La Rioja

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Damas de la calle San Juan
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Jorge Alacid | 28-04-2016 | 11:25| 0
Alhóndiga y La Travesía, con las damas a sus puertas. Foto de Justo Rodríguez

 

Una sección que se llame Nuestro hombre en la barra como la que alberga estas líneas no sólo homenajea a nuestros camareros de confianza mientras le guiña un ojo a Graham Green y su inmortal novela ‘Nuestro hombre en La Habana’ con un tontorrón juego de palabras, sino que acoge en su seno a todo lo contrario: a nuestra mujer en la barra. Mejor dicho: nuestras mujeres. Con todos ustedes, improbables lectores, Jaque y Chus, Chus y Jaque, damas de la San Juan, ejerciendo un oficio antaño casi relegado al uso exclusivo de varones que en manos femeninas alcanza otro grado de excelencia. Con un toque fetén y distinto. El nacido en la gracia y viveza con que nuestras heroínas defienden su bar La Travesía desde hace 23 años. Un local vecino del recién nacido, el aledaño Alhóndiga, que luce su primer año de vida con una barra donde triunfa el bacalao en cualquiera de sus encarnaciones, entre otras golosinas.

A Jaque y Chus las conocerá la clientela fiel de tan castizo rincón logroñés, esa Travesía de la San Juan que el imaginario popular sitúa como prolongación de la calle central de esta inmemorial ruta del chiquiteo, por su feliz desempeño al frente del bar donde se han hecho célebres gracias al manjar delicioso, la espléndida tortilla que tanto recuerda a la original. Mismo bar, distinto nombre: se llamaba Ignacio, lo atendía caballeroso el señor Extremiana y su mujer se ocupaba de la sartén, el aceite, la patata… También hacía lo mismo que quienes les sucedieron: echarle huevos.

En todos sus sentidos. Porque se exigía cierta valentía en los albores de los 90 para tomar bajo su tutela un bar en una calle, la San Juan, que no es desde luego la vigorosa arteria de hoy. «Entonces estaba casi muerta», rememora Jaque, portavoz oficial del dúo de camareras. Un dúo devenido en trío, porque en la aventura del Alhóndiga les siguió Lucía, quien se inició en este oficio con ellas en La Travesía, el más conocido periplo de una singladura que para Jaque y Chus empezó antes, mucho antes: en La Zona.

Allí, en el Gabinete de la calle Fundición, ya derrochaban clase y simpatía poniendo copas a los trasnochadores oficiales de Logroño. Se habían conocido un poco antes, cuando coincidieron de camareras en el difunto Trazos de Jorge Vigón; hicieron buenas migas y se animaron a ser sus propias jefas, al frente de ese local que animó la noche logroñesa. La animó tanto que casi pudo con ellas, de modo que cuando vieron que el depósito de energía empezaba a menguar se decantaron por dar un volantazo a su trayectoria hostelera: pasaron de la noche al día, nunca mejor dicho. Le echaron el ojo a este bar del Logroño antiguo, tomaron lecciones de los dueños que lo traspasaban hasta dar con el punto al jugoso bocado llamado tortilla y lo dicho: le echaron huevos.

El resto es historia. Una historia logroñesa que se sigue escribiendo. Jaque y Chus aguantaron como jabatas hasta que lograron, en compañía de más gente audaz como ellas, poner de moda este itinerario por la San Juan convenientemente renovado y ganaron fama con esa tortilla cuyo secreto es sencillo: no lo hay. «Es tradicional, clásica», explican. Su maestría en la cocina y la barra contagió luego al resto de la prole de camareras que han surcado el escaso espacio de que dispone La Travesía, de donde nacen sin parar tortillas y más tortillas. No sólo las despachadas en formato pincho, o las que se consumen enteras tanto en la barra interior como en la exterior: también es habitual que trabajen de encargo y así ocurrió el día memorable en que recibieron un encargo que no olvidan, doscientas tortillas para una celebración.

No flaquearon. Salieron las doscientas tortillas en su punto, como en perfecto estado de revista mantienen tanto La Travesía como su hermano pequeño, ese barcito llamado Alhóndiga por el que hoy se desviven y que contribuye a configurar el rico entramado de bares que conceden su fisonomía singular a la San Juan. Una calle que, como la Laurel, es una y trina. Una calle donde cada día se forja un vínculo especial entre camareros y clientes, «que son más que clientes, son amigos», reflexiona Jaque. Y sale afuera del Alhóndiga a ver pasar la vida, mientras hila tertulia con un grupito de parroquianos, saluda a otros que pasan y mira hacia lo lejos. Que es como mirar hacia atrás y tropezarse con ella misma cuando, junto a Chus, imaginaron que tras la noche (tras las copas del Gabinete), vendría la luz del día que ahora derrama sus dones sobre sus dos negocios en la San Juan. Resumen: «Que les vaya muy bien a todos los bares, sobre todo a nuestros vecinos, porque eso nos favorece a todos». Y petición final: «Ojalá el día tuviera 48 horas».

P.D. Jaque, natural de Torrecilla, y Chus, oriunda de Matute, hicieron tal vez un pacto con el diablo para que el tiempo no pase por ellas: así se desprende de las fotos que conserva el archivo de Diario LA RIOJA, donde se las puede ver más o menos como ahora. Con más experiencia, desde luego, de modo que Jaque no le pide gran cosa al futuro: “Lo único que echo de menos es que era más joven”, se ríe. Y no pierde la sonrisa cuando se le pregunta por sus bares favoritos, esos adonde acude cuando no está defendiendo el suyo: “Mis favoritos son los de la calle San Juan, me gusta entrar en prácticamente todos”. Y entre ellos, dos debilidades: sus desayunos en el Umm y sus excursiones al Tastavín, que no perdona “porque me encantan sus pinchos y, sobre todo, porque somos muy amigas de Pedro y Anca”.

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Los Leones, un bar de cine (y IV)
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Jorge Alacid | 22-04-2016 | 09:58| 1
Actores de Calle Mayor, en el interior de Los Leones

 

Como decíamos ayer…

Como decíamos anteayer

Como decíamos el otro día…

Este serial por entregas para recordar la legendaria vida de Los Leones concluye aquí, cuando, coincidiendo con la renovación del alquiler del establecimiento, Ricardo Bellido decidió limitar sus afanes empresariales al naciente Milán y dejó el bar de Portales en manos de una rama de la familia fundadora, los Barrenengoa. Aunque el negocio siguió abierto, sufrió desde entonces una rápida decadencia que todavía se acentuó cuando tomó su dirección un nuevo empresario, a quien le tocó la fatal suerte de expedir su certificado de defunción, en los primeros años 70.

