inevitable detenerse en Tudela. Y de camino hacia Bilbao, en alguna de las fondas o ventas que remataban el puerto que se eligiera para ascender desde el valle del Ebro en dirección al Cantábrico; otro tanto sucedía si el punto de destino era San Sebastián o Santander.

Aquella España interior murió a manos del mapa radial de autopistas, lo cual está muy bien pero quita romanticismo al viaje. Uno apenas ha frecuentado la ruta que lleva por Burgos hacia Madrid porque siempre prefirió cruzar Piqueras cuando había que rendir cuentas en la capital del Reino, pero conoce a toda esa legión de peregrinos que besa el suelo cada vez que pisa Landa o Tudanca o sus hermanas pequeñas. Son esos bares de carretera donde el anecdotario familiar, las escapadas con la pareja o los viajes de trabajo (una expresión que tiene algo de contradicción en sus términos) se engordan y adquieren aires de leyenda. Lo cual resulta muy pertinente, porque se unen dos mundos de alto poder simbólico. Los bares y la carretera: cómo olvidar las visitas al Duque de Medinaceli, la cháchara con los dueños (tres generaciones al frente), el sabor de la bayonesa, el aroma de las migas y la mística del viaje.

P.D. El bar de carretera admite distintas versiones: para ciertos viajeros, incluso Logroño y sus bares pertenecen a ese territorio. Porque era habitual en los tiempos del Seiscientos que las carreteras cruzaran las ciudades, los viajeros se detuvieran en ellas, estirasen las piernas y conocieran su oferta hostelera. Por ejemplo, para la familia Delibes, su bar de carretera se situaba en Logroño y más que un bar, era un restaurante: el Cachetero. Sus hijos cuentan cómo el cabeza de familia y llorado escritor se las apañaba para cruzar siempre por Logroño camino de Valladolid, aparcar cerca del Espolón e ingresar en la popular casa de comidas de la calle Laurel para regalarse unas verduras, unas hortalizas, algo de casquería o un asado. Un motivo más para reconocer el talento del autor de ‘Los santos inocentes’: a su ingenio como escritor le acompañaba un rico olfato como gourmet.

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Bares favoritos II: una lista con periodistas
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Jorge Alacid | 09-10-2014 | 20:51| 0
La idea de reunir en este blog las opiniones de unos cuantos logroñeses sobre cuál es su bar favorito protagonizó hace unas semanas una entrega que contó con la generosa colaboración de amigos, conocidos y seguidores. Tan amplia respuesta recogió que me veo obligado a ofrecer un nuevo capítulo, limitado a los colegas de esta cosa del periodismo. Así que aquí os dejo las opiniones recopiladas.
Begoña García Barquero, cuyos primeros pasos en este oficio acogió con paciencia esta casa que también fue suya, nos cuenta lo que sigue: “1.-  La terraza del Fax. Me siento en la terraza del fax y estoy como en mi casa. 2.- El Cervantes. Por la barra espectacular que tienen y porque es donde más rico me sabe el café. 3.- El Gurugú. Porque siguen poniendo patorrillo y el pincho de sardina con guindilla sabe a gloria (un bar de los de toda la vida, sin pretensiones y a precios populares, que dicen por ahí)
Otra chica, sangre de la sangre fundadora de Diario LA RIOJA, toma el relevo. Con ustedes, Belén Martínez Zaporta. “Para tomar el vermú me quedo con el Ritz, por su situación y su luz; el Victoria, por su barra y su trato; y el Génesis, que ha mejorado su terraza y mantiene ese ambiente familiar y una atención exquisita”. Coda final nocturna: “Para las copas mi favorito es el Rumore en Sagasta, por su música y la simpatía de sus trabajadores”
No salimos de esta redacción. Chileno de nacimiento, porteño de corazón y logroñés de adopción, ahora que ya sabe decir ches y cuacho, allá arribas y pantaloneta, también nos interesa qué opina Martín Schmitt: “Mis bares favoritos son los del barrio: Lyon Tavern, El Rincón de las Tapas y el Vigón, por citar tres. Luego, para ir a tomar una copa, no hay como el Bretón”.
Dicho queda. El siguiente en la lista también habita entre estas cuatro paredes y se recrea en sus garitos predilectos. “Seguro que no soy nada original, pero ahí van los tres bares que llevo en mi corazoncito” nos cuenta Eloy Madorrán. “El primero es el Café Bretón: en el bar de Colo me he sentido siempre como en casa, desde el primer día. Allí he jugado al mús con amigos, y bebido con novias, con ex, con María cuando era compañera de instituto, con María cuando ya eramos pareja y, tradicionalmente, es el punto de quedada con mis amigos: “Como siempre, a las 9 en el Bretón”. Y esto me sirve para presentar a mi segundo bar. Y sigo sin ser original, aunque sí muy logroñés. El Tívoli ha marcado una etapa muy importante en mi iniciación al mundo de los bares. Allí, en esa esquina tan transitada durante décadas por locales y foráneos, tratantes y maleantes, encorbatados y descamisados, empezaban las noches del fin de semana en mi época de instituto. Aunque los recuerdos más deliciosos en ese bar, en esa barra metálica, me los reservó el destino para años después cuando tuve la inmensa fortuna de acudir casi a diario con mi amigo Carlos Hernández Olmos. Con él disfruté de su humor socarrón, procaz, en unas ocasiones rozando lo pornográfico, en otras lo poético, pero siempre, siempre, muy inteligente”.  Concluyendo: “Y mi tercer bar, ya desaparecido, igual desconocido para muchos, es el Marlén. Un local que regentaba el bueno de Juan Carlos, enfrente de lo que era el pabellón de halterofilia, ahora Polideportivo de Lobete, cuando una pared cumplía funciones de frontón. Allí nos hicimos fuertes las gentes del Calasancio después de los partidos de balonmano y, junto a Forni, siempre apoyado en la barra, junto a su cerveza, pasábamos las horas. Durante muchos años eché allí las primeras horas de las nocheviejas, y las últimas horas de cualquier día”.
Continuamos, aunque esto huele a endogamia, porque se pide la vez el amigo Teri Sáenz, también compañero de fatigas. “Con la edad me doy cuenta que me han cambiado los gustos. Ahora escogeríamos los pocos que piso. Por ejemplo, El Mirador y, El Embarcadero por el entorno; El Babel, por cercanía; La Luna si tiro de nostalgia; y a la hora de picar, La segunda taberna de San Juan y su selección de hongos con un delicioso huevo frito en el corazón del plato”.
Reclama nuestra atención otra antigua colega de menesteres en Diario LA RIOJA, Valvanera Valero, metida hoy en otros jaleos que resuelve con la eficacia conocida y la simpatía perenne. “ Para desayunar, la terraza del Ibiza en un domingo soleado. ¿Pinchos?  Soriano, Donosti, Torres, Sebas y Pata Negra por los vinos. De bocatas, el impagable -en todos los aspectos- Tío Tito (el servicio a domicilio es inmejorable) y el jamonero Mesón Jabugo. ¿Un bar de copas?.La Imprenta, una vez desaparecidos La Musa y otros clásicos para los cuasi-cuarentones. Y soy muy fan de El Andén a cualquier hora del día (y de su dueño Roberto). Faltan bares con sabor y una coctelería con camareros con pajarita: el desaparecido La Granja y su escalinata serían su mejor escenario”.
También la simpática y talentosa María Chinchetru conoció esta casa cuando se bautizó de periodista. Aquí deja su mensaje: “¿Mis barras favoritas de Logroño? Tastavin y Torres en la San Juan, en ambos casos la explicación es la misma, por la variedad de pinchos y la presentación. De Laurel me quedo con La Tavina, porque además de los pinchos, tienen amplia variedad de vinos para elegir y me gusta el ambiente del sitio en sus tres pisos, superagradable. Y después hay dos bares en la calle Capitán Cortés que son mi debilidad, mis favoritos del todo: uno de ellos es el Choca 2, un bar con solera, que regenta un matrimonio adorable que a mi siempre me ha hecho sentir en casa. Ponen un chocolate con churros que anima a los muertos en invierno y después, su especialidad son los sandwich calientes (de tomate o vegetales), que están buenísimos Y el otro de la calle Capitán Cortés, está justo en la otra esquina de la calle y es muy diferente. Es un pequeño bar llamado Open, cuyo diseño me encanta para tomar un vino vespertino y que tiene un pincho de cecina muy bueno.
Como las dos colegas que le preceden, también hubo un Quique Alcalde que veló en esta redacción sus primeras armas. Esto nos cuenta: “Mi favorito ahora, y el que más frecuento de largo, es el Asterisco. También mencionaría el Odeón (plaza Parlamento) y el Odeón Single (plaza del Mercado, este en horario nocturno). Y por poner uno de fuera del centro, el Zhivago, de la calle Clavijo .
Y regresamos a esta casa que nos cobija con infinita paciencia. Desde el departamento de diseño, Diego Ortega se pronuncia así: “Mis bares favoritos son bastante sencillitos, aunque no por ello dejan de ser muy buenos. De la zona de Portale, Iturza, La Jala Sound y Malabar. De Laurel, el Soriano. De San Juan, Torres. De Gil de Garate, Centro Asturiano y La Taranta. Y por encima de todos está el bar Tizona”, recientemente desaparecido.
Y concluimos con el más jovencito de los encuestados, décimo opinador de esta saga. A pesar de su corta edad, Iñaki García apunta maneras, como se puede deducir de su respuesta: “Bueno, aquí van mis preferencias. Como verás son todas nocturnas porque por el día no suelo ir mucho a los bares. Soy animal nocturno. El Pórtico. Es el bar al que vamos los amigos al comenzar la noche. Es un lugar en el que se pueden echar unos kinitos con cartas, dados u okalimochos. Quedan pocos bares de este tipo en Logroño. Brieva. No se puede dejar de nombrar este bar en el que poder encontrar el himno del Club Deportivo Logroñés, la sintonía de ‘Qué apostamos’ o los grandes éxitos de Rocío Jurado, Rocío Dúrcal o Los Pecos. Un clásico. Dolce Vita. Buena música, buena atención y muchas iniciativas atractivas en este local de La Zona”.

