La Rioja
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Todos eran mis pinchos
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Jorge Alacid | 22-02-2018 | 16:58

Cartel con los pinchos a concurso

 

En el frontispicio de este blog ya quedó el improbable lector avisado: de qué hablamos cuando hablamos de bares. Respuesta: de sentimientos. De la construcción de nuestra identidad, tan asociada al itinerario eterno por nuestras barras predilectas. De emociones coincidentes. Así que todo trago debería contener una generosa dosis emotiva para conquistar de verdad nuestros corazones, igual que cuando atacamos nuestros bocados favoritos. ¿Puede cautivar nuestro espíritu la ingesta de un bocadillo de tortilla? Por supuesto. Sobre todo, si semejante prodigio ocurre en la coyuntura apropiada, rodeado del contexto adecuado. Esa magia. Cuando nos convertimos en parroquianos de nuestros templos de confianza. Cuando el entorno conspira para edificar momentos memorables, que apuntan a la parte sentimental de nuestras vidas: si alguien lo duda, le recomiendo que visite el bar Virginia de Nájera con el ánimo predispuesto a dejarse seducir no tanto por las golosinas que despacha (que también) como por la emoción con que son facturadas.

Emoción. Los miembros del jurado que dilucida el mejor pincho riojano del 2018 nos sentamos en las mesitas del bar para asistir a ese milagro: el milagro de la emoción compartida. La que derrocha la matriarca de todo esto, Conchi, mientras nos va explicando cómo ha preparado esta delicia que se dispone a servirnos: el pincho es suculento, glorioso, pero lo que nos conmueve de verdad es su relato. Porque es un relato emotivo. Le tiemblan las manos, tal vez por el nerviosismo, y a veces titubea, también por culpa de la emoción: lo propio de los seres humanos. De los seres humanos racionales y emotivos.

El cronista ya ha llegado hasta este rincón najerino inclinado a dejarse enamorar por el bar Virginia y por su pincho participante en el concurso, porque algo sabe de todo esto: en las páginas de Diario LA RIOJA se publican con puntualidad ferroviaria las ejemplares peripecias que protagoniza Conchi, a quien apodan Mamá África por la generosa entrega con que atiende en verano a los temporeros que acampan por Nájera. Así que ya sospechamos de entrada que nos encontraremos ante una mujer excepcional, augurio que confirmamos en cuanto acude a nuestra vera con unos platillos donde observamos algo más que alimentos. Mucho más. Se trata de un alimento de otro linaje: alimento espiritual. En términos prosaicos, desde luego es un manjar: un milhojas perfecto de punto, en cuyas capas ha ido infiltrando distintas cremas de enorme sutileza y profundo sabor. Remata el pincho con una portada de papel comestible: no en vano, Conchi llama a su pincho La Voz del Najerilla, denominación donde se condensan varios homenajes. Al papel prensa, al periodista de guardia siempre por esa comarca y a los propios valores que atesoran Nájera y sus alrededores: el conjunto del pincho, nos avisará luego, pretende recrear los fardos de periódicos que aguardan cada mañana a sus potenciales lectores junto al quiosco de confianza. Brillante Conchi, brillante el bar Virginia.

Y brillantes en realidad todos esos hermanos que se disputan este sábado en Riojafórum la corona que pone en juego el ganador del año pasado, certamen que también me reclutó entonces para el bendito encargo de jurado. Reitero mi agradecimiento a la organización y reitero además mi enhorabuena: el concurso está milimétricamente bien planificado, cuenta cada año con más aspirantes (rozando los 70 este año), cubre más o menos todo el territorio (cariñoso tirón de orejas a las cabeceras cuyos bares siguen sin animarse: una pena) y sirve para hacernos una idea cabal de cómo están La Rioja y sus bares. Donde hay de todo, por supuesto, como en cualquier ámbito de la vida, pero al menos entre los concursantes se garantiza aquello que deberíamos dar siempre por supuesto pero que (ay) luego resulta que no es tan frecuente: amor por el oficio.

