La Rioja

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“Camarero, no me ponga un Artadi”
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Jorge Alacid | 05-02-2016 | 08:21| 8
Copa de Artadi, antes de irse de la DOC Rioja

 

Un viernes cualquiera en Logroño, hora del aperitivo. En un bar cuyo nombre evitaré mencionar, célebre por su acrisolada oferta en vinos, comparece un matrimonio. Piden sendos vinos a la camarera, quien se dispone a cumplir su cometido cuando, atención, el caballero salta de su taburete y clama, llamando la atención del resto de parroquianos: “No me pongas Artadi, por favor”. La camarera alega que no: que no le va a poner vino de esa marca, sino de otra de nombre parecido que también evitaremos mencionar. El cliente se tranquiliza y entabla con su pareja la tertulia de rigor. Quienes contemplamos la escena nos sonreímos entre nosotros. La camarera también sonríe: algo nos dice que no es la primera vez que vive una anécdota semejante.

Como este no es un blog de vinos, sino de bares, declino profundizar en la penúltima polémica asociada a los vericuetos de la DOC Rioja y sus bodegas. Hay voces muchísimo más autorizadas que la mía, así que recomiendo a los improbables lectores que si quieren forjarse una opinión sobre ésta y otras controversias acudan a la oferta de opiniones recopiladas en la web de Diario LA RIOJA, empezando por la de mi compañero en esta casa Alberto Gil. Yo me limitaré a observar los efectos que para el consumo de una determinada marca de vinos puede tener la decisión (legítima, claro) adoptada por sus responsables de abandonar el Consejo Regulador y envolverse en la ikurriña, versión alavesa.

El mandatario de la bodega argumenta que tomó tal decisión amparado en factores puramente vinícolas. No conozco al caballero, pero vale: me lo creo. Me creo menos que haya sido ajeno al revuelo político organizado alrededor de su abandono de la DOC: supongo que, como cualquiera en su pellejo, aprovechará para pescar en aguas revueltas y extraer los beneficios que pueda para su bodega de su deserción. Menos en serio me tomo un par de coartadas que le he leído en las entrevistas que va concediendo desde que hace poco más de un mes abandonó Rioja: la primera, su frase de que Álava es Álava y La Rioja es La Rioja. Por supuesto. Imposible estar en desacuerdo: y Castellón es Castellón y las Islas Vírgenes, otro tanto. Pero ocurre que, salvo algún nacionalista recalcitrante, cuando el consumidor pide un vino de Rioja no suele reclamar que proceda de una subzona concreta. Porque, entre otras cosas, qué tiene que ver una bodega de Álava como Artadi con otra de esa misma provincia como Faustino. Y porque además resulta que algunas uvas con que tales vinos se elaboran proceden, en efecto, de viñedos alaveses, pero resulta que otras llegan de cepas riojanas. Y me malicio que ni el catador más reputado sabrá confesar cuando saborea alguno de estos vinos de nuestros amados vecinos si detecta el ADN vasco en el fruto que procura esa gloria que llega a nuestros gaznates.

Segundo desacuerdo con el bodeguero: le he leído que Álava respira vino por los cuatro costados. ¿Seguro? Porque yo algo conozco esa tierra, a la que me siento unido de corazón, y el vino sólo surca sus venas de la sierra de Cantabria a esta parte. Vastas regiones de la provincia permanecen ajenas a la cultura de la vid, de donde concluyo que, como ocurre siempre que la política se inserta en cualquier debate, todos acabamos siendo rehenes de nuestra tendencia a la hipérbole.

En resumen: que me intriga saber si algún otro cliente riojano ha vetado en su itinerario chiquitero los vinos de Artadi como observé en la anécdota con que arrancan estas líneas. Uno, nada amigo de boicoteos porque es tanto como escupir al cielo con las consecuencias conocidas, admite que siente curiosidad sobre el auténtico impacto que opera esta deserción en la ingesta diaria de nuestros vinos favoritos en las barras de confianza. El Rioja, con todas sus imperfecciones y necesidad urgente de mejoras, sigue jugando en las grandes Ligas. Y la jugosa oferta que uno encuentra en los mejores bares de Logroño evita tener que pronunciar la frase que encabezaba estas líneas porque resulta innecesario sortear a las bodegas desafectas. Las que se quedan nos ofrecen vino suficiente y de garantías. Vinos extraordinarios.

P.D. En Artadi aseguran que venden ahora más vino que antes; de lo cual me alegro sinceramente. Y les felicito: tienen suerte de que haberse encerrado en Álava para proteger a sus vinos de la maléfíca influencia riojana. Porque si hubiesen hecho el recorrido contrario, abandonar la subzona alavesa para cobijarse bajo el exclusivo paraguas de Rioja, me temo que eso de ‘Camarero, no me ponga un Artadi’ tal vez hubiese sido petición corriente… en las queridas barras de nuestros vecinos del norte.

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Nuestro hombre en la barra: Colo Cortés, centinela de la calle Bretón
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Jorge Alacid | 30-01-2016 | 16:57| 2
Colo Cortés, en una imagen antigua, en el Bretón

 

Centinela de la calle Bretón de Logroño, Colo Cortés y su café ejercen de faro de esa arteria principal de Logroño, cuya barra célebre pilota, así en su anterior ubicación como en su actual sede. A su condición de tabernero a la antigua (es decir, ese tipo de camarero que conoce por su nombre al parroquiano conspicuo y goza de visión periférica para atender con un ojo la terraza exterior, con el otro la barra indoor y con el sexto sentido, los veladores del piso superior), el profesional apodado Colo agrega su faceta como mecenas de la cultura local.

Así que larga vida al Bretón y larga vida por lo tanto a Colo, quien confiesa que ingresó en la cofradía de los bares hace 29 años. «Fue algo fortuito», admite. «En realidad, el Bretón lo montó el exmarido de mi mujer cuando ya llevaban dos años separados», prosigue. Y añade: «Le ayudamos en muchas cosas y le presentamos a su socio, pero luego tuvieron algunos problemillas entre ellos y nosotros lo solucionamos entrando de socios» del negocio. Era el 1 de enero de 1987. «Sin ninguna experiencia, Isabel y yo», rememora Cortés, «cogimos los mandos de la cafetera y la bandeja de servir mesas. Y hasta ahora».

Pasa el tiempo. El Bretón ve consolidarse su fama como referencia local, galvaniza a su alrededor a una pléyade de incondicionales que le reservan su más cálida lealtad y va navegando hasta hoy. «Siempre he sido propietario del negocio», recuerda Colo. «Primero, del propio Bretón, y luego, ya en 1998, del Tortilla Flat, actual Maltés, y dos años después, del Odeón». Desde hace dos años, a esa breve cartera de bares incorpora el Maravillas, también en la misma calle Bretón.

