La Rioja
img
Diez pinchos de Logroño… para un amigo de Granada
img
Jorge Alacid | 25-01-2018 | 16:33

Diez tapas de diez bares de Logroño. Fotos de Justo Rodríguez

 

Semanas atrás, a propósito de una entrada que publiqué sobre el concurso que busca por La Rioja la mejor tapa servida en alguno de nuestros venerables bares, el amigo Javi F. Barrera me retó a un duelo incruento a través del éter. El caballero, periodista como quien esto firma, despliega en el diario hermano Ideal de Granada una interesante propuesta informativa llamada Cableados que en algo emparenta con este blog: también procura callejear en cuanto puede. Así que, fruto de su intuición, el autor de Cableados me planteaba un desafío: que publicara una nueva pieza donde proporcionara al improbable lector, e hipotético turista granadino, una serie de pistas para deambular por los bares de Logroño atacando sus pinchos más beneméritos.

Luego de darle alguna vuelta al asunto y compartir confidencias con el colega Barrera, acordamos cuanto sigue: que, en efecto, publicaría en este blog un artículo como el que ahora perpetro. Algo así como mis diez pinchos favoritos de Logroño. Mejor dicho, aquellos diez más celebres. Los indispensables, más o menos. No porque a mí me lo parezcan, sino porque observo a su alrededor un acabado consenso. Esos diez pinchos que, nos gusten más o nos gusten menos, son los que concitan cierta unanimidad, nunca absoluta. Afortunadamente. A esta pieza responderá el amigo Barrera con otra semejante, aunque ya me advierte de lo siguiente: que eliminará de ella las diez tapas que, como es saludable norma en la patria de Boabdil, ofrecen de regalo los bares granadinos. No: las que proponga la próxima semana serán aquellas que, como éstas que aquí se incluyen, serían las que un logroñés de visita por los alrededores de la Alhambra debería catar inexcusablemente si quiere forjarse una idea cabal de las habilidades culinarias de los bares granadinos.

Así que manos a la obra. Tras consultarlo con la almohada, y con algunas opiniones expertas, lanzo en esta apresurada relación diez pistas, que no solo se destinan a saciar la curiosidad del potencial público, sino a estimular el apetitito de quienes lo lean un día de éstos por Granada. Si además luego se animan dejarse caer por Logroño y comprobar por sí mismos lo atinado (o no) de mis recomendaciones, doblemente agradecido: por haberme leído y por hacerme caso. De modo que oído cocina, en riguroso orden alfabético, con todos ustedes. Dos puntos:

 

Bravas del Jubera

 

1. Bravas. Las del Jubera. Las hay por doquier repartidas en formato cazuelilla por todo el mapa logroñés, pero como ya advirtieron los lectores de este blog (y ellos no pueden equivocarse): las mejores patatas bravas se sirven en esta acreditada casa de la calle Laurel, antes bautizada como La Mejillonera (yo la sigo llamando así). Despachadas como le gustan a un servidor: con simpatía. Con mucha simpatía. Crujientes por fuera, mullidas por dentro, justas de picante y tarifadas a precios de antes del euro. Gloria bendita: santo y seña de Logroño. (Jubera, calle Laurel 18)

 

Bocata de calamares del Torres

 

2. Calamares. En raciones o en bocadillo, los amigos calamares alegran la ingesta de vino con tanta tenacidad como adaptación al ecosistema culinario-hostelero. Quiere decirse que entre pan y pan alcanza su mejor encarnación en el Torres de la calle San Juan, porque sus ideólogos tienen la buena idea de servirlo con una ejemplar salsa alioli sobre la que evito todo comentario: hay que probarlos. Estupendo el punto de fritura, mercancía de primera clase y modélico el servicio: hay otros calamares, pero no son los del Torres. (Bar Torres, calle San Juan 31)

 

Bar Soriano

 

3. Champi. Sí, también hay otros champis que no factura el Soriano de la Laurel (de su travesía, más exactamente) pero estos bocados han alcanzado justa fama por vaya usted a saber qué razón. Lo encantador del bar, por ejemplo, minúsculo espacio que atesora un atractivo insondable no sólo para el indígena, sino también para el forastero, allá penas si no sabe comerse el pincho como debería ser norma. De un bocado, qué importa si lo sirven abrasando y qué más da si la suculenta salsilla se derrama por la pechera. Con gamba o sin ella, el Soriano es mucho Soriano. (Bar Soriano, Travesía de Laurel 2)

 

Ensalada de El Soldado de Tudelilla

 

4. Ensalada de tomate. ¿Una ensalada es una tapa? Respuesta: sí. Sí… si la sirve el gran Manolo desde El Soldado de Tudelilla. No debemos llevarle la contraria porque amenazaría con contarnos un chiste. Y no, Manolo. No. Preferimos que saques del fregadero esos misteriosos tomates que siempre están maduros, los partas a la velocidad del rayo y les añadas a sus compañeras de viaje (gloriosa cebolla, jugosas aceitunas) antes de propinar el golpe genial. El toque maestro: sal, aceite y vinagre. Con el ingrediente fundamental: amor. Mucho amor. (El Soldado de Tudelilla, calle San Agustín 33)

