La Rioja
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Viva La Gallega
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Jorge Alacid | 15-06-2018 | 10:24| 0
La Universidad y La Casita, en la Travesía de Laurel. Foto de Justo Rodríguez

 

Hace alguna tarde me ocurrió en un suceso memorable. Sentado en la mesa de una taberna gallega, pedí una jarra de Ribeiro, que la camarera allegó a mi mesa acompañada de unas pequeñas tazas de cerámica, donde depositó ese néctar. Sufrí una regresión de inmediato. Volví a verme de chaval, acodado en la barra de cierto bar de la calle Laurel (su Travesía, más exactamente), atacando una pócima similar en una vasija semejante. El bar se llamaba La Universidad. Y puesto que lo atendía una camarera gallega, tenía sentido atreverse con el Ribeiro de la casa, que entonces (antes de la globalización hostelera) todavía conservaba un punto exótico. Aquellas jarritas marrones se alojaron en mi hipotálamo para los restos, por lo que observo. Y llevarse tantos años después aquel bebedizo a los labios tenía algo de atreverse con el elixir de la juventud. Siento notificar que sin ningún éxito, improbable lector.

Días después, asistí a otro prodigio de este mismo linaje galaico-riojano, lo cual me convenció de que le debía unas cuantas líneas a la añorada dama. Crucé ante la puerta de uno de los bares que defiende su prole en esa esquina de nuestro itinerario favorito y observé su renovada fisonomía, dotada de un excelente gusto. La herencia de aquella extraordinaria mujer cuyo nombre (ay, lo siento) he olvidado se desdobla al menos para mi memoria en un par de barras medio vecinas en la calle Laurel, aunque yo siempre la recordaré al frente del bar llamado La Universidad: la primera universidad con que contó Logroño. Un tributo tal vez al remoto campus compostelano.

La gallega (así la llamamos: así la seguiré llamando) ofrecía no sólo vino de Ribeiro y algunas golosinas que nuestros bolsillos adolescentes no se podían permitir. Ofrecía sobre todo simpatía, el factor esencial que buscamos en nuestros camareros predilectos. Que ella regalaba en generosas dosis. También nos despachaba con idéntica prodigalidad algo que también buscábamos, aunque sin saberlo. Comprensión. Escuchaba las cuitas de sus clientes más jóvenes como si de verdad le interesaran. En aquellas confidencias que ella atendía gentil se sustanciaba la eterna angustia que procura la juventud, de la cual sólo te enteras cuando has pasado a la siguiente etapa de tu vida. Algo de lo que ella también entendía: con mucha mano izquierda, la eterna sonrisa tan contagiosa como inolvidable, guiaba tus pasos hacia una suerte de espacio placebo. Que eso era su bar. Una universidad de cuanto la vida nos iba a ir enseñando.

Así la recuerdo hoy. Diligente, elegante, discreta. Una mujer muy atractiva, con su roja cabellera incendiada, flameando a lo largo de la breve barra. Una camarera modélica. Todavía por entonces (finales de los 70, primeros 80) era raro encontrarse por el corazón de Logroño con un bar atendido por una mujer. Aquella extravagancia para la época se disolvía pronto en la atmósfera de normalidad con que ella presidía su quehacer. Una estupenda profesional, de esas que ya no quedan apenas. Que sabe cuándo necesita su parroquiano alguna palabra o cuándo prefiere la discreción; en esos momentos, se mantenía agazapada en un rincón, secando los vasitos de cerámica. Hasta que volvía a sonreír iluminando el bar entero, lo cual solía ocurrir cuando entraba una cuadrilla de alevines de chiquiteros. Le atraía la clientela más joven, un cariño recíproco: La Universidad fue uno de los primeros bares donde quienes nos empezamos por entonces a afeitar no nos sentíamos incomodados ni intimidados por la feligresía senior. Donde fuimos universitarios sin saberlo. Y sin saberlo además nos dio clases una estupenda catedrática en los conocimientos que más necesitábamos: los de la vida. Que luego seguimos aprendiendo en el bar abierto un poco más allá, La Casita.

Aquella leyenda de la calle Laurel falleció prematuramente. Recuerdo poco de aquellos años, pero no olvido que un día me estampó dos besos (uno en cada carrillo) en homenaje a un reportaje que acababa de publicar, protagonizado por una de sus hijas, entonces una precoz amazona que destacaba en el mundo de la hípica. Cosa que yo ignoraba mientras entrevistaba a la chiquilla. Brindamos con las tacitas de Ribeiro y me alejé de su bar, que dejé de frecuentar: también en nuestra conducta como parroquianos nos dejamos llevar por las modas. Las últimas veces que la entreví desde la puerta ya no me recordaba tanto a la mujer que conocí. Le costaba sonreír. Señal de que venían tiempos fatales, aunque en cierto sentido le acompañó la suerte que a muy pocos seres humanos distingue: tiene la fortuna de no ser olvidada. No creo equivocarme si concluyo estas líneas, mientras paseo de nuevo por este tramo de calle, que ese sentimiento que mantengo en fidelidad hacia ella por los buenos ratos compartidos será una emoción común para una generación de logroñeses. Que no la olvidan. Para quienes nuestra querida gallega siempre estará viva.

P.D. Gracias a la web de la calle Laurel me corrijo a mí mismo: sí, sí recuerdo cómo se llamaba aquella camarera gallega. Se llamaba María Luisa. En la web se anota que fundó en 1987 La Casita con su marido, José Andrés, y que su hija Esther se ocupa hoy de seguir los pasos familiares recién renovada la fisonomía del bar con una imagen muy de mi gusto, como ya he mencionado arriba. También registra la misma web que La Universidad, el bar fundacional bautizado con el paso del tiempo como pulpería, nació allá en 1978. Y que, en efecto, conserva sus tacitas de Ribeiro. Esa punzada madrileña en mi corazón tan logroñés que disparó estas líneas.

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Oporto en sus bares
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Jorge Alacid | 08-06-2018 | 18:45| 0
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Le llaman la ciudad gris. El comentario se le escapa a una guía que conduce a mi lado a una reata de turistas entre la Torre de los Clérigos y las vecinas iglesias carmelitas. Gris tiene en nuestro imaginario como hispanohablantes una condición peyorativa, como sinónimo de mediocre, triste o sombrío. Pero este gris de Oporto es un gris distinto. Un gris azulado que paradójicamente abrillanta nuestros pasos mientras deambulamos entre su adoquinado. La luz gris en la incierta hora del amanecer se derrama sobre el Duero, que ejerce como espejo y la devuelve corregida y aumentada, proyectando sus haces sobre la ciudad toda, cuyas bodegas al otro lado del río ejercen igualmente como faros. Faros de luz gris, atonal, que proyectan su propia iluminación sobre las barras conspicuas. Por ejemplo, los bares de vino (de vino de Oporto, claro) y los cafés al estilo centroeuropeo: aunque esquinada a esta orilla atlántica del continente, la capital del Duero pertenece al linaje de las grandes ciudades europeas que entronizaron el café como la acabada muestra de civilización que representa. Así que Oporto presume de ellos: esa tríada de locales memorables por donde el visitante se dispone a curiosear recién deshecha la maleta.

Primera etapa, el Majestic. Imposible ingresar: el viajero, que anduvo por aquí hace una década cuando Oporto todavía no figuraba entre los destinos favoritos del turista (cuando el turismo tampoco era aún lo que hoy es: el monstruo que viene a visitarnos), recuerda aposentarse en sus veladores a ver pasar la vida. Opción descartada ahora cada vez que desfila ante sus puertas, porque hay que hacer fila. Fila larguísima y perenne. Una legión de clientes aguarda paciente turno frente a la bella filigrana modernista de su fachada y mira por entre los ventanales hacia el interior, a ver si hay suerte y algún parroquiano deja su silla libre. De modo que el paseo prosigue hacia el vecino A Brasileira, otro bellísimo ejemplo de que otros bares eran posibles. Su acogedora decoración art déco justifica la presencia constante de turistas (sí, otra vez) fotografiando su entrada, pero aquí dentro hay espacio de sobra: ejemplar servicio, tarifado a precios comedidos como en el resto de la ciudad y una idea de confort muy perfeccionada, como era norma antaño en tantos bares semejantes.