¿El secreto de tan feliz y ya longeva trayectoria? Colo lo tiene claro. El Bretón, alega, ha sido leal al ideal que pretendía implantar cuando tomó sus riendas.«Mantener en lo posible esa forma de trabajar de la hostelería de servicio rápido y agradable, un tipo de bar donde el cliente se sienta como en casa». Con los inconvenientes sobrevenidos, por supuesto, consustanciales al sector y propios de quien se toma el oficio con sentido de la profesionalidad. «La burbuja inmobiliaria», subraya, «afectó a la hostelería como a otros sectores». Con una particularidad:que los jóvenes ya no querían ser camareros, sino que preferían trabajar en la construcción «porque se ganaba más dinero». En conclusión, malas noticias para visitar los bares de confianza. «Sí, fueron años en que la profesión se resintió, tanto en la formación de los camareros como en los intereses de los empresarios». Años de plomo para la hostelería, cuando se convirtió en perversa tendencia la idea de «montar bares para luego traspasarlos». Una moda que repercutió de mala manera, en forma de alquileres cada vez más caros, traspasos a precios astronómicos y, en definitiva, con la entronización de un modelo de gestión que primaba «explotar la novedad al máximo en contraposición al empresario convencional, para quien su negocio debía tener largo recorrido», bares «con ambición de durar muchos años», como advierte Colo. Bares que se arriesgan a ser pulverizados por los que optan por durar poco y ganar dinero en escaso tiempo.

¿Aquellos años se fueron? Tal vez. El improbable lector no debe albergar grandes esperanzas de que mute el signo de los tiempos y en consecuencia los bares vuelvan a ser lo que fueron. Le quedará no obstante al cliente leal a su bar favorito alguna certeza, como la que dispara el ideólogo del Bretón: que en todos sitios de España, avisa, «hay buena hostelería y hostelería de batalla». La admisión de que, en efecto, «Logroño tiene sus calles de pinchos, pero otros lugares de España también». La certeza, en definitiva, de que «las grandes ciudades han perdido más» en materia de bares.
Concluye Colo sus cavilaciones aceptando una propuesta: que se imagine fuera del bar. Que piense en su propia experiencia como cliente. ¿Qué bar logroñés elegiría? Respuesta:«Solía ir al Junco de mi amigo Jesús hasta que falleció». Así que ahora barre para casa: cuando no acude al Tastavin de la calle San Juan, se inclina por el Dover. ¿Razón? «Es de mis hijos».

P.D. Con este artículo inauguro una sección en papel que se podrá leer cada último sábado de mes en las páginas del suplemento Degusta que publica Diario LA RIOJA. Ahí nos veremos. Ahí, y donde siempre: en los bares.

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Mi amigo el pub
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Jorge Alacid | 23-01-2016 | 15:26| 0
Rótulo del Robinson Pub

 

Debemos al extinto establecimiento bautizado como Robinson el descubrimiento entre los logroñeses de una voz por entonces (años 70) extraña para nuestra mentalidad celtibérica: la palabra pub. Hubo quien la pronunciaba tal cual, pero pronto llegaron gentes mejor informadas, adiestradas en el idioma de la familia Windsor, para avisarnos de que debíamos ajustar nuestros labios y pronunciarla como si fuera una bofetada: paf. Así que el Robinson Pub, el desaparecido local que tiene entre sus méritos haber dado nombre a una manzana entera de Logroño, inauguró una tipología de bares que ya dejaron de ser bares: eran pubes. O pubs. Eran pafs.

De repente, alrededor del mentado Robinson brotaron como champiñones bares que, en efecto, habían perdido tal condición. A menudo sólo abrían de noche, concentraban su clientela durante el fin de semana y hacían de la oferta musical una bandera, emblema de sus negocios, junto con un servicio que en origen aspiraba a cierta cuidada elegancia: servían incluso combinados. Aquellos bares eran pubs. ¿En qué se distinguían de la norma? Difícil precisarlo. Yo creo que se diferenciaban del bar de toda la vida en cierta vocación de estilo. Decorados casi todos a su bola, pero con mayor inteligencia y recursos económicos: como si fueran de Oxford Street. En realidad, se llamaban pubs porque carecíamos de una palabra que nos ayudara en el idioma nacido en San Millán para definirlos cabalmente. Porque desde luego no eran pubs al estilo inglés: es decir, ese garito tan propio para la monoingesta de cerveza, muy rico en maderamen, decorado en estilo british.

Desde luego el Robinson se ajustaba a esa imagen, pero el resto que fueron surgiendo formaban un cajón de sastre donde cabía todo: cabía por supuesto Mi Amigo, emplazado a espaldas del propio Robinson, deudor de la misma estética. Pero los locales que luego fueron surgiendo por ese dédalo de calles casi nuevas para un logroñés de toda la vida (Chile, Vitoria, Fundición) tenían su propia identidad.  El Rocky, por ejemplo, nada tenía que ver con el Celta, ni éste se parecía demasiado al Saxo. Sólo estaban emparentados en su condición de faros nocturnos: de haber nacido hoy les hubiéramos denominado como solemos, como bares de copas. Que es lo que eran.   Más o menos.

El pub reapareció en nuestras vidas mediados los años 90, ya con la personalidad más sólidamente construida: toda esa moda de bares temáticos, consagrados al golf, al viejo mundo ferroviario o al rugby, se sostenía sobre la parafernalia típica de los auténticos pubs ingleses, aunque los nuestros fueran de imitación. Brotaron también como setas: veinte años después, sólo unos cuantos han sobrevivido, como humildes embajadas británicas en suelo logroñés. Los originales también viven su propia decadencia: esta entrada nace precisamente alumbrada por la noticia de que el pub de siempre, el pub que nos apresuramos a conquistar en cada escapada a las islas, ha vivido días mejores. Así lo proclama este artículo publicado en The Guardian, que me invitó a poner en marcha la moviola y recordar la poderosa influencia que el pub ha tenido sobre nuestra vida como parroquianos de nuestros bares favoritos.

