La Rioja
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Bares entre los bares
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Jorge Alacid | 30-06-2017 | 07:36

 

Durante el recién acabado curso escolar, el suplemento Degusta que publica cada semana Diario LA RIOJA incluía el último sábado de mes un reportaje dedicado a realzar la biografía de algunos de nuestros camareros logroñeses favoritos. Cuyas peripecias saltaban luego al mundo digital, puesto que protagonizaban la entrada semanal que Logroño en sus bares despacha a sus improbables lectores. El criterio de selección era muy sencillo: sólo aparecían los camareros que me dieran la gana. Claro está, con algunos requisitos previos: que contaran a sus espaldas con una densa y proteica trayectoria. Que sus bares se hubieran convertido en faro, guía y brújula de sus potenciales clientes. Que estuviera en el conjunto de ellos representada la rica diversidad del sector. Y que me cayeran bien: avinagrados, abstenerse.

La mayoría de los reportajes, luego de detenerse en la vida (y milagros) de sus protagonistas, desembocaba en una playa común, donde se les proponía un juego que a buena parte de ellos les desconcertaba. Se trataba de que pue por un momento saltaran al otro lado de la barra. Que cavilaran a qué bares dirigían sus pasos cuando mandaban el delantal al tinte, bajaban la persiana y abandonaban el propio negocio. Porque de sus respuestas se podría deducir qué locales son los favoritos de quienes más saben de esto. Una especie de bares entre los bares. El bar por excelencia.

Error. Repasando ahora las respuestas recogidas entre los camareros seleccionados se observa una tendencia que conduce nuestras conclusiones a un escenario diferente. En primer lugar, porque la práctica totalidad de los entrevistados reconocía que este es un oficio sacrificado como pocos, de modo que cuando desertan de su propio bar resulta muy habitual que se entretengan con cualquier otra cosa que no les recuerde su rutina, tan esclava. Que lo último que quieran es ir a otro bar. Además, coincidían unos cuantos en confesar que cuando se marchan a tomar algo por ahí suelen decantarse por los bares que tienen más a mano, sin grandes cavilaciones. Así que los alojados en la Laurel se diseminan por esa calle, los de la San Juan otro tanto… Difícil encontrar por lo tanto una pauta. Propósito al que tampoco beneficiaba una tendencia observada en otros de los consultados: que solían elegir aquellos que tienen más cerca de casa.

Fin del preámbulo. Que por otro lado me parecía imprescindible para interpretar cabalmente lo que sigue: el recuento de los bares favoritos de nuestros camareros de confianza. La relación de bares que se enumeran es de postín: Soriano, Lorenzo, Alfonso, Junco, Eldorado, Sierra la Hez, García, Chufo, Gurugú y Taberna de Mere, local por cierto inactivo cuya fama legendaria justificaba su inclusión en la lista. Y la relación de bares que he recopilado, fruto de sus respuestas, es la que sigue:
Notre Dame
Virginia
Delicias
Claret
Cuatro
El Refugio
Samaray
Tastavin
Junco
El Soldado de Tudelilla
Gaudí
Galdós
Géminis
Samper
Álvaro
Alfonso
Mauleón II
La Encina
Camarote
Nuevo Plaza
San Mateo
Blanco y Negro
Jubera
Sebas

De todos ellos, sólo dos se mencionan más de una vez. Ambos, por duplicado. Claret y Junco. El resto son solitarias entradas que los camareros consultados disparan movidos por factores aleatorios. A menudo, sentimentales. Lo cual prueba que incluso los camareros tienen su corazoncito: les gusta, como a usted y como a mí, que les acojan con algún cariño al otro lado de la barra cuando ejercen de parroquianos, encontrar en sus locales predilectos esa clase de confort que buscamos mientras trasegamos nuestros tragos y bocados favoritos y, en sus respectivos casos, enhebrar tertulia con los colegas de oficio. Compartir inquietudes y también anécdotas comunes: porque durante la recopilación de este material me llamaba la atención que la mayor parte de ellos no sólo participaba de cavilaciones coincidentes, sino que integraban una especie de fraternidad. Algunos habían defendido antaño la misma barra o alguna otra vecina, habían tenido los mismos jefes o se encontraban en esa zona de sombra noctívaga que se extendía cuando todos eran más jóvenes y luego de cerrar el local propio tomaban la última copa (o la penúltima, o la antepenúltima) en los mismos sitios, una costumbre que hermana mucho. Hermana incluso a camareros y clientes, que forman en realidad la gran fratría donde los entrevistados se reconocen: esa clientela fiel forma parte de sus mejores recuerdos. Un estado de ánimo compartido al otro lado de la barra, por esa la parroquia constituida por sus incondicionales: unos y otros son como de la familia.

P. D. El relato colectivo que forman los testimonios recogidos por esta pléyade de camareros merece (a mi humilde juicio) un análisis más pormenorizado. Una especie de documento conjunto que sirva como radiografía de la hostelería logroñesa reciente, con evidente conexión con el mundo de la sociología, nivel amateur. Nuestros hábitos como clientes trazan un camino lleno de migas que sirven para conocernos algo mejor: sobre esta base, prometo novedades a la vuelta del verano. Continuará.