Con Javier Caballero, el autor del blog copas en ristre

P.D. Como impulsor de esta lista de bares favoritos (y al fin y al cabo colega de quienes han contestado en esta entrega), y antiguo cliente de muchos de ellos (y como prueba ahí aparece esa foto que me envió el antiguo compañero de fatigas Javier Caballero) veo llegado el momento de proclamar cuáles son mis predilectos. Citaré tres: Las Cañas, La Granja y Continental. Tienen un inconveniente: que desaparecieron hace unos cuantos años. Y una ventaja: que como son difuntos, no me comprometen con los que están abiertos y pongo a salvo por lo tanto la necesaria ecuanimidad que debe guiar este blog .

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Que viene Gallarza
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Jorge Alacid | 04-10-2014 | 07:38| 0
Hermosa vista de la calle Gallarza. Foto de Juan Marín

Ahora que reabre el Tívoli, parece llegada la hora de recordar que aunque siempre fue un bar incluido dentro de la ronda habitual por la Laurel, en realidad es en González Gallarza donde se cobija. Otra cosa es que, en efecto, se ofreciera como entrada, fielato y cabeza de puente para organizar el peregrinaje por la calle logroñesa más citada en este blog: el Tívoli se incorporó desde antaño en nuestro imaginario a la Laurel y vaya usted ahora a sostener lo contrario, frente a la evidencia de que su puerta principal daba como se ha comentado a Gallarza y el otro acceso, en pleno chaflán hacia Bretón de los Herreros. Ocurría, supongo, que la fama de la Laurel ejercía como un imán que atrapaba a los bares adscritos a su alrededor, cosa que sigue sucediendo: como hemos visto en otras entradas, hasta los bares de la vecina San Agustín forman parte de la asociación de la calle Laurel. Cualquier logroñés lo puede entender: nuestros trasiegos no siempre coinciden con el nomenclátor municipal.

Que el Tívoli se viera como un hito más en el itinerario de la Laurel obedecía también, supongo, a que en realidad la calle Gallarza, pese a ubicarse en el mismo ombligo logroñés, carece misteriosamente de atractivo para los bares. Mencione usted, improbable lector, algún local que recuerde en esta calle: yo casi desisto. Salvado sea el Niza, que también mereció nuestras atenciones tiempo atrás, y ese indeciso Tívoli que siempre pareció habitar en otra calle, hasta que Abadía abrió La Casa de los Quesos en la esquina donde se alzaba la barra del Carabanchel y desde hace unos meses también empezó a despachar vinos, la historia de esta calle se limita a ese exiguo racimo de bares. Lo cual me intriga y a la vez me permite vislumbrar un prometedor porvenir a muy corto plazo: bastaría con que algún intrépido hostelero se animara y añadiera su propio negocio al rosario que se inicia (repetimos) en el Tívoli, prosigue con ese paso de paloma que significan la Taberna del Tío Blas y La Tavina, alojados ambos en la esquina con Laurel; continúa con el mentado Niza y concluye (de momento) con el establecimiento de Abadía, con la duda de si admitimos el Noche y Día que hace esquina con Portales. Es sencillo imaginar que toda la mano izquierda según se viaja hacia la calle Portales admite nuevos usos hosteleros para los bajos allí ubicados; igual ocurre con los emplazados a la derecha nada más superar Hermanos Moroy.