Así que yo confieso: del mismo modo en que la nueva hornada de pubs me dejan más bien frío porque no dejo de pensar en ellos como copias de los pubs conspicuos de Londres y alrededores, aquellos primeros pubs que en realidad no lo eran me tuvieron como leal cliente durante unas cuantas noches de sábado. Resultaba imposible entonces irse a dormir sin darse una vuelta por la Zona y apoltronarse en los garitos de guardia, donde uno alcanzaba esa aspiración tantas veces citada: que se estuviera mejor que en casa. Sonaba la música que queríamos, nos acompañaban las gentes más amigas y, sobre todo, metabolizábamos mejor la ingesta de distintos alcoholes, con un sentido de la deportividad que nos ha ido abandonando. El pub nos arrulló en los días de farra, nos inició precariamente en el idioma inglés y nos permitió descubrir que no todos los bares son iguales: que había bares más allá del Turismo, el Tívoli y el Moderno.

De modo que me permito discrepar de la prensa inglesa y desmentir sus profecías: el pub habrá vivido días mejores, pero su defunción me parece lejana mientras perviva en nuestra memoria tan logroñesa y en los hábitos tan británicos, donde es usual que sirva como el bar de la esquina, institución española que por el contrario sí parece en trance de periclitar. Porque aunque algún día desaparezca, siempre nos quedará su recuerdo. Conclusión muy a la inglesa: el pub ha muerto, viva el pub. Larga vida al pub.

P.D. El pub no sería lo mismo sin su contribución a un apartado clave en nuestra experiencia como clientes: la música. De la fusión de ambos elementos nació aquella aberración ochentera conocida como disco-pub. Una desafortunada mezcla que no empaña sin embargo la entronización del pub como refugio para cantantes y grupos en busca de una oportunidad: así nació el pub-rock, institución inglesa donde algunos teóricos detectan el alumbramiento del punk. Puesto que los dueños de los locales descubrieron que crecía la ingesta de cerveza si se acompañaba de aquellos añorados alaridos, en el entorno del londinense Regent Park surgió a mediados de los años 70 un circuito de pubs donde los músicos tocaban a cambio de pintas. Un movimiento alternativo y contracultural que sirvió para que se foguearan eminencias como Elvis Costello o Joe Strummer. Otra razón estupenda para proclamar la vigencia de los garitos donde un día se mezclaron con inteligencia y pasión la espuma de la Guiness y los himnos de los Clash.

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Bares del fin del mundo
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Jorge Alacid | 16-01-2016 | 15:58| 2
Barra del bar de Caracena

 

La carretera lleva hacia ningún lugar. En medio de la nada, rodeados por un paisaje inhóspito de profunda y rara belleza, los amenazantes cortados desplegados alrededor como una promesa intimidante, dejamos el coche al pie de la hermosa ermita de San Pedro y pedimos la llave en el bar vecino. Atiende Antonio, el pequeño de los hijos de Santiago y María de los Ángeles, quien avisa a su hermano mayor, licenciado en Historia que prepara su doctorado en la casa familiar. Logroño en sus bares se ha ido de excursión: apenas dos horas de viaje le han llevado lejos. Muy lejos. Un fin del mundo cercano.

El pueblo de Caracena forma parte del rosario de poblaciones diseminadas por Soria, un magno territorio cuyo interior posee ese atractivo hipnótico que caracteriza a las grandes regiones desérticas. Es un paisaje adictivo si te gustan los paisajes extremos: el frío y el viento baten la vega del río, bautizado con el mismo nombre del pueblito, habitado por apenas una decena de almas según informa el propio Sergio mientras los visitantes recorren el breve y bello templo, admirados ante su pórtico, tan parecido al de la ermita de Canales de la Sierra. Luego, Sergio conduce al grupo hasta la otra iglesia de Caracena, a través de una calle por donde hace siglos que se detuvo el tiempo. El viajero que llegara aquí hace doscientos años tropezaría más o menos con la misma imagen. Pulcras viviendas, hermosos edificios (incluida la vieja cárcel, de misterioso encanto) y un silencio infinito. Al final de la calle principal, la cuesta leve nos devuelve al calor del bar familiar, donde sigue aguardando el pequeño Antonio, quien nos informa de que acude al colegio próximo de San Esteban de Gormaz mientras sirve el suculento refrigerio. Tenemos de aperitivo salmuera: palabras mayores.

A quien escribe le emociona la capacidad del ser humano para desafiar los elementos y ponerse en pie cada mañana. El bar de Caracena admite muchos adjetivos (digno es el primero que se me ocurren) pero el que mejor le encaja es el de homérico: hay hazañas prodigiosas que me parecen menos asombrosas que el coraje que debe reunir día tras día una familia entera para abrir la puerta, tener la barra en perfecto estado de revista, poner en marcha los fogones (de donde se anuncian otras glorias benditas: carrilleras escabechadas, orejas en salsa, anchoas con tomate) y esperar.

Porque la vida en Soria y en otros tantos parajes de la España rural creo que consiste en eso: en esperar. En saber esperar. Nuestra visita, un frío sábado otoñal, les parecerá a los habitantes de Caracena casi el mismo milagro que para nosotros encierra tropezar con un bar con tanta clase en nuestro itinerario. Un único cliente despacha un plato de cordero guisado; entre bocado y bocado, nos regala un castellano transparente como el cielo de Caracena, un español de otro tiempo, lleno de elegancia, un punto mordaz. La dueña del bar acaba de aparecer desde la cocina con la ración prometida y recibe los parabienes con una humildad nada fingida, mientras se disculpa porque tiene que atender al panadero que aguarda afuera con su furgoneta. Es un día de trajín en el pueblo: dos coches en apenas una hora. La charla se hace sólida, va madurando. Fruto de la lentitud con que pasan aquí las horas, el tiempo parsimonioso: la sabiduría de quien está habituado a esperar.

Hubo un tiempo en que el concepto de humildad explicaba al conjunto de España. No había nada malo en ello. Se estiraba lo poco que había con sentido del decoro. No se transformaba ni enmascaraba la realidad para hacerla más digerible. Por entonces, la humildad venía acompañada por otro elemento que se ha evaporado: la idea de conformarse. Conformarse con lo que había, con lo que hay. Manteles de hule, una pizarra donde la oferta del bar se pintaba a tiza y las viandas sabían a lo que se prometía. La tertulia con el camarero mantenía un cierto nivel de distancia  y las horas, en efecto, transcurrían despacio. Cuando todos esos ingredientes se reunían; cuando tras la ventana amenazaba el frío, crepitaba la hoguera y el calor de las brasas animaba la conversación, reinaba la magia de las pequeñas cosas.

