La Rioja

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Saluda a todo el que veas
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Jorge Alacid | 18-09-2014 | 17:58| 0

Hace un año, por estas fechas consigné una estupenda sorpresa en este mismo blog: en un bar de la calle Laurel nos convidaron a zurracapote, servido fresco en el porrón preceptivo. Ocurría que Logroño se preparaba para sus fiestas mateas y en ese local habían decidido recuperar una tradición perdida vaya usted a saber en nombre de qué nuevas y funestas costumbres. Porque antaño era casi obligatorio: en la mayoría de bares, sus propietarios preparaban la riquísima pócima para regalar al indígena y al forastero, a quien se iniciaba en ese brebaje escasamente conocido lejos de entre nosotros. Tengo observado que tal hábito se mantiene fuera de Logroño, en algunos municipios de La Rioja, lo cual me parece una manera muy apropiada para corroborar si, como dicen, por esta tierra somos o no somos hospitalarios. Con el porrón de zurracapote lo podemos saber: así se pasa de las palabras a los hechos.

Viene a cuento este prolegómeno de que veo llegada la hora de honrar al santo Mateo y revisar la curiosa metamorfosis que los bares patrios protagonizan cuando desembarcamos en el rito del cohete (que algún hortera llamará chupinazo), bullicio callejero y resto de tópicos que perpetramos por Logroño cada 21 de septiembre. Los bares, ay, dejan un poco de serlo: las muchedumbres que, sobre todo en fin de semana, se despliegan por nuestras calles y plazas exigen una respuesta inmediata para satisfacer sus necesidades en materia de tragos y bocados, los camareros necesitarían otra vida para atender cada demanda, es habitual por otro lado la derrama en forma de vomitonas y demás desperdicios entre quienes debutan esos días en la costumbre de desparramarse y, en fin, la ciudad es otra. Sus bares también: sus bares en determinados casos incluso cierran sus puertas, porque sus propietarios prefieren ahorrarse los sofocos mateos, y hay quienes abandonan su perfil tradicional para aceptar las exigencias de una clientela… poco exigente. Se trata de pasarlo bien, sin grandes pretensiones, y entonces nuestras barras de confianza se convierten simplemente en una excusa: parte del decorado.

No ignoro que se mezclan estas dos tendencias (el bar que se fuga y el bar que se maquilla) con otras menos llamativas. Fuera del centro, las barras conspicuas mantienen su fisonomía, adornadas sólo con algún detalle mateo (camareros con pañuelo al cuello), e incluso habitan entre nosotros las que procuran un esfuerzo adicional por estar a la altura del reto que supone recibir a una legión de visitantes que sólo viajan a Logroño por esos días y, por lo tanto, se llevarán de aquí la imagen que se desprenda de la semana festiva. Y luego están los bares que se inauguran por San Mateo, subgénero logroñés del que ya hablamos aquí hace nada, y los bares furtivos: se trata de esas casetas que aparecen por fiestas y amplían la oferta hostelera, con resultados… mejorables. Son como bares de compromiso, que añaden una nota de color al folclore local con mucho chunda-chunda por los bafles, versión macarrada pura o versión sevillanas. No los cuento entre mis favoritos, aunque confieso que sí: que los he frecuentado.

Y los he frecuentado desde la primera vez que una carpa de esta guisa brotó ante nuestros ojos: ocurrió en los primeros 80, allá en avenida de Portugal, donde antaño se alzó el garaje Elías. En el abandonado solar, la compañía andaluza de vinos llamada Terry instaló sus reales, con una enorme barra al fondo, con su suelo de madera para zapatearlo al ritmo de los bailes andaluces (cosa que no sucedía apenas: entonces casi nadie sabía bailar sevillanas por estas tierras) y con sus corrales donde un caballo blanco, fetiche de la marca desde los días de la tele con sólo dos cadenas, esperaba la hora de acudir enjaezado hasta la plaza de toros.

La novedad fue muy bien acogida entre la fauna local y fuimos muchos quienes descubrimos los vinos de Jerez y los amontillados. También descubrimos por entonces que la manzanilla no tenía necesariamente que ser ese bebedizo caliente que te daban si te dolían las tripas, sino un delicioso néctar alumbrado en un lugar de hermoso nombre: Sanlúcar de Barrameda. Nos acostumbramos al pan de picos para acompañar las tapas propias del sur, con su jamón finamente cortado y sus pescados fritos que en nada se parecían al de San Bernabé, y aceptamos lo que deberíamos aceptar estos días: que Logroño cambia por fiestas.

Yo espero que sea para bien, aunque desde que me recojo pronto tiendo a pensar lo contrario. Lo cual no me impide desear al improbable lector unas felices fiestas y rogarle humildemente que deje de orinar por las esquinas. Es preferible que siga el mandato de uno de mis refranes logroñeses favoritos: en estas fiestas mateas, saluda a todo el que veas.

P.D. Se ha citado antes el caso de los camareros que protegerán estos días sus gargantas con el pañuelo y traigo malas noticias: aunque se empeñen algunos en lo contrario, aunque los puristas seamos ya una minoría en plan abuelo Cebolleta, el pañuelo de fiestas es rojo. Rojo, repito: se decidió subvertir esta costumbre que sí preservan en los pueblos riojanos, sobre todo Ebro abajo, para no parecernos a los vecinos navarros. Pero la tradición es la tradición, así que insisto: el pañuelo mateo es rojo. Escrito lo cual, que cada uno se ponga el que más le guste, preferiblemente el que vende Diario LA RIOJA inspirado en nuestra baldosa indígena. Al fin y al cabo, en efecto, estos días Logroño será un pañuelo.

 

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Profesional y camarero
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Jorge Alacid | 12-09-2014 | 07:50| 0
Jesús Ortega, en el centro, en su etapa al frente del Mesón del Rey

Como recordaba al principio de lanzarme con este blog, una vez fui cliente asiduo del Tizona, bar integrado junto a otros dos de esa misma manzana (el Apolo y Texas, ya difuntos) en una especie de prolongación del vermú dominical que protagonizaba la vecina avenida Jorge Vigón. Cuando el aperitivo se estiraba más allá de Drugstore, Vivero y resto de hitos de esta última calle, algunas cuadrillas solían acabar echando la espuela en cualquiera de este trío de locales de Colón, confraternizando con una parroquia más veterana que la propia del llamado tontódromo. Recuerdo aquel Tizona más o menos como ahora: la barra a la derecha, a la izquierda las mesitas subidas sobre un peldaño y una barra surtida con sabrosas golosinas. Por fortuna, hay bares que nunca cambian. Gloria a todos ellos.