Todo ese arsenal de virtudes lo detecta uno en el Virginia, pero también en el resto de bares de Nájera que tuve la suerte de recorrer. Sus pinchos podrán conmover más o menos, pero todos aseguran un elevado nivel medio. Sus creadores ponen a prueban su ingenio, calibran lo atinado o intrépido de sus propuestas, las someten al inmejorable método de prueba y error. Cuando llega el tribunal, se afanan en defender a sus criaturas, explican con qué vino las deberíamos maridar, de dónde nace su inspiración. Se maravillan cuando ven los pinchos publicados en el cuadernillo que los recopila o en las páginas de Diario LA RIOJA, que les dedica ancho y generoso espacio. Y se emocionan contándonos satisfechos el esfuerzo final con que sirven ese pincho que nace de sus entrañas y someten al veredicto auténtico: el juicio de la clientela. Que nunca se equivoca, aunque a veces no lleve razón.

He ido observando el mismo comportamiento que aquí detallo no sólo en los bares de Nájera que le tocaron en suerte al grupo de jurados donde me alistó la organización. Las mismas conclusiones extraigo de mi deambular por Santo Domingo, Igea, Calahorra, Pradejón, Pradillo, Sorzano o Logroño. Alto sentido de la dignidad entre los profesionales de cada bar y una generosa dosis de compromiso, con su profesión y con la localidad que les alberga. En algún caso, compromiso mayúsculo, como es norma con los pequeños pueblos donde algunos tienen su sede, esa región interior donde el bar es algo más que un bar: brújula y faro del municipio.

Mientras escribo estas líneas, todavía está pendiente de dictaminarse qué bares se llevarán los mejores premios. Pero este artículo no va de eso. Es una reflexión más panorámica, sin vencedores ni vencidos. Porque según mi veredicto, lamentando de nuevo que no se animen a participar bares de tan entrañables lugares como Alfaro, Ezcaray y algún otro rincón, mi ganador está claro. Ganan La Rioja. Ganan sus bares y ganan quienes los defienden. Y también ganamos quienes les visitamos. Quienes asistimos a la sagrada tradición de salir al indesmayable encuentro con nuestros bares favoritos para que nos atienda, nos den conversación y alivien nuestra hambre y nuestra sed. Para que incluso nos emocionen.

 

Lorenzo, con su pincho. Foto de Justo Rodríguez

 

P.D. Mi admiración por Lorenzo Cañas no cabe en estas líneas. Para corresponder a los altos merecimientos que le adornan, tendría que consagrar un blog para él solito, cosa que el propio Lorenzo descartaría: entre sus virtudes, no es la menor la humildad. Una modestia genuina que hasta hace no tanto tiempo resultaba bastante usual entre nosotros, una actitud muy alejada de estos días en que cualquier medianía de cualquier ámbito reclama la atención del universo mundo para cuanto se le ocurra perpetrar. Naderías, casi siempre. Cañas, todo lo contrario: tiende a huir de la notoriedad, aunque sin gran éxito. Tengo para mí que pocas personas concitan una unanimidad tan coincidente cuando se trata de elegir a un riojano cabal que pudiera representar nuestros mejores atributos. Lorenzo Cañas sería el tipo ideal que los resumiera. Su última y desprendida propuesta se acaba de alumbrar. Con motivo de Fitur, el Ayuntamiento de Logroño pidió a nuestro hombre que ideara un pincho cuyas características resumieran el espíritu (culinario) de la ciudad. Cañas, que ejerce entre sus muchas aficiones como cofrade del pez, lo tuvo claro: unió la sutil línea de puntos (cocina, Logroño, peces) y preparó en consecuencia un pincho llamado Bernabé (la originalidad no es su fuerte). Que recogió generalizados aplausos entre quienes lo cataron y animó al colega Sergio Moreno a peregrinar a La Grajera, detenerse ante los fogones de Cañas y guisar el reportaje que el improbable lector puede catar en este enlace y vislumbrar en esta foto. Y como estas líneas iban de eso, de pinchos, me parece de justicia rematarlas con ese bocado que lleva el nombre del patrón pero a quien yo me permito bautizar a mi bola: el pincho de Lorenzo. Y me marcho: que me tengo que poner mi sombrero para descubrirme ante Cañas.