Hoy, para encontrarse con esos y otros placeres, debemos peregrinar al fin del mundo. Dejar atrás la Siberia soriana, apreciar el encanto sigiloso de pueblos como La Rasa, Fresno de Caracena o Carrascosa de Abajo, donde el tiempo viaja desde luego muy lento. Encontrar como en un cuento infantil una luz encendida, una puerta abierta al final de la calle y tropezar con un heroico bar que dignifica el trabajo del resto de sus hermanos en esa meritoria cofradía de sacar adelante un negocio que vive de los cuatro vecinos que le visitan con frecuencia, las cuadrillas de cazadores, los grupos de domingueros más o menos despistados que nos despedimos con la promesa de volver. La promesa que nos gustaría materializar antes de que todo este mundo que también fue el nuestro desaparezca.

 

Comedor del bar de Caracena

 

P.D. La excursión desde La Rioja hasta Caracena es harto recomendable. El paisaje asombroso, el pueblo alucinante, con sus dos iglesias a cual más coqueta, el bar recoleto… presidido por un póster de Titín. Como si estuviéramos en casa. Sí, el viaje merece la pena. Su castillo, el cercano Burgo de Osma, las otras localidades vecinas depositarias de su propio legado histórico y artístico. Y, sobre todo, la sensación de regreso a una especie de Arcadia donde las cosas saben a lo que sabían antaño. Incluida la deliciosa salmuera.

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El bar en casa
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Jorge Alacid | 09-01-2016 | 16:58| 0

 

Llega la cuesta de enero (que ahora dura todo el año), el bolsillo flaquea y en consecuencia nuestras tropas deben permanecer en retaguardia durante unos días sin asaltar sus barras predilectas, contritas porque les domina cierto sentimiento de culpa respecto a los dueños de los bares de confianza, quienes por su parte ven estos días cubrirse de telarañas la máquina registradora. Procede por lo tanto refugiarse en el confort hogareño, si tal prodigio es posible, y encontrar reparación a nuestras incursiones fuera de casa en cuanto ofrece nuestro propio bar: bienvenidos al mueble bar.

Dícese del mobiliario viejuno que en una anterior glaciación estaba dotado de los siguientes elementos: botella de ginebra Fockink, útil como remedio casero para el dolor de muelas y otras calamidades; botella de Licor Valvanera; botella por supuesto de Licor 43; botellita de anís Marie Brizard, que en domicilios más castizos se sustituía por la de Anís Castellana (“Su presencia siempre agrada”: maravilloso eslogan), la cual disponía entre otros usos de la capacidad para transformarse en instrumento musical, especializada en folclore castellano; botella de coñá, pero coñá del de antes (Soberano o Fundador), bebedizo propio de estómagos recios; botella de Calisay, potinge que desapareció de nuestras vidas en la misma época en que también dijimos adiós al querido Cointreau, licor que tanto hizo por dotar de sabor la macedonia materna; botella de Martini, lujo casi asiático que se bebía casi con dosificador para que no pusiera en peligro la economía doméstica…

No sigo. Añada el improbable lector cuantas otras marcas de añejos destilados se le ocurran y completará un acabado mapa de nuestra infancia y adolescencia, una fotografía del mueble bar familiar que guió nuestros primeros tragos, muy distinta por cierto a la imagen que hoy depara el mismo aparato. Yo repaso los líquidos que contiene el mío y reconozco que soy hijo de mi tiempo. Ginebra (desde luego, no Fockink), malta, vermú (riojano, por supuesto… con alguna aportación italiana), pisco chileno y otros bebedizos cuya relación exhaustiva podría aburrirme incluso a mí mismo. Así que resumo: antaño gozábamos de mayor imaginación. Más variedad.

Lo cual casa muy bien con los hábitos consagrados de un tiempo a esta parte. Así como hace años era habitual esa cosa tan curiosa de visitar a la gente en su casa, ahora me parece que prevalece la ingesta en dominios extraños: antes se entraba, hogaño se sale. De modo que los tragos caseros lo suelen ser casi en solitario o, como mucho, en compañía de los integrantes del entorno más inmediato salvo con ocasión de alguna celebración. Resulta por lo tanto inevitable sentir el escozor de la nostalgia cuando reparamos en aquellos lejanos momentos en que el mueble bar casero se abría para obsequiar a las visitas y a los más pequeños de la casa se nos servía un dedal de anís o pócimas semejantes (todavía no se había inventado el pacharán). Ah… Melancólico se pone uno cuando se recuerda viendo por la tele de crío a los protagonistas de cualquier película de los 60 (sobre todo, yanqui) o seriales televisivos manejando con destreza la coctelera para agasajar a sus invitados, sobre todo, si eran féminas: allí Dean Martin era un maestro, precedente gamberro de Don Draper… Segundo ah… La envidia que nos daban aquellos combinados de nombres impronunciables puesto que encerraban una suave cuesta abajo por donde el galán conseguiría deslizar a la chica, luego obsequiada con el final conocido.

El mueble bar como tal acabó desapareciendo. Fue relevado por otro curioso admíniculo hoy también en retirada, el carrito de las bebidas. Ahora me entero por casualidad de que podemos estar asistiendo a su discreta resurrección. Marcas tan cañís como el mentado Licor 43, la ginebra Larios o el icónico Tío Pepe preparan una renovación de su imagen que los dispone adecuadamente para brillar en el mueble bar casero como ocurrió allá en el Pleistoceno. Así que habrá que apoltronarse de nuevo en el sofá, acercarse a los labios una copa de Ponche Caballero e imaginarse que vuelven los años 60: cuando se inventó la temible cuesta de enero que ahora regresa como siempre, llenándonos de frío, aligerando la billetera y condenándonos al dulce placer de beber en casa. Porque cuando despertamos de la siesta, el mueble bar estará ahí.

P.D. La elegante imagen que ilustra estas líneas es una pieza incluida en una exposición sobre art déco que ocupó las madrileñas salas de la Fundación March el año pasado. Obra de Jean-Maurice Rothschild, retrata en un carboncillo datado en 1930 la estupenda pinta que tiene el bar de Monsieur Coste, a quien no tengo el gusto: el estilizado bar que yo metería en mi casa si pudiera. Una preciosidad. Hasta que llegue el día de dotarme de semejante barra, habrá que conformarse con el mueble bar al que ahora mismo acudo a regalarme un trago y desear al improbable lector un feliz 2016.

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El mejor bar del mundo
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Jorge Alacid | 02-01-2016 | 15:27| 0
Bar Savoia, en la localidad italiana de Amalfi

 

Muere el año, llegan las listas: tradición navideña que este blog no puede ignorar. Aunque será una lista heteredoxa: en la búsqueda del mejor bar del mundo, procuraremos no salir de Logroño. Porque esa clasificación que cada año elabora no sé quién (y elige en el primer puesto al bar Artesian, de Londres: no tengo el gusto) suele tener en cuenta aspectos que (me parece) nada tienen que ver en que este bar y no otro nos lleguen al corazón o nos dejen indiferentes. Se suele valorar dos aspectos que a mí me dejan frío: las elevadas tarifas concentradas en su lista de precios y ese tipo de lujos contemporáneos que quienes hemos sido educados en el añorado y confortable universo de cabezas de gamba y serrín en el suelo ignoramos con educada gentileza.