Y gloria al Tizona, cuya actual encarnación confieso que apenas he frecuentado. Ignoro la razón: tal vez porque me pilla demasiado cerca de casa. Paso unas cuantas veces al día junto a su puerta, observo el bullicio habitual y me llegan continuas alabanzas de numerosos logroñeses conspicuos, a quienes veo muchas noches de viernes picoteando las chucherías que despacha su barra. Conozco, como supongo que conocerá cualquiera, a los devotos de sus pimientos rellenos y conozco, como supongo que conocerá cualquiera, la profesionalidad con que defiende ese negocio el caballero llamado Jesús Ortega, a quien traigo hasta aquí a modo de saludo y despedida: el buen hombre apura sus últimos días al frente del bar, próxima la jubilación. Mala y buena noticia: por un lado, sus fieles se resignan a perder a su camarero de confianza; por otra parte, el señor Ortega se tiene muy bien ganado el descanso, porque ejerce su oficio desde tiempo inmemorial y porque así se marchará como los toreros caros, por la puerta grande. Dejando tras de sí un aroma de gran profesionalidad y amor por su profesión mientras se dispone a cortarse la coleta.

Y aunque como digo apenas he frecuentado su actual casa, su jubilación me ha recordado los días en que sí fui asiduo del negocio donde lo conocí, el añorado Mesón del Rey de avenida de Portugal. A quienes aún no peinan canas, les refresco la memoria: se situaba donde hoy se alza el bar Casablanca. Y era bar y era restaurante, con una particularidad que su dueño se llevó hasta el Tizona cuando bajó aquella persiana: una clientela muy fiel. Fidelísima. Una clientela tan leal que convirtió aquel bar en algo más que un bar: la prolongación de su casa. Entraba uno tras salvar la breve y simpática escalinata y observaba casi siempre a los mismos parroquianos, casi siempre los mismos matrimonios, que peregrinaban hasta allí en cuanto ponían el pie en la calle. ¿La razón? Yo lo llamo elegancia, clase, estilo. En el servicio, en el producto… Una decoración austera, efectivamente en plan mesón, muy al estilo de los locales que proliferaban por esa misma época (últimos 70, primeros 80) por Madrid.

Para mí, esa era la clave de su éxito, que se extendía al restaurante ubicado al final del local, casi siempre lleno: que era un bar de estirpe madrileña, con camareros perfectamente ataviados (imprescindible corbata y opcional pajarita, como se observa en la foto), que tiraban la caña como si fueran hijos de la capital del Reino, cortaban con mimo el jamón que daba la bienvenida y garantizaban discreción a los clientes, sobre todo los arracimados en el recodo situado a la izquierda de la puerta. Te trataban como uno quiere que lo hagan en cada bar: con esmerada atención, pero sin confianzas. Una cortesía seca: mi favorita. Y ahora que Jesús empieza a entonar el adiós, me apetece dedicarle estas líneas porque encarna a mi juicio un tipo de profesional que se bate en retirada. Defender una barra con tanta categoría durante tanto tiempo sólo está al alcance de algunos elegidos: ojalá que quienes hoy perpetúan ese oficio vean en él a un ejemplo de cómo revestir de dignidad una profesión que tiene mucho de designio bíblico. Porque se ocupa de dar de comer al hambriento y de beber al sediento.

P.D. Me recuerda Jesús Ortega a través de su hijo Diego, compañero en esta casa, que  el Mesón del Rey se inauguró en marzo de 1976 y cerró sus puertas en el año 2000. Un año después, en agosto del 2001, se puso al frente del Tizona donde ahora se despide de la profesión para averiguar si, como dicen, la palabra jubilación viene de júbilo.

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Tus bares favoritos
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Jorge Alacid | 05-09-2014 | 08:23| 0

 

Iba yo a tomar un vino por la calle Laurel cuando… Cuando de repente, de cháchara con los amigos, surgió un animado debate: cuál es nuestro bar favorito de Logroño. Como es lógico y muy saludable, no nos pusimos de acuerdo en absoluto, pero en aquella discusión germinó la idea de convertir esa controversia en una entrada de este blog: cuál es el bar favorito… de mis seguidores de facebook. Así que lancé la idea a una decena de ellos y aquí resumo lo que me contestan. Mi idea es seguir haciendo la misma pregunta al resto de seguidores. A todos, muchas gracias. Y a quienes se sumen espontáneamente, también muy agradecido.

Allá vamos. El amigo José Luis Alonso nos cuenta lo siguiente:  “Para tomar unas cervezas un jueves o viernes me gusta El Dorado y el Route 66 por ambiente, música y variedad/calidad de cervezas. Si el plan es tomar unos vinos y pinchos me gustan sobre todo La Tavina y Torres también por calidad y oferta además de iniciativas”. Y se confiesa: “Vamos, supongo que no seré muy “.

A caballo entre Logroño y Zaragoza, aquí llega Jorge Gascón: “Yo, que soy un casta, no renuncio al Sebas y al Soldado de Tudelilla. Fueraparte, el Bretón; y para el copeteo, siguen estando La Luna, El Dorado y el Stereo”. Otra confesión: “Me estoy dando cuenta que cuando voy a Logroño sólo voy de bares”. Y coda final: “Me sigue gustando ir a bares en los que conoces el nombre de pila del camarero”.

Con todos ustedes, la gran Noemí Iruzubieta: “De Logrono, el Single Rock y La Fama en la plaza del Mercado. De la Mayor el Menhir, el Iturza y la Jala. Para tomar algo a cualquier hora el Fax”. ¿Su favorito? “El Malabar, en Portales”.

Ahora, veamos qué opina el colega Rubén Vinagre: “Berlín en Bretón de los Herreros (Impagable la tortilla con bollo de las mañanas entre semana. Para las 12 ha volado. Buen precio y mejor conversación); Pasapoga, frente Escuela de Artes (renovado pero con el espíritu Logroño de Toda la Vida LTV); y La Tavina (pinchos singulares y vino en condiciones)”.