Es un sueño y ya se sabe que soñar es gratis. Pero ingresados en el territorio de la utopía, cabe idear también un destino nuevo para González Gallarza que actualice la entrañable plaza de Abastos: esto es, incorporarla al circuito de bares según el exitoso modelo implantado en otras ciudades. Serviría de paso para insuflar algo de actividad a un mercado que llevo muy dentro del corazón (allá vendía los productos de la huerta familiar mi abuela Felisa) y que fue para muchos logroñeses de mi generación y de otras vecinas nuestro particular Corte Inglés. Desde hace demasiado tiempo, el mercado languidece. Cada ocurrencia municipal ha sido sólo eso: una ocurrencia que nunca trajo tiempos mejores. Más bien al contrario: tal vez sería mejor pedir a cada Corporación que se limitara a dejar la plaza tal y como la encontró…

Dicho lo cual, aprovechar sus coquetos espacios y su privilegiada sede en el Logroño de siempre parece una asignatura que casa bien con el mundo de la hostelería. Saborear un Rioja mientras alguna mano amiga allega desde Varea una ensalada de tomate o refrescar el gaznate acompañando el trago con alguno de los preciados embutidos que por allí se despachan… Encontrar sitio para una tertulia presidida por los vinos de la tierra, otorgar en definitiva una nueva vida a uno de los mejores edificios civiles de que dispone la ciudad y reanimar las calles circundantes… Ahí tenemos un estupendo plan de actuación: yo mismo me animaría a apoyar con mi voto al partido que se presentara con un programa donde incluyera un destino semejante para la plaza de Abastos.

P.D. Aunque en puridad tanto La Tavina como la Taberna del Tío Blas se alojan en la Laurel y sirven como espléndido acceso hacia la emblemática calle para vecinos y forasteros (nada que ver con la tristona imagen de apenas unos años atrás, como se aprecia en la imagen del compañero Juan Marín), ambos locales se abren también a la calle Gallarza, imprescindibles pasos de paloma para esa costumbre tan logroñesa: ver sin ser (demasiado) vistos. De paso, ayudan según me cuentan a que los miembros de una de nuestras cuadrillas más veteranas acaten la orden de sus médicos: puesto que el galeno les ha dicho aquello tan común del “el vino, fuera”, eso hacen nuestros hombres. El vino, en efecto, se lo toman fuera.

 

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Bares y letras
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Jorge Alacid | 26-09-2014 | 15:32| 0
Claudio Magris, en el Caffe San Marco de Trieste

Una coalición de azares ha depositado sobre mi teclado una sugerente invitación: por qué no destinar un rato a reflexionar sobre bares y letras. Es decir, de cómo nuestras lecturas se han emparentado alguna vez con ese memorable cosmos formado por las barras y los tragos. Repasando mi propio equipaje como lector, reviso ahora al amor del bar aquellos libros que más me han impresionado y confieso que unos cuantos tienen bastante que ver con una de las declinaciones del universo hostelero más caras a la literatura: sus incursiones en el mundo de los bebedores. Sobre todo, de los grandes bebedores.

Habrá que citar en consecuencia al dipsómano cónsul de Bajo el volcán, con quien me he tropezado en una de mis lecturas veraniegas: la recomendable biografía del precozmente fallecido David Foster Wallace, un autor con su propio currículum de adicciones donde el alcohol fue sólo una nota a pie de página. Para Wallace, las peripecias del embriagado héroe que Cormac McCarthy dibuja en su novela Suttree son superiores artísticamente al retrato que Malcolm Lowry nos dejó de su Geoffrey Firmin, cuyas andanzas entre vapores mexicanos muy bien  se pudieron titular Bajo el mezcal. Desconozco la citada obra de McCarthy, como no he sucumbido tampoco a la de Kingsley Amis, de quien Malpaso acaba de publicar su apetitoso Sobreber, aunque sí he frecuentado más la de su hijo, Martin Amis, uno de mis autores predilectos y, como buen british, también entregado a la gimnasia del gin y otros destilados.

Más cerca de casa me pillan los cafés que retrató la generación de Cela y compañía, donde se consumían las horas en la larga noche del franquismo. Los madrileños cafés de La Colmena o de Tiempo de Silencio perviven en mi memoria como una metáfora muy lograda de cómo fue aquel tiempo que por edad no conocí pero que, siendo propio de la época de mis padres, he rememorado aunque sea por persona interpuesta: gracias a los recuerdos familiares, claro, pero también gracias a la alucinada prosa de Martín Santos de quien un día fui muy devoto. Los cafés poseen su propia literatura porque garantizan una atmósfera muy peculiar, desbordantes de tipos dignos de ser retratados por una pluma ágil y comprometida con su tiempo, pero también ingresan en la esfera de los libros por una vertiente muy curiosa: los cafés, entendidos como escritorio de algunos grandes de las letras. En el bar situado debajo de su domicilio confesaba el gran Pepe Hierro que se sentaba a escribir sus poemas y por los cafés han deambulado con sus cuartillas unos cuantos grandes de esta disciplina, de Borges a Cortázar, pasando por Joyce y Umbral y desembarcando en otro de mis favoritos, Claudio Magris. El escritor italiano suele pasar revista a la vida emboscado en el Caffe San Marco de Trieste y desde allí (donde lo vemos fotografiado por Daniele di Marco) dispara su lúcida escritura para beneplácito de sus adictos.