Tercera posta, el Guaraní. También exhibe un encantador ambiente, una atmósfera silente y gentil donde es incluso posible escuchar el silencio o asombrarnos con el eco de nuestras propias voces. De nuevo, un servicio de modélica profesionalidad, que despacha un café y un cruasán por apenas un par de euros (repito, dos euros: en Oporto se rigen por precios anteriores a la moneda única) y y te regala además unas estupendas vistas a través de las cristaleras hacia la avenida Os Aliados, eje central de esta ciudad que a medida que avanza la mañana va desmintiendo el gris original. Triunfa el sol del mediodía: llega la hora de conocer el resto de la oferta que en materia de bares ofrecen estas calles color marengo.

Que son bares de vinos, claro. En mi pobre experiencia, sólo recuerdo un par de ciudades europeas que puedan competir en esta tipología con Oporto. Se trata de Burdeos, en cuyas calles tropieza el visitante a menudo con locales semejantes despachando el néctar bordelés, y Reims, donde ocurre otro tanto con el champán. Son bares recoletos, que no precisan por lo tanto de grandes alharacas para sorprender al visitante con esas ambrosías alumbradas Duero arriba y acunadas luego en las bodegas de la vecina Gaia, al otro lado del río. Apenas unos metros cuadrados son suficientes para que duerman unas cuantas referencias de tanta calidad como diversidad, servidas en copas como manda Baco a cargo de camareros con un elevado sentido del oficio. Bares minúsculos en algún caso, de encantadora estética, diseminados por el ombligo de la ciudad para gloria del turista universal. Que completan la oferta propia de las mencionadas bodegas, donde el extranjero puede muy bien forjarse una idea de la riqueza vinícola que atesora este rincón de Portugal y llevarse algo de trabajo a casa: de regreso al hogar podrá avanzar en su placentera indagación no sólo alrededor de los vinos dulces que han dado fama a los nativos sino estos otros tintos y blancos que forman una gozosa baraja de posibilidades para atrapar el alma del país a través de un itinerario inigualable. A través de sus vinos, por supuesto.

Aunque no sólo. En mi peregrinaje por la ciudad, caí en la jurisdicción de dos propuestas hosteleras, bien singulares. Ambas forman parte del collage de fotos que ilustran estas líneas. Por un lado, el mercado de Matosinhos, barrio oceánico dotado de alta personalidad, donde el cliente puede aprovechar para hacer la compra mientras disfruta de un trago en uno de los bares de su perímetro interior. Nada que no hayan visto mis ojos en otras esquinas de España pero que no termina de fraguar por Logroño. Y dos, algo también mil veces visto: una terraza al borde del mar, cuya imagen también aparece ahí arriba. Pero esta es una terraza con valor añadido: se sitúa también en Matosinhos al lado de las famosas piscinas debidas del ingenio de uno de sus más prestigiosos vecinos, el multipremiado arquitecto Álvaro Siza. Unas piletas que surgen del contacto con la mar océana, ese espectáculo que no termina nunca de cansar a quien nació tierra adentro. Que se imagina a sí mismo con facilitad gozando del paisaje apoltronado en una de estas butacas. Disfrutando de un tawny o un ruby. O de un cortadito, que aquí llaman pingo, hermosa voz.

Otras razones para regresar siempre a Oporto. Como la sorpresa que encontré en otro de mis paseos, que me sirve para cerrar esta entrada. El local llamado Miss Pavlova, coqueto café alojado fuera de la mirada de los curiosos: al fondo de una tienda de regalos, bazar o lo que sea, ubicada al lado de Aliados. En la rúa Almansa, este discreto café camulflado ofrece (según dicen los reclamos) la mejor tarta de Oporto, de crujiente merengue y relleno de crema. Para dar con semejante golosina, se tiene que atravesar el comercio que la alberga: una especie de juego de muñecas rusas hosteleras. Un bar de sutil delicadeza, el atributo que resume las grandes virtudes de Oporto en sus bares: el discreto encanto de la hostelería.

P.D. Si llega de Logroño, cliente de cualquier bar de Oporto se maravillará cuando se vea dominado por un placer antiguo, que antes no era tan extraño en nuestros bares. El silencio. Uno se sentaba en su local predilecto y milagro: aún podía escuchar su propia voz. También la del compañero de barra, hazaña que hoy exige acabar medio afónico. Ocurría tal milagro antes de que irrumpiera en el servicio hostelero una generación de camareros que habían visto denegada su inclusión en la sección de metales de la Filarmónica de Berlín. En venganza, se desparramaron a continuación por nuestros bares favoritos, donde cada día perpetran su propia fanfarria: ese estruendo de vajillas que chocan entre sí, el formidable estrépito de la cristalería, el ruido aparatoso de la cubertería… Y el momento cumbre: cuando se vacía el lavavajillas, ese clímax que haría tan feliz a Von Karajan y obliga en consecuencia a la parroquia a entenderse entre gritos, incapaz de escucharse a sí misma entre el barullo que forman también el altísimo volumen de la televisión que casi nadie ve y la banda sonora que nadie ha pedido, música de ascensor que estropea el momento íntimo que uno aspira a encontrar cuando le despachan un trago. Un trago y una dosis de silencio. Justo lo que todavía se encuentra en los cafés de Oporto, en sus bares de vinos.

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Gil de Gárate, bares para todos
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Jorge Alacid | 01-06-2018 | 18:44| 0

 

Vista del comienzo de la calle Gil de Gárate, con alguno de los bares más cercanos a la Gran Vía. Foto de Justo Rodríguez

 

Cuenta desde antiguo un buen amigo que Gil de Gárate lo tiene todo para triunfar como calle propicia para instalar un bar. Sobre todo, si se decanta por instalar terraza adicional. Por dos razones. La primera, que se trata de una calle, como corresponde a las alumbradas por esa época en que se urbanizó el sur de la Gran Vía, carente de garajes, lo cual evita el tránsito constante de vehículos que entran y salen y tanto incomodan en otras calles peatonales cuando uno se aposenta en su velador favorito. Y dos, que parece tratarse de una calle fresquita. Donde la temperatura en verano no alcanza los rigores propios de la canícula inherentes a otros rincones de la ciudad. Donde da gusto sentarse porque corre el aire. Yo añado otro motivo, muy evidente, que ayuda a explicar el auge de Gil de Gárate como escenario de las rondas logroñesas: que está en el centro de Logroño.

Y que posee además una particular personalidad, desde los tiempos en que se llamaba como el aborrecible general, de cuyo nombre no quiero acordarme. De entonces datan mis primeras exploraciones por Gil de Gárate: de la época en que todavía resistía allí el Paulino, bar de acusado y misterioso encanto. Fin de la ronda: en el Paulino nacía y también moría cualquier amago de atractivo en materia de bares por aquella calle, aunque resulta que los había. Y desde luego los hay. Hoy, en su última encarnación, el Paulino cerró y ahí sigue su cancela clausurada. En otros tiempos, hubiera significado el fin de la calle como itinerario para nuestros pasatiempo predilecto, pero hoy su puerta cerrada apenas representa un leve contratiempo. Un obstáculo que puede subsanarse unos metros más allá, en dirección a Pérez Galdós, puesto que en la otra acera florecen unos cuantos bares que cito en orden de aparición: Sydney (que dispone de otra versión, calle arriba, especializada en condumios de origen argentino), En las nubes (ya mencionado aquí otras veces, a cuenta por ejemplo del cachopo que habita entre nosotros) y La Carbonera (nuevo en esta plaza): un bar de reluciente encanto, que dispone de un coqueto comedor, en cuya barra aconsejo dejarse guiar por su sabiduría en materia de vinos y por algunas gollerías fetén. Por ejemplo, su tortilla de patata, despachada al momento, recién hecha, en un formato muy novedoso. Disfrazada de tortilla francesa.