Así que olvidando lo que cuenten los gurús de este negocio, aporto mi propia lista. La suma de todas entradas debería formar el mejor bar del mundo, pero tampoco de eso estoy muy seguro: a veces el orden de los factores altera el producto final. Porque falta lo esencial: falta la magia. Y ese es un componente intangible que suele aparecer cuando no se le convoca… aunque yo no dejo de llamar a su puerta. Porque pienso de verdad que el mejor bar del mundo debería tener:

La barra de La Granja. Hermosa curva que dispara nuestros recuerdos al territorio de la nostalgia. Yo era un crío que se pedía una tostada con mantequilla, manjar consumido en el silloncito situado a la entrada, bajo la imperial escalera. Vale también la barra del Ibiza. Abstenerse los amantes del bar low cost.

La terraza del Tívoli. Veríamos aparecer a Maisi bandeja en ristre, lentísimo: procurando que la cerveza llegara siempre caliente. Y resucitaría Anita con sus pipas horneadas en la locomotora de juguete. Tratantes de ganado, abstenerse.

El camarero Santos. Regresamos a La Granja para homenajear a los camareros de antigua estirpe, profundos conocedores del oficio. Serviciales pero no serviles, discretos pero no olvidadizos: ese tipo de camarero que te despacha lo que tú quieres sin necesidad de pedirlo. Abstenerse tiquismiquis.

La gramola del Tigre. En el mejor bar del mundo sólo suena la música que tú quieres: algo demasiado importante para dejarlo en manos de los dueños. Sonarían los Rolling y Adriano Celentano, Paolo Conte y Las Grecas, Antonio Machín y Marvin Gaye, Los Amaya y Los Ángeles, Tom Jones y Suzy Quatro. Horteras, abstenerse.

Los pinchos del Pachuca. Honor a quien creó el universo de la tapa antes de que el concepto tapa existiera. Gloria por lo tanto al inventor del tentempié, concepto fetén y cañí al que tanto debe nuestro corazón tan logroñés: los calamares del Moderno, los ajos del Florida, las ensaladas del Soldado, los champis del Soriano y la tortilla del Sebas. Abstenerse finolis.

Los vinos del Turismo. Tinto con paracaidas, por favor. Y salvar el lumpen de la entrada, ignorar a la clientela bizarra apoltronada en las mesas de formica, la condescendencia del camarero de guardia, alguna lumi abandonada en una esquina de la barra. El mejor vino del mundo te tiene que dejar los labios desbordando melancolía. Brigadistas del ejército de salvación, abstenerse

Las copas del Saxo. Suenan los Smith por la megafonía y todo es perfecto: la compañía, sobre todo. Abstenerse fans de Pink Floyd. Y de ahí al Abraxas.

El espíritu de Cantabria. Y su bar, y el bar de la Hípica, las excursiones a La Pepa, el Joto y Los tres marqueses (ojo: en su anterior encarnación), y Las Losas de Oyón, y los huevos duros del Iturza, las cazuelitas del Cuatro Calles y la bodeguita Montiel, la infinita barra del Continental, la clase de Las Cañas, todas las declinaciones del Bretón, el alma resurrecta del Ibiza y la interminable cristalera del fenecido Capri por donde veíamos anochecer, en todos los sentidos. Forasteros, abstenerse.

P.D. La imagen que ilustra estas líneas pertenece al bar Savoia de Amalfi, donde recalé este verano. Me pareció que condensaba el encanto que uno busca en sus bares predilectos. Humildad pero grandeza, sabiduría y contención. Mucho estilo, incluyendo camareros insomnes apalancados en la puerta rascándose la cabeza, reluciente el mandil. De modo que me desmiento a mí mismo y decido viajar fuera de Logroño: el mejor bar del mundo debería incluir toda esa mentada lista de elementos logroñeses, depositarlos luego en el Savoia amalfitano y lanzar los dados para ver si surge la magia reclamada, con el Mediterráneo al fondo. Ese bar sí que sería perfecto.

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Su Dickens, nuestro Dickens
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Jorge Alacid | 23-12-2015 | 11:02| 0
Equipo de softbol del bar de Dickens

 

Cualquier aficionado a la literatura habrá conocido a lo largo de su experiencia lectora ese tipo de autores y de libros que cambian el curso de nuestra vida, porque la enriquecen. Porque la abrillantan, porque nos conducen hacia lugares que desconocíamos, algunos situados dentro de nosotros mismos. No son tantos, la verdad. Para llegar a ellos, muchas veces nos apoyamos en otros escritores y otros libros, lecturas menores que también logran conjugar ese verbo tan querido, el verbo entretener. Son escalas en nuestra trayectoria como lectores, como si supiéramos que para alcanzar ciertas cumbres necesitamos también este tipo de etapas intermedias, que en ocasiones resultan igualmente estimulantes. Son libros que se adhieren a nosotros con la calidez de una sonrisa, un beso o una caricia. Libros que nos desarman porque tocan una fibra interior emocional cuya existencia tal vez ignorábamos. Libros que nos hermanan con quienes los escribieron porque comprobamos que su mundo es nuestro mundo.

Viene a cuento esta digresión, poco pertinente en un universo temático dedicado a los bares, porque acabo de concluir un libro que me ha dejado conmocionado. Habla, en efecto, de bares. Y habla de ellos un poco como hemos hecho en este blog, como una excusa para hablar de nosotros mismos y de nuestros alrededores. La gente que los habita, los camareros memorables y, sobre todo, ese hábitat tan conspicuo que se genera en torno a una barra. Ese mundo de camaradería donde, si somos sinceros, hemos cimentado nuestra visión de la vida, porque hemos sido libres y felices. Libres sin grandes servidumbres. Felices sin grandes amarguras.

El libro, que aún no sé si es una novela, un gran reportaje, una autobiografía precoz o un diario, se titula ‘El bar de las buenas esperanzas’. Un nombre dickensiano, traducción bastante libre del original (‘The tender bar’, en inglés: tampoco está nada mal como título), que rinde tributo al rótulo que campeaba en el bar donde se desarrolla la acción, el bar que acaba convertido en el personaje central del libro. Un bar llamado en efecto Dickens, que con el tiempo adopta otras nomenclaturas en función de los cambios de humor de su propietario, el gran Steve. Luego se llamaría Publicans y ahora ejerce como tal con el nombre de Edison, siempre sin salir de la misma calle (Plandome Road) de Manhasset, pueblecito vecino a Nueva York, donde por cierto Scott Fitzgerald hacía deambular a sus personajes en ‘El gran Gastby’.

