Este es el término mágico de referencia. El que implica el éxito de la evolución. La palabra clave que fija las causas y engloba los síntomas que hemos de considerar si queremos entender qué es esto que llamamos vida. Lo que nombra una emoción básica: la alegría/felicidad y un estado deseable: la salud. Por supuesto, en los vinos (sobre todo a la hora de su apreciación sensorial) es el concepto que se ha de tener en mente si queremos calificar un vino.
¿Sabías que los cuerpos de los yanomami –una minúscula tribu, aislada de la “civilización” en la selva amazónica venezolana- tienen la mayor variedad de bacterias hasta ahora conocidas en la especie humana? La rica variedad de su microbioma posibilita que sus organismos –en ese juego constante de equilibrios entre los millones de cepas bacterianas que compiten por prevalecer- sean más inmunorresistentes, desarrollen sus metabolismos con garantías evolutivas, e incluso caractericen sus conductas en el mismo sentido?
Pues ya lo sabes. Cuando no hay equilibrio: en un sistema político, en las relaciones de eso que llaman amor/matrimonio, o en un vino… la verdad es que nada bueno se puede esperar.
Armonioso, equilibrado, redondo, delineado, sólido, refinado, sin aristas, coherente, estructurado, complejo, balanceado. Sinónimos que se reconocen y vienen a la mente cuando confluyen, de un modo integrado y con una interacción exitosa, los tres pilares que sustentan el “alma” del vino y su equilibrio, a saber: fruta (resultados de todos los procesos de la viticultura); alcohol (exponente del proceso fermentativo que juega un papel “controlador”); y acidez (los dos anteriores más todas las acciones que ejecuta en bodega quien elabora el vino).
En la medida en que estén e interaccionen entre sí todas esas variables, que haya riqueza y variedad en las mismas y se equilibren entre ellas, el resultado va a ser un vino que da gusto beberse y que además tiene potencial de vida.