Foto de www.exquisiterioja.com Degustando una garnacha en una viña histórica a los pies de la Sierra de la Demanda. Rioja
Durante todo el tiempo que estamos vivos (y en estado de vigilia) en la boca, toda una serie de sofisticadas e intermitentes funciones, consciente o inconscientemente están sucediendo. Es sobre todo por la necesidad de tragar la saliva que producimos para hidratar y mantener lubrificada la cavidad bucal… que acaba resultando factor determinante para modular y apreciar la ingesta de alimentos y bebidas; y ello es muy importante para el disfrute el vino.
Igualmente que en la masticación de los alimentos, la mecánica del movimiento de los fluidos diluyéndose en la boca (sólidos más saliva, vino más saliva, o alimentos masticados más vino más saliva) nos produce intensas sensaciones de plenitud, de placer. Como no puede ser de otra manera, toda vez que ello responde a uno de los dos objetivos básicos de nuestra biología: alimentarnos. (El otro ya sabernos que es relacionarnos sexualmente para perpetuar nuestra especie).
Entendiendo la contribución definitiva de la retronasal en la cata del vino, -desde su punto de vista- la estrategia para apreciar el vino cuando entra en la boca bien puede tener estas dos fases:
Y estas dos premisas:
La secuencia para un óptimo provecho de la retronasal cuando calibramos un vino hemos de realizarla así:
Recapitulando, añadiremos además:
La importancia capital de los precisos, intrincados, delicados, poderosos e increíbles movimientos y maneras en que funcionan y realizan su trabajo los músculos de la lengua, todas las zonas internas bucales, garganta, tráquea, esófago.
Las indulgentes tareas asociadas que realizan nuestros terminales sensoriales y músculos en la boca y el tracto respiratorio, con la subsiguiente interacción de las rutas neuronales del cerebro en las sinapsis.
Desde el instante en que el trago de vino entra en la boca y recorre esta, las moléculas aromáticas se volatilizan activamente; y justo después del acto de tragar, se unen más aromas provenientes de la garganta, impregnada de restos de vino más los gases que salen de la combustión interna (que también dejan su impronta) El aire que sale en la expiración por la cavidad nasal, efectivamente magnifica la percepción de ese vino recién tragado.
Luego, con inmediata posteridad a la deglución y degustación del vino, quizá el último placer que nos proporciona su disfrute es el poder contarlo, trasmitir a otras personas nuestras sensaciones (tal vez emociones) placenteras. No olvidemos que los humanos somos sobre todo muy sociales y relatores de historias, de chismorreos y de experiencias.
Así es como la experiencia final de la degustación de un vino resulta total. En la boca, los componentes aromáticos del vino contribuyen poderosamente para calibrar el “gusto” del vino. Gordon M. Shepherd dixit. Amén. Así sea.