Para entonces, Bellido ya había desaparecido también. Trágicamente, falleció en 1969 en un accidente de tráfico cerca de Aranda, un día invernal en que viajaba hasta Madrid porque quería poner en marcha en Logroño una academia de coctelería y pretendía pedir consejo al príncipe del combinado nacional, el inmortal Perico Chicote. Su viuda siguió al frente del Milán, pero ya nada era lo mismo. Tampoco Logroño, aunque algunas cosas nunca cambian. Afortunadamente. Maite recuerda cómo los contertulios de su padre en Los Leones, que le siguieron en su nueva aventura, acudieron en su socorro cuando tuvo que ayudar a su madre en el Milán y eran ellos los que se ocupaban de cerrar el bar cada noche, como si mantuvieran su propio código de honor con el camarada fallecido. Un gesto de caballerosidad extrema que sólo se explica por la profunda huella que en sus vidas había dejado la experiencia de ser los privilegiados clientes de Los Leones, cuando se abandonaban a la amabilidad y destreza de Ricardo Bellido, a quien su hija recuerda hoy tal y como era: gentil, discreto, serio, audaz. “Un hombre entrañable”, resume Maite, quien reserva espacio en su memoria para dedicarse a evocar uno de los momentos centrales: el homérico relato de cómo Los Leones se convirtió en un bar de cine.

 

Otra escena de Calle Mayor rodada en Los Leones

 

Semejante prodigio tiene que ver con su conversión en plató cinematográfico con ocasión del rodaje de Calle Mayor, la monumental cinta de Juan Antonio Bardem a mayor gloria de Logroño, sus vecinos y su memoria. Ocurre que entre las localizaciones que eligió el cineasta para documentar esa tragicomedia de la vida en provincias, junto al café Moderno y la biblioteca del instituto, se decantó también por Los Leones. Su propia condición de espacio cinematográfico, con esa sucesión tan teatral de escondites, recovecos y laberintos, se lo puso muy fácil a Bardem, que encontró en una superficie muy condensada lo que estaba buscando: el café. El café, esa institución tan española, muy enraizada en la vida de una ciudad como Logroño: eso era Los Leones, eso supo ver el buen ojo del director de Calle Mayor y eso fue lo que apareció en la pantalla, para solaz de Maite Belllido, puesto que no sólo apareció en la inolvidable película en su papel de niña postulante, sino que vivió el rodaje como una aventura interminable.

Calle Mayor, rodada en 1956, permitió a la familia Bellido convivir con la fiesta del cine vista desde sus entrañas. En Los Leones se rodaron unas cuantas escenas imprescindibles, porque al coro de holgazanes bromistas les venía muy bien ese café a la antigua como escenario de sus pillerías de brocha gorda. Así que la familia del cine se instaló en el bar de la calle Portales e hizo que brotara la magia, con tanta intensidad que Maite todavía sigue sin olvidar multitud de anécdotas: tenía 9 añitos entonces, la edad en que la vida te empieza a sorprender y se fija por lo tanto con mayor determinación cada recuerdo en tu retina. Sobre todo, si tienes un memorión como el de ella, capaz de desgranar casi fotograma por fotograma la película 60 años después.

Aquella Semana Santa memorable, con José Suárez disparando suspiros entre las damas de Logroño a su paso por Portales, la sonrisa de Betsy Blair imantando la pantalla, el enorme talento de figurantes como Manolito Alexandre, la pura magia del cine chocando contra la propia magia encerrada en el blanco y negro de las calles logroñesas… Todo ese equipaje inmemorial que Maite Bellido va recitando mientras no deja de recordarse caracterizada para su papelito en la peli: con su uniforme de la Compañía de María, gorrito incluido, y el chicle bazoka haciendo pompas mientras pide una ayudita hucha en ristre a la pareja protagonista. Una figurante con chicle, como figurantes fueron (bien que con frase) otras vecinas de Logroño (la Bruna, la Peña) en la mítica cinta de Bardem, alumbrada en Los Leones cuando Los Leones simbolizaban todo un mundo: cuando todo un mundo cabía en un café.

Cuando todo un mundo cabía en la calle mayor de cualquier ciudad de provincias.

P.D. Postdata final. Como dejé sentado al comienzo de esta serie de entregas dedicadas a Los Leones, me siento en deuda de gratitud con Maite Bellido por la generosidad con que me fue regalando sus recuerdos de cría en el querido café de Portales. Y ado también la estupenda contribución del caballero Santi de Santos, quien me envió otras de las fotos que ilustran estas líneas, y la aportación de Eduardo Gómez, en este artículo que me sirvió de inspiración. Y por supuesto con mi señora madre, que activó mi interés por Los Leones cuando recopiló para mí el puñado de fotos donde aparece con sus amigas de jovencitas (guapas y elegantes todas: Mari Paz, Rosi, Mari Tere) y en una Nochevieja con mi padre y el matrimonio Somalo, la querida Mari Ángeles y el llorado Alberto. Así que lo dicho: muchas gracias a todos. Los Leones se despiden de ustedes.

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Los Leones, un bar de cine (III)
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Jorge Alacid | 15-04-2016 | 08:19| 0
Clientes de ficción en Los Leones: son los actores de Calle Mayor

 

Como decíamos ayer… Como decíamos anteayer…

Bajo la dirección ya en solitario de Ricardo Bellido, llega el gran momento de Los Leones, los años que no olvidan los logroñeses que fueron sus clientes fieles. Con esa clase de lealtad hacia el bar que les trataba mejor que su propio hogar, con la clase de vínculo que se forja cuando entre quienes habitan a ambos lados de la barra nace ese algo tan parecido a la amistad o la camaradería. “Había clientes que eran como de la familia”, confirma Maite Bellido. Las sesiones de baile, con el pick-up de maleta que adquirió su padre como banda sonora cuando no reclutaba músicos en vivo, marcaban el calendario de Logroño, esa secuencia de bailes jueves/sábado/domingo que no convenía perderse si uno quería saber entonces qué se cocía por la ciudad, porque por Los Leones acababan desfilando todos: los indígenas, por supuesto, pero también los forasteros. Comerciantes de paso y mozos de reemplazo, alguno de los cuales abonaría una anécdota asombrosa: cuando Aurora, la hija de Maite, se fue a vivir a Barcelona mucho tiempo después, acabó en casa de un matrimonio… que se había conocido bailando en el café familiar, mientras el caballero cumplía el servicio militar en Logroño.