Julia Baigorri ofrece un completo surtido de sus preferencias, por zonas geográficas y usos horarios: “Extrarradio: El embarcadero, en verano. Te sientas en la barandilla mirando al río al atardecer y se está de maravilla. No sé si ha sido cosa de suerte pero no he tenido problema con los mosquitos. En la Laurel, Taberna del tío Blas y su barra increíble y el Blanco y Negro con su bocatita de bacalao. Alternativos, que se dice ahora, La Retro: las chicas encantadoras y se está como en el salón de tu casa. Para el café de media mañana se estaba muy a gusto en el Millenium, pero tiene toda la pinta de que han cerrado; en invierno se está de gloria ‘cara al sol’ (con perdón) en La Mercedes y los que más frecuento, por cercanía, son Rocío y As de Copas”.

Logroñés trasterrado, desde Madrid se pronuncia Guillermo Sáez en estos términos: 1) El Perchas: Cada vez que vuelvo a Logroño compruebo que el tsunami de donostización de la calle Laurel se ha tragado algún bar más. Por eso me reconforta tanto saber que se mantienen en pie sitios como el Perchas, donde solo hay un pincho (y maravilloso), banderines de fútbol de los años setenta y la radio cuelga de una cuerda en la pared. El día del Apocalipsis, me refugiaré en este bar incunable abrazado a una montaña de orejas rebozadas. 2) Maldeamores: soy de los que priorizan la música por encima de cualquier otro activo en un bar. Extinguido el ilustre Bossa Nova, el Menhir y el Maldeamores cogieron el testigo para respiro del puñado de raros que usamos más los oídos que los ojos en la jungla nocturna. Y además, tiene al mando a un fenómeno como Rafa, garante de larga vida a Los Planetas en Logroño”.

Paco Pérez Abad, andarín, bloguero y parroquiano ilustre de Logroño, nos deja este recado: “Mis bares favoritos son el Morry, de la calle Galicia, y el Berlín, de Bretón de los Herreros. El Morry es nuestro centro de reunión de los amigos, buena cerveza, buena gente detrás de la barra, buena terraza… Un sitio muy agradable en definitiva. El Berlín: buen servicio, muy bien situado, hacen unos mojitos estupendos, ponen bien los gintonics, y la cerveza la sirven en vasos grandes a un buen precio. Citaré también el Villarreal, que a pesar de que son forofos del Real Madrid, en su terraza paso infinidad de tardes. Cerveza en copa de balón helada a buen precio, detalles del dueño con nosotros casi siempre, sitio muy agradable en pleno parque del Carmen”.

Y Cristina Garay me contesta así desde Italia, recientes aún sus andanzas logroñesas: “¿Mis bares favoritos de Logroño? ¡Tengo tantos! Pero una vuelta siempre me doy por el Baden y sus encantadoras navajas a la plancha, y por el Blanco y Negro con su ‘matrimonio’, aunque no me convezca demasiado el nombre…”

Turno para el compañero Toño del Río, quien nos cuenta lo que sigue: “En mi barrio, Mesón Alfonso, por sus extraordinarios morros a la brasa, su caña de cerveza (cremosa, no espumosa) y su respetuoso tratamiento al vino. Más lejos, Tastavin, una de las mejores barras de la ciudad y una carta de vinos sobresaliente.Y para tomar una copa, se marcha fuera de la capital hasta el Troika de Ezcaray, “tras cuya barra donde reina uno de los últimos grandes profesionales del ramo en la región”.

Y la décima aportación la firma la siempre gentil Vicky Pujades: “El Junco, de avenida de Portugal. Llevo más de 30 años yendo a ese bar que regentan Jesús (ahora un poco pachucho) y Chuchi. Empecé a frecuentarlo a mediados de los 80 con mis amigas, y ya cuando empecé a salir con Rubén, descubrí que su cuadrilla también era asidua. Todas las Nocheviejas desde hace 25 años (¡Madre mía, un cuarto de siglo!) es el lugar de reunión con todos los amigos antes de ir a cenar. Y siempre que salimos terminamos allí tomando una café, un zumo, un quemadillo, una copa… Y el Calderas de la Laurel es el otro. Lo descubrí hace escasamente dos años pero tiene unos bocatitas de calamares que quitan el ‘sentío´: será porque están hechos con harina de Cádiz…   Atienden tras la barra Conmar y su hija que se llama Macarena, aunque nosotros siempre decimos “Maca hija”, que es lo que su madre le dice: ¡Maca hija, dos de calamares!, ¡Maca hija, dos tintos!”.

P.D. Esta entrada es la primera de una serie que iré publicando de semana en semana, sin un ritmo fijo, incluyendo la propia lista del autor. Por cierto, que repasando la nómina de locales predilectos aquí recogidos, observo que no hay unanimidad, lo cual está muy bien. Y que sólo se repiten por duplicado los siguientes: Eldorado, Menhir, Berlín, Blanco y Negro y La Tavina.

 

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… Y abierto por vacaciones
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Jorge Alacid | 31-08-2014 | 08:19| 0
Inauguración de la Taberna de Baco, en su nueva etapa.Foto de Juan Marín para Diario LA RIOJA

Como decíamos ayer… Así como el verano ha traído para mi asombro una imagen algo alicaída de los bares logroñeses, con las persianas bajadas en más de un sorprendente caso, también debe consignarse el efecto contrario: que sigue habiendo almas intrépidas que se animan a ponerse detrás del mostrador. Son los que abren por vacaciones y a ver qué pasa. Uno tiene puestas todas sus complacencias en estos audaces vecinos que desafían el frío ambiente que continúa registrando eso tan español de consumir tragos y pinchos, de modo que sólo puedo desearles la mejor de las fortunas y dedicarles de paso unas cuantas líneas.

