La Rioja
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Calle Laurel, huelga de chiquiteadores
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Jorge Alacid | 15-05-2017 | 07:33

Imagen de la calle Laurel a finales de los años 80. Foto de Enrique del Río

 

La fértil conversación que propicia este blog con algunos conspicuos corresponsales suele degenerar en surrealistas intercambios de pareceres, la mayoría en privado para mantener a los niños fuera de nuestro alcance. Algunas chácharas sí que alcanzan el éter público, pero la que dispara las líneas que vienen a continuación arrancó confidencialmente: si hoy ve la luz es porque con ocasión de una pieza antigua a propósito del Villa Rica, el amigo Néstor Santo Tomás (autor del dibujo que alguien recordará donde se veía a su cuadrilla tomando vinos y creador también de otra imagen con un mapa de los bares de Logroño de los años 80) recordó una tarde en que acudió alarmado a la redacción de esta casa que me alberga. Le acompañaba otro colega de andanzas por Laurel y alrededores, incendiado como él ante el dramático aumento de precio que acababa de experimentar el vino en sus bares de confianza.

Porque el vino, en efecto, tenía un precio. Pero era un precio tan exagerado para los chiguitos de entonces que no se les ocurrió otra cosa, bendita sea tanta inconsciencia, que presentarse en la redacción de Diario LA RIOJA y reclamar la presencia del redactor de guardia, quien por cierto todavía resiste entre estas paredes. Ante este compañero Néstor y compañía expresaron sus amargas quejas, sostenidas por una cifra fundamental: el número 30. Porque a 30 pesetas se acababa de elevar el chato de tinto, desde las 25 hasta entonces imperantes, una subida de cinco calas que generó un alud de protestas… de las que servidor todo lo ignoraba. Y como advertía, tampoco se acordaba aquel colega que recibió la indignación de Santo Tomás y resto de chiquiteadores, a quienes les flaqueaba también la memoria: sabían que fue después de San Mateo, pero no recordaban el año. ¿1986? ¿Tal vez el año siguiente?

Primera visita a la hemeroteca. Éxito nulo. Pasamos a la siguiente pantalla: preguntar, como buen periodista. De nuevo, sin éxito. Manolo responde encogiéndose de hombros desde la barra de El Soldado de Tudelilla: “Aquello me suena, pero no tuvo mucho… Esto. ¿Cómo se dice ahora? Mucho discurso”. Como observamos, el arquitecto de las célebres ensaladas se ha levantado sarcástico, pero empiezan a aflorar los recuerdos hacia fechas más lejanas y esto me cuenta a continuación: “Cuando verdaderamente se castigó al cliente fue cuando se subió de 50 céntimos a una peseta pero cuídate: eso fue a finales de los 50 o primeros años 60”. Y añade mientras riega de vinagre sus legendarios tomates: “Fue una verdadera revolución: la gente se ponía en la puerta del bar con una bota de vino: si veía que no habían subido el precio, entraba. Y si no, trago de vino de la bota”.

Todo muy homérico. Gracias, Manolo. Pero tu testimonio no ayuda mucho (la verdad) en nuestras pesquisas, que carecen también del auxilio del casi siempre eficaz Eduardo Gómez. Le suena, le suena la protesta popular, pero poco más. Así que acudimos a otra fuente cabal: Míchel, alma del Calderas, confirma que hacia 1980 “estaba el chiquito a 10 pesetas y una cántara nos costaba a los bares 850 pesetas; un año después”, prosigue su relato, “subió la cántara a 3.500 y en 1982, a 4.500”. “Una exageración”, opina. “Creo que entonces ya se puso el vino a 25 pesetas y que acabó la década así, más o menos”, añade. Con una advertencia adicional: “En aquellos tiempos, no todos los bares teníamos el mismo precio”. Lo cual tampoco ahora sucede a menudo, según la modesta experiencia de quien esto firma.

Pero volvamos al grano: a nuestras nuevas incursiones en la hemeroteca en busca de la noticia sobre aquel remoto plante de chiquiteadores. Gatillazo tras gatillazo, recurro otra vez al amigo Juan Luis Varona, habitual de esta sección en su condición de leal lector. Un memorión, que suele garantizar información exacta y fiable. Pero esta vez sin éxito. Sí, también le suena aquella airada protesta de sus colegas de cuadrilla, que sitúa hacia mediados los años 80 pero… Nada más. Así que va pasando el tiempo, uno no termina de datar aquel acontecimiento y cree llegada la hora de compartir sus cuitas con el improbable lector. No tanto por saber si algún alma caritativa arroja algo de luz, sino por iluminar humildemente aquel pasado no tan lejano en que las cuadrillas todavía perpetraban sus romerías por Laurel y alrededores a razón de una ronda diaria, el vinazo se servía en vasos de duralex y el chiquiteador salía de casa dotado de un perfil beligerante que, ay, ahora algunos añoramos: aquel parroquiano logroñés no permitía que le tomaran el pelo en sus barras de confianza y lo denunciaba donde debía. En las páginas de Diario LA RIOJA.

Lo cual certifica que, en efecto, cualquier tiempo pasado fue anterior.

P.D. Intrigado por esta viejuna polémica, recurrí también al célebre bloguero Fernando Bóbeda, a quien recomiendo seguir en esta dirección, porque además mantiene la inveterada costumbre de homenajear al vino de Rioja por nuestras rondas más castizas. No, tampoco le suena aquella controversia, pero sí que aprovecha para comprometerse a compartir en este espacio sus reflexiones en torno a la cuestión central: a cuánto se tarifa hoy un vino en Laurel, San Juan y alrededores. Así que, como los folletines antiguos, continuará.