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Mayte Ciriza

Que quede entre nosotros

Me las vas a pagar

Cuando Cristina descubrió las conversaciones amorosas de guasap de su novio con otro, las fotografió, fotocopió y colgó por todo el barrio. “Te vas a enterar”, pensó mientras lo hacía. Después de que no le dieran el ansiado ascenso, Juanjo registró la dirección oficial de correo electrónico de su jefe en una página de pornografía y le colapsaron el buzón con correos con sexo explícito. “Te vas a enterar”, pensó también mientras lo hacía.
En el trabajo, en las relaciones personales, en todos los ámbitos de la vida la sed de venganza es algo cotidiano, está a la orden del día. Cuando alguien se siente herido, el primer impulso es devolver el daño recibido, es un sentimiento universal. Precisamente para evitar la venganza tenemos las leyes, la educación y la moral. Hay que controlar la venganza para mantener la cohesión social, si no, esto sería la ley de la selva.
Pero me refiero a las venganzas cotidianas, a las personales, a las del día a día. Vengarse siempre es un error, es agotador, muy cansado. Además, para vengarse hay que guardar mucho rencor, te conviertes en alguien amargado, resentido, alguien que no sabe pasar página. Dicen que la venganza es dulce, pero en realidad deja un sabor muy amargo. Solo se vive una vez y las personas que se quedan instaladas en el rencor y solo piensan en vengarse, dando vueltas a las afrentas, pierden mucho tiempo y energía en ello.
Algunos creen que aplicar el ojo por ojo les va a hacer sentirse mejor, pero no es así, porque la venganza perjudica a uno mismo, te hace concentrarte en la ira y en la furia, en pensamientos y emociones negativas, y entras en un círculo vicioso que te causa daño a ti mismo. Por eso, la venganza siempre es una apuesta perdedora.
La venganza implica tener muy buena memoria, tener siempre las heridas abiertas, por eso es mucho más saludable olvidar. Como escribió Borges, “yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón”. Los que están siempre rumiando la venganza viven intoxicados por el resentimiento. Algunos incluso, envidiosos, mediocres y acomplejados, se vengan sin tener motivo.
Lo contrario de la venganza es el perdón. Vengándose uno se iguala a su enemigo, en cambio perdonando se muestra superior a él, y es que el grado superior de la inteligencia es la bondad. Por eso es más feliz quien no se obsesiona con las cuentas pendientes, quien no vive instalado en el rencor de viejas deudas –como dice la letra de “Libertad de ira”-. A todos alguna vez nos han ofendido, seguro, pero una de las mayores desgracias personales es levantarse cada mañana pensando “me las vas a pagar”.

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Por Mayte CIRIZA

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