Casualidades de la vida. La vida, sí. Ah, la vida. La vida tiene cosas que la razón no entiende, como alertaba el bolero, de modo que se comprenderá que a Maite se le nuble a ratos la vista mientras abre su corazón para que bombee esos recuerdos condensados durante tantas y tantas tardes en el negocio de la calle Portales, atenta al discurrir a los clientes, dando cháchara a las parejas más conspicuas, preparando con su padre el cotillón de Nochevieja. “Desde un mes antes”, rememora, “ya le decían: ‘Ricardo, resérvame una mesa’. Y mi padre hacía un plano con las mesitas, les iba poniendo nombre, preparaba las bolsas con los bigotes de pega, el confeti y los matasuegras”.

Aquellas noches de Año Nuevo, la plantilla de Los Leones se quedaba dentro del bar cuando cerraba su puerta (su hermosa puerta giratoria) y prolongaba el festín con su particular recena, hasta bien entrada la madrugada… mientras Maite, entonces una pequeñaja, se tenía que conformar con marcharse a casa de sus primas nada más comer las uvas, imaginando cómo sería la juerga que se avecinaba en su ausencia, sintiendo esa punzada de envidia que todos alguna vez hemos sentido cuando no nos dejaban jugar con los mayores, un sentimiento teñido hoy por la melancolía de saber que aquellos fueron buenos tiempos de verdad.

 

Celebrando una Nochevieja en los años 60

 

Los Leones, años 60. Retrato de grupo

 

Porque mientras repasa los pormenores de su privilegiada vida como vigía de aquel mundo feliz, Maite va desgranando los asombrosos detalles que cabían en Los Leones. Cabían desde luego las veladas sabatinas, comandadas por los famosos ‘Fernandos‘ de Radio Rioja y su no menos célebre programa ‘La sonrisa de los niños’ y cabía por supuesto la pléyade de queridos camareros cuyos nombres va recitando, desde Vicente y Benito, los recordados jefes de barra, hasta el trío formado por Martín, Arturo y Moreno, pertrechados de uniforme (uno en invierno, otro en verano), y el mariscal Calatrava, as de la amabilidad, al igual que sus compañeras de oficio. Porque otra de las novedades que incorporó el bar fue contar con mujeres defendiendo una profesión en teoría de hombres en aquella elegante y enorme barra de Los Leones, más de veinte metros de longitud donde, en efecto, cabía todo un mundo. Defendiendo todos, plantilla, clientes y propietarios, un modo distinto de sentir el negocio de los bares, asomados por lo tanto a los prodigiosos ventanales con vistas a Portales, que entonces era como asomarse a Logroño entero. Orgullosos de participar de la magia contenida en Los Leones, su caprichosa rotulación, su graciosa imagen de marca cuando ese concepto ni siquiera existía.

Un paraíso. Un paraíso para Maite, que notó clausurarse una etapa de su vida a los 17 años, cuando cerró el bar que fue su casa. Ricardo Bellido, que ya había abierto en Vara de Rey un bar igualmente inolvidable, el Milán, se confesó incapaz de seguir el ritmo de trabajo que exigía desdoblarse entre esos dos negocios, a los que añadía en verano la gestión de otra cumbre del Logroño hostelero, el Bolo Pin Club de Calvo Sotelo, sala de fiesta con encanto chic y bailes al aire libre.

Llegaba el adiós a Los Leones: aunque esa es otra historia.

Continuará.

P. D. El Bolo Pin Club ha aparecido ya alguna vez por estas esferas del ciberespacio: una sala de fiestas al aire libre, que por lo tanto abría sólo en los meses de verano, ubicada en Calvo Sotelo frente a los Maristas, que visité con alguna asiduidad de niño acompañado por la mano paterna. No tengo sin embargo ningún recuerdo de su gemelo, el llamado Jardín Victoria, con el que competía el Bolo Pin Club, donde trabajó algún tiempo mi querido tío Javier. Al Bolo vuelvo siempre que puedo en uno de estos viajes memorísticos: lo recuerdo como un acabado ejemplo de aquellas salas que aparecían en las comedias de Hollywood, con las parejas bailando los ritmos yeyés, un elegante emparrado, la barra coqueta al fondo. Retazos de un mundo que se perdió.

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Los Leones, un bar de cine (II)
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Jorge Alacid | 08-04-2016 | 14:22| 0
Orquestina Maipú, que actuaba en Los Leones (foto cedida por el blog Recuerdos de Logroño)

 

Como decíamos ayer…

Los Leones era más que un bar: era un casón majestuoso, donde hoy se levanta el edificio al que aún da nombre, convertido en pasaje en aquellos años 70 que tanto daño hicieron por la memoria de Logroño. Aquel Los Leones, fundado por la familia Barrenengoa al estilo de los grandes cafés centroeuropeos, con su acabada estética ‘fin de siècle’, protagonizó un prodigio inaudito para los logroñeses: de la mano de los Bellido, supo preservar ese legado en los detalles de su elegante decoración (un poco al estilo del cine Diana, como apunta juiciosa Maite Bellido), mientras abrazaba la modernidad mejor entendida gracias a la sabiduría del decorador Arturo Menac, protagonista indispensable de esta historia. Parece un actor secundario, porque se limitó a redecorar el local, pero acabará convertido en actor principal, como ocurre en las mejores películas. Menac aportó su ingenio para que Los Leones se convirtiera en una cafetería a la americana sin borrar nunca de sus espaciosos salones ese perfume a la antigua. Un mismo bar, dos almas: ahí residía probablemente el encanto que todavía atesora en la memoria de los logroñeses más veteranos, como observa la propia Maite cuando tropieza en sus andanzas por la ciudad con algún antiguo cliente y entabla tertulia como si Los Leones siguiera abierto. Como si se hubiera cerrado ayer.

Amplio, elegante, coqueto. Los Leones triunfó porque al olfato de Bellido para el negocio hostelero que había interiorizado en el Victoria de la calle Carnicerías cuya familia regentaba se sumó el buen gusto de Menac para los detalles mayores y menores. Bellido, en compañía de sus cuñados Dionisio, Carlos y Domingo Ochoa, se mudó en los años 50 al café de la calle Portales, que transformó a su gusto. Impuso el concepto de café restaurante, toda una novedad para la ciudad y para la época, y dispuso un auténtico teatro de operaciones ocupando casi la totalidad del edificio. Porque ahí radicaba, como subraya su hija Maite, uno de los misteriosos encantos de aquel bar: que, en efecto, era más que un bar, prácticamente un edificio consagrado a la hostelería. Un entramado muy rico en vericuetos, por donde Maite se recuerda jugando de cría con sus amigas, aprovechando la taquilla para estudiar o la cocina con vistas a la barra para asomarse al mundo de los mayores que le fascinó desde muy cría.