Lo cual es una atinada metáfora de las correrías del protagonista: J. R. Moehringer, un tipo nacido en los 60,  busca su propio sueño americano y sólo encuentra en su itinerario la barra de un bar donde trabaja (o algo así) su memorable tío Charlie, en compañía de una banda no menos inolvidable. Los personajes principales, los secundarios, las tramas y subtramas, la escritura graciosa y sencilla no menos dickensiana, un formidable y sutil sentido del humor… Todos esos ingredientes son lo de menos. Lo fundamental es atender la voz del autor, que resuena en ocasiones como si fuera la nuestra. Porque encuentra en su bar lo que cualquiera ha ansiado alguna vez: un lugar ideal. Un paraíso poco burbujeante. Un edén sólido, donde la vida se detiene para que la veamos pasar ante nuestros admirados ojos y sepamos su auténtica sustancia.

Si tuviera que resumir el libro, diría que habla del misterio de vivir, la perplejidad de vivir. Lo cual ya sé que no es decir mucho. Pero no se me ocurre nada mejor. En realidad, el protagonista navega hacia sí mismo empujado por las circunstancias (un padre ausente, una familia disfuncional, la precariedad como norma: la pesadilla americana) y va superando etapas asombrándose a cada paso, porque nada de lo que acaba haciendo formaba parte de su potencial futuro. El libro habla de béisbol, del campus de Yale donde se gradúa para estupefacción propia y ajena. Habla de inestables lazos familiares, del poderoso vínculo materno. Habla del primer beso y el primer polvo, habla de la clase de relaciones forjadas cuando se vive en una cierta intemperie sentimental, donde todo parece alucinante y alucinado. J. R. Moehringer comparte su admiración por la vida que acaba siendo suya con el improbable lector y eso es lo mismo que yo hago aquí: animar a mis propios improbables lectores a que acudan a la librería más cercana y se compren el libro. Que es también una declaración de amor hacia los bares y la literatura, dos mundos tan queridos, dos mundos tan cercanos.

En sus páginas hallará quien se anime joyas como algunas de las frases que he ido anotando: “Cada libro es un milagro. Cada libro representa un momento en el que alguien se sentó en silencio (y ese silencio forma parte del milagro, no te engañes) e intentó contarnos a los demás una historia”. “La cerveza es maravillosa. Nutritiva. Medicinal. Es una bebida, sí, pero también un alimento”. “En esta vida solo hay tres cosas seguras: la muerte, los impuestos y los camareros”. “Me iba al Dickens en bicicleta, sin dejar de observar a quién entraba y salía, sobre todo a los hombres. Ricos y pobres, arreglados y decrépitos, en el Dickens entraba toda clase de hombres, y todos entraban por la puerta con paso cansado, como si cargaran con un peso invisible. Caminaban como caminaba yo cuando llevaba la mochila llena de libros de texto. Pero cuando salían, lo hacían flotando”. Y la frase inaugural del libro, que sirve como cebo a potenciales lectores en el paratexto de la solapa: “Íbamos para todo lo que necesitábamos. Cuando teníamos sed, claro, y cuando teníamos hambre, y cuando estábamos muertos de cansancio. Íbamos cuando estábamos contentos, a celebrar, y cuando estábamos tristes, a quedarnos callados. Íbamos a buscar amor, o sexo, o líos, o a alguien que estuviera desaparecido, porque tarde o temprano todo el mundo pasaba por allí. Íbamos, sobre todo, cuando queríamos que nos encontraran”.

En fin. Que el bar se hizo carne, carne literaria. Me gustaría pensar que alguien leerá un día ‘El bar de las buenas esperanzas’ y que disfrutará tanto como lo hecho yo. Lo recomiendo a todo aquel que alguna vez haya sentido algo indescrifable cuando se dejaba llevar por la atmósfera tan particular de su garitos predilectos, sin saber muy bien la razón: aquí la encuentra. Y lo recomiendo a futuros periodistas, esos a quienes ahora amamantamos como si tuvieran doce años en lugar de 20 cuando aparecen por la redacción y los sobreprotegemos como es norma: el autor acabó trabajando de reportero en el New York Times y la descripción que hace de sus días de meritorio, un novato que sólo se encargaba de las fotocopias y de llevar el café a los veteranos, me parece la mejor escuela de periodismo de la que yo tenía noticia.

Y lo recomiendo sobre todo a los dueños de bares, a los que me tuvieron de antiguo como cliente y a los que espero seguir frecuentando. Les pido que hagan realidad la frase definitoria que hallarán en la página 372: “A veces el bar me parecía el mejor sitio del mundo, y otras creía que era el mundo entero”.

 

Interior del bar Dickens, luego llamado Publicans Imagen extraída de youtube

 

P.D. ‘El bar de las grandes esperanzas’ está editado por una pequeña editorial, Duomo Nefelibata, y vertida del inglés por Juanjo Estrella. Su lectura me ha recordado algunas noches pasadas en nuestro propio bar Dickens, un coqueto garito deudor de la estética del pub inglés, alojado hace un par de glaciaciones en la esquina de Juan XXIII con Jorge Vigón. Lo recuerdo más que pequeño, mínimo. Por lo tanto siempre lleno, con un sospechoso humillo flotando hacia el techo y colándose por la puerta al exterior, como si fuera un reclamo. Era un bar atractivo, al que sigo añorando. Aunque yo era más asiduo del vecino (y algo más amplio) Wellington, de parecida tipología, el Dickens fue un bar muy adictivo en el Logroño de los 80 para unas cuantas cuadrillas de mi generación. Tan adictivo, que si cierro los ojos creo ver todavía a unos cuantos de ellos sentados, unos encima de otros, en el minúsculo silloncete de la entrada. Era su propio Dickens: ignoraban que en este otro Dickens, al lado de Manhattan, sus sueños también se estaban haciendo realidad. Y que también se estaban estrellando contra la realidad.

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Qué fue del CCR
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Jorge Alacid | 18-12-2015 | 08:18| 4
Entrada al CCR, en la calle Mercaderes de Logroño. Foto de Justo Rodríguez

 

La primera vez resultó un desastre pero, como tal cosa me ha sucedido tantas veces en tantos órdenes de la vida, preferí no darle mayor importancia. Le concedí unas cuantas nuevas oportunidades pero aquello acabó derivando hacia el desastre, así que me decanté por hacer una de las pocas cosas para las que sirvo: escribir sobre ello. A ver si ayuda de algo. Me refiero, como es lógico, al CCR, siglas del edificio pomposamente llamado Centro de la Cultura del Rioja. Un estupendo proyecto que merecería mejor suerte.

