Mediado 1914 se inició la Primera Guerra Mundial. Dijeron que no quedaba más remedio que librarla, una guerra defensiva, impuesta desde el exterior. Se contaron cosas que la gente parecía dispuesta a creerse, cuanto más inverosímiles mejor. En ambos lados hubo euforia, temor y esperanza: iban a combatir a las tenebrosas fuerzas del mal. Así nos lo cuenta Peter Englund. Los jóvenes colapsaban las oficinas de reclutamiento. Se prometía una guerra corta. Llegó el primer invierno, al que siguió otro y después llegarían más. El 14 de febrero de 1916, el soldado Kresten Andresen está en Montigny pensando en la paz mientras escribe a su madre: «Yo también creo que la guerra habrá terminado antes de agosto… Seguro que el caos en que se sumirá el viejo mundo será terrible. Creo que la vida se detendrá un tiempo para después florecer con renovado vigor». Tal y como anotó el soldado, la vida resurge incluso sobre los cadáveres que no resucitan. Al fin y al cabo, la vida y la muerte son caras de la misma moneda, pero no fue cierto que la guerra terminase, duró treinta y tres largos meses más. Cuatro años se prolongó aquel conflicto que iba a ser tan breve como un amanecer.
Cuando Vladimir Putin invadió Ucrania, él solito inició una guerra ilegal. La llamó “operación militar especial” contra el nazismo y prometió llegar a Kiev en unos días. Se nos ha olvidado la conmoción inicial, pero llevamos cuatro años de guerra con incontables muertos, mutilados, varias generaciones inmoladas y un horizonte de odios mutuos que no tiene fin.
En Irán, gobierna una dictadura teocrática y brutal que tiene a su población sojuzgada y a las mujeres sometidas. No hay cosa peor que el fanatismo unido al poder militar y político. No lloro la muerte de su líder Jamenei ni de su corte de fanáticos, pero dudo que la guerra ilegal iniciada por EEUU e Israel traiga la democracia y la libertad al pueblo iraní. No me creo que la intención de Netanyahu, otro fanático, ni la del sheriff Trump al bombardear Irán sea esa. Todos sabemos que cuando se golpea un avispero se produce un movimiento gregario y las avispas atacan enloquecidas todo lo que se mueve. Como muchos ciudadanos del mundo, tengo miedo a que la lógica del caos se imponga y nos arrastre a todos a arrodillarnos a sus intereses. Nos ocultan el por qué, pero no nos pueden negar, de momento, la libertad de pensar que esto es una temeridad.
El soldado Monelli, el 23 de mayo de 1916, en medio del barro de su trinchera escribió: «La guerra es esto. No el riesgo a morir, ni los fuegos