Un edificio con bodega en su vientre, con tostadero de café en la planta superior, con pasillos que podían acabar con el piso donde se ubicaba el Club Deportivo Logroñés o el recodo donde tenía su sede el Club Taurino o la esquina donde se alzó el Hogar Navarro. Un pequeño laberinto asomado a un patio central de mayúsculas dimensiones, puesto que contaba incluso con una pileta donde Maite se bañaba, en cuyas aguas recuerda la presencia sorprendente de una familia de carpas. Un bar pionero en tantas cosas: allí se instaló la primera cámara frigorífica con que contó Logroño, donde se elaboraba tanto la leche merengada como la leche helada, prodigio de cuya existencia servidor no tenía noticia. Allí se aposentó el primer mostrador de que dispuso la marca Frigo para sus helados, allí vivía (bien que en uno de los pisos superiores) la familia fundadora y allí acabó montando el añorado Manolo Iturbe su primer obrador y su primer despacho de pasteles, recién desembarcado desde Haro.

Se comprenderá por lo tanto el impacto que tuvo para Maite el negocio familiar y se comprenderá también cómo Logroño se fue adaptando a tantas novedades al ritmo que marcaba la familia Bellido, con Ricardo al frente y la madre, Teresa Ochoa, gobernando desde la cocina. Hacia 1954, el resto de los Ochoa habían tomado bajo su dirección el entonces emergente Bahía, bar recién abierto en la cercana Marqués de Vallejo, así que Ricardo y su familia se quedaron solos al frente de Los Leones, apareció el citado Arturo Menac y entre todos hicieron magia: un truco de prestigitador convirtió el ya célebre café en algo distinto, más ambicioso, más memorable. Un bar que fuera icono de Logroño. Con la reforma, la zona del restaurante se convirtió en cafetería y brotó también una sala de baile, según la moda que empezaba a enseñorearse de otras ciudades de España. O, mejor dicho, dos salones de baile: uno se situaba en la zona superior, destinado a los precios más populares, al que se accedía desde Hermano Moroy; el otro, más chic, congregaba a la naciente clase media logroñesa que tal vez aún no sabía que lo era, pero que se permitía ya alguna alegría en forma de bailes de salón, amenizados casi siempre por la misma orquesta, la legendaria Orquesta Azul, cuya alineación Maite todavía recita de memoria. “Creo que alguno todavía vive”, aventura.

Continuará.

P.D. A lo largo de estas líneas que ya avanzan por su segundo capítulo ha aparecido alguna vez el legendario decorador Arturo Menac, cuya aparición por Logroño allá en los años 50 y 60 galvanizó la escena de los bares locales, donde concentró gran parte de su talento, ingenio y buen gusto. Yo así recuerdo Los Leones, como una meca del lujo aplicado al sector hostelero, pero luego he ido conociendo otras de sus inolvidables hazañas: a su mano se debió, también aliado con los Bellido, la decoración del Milán y de su olfato nacieron el Ibiza, Las Cañas, La Granja… No sigo, que se me saltan las lágrimas: acabo de citar alguno de mis bares favoritos. La mayoría difuntos.

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Los Leones, un bar de cine (I)
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Jorge Alacid | 01-04-2016 | 08:34| 0
Entrada por Portales a Los Leones, durante el rodaje de Calle Mayor

 

Cuando uno pasea en Logroño la mirada por la nostalgia, sus pasos le conducen hacia la misma conclusión: lo que pudo haber sido. Lo que pudo ser esta ciudad si sus vecinos y dirigentes hubieran mostrado algo más de amor por su pasado, más cariño por sus calles, más afecto hacia sus rincones más entrañables. Una desolada visión que vale también para el universo de los bares, porque Logroño acoge un cementerio consagrado a la memoria de los locales difuntos, algunos de los cuales han tenido ya espacio en este blog.

Sirva este preámbulo como antesala de las líneas que se disponen a honrar a uno de los más hermosos bares que acogió Logroño, hermoso desde su misma nomenclatura: Los Leones. Un establecimiento heredero de una tipología muy cara a la vieja Europa que dejó sin embargo escasos ejemplos entre nosotros: el café. El gran café. Eso era Los Leones. Un gran café, el mejor de su género con que contaron los logroñeses del siglo pasado para emplearlo en lo que se emplean este tipo de garitos: para ver pasar la vida. El cliente deviene en observador atento de las cuitas de su ciudad, anota en su caletre las variaciones que observa tras los ventanales, registra el movimiento del resto de parroquianos y confraterniza con los dueños del local tanto como con sus camareros, que acaban formando parte de su propio paisaje vital.

Para que semejante suceso acontezca, se requieren algunos requisitos que Los Leones superaba con excelente nota. Un céntrico emplazamiento (la calle Portales), un espacio majestuoso (y majestuoso era como se observará en las imágenes que ilustran esta entrada), un servicio que garantizase que el cliente se sintiera allí mejor que en casa… Los Leones era eso y era mucho más, porque al crío que uno era entonces, cuando lo frecuentaba guiado por la mano paterna, le impresionaba lo grandioso del escenario y todavía le  emocionaba más saber que sirvió como improvisado plató para la película Calle Mayor, como atestigua gentil Maite Bellido, convertida en amable cicerone para el autor de estas líneas en su condición de fedataria de Los Leones, el café donde ejerció de princesa.

Porque Maite es hija de Ricardo Bellido, dinámico empresario hostelero a quien la memoria popular asociará siempre con el desaparecido local, y a ella le debo los datos que a continuación desgrano sobre la historia de la cafetería, así como algunas de las fotos que ilustran estas líneas. Gracias a su testimonio confirmo lo que sospechaba: que a veces, la historia de una ciudad entera puede condensarse en un breve apunte biográfico, en la mínima peripecia de uno de sus vecinos, en la trayectoria leve de sus rincones más castizos. En ellos está representada la vida entera de esa ciudad, que a menudo se pespuntea como es norma en el caso de Logroño contra el telón de fondo de sus bares. Sobre todo, cuando sus bares alcanzan una fama que trasciende sus avatares: cuando se transforman en icono local, faro y brújula.