El compañero Marcelino Izquierdo ha compartido en esta casa que con tanta paciencia nos acoge sus reflexiones en torno al CCR. Resumiendo: le apena el resultado de tantos desvelos. Un lamento que comparto, aunque añado una cavilación propia: el proyecto adolece de lo principal cuando se acomete una iniciativa de tal envergadura. Esto es, saber desde el primer minuto qué queremos hacer con el edificio luego de rehabilitarlo. Que nazca dotado previamente de un programa digno de tal nombre, no de esa etérea promesa tan española de ya veremos, ya veremos… De lo contrario, como ha ocurrido, se convierte en otro de tantos artefactos muy propios de la época en que fue concebido, los años en que enloquecimos: aeropuertos sin aviones, polideportivos como el de Sojuela varados en mitad de la nada, Centro de la Cultura del Vino casi sin cultura y casi sin vino…

De modo que entre cierta tirria detectada en el actual Gobierno logroñés hacia todo aquello que oliera a bipartito y que el tal bipartito lo puso muy fácil reconstruyendo un edificio tan chulo pero olvidando por el camino qué quería hacer con él, el CCR se convirtió en un buque fantasma hasta que, luego de múltiples contratiempos, el Ayuntamiento logró que su gestión quedara en manos privadas. Una parte del inmueble se destina a usos de promoción del vino de Rioja pero el corazón del CCR pertenece al objetivo central de este blog. Es un bar. Un bar extraño, pero un bar, como tantos otros que gestionan también manos privadas en propiedades municipales. No hay nada raro en eso, en consecuencia. Lo raro, lo auténticamente raro, es la experiencia de convertirse en cliente del bar durante un rato.

Pongo por caso mi última incursión, que anoto aquí por una razón central: que ese bar es un poco de todos los logroñeses, puesto que se construyó con fondos públicos. Si fuera un negocio privado en su totalidad, no me ocuparía de él: pero como se trata de una dotación nacida del bolsillo de los logroñeses, he ido tomando nota. Léase, por ejemplo, cómo en el hermoso patio central, merecedor de usos muy mejorables, las sillas y mesas se alineaban aquella noche en formación bodega. Se ve que un grupo iba a cenar allí esa noche y la dirección del CCR optó por el formato merendero, tan riojano. Primer escalofrío. Luego habrá más, que sintetizo para no hacer demasiada sangre. Del bar salen en ese momento los integrantes de una despedida de soltero, clientela que no parece el destino natural de un bar de este tipo, menos de una concesión pública. Han dejado un magnífico rosario de copas vacías en el mostrador… que ninguna de las seis camareras (seis) se molesta en despejar.   Bonita imagen. Cuando por fin reparan en que hay parroquianos esperando a ser despachados, tropezamos con lo siguiente: un par de vinos servidos en pequeñas dosis (la más mínima que uno recuerda en toda su vida, lo cual es mucho decir en mi caso), tarifados a 2,40 euros (lo repito: casi quinientas de las antiguas pesetas cada vino), un bocadillo espachurrado y curiosa ausencia de servilleteros. Para limpiarnos el morro, nos ofrecen una servilleta tipo restaurante que espera mejor suerte en una de las mesas vecinas donde nadie se sienta.

Miento. Finalmente aparece una pareja, de-Logroño-de-toda-la-vida, con quienes me tropiezo al día siguiente. Sin preámbulos, me asaltan a preguntas, alucinados aún por su particular peripecia vivida la noche anterior. Tampoco ellos salen de su asombro: habían ido a conocerlo porque querían organizar un encuentro profesional pero ahora prefieren cualquier otro sitio antes de llevar allí a las decenas de visitantes de fuera de La Rioja a quienes pretendían obsequiar. Su testimonio coincide con el mío: ah, qué fue del CCR. Un local con extraordinarias posibilidades, una potencial catedral del Rioja, una perfecta opción para tomarse un vino… tal vez en otra vida, supongo que pese a los desvelos del Ayuntamiento, gestores y plantilla. En el actual CCR prometo no entrar de nuevo. Aunque si empiezan por quitar esa triste pizarra que a la entrada anuncia su oferta culinaria como si fuera una cantina de la antigua Renfe, igual me lo pienso y le doy una nueva oportunidad.

P.D. El CCR ha sufrido entre sus avatares los derivados de la pugna entre partidos. Lo cual tiene su lógica, porque ese tipo de controversias contribuyen a animar la agenda política logroñesa y engordan el orden del día de los plenos. A ningún contendiente, ni al Gobierno ni a partido alguno de la oposición, se le ha escuchado decir qué hubiera hecho con el CCR. Cuál era su auténtico plan. El del Gobierno se ha limitado a quitárselo de encima en cuanto ha podido, incapaz de idear alternativa alguna. La oposición, luego de las críticas, tampoco sabe muy bien qué hacer con la vieja Casa de la Virgen. Algún edil se ha limitado a quejarse de que se hubiera acabado por convertir en un bar; cuando lo oí, pensé para mí: ojalá fuera al menos un bar. Pero uno de los buenos. 

 

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Nueva vida para el Ibiza
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Jorge Alacid | 11-12-2015 | 10:49| 0
El Ibiza, en Muro de la Mata. Foto de Juan Marín

 

La vida, que va y viene, clausura unos comercios, reabre otros y concede una nueva oportunidad a los que la merecen, depara una alegría al castigado centro de Logroño: buenas noticias, reabre el Ibiza. El popular establecimiento, que contribuyó decisivamente a la forja de una identidad colectiva en su condición de faro de la ciudadanía logroñesa (“¿Dónde quedamos?” “En el Ibiza”), cerró sus puertas en verano luego de una azarosa última etapa, desbordante de contratiempos. Como ya informó Diario LA RIOJA, el Juzgado de Primera Instancia Número 6 de Logroño –y de lo Mercantil– declaró a finales de julio el concurso consecutivo voluntario abreviado de acreedores solicitado a instancias de parte de la propiedad, dando inicio a una fase de liquidación ante la situación de insolvencia del negocio.