Lo merecen Rodrigo y María, quienes han decidido japoneizar con Sushicatessen ese tramo de Víctor Pradera que ha quedado tan chulo, con su hamburguesería diseño hipster (hoy parece que todo es hipster, etiqueta que sirve para un roto y para un descosido) y el renovado Victoria, que ya mereció una entrada en el blog. A la calle, que se prepara para días de sufrimiento en cuanto se muden los juzgados, ya sólo le queda para rematar su atractiva imagen que le cambien el nombre, esa nomenclatura tan aciaga. Pero esa es otra historia…

Y merecen también su espacio en esta entrada Tere y Marian, que afrontan el desafío mayúsculo de hacerse cargo de la exitosa Taberna de Baco (en la foto de Juan Marín para Diario LA RIOJA), puesto que se trata de un reto doble: por una parte, preservar a la fiel clientela que habían conseguido atrapar las anteriores propietarias, a quienes por cierto es fácil ver todavía por el bar, aunque a este lado de la barra; por otra, pretenden como es lógico imponer su propio estilo, manteniéndose fieles a la esencia del local pero dotando a su gestión de una impronta distinta. Se puede ver en su carta de tapas ese doble lenguaje: lealtad hacia las conquistas antiguas y un estilo diferente en los pinchos que ofrecen como novedad. Con un aliciente adicional, que debería ser norma en cada establecimiento: que al cliente le obsequian con una sonrisa.

Cito estos dos casos pero hay más ejemplos de movimiento en el sector. No había tenido hasta hace unas semanas la oportunidad de regresar al Pasapoga, que encontré muy mejorado respecto a sus últimas encarnaciones lo cual me alegra, porque fui cliente habitual del bar durante un tiempo y tiene un hueco por lo tanto en mi corazón. Y a la vuelta, frente a la Glorieta, el Pesos se dispone estos días para una renovación a fondo: otro garito cuya terraza me contó entre sus asiduos en la anterior glaciación… Me cuentan que abre pronto sus puertas otro bar en Portales frente a la Redonda y habrá que recordar ciertas aperturas recientes: el Tívoli y el Umm, recogidos también en este blog, y Las Cañas, cuya inauguración se avecina para dicha de quienes fuimos tan devotos antes de ser devorada la añorada cafetería por la multinacional de las hamburgueserías.

Y más estrenos: en Albia de Castro ocupa flamante esquina un bar llamado The Corner con buena pinta (al menos desde fuera) y hay nuevos inquilinos para la calle Laurel acaba de abrir sus puertas…. Tal vez para desmentirme a mí mismo en mis sombríos vaticinios de la anterior entrada, tal vez porque Logroño mantiene su hábito de animarse de cara a San Mateo: con las fiestas asomando ya por el horizonte próximo, suele ser costumbre que el sector hostelero aproveche para darle un homenaje a la caja registradora abriendo negocios justo cuando más logroñeses (y forasteros) se lanzan a la calle. Confío en que todos estos movimientos sean de largo alcance: que no se trate de una moda pasajera, sino que contribuyan a aliviar el lánguido paisaje que atravesamos. Así que a todos, a los citados en estas líneas y también aquellos a quienes sin querer me haya olvidado, les deseo lo mismo: larga vida para ellos y para sus clientes.

P.D. Las novedades en el sector de la hostelería logroñesa acaecidas durante este verano alcanzan también a la aparición de un simpático elefante a la entrada de la calle Laurel, cortesía de la Taberna del Tío Blas. El animalito tiene su gracia, aunque según las últimas noticias llegadas a esta redacción carece de nombre: desde el bar cuya pared decora están abiertos a sugerencias. Quien se anime, ya sabe: le esperan en su página de facebook.

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Cerrado por vacaciones…
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Jorge Alacid | 30-08-2014 | 07:54| 0

Paseo agosteño por la Laurel y calles adyacentes. Uno sale de su retiro estival y tropieza con la cruda realidad del consumo hostelero: bares semivacíos y, sorpresa, sorpresa, muchos locales con este cartel colgado: Cerrado por vacaciones. Quiere decirse que, como se supone que nadie se pega tiros en el propio pie, los dueños de nuestros garitos de confianza habrán calibrado qué impacto puede tener sobre su negocio bajar la persiana por unos días y han obrado en consecuencia: la máquina registradora dejará de sonar pero caerá también el gasto corriente y el empresariado hostelero se concederá un descanso. Nada que objetar, aunque da para pensar: no recuerdo que antaño un bar de la calle Laurel cerrara en estas fechas, justo cuando se supone que los nativos contamos con más tiempo libre para enlazar una ronda con otra. Sí que hubo quienes, como el difunto La Simpatía o el Soriano, sellaban siempre sus puertas en San Mateo para evitarse la habitual turba de beodos, pero cerrar en pleno verano es algo que nunca vieron mis ojos. Y si tal cosa sucede en frecuencia sospechosa, es que la visita a los bares amenaza con dejar de ser tendencia. También en la canícula. Feo asunto.

Esto es: si el dueño del local calcula que se puede permitir un respiro en las fechas en teoría más propicias al consumo, la terracita veraniega, la tertulia con los amigos y la afluencia de turistas, se pueden extraer unas cuantas conclusiones pesarosas. La primera, que los hábitos de la clientela han cambiado. Radicalmente. En verano gana peso (supongo: todo esto son meras suposiciones) la vida en la segunda residencia, la visita constante al pueblo de adopción, las exigencias de la agenda en la urbanización hacia donde tanto logroñés ha emigrado. La segunda teoría, que discurre en paralelo, es que el consumo no acaba de remontar, lo cual se aprecia en diversos detalles: por ejemplo, que cada vez menos camareros atienden la barra, lo cual genera un servicio, hum, mejorable, así como largas estancias para ser despachado.

La tercera conclusión que uno, convertido en sociólogo aficionado, extrae de todo esto es que han cambiado también los hábitos al otro lado de la barra: el sector hostelero, antaño tan esclavo, seguro que hoy también exige una dedicación exhaustiva, pero ha dejado de ser en general ese tipo de negocio familiar que ataba al tajo a la parentela directa. Sin apenas vacaciones, pausas ni descansos. Poco que ver con esta imagen: hace unas cuantas décadas vi cerrar apresuradamente el bar una mañana de sábado a su dueño, porque se marchaba a toda prisa… a casarse. Nada menos. Una exagerada entrega al negocio, ya lo sé, pero que da una idea de cómo se ejercía antes este oficio y cómo se ejerce hoy.