Ese el caso de Los Leones, que no siempre se llamó así. Maite recuerda que cuando su padre, Ricardo, tomó posesión del emblemático establecimiento todavía se llamaba Los Dos Leones. Ocupaba el mismo emplazamiento, tan cañí: en efecto, ubicado en la calle que fue central de Logroño, tenía también salida hacia Hermanos Moroy, lo cual justificará algunos divertidos enredos que Maite irá contando a lo largo de la conversación que aquí resumiremos.

Así que como en las novelas por entregas, ahí va la famosa palabra: continuará.

Juan Antonio Bardem y José Suárez, con otros clientes de Los Leones

 

P.D. Por primera vez, una de las entradas de este blog tendrá vocación de serial. Lo merece la altura y prestigio del local que protagoniza estas líneas y lo merece el abundante caudal de información que con amabilidad y asombrosa memoria me regaló Maite Bellido. Lo merece también la deuda que uno tiene contraída con aquellos espacios que habitó de crío, donde quedó atrapada una parte de nuestra memoria: me recuerdo de niño, acudiendo a buscar a mis padres, que fueron clientes fieles del café, para subirme a sus rodillas o los de sus colegas de tertulia mientras me invitaban a un chocolate. Sólo el de Moreno me supo alguna vez tan rico.

 

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Del Ibiza a Los Leones
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Jorge Alacid | 29-03-2016 | 07:55| 0

Un grupo de amigas, de merienda en Los Leones. Foto tomada en los años 50

La pasada semana, fruto de la amabilidad de los nuevos propietarios, publiqué en Diario LA RIOJA un artículo que representaba la continuidad de otro escrito meses atrás, donde daba cuenta de la reapertura del Ibiza que ya se avecina. En esta segunda pieza, aprovechaba para ofrecer más información y situar la inauguración del rejuvenecido local allá por junio. Se tituló ‘Próximo verano, destino Ibiza’. Lo comparto ahora con los improbables lectores.

La nueva vida del Ibiza, la popular cafetería de El Espolón, tardará en hacerse realidad unos meses, algún tiempo más de lo previsto inicialmente. Ocurre que el proyecto para resucitar la desaparecida cafetería, que cerró sus puertas el año pasado luego de una azarosa etapa final, ha acabado por alcanzar una ambición que va más allá de la idea programada por sus promotores. Quienes haya desfilado estos últimos días por delante de sus puertas lo habrán podido comprobar: apenas queda nada del anterior negocio. El Ibiza, fiel a su condición camaleónica, se prepara para reinventarse. De nuevo. ¿Cuándo abrirá con su rejuvenecido aspecto? David Houngbeme, joven empresario logroñés responsable de la iniciativa, se resiste a ofrecer una fecha concreta. Le gustaría que pudiera recibir de nuevo a la clientela en junio, aunque prefiere extremar la cautela: “Es mejor abrir cuando lo tengamos todo listo que precipitarnos”. Así que, salvo contratiempo mayúsculo en las obras de reforma, este verano los logroñeses ya podrán retozar por el Ibiza, incluyendo su célebre terraza.

El cambio más acusado lo encontrarán los parroquianos en el interior: la barra de siempre ha desaparecido, mientras los operarios que se ocupan de la remodelación van y vienen por un espacio completamente diáfano que cobrará actividad a medida que culminen los actuales trabajos de saneamiento e infraestructuras, “que nos han llevado más tiempo de lo que pensábamos al principio”, reconoce Houngbeme. Con la esperanza de que esta fase intermedia de la obra concluya en breve, los promotores del nuevo Ibiza insisten en su idea de modificar algo más que la piel del venerable bar. Su intención es que su proyecto hostelero preserve el espíritu del Ibiza de siempre pero adaptado a las exigencias de los nuevos tiempos: por ejemplo, recuperar su actividad de café cantante, una condición que los logroñeses más veteranos recordarán del antiguo local.

Porque el nuevo bar contará con su escenario para actuaciones; de hecho, la insonorización de sus paredes ha representado uno de los trabajos más arduos para los promotores, quienes han tenido que asumir un considerable aumento de su esfuerzo inversor a medida que las obras de reforma avanzaban y veían que se podía perfeccionar su idea inicial, incorporando de paso algunos adelantos tecnológicos y hosteleros. Houngbeme confiesa que esta pretensión de incluir espectáculos musicales en directo tiene que ver con sus propias aficiones, pero también con el hecho de que exista en Logroño con mayor vigor un público potencialmente interesado en estas actividades y que, además, encajan con la historia propia del Ibiza. En realidad, la reforma del local se basa sobre dos principios en principio contradictorios: cómo preservar su legado, incluyendo algunos aspectos de su imagen de marca tan enraizadas en Logroño, e incorporar a la vez un aspecto más acorde con la época actual. Así que todavía aguardará al futuro cliente alguna sorpresa más, habida cuenta lo magnífico del espacio disponible: unos 200 metros cuadrados en la planta baja, a ras de calle. Una superficie que crece en el semisótano, puesto que incluye también el tramo de acera de Muro de la Mata y mordisquea incluso el espacio superior donde se disponen los veladores con vistas a El Espolón. En el subsuelo no habrá actividad hostelera: será una zona reservada para servicios, aseos, cocinas y resto de necesidades propias del negocio. Y esas mencionadas sorpresas.

P.D. Este artículo se titula como se titula porque a las peripecias del Ibiza, próxima su resurrección, quiero añadir un aviso: a partir del próximo viernes aprovecharé para experimentar una idea que se me ha ocurrido a propósito de otro histórico café logroñés, este ya desaparecido: Los Leones. Fruto también de la gentil predisposición de Maite Bellido, hija de sus históricos propietarios, me dio por imitar a los revisteros antiguos y dedicar un mes a una entrada por entregas. Nada menos que cuatro, que ocuparán esta semana y las tres siguientes. Espero que el resultado esté a la altura no sólo de mis expectativas, sino de la majestuosidad del añorado establecimiento de la calle Portales, que dio nombre cuando fue demolido al pasaje que conecta con Hermanos Moroy, donde por cierto aparecen sentadas las gentiles damas que ocupan la foto: entre ellas, mi señora madre, a quien dedicaré la serie de reportajes. A ella, a toda la clientela que tuvo y a la amabilidad de Maite, que me procuró fotos, datos y, sobre todo, sentimientos. El viernes, lo dicho: primera entrega.

