Ya está aquí, ya llegó, el anuncio de la Lotería de Navidad, uno de los más esperados del año, que inaugura oficialmente la campaña de Navidad. El anuncio muestra cómo una abuela, maestra jubilada, cree que le ha tocado el gordo de la lotería de Navidad, un día antes de que se celebre el sorteo, y de cómo todo el pequeño pueblo en el que vive le sigue la corriente con ternura para no chafarle la alegría.
Es una historia sencilla, que apela a la ilusión y a las emociones y que está en esa línea de cercanía lacrimógena de los últimos anuncios de la Lotería de Navidad, recordemos el del inolvidable bar de Antonio o el de Justino, el guardia de seguridad de una fábrica de maniquíes.
Si hay algo tradicional en nuestro país es la Lotería de Navidad, y después de los años de la magia del calvo, estos últimos años los anuncios tienen una carga emocional enorme. Para que compremos lotería hay que apelar a la emoción, y es que la mejor manera de que nos rasquemos el bolsillo es tocar el corazón. La verdad es que, si solo aplicáramos la razón, no compraríamos lotería, porque hay que tener mucha, pero que mucha suerte, para que te toque el gordo de Navidad, las probabilidades son bajísimas. Por eso, los anuncios de los últimos años muestran personajes cotidianos (no salen famosos) que van directos al corazón a través de los amigos, de la familia, con la ilusión de que nos puede tocar.
¿Por qué este anuncio nos hace llorar? Porque no nos deja indiferentes, nos hace sentir, nos recuerda la importancia de las cosas sencillas y que lo fundamental son la familia y los amigos. Frente a la incertidumbre de lo global, nos refugiamos en lo próximo, el pueblo, el barrio, los vecinos. Nos recuerda también el sacrificio de las personas mayores, que siempre están pensando en los hijos y en los nietos, que están dispuestas a darlo todo por su familia, y nos recuerda lo egocéntrica que es esta sociedad con ellos, que tantas veces los relega y olvida.
Pero la clave del anuncio es el final, lo que da sentido a todo es la generosidad de la abuela. El premio pasa a un segundo plano, a la abuela maestra no le ha tocado la lotería, pero más importante que el dinero que cree que le ha tocado es el valor de compartir. Nos recuerda que lo que merece la pena en la vida es lo que se da, solo tenemos lo que compartimos, en este caso con familia y amigos, y es que, como dice el lema de la Lotería de Navidad, “el mayor premio es compartirlo”.