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María Antonia San Felipe

Entre visillos

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Demasiados gritos, demasiados exabruptos, demasiados oídos sordos. Ese es el territorio cotidiano en el que ha instalado la vida pública. Una tensión insana en la que no es posible saber si pesa más la ignorancia o la maldad. Si los hechos históricos no me sirven como soporte político, se cambian y punto. Algún día algunos debieran pararse a pensar e incluso a aprender más allá de los prejuicios. Hagamos recuento de despropósitos de los últimos días.

El secretario general de Vox, Javier Ortega Smith, en su cruzada contra memoria histórica y las mujeres, ha afirmado que las jóvenes conocidas como las “13 Rosas”, fusiladas el 5 de agosto de 1939 en las tapias del cementerio de la Almudena, “torturaban, asesinaban y violaban vilmente” en las checas de Madrid. ¿Cuál es la acusación formulada por el Tribunal franquista que las condenó? Las trece jóvenes, de entre 18 y 29 años, fueron ajusticiadas por la imputación genérica de “adhesión a la rebelión”, no se probó delito alguno. Claro que en ese momento, pensar también era delito. No cabe mayor paradoja, los sublevados contra la legalidad constitucional, acusando de rebelión a la izquierda. El gobernador militar de Madrid que ordenó las ejecuciones masivas era, a la sazón, el comandante del I Cuerpo del ejército franquista, Eugenio Espinosa de los Monteros. Conclusión: a Ortega Smith lo desmiente el propio tribunal al servicio del franquismo y, por supuesto, la historia.

Por su parte, la presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, en sede parlamentaria, leyendo lo que llevaba escrito, se supone que, tras haberlo reflexionado, se preguntó si tras la exhumación de Franco: ¿arderán las parroquias como en el 1936? Su afirmación fue apoyada por su vicepresidente, Ignacio Aguado, de Ciudadanos que afirmó que era “una realidad que en el año 1936 ardieron las iglesias. Haremos todo lo posible para que no vuelvan a arder en 2019, porque alguien quiera imponer su ideología sobre otros”. Impresionante el hecho de atreverse a verbalizar tal barbaridad y denigrante que un país libre se hable de “imponer ideologías”. La precisión histórica obliga a recordar que durante la dictadura sí se impuso una ideología porque se prohibieron todas (menos una) y todos los partidos políticos fueron ilegalizados. Y por cierto, las quemas de conventos no tuvieron lugar en 1936 sino entre los días 10 y 13 de mayo de 1931.

El prior de los benedictinos del Valle de los Caídos, Santiago Cantera (en tiempos, falangista) se niega a acatar la sentencia del Tribunal Supremo sobre la exhumación de Franco. El portavoz oficioso de los benedictinos, Joaquín Montull ha declarado que todo esto es propio de “una república bananera”, que “la Iglesia no es el Vaticano”, sino “esos miles de españoles y también del extranjero que nos apoyan y que quieren que las cosas estén como están. Como quiso Franco en un principio”. Montull apela a la Providencia para situarse por encima de las leyes. Si esto no es inadmisible, que venga Dios y lo vea, nunca mejor dicho.

Este episodio me ha recordado otro. El 7 de mayo de 1973, durante una manifestación ultraderechista, se gritaron lemas del tipo “Tarancón al paredón” y “Justicia para los obispos rojos”. Participó la Hermandad Sacerdotal Española y su secretario, el sacerdote Venancio Marcos lo hizo arengando megáfono en mano. Cuenta Tarancón, en sus Confesiones, que en un encuentro posterior este sacerdote le discutió su trabajo al frente de la Iglesia española y en un acaloramiento le dijo: “Mire, señor cardenal, yo ante todo y sobre todo soy falangista. Yo estaré siempre con este régimen porque creo que Franco es un enviado de Dios”. Tarancón le respondió: “Perdone, padre. No entiendo ese lenguaje en un cristiano; menos en un religioso. Yo no soy más que un sacerdote”.

Añoro que llegue un día en el que la historia sea un lugar de encuentro porque la conozcamos, no porque la inventemos. Es preciso dignificar la política para evitar que se convierta en una trinchera de rencores y una hoguera de vanidades.

María Antonia San Felipe

Sobre el autor

Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política. "Entre visillos" es un homenaje a Carmen Martín Gaite con esa novela ganó el Premio Nadal en 1957, el año en que yo nací.


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