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Nuestro hombre en la barra: Juan, el heredero del Sebas
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Jorge Alacid | 25-03-2016 | 09:45| 0
Juan, viendo pasar la vida desde el Sebas. Foto de Juan Marín

 

¿Se puede ejercer como faro y guía de la calle Laurel sin alojarse en ella? La respuesta es sí. Como algún otro bar ubicado en la Travesía o en la calle Albornoz, el bar Sebas, el entrañable bar Sebas, demuestra desde hace casi 60 años que los locales cuya sede no se sitúa en el espinazo central de la Laurel forman parte cabal de ella, porque las alberga el imaginario popular. Porque quien refresque su memoria logroñesa, deberá aceptar que el Sebas quedó sellado a sus correrías por la Laurel desde antaño, igual que otros bares de esa misma estirpe: los clásicos de la Laurel. Los clásicos que siguen en manos de la familia fundadora.

No hay tantos. Y uno de ellos es el Sebas, desde que hace 59 años Sebas y Juani abandonaran su Hormilla natal, sopesaran alguna alternativa a su espíritu emprendedor y finalmente se decantaran por abrir en el antiguo bar La Pepita un establecimiento que llevara su propia firma. ¿Cuál? Su hijo Juan lo tiene claro:«Mi padre aportaba su simpatía natural, era el mejor relaciones públicas que podía tener el bar. Y mi madre, Juana, tenía muy buena mano para la cocina». Lo reflejan las golosinas que alumbra la cocina del primer piso, conectada con la planta baja (en total, no más de 60 metros cuadrados) por el legendario ascensor que no deja de subir y bajar con las comandas. Pinchos como su insuperable tortilla de patata, cuyo secreto traspasó Juana cuando se jubiló a las cocineras que ahora custodian ese legado, un recetario formado por otras viandas vinculadas sentimentalmente al Sebas: el hígado, las lecherillas, los pimientos rellenos o las orejitas. Gollerías que antes se despachaban en casa pero que ahora hay que buscar en las barras de confianza.

 

El fundador del Sebas, en una imagen antigua

 

Ocurre en este ámbito de la cocina lo que Juan tiene observado desde hace años: que la Laurel ha perdido su carácter familiar. «Yo me lo pasaba mejor antes», confiesa mientras atiende a la clientela madrugadora. Porque ese es otro hábito que ha ido mutando: el Sebas abre nada menos que a las nueve y media de la mañana para satisfacer el apetito de los adictos al almuerzo del mediodía, pero sólo El Soldado de Tudelilla le imita. El resto de bares va abriendo a medida que avanza la mañana, nada por lo tanto que ver con aquellos años en que la calle Laurel formaba una alegre cofradía de distintas sagas al mando de sus respectivos bares. «Ni siquiera había camareros, salvo Felisín, el del Buenos Aires», rememora. Antaño, la calle era cosa de las familias que defendían sus negocios y la clientela se repartía durante toda la semana, mientras que hogaño el rito del chiquiteo se ha trasladado a viernes y sábado, igual que ha dejado de ser un hábito propio de los indígenas para abrirse a los forasteros. «Empezó a pasar cuando el Logroñés estaba en primera», reflexiona, «y ahora ya es una moda: nos conocen en toda España y los turistas, ya se sabe, son de fin de semana».

No se trata del único rito que se va perdiendo, aunque Juan no admite grandes concesiones a la nostalgia. Aprendiendo de sus padres, desde que a los diez años empezó a echarles una mano, ha ido aplicando su propio ingenio al oficio de camarero: por ejemplo, mejorando la oferta de vinos hasta alcanzar ahora las 150 referencias, con predilección por el Muñarrate o el Murmurón entre los vinos jóvenes. «Tengo buena relación con muchos bodegueros de Rioja», admite Juan. Y lo confirma mirando el reloj: le aguarda Remírez de Ganuza en su bodega de Samaniego.

 

Juani y Sebas, en una foto reciente

 

Así que la charla va concluyendo. Se arraciman en la barra esos logroñeses conspicuos que no perdonan un tentempié a media mañana y Juan abrocha la conversación mirando hacia el ventanuco desde donde ve pasar la vida. Lleva sirviendo vinos y pinchos y manejando el ascensor desde hace 22 años. Hoy tiene 49 y aspira a jubilarse aquí, adaptándose a la lógica de los tiempos que hace años aconsejó prescindir incluso de un elemento central en cualquier bar: la cafetera. Y entregado a su afición favorita: observar. Observar a la clientela, a la competencia. «Se aprende de todo el mundo», advierte. «Y yo todavía sigo aprendiendo», concluye. «Porque la calle Laurel tiene mucho futuro».

P.D. Cuando Juan tiene que contestar cuáles son sus tres bares favoritos de Logroño, resopla primero y luego responde: “Uf, me pones en un compromiso”. “Es que hay tantos”, alega. Así que se toma unos segundos, medita y propone estos tres locales, todos en el corazón de la ciudad: el Soriano y sus champis, La Abuela Encarna y sus arroces de la calle San Agustín y otro clásico de Laurel, La Fontana.

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¿Perros en los bares?
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Jorge Alacid | 18-03-2016 | 11:50| 23
Un perro en un bar de Zaragoza. Foto de El Periódico

 

Hace un millón de años, me impresionó toparme en mis correrías por la calle Laurel con una parejita que intentaba ingresar en el Blanco y Negro con un enorme cochecito de niño. Me froté los ojos y comprobé que, en efecto, ese era su propósito: miré al interior del vehículo y comprobé que desde luego allí viajaba un bebé. Calculé que neonato o casi: miré estupefacto a sus padres, preguntándome qué tipo de progenitores considera adecuado para sus vástagos recién nacidos una incursión de ese calibre, en un bar atestado de humo y vapores de todo tipo. Yo, que me consideró tan logroñés y tan adicto a la Laurel como cualquiera, me hubiera tentado un poco la ropa antes de protagonizar una experiencia de ese tenor, pero luego he ido comprobando que, como sospechaba, me he quedado anticuado. Proliferan desde entonces los niños de pecho por la calle Laurel y los chiguitos en edades también muy tiernas: se veía venir que cualquier día compartiéramos espacio con el reino animal.

Ese día ha llegado. Nada tengo contra el mundo perruno, sino más bien a favor: sobre todo, con las especies más maltratadas por la vida. La vida perra. Me parece estupendo que cada cual adopte la mascota que prefiera y comparta con ella sus días. Hay quien incluso peregrina con su perro en la ronda habitual de chiquiteo, cosa que me llama la atención, aunque no tanto como cuando entras en el bar de confianza y te encuentras allí con la pareja: el perro y su dueño. O los perros y sus dueños, que de todo hay.