Y en el tramo entre Pérez Galdós y Somosierra, más y más hitos. Por ejemplo, Los Porrones. O el Perejil (de cuyas patatas bravas guardo por cierto un excelente recuerdo), que sirven como pasarela para la incorporación de esta ronda por Gil de Gárate al circuito que forman otras calles como República Argentina, que alguna vez han aparecido ya por aquí. Como aduana, a cada mano de la calle precisamente en la esquina con Somosierra, ejercen así el Varia como el Jaspyr, local que según mi memoria tiene algo de histórico: lleva allí, sirviendo al propósito de nuclear al conjunto del barrio alrededor de su barra, hace ya alguna glaciación. Vecino por cierto del bar que me faltaba por completar esta relación, que merece un párrafo aparte por su singular tipología. El Bogart. Que es más que un bar: el Bogart es un disco-bar.

Dícese de aquellos bares alumbrados a la luz de las modas musicales, allá a finales de los 70, y de las exigencias de un nuevo tipo de público (que hoy ya estará disfrutando, se supone, de las ventajas de la jubilación) que reclamaba bares donde mover el esqueleto, por recuperar un tropo propio del lenguaje de aquel tiempo. Bares de horario vespertino-nocturno, que organizaban su espacio para asegurarse de que contaban con sitio para dos elementos complementarios: una breve pista de baile, coronada a menudo por la célebre bola de cristalitos, y una zona opaca, allá al fondo. Dotada de su mullido peluche, que tendía a fagocitar hacia su interior a las parejitas que gozaban de esa privilegiada ubicación, ajena al escrutino público y poco o nada dotada de iluminación. Ah, el amor. Cuántos logroñeses tendrían a Bogart por Cupido. El conjunto (del Bogart y de cualquier establecimiento de su linaje) se completaba con la cabina del pinchadiscos (D.J., o dillei, en la jerga de quienes no conocieron la mili), combinados camp (el Licor 43, por citar un caso famoso en su día, mezclaba muy bien con la cocacola) y mucho pantalón no menos camp: más bien, campana. Pantalón campana para el chico y para la chica. Opcional, pata de elefante.

De modo que el paseo por Gil de Gárate concluye. En su entorno, ya se ha dicho que florecen otros locales de resplandeciente presente, merecedores de su propio artículo. Lo cual configura una ruta de grandes atractivos, entre los cuales descuella uno que me parece singular: que hay bares para todos los gustos. Para cada sector de población. Para los chiquiteadores natos y para las nuevas hornadas. Para acompañar la ronda con algún bocado indígena o con otros llegados desde lares foráneos. Hay sitio incluso para las parejitas, las de ahora y las de ayer: las que retozaron en el reservado del Bogart. Las que siguen a tiempo de saborear los placeres que se ocultan en la zona oscura del último disco-bar de Logroño.

P.D. La calle Gil de Gárate ocuparía el primer puesto en el imaginario trono de la hostelería logroñesa si atendiéramos tan sólo a los preceptos de la guía Michelín: allí se aloja el único local capitalino premiado por los inspectores franceses del librito rojo. Un restaurante japonés, Kiro Sushi, donde no tengo el gusto. No es por supuesto un bar, sino una casa de comidas, cuyo libro de reservas me cuentan que recuerda mucho al que regula las visitas a ‘La última cena’ de Leonardo. Así que hasta el día en que pruebe sus viandas, me reservo mi parecer, aunque no me resisto a dejar sentada mi opinión al respecto de su coqueta decoración: desde la puerta, el restaurante rezuma estilo. Un imagen ejemplar. Que dota de un atractivo adicional al conjunto de la calle.

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Una lágrima por el Maltés
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Jorge Alacid | 25-05-2018 | 09:28| 2
Nuria, a la puerta del Maltés. Foto de Justo Rodríguez

 

Cuando un bar traspasa la frontera propia, la inherente a todo negocio de ese ámbito, adquiere otra condición. Se convierte en mito, leyenda, icono. Símbolo de la ciudad que lo alberga. Faro para su clientela, que peregrina hacia esa barra en busca de algo más que un trago, aunque también. Porque ese bar se transforma en cabeza de playa para el desembarco sentimental de sus feligreses. Se convierte en refugio, casi siempre para almas noctívagas que demandan además de su copa alguna ración de cariño. A menudo, les vale con la indiferencia. Conversación amena, tendencia al desparrame, una banda sonora que sea algo más que la típica música para ascensores: todo eso garantiza el Maltés de la calle Bretón. Y algo de magia. La hechicera Nuria despacha desde el año 2000 sus pócimas asegurando lo antedicho, lo cual explica que con el paso del tiempo haya convertido su local en eso: en algo más que un bar. El territorio de las emociones compartidas: esa atmósfera tan particular que nace cuando el dueño del bar amenaza con convertirse en un cliente más. Y cuando los clientes sienten ese bar como suyo.

Todo esto se acabó, amiguitos. Acabará el próximo 31 de agosto, según reza la información que de buena mañana ha empezado a circular por las redes. Por las redes sociales y por esa inmensa red llamada Logroño, a golpe de cotilleo y macutazo. Queda por lo tanto probado que el Maltés tiene para sus incondicionales la categoría de emblema. Bandera de la noche logroñesa, como la propia Nuria confesaba en este mismo blog, hace un par de años. Allí, entre menciones a Peret y otros dioses menores que alimentaron tantas noches en vela, la ideóloga del Maltés repasaba la trayectoria del bar y concluía sus confidencias con la siguiente frase: “Mi único  deseo es seguir divirtiéndome. Y mientras mis clientes  me sigan acompañando,  yo sigo”.

Bueno, pues este paseo ha terminado. Mejor dicho, quedará clausurado este verano. De modo que hasta que muera agosto queda tiempo para seguir disfrutando de la oferta que el Maltés garantizaba. Tragos, rumbas y rocanrol, los himnos que alguna vez seguían sonando tertulia mediante en la misma puerta del bar, cuando cerraba sus puertas pero sus parroquianos mantenían la sana costumbre de la charla semidipsómana en la calle: quedaban muchas cosas que decir, demasiadas historias que contar. No merecía la pena marcharse a casa: había que atender a Nuria y al resto del equipo médico habitual.

En esas mismas redes sociales donde se anuncia la penosa noticia de su cierre, parece fraguarse un movimiento popular que permitiría resucitar al Maltés. No tiene por el momento demasiada consistencia: de hecho, parece apuntar tanto en la dirección de convencer a Nuria de que resista al frente de su barra como a que la movilización popular se ocupe, un poco en plan asambleario, de que el bar sobreviva. No sé si ocurrirá alguno de esos milagros. Uno sospecha que cuando se cierra un negocio de esta clase, será porque sobran los motivos. Y no imagino a la clientela fija haciéndose con las riendas del bar, modelo autogestión: conozco a alguno de sus miembros y, la verdad, da mejor el tipo a este lado de la barra que gestionando su interior. Baco no lo quiera.

