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María Antonia San Felipe

Entre visillos

El incendio

Exacerbar las emociones en vez de las ideas es peligroso, pero la historia enseña que, en política, puede resultar temerario. Los sentimientos van por un sendero y la racionalidad camina por otro. Así que cuando se lleva tiempo echando leña a la visceralidad, ese lugar que se alimenta especialmente de odios, el fuego prende al primer chispazo. Tras las sucesivas fogatas, ahora estamos en pleno incendio. Ya no es un recurso retórico, además de la quemazón interna que sentimos desde hace tiempo, ahora estamos viendo las hogueras en las calles de Cataluña.

¿Todo lo que está ocurriendo es únicamente una consecuencia de la sentencia del Tribunal Supremo sobre el procés? Está claro que no. El cúmulo de irresponsabilidades políticas acumuladas en la última década por unos y por otros (por unos más que por otros y por otros más que por unos, según el punto de vista del observador), es notorio. Siempre mirada corta. La cosecha de tanto desencuentro, buscado e incentivado para alcanzar triunfos electorales, resulta descorazonadora.

Siempre he creído que las acciones de los políticos independentistas encausados iba a terminar en una condena. Burlar la ley, a sabiendas, tras reiteradas advertencias del Tribunal Constitucional, tiene consecuencias y lo sabemos todos, también los hoy condenados. Por eso huyó Puigdemont. El independentismo hizo dos cosas imperdonables: burlar la ley y engañar a sus propios seguidores. Aspirar a la independencia no justifica la vulneración de la legalidad y hacerlo contra la voluntad de la mayoría de los catalanes, tampoco. El Estado español no es de “mentirijillas” como la autoproclamada e inexistente república catalana. En el nuestro, como en cualquier estado democrático, la sedición está altamente castigada. Mientras arde Cataluña, Torra, en pleno delirio, anuncia urnas de nuevo creyéndose más demócrata que aquellos españoles y catalanes que condenamos la violencia y respetamos la sentencia.

A unos les parece que se ha quedado corta porque no ha condenado por rebelión, a otros excesiva porque soñaban con la absolución o penas simbólicas y a otros ni fu ni fa sino todo lo contrario. En cualquier caso, la sentencia hay que acatarla y los condenados, si lo desean, recurrirla. Parece mentira que haya que aclarar a algunos que aceptar la legalidad constitucional no te convierte en un fascista. Eres un fascista si no respetas al que piensa distinto, si tratas de imponerte al otro y si pretendes que las leyes solo hay que cumplirlas si te gustan. Nuestro ordenamiento jurídico no es muy diferente al del resto de países europeos. Puedes protestar y defender tus ideas libremente pero si te pillan quemando coches o incendiando edificios, poniendo en riesgo la seguridad ajena, a buen seguro que te cae una buena aquí, en París, en Berlín o en Viena.

La estupidez no está penada en ningún código pero debiera castigarse con el desprecio ciudadano. Ahí está Quim Torra, degradando la institución a la que representa. Nunca en el mundo hemos visto al responsable máximo de la policía animar a la revuelta para bloquear aeropuertos y autopistas mientras envía a los mossos a evitarlo. No solo es inaudito, sino de una ineptitud manifiesta. El huevo de la serpiente lleva tiempo siendo incubado y una vez que ha eclosionado no sirve derivar las responsabilidades a otros. Las hogueras iluminan la irresponsabilidad y ahora no puede abortarse el alumbramiento de la bestia.

Por si fuera poco el cisco que tenemos, estamos en campaña electoral, ese momento en el que la racionalidad se ausenta del espacio público. Ahora hay que apagar el incendio, mejor con serenidad que a gritos y bofetones. Las ideas no se evaporan del cerebro por muchos golpes que te den en la cabeza. Tampoco existe ninguna idea que justifique el uso de la violencia para alcanzarla. Al menos en eso debieran estar todos de acuerdo. Torra, el Empecinado, es un obstáculo no pequeño, pero si los constitucionalistas quieren hacerse estadistas a los ojos de los ciudadanos deben contribuir unidos a sofocar el incendio en vez de jugar a demostrarnos cual de todos es el más machote del patio del colegio.

María Antonia San Felipe

Sobre el autor

Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política. "Entre visillos" es un homenaje a Carmen Martín Gaite con esa novela ganó el Premio Nadal en 1957, el año en que yo nací.


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