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María Antonia San Felipe

Entre visillos

Pasiones

Nada hay más relativo que el tiempo porque la propia experiencia demuestra que, a veces, un minuto tiene vocación de eternidad. En la perspectiva de la historia también el tiempo resulta engañoso. Cuarenta años no son nada pero la vigencia de nuestra Constitución ha resultado la más longeva de cualquier otra de nuestra historia desde la Pepa de 1812. Es innegable que este aniversario ha transcurrido en un clima enrarecido como reflejo del deteriorado clima político actual. Vivir únicamente de lo inmediato anula la perspectiva y recorta la capacidad de análisis, pero es evidente que vivimos de lo último que nos impacta como si no existiera el ayer ni tuviéramos que construir un mañana. 

Se niegan los aciertos de la Transición como si de una estafa se tratara cuando, indiscutiblemente, alumbró un periodo de libertades, de entendimiento y de crecimiento jamás conocido en un país que se valora a sí mismo menos de lo que debiera. Hubo errores y renuncias pero también aciertos que impulsaron la transformación de España. Quizás la clase política actual haría bien siendo más crítica con ella misma y menos con los avances colectivos de una sociedad que se implicó en el cambio inequívoco que ha sufrido este país.

Es precisamente esta evolución la que nos advierte de que hay imprecisiones o ambigüedades en el texto constitucional consecuencia por un lado del consenso necesario para aprobarla y de cuestiones que una sociedad que se ha transformado considera ahora ineludibles. En definitiva, ni la Constitución es un fiasco ni tampoco es inmutable. Probablemente no la defiende más quienes se niegan a cambiarla sino quienes modificándola prolongan su vigencia sin romper los consensos básicos que consiguieron garantizarnos derechos y libertades.
Siendo la Constitución el fundamento de nuestra democracia estamos hoy bajo la conmoción de un fenómeno que está convulsionando nuestra convivencia. La ruptura en Cataluña del principio de lealtad institucional por parte del secesionismo nacionalista ha tenido como consecuencia un renacer del sentimiento patriótico español y en algunos sectores de un ultranacionalismo cuyas derivaciones todavía no conocemos. Ambos fenómenos se necesitan tanto como se detestan porque solo pueden crecer en ese fango. La historia nos demuestra, aunque nos neguemos a aprender de ella, que el nacionalismo como ideología política es como un virus que muta periódicamente y no hay vacuna preparada para combatirlo si la inteligencia no pone bajo control la pasión emocional del sentimiento.

Desde territorios templados de esta España diversa, desde la tolerancia constitucional se ve con asombro como la ultraderecha, representada por VOX, ha emergido con fuerza en Andalucía y todo indica que puede tener igual crecimiento en el resto de España. El PP y Ciudadanos parecen haber abandonado su aspiración de representar el centro político para competir únicamente en el territorio de la derecha a base de un discurso antiinmigración y anticatalanista. Por eso, insisten en deslegitimar a un gobierno al que consideran antiespañol y acusan de estar entregado a independentistas y terroristas, juegan con fuego para que la ciudadanía asuma sus acusaciones como si de una verdad empírica se tratara aunque ningún presidente, sea Sánchez o fuera Rajoy, pueda constitucionalmente ceder a reivindicaciones nacionalistas que pongan en riesgo la estabilidad del Estado español.

La izquierda española debiera reconocer que es difícil combatir estas percepciones reiteradamente repetidas si carece de un discurso claro e ilusionante que frene la ola que recorre el mundo desde EEUU, a la Inglaterra del brexit, a la Italia de Salvini o a la Francia con la que sueña Le Pen. La Unión Europea también debe tomar nota, todos debemos hacerlo, no podemos regresar a la Europa de los años treinta. Si un día estuvieron de moda los Beatles ahora vuelven a estarlo las banderas. No dan de comer, no pagan la hipoteca, no pagan médicos ni tampoco pensiones pero agitan esas pasiones que, despiertas o latentes, todos llevamos dentro. Banalizar este fenómeno, no advertir de sus riesgos será un error que pagaremos, como enseña la historia, perdiendo derechos y libertades.

María Antonia San Felipe

Sobre el autor

Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política. "Entre visillos" es un homenaje a Carmen Martín Gaite con esa novela ganó el Premio Nadal en 1957, el año en que yo nací.


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