De modo que habrá que dejarlo estar. Si Nuria lo ha decidido, tendrá que ser así. Una pena, en todo caso. Aunque siempre quede el consuelo, semejante al que han deparado otras despedidas semejantes, de que el Maltés sobreviva en los corazones de quienes bien le han querido. Es un triste consuelo, pero consuelo al fin: de otros bares jamás se podrá decir lo mismo. Claro que existe una explicación para que en su adiós siga reconfortando a sus fans, para que continúe brillando su luz allá al fondo de la calle Bretón: como la propia Nuria confiaba en aquella entrevista, la clave de su éxito residía no tanto en su oferta hostelera como en lo antedicho. Su estatus de brújula logroñesa para espíritus indómitos, rumberos y rocanroleros. Porque el Maltés, subrabaya ella, “es como una burbuja, como un agujero negro». Ese cosmos se dispone a perder una pieza, mientras al fondo suena Gato Pérez, por ejemplo. O las evocadoras palabras de Nuria, que piden mármol: «Tanto doy a mis clientes, tanto dan ellos».

Diste tanto, Nuria. Diste mucho. Diste demasiado.

P.D. Quienes hayan conocido a Nuria en su actual encarnación, no habrán olvidado anteriores apariciones estelares al frente de ciertas barras conspicuas. Plas o Isopo, por ejemplo, locales que duermen el sueño de los justos y apenas dirán algo a las generaciones impúberes. Defendió también otros bares de la vecina Laurel y encontró su sitio hace 18 años en este breve y subterráneo espacio, cuya atmósfera inigualable le tiene como jefa suprema. Sola, o en compañía de otros. Sus parroquianos predilectos, entre quienes Nuria citaba en aquella entrevista al célebre Walsky. Así que se hará raro: se hará raro tropezar con esa puerta cerrada. Sin Walsky dentro. Sin Nuria sentenciando lo siguiente: «Aquí se  bebe de todo. Bueno, mis clientes en realidad se beben  lo que yo les ponga».

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Ah, la tortilla
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Jorge Alacid | 18-05-2018 | 16:33| 0
Miembros del jurado, durante su deliberación en el concurso de tortillas. Foto de Justo Rodríguez

 

Ah, la tortilla. La tortilla española, con permiso de Puigdemont y su particular muñeco Rockefeller, al que llaman Torro. Nuestra particular magdalena proustiana. Ese bocado que cada cual asegura haber saboreado en el culmen de su excelencia en el hogar familiar: como la paella o las croquetas, nadie hace la tortilla mejor que nuestra señora madre. Aunque luego debemos reconocer que, ejem, algunos fogones cercanos la despachan estupenda de punto, sabrosa, atractiva. Se exhibe en las barras de confianza coqueteando con la clientela, que posa su mirada sobre ese festín color amarillo que ahora tiende a servirse poco cuajada y que antaño disponía de la contundencia propia del recetario de después de la guerra (incivil). La tortilla, ante la cual nos postramos de rodillas cuando entramos en nuestro bar favorito. La tortilla, que nos devuelve a la primera adolescencia: ah, la tortilla de La Viga.

La tortilla que, en fin, protagoniza desde hace unos años un concurso organizado por esta casa, a través de su suplemento Degusta. Por donde han desfilado algunas de las más conocidas de Logroño, ante las cuales me quito el imaginario sombrero, pero que ha servido también para descubrir facturaciones desconocidas por quien esto escribe. Así me ocurrió por ejemplo con la del Serenella: no tenía el gusto, pero desde que ganó el concurso hace algún año, me tiene entre sus devotos, religión que practico sin embargo menos de cuanto quisiera, aunque ahora que vuelve a reinar en el palmarés prometo una nueva visita. Porque sigo siendo fan de las tortillas que me pillan más a mano: ya se ha citado aquí aquellas donde tengo puestas mis complacencias, empezando por la del Sebas. Un bocado más bien sentimental: cuando pido mi platillo que desciende del elevador, me veo de nuevo atacando el pincho de chavalito, escuchando al titular de la casa atacando una jota, piropeando a las chavalas cuando semejante práctica no se había vetado.

Las que ayer compitieron en incruenta lucha protagonizaron un divertido ejercicio culinario-festivo en la plaza de Abastos. Que es un espacio por cierto estupendo para convocatorias de esta índole, que le conceden unos minutos de gloria a sus mejorables días. Los expertos, miembros de un jurado de postín, cataron las viandas presentadas a su dictamen, conocieron las impresiones de los concursantes y discutieron entre sí hasta reconocer a las mejores presentadas en ambas categorías: la tradicional, es decir, la de toda la vida, y la que añade algún elemento adicional para mejorar el producto final (a menudo, sin éxito, según mi humilde experiencia).

Yo acudí en ese peculiar momento que se vive a puerta cerrada, cuando los miembros del docto tribunal aún no han impartido sentencia. Son unos minutos muy interesantes. Me ha tocado presenciarlos cuando Lorenzo Cañas dirigía las operaciones, al frente del jurado, como Napoleón visitando a sus tropas antes de la batalla, animando a los novatos (el pequeño pero Mastercheff Mario, por ejemplo) y adiestrando al resto en la paleta de sabores y aromas que debían calibrar antes de emitir su dictamen. Otro tanto ocurrió ayer: Manolo González, Ventura, Gabi y resto de examinadores caminaban de mesa en mesa, concentradísimos, compartiendo sus hallazgos mientras cerraban los ojos para poner en acción la pituitaria y resto de órganos que miden la calidad de las tortillas presentadas.

Su fallo ya lo habrá conocido el improbable lector en las páginas del suplemento Degusta que publica esta casa cada sábado. Ganó de nuevo el Serenella en la categoría tradicional y el Némesis en la que añade algún otro ingrediente. Escoltaron al primero en el podio la Taberna de Baco y el Ibiza, mientras que al segundo le acompañaron el Oslo II y el Picasso. La Casquería, el bar alojado enfrente del periódico, se llevó el premio del público y La Taberna de Baco repitió éxito: también se adjudicó el premio convocado por Coca Cola por su imaginativo diseño. Tuvo mérito: debieron imponerse a una cincuentena de participantes, ese número limitado por la organización para evitar aglomeraciones el día de la final y para procurar que el jurado no se vea desbordado. Hubo quien intentó apuntarse a última hora y ya no pudo: cerrado el control de firmas. Lo cual desvela el éxito del concurso, aunque su auténtico impacto se genera en sus barras. Donde desembarcarán a partir de ahora los clientes ahítos de satisfacer tanto su apetito como su curiosidad: para saber, en consecuencia, si preparan en estos bares la tortilla mejor que en su casa.

P. D. El debate sobre la mejor tortilla logroñesa admite todo tipo de aportaciones; entre ellas, saber si sabe mejor elaborada al estilo tradicional o cuando se agregan elementos innovadores. De entre las que yo caté, debo confesar que me conquistó el sabor de las primeras: clásico que es uno. Aunque lo mejor de este certamen, cuyos resultados no deben tomarse como prueba científica sino como una invitación empírica que admite por supuesto otras valoraciones, viene luego. Cuando ocurre lo antedicho: cuando los concursantes premiados lucen en sus negocios el cartelito que les acredita como tales, atraen a una clientela nueva y acaban con los músculos maltrechos de tanto batir huevos, tanta sartén volteada y tanto plato servido a velocidad de vértigo. La parroquia conspicua, de paso, puede presumir de que ella ya lo sabía: que ya sabía que en esa barra de su predilección se despachaba una tortilla fetén. Unos y otros, los feligreses recién llegados y los veteranos, contribuyen a mejor las finanzas del local ganador gracias a su tortilla. Con o sin.