 

Miguel, en la barra de La Hez

 

5. Gilda. Igual que el señor Fleming inventó la penicilina medio por descuido, nuestro inventor particular (Miguel le llaman) apareció un día por su bar de la Laurel (Sierra La Hez: con perdón) garrafón en ristre. Se le había echado a perder el vino que guardaba en casa pero una cata de urgencia confirmó el milagro: ese vinagre era un manjar de dioses, sólo apto para estómagos indómitos. Con ese néctar riega sus banderillas, concediendo un mimo especial a la amiga gilda, pincho tradicional que siempre admite reinvenciones. Finolis abstenerse. (Bar Sierra La Hez, Travesía de Laurel 1)

 

Alfonso y Elena, en su Mesón

 

6. Morros. Qué morros tienes, Alfonso: desde tu mesón de la calle Villegas despachas esta golosina marginada por lo culinariamente correcto, que depara grandes niveles de colesterol pero también inolvidables alegrías a quien los cata. Porque qué tienen tus morros, amigo Alfonso, que los hace iniguables. Será esa materia prima sin tacha, procedente de animales de toda garantía. o ese especiado mágico que afina su sabor. Aunque más me malicio que sea culpable de semejante placer la mano experta que en la cocina le procura un cariño sin igual. (Mesón Alfonso, calle Villegas 31)

 

Orejita del Perchas

 

7. Orejitas. El amigo granadino que viaje hasta Logroño deberá ser todo oídos: así está garantizado que sacie su curiosidad atacando la ración de orejas que propone el Perchas. Claro que el bar antiguo proponía una decoración vintage, con su banderín del Atlético de Madrid, que añadía un encanto bizarro a la ingesta de semejante bocado pero en su actual formato esa orejita rebozada asegura lo mismo que aseguraba su hermana mayor: un delicado aterrizaje en la panza, luego de mordisquear las sutiles membranas y confirmar lo tantas veces sabido. Que hay otras orejas, pero están en éstas. (Bar Perchas, Travesía de Laurel 3)

 

Un tigre del Cinco Pesos

 

8. Tigre. Dícese del selvático animal de piel pintarrajeada que tanto aporta al recetario clásico español. Porque en formato mejillón, adopta en efecto las características de esa fiera, una ingeniosa denominación que se despacha desde el Cinco Pesos según una receta personal e intrasferible. Como la fórmula de la Coca Cola. El discreto empanado, un leve embozo que multiplica las propiedades de esa jugosa carne mejillonera, administrada en esta casa con la sabiduría que proporciona saber el punto exacto de picante. Una textura memorable, que se recomienda degustar de dos en dos. (Bar Cinco Pesos, República Argentina 27)

 

Brindando en el Lorenzo

 

9. Tío Agus. Hablando de fórmulas secretas: en qué jugosa salsa se envuelve el bocatita denominado Tío Agus, que despachan por cientos, por miles, desde el Lorenzo. Se ignora, desde luego: sus custodios, alquimistas de este delicioso manjar que tiene cautivada a su clientela. Algo sí sabemos. Que se factura según la receta de la abuela Damiana, matriarca de la familia de reconocida pericia en los fogones, y que el condimento sirve para realzar las virtudes intrínsecas de la estupenda materia prima del bocata: lomo (“de parte trasera”, como matizan sus ideólogos). Que aproveche. (Mesón Lorenzo, Travesía de Laurel 4)

 

Juan, en la puerta del Sebas

 

10. Tortilla de patata. La del Sebas. Por supuesto, las hay de todos los gustos repartidas por el mapa del Logroño hostelero, pero la del Sebas añade atractivos adicionales. No es el menor de ellos observar cómo la mercancía viaja hacia el nivel de la calle desde el piso superior que aloja la cocina, a través de ese discreto montacargas que pertenece al imaginario propio de todo logroñés. Pero es que cuando la parroquia ataca el pincho comprueba que aquí todo está en su sitio: la perfecta carta de vinos acompaña la cata de un jugoso bocado, sutilmente deconstruido desde el siglo anterior al nacimiento de Ferrán Adrià. La tortilla que se deshace en la boca. (Bar Sebas, calle Albornoz 3)

P. D. El suculento duelo que aquí protagonizaremos está destinado a acabar en empate, porque de momento es un pugilato virtual. Salvo que alguien (los perpetradores de este experimento, por ejemplo) se animen a una cata en ambas ciudades protagonistas del experimento y puntúen la veintena de recomendaciones. Para lo cual, en todo caso, habrá que esperar: la próxima semana nos responderá Javi Barrera desde Granada. A ver qué nos ofrece, que promete ser jugoso. Aunque tal vez no tanto como la idea que le ronda la cabeza: desempatar un siglo de éstos en la otra ciudad que tan bien conoce, Donosti. Me pongo en sus manos.