Como mi asombro iba en aumento y no conseguía discernir por mi cuenta si esa tendencia ya tan habitual contaba o no con el plácet legal, consulté con dos personas: una, el propietario de un castizo local logroñés cuyo nombre no citaré. Otra, un experto jurídico. El primero, el dueño del bar, me respondió que no tenía ni idea de si podía permitir la entrada de perros en sus bares, pero que se había impuesto la norma que sigue: “Si me lo piden con educación, les dejo. Pero también les aviso de que si empiezan a molestar a los clientes, a la calle”. Cosa que por cierto me aseguró que alguna vez había ocurrido.

Como se deduce, la hostelería no sabe muy bien cómo conducirse en estos casos. ¿Pueden los perros y otros animales de cuatro patas entrar en sus bares? El citado experto me sacó de dudas. La respuesta es muy clara. La respuesta es no. No pueden. Ni siquiera vale que al dueño de tal o cual garito no le moleste esa costumbre o incluso le guste: no puede tomar esa decisión por su cuenta. Debe aplicar la ley, igual que en otros apartados de su vida empresarial. Y el marco legal, como me advierte el mentado experto, es muy preciso. Artículo 6.2 del Real Decreto 3484/2000 de 29 de diciembre, por el que se establecen las normas de higiene para la elaboración, distribución y comercio de comidas preparadas: “En los locales donde se realicen estas actividades, no se permitirá el contacto directo de los productos alimenticios con el suelo, ni la presencia de animales”.

Clarinete. Una ordenanza municipal que regulara estas actividades no podría imponer un criterio distinto al fijado por un Real Decreto, documento de orden jurídico superior. Otra cosa es la fuerza de la costumbre en los usos hosteleros, cuestión que sin embargo no afecta a lo esencial: la obligación de cada bar de velar por la higiene de los alimentos que se consumen en un local y, en consecuencia, por la salud de los clientes, que debe ser su objetivo central. Si al dueño le gustan o le molestan los animales, es cosa distinta. El marco legal le prohíbe como se ve aceptar su entrada y eso no es negociable: pero como estamos en Logroño, paraíso de la doble fila y otras calamidades, también esta prohibición nos la saltaremos con el habitual desenfado.

P.D. Que esté prohibido entrar con la mascota en un bar no implica que no esté ocurriendo. Coincide además esta tendencia con una serie de movimientos de amigos de los animales, que promueven iniciativas en distintos puntos de España para que se les permita echar un trago con el perro al lado. Así lo evidencia la foto que ilustra estas líneas, tomada por El Periódico de Aragón, y otras referencias que se encuentran rastreando por internet. Que uno sepa, todavía no se conoce una pretensión similar por Logroño. Aunque todo llegará.

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Pongamos que hablo de Laurel
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Jorge Alacid | 11-03-2016 | 09:43| 8
Vista antigua de la calle Laurel

 

Una reciente incursión a una hora bastante temprana para los usos habituales en la Laurel me permitió conocer una calle distinta: eran las once de la mañana y sólo estaban abiertos el Sebas y el Soldado, como me corroboró el propio Manolo en esta última parada de semejante viacrucis. Acudí a entrevistarle para una entrada recién publicada en este mismo espacio y acabé entablando tertulia improvisada en torno a la calle Laurel, su vida y sus milagros. Sobre cómo era antaño, cómo se ejercía en consecuencia el rito del chiquiteo. Porque mi propia experiencia apenas es nada comparada con la suya. Mis primeros recuerdos llegan de finales de los años 70, cuando la calle ya era otra, no la fundacional que sí conoció el jefe de El Soldado. “Para esa época, esa calle Laurel ya era más o menos la Laurel actual, la que hemos ido conociendo”, me informó Manolo.

Así que le pedí un ejercicio de memoria que puede también perpetrar cualquier logroñés que peine alguna cana. Porque, según sus estimaciones, en realidad la costumbre de las rondas por Laurel son recientes, en términos históricos. Quienes homologaron esa costumbre por las calles de Logroño destinadas a tal cometido lo solían ejecutar por la Mayor, cuyos bares fue recitando el amigo Manolo con precisión… y con ayuda de un caballero, de quien no tengo el gusto, que acodado en un extremo de la barra iba apuntando aquí, añadiendo allá, recuperando de la memoria algún nombre perdido en el tiempo o confirmando los datos que iba desgranando nuestro legendario camarero logroñés.

De modo que anote el improbable lector. Los pioneros del chiquiteo por Logroño deambulaban por el tramo superior de la calle Mayor entre el Cuatro Calles, el Bretón de Ventura, el Iturza todavía vivo, el Racimo de Oro y el Govi ya periclitados… Superaban el Tigre y la Fonda San Antón, regateaban la bodega Montiel de la cercana calle Santiago y embocaban en el tramo inferior, donde disfrutaban de otro buen rosario de locales de confianza: Bilbao, Relicario, Cosecheros, El Cortijo, Pedro el Riojano, Cuatro Vientos, 600… Estaban también el bar de Chasco, otro garito de nombre olvidado propiedad al parecer de un boxeador, algún local con misteriosa luz roja a la entrada y, finalmente, el Canarias.

Yo desconocía gran parte de ellos, sobre todo los citados en último lugar. Sí que he frecuentado algunos otros, pero la verdad que el chiquiteo mentado, con esa ronda casi infinita, pertenece al universo de mis abuelos según mis cálculos. Más me sonaba la otra serie de garitos donde aquellas cofradías empalmaban su itinerario por la Mayor, puesto que sus pasos les llevaban también por la calle San Juan que entonces todavía no era la que hoy conocemos, aunque algunos bares aún resisten. Es el caso de La Esquina o del Regio (hoy, García), y también del Torres y el Samaray, pero ya han ido falleciendo otros como el Noche y Día y el Mere de la Travesía. Sobrevive el Ignacio en esa misma calle con otra denominación y dijimos también adiós a otros como El Quijote. La ronda por San Juan, aclara Manolo, contaba con una particularidad: que era más precoz. “Los bares, no sé la razón, abrían antes y también cerraban antes”.

Ya estamos allí donde queríamos: en la calle Laurel que conocieron nuestros antepasados. Poco que ver con la actual, aunque algún viejo bar permanece más o menos incólume. En aquel tiempo, recita Manolo, estaban el Taza, Achuri, Torrecilla, Donosti y Buenos Aires; seguimos subiendo la leve cuesta y tropezamos con el Sebas, el Bambi, el Calderas… Y allá al fondo vemos el Blanco y Negro, el Perchas al doblar la esquna y ni siquiera asomaba entonces el Soriano: eran los tiempos anteriores a su fundación, cuando aquella casa se llamaba Gabasa… Poco más. Habrá algún bar que se le olvide a Manolo y se me olvida a mí, así que mil perdones por adelantado. Desde luego estaba El Soldado, a caballo de San Agustín y Laurel, y por supuesto que la ronda era otra: el vino del año era el rey, las tapas ni siquiera existían como concepto y la actividad chiquiteril se prolongaba durante toda la semana, con familias enteras viviendo casi dentro del bar y un febril dinamismo comercial, porque la calle contaba con su buen racimo de tiendas, adosadas a las peripecias propias de los logroñeses que allí también tenían su domicilio.