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Logroñeses para el mundo
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Jorge Alacid | 14-05-2018 | 07:28| 0
Entrevistado por Canal Viajar, en Delicia Croqueta

 

La imagen que ilustra estas líneas se tomó hace unos días, en el establecimiento que las hermanas Loro acaban de abrir en la calle San Agustín. Se observa a quien esto escribe (perdón por el ataque de importancia, que diría Valdano) mientras atiende al equipo enviado por Canal Viajar para que recorriera con ellos los bares del centro de Logroño un sábado cualquiera, explicando sus virtudes a la audiencia que pasado el próximo verano podrá ver en sus pantallas el resultado de tantos desvelos. Respondía de esta manera a una invitación de la productora del programa llamado Ciudades de Noche, que se exhibe en Movistar Plus: sus ideólogos querían dedicar una entrada a Logroño y pensaron que esa parte de las rondas nocturnas de tragos y bocados podían tenerme como cicerone. Otros lugareños sirvieron para semejante propósito en franjas igualmente noctívagas: entre todos procuramos que, sobre todo quienes no conocen nuestra ciudad, sintieran que se están perdiendo algo. Espero haber contribuido con mi cuota alícuota.

Fue una invitación en cierto sentido envenenada. Tenía que elegir a cuatro bares. Sólo cuatro. En ellos debía condensar la experiencia que un indígena ha ido haciendo suya cuando se responde a sí mismo a esa pregunta: qué significa ir de bares por Logroño. De modo que a la hora de decantarme por unos o por otros, luego de darle alguna vuelta al caletre, concluí que que, más que en su condición de bares, debía pensar en esos cuatro elegidos como referencias. Como hitos para un viaje por la noche logroñesa a lo largo de su historia. Bares cuyo espíritu pudieran compartir también sus propias competidores locales: todos ellos forman parte de la misma gloriosa baraja de locales logroñeses. Integran una paleta común. Decidí que, aunque escogiera a los que finalmente elegí, quienes no aparecieran en el programa pudieran sentirse representados.

Bajo esa pretensión ideé un viaje por Logroño que seguía los preceptos de tantos y tantos veteranos de mil barras, a quienes debo la información de que, en realidad, la costumbre de las rondas nocturnas se inició no tanto en Laurel y alrededores como imaginamos sus nietos, sino en la calle Mayor y aledaños. De modo que me pareció que guardaba cierta justicia poética atacar el programa empezando por ahí. Por la calle Mayor. Me decanté por El Guardaviñas como símbolo de que las antiguas tabernas donde se destetaron como clientes los miembros de la generación de nuestros abuelos admiten una versión contemporánea que puede contribuir a dotar de un perfil renovado a la calle. Además, El Guardaviñas, como otros bares hermanos, fusiona con acierto en su carta de bocados (recetas clásicas adaptadas a los nuevos tiempos) y en la de tragos (referencias tradicionales de Rioja junto con las propuestas de los vinateros rocanroleros) esa doble alma: amor por las raíces, revisitadas a la luz de la modernidad.

Siguiente etapa: de la Mayor, a la Laurel. A cuyas puertas expliqué al improbable público las particularidades de nuestra calle más célebre, cuyas puertas franquea la Taberna del Tío Blas. Otro ejemplo de renovación que no por casualidad se aloja en una antigua farmacia, lo cual me dio pie para relatar a la audiencia un aspecto clave de la experiencia como parroquianos de nuestros bares predilectos: que son también farmacias. Administran con buen tino sus productos para aliviar nuestros maltratados espíritus y ayudar a sanarnos. A curarnos de males desconocidos, según las normas que el sentido común prescribe: porque estos bares/farmacia sirven, sobre todo, para celebrar la vida. Para festejarla. Para exaltar los valores de la camaradería y la amistad: de Logroño, para el mundo.

La visita por Laurel tuvo que incluir la advertencia que cualquier feligrés autóctono ya conoce: que en realidad la calle es una y trina. Al río madre se le añaden esos dos afluentes que tributan por su derecha, Albornoz y Travesía, las cuales desembocan a su vez en una cuarta calle que coloquialmente forma parte del mismo viaje: San Agustín. Que dispone de su propia personalidad, por supuesto, aunque incluida en el imaginario colectivo dentro del mismo concepto: el concepto Laurel. Con su leyenda sobre libertinas damas que adornaban con esas hojitas sus balcones para demostrar su predisposición al combate amoroso y resto de mitos locales: si non e vero… Etcétera. Así que se entenderá que nuestra ruta incluyera una reflexión semejante en torno a lo viejo y lo nuevo. Los bares de toda la vida y los recién llegados.

Y entre estos últimos, neófitos de ultimísima hora, Divina Croqueta. El mencionado local que las hermanas Loro han plantado entre nosotros luego de su trayecto desde Sorzano, a mayor gloria de la apabullante lista de croquetas que, en efecto, se despacha en este bar situado en el tramo final de San Agustín. Que además homenajea a los negocios de esa misma zona con una ensalada de tomate tan propia de otros bares vecinos que tiene truco: porque se oculta tras un trampantojo cuyos ingredientes no desvelaré y porque, aunque rinde tributo al amigo Manolo de El Soldado, en realidad el interesado no se da por aludido. No tenía ni idea, aunque agradece el detalle.

Lo sé de primera mano porque así nos lo confesó en la siguiente parada de nuestra ruta: de lo novísimo, a lo tradicional. El Soldado, bar del linaje propio de las bodeguillas tan caras antaño a Logroño, representaba en este itinerario para quienes menos conocen nuestros hábitos en materia de bares la entronización de aquellos establecimientos donde los clientes acudían con sus fiambreras para que les despacharan el vino, adornado a veces con algunas viandas características de estos locales. Lo proclama Manolo siempre que puede y lo proclamó igualmente ante la cámara de Canal Viajar, que se había enamorado de su verbo fácil y dicharachero. También se dejó conquistar por su endiablada habilidad para cortar el tomate de la ensalada famosa, cuyos secretos se resiste a desvelar: Manolo, ya se sabe, es un caballero.

De modo que concluida la gira por Logroño de noche, antes que nuestros invitados siguieran con su paseo por las zonas de copas indígenas en manos de otros anfitriones que tuvieron la amabilidad de relevarme, me retiré a la medianoche luego de pasearles por el Moderno, un café que les excitaba la curiosidad porque es más que un café: es un icono. También ha sido escenario de alguna película, como Calle Mayor, cuyo rodaje intrigaba igualmente a los amigos de Canal Viajar. Allá acabamos la singladura: en la Calle Mayor del cine, que en realidad es Portales. Una metáfora. El viaje moría donde se inició. De la auténtica Mayor a su encarnación cinematográfica. Con una reflexión en voz alta que me permití compartir con quienes alguna vez se asomen a su televisor y vean cómo es Logroño a la luz de la luna: la alianza que sellan en ese punto las trayectorias de nuestro inmortal Rafael Azcona con la de Juan Antonio Bardem, director de la legendaria cinta. Para ellos hace años que se hizo de noche. Al menos, a nosotros nos sigue iluminando el recuerdo que dejaron en nuestra memoria a la altura de un bar. A la altura de Los Leones: aquel bar de bares. El bar de cuando en Logroño no se ponía el sol.

P. D. Como preámbulo a la visita guiada por Logroño (de noche) en sus bares, tuve el privilegio de dirigir un periplo similar un día antes a un grupo formado igualmente por periodistas. En este caso, chinos. A quienes conduje hacia un itinerario más contenido: como querían saber qué se cuece en las cocinas de un típico bar logroñés, puse al equipo de informadores asiáticos en la jurisdicción de la Taberna de Baco, donde les atendieron con la hospitalidad conocida. Pedro y sus chicas explicaron las entrañas de su oficio, prepararon sus suculentos platos para asombro y delicia de los recién llegados y regaron las viandas con buen vino de Rioja, el favorito de aquel país de entre todas las denominaciones españolas. El proyecto se denomina ‘Un paseo por las Españas‘, lo cual no sé muy bien qué quiere decir: yo me limité a guiarles por Logroño. Que al cierre de esta edición, sigue siendo uno.

