“Gran Concurso de Cerveza”, eso ponía en los carteles de las fiestas de la pedanía murciana de Gea y Truyols. Se celebraba el miércoles de la semana pasada y ganaba quien más cerveza fuera capaz de beber en veinte minutos. Joaquín Alcaraz, de 45 años, licenciado en historia y celador en un hospital, estaba levantando la copa tan contento por haber ganado el concurso después de beberse entre 6 y 7 litros de cerveza, cuando de pronto comenzó a encontrarse mal y a vomitar, y entró en parada cardiorespiratoria, de la que no se recuperó. Murió poco después en el hospital.
No era el primer año que se celebraba este demencial Gran Concurso, al parecer llevan 15 años de tradición y es un clásico en las fiestas patronales de la Virgen del Carmen de esa pedanía de Murcia. Todo el mundo ha reaccionado con estupor, pero en cuatro días esto se ha olvidado y la indignación no habrá servido para nada. Hasta el próximo concurso de ese tipo.
Nuestra sociedad convive como si tal cosa con un elevado grado de consumo de alcohol. La crisis ha moderado el gasto en tabaco pero no en alcohol, que incluso ha subido según un estudio hecho público esta misma semana: consumimos 108 litros de alcohol por habitante y año (yo no bebo, así que alguno se beberá mis 108).
Y ha ascendido el consumo de alcohol en forma de atracón, es decir, modo botellón. No hay que irse a Murcia para esto. Era sobrecogedor ver riadas de críos subiendo a las fiestas de Lardero, todos con bolsas de plástico repletas de botellas de alcohol. Pero si los menores no pueden comprar alcohol ¿quién se lo ha vendido? ¿cómo es posible que nadie haga nada? En España está prohibida la venta de alcohol a menores pero la edad de inicio en su consumo es de 13 años. La permisibilidad con el consumo de alcohol en nuestros jóvenes es un auténtico drama social. Hacemos leyes para nada.
Y en esto mucho tienen que decir las familias, por no decir casi todo. Por eso hay que valorar la propuesta de poner multas a los padres cuyos hijos menores acuden borrachos a urgencias más de una vez. Desentenderse de las borracheras de un hijo se puede equiparar a maltrato, equiparable a abandonarlo. No estamos hablando de que un día el chaval se haya cogido una cogorza, sino de la reincidencia.
Hay que enseñar a los chavales los riesgos del alcohol, hay que prohibir de verdad la venta de alcohol a menores en los supermercados, hay que exigir controles a la entrada de las discotecas, y poner sanciones y hacerlas públicas. Hay que incluir leyendas en las botellas de alcohol como en las cajetillas de tabaco, y cuanto antes. Todo esto está muy bien, pero los que tienen que saber dónde están sus hijos, a ser posible con quién, y si se emborrachan, en qué estado vuelven a casa, somos los padres. Los padres y la sociedad tienen que dar ejemplo. ¿Qué ejemplo damos con concursos como este para ver quién bebe más?