Porque cuando hablemos de la Laurel, pongamos que hablamos de una calle distinta para cada generación. La mía se hizo mayor en alguno de esos bares citados pero añadió otros (La Mejillonera, los dos locales de la inolvidable gallega, el Bambi, el Páganos) y quienes nos siguieron en semejante práctica habrán añadido los suyos. Como la historia se estudia por capas y siempre es pendular, será curioso saber cómo se reirán nuestros nietos de las andanzas laurelianas de sus abuelos. Sin caer por supuesto en la nostalgia: ya sabemos que todo tiempo fue anterior.

P.D. San Agustín, la vecina calle que a menudo se confunde con la propia Laurel porque forma parte de ese universo uno y trino que incluye también a Albornoz y la Travesía, tampoco ofrece hoy la imagen de antaño. Rememora Manolo los tiempos en que, además de El Soldado, allí apenas se alojaban Las Cubanas, el Florida, Baigorri y el Carabanchel, con los añorados Moi, Nicolás o la Banda Dominguera. Hoy, como entonces, la calle es un estupendo escenario para atender el consejo que nos legó precisamente el santo al que da nombre: porque, como decía San Agustín, “una vez al año es lícito hacer locuras”.

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Bares: el secreto del éxito
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Jorge Alacid | 04-03-2016 | 08:58| 1
Bienvenidos a La Guarida. Foto de Justo Rodríguez

 

 

Hace unas semanas, el maestro Eduardo Gómez, perito en bares, se preguntaba en Diario LA RIOJA sobre el misterio que encierra el éxito que caracteriza a algunos bares. Una pregunta que yo también me hago a veces. Gómez aludía al caso reciente del local llamado La Guarida, en la castiza calle del Carmen. El ejemplo venía muy bien a colación: el bar no presenta grandes alteraciones respecto a su encarnación anterior, apenas ha recibido algún retoque bajo la nueva dirección y registra llenos clamorosos de costumbre, con la clientela pugnando por entrar en el breve espacio de que dispone y a menudo apalacanda en el exterior, allá penas si diluvia o hiela.

Misterio, en efecto. En su apariencia de antaño, La Guarida se llamaba bar Alejandro, garito del que fui devoto allá en mi mocedad, cuando con otros coetáneos buscábamos lo que nos garantizaba: una oferta culinaria despachada a módicos precios, acordes por lo tanto con nuestra economía de guerra. Entre las viandas que expedía, el Alejandro nos convencía con aquel manjar llamado bocadillo de panceta frita, despachado en generosa proporción y, por supuesto, tarifado a la medida de los sueldos de aquel país que aún no se había vuelto loco. El Alejandro, con bocatas como aquel y otras gollerías, reunió a su alrededor a una parroquia fiel y conspicua, que a veces abarrotaba por supuesto su céntrica sede, aunque lo habitual era dotarse un rosario de clientes, que se arracimaban en su barra por el método usual del goteo.

Desde luego, en aquel tiempo no se regaban clientes a manta como ahora sucede con cierta frecuencia. Yo alguna noche he desistido de ingresar en su interior, intimidado por la elevada población que ya se había hecho un sitio dentro y el alto número de potenciales clientes que aguardaban puertas afuera. Cuando por fin me he hecho un sitio, también me he formulado la misma pregunta que se hacía Eduardo Gómez y que abría estas líneas: dónde reside el secreto de este éxito abrumador.

Me respondo lo siguiente: el secreto, casi siempre, es que no hay secreto. Anote el improbable lector unas cuantas razones se me ocurren, las cuales justifican muy bien el imán que La Guarida representa hoy para la feligresía logroñesa. Por ejemplo, lo razonable de sus precios, lo suculento de algunos de los bocados que ofrece (el bacalao o el bocata de sardina con guindilla, mi favorito por cierto), una estética que no abruma sino al contrario… Uno entra en La Guarida como entraba a cualquiera de aquellos bares de su juventud (La Simpatía, Villa Rica o el Taza), atraído por esa especie de confort bizarro que garantizaba una decoración austera, que en el caso presente agrega algún guiño divertido, como ese altarcillo kitsch edificado en la pared del fondo. El servicio es eficaz, el cliente puede reconocerse en el resto de parroquianos sin esa sensación de haber invadido algún misterioso espacio exterior (lo cual acrecienta la idea de bienestar compartido) y el boca a oreja hace el resto: la gente va donde va Vicente, ya sabemos.

La otra noche, mientras me zampaba el mencionado bocadillo en La Guarida, afuera arreciaba la lluvia. Apenas un puñado de parroquianos nos reconfortábamos en el interior, de modo que pude echar un vistazo al bar con mayor detalle y, en efecto, comprobé que las virtudes arriba mencionadas explicaban que le haya puesto eso que solo los malos dueños de bares desean: que se pongan de moda. Porque las modas son en esencia efímeras y por lo tanto conviene huir de ellas. Es preferible reforzar la oferta construida por sus evidentes valores y perseverar en ellos: no volverse locos. Si en La Guarida cambian un día el modelo de bar que ha desentreñado el secreto del éxito, habrán incurrido en el peor de los pecados. Modificar su estatus pensando que además de la clientela actual atraerá a quienes ahora pasan de largo. Error. Porque el auténtico secreto del éxito de un bar reside en atrapar ese intangible que nos resulta tan difícil definir. Un yo qué sé, un qué sé yo: imposible de describir, en efecto. Pero creo que todos sabemos de qué estamos hablando: se llama magia.

 

Al rico caldo en La Guarida

 

P.D. Entre los curiosos motivos decorativos de que dispone La Guarida para entretener al cliente entre trago y trago, me llamó la atención un cartel que me había pasado desapercibido: ese rótulo que figura sobre estas líneas, que me resulto tan misterioso como el éxito del propio bar. Un camarero me informó amablemente de que sí: que el caldo se sirve previo pago de 0,3 euros. Esto es, 50 de las añoradas pesetas. Con una particularidad: que si alguien comparece con esas monedas de la vieja moneda desaparecida porque se encuentra con ellas en el neceser de la abuela, se las aceptan. Ya están ustedes tardando.

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