Aquella medida judicial significó el último adiós del Ibiza… hasta ahora. En los últimos días, un joven empresario logroñés se ha hecho con el emblemático local, donde prevé desplegar un proyecto también hostelero, que preserve su espíritu pero lo adapte a las exigencias de los nuevos tiempos. Y entre sus propósitos, corroborados ayer a este periódico, figura devolver la perdida actividad de café cantante, fruto de la afición por la música que confiesa su promotor, David Houngbeme, quien se reconoce “muy ilusionado” con el desafío de devolver al Espolón logroñés uno de sus iconos.

Sus pretensiones pasan por reabrir el Ibiza en una fecha sin concretar, que podría fijarse hacia la próxima Semana Santa, plazos que no obstante pueden sufrir alguna variación en función de cómo avance la reforma del local. De momento, la nueva propiedad todavía está culminando la fase de tramitación burocrática, sin que hayan comenzado las obras de adaptación del establecimiento a sus nuevos usos. Entre ellos, figura también su intención de dotar al local de una identidad gastronómica propia a partir de una mejora en la oferta de pinchos y tapas. “No será un restaurante”, subraya. Lo que no tiene intención de cambiar es el nombre, avisa Houngbeme: “Se seguirá llamando Ibiza, por supuesto”. “Cambiarle el nombre sería un error”, añade. También pretende Houngbeme conservar la terraza bajo los soportales del Muro, dentro de un proyecto que confía en que devuelva al Ibiza “todo su esplendor”. Lo merece un bar con casi ochenta años de vida, sus clientes de siempre, los que se animen a serlo a partir de su reapertura. Y lo merece el corazón de Logroño, tan necesitado de alegrías. “¿Dónde quedamos?” “En el Ibiza”.

P. D. La noticia de que reabre el Ibiza, adelantada este viernes por Diario LA RIOJA mediante el artículo aquí reproducido, me llegó cuando indagaba sobre la historia del querido establecimiento para un encargo ajeno a la rutina periodística. Casualidades gozosas. Así me enteré de que había un proyecto fraguándose alrededor de su reapertura, que el propio David me confirmó gentilmente. Procuraremos ir ofreciendo más detalles a medida que el proyecto avance. De modo que como solían concluir sus artículos los gacetilleros antiguos, no me resisto a concluir esta entrada con la frase famosa: seguiremos informando.

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Nuestro hombre en la barra (III): Míchel, el del Calderas
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Jorge Alacid | 04-12-2015 | 10:43| 0
Míchel, defendiendo de crío la barra de su popular bar Calderas

Míchel: uno de esos camareros de confianza, de los de toda la vida, a quienes se conoce por su nombre de pila. Y es suficiente. Tanto, que para preparar estas líneas le tuve que preguntar por su apellido, cuestión que yo ignoraba como supongo que desconocen muchos de cuantos una vez fueron sus clientes y le visitaban en el legendario Calderas. Ahora no es tan común verle al frente de la barra, pero hubo un tiempo en que ejercía de faro y brújula para quien esto escribe, integrante de una pequeña multitud que solía detenerse en su barra para asistir al asombroso fluir del agua en su mítica pila donde refresca las bebidas. Una pila patrimonio de la humanidad logroñesa. Míchel protagoniza la tercera entrada de la sección Nuestro hombre en la barra, dedicada a relatar la historia de nuestros camareros más conocidos. Y lo hace confesión mediante: “Realmente, yo no tenía ninguna gana y menos interés en trabajar de camarero”. “A mi padre”, recuerda, “le dio por comprar un bar en la calle Laurel, el Calderas, así que dejó la carretera y allí nos fuimos la familia”. Míchel era entonces un chavalín de apenas 10 años, que seguía estudiando como corresponde a esa edad aunque de vez en cuando echaba una mano a la familia, como se observa en esta imagen. No era una ocupación rara para él: su abuelo era propietario del Chiqui en Colón, de modo que no puede extrañar que con el paso de los años acabara por tomar las riendas del negocio familiar y dedicarse totalmente a la hostelería.

Fueron grandes tiempos, reconoce. Míchel añora aquel pasado, no tan lejano, en que los hábitos de consumo en materia de bares eran radicalmente distintos a los de ahora. La propia calle Laurel también era harto diferente, en efecto: qué se hizo, se pregunta, “de aquellas cuadrillas que se pasaban el día entero en la calle Laurel”. “Quedaban a primera hora de la mañana un domingo, tomaban unos ‘revueltos’ , vermús, vinos, banderillas, café torero, copa, puro, medios cubatas… Y vuelta al vino, banderillas, café… Era cuando los bares no cerraban a mediodía”, rememora. Cuando los horarios eran otros, desde luego: es que los bares casi no cerraban nunca, carecían sus dueños de vacaciones y entre semana, por supuesto, la calle Laurel ofrecía otro aspecto, menos sombrío que el actual, al menos en los días de labor.

Una impresión que corrobora el propio Míchel: “Creo que la mayor diferencia hoy en día es la distancia que se ha creado establecimiento y cliente”. Una impresión que desgrana con estas palabras: “Se ha perdido aquella relacción entre dueños y clientela, aquella complicidad, buen rollo, amistad incluso: había alguno que cuando venía al bar, en realidad venía a su casa, entraba a la cocina, estaba un rato hablando… Clientes que te contaban su vida, hasta el punto de que cuando se ponían enfermos o tenían un accidente, ibas a verlos al hospital”, relata. El paso del tiempo también deja alguna reflexión positiva, concede el dueño del Calderas: “Hombre, el gremio ha evolucionado, igual que todos hemos ido para adelante en este país, unos más y otros menos, cada uno en la medida que ha podido”. Y añade: “Sí que hemos empeorado, creo yo, en el exceso de oferta: es difícil ahora tener esa misma relación con los clientes con tantos y tantos bares”.

Así que Míchel concluye sus palabras regresando al territorio de la nostalgia, propio de quien prácticamente se ha criado en la calle Laurel. “Mis libros del ‘insti’ olían a cocina”, advierte. “Quedamos sólo unos pocos que hayamos visto repartir las bebidas en carros tirados por caballos o que hayamos probado la zarzaparilla”, confiesa. Resumen final: “Podría estar tres días seguidos recordando aquellos años y aquellas cosas con mucho cariño. Creo que daría para un libro”.

 

Mïchel, con Miguel Herreros en el Calderas

 

P.D. Cuando a Míchel (que por cierto se apellida Perella Ambrosi, “presunto italiano”, aclara) se le pide que mencione sus tres bares favoritos de Logroño, contesta así: “Resaltar tres bares son muy pocos para mí, porque tengo bastante recorrido. Y si doy nombres seguro que me dejaría alguno y me dolería, porque en muchos tengo muy buena relación. Prefiero decir que en la calle hay tres, que no me gustan nada, no por los establecimientos en sí, sino por quienes los dirigen”.

 

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