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La Europa de los cafés
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Jorge Alacid | 04-05-2018 | 11:14| 2
Interior del Café Moderno de Logroño. Foto de Justo Rodríguez

 

Cada cual tiene su lugar en el mundo. Ese sitio especial, depositario de una magia distinta, donde uno reconoce a su auténtico yo y se confiesa a gusto consigo mismo y con cuanto le rodea. No son muchos lugares. Suelen ser privados (tu sofá favorito, ese rincón del estudio desde donde divisas tus fotos predilectas, un libro en el regazo, tu banda sonora preferida acunándote) pero también pueden ser públicos. Lugares cargados de memoria. Memoria personal y memoria compartida: ese lugar por donde pasaron tantas otras almas antes de que tú ingresaras en ese espacio y también lo hicieras tuyo. El sitio de tu recreo.

Un bar, por ejemplo. Pero no cualquier bar: de entre toda la baraja que forma el conjunto de barras diseminadas por el universo mundo, tiendo a decantarme por el café. Esa tipología puebla mis fantasías más prosaicas. Me veo a mí mismo vagando por el Viejo Continente, curioseando por sus ciudades, dejándome llevar por París, Roma o Berlín hasta desembocar en el café totémico de cualquiera de ellas. Pedir una mesita interior tras la brillante cristalera de buena mañana para maravillarme con el milagro de la vida. O aposentarme en el velador exterior y alcanzar este tipo de dicha sutil y humilde, aunque profunda, antes mencionada: el gozo de sentir que ese es tu lugar del mundo. Observar la legendaria coreografía que ejecutan los camareros de blanquérrimo mandillón, gobernando a la clientela con discreta mano izquierda y elevado sentido del oficio. Atacar el café luego de elegir alguna gollería de entre las golosinas que surten su barra y dedicarme a perder el tiempo. Esa lentitud, la vida contada a fotogramas. Y observar. Mi pasatiempo favorito.

Convertirme en observador de la naturaleza humana, como reclamaba Dickens a sus héroes del Club Pickwick. Un entretenimiento que alcanza la categoría de epifanía (una epifanía cotidiana: valga el oxímoron) ese día en que, luego de deambular por los bulevares de París por ejemplo, te detienes en el Café de la Paix, ocupas tu silla con su respaldo de hermoso mimbre entrelazado apuntando hacia la gloriosa Ópera de Garnier y ves pasar el mundo ante sus admirados ojos. Si cito este local parisino es porque tengo para mí que en Francia se cuida especialmente esta clase de establecimiento: entre los regalos que la cultura del país de Napoleón (y de Brigitte Bardot) derramó entre nosotros, no me parece menor la ejemplar expansión por el continente de su devoción por el entronizado café. Sólo en la capital se alojan unos cuantos de ellos de acusada categoría y célebre trayectoria; quien viaje por el interior del hexágono, observará que además cada ciudad dispone de su propia versión. El café es tan francés como el cruasán, la baguette o el pastis. O como Brigitte Bardot.

Así que anote el improbable lector a los cafés de París los que pueda encontrar por Burdeos, Pau o Reims. O por Toulouse, Aix-en-Provence, Rennes o Nantes. Y despliegue con ellos un espléndido mapa que puede completar con los que vaya conociendo por el resto de países europeos que cultiva esta misma religión. Esa Europa de los cafés es un invento colosal. La Europa del civismo. La Europa de la urbanidad y las buenas costumbres. La Europa donde se lee el periódico de buena mañana mientras te tomas un expreso es la Europa que debería sobrevivir incluso en caso de cataclismo nuclear. La Europa que deberíamos preservar en nuestros corazones como el tesoro que es: el territorio del civismo y la compasión. La Europa que forman el romano Caffe della Pace (un recodo de ensueño) o el veneciano Florian (con vistas a la plaza de San Marcos: inolvidable siempre, pero especialmente si cae la noche y una niebla fantasmal llega desde el mar vecino) o el florentino Giubbe Rosse, de elegante mobiliario art déco. Los cafés sigilosos de Berlín, donde parece siempre a punto de dejarse caer por allí algún personaje de Le Carré. Los cafés multicolores de Amsterdam, ricos en admirable diversidad humana (tan ricos como la tarta de manzana que sirven en el coqueto Winkel). Los discretos cafés portugueses, donde el tiempo se detiene y se vuelve (o así me lo parece a mí) más literario: en cualquier momento nos saludará el amigo Pessoa. Los melancólicos cafés de Praga, como el Slavia, que ofrece una insuperable puesta de Sol y un escalofrío soviético. O los majestuosos cafés de Bruselas, desde cuyos ventanales puede el observador avispado detenerse en la contemplación del concepto de decadencia. Que también es muy europeo.

Si reparo hoy en todos esos hitos geográficos y sentimentales que configuran la Europa de los cafés es por una doble razón. La primera, muy obvia: que este próximo miércoles se celebra el Día de Europa, efeméride a la cual contribuye modestamente este blog con las aportaciones que le son propias. Es decir, elucubrando sobre Europa en sus bares. Y dos: porque me llega la feliz noticia de que el querido Café Moderno, el más café de entre los cafés logroñeses, acaba de ingresar en la prestigiosa orden llamada Asociación Europea de Cafés Históricos, que registra la pertenencia de otros célebres establecimientos. Entre ellos, por supuesto, unos cuantos españoles, que edifican un territorio magnífico, un país independiente: más le valdría a nuestra maltratada patria atender el mandato que cada día se orquesta en todos ellos en favor de una sociedad menos cainita, menos ruidosa, menos histérica. Más civilizada. La España de los cafés sería un partido estupendo para otorgarle nuestra papeleta. La España los cafés catalanes, por ejemplo, y perdón por este otro oxímoron. La España del recuperado Comercial de Madrid. La del Novelty de Salamanca. La del Iruña pamplonés. La de tantos y tantos cafés esparcidos por la geografía nacional ya desaparecidos, incluyendo alguno logroñés. La España que pudo haber sido: la que todavía merece la pena. La España europea de verdad.

Mi lugar en el mundo.

P.D. Ya ha aparecido aquí en otras oportunidades el local que la familia Moracia regenta en la plaza de Martínez Zaporta, un estupendo negocio que acaba de soplar sus cien primeras velas por todo lo alto, fiestón incluido. Ocurrió a lo largo del 2016, festejando durante todo el año su apertura como Café Madrid allá en 1916, antes de ser bautizado como Novelty (sí, como el salmantino) y mucho antes de ser denominado Moderno, la nomenclatura elegida por el abuelo Mariano para cruzar el siglo desde la temprana y trágica fecha de 1936. Ahora, forma parte de esa ruta de 29 cafés históricos europeos que sirve como espinazo del sueño continental. Una atractiva ruta a través de la historia, la geografía y las emociones compartidas.

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Bares lindos y queridos
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Jorge Alacid | 27-04-2018 | 08:19| 0
Los tres bares de la promoción Ciudad de México. Foto de Justo Rodríguez

 

He olvidado la primera vez en que alguien me habló del Ciudad de México. ¿México? ¿México en Logroño? Resultó que algún benemérito constructor logroñés había ideado bautizar con ese cariñoso recordatorio al país hermano una promoción de viviendas que empezaba a elevarse allá donde la ciudad casi dejaba de serlo. Una feliz ocurrencia: aquella urbanización, dotada de elementos muy avanzados para la época, se convirtió en una referencia local, lo cual da idea del tamaño de su éxito. Porque toda esa manzana, y casi el barrio incluido, empezó a denominarse de esa manera en la jerga logroñesa: donde el México, se decía y todavía se dice, y todo el mundo entendía y entiende de qué estamos hablando. De ese rincón de Vara de Rey, frente al colegio de las Escolapias, donde no sólo se levantaban esos pisos célebres: también daba nombre la misma voz al bar que pronto se instaló entre ellos. Ocupando un local en una bajera, dotado de terraza frontal y de otra emboscada junto a la puerta trasera, que durante años defendió con maestría el amigo Ángel.