En un bar (concretamente, en un coqueto velador sobre el Paseo de la Castellana) sitúa mi admirado Javier Marías cierta escena decisiva de su enorme Los enamoramientos, novela que tanto me conmovió, y por bares de toda condición (y sobre todo mucho humo) se movían con lánguida elegancia los héroes de Hammet, Chandler y epígonos, incluido mi Ross McDonald, tan querido. Voy citando a bote pronto los vínculos entre alcohol y literatura que se me van ocurriendo, repasando mis lecturas más cercanas, y compruebo que se trata de dos universos que se alinean con tanta frecuencia como provecho. Supongo que los bares, como escenarios de un cierto imaginario literario, predisponen a los escritores a encontrar la magia que buscan en sus incursiones por el territorio de la ficción. Y supongo que en los bares nos reconocemos quienes pertrechados de nuestros libros de cabecera exploramos los conflictos y avatares ocultos entre las mejores páginas que nos han ido construyendo la personalidad. Y en los bares, en fin, se forja esa alianza entre la inspiración y la botella tan cara a la historia de la literatura. Entre lectura y lectura,  entre trago y trago.

P.D. De la gran literatura a la letra pequeña del papel prensa, el verano me ha traído la confirmación por distintos frentes de que los bares, como ya se intuía por aquí, forman tendencia. Su riquísima vida convierte la estancia en su interior en una expedición harto interesante, pródiga en ratos magníficos. Lo corrobora este estupendo artículo titulado Alcoholes que pesqué en Jot Down: lo firma el gran Marcos Ordóñez y lo rescato porque me parece, que en cierto sentido, es un enfoque barcelonés de algo parecido a lo que contamos en este blog. Algo así como Barcelona en sus bares. Espero que guste al improbable lector.

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Saluda a todo el que veas
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Jorge Alacid | 18-09-2014 | 17:58| 0

Hace un año, por estas fechas consigné una estupenda sorpresa en este mismo blog: en un bar de la calle Laurel nos convidaron a zurracapote, servido fresco en el porrón preceptivo. Ocurría que Logroño se preparaba para sus fiestas mateas y en ese local habían decidido recuperar una tradición perdida vaya usted a saber en nombre de qué nuevas y funestas costumbres. Porque antaño era casi obligatorio: en la mayoría de bares, sus propietarios preparaban la riquísima pócima para regalar al indígena y al forastero, a quien se iniciaba en ese brebaje escasamente conocido lejos de entre nosotros. Tengo observado que tal hábito se mantiene fuera de Logroño, en algunos municipios de La Rioja, lo cual me parece una manera muy apropiada para corroborar si, como dicen, por esta tierra somos o no somos hospitalarios. Con el porrón de zurracapote lo podemos saber: así se pasa de las palabras a los hechos.

Viene a cuento este prolegómeno de que veo llegada la hora de honrar al santo Mateo y revisar la curiosa metamorfosis que los bares patrios protagonizan cuando desembarcamos en el rito del cohete (que algún hortera llamará chupinazo), bullicio callejero y resto de tópicos que perpetramos por Logroño cada 21 de septiembre. Los bares, ay, dejan un poco de serlo: las muchedumbres que, sobre todo en fin de semana, se despliegan por nuestras calles y plazas exigen una respuesta inmediata para satisfacer sus necesidades en materia de tragos y bocados, los camareros necesitarían otra vida para atender cada demanda, es habitual por otro lado la derrama en forma de vomitonas y demás desperdicios entre quienes debutan esos días en la costumbre de desparramarse y, en fin, la ciudad es otra. Sus bares también: sus bares en determinados casos incluso cierran sus puertas, porque sus propietarios prefieren ahorrarse los sofocos mateos, y hay quienes abandonan su perfil tradicional para aceptar las exigencias de una clientela… poco exigente. Se trata de pasarlo bien, sin grandes pretensiones, y entonces nuestras barras de confianza se convierten simplemente en una excusa: parte del decorado.

No ignoro que se mezclan estas dos tendencias (el bar que se fuga y el bar que se maquilla) con otras menos llamativas. Fuera del centro, las barras conspicuas mantienen su fisonomía, adornadas sólo con algún detalle mateo (camareros con pañuelo al cuello), e incluso habitan entre nosotros las que procuran un esfuerzo adicional por estar a la altura del reto que supone recibir a una legión de visitantes que sólo viajan a Logroño por esos días y, por lo tanto, se llevarán de aquí la imagen que se desprenda de la semana festiva. Y luego están los bares que se inauguran por San Mateo, subgénero logroñés del que ya hablamos aquí hace nada, y los bares furtivos: se trata de esas casetas que aparecen por fiestas y amplían la oferta hostelera, con resultados… mejorables. Son como bares de compromiso, que añaden una nota de color al folclore local con mucho chunda-chunda por los bafles, versión macarrada pura o versión sevillanas. No los cuento entre mis favoritos, aunque confieso que sí: que los he frecuentado.

Y los he frecuentado desde la primera vez que una carpa de esta guisa brotó ante nuestros ojos: ocurrió en los primeros 80, allá en avenida de Portugal, donde antaño se alzó el garaje Elías. En el abandonado solar, la compañía andaluza de vinos llamada Terry instaló sus reales, con una enorme barra al fondo, con su suelo de madera para zapatearlo al ritmo de los bailes andaluces (cosa que no sucedía apenas: entonces casi nadie sabía bailar sevillanas por estas tierras) y con sus corrales donde un caballo blanco, fetiche de la marca desde los días de la tele con sólo dos cadenas, esperaba la hora de acudir enjaezado hasta la plaza de toros.

La novedad fue muy bien acogida entre la fauna local y fuimos muchos quienes descubrimos los vinos de Jerez y los amontillados. También descubrimos por entonces que la manzanilla no tenía necesariamente que ser ese bebedizo caliente que te daban si te dolían las tripas, sino un delicioso néctar alumbrado en un lugar de hermoso nombre: Sanlúcar de Barrameda. Nos acostumbramos al pan de picos para acompañar las tapas propias del sur, con su jamón finamente cortado y sus pescados fritos que en nada se parecían al de San Bernabé, y aceptamos lo que deberíamos aceptar estos días: que Logroño cambia por fiestas.

Yo espero que sea para bien, aunque desde que me recojo pronto tiendo a pensar lo contrario. Lo cual no me impide desear al improbable lector unas felices fiestas y rogarle humildemente que deje de orinar por las esquinas. Es preferible que siga el mandato de uno de mis refranes logroñeses favoritos: en estas fiestas mateas, saluda a todo el que veas.