Las comparaciones son odiosas. Que cada cual se decante por un modelo o por otro: aquellos bares que siempre parecían estar abiertos y estos otros que, en pleno verano, cuando llevas a los amigos residentes fuera de Logroño a acodarse en su barra favorita se dan con la puerta en las narices. Y yo los entiendo: viendo la lánguida parroquia que acude a los que resisten sin bajar la persiana comprendo perfectamente que el hostelero actual, ese que ya no tiene a la familia pegada a sus pies y que prefiere contratar a una plantilla (ahora más bien cortita) para que le ayude en el negocio, husmee que el contexto económico no arranca y se marche de vacaciones. Desde hace tiempo, ya va siendo usual que el sector cierre los domingos: una manera de explorar si pasa algo cuando decides desertar por un día de las continuas exigencias que genera el trabajo, larguísimas mañanas y tardes aguardando a que alguien se anime a entrar… Hasta decidirse por colgar en verano el cartelito de cerrado y a otra cosa. Aunque es posible también una visión menos sombría: que sí, que la crisis se ha marchado, los bares funcionan a pleno pulmón y con las renovadas ganancias sus dueños echan el candado y se piran a Benidorm. Ojalá esta versión sea la buena. Aunque no sé, no sé…

P.D. A favor de una visión más optimista del sector hostelero, que es la que yo prefiero (aunque no sé, no sé), juega la saludable novedad de recientes aperturas y traspasos, un movimiento saludable que protagonizará la próxima entrada.

 

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Nos vemos en los bares
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Jorge Alacid | 25-07-2014 | 08:04| 0
Bar Umm de Logroño. Foto de Fernando Díaz

Desde que este blog empezó a dar sus primeros pasos, pronto hará dos años, ya descubrí para mi asombro que debía haber tocado alguna tecla que hasta entonces permanecía oculta: resultó que numerosos e improbables lectores participaban del mismo espíritu con que había nacido Logroño en sus bares. Así me lo hacían saber conocidos y desconocidos con quienes me cruzaba (hubo una mujer que vino un día ante a mí para presentarse ¡¡¡porque le hacía mucha ilusión conocerme!!!) y esta aventura en principio banal empezó a contar con cierto seguimiento que se manifestaba en múltiples pruebas de cariño que me tienen todavía noqueado y muy agradecido.

A partir de aquellos balbuceos sospeché que su sorprendente impacto tenía que ver con el don de la oportunidad: poco después, hasta la célebre multinacional de la chispa de la vida lanzó una campaña que pretendía reivindicar la España hostelera en cualquiera de sus manifestaciones. Lo cual confirmaba que me había situado en la trayectoria correcta. Que había un público afín al otro lado del espejo que, como quien esto escribe, consideraba la barra amiga como una prolongación de su hogar: bar, dulce bar. Si hasta la Coca Cola admitía que este país se explica mal o directamente no se entiende sin la aportación de sus garitos más emblemáticos, supuse que perorar sobre los bares, rescatar su memoria o teorizar sobre la relevancia de semejante actividad tenía sentido.

De nuevo para mi asombro, empiezo a intuir que esto de los bares se ha transformado en tendencia, porque resulta que TVE emite este verano un programa que también dignifica ese universo, planteado en parecidos términos a este blog. Me encontré con el mentado espacio la otra noche de casualidad y me lo tragué enterito: salvé las primeras reservas que me provocó la pareja de presentadores hasta que acabaron por caerme más o menos bien y me entregué a sus andanzas por una plaza que conozco cabalmente, San Sebastián. El programa peregrinaba por la parte vieja donostiarra, ingresaba en algunos bares clásicos (aunque faltaba el España, hoy rebautizado como Intza, ay: las mejores rabas del mundo) y acababa deteniéndose en uno de ellos para proclamar lo que cualquiera sabe: que estamos ante el más perfeccionado ejemplo español (con perdón) de barras convertidas en edén culinario.

Porque habrá bares mejores o con más encanto, que nos toquen el corazón con una profundidad superior o que formen parte del imaginario colectivo con mayor razón de ser, pero en cuestión de tapear San Sebastián no abandona jamás el primer puesto del podio. Yo incluso iría más lejos: en la mayor parte de bares españoles, la tapa es el ingrediente que mejora los tragos, pero entre los locales donostiarras casi me parece que sucede al contrario. Como poco, se puede concluir que tanta importancia tiene el bocado como la bebida. Y el garito elegido por TVE lo demostraba: el Gambara, bar que no tengo el gusto de conocer, pecado que prometo dejar de cometer en cuanto vuelva a pisar por aquellas baldosas.

Más allá de su oferta gastronómica, del mimo con que cada cazuelita llegaba al mostrador, del buen gusto en la elección de proveedores y productos, lo que en realidad proclamaba el Gambara es eso mismo que aquí intentamos entre todos: celebrar la vida. Festejar la dicha de regalarse una visita al bar de guardia, confraternizar con los dueños, bromear con los camareros, arreglar el mundo con los amigos de tertulia… Probar un vino memorable, refrescar el gaznate con una caña bien tirada o iniciarse en la rica paleta de pinchos que salen a nuestro encuentro es en realidad una excusa. Lo que buscamos (me parece) es zambullirnos en esa especie de líquido amniótico feliz que se genera cuando vamos de bares. El programa de TVE concluía con los dueños del Gambara recibiendo en la calle el homenaje de amigos y clientes porque cumplían 30 años: a nadie le resultaba raro que tal cosa sucediera. Por eso, porque se trataba de un bar. De los de toda la vida. Donde todo el mundo conoce tu nombre.

P.D. La atenta observación del programa de TVE me pilló recién regresado a casa luego de una ruta que incluyó dos bares que acaban de abrir sus puertas: Tívoli y Umm (retratados sus responsables en la foto de Fernando Díaz que acompaña estas líneas). En ellos y en el resto del itinerario que tracé esa noche comprobé que, en efecto, la reivindicación del bar sigue teniendo sentido. Así que aconsejo a mis improbables lectores que perseveren en esa costumbre este verano, periodo durante el cual este blog se toma su habitual descanso. Mientras tanto, nos vemos en los bares.

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León en sus bares
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Jorge Alacid | 18-07-2014 | 12:00| 1
Camarote Madrid, en una foto de la web guiatapaear

 

Hágame un favor el improbable lector: si este verano huye de casa pero deserta de viajar al exterior y también elude visitar las playas españolas en cualquiera de sus encarnaciones, tome la ruta que lleva a la hermosa población de León y maravíllese con sus ricos tesoros y con el sobresaliente encanto de sus bares. Desplazarse como ahora hace este blog a la mentada ciudad le dejará un envidiable sabor de boca y el bolsillo sufrirá menos de como suele: allí también impera la costumbre de la tapa gratis.