El México, que ha aparecido aquí otras veces, representaba el ideal de cualquier hostelero: un bar que casi nunca cerraba. Abría para el desayuno temprano y la bola empezaba a correr: el cafelito de media mañana, el reparador tentempié del mediodía, el aperitivo… Ofrecía también almuerzos y pronto se convirtieron en famosas sus sobremesas bien regadas de cafés y naipes, las meriendas de las criaturas cuyos progenitores acababan de recogerlas del cole, el vino vespertino acompañado de algún bocado… Las cenas, las recenas y las copas que se asomaban a la medianoche… Lo dicho: un bar que parecía infinito. Donde además estaban aseguradas las risas si le hacías a Ángel el favor de hacer como que sus chistes tenían gracia…

Alineada con el patrón, la plantilla de camareros aseguraba un servicio profesional y eficaz, de modo que se entenderá lo antedicho: el enorme impacto que generó en aquel Logroño que se dispuso a crecer en la misma dirección. Hacia el sur. De modo que se explica que a su vera brotara años después otro bar que se instalaría en su exitosa estela y aceptó también la nomenclatura azteca. Nació el Monterrey. Y las gentes de este periódico fueron todavía más felices: ya tenían un sitio más donde abrevar a la salida del trabajo o mientras esperaban que llegara el teletipo de última hora. Como ambos bares nos quedan enfrente, se entenderá la predilección que en esta casa se reserva para ambos locales, para sus fundadores por supuesto y para quienes luego los defendieron…

… Hasta esta hora presente, cuando esa breve manzana puede presumir de disponer de una jugosa oferta en materia de bares, garantizada con la sola presencia de tres locales. Porque a los dos citados, que mantienen competitivo su nivel, se unió hace algún lustro la renovación emprendida por El Andén, que dejó de ser la degustación de café de antaño para convertirse en un negocio multitarea, igual que sus hermanos de acera. Desde temprana hora bulle la barra, donde según mi experiencia se sirve (milagro, milagro) un estupendo cafelito, perfecto de punto. Tan perfecto como su otra gran baza para gozo de la clientela: la caña. Muy, muy bien tirada: los camareros de El Andén parecen de Madrid. Y puesto que el servicio es eficaz y discreto, la música de fondo no molesta sino que se agradece y la barra se dispone bien surtida de gollerías… El éxito se da por descontado.

Como también es el caso del vecino Monterrey, que puede alardear de esa misma oferta de su vecino competidor y añade además su vocación por las copas nocturnas, una franja que ocupa con sobresaliente respuesta de público puesto que figura en el ADN fundacional de la familia que tantos años ocupó este local, los Zapata. Sirven por cierto una barra muy rica en manjares de todo tipo: ya se mencionó aquí sus estupendos morros. Gloria bendita. Y su carta de vinos, también como la propia de El Andén, me parece muy acabada. Otros dos bares lindos y queridos.

Concluye el paseo ahí al lado, en el México originario. Que ahora se denomina Porto Vecchio y, como otras ramas de la misma familia, se distingue por el producto estrella: la tortilla de patata. Que recuerda al bocado inaugural, esas tortillas nacidas en los fogones de la misma familia allá en el Porto Novo, de cuando el Tontodrómo era eso: el lugar donde había que estar. Para ver y ser visto. De aquel Porto Novo nacieron unos cuantos bares denominados Porto Vecchio: por ejemplo, el de Vara de Rey, que cuenta además, como el anexo Monterrey, con la discreta terracita del fondo. Esos veladores donde tantos y tantos logroñeses que hoy ya están pensando si les quedará paga cuando se jubilen celebraron algún cumpleaños o su primera comunión. Fiestas infantiles, fiestas familiares, amenizadas a menudo no sólo por el mejorable ingenio de Ángel contando chistes: también atacaba de vez en cuando su acordeón. Que dejó de sonar cuando abandonó su negocio, aunque Ángel nunca dejó Logroño: lo verá usted de vez en cuando como yo, por estas calles que son las nuestras, recordando los felices días pasados al frente de su bar. Que hizo bueno a su manera el mandato bíblico: dar de comer al hambriento y de beber al sediento. Sobre todo, a tanto hambriento y sediento periodista de esta casa.

P.D. Se puede perpetrar una ronda de solo tres bares y quedar saciado, sobre todo porque las barras están bien dispuestas de una rica oferta multicolor, como lo demuestran cada día los alojados en tan breve tramo de Vara de Rey. Quien se quede con ganas de proseguir su itinerario, allá en el cruce con la Circunvalación dispone de otra barra, la del Sándalo. O dirigir sus pasos hacia el norte, donde se alza el Ciudad Jardín y también el Comodoro. Y hay otra opción: doblar la esquina por Poeta Prudencio e ingresar en el periplo que se ofrece por el barrio de Cascajos. Pero esa es otra historia.

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El vino tenía un precio… superior
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Jorge Alacid | 20-04-2018 | 17:52| 0
De vinos por Logroño. Foto de Justo Rodríguez

 

En anteriores capítulos, ya se mencionó en este espacio las vicisitudes vividas por el vino de Rioja en nuestros bares conspicuos, alrededor de los avatares acaecidos con ocasión de cada subida de precio. Desde aquel legendario boicot de los años 80, protagonizado por la chavalería de entonces, enervada a consecuencia de las tarifas disparatadas con que tropezaron sus pasos una tarde por la calle Laurel, a más recientes peripecias, que me sirvieron para otras entregas donde, gracias al auxilio de unos cuantos maestros en el arte del chiquiteo, reflexionaba en torno a cuánto debía cobrarse un vino de Rioja, fuera del año o crianza. Y alcanzaba una modesta conclusión: que en la política de precios cada local aplicaba la barra libre. Nunca mejor dicho.

Si regreso ahora sobre aquellas pistas es porque en un establecimiento de confianza del Logroño castizo me acaban de advertir en torno al impacto que tiene sobre sus tarifas otra subida más reciente: la registrada en origen por las bodegas que les proveen de vino de Rioja. Según su alarmado relato, luego de unos cuantos años conteniendo el precio de la copa de vino del año en los 80 céntimos, lleva unas semanas ya sirviéndolo a 90, fruto de la escalada similar registrada entre las bodegas que le abastecen. “Y no veo que los clientes protesten”, asegura esta amable tabernera. De donde deduce que en otros bares lo encontrarán más caro: “Seguro que por ahí lo están cobrando a un euro”. Se refiere, en concreto, a la celebrada marca Muñarrate, un tinto estupendo que cuenta también con las complacencias de quien esto escribe…

…Que se ha tomado la molestia de frecuentar otras barras y corroborar que, en efecto, el Muñarrate se está tarifando a un euro en más de una de ellas. Lo cual ratifican otros amigos chiquiteadores, quienes advierten lo siguiente: a) que prácticamente el precio del tinto joven a un euro se encuentra ya unificado entre la hostelería logroñesa. Y b) que hay locales donde incluso se cobran a 1,20 (Ostatu), a 1,40 (Murmurón) y escalan hasta 1,50 (Albiker). También hay quien resiste: el amigo Miguel, famoso entre nosotros defendiendo en Laurel su singular casa de Sierra La Hez, mantiene a 0,80 otro vino igual de estupendo que los arriba citados, el Urrechu.