P.D. Se ha citado antes el caso de los camareros que protegerán estos días sus gargantas con el pañuelo y traigo malas noticias: aunque se empeñen algunos en lo contrario, aunque los puristas seamos ya una minoría en plan abuelo Cebolleta, el pañuelo de fiestas es rojo. Rojo, repito: se decidió subvertir esta costumbre que sí preservan en los pueblos riojanos, sobre todo Ebro abajo, para no parecernos a los vecinos navarros. Pero la tradición es la tradición, así que insisto: el pañuelo mateo es rojo. Escrito lo cual, que cada uno se ponga el que más le guste, preferiblemente el que vende Diario LA RIOJA inspirado en nuestra baldosa indígena. Al fin y al cabo, en efecto, estos días Logroño será un pañuelo.

 

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Profesional y camarero
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Jorge Alacid | 12-09-2014 | 07:50| 0
Jesús Ortega, en el centro, en su etapa al frente del Mesón del Rey

Como recordaba al principio de lanzarme con este blog, una vez fui cliente asiduo del Tizona, bar integrado junto a otros dos de esa misma manzana (el Apolo y Texas, ya difuntos) en una especie de prolongación del vermú dominical que protagonizaba la vecina avenida Jorge Vigón. Cuando el aperitivo se estiraba más allá de Drugstore, Vivero y resto de hitos de esta última calle, algunas cuadrillas solían acabar echando la espuela en cualquiera de este trío de locales de Colón, confraternizando con una parroquia más veterana que la propia del llamado tontódromo. Recuerdo aquel Tizona más o menos como ahora: la barra a la derecha, a la izquierda las mesitas subidas sobre un peldaño y una barra surtida con sabrosas golosinas. Por fortuna, hay bares que nunca cambian. Gloria a todos ellos.

Y gloria al Tizona, cuya actual encarnación confieso que apenas he frecuentado. Ignoro la razón: tal vez porque me pilla demasiado cerca de casa. Paso unas cuantas veces al día junto a su puerta, observo el bullicio habitual y me llegan continuas alabanzas de numerosos logroñeses conspicuos, a quienes veo muchas noches de viernes picoteando las chucherías que despacha su barra. Conozco, como supongo que conocerá cualquiera, a los devotos de sus pimientos rellenos y conozco, como supongo que conocerá cualquiera, la profesionalidad con que defiende ese negocio el caballero llamado Jesús Ortega, a quien traigo hasta aquí a modo de saludo y despedida: el buen hombre apura sus últimos días al frente del bar, próxima la jubilación. Mala y buena noticia: por un lado, sus fieles se resignan a perder a su camarero de confianza; por otra parte, el señor Ortega se tiene muy bien ganado el descanso, porque ejerce su oficio desde tiempo inmemorial y porque así se marchará como los toreros caros, por la puerta grande. Dejando tras de sí un aroma de gran profesionalidad y amor por su profesión mientras se dispone a cortarse la coleta.

Y aunque como digo apenas he frecuentado su actual casa, su jubilación me ha recordado los días en que sí fui asiduo del negocio donde lo conocí, el añorado Mesón del Rey de avenida de Portugal. A quienes aún no peinan canas, les refresco la memoria: se situaba donde hoy se alza el bar Casablanca. Y era bar y era restaurante, con una particularidad que su dueño se llevó hasta el Tizona cuando bajó aquella persiana: una clientela muy fiel. Fidelísima. Una clientela tan leal que convirtió aquel bar en algo más que un bar: la prolongación de su casa. Entraba uno tras salvar la breve y simpática escalinata y observaba casi siempre a los mismos parroquianos, casi siempre los mismos matrimonios, que peregrinaban hasta allí en cuanto ponían el pie en la calle. ¿La razón? Yo lo llamo elegancia, clase, estilo. En el servicio, en el producto… Una decoración austera, efectivamente en plan mesón, muy al estilo de los locales que proliferaban por esa misma época (últimos 70, primeros 80) por Madrid.

Para mí, esa era la clave de su éxito, que se extendía al restaurante ubicado al final del local, casi siempre lleno: que era un bar de estirpe madrileña, con camareros perfectamente ataviados (imprescindible corbata y opcional pajarita, como se observa en la foto), que tiraban la caña como si fueran hijos de la capital del Reino, cortaban con mimo el jamón que daba la bienvenida y garantizaban discreción a los clientes, sobre todo los arracimados en el recodo situado a la izquierda de la puerta. Te trataban como uno quiere que lo hagan en cada bar: con esmerada atención, pero sin confianzas. Una cortesía seca: mi favorita. Y ahora que Jesús empieza a entonar el adiós, me apetece dedicarle estas líneas porque encarna a mi juicio un tipo de profesional que se bate en retirada. Defender una barra con tanta categoría durante tanto tiempo sólo está al alcance de algunos elegidos: ojalá que quienes hoy perpetúan ese oficio vean en él a un ejemplo de cómo revestir de dignidad una profesión que tiene mucho de designio bíblico. Porque se ocupa de dar de comer al hambriento y de beber al sediento.

P.D. Me recuerda Jesús Ortega a través de su hijo Diego, compañero en esta casa, que  el Mesón del Rey se inauguró en marzo de 1976 y cerró sus puertas en el año 2000. Un año después, en agosto del 2001, se puso al frente del Tizona donde ahora se despide de la profesión para averiguar si, como dicen, la palabra jubilación viene de júbilo.

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Tus bares favoritos
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Jorge Alacid | 05-09-2014 | 08:23| 0

 

Iba yo a tomar un vino por la calle Laurel cuando… Cuando de repente, de cháchara con los amigos, surgió un animado debate: cuál es nuestro bar favorito de Logroño. Como es lógico y muy saludable, no nos pusimos de acuerdo en absoluto, pero en aquella discusión germinó la idea de convertir esa controversia en una entrada de este blog: cuál es el bar favorito… de mis seguidores de facebook. Así que lancé la idea a una decena de ellos y aquí resumo lo que me contestan. Mi idea es seguir haciendo la misma pregunta al resto de seguidores. A todos, muchas gracias. Y a quienes se sumen espontáneamente, también muy agradecido.

Allá vamos. El amigo José Luis Alonso nos cuenta lo siguiente:  “Para tomar unas cervezas un jueves o viernes me gusta El Dorado y el Route 66 por ambiente, música y variedad/calidad de cervezas. Si el plan es tomar unos vinos y pinchos me gustan sobre todo La Tavina y Torres también por calidad y oferta además de iniciativas”. Y se confiesa: “Vamos, supongo que no seré muy “.