Porque León ofrece en sus bares una acabada panoplia de opciones: desde el desayuno con churros en los salones el Hotel París que tanto frecuenté, hasta el vermú en alguno de sus garitos más conspicuos. Para este rito, sugiero no irse muy lejos: en los locales de la plaza de San Marcelo o en los ubicados en la misma calle Ancha donde se aloja el venerable hotel y sus aledaños se oficia la tradición del aperitivo con mucha clase, empezando por el servicio de caña que en León se tira con bastante estilo. Por ejemplo, en el Camarote Madrid de la calle Cervantes, bar tan estupendo como su propio nombre. También se puede practicar dicha costumbre (aunque yo prefiero acudir de anochecida) en el vecino y muy célebre Barrio Húmedo: como quien lo desee hallará gracias a google un pródigo listado con la oferta que se desperdiga por este rincón del León castizo, aquí sólo detallaré aquellos que me tuvieron durante un tiempo entre sus fieles más devotos. Es el caso de La Bicha, donde se puede catar ese delicioso bocado llamado moraga que tanto reconforta en el duro invierno. En la misma plaza de San Martín se alza El Tizón, local modelo recio mesón castellano, tan caro a la España interior, cuya barra homenajea al noble embutido patrio. Del Húmedo se puede salir a través de un local inconmensurable, de bella nomenclatura: El Flechazo, primordial paso de paloma cuyos fogones despachan por cientos jugosas raciones de patatas fritas extrafinas espolvoreadas con un sutil toque de pimentón. Cortesía de la casa, por cierto.

Y es que en León es común en todos los bares ofrecer una tapa según se traspasa la puerta, con ejemplar prodigalidad. En el mentado mesón El Tizón convidan a un platillo de salchichón y chorizo ibéricos tan generoso que tiene efectos paradójicos. O no tanto. En teoría, tan exagerada invitación evitaría tener que pedir una consumición con cada ronda pero en la práctica ocurre lo contrario: la parroquia acostumbra a corresponder al detalle de la casa reclamando una de caña de lomo o cualquier gollería similar y todos tan contentos. Quid pro quo, que diría el doctor Lecter. (Gran gastrónomo, por cierto).

 

Bar del parador de San Marcos, imagen de la web holidaycheck

 

Semejantes guiños a la clientela se desperdigan por todo León, cuya oferta hostelera más fetén no se agota en el Húmedo. No demasiado lejos, en dirección hacia San Isidoro, habita un recoleto espacio: el parque del Cid, jardines de romántico encanto. A su alrededor se despliegan unos cuantos locales fieles a la tipología de tasca que lamentablemente se bate hoy en retirada; uno de ellos, La Abacería, fue unas cuantas noches parada obligatoria porque garantizaba una acogida calurosa que se agradece especialmente cuando afuera amenaza el relente. Ver nevar desde sus ventanales entre trago y trago es un capricho que animo a concederse. Y aquí va otro par de ellos para cerrar esta entrada: acodarse en el establecimiento Prada a tope, donde los productos así denominados se degustan sin necesidad de visitar la sede central en Cacabelos (lo cual por cierto también tiene su aquel), o aposentarse en la privilegiada barra del Parador de San Marcos, mirar por el ventanuco donde hace siglos ocupó su celda el poeta Quevedo (el edificio tuvo antaño, entre otros usos, el de cárcel) y compartir sus versos: “Mejor es morir en el vino que vivir en el agua”..

P.D. Contabilizar la muy extensa nómina de bares leoneses que ofrecen un detalle a su clientela con cada consumición resulta una tarea hercúlea que excede el espacio de este blog. Ya se han ido mencionando algunos de ellos pero no quiero concluir esta líneas sin rendir tributo a uno en concreto, la cafetería Las Meninas de la calle Alfonso. Lo recuerdo cuando se llamaba El Greco,  un local de esmerado servicio, con ese ambiente un punto madrileño tan común en unos cuantos garitos de León, que obsequiaba a la parroquia con un delicado bocado dulce, una suerte de minirrosquilla, para acompañar el cafecito mañanero que uno sigue sin olvidar. Y en ese simpático detalle veo resumido lo que aquí vengo relatando: que darse una vuelta por León es tan aconsejable como visitar sus bares.

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Agitados y batidos
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Jorge Alacid | 12-07-2014 | 07:42| 0
Don Draper, cóctel en ristre: ni agitado ni batido

Cae en mis manos una noticia fechada hace ya semanas donde el estupendo periodista Javier Albo (corresponsal de Diario LA RIOJA en Santo Domingo) relata el campeonato celebrado en la Escuela de Hostelería, con el fin de designar al representante riojano en un certamen de coctelería  nacional. Lo cual me ha llevado a recordar los avatares que dicha práctica ha conocido en nuestros bares logroñeses en su pasado más reciente: es decir, del Angelo a esta parte. Porque fue el Angelo el garito donde uno vio por primera vez la oferta de cócteles como bandera de su repertorio. Aquel local alojado en el pasaje entre Doctores Castroviejo y Jorge Vigón sólo me trae buenos recuerdos: allí solían terminar trasnochando quien esto escribe y sus colegas de redacción y talleres, cuando el cierre se alargaba y no apetecía demasiado irse a casa, frescas aún la tinta del periódico y la excitación por la noticia que acababa de llegar a portada. Cada vez que paso ante su puerta dedicada hoy a otros menesteres se me vuelve a hacer de noche y me asalta el fantasma de Luis Roldán recién capturado por tierras asiáticas.

Para esa época, el Angelo era ya sólo un pub. Lo de coctelería había sido una aportación ligada a sus primeros años, pero como entonces yo no militaba entre sus fieles ignoro por lo tanto si llegó a triunfar. Sospecho lo contrario, porque de hecho el concepto cóctel sigue siendo entre nosotros una rara ave. Salvo que como sinónimo nos valga el cubata de toda la vida o eso que nuestros padres dieron en llamar, con su nomenclatura camp muy años 60, un combinado. Pero me temo que no: en el imaginario colectivo la palabra cóctel remite a una preparación más sofisticada, ingredientes un pelo extravagantes, una aceituna (o una guinda) rematando el brebaje y las manos rápidas del barman oficiando semejante ritual como luego veríamos a Tom Cruise en la película homónima. Y no: nada de esto sucede cuando te pides un cubata. Ni ahora, ni cuando nos iniciamos en ese rito. El camarero arrojaba la cuota de destilado correspondiente, le añadía el refresco de rigor, unos cuantos hielos y ya tenías tu cubata de ron, tu vodka con naranja (el añorado destornillador), tu vermú con soda. No: no se nos pasaba por la cabeza que eso fuera un cóctel.

Así que vuelvo sobre mis pasos: qué es un cóctel. Qué le pedimos a una copa común para que escale a ese nivel. Concluyo que lo antedicho: más o menos, una inquietud mayor entre quienes lo sirven y quienes lo disfrutan. Una apuesta por huir del estereotipo, una vuelta al recetario antiguo: una pretensión tal vez pedante, pero que tiene su punto. Desde luego, yo no incluyo en este universo del cóctel al gin tonic de toda la vida, por más tonterías que ahora se hayan puesto de moda y que, como todas las modas, acabarán pasando de largo. Aunque quién sabe: estas mezclas tan extemporáneas y complicadillas que a veces incluyen hasta ¡¡¡cachos de pepino en la copa!!! tal vez sólo sean el precedente de una nueva tendencia hacia tragos más evolucionados, complejos y sutiles.

Porque la estética que reclama el mundo del cóctel tiene cierto encanto. Anticuado, pero encanto, porque nos habla de otro tiempo. Del tiempo en que bares como el citado Ángelo (o el Gin Fizz de la calle Vitoria en cualquiera de sus encarnaciones) tenía sentido. Del tiempo en que un caballero como el señor de la foto, Don Draper para el mundo, se cobijaba en su taburete del bar denominado PJ Clarks (que no es de ficción y sobrevive en Manhattan) para desayunarse un cóctel llamado old fashioned, cuya receta comparto con los improbables lectores: sírvase en vaso bajo de whisky una dosis de bourbon, añada un golpe de angostura, sume un leve toque de soda y remate la jugada con sendas rodajas de naranja y limón. Si luego se lanza a por las primeras faldas que pille, es que en efecto ese bebedizo es un old fashioned: usted ya se ha convertido en Mr. Draper.

P.D. Desvela la amiga Wikipedia que el citado old fashioned se denomina así en honor al coronel James Pepper, dueño de la marca Old 1776 Whiskey y miembro del club donde tal trago se preparó por primera vez. Debe no obstante su fama reciente a la serie Mad men, igual que el mundo del cóctel se corporeizó entre nosotros a través de otra pantalla: en concreto, la más grande, donde otro galán llamado James Bond popularizó el célebre trago llamado Dry Martini. Es ciertamente común encontrarlo hoy en las cartas de los garitos fetén de Nueva York, donde me informan que hoy también se abre paso la moda del gin tonic. Sólo que los vecinos de Woody Allen no lo llaman así: lo llaman ‘gin and tonic’.

 

 

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Tívoli, de noche y de día
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Jorge Alacid | 04-07-2014 | 08:45| 0
Entrada al nuevo Tívoli, llamado Noche y Día. Foto de Jonathan Herreros

La historia del Tívoli se ha contado un millón de veces. Entre otros sitios, aquí mismo: este blog ha ido haciendo memoria de la aportación decisiva del castizo bar a la construcción de un cierto Logroño, de una cierta mirada sobre Logroño. Se ha relatado su condición de antro favorito de la abigarrada multitud empleada en variopintos oficios en la aledaña plaza de Abastos, recordado su condición de faro ciudadano en los convulsos años 80, cuando una nueva generación se aposentó en los garitos que hasta entonces detentaban más sus abuelos que sus padres, y saludado su inminente reapertura en cuando se tuvo noticia de que la manzana que otros apodarán Los Gabrieles (pero que aquí siempre defenderemos como la del Tívoli) se preparaba para su reconversión, luego de tantos, de demasiados años varada.

Bueno, pues el nuevo Tívoli acaba de abrir sus puertas y suma su atractiva barra a la renovada oferta hostelera de Logroño. Lo hace bajo una nueva encarnación, un exitoso capítulo más de la factoría conocida como Noche y Día, que tomando como ejemplo el primitivo local de la calle San Juan, ha ido sembrando de negocios con ese nombre media ciudad. En la misma calle Gallarza, pero haciendo frontera con Portales, habita uno, dos se alojan en la Gran Vía y otro más en Once de Junio. Ahora ya tienen un hermano pequeño, lo cual es una noticia formidable al menos para mí: ingresar en territorio Laurel y ver sus dos puertas cerradas me espantaba, aunque me parece que el mayor ataque que sufrió no vino por su cierre, cuando Emiliano y familia echaron la persiana, sino cuando permitimos que se instalara esa salida del parking subterráneo invadiendo la acera de la calle Bretón, uno de los espacios más queridos por sus incondicionales. Allí se aposentaba la terraza cumbre del verano logroñés y allí despachó Anita su exquisita mercancía en forma de girasoles, misteriosamente ocultos en el vientre de la máquina de tren donde más logroñeses alguna vez nos hemos montado. Deliciosas pipas, por cierto, esmeradamente recogidas en aquellas bolsas de papel blanco que ejercen para muchos de nosotros el mismo efecto que para Proust su magdalena.

La buena noticia tiene alguna ramificación no menos grata, porque uno tenía intención de   seguir llamando Tívoli al histórico bar fuera cual fuese el nombre ideado por la nueva propiedad para su reinauguración. No hará falta: aunque el rótulo principal indica Noche y Día, en el chaflán, la puerta por donde se ingresaba antes en la zona de mesas, luce reluciente el nombre de siempre: Tívoli. De modo que pronunciarlo permite una larga excursión en el tiempo hacia aquellos años, cuando el local anidaba en el imaginario de la hostelería logroñesa más canalla. Los años del Turismo de la calle Sagasta, por ejemplo, o del Merlín de Portales, aunque este último detentara su propia declinación: no era el bar heredado de nuestros antepasados sino el fundado por nuestra propia quinta.

Así que larga vida al Tívoli. En sus mesas no veremos ya a los eternos jugadores de naipes dándole  al subastao a ver quién pagaba la ronda de solysombra. Tampoco habitarán su barra de aluminio los fruteros, carniceros y resto de la cofradía del mercado de San Blas que allí se acodaban a veces desde antes de que saliera el sol. Desapareció hace tiempo y no se ha recuperado ahora el ventanuco que daba a los dominios del mentado Emiliano, donde nos aposentábamos en nuestro particular paso de paloma de la larguísima adolescencia logroñesa. Se fueron también los yonquis, porque ya ni siquiera hay yonquis como se conocieron por entonces. Aquel viejo Tívolí protagonizó un mutis tan discreto como discreta ha sido su reapertura, de modo que nos toca a los demás subsanar ese vacío: el Tívoli ha vuelto. Que corra la voz.

P.D. Hace apenas unos años, ingresar en Laurel y alrededores exigía salvar un enorme hueco: el dejado por el cierre del Tívoli y la inexistencia de bares flanqueando la entrada a la propia calle. La Taberna del Tío Blas, primero, y La Tavina después corrigieron tal error. Hoy, con el propio Tívoli abierto, aquella herida deja de sangrar. Y lo hace con clase: como se aprecia en la foto de Jonathan Herreros, el nuevo local ve la luz con ese aire un punto hipster tan caro al sector en los últimos años, organizándose a partir de una elegante barra en forma de ele, predominio de maderamen y un hermoso neón con su nombre, Noche y Día. Así será, aunque insisto: mi corazón tan logroñés le seguirá llamando como siempre.

 

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Bares, el ruido y el frío
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Jorge Alacid | 28-06-2014 | 07:33| 2
Música en un bar de cine, con los fabulosos Baker Boys y su fabulosa cantante

Quien escribe estas líneas es logroñés. Riojano. Habitante de la futura Ebrorregión. Lo cual significa que si puede expresarse a gritos, para qué va a hablar en voz baja. Como tantos paisanos, sigo esta tendencia en cada ocasión que me peta: saludando al conocido voceando desde el coche (opcional acompañamiento de bocina), hablando por el móvil hasta que reviente el medidor de decibelios y, por supuesto, vociferando en los bares y resto de locales del sector de la hostelería. Aunque debo confesar que, comparado con otros compatriotas peritos en la misma costumbre, mis gritos no son gran cosa: son multitud los riojanos que me superan en eso de expresarse a pleno pulmón, de modo que pese a los atributos arriba citados a veces parezco más bien escandinavo. En eso de hacer ruido en los bares, siempre hay quien te gana. Empezando por los dueños.

Un ejemplo. Estupenda mañana de primavera en Logroño, cafelito mañanero en una terraza con vistas al río. Se escucha el rumor del padre Ebro viajando hacia Zaragoza, la brisa acompaña la banda sonora matinal con un leve eco, los adictos al footing (ahora se dice running: mejor, muuuuuuuuucho mejor que decir corriendo en castellano, no vaya a ser que logremos entendernos) van echando el bofe sumando el sonido de sus pisadas a la polifonía general… Y de repente… De repente, sin que nadie lo haya pedido, desde los altavoces atruena el chundachunda de los 40 fundamentales. Horror. Bueno, un horror relativo: a nadie salvo al abajo firmante parece importarle. El resto de la parroquia hace lo habitual en estos casos: elevar a su vez el nivel del propio vocerío, de modo que poco a poco todos nos convertimos en cien por cien riojanos. Adiós a la plácida mañana de bar: ya estamos hablándonos a gritos para sobreponernos al ruido. Cortesía de la casa.

Yo me marché esa mañana, miembro de la cofradía de resignados ante el ruido que nos arrebata el placer de acodarnos a gusto en nuestra barra de confianza y preservar el rito sagrado de la tertulia. Sobre todo, porque he comprobado que sonorizar en condiciones un bar no es tan difícil. Sí que es caro, así que viene siendo habitual que se empiece a ahorrar en estos detalles y se acabe por pensar en el cliente como si careciera de los derechos propios a cada consumidor. Ya ni siquiera me extraña que no nos extrañe: nos hemos acostumbrado a ingresar en cualquier bar, sufrir la música que nadie ha pedido a niveles que harán feliz al otorrino de guardia y marcharnos a otro local. Con la música a esta parte: porque en el siguiente solemos padecer igual trato, con parecidos resultados. Desaparece la charla relajada y en tono confidencial, que se ve sustituida por ese griterío tan alarmante y no: no nos quejamos. Hay una ventaja: te acostumbras a hablar a gritos, sin escuchar a tu interlocutor, y ya te pueden fichar de tertuliano en la TDT.

El caso es que no nos quejamos, aunque dudo que podamos seguir así mucho tiempo, porque ya digo que no es tan difícil insonorizar bien un bar. Hace años asistí a la inauguración de un local en Logroño y por azar me tocó compartir mesa con el arquitecto autor del proyecto. El buen hombre me contaba cómo había desplegado su talento para convertir aquel espacio en un lugar cálido, agradable. A su juicio, la clave, oh sorpresa, era la insonorización: lo había forrado de madera. Autóctona, por cierto: madera de bosques riojanos. Siempre que vuelvo por allí, recuerdo esa conversación, porque es un raro ejemplo de local donde puedes hablar sin forzar la voz y el compañero de al lado, milagro, milagro, resulta que te oye. El prodigio se repite en sentido opuesto: te hablan y escuchas lo que te dicen sin que sufran las cuerdas vocales del vecino. En consecuencia, se genera un ambiente agradable, dan ganas de quedarse un rato más, pedir otra ronda. Te felicitas por haber dado con un espacio civilizado, donde no te sientes amenazado por el bafle. Un lugar donde la única música que quieres escuchar es el murmullo del vino cayendo sobre la copa y la charla de los amigos. Un lugar llamado bar.

P.D. Escribo estas líneas inspirado por una reciente entrada en el blog de El Comidista, el muy interesante espacio que el hermano menos famoso de la familia López Iturriaga gestiona con olfato y mucha clase. Aquí os dejo un enlace para disfrutar con sus ocurrencias como he disfrutado yo http://blogs.elpais.com/el-comidista/2014/06/por-favor-disparen-al-pianista.html. A las que añado una advertencia: en verano, el ruido interior de los bares se traslada a las terrazas; adentro acecha otro enemigo temible: el aire acondicionado. Una muestra muy conseguida de hasta donde llega nuestra estupidez occidental, el derroche de energía sin sentido, la exhibición de opulencia que a mí me deja siempre cavilando: cómo es posible que en verano tengas que abrigarte para entrar en un bar. Cuándo nos volvimos todos tan locos.

 

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