Resumen. El chiquiteador humilde, el paisano que solo o en compañía de otros colegas mantenía viva la llama de tan acendrada tradición, observa cómo se complica su pasatiempo favorito porque según las últimas noticias llegadas a esta redacción las pagas de nuestros jubilados se contienen tanto como las nóminas de los asalariados. Ir de vinos, aunque sean del año, se convierte en un entretenimiento más caro que de costumbre. Y la culpa, ya se sabe: la tienen los forasteros. Forasteros de dos clases. El turista, por supuesto, que allega su derrama en forma de euros a los bares castizos durante la ingesta del fin de semana y provoca un efecto inflacionista sobre quienes soportan esa tradición de lunes a viernes. Y otro tipo de forastero: el forastero indígena, valga la paradoja. Esto es, aquel que visita Laurel y aledaños muy de vez en cuando: viernes y sábados, por ejemplo. El nuevo chiquiteador.

Así que haga usted, improbable lector, las cuentas, como si esto fuera el ‘Un, dos, tres’. Un tinto joven, a un euro, multiplicado por cuatro rondas, da como resultado cuatro euros por cada tarde. Por cinco días laborables, 20 euros. Si se alterna también al mediodía a semejante ritmo, 40 euros entre lunes y vienes, donde hace unas semanas, a 80 céntimos la copa, la cuenta salía por ocho euros menos si Pitágoras no me confunde. Semana tras semana, cuando vence el mes, la diferencia se va ensanchando, para dolor del bolsillo de quien sufra semejante subida. En el bar donde me avisaron de cómo empezaban a repercutir entre la parroquia el alza de precios que habían notado en origen también me aseguraron que no tenían más remedio. Que llevaban tiempo aguantando hasta que no han podido más. Y que lo sienten de verdad por esos abuelos que son sus clientes más fieles, cuya billetera juzgan menguada. Pero que puesto que en esa barra que no mencionaré se limitan a una subida de diez céntimos y dejan todavía la copa de vino del año por debajo del euro, habrá que concluir que su política de precios parece (todavía) bastante razonable. Hay tarifas más disparatadas, que con probabilidad atenderán a las leyes del mercado, pero no sé… Me malicio que fomentar el consumo (responsable, ojo) del néctar más riojano choca con esta reciente estrategia desestabilizadora, puesto que tarifarlos a precios exagerados puede conducirnos a un escenario temible: acabaríamos bebiendo por encima de nuestras posibilidades.

Continuará.

P.D. Hablando de vinos, cómo no iba a recoger este blog la alborozada noticia del regreso de El Guardaviñas de la calle Mayor, local ya mencionado en otras ocasiones que cuenta con distintos atractivos (por ejemplo: en su carta de tapeo figuran las ancas de rana) más allá de su interesante carta de vinos. Que no ignora otras denominaciones foráneas pero que rinde como debería ser norma en Logroño tributo a los vinos de Rioja, como se puede observar en la fotografía que ilustra estas líneas: su hermosa pizarra, de sabroso retrogusto.

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Café teatro
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Jorge Alacid | 13-04-2018 | 07:26| 0
La Sala Negra, en la calle Lardero. Foto de Justo Rodríguez

 

Yo he visto cosas que vosotros no creeriáis (segunda parte). Por ejemplo, la sala Gonzalo de Berceo (antaño, Cine Rialto; hogaño, Filmoteca Rafael Azcona) convertida en cabaret, dispuestas por el patio de butacas las canónicas sillas thonet alrededor de las correspondientes mesitas y las buenas gentes de la Escuela de Teatro atacando las cumbres del music-hall. He visto asimismo un desternillante café cantante en los salones deslumbrantes del venerable Círculo Logroñés, función que se fundió a negro mientras una célebre vedette se sentaba a horcajadas de un político socialista de la época, quien recién liquidada su americana de pana se veía sometido a todo tipo de tocamientos, celebrados a carcajadas por el resto de la parroquia. Y he visto músicas, teatros y vodeviles acompañando la ingesta de alcoholes en nuestras barras predilectas, aunque hasta ahora no había visto lo contrario. Otra cosa que vosotros… Etcétera. Un teatro que también es un bar. No al contrario, como era norma por Logroño.

El descubrimiento es reciente y tiene algo de epifanía. La Sala Negra se aloja en la maltratada calle Lardero, uno de esos rincones de Logroño al que profeso afecto antiguo pero que evito transitar siempre que puedo: hay zonas de la ciudad que son un ataque contra el buen gusto. Y contra mi corazón tan logroñés, que todavía recuerda cuando aquella calle y las aledañas no habían sido objeto de la ira municipal, combinada con la desidia campante. Así que ese es el primer milagro: todo un prodigio que sobrevivan almas sensibles entre nosotros dispuestas a liarse los euros a la cabeza y levantar un teatro. Que no por lo pequeño de sus dimensiones deja de ser gran proeza.

Me parece que ahí es donde reside la auténtica magia de semejante empeño, que sirve para precipitar estas líneas: dedicar un espacio tan coquetamente organizado para que suceda algo memorable. Los promotores (no tengo el gusto, pero aquí allego mi más sincera enhorabuena y el testimonio de mi consideración más distinguida) han debido pensar que habitan entre nosotros ciudadanos que conservan algo de curiosidad, miembros de un potencial público predispuestos a dejarse seducir por un menú muy suculento: formado por unos cuantos tragos, por supuesto, pero sobre todo por las viejas disciplinas artísticas que se resisten a abandonar esta civilización. El teatro, desde luego, en distintas encarnaciones (el dirigido al público infantil, por ejemplo), pero también cine y música: todo cabe en esta caja mágica que hace honor a su nombre. La Sala Negra.

 

Interior del local. Foto de Justo Rodríguez

 

Porque es una sala y porque es negra. Cuando ingresa el visitante, le deslumbra precisamente la ausencia de luz (valga la paradoja). Se guía por su instinto, orientados sus pasos por una tenue iluminación que garantiza el efecto deseado (un suponer, claro): que el espacio, su propia magnitud, se apodere del espíritu de quienes lo habitan. Allá al fondo se divisa el escenario breve, con su telón esperando a ser descubierto. En la otra esquina, una escaleras dibujan un imaginario podio por donde se irán diseminando los potenciales espectadores que acudan al reclamo de la programación: una manera de organizar estos metros cuadrados que algo tiene de tributo sutil al anfiteatro clásico (también otro suponer). Quienes además pueden elegir para disfrutar de la velada la opción velador, y discúlpese en tontorrón juego de palabras: entre el escenario y el fondo de la sala se ofrecen unas mesitas para la ingesta de cafés, infusiones, cervezas o combinados, despachados con profesionalidad y sentido del oficio según mi experiencia por un servicio que surge del ventanuco situado en uno de los laterales.

Eso es todo. Nada más y nada menos: porque menos es más, ya lo sentenció el sabio. En realidad, el cliente conspicuo nunca ha precisado de mucho adorno ambiental para procurarse un rato inolvidable en su bar favorito: a menudo, sobra todo aquello que nada aporte y sólo despiste. El ornamento también aquí es delito. Debe decirse algo parecido del propósito central de una sala de teatro: lo fundamental ocurre sobre las tablas. Allí arriba, encima del escenario. Y aquí abajo. Porque mientras saboreamos el cafelito (servido por cierto en su punto), nos conformamos con poco, que es mucho. Nos conformamos con que nadie arruine este ecosistema tan preciado, el rico humus donde pueden convivir en armonía dos ámbitos tan proteicos: el suculento universo teatral, el jugoso mundo de los bares. Sin estridencias. Con elegancia y buen gusto: justo lo que propone la Sala Negra.

Algo que vosotros no creeriáis.

P. D. No sólo de café viven los locales donde se puede mezclar (agitar, incluso) la fenomenología propia del mundo hostelero con las emociones propias de cada manifestación artística: en paralelo a la Sala Negra, acaba de reabrir sus puertas (no es un secreto, de acuerdo) la sala Stereo, icono de la calle Mayor, tótem de la noche logroñesa, templo de la música en directo. Prometo una próxima visita para relatar cuanto vea: tal vez, cosas que vosotros no creeriáis.

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