A caballo entre Logroño y Zaragoza, aquí llega Jorge Gascón: “Yo, que soy un casta, no renuncio al Sebas y al Soldado de Tudelilla. Fueraparte, el Bretón; y para el copeteo, siguen estando La Luna, El Dorado y el Stereo”. Otra confesión: “Me estoy dando cuenta que cuando voy a Logroño sólo voy de bares”. Y coda final: “Me sigue gustando ir a bares en los que conoces el nombre de pila del camarero”.

Con todos ustedes, la gran Noemí Iruzubieta: “De Logrono, el Single Rock y La Fama en la plaza del Mercado. De la Mayor el Menhir, el Iturza y la Jala. Para tomar algo a cualquier hora el Fax”. ¿Su favorito? “El Malabar, en Portales”.

Ahora, veamos qué opina el colega Rubén Vinagre: “Berlín en Bretón de los Herreros (Impagable la tortilla con bollo de las mañanas entre semana. Para las 12 ha volado. Buen precio y mejor conversación); Pasapoga, frente Escuela de Artes (renovado pero con el espíritu Logroño de Toda la Vida LTV); y La Tavina (pinchos singulares y vino en condiciones)”.

Julia Baigorri ofrece un completo surtido de sus preferencias, por zonas geográficas y usos horarios: “Extrarradio: El embarcadero, en verano. Te sientas en la barandilla mirando al río al atardecer y se está de maravilla. No sé si ha sido cosa de suerte pero no he tenido problema con los mosquitos. En la Laurel, Taberna del tío Blas y su barra increíble y el Blanco y Negro con su bocatita de bacalao. Alternativos, que se dice ahora, La Retro: las chicas encantadoras y se está como en el salón de tu casa. Para el café de media mañana se estaba muy a gusto en el Millenium, pero tiene toda la pinta de que han cerrado; en invierno se está de gloria ‘cara al sol’ (con perdón) en La Mercedes y los que más frecuento, por cercanía, son Rocío y As de Copas”.

Logroñés trasterrado, desde Madrid se pronuncia Guillermo Sáez en estos términos: 1) El Perchas: Cada vez que vuelvo a Logroño compruebo que el tsunami de donostización de la calle Laurel se ha tragado algún bar más. Por eso me reconforta tanto saber que se mantienen en pie sitios como el Perchas, donde solo hay un pincho (y maravilloso), banderines de fútbol de los años setenta y la radio cuelga de una cuerda en la pared. El día del Apocalipsis, me refugiaré en este bar incunable abrazado a una montaña de orejas rebozadas. 2) Maldeamores: soy de los que priorizan la música por encima de cualquier otro activo en un bar. Extinguido el ilustre Bossa Nova, el Menhir y el Maldeamores cogieron el testigo para respiro del puñado de raros que usamos más los oídos que los ojos en la jungla nocturna. Y además, tiene al mando a un fenómeno como Rafa, garante de larga vida a Los Planetas en Logroño”.

Paco Pérez Abad, andarín, bloguero y parroquiano ilustre de Logroño, nos deja este recado: “Mis bares favoritos son el Morry, de la calle Galicia, y el Berlín, de Bretón de los Herreros. El Morry es nuestro centro de reunión de los amigos, buena cerveza, buena gente detrás de la barra, buena terraza… Un sitio muy agradable en definitiva. El Berlín: buen servicio, muy bien situado, hacen unos mojitos estupendos, ponen bien los gintonics, y la cerveza la sirven en vasos grandes a un buen precio. Citaré también el Villarreal, que a pesar de que son forofos del Real Madrid, en su terraza paso infinidad de tardes. Cerveza en copa de balón helada a buen precio, detalles del dueño con nosotros casi siempre, sitio muy agradable en pleno parque del Carmen”.

Y Cristina Garay me contesta así desde Italia, recientes aún sus andanzas logroñesas: “¿Mis bares favoritos de Logroño? ¡Tengo tantos! Pero una vuelta siempre me doy por el Baden y sus encantadoras navajas a la plancha, y por el Blanco y Negro con su ‘matrimonio’, aunque no me convezca demasiado el nombre…”

Turno para el compañero Toño del Río, quien nos cuenta lo que sigue: “En mi barrio, Mesón Alfonso, por sus extraordinarios morros a la brasa, su caña de cerveza (cremosa, no espumosa) y su respetuoso tratamiento al vino. Más lejos, Tastavin, una de las mejores barras de la ciudad y una carta de vinos sobresaliente.Y para tomar una copa, se marcha fuera de la capital hasta el Troika de Ezcaray, “tras cuya barra donde reina uno de los últimos grandes profesionales del ramo en la región”.

Y la décima aportación la firma la siempre gentil Vicky Pujades: “El Junco, de avenida de Portugal. Llevo más de 30 años yendo a ese bar que regentan Jesús (ahora un poco pachucho) y Chuchi. Empecé a frecuentarlo a mediados de los 80 con mis amigas, y ya cuando empecé a salir con Rubén, descubrí que su cuadrilla también era asidua. Todas las Nocheviejas desde hace 25 años (¡Madre mía, un cuarto de siglo!) es el lugar de reunión con todos los amigos antes de ir a cenar. Y siempre que salimos terminamos allí tomando una café, un zumo, un quemadillo, una copa… Y el Calderas de la Laurel es el otro. Lo descubrí hace escasamente dos años pero tiene unos bocatitas de calamares que quitan el ‘sentío´: será porque están hechos con harina de Cádiz…   Atienden tras la barra Conmar y su hija que se llama Macarena, aunque nosotros siempre decimos “Maca hija”, que es lo que su madre le dice: ¡Maca hija, dos de calamares!, ¡Maca hija, dos tintos!”.

P.D. Esta entrada es la primera de una serie que iré publicando de semana en semana, sin un ritmo fijo, incluyendo la propia lista del autor. Por cierto, que repasando la nómina de locales predilectos aquí recogidos, observo que no hay unanimidad, lo cual está muy bien. Y que sólo se repiten por duplicado los siguientes: Eldorado, Menhir, Berlín, Blanco y Negro y La Tavina.

 

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… Y abierto por vacaciones
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Jorge Alacid | 31-08-2014 | 08:19| 0
Inauguración de la Taberna de Baco, en su nueva etapa.Foto de Juan Marín para Diario LA RIOJA

Como decíamos ayer… Así como el verano ha traído para mi asombro una imagen algo alicaída de los bares logroñeses, con las persianas bajadas en más de un sorprendente caso, también debe consignarse el efecto contrario: que sigue habiendo almas intrépidas que se animan a ponerse detrás del mostrador. Son los que abren por vacaciones y a ver qué pasa. Uno tiene puestas todas sus complacencias en estos audaces vecinos que desafían el frío ambiente que continúa registrando eso tan español de consumir tragos y pinchos, de modo que sólo puedo desearles la mejor de las fortunas y dedicarles de paso unas cuantas líneas.

Lo merecen Rodrigo y María, quienes han decidido japoneizar con Sushicatessen ese tramo de Víctor Pradera que ha quedado tan chulo, con su hamburguesería diseño hipster (hoy parece que todo es hipster, etiqueta que sirve para un roto y para un descosido) y el renovado Victoria, que ya mereció una entrada en el blog. A la calle, que se prepara para días de sufrimiento en cuanto se muden los juzgados, ya sólo le queda para rematar su atractiva imagen que le cambien el nombre, esa nomenclatura tan aciaga. Pero esa es otra historia…

Y merecen también su espacio en esta entrada Tere y Marian, que afrontan el desafío mayúsculo de hacerse cargo de la exitosa Taberna de Baco (en la foto de Juan Marín para Diario LA RIOJA), puesto que se trata de un reto doble: por una parte, preservar a la fiel clientela que habían conseguido atrapar las anteriores propietarias, a quienes por cierto es fácil ver todavía por el bar, aunque a este lado de la barra; por otra, pretenden como es lógico imponer su propio estilo, manteniéndose fieles a la esencia del local pero dotando a su gestión de una impronta distinta. Se puede ver en su carta de tapas ese doble lenguaje: lealtad hacia las conquistas antiguas y un estilo diferente en los pinchos que ofrecen como novedad. Con un aliciente adicional, que debería ser norma en cada establecimiento: que al cliente le obsequian con una sonrisa.

Cito estos dos casos pero hay más ejemplos de movimiento en el sector. No había tenido hasta hace unas semanas la oportunidad de regresar al Pasapoga, que encontré muy mejorado respecto a sus últimas encarnaciones lo cual me alegra, porque fui cliente habitual del bar durante un tiempo y tiene un hueco por lo tanto en mi corazón. Y a la vuelta, frente a la Glorieta, el Pesos se dispone estos días para una renovación a fondo: otro garito cuya terraza me contó entre sus asiduos en la anterior glaciación… Me cuentan que abre pronto sus puertas otro bar en Portales frente a la Redonda y habrá que recordar ciertas aperturas recientes: el Tívoli y el Umm, recogidos también en este blog, y Las Cañas, cuya inauguración se avecina para dicha de quienes fuimos tan devotos antes de ser devorada la añorada cafetería por la multinacional de las hamburgueserías.

Y más estrenos: en Albia de Castro ocupa flamante esquina un bar llamado The Corner con buena pinta (al menos desde fuera) y hay nuevos inquilinos para la calle Laurel acaba de abrir sus puertas…. Tal vez para desmentirme a mí mismo en mis sombríos vaticinios de la anterior entrada, tal vez porque Logroño mantiene su hábito de animarse de cara a San Mateo: con las fiestas asomando ya por el horizonte próximo, suele ser costumbre que el sector hostelero aproveche para darle un homenaje a la caja registradora abriendo negocios justo cuando más logroñeses (y forasteros) se lanzan a la calle. Confío en que todos estos movimientos sean de largo alcance: que no se trate de una moda pasajera, sino que contribuyan a aliviar el lánguido paisaje que atravesamos. Así que a todos, a los citados en estas líneas y también aquellos a quienes sin querer me haya olvidado, les deseo lo mismo: larga vida para ellos y para sus clientes.

P.D. Las novedades en el sector de la hostelería logroñesa acaecidas durante este verano alcanzan también a la aparición de un simpático elefante a la entrada de la calle Laurel, cortesía de la Taberna del Tío Blas. El animalito tiene su gracia, aunque según las últimas noticias llegadas a esta redacción carece de nombre: desde el bar cuya pared decora están abiertos a sugerencias. Quien se anime, ya sabe: le esperan en su página de facebook.

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Cerrado por vacaciones…
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Jorge Alacid | 30-08-2014 | 07:54| 0

Paseo agosteño por la Laurel y calles adyacentes. Uno sale de su retiro estival y tropieza con la cruda realidad del consumo hostelero: bares semivacíos y, sorpresa, sorpresa, muchos locales con este cartel colgado: Cerrado por vacaciones. Quiere decirse que, como se supone que nadie se pega tiros en el propio pie, los dueños de nuestros garitos de confianza habrán calibrado qué impacto puede tener sobre su negocio bajar la persiana por unos días y han obrado en consecuencia: la máquina registradora dejará de sonar pero caerá también el gasto corriente y el empresariado hostelero se concederá un descanso. Nada que objetar, aunque da para pensar: no recuerdo que antaño un bar de la calle Laurel cerrara en estas fechas, justo cuando se supone que los nativos contamos con más tiempo libre para enlazar una ronda con otra. Sí que hubo quienes, como el difunto La Simpatía o el Soriano, sellaban siempre sus puertas en San Mateo para evitarse la habitual turba de beodos, pero cerrar en pleno verano es algo que nunca vieron mis ojos. Y si tal cosa sucede en frecuencia sospechosa, es que la visita a los bares amenaza con dejar de ser tendencia. También en la canícula. Feo asunto.

Esto es: si el dueño del local calcula que se puede permitir un respiro en las fechas en teoría más propicias al consumo, la terracita veraniega, la tertulia con los amigos y la afluencia de turistas, se pueden extraer unas cuantas conclusiones pesarosas. La primera, que los hábitos de la clientela han cambiado. Radicalmente. En verano gana peso (supongo: todo esto son meras suposiciones) la vida en la segunda residencia, la visita constante al pueblo de adopción, las exigencias de la agenda en la urbanización hacia donde tanto logroñés ha emigrado. La segunda teoría, que discurre en paralelo, es que el consumo no acaba de remontar, lo cual se aprecia en diversos detalles: por ejemplo, que cada vez menos camareros atienden la barra, lo cual genera un servicio, hum, mejorable, así como largas estancias para ser despachado.

La tercera conclusión que uno, convertido en sociólogo aficionado, extrae de todo esto es que han cambiado también los hábitos al otro lado de la barra: el sector hostelero, antaño tan esclavo, seguro que hoy también exige una dedicación exhaustiva, pero ha dejado de ser en general ese tipo de negocio familiar que ataba al tajo a la parentela directa. Sin apenas vacaciones, pausas ni descansos. Poco que ver con esta imagen: hace unas cuantas décadas vi cerrar apresuradamente el bar una mañana de sábado a su dueño, porque se marchaba a toda prisa… a casarse. Nada menos. Una exagerada entrega al negocio, ya lo sé, pero que da una idea de cómo se ejercía antes este oficio y cómo se ejerce hoy.

Las comparaciones son odiosas. Que cada cual se decante por un modelo o por otro: aquellos bares que siempre parecían estar abiertos y estos otros que, en pleno verano, cuando llevas a los amigos residentes fuera de Logroño a acodarse en su barra favorita se dan con la puerta en las narices. Y yo los entiendo: viendo la lánguida parroquia que acude a los que resisten sin bajar la persiana comprendo perfectamente que el hostelero actual, ese que ya no tiene a la familia pegada a sus pies y que prefiere contratar a una plantilla (ahora más bien cortita) para que le ayude en el negocio, husmee que el contexto económico no arranca y se marche de vacaciones. Desde hace tiempo, ya va siendo usual que el sector cierre los domingos: una manera de explorar si pasa algo cuando decides desertar por un día de las continuas exigencias que genera el trabajo, larguísimas mañanas y tardes aguardando a que alguien se anime a entrar… Hasta decidirse por colgar en verano el cartelito de cerrado y a otra cosa. Aunque es posible también una visión menos sombría: que sí, que la crisis se ha marchado, los bares funcionan a pleno pulmón y con las renovadas ganancias sus dueños echan el candado y se piran a Benidorm. Ojalá esta versión sea la buena. Aunque no sé, no sé…

P.D. A favor de una visión más optimista del sector hostelero, que es la que yo prefiero (aunque no sé, no sé), juega la saludable novedad de recientes aperturas y traspasos, un movimiento saludable que protagonizará la próxima entrada.

 

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Nos vemos en los bares
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Jorge Alacid | 25-07-2014 | 08:04| 0
Bar Umm de Logroño. Foto de Fernando Díaz

Desde que este blog empezó a dar sus primeros pasos, pronto hará dos años, ya descubrí para mi asombro que debía haber tocado alguna tecla que hasta entonces permanecía oculta: resultó que numerosos e improbables lectores participaban del mismo espíritu con que había nacido Logroño en sus bares. Así me lo hacían saber conocidos y desconocidos con quienes me cruzaba (hubo una mujer que vino un día ante a mí para presentarse ¡¡¡porque le hacía mucha ilusión conocerme!!!) y esta aventura en principio banal empezó a contar con cierto seguimiento que se manifestaba en múltiples pruebas de cariño que me tienen todavía noqueado y muy agradecido.

A partir de aquellos balbuceos sospeché que su sorprendente impacto tenía que ver con el don de la oportunidad: poco después, hasta la célebre multinacional de la chispa de la vida lanzó una campaña que pretendía reivindicar la España hostelera en cualquiera de sus manifestaciones. Lo cual confirmaba que me había situado en la trayectoria correcta. Que había un público afín al otro lado del espejo que, como quien esto escribe, consideraba la barra amiga como una prolongación de su hogar: bar, dulce bar. Si hasta la Coca Cola admitía que este país se explica mal o directamente no se entiende sin la aportación de sus garitos más emblemáticos, supuse que perorar sobre los bares, rescatar su memoria o teorizar sobre la relevancia de semejante actividad tenía sentido.

De nuevo para mi asombro, empiezo a intuir que esto de los bares se ha transformado en tendencia, porque resulta que TVE emite este verano un programa que también dignifica ese universo, planteado en parecidos términos a este blog. Me encontré con el mentado espacio la otra noche de casualidad y me lo tragué enterito: salvé las primeras reservas que me provocó la pareja de presentadores hasta que acabaron por caerme más o menos bien y me entregué a sus andanzas por una plaza que conozco cabalmente, San Sebastián. El programa peregrinaba por la parte vieja donostiarra, ingresaba en algunos bares clásicos (aunque faltaba el España, hoy rebautizado como Intza, ay: las mejores rabas del mundo) y acababa deteniéndose en uno de ellos para proclamar lo que cualquiera sabe: que estamos ante el más perfeccionado ejemplo español (con perdón) de barras convertidas en edén culinario.

Porque habrá bares mejores o con más encanto, que nos toquen el corazón con una profundidad superior o que formen parte del imaginario colectivo con mayor razón de ser, pero en cuestión de tapear San Sebastián no abandona jamás el primer puesto del podio. Yo incluso iría más lejos: en la mayor parte de bares españoles, la tapa es el ingrediente que mejora los tragos, pero entre los locales donostiarras casi me parece que sucede al contrario. Como poco, se puede concluir que tanta importancia tiene el bocado como la bebida. Y el garito elegido por TVE lo demostraba: el Gambara, bar que no tengo el gusto de conocer, pecado que prometo dejar de cometer en cuanto vuelva a pisar por aquellas baldosas.

Más allá de su oferta gastronómica, del mimo con que cada cazuelita llegaba al mostrador, del buen gusto en la elección de proveedores y productos, lo que en realidad proclamaba el Gambara es eso mismo que aquí intentamos entre todos: celebrar la vida. Festejar la dicha de regalarse una visita al bar de guardia, confraternizar con los dueños, bromear con los camareros, arreglar el mundo con los amigos de tertulia… Probar un vino memorable, refrescar el gaznate con una caña bien tirada o iniciarse en la rica paleta de pinchos que salen a nuestro encuentro es en realidad una excusa. Lo que buscamos (me parece) es zambullirnos en esa especie de líquido amniótico feliz que se genera cuando vamos de bares. El programa de TVE concluía con los dueños del Gambara recibiendo en la calle el homenaje de amigos y clientes porque cumplían 30 años: a nadie le resultaba raro que tal cosa sucediera. Por eso, porque se trataba de un bar. De los de toda la vida. Donde todo el mundo conoce tu nombre.

P.D. La atenta observación del programa de TVE me pilló recién regresado a casa luego de una ruta que incluyó dos bares que acaban de abrir sus puertas: Tívoli y Umm (retratados sus responsables en la foto de Fernando Díaz que acompaña estas líneas). En ellos y en el resto del itinerario que tracé esa noche comprobé que, en efecto, la reivindicación del bar sigue teniendo sentido. Así que aconsejo a mis improbables lectores que perseveren en esa costumbre este verano, periodo durante el cual este blog se toma su habitual descanso. Mientras tanto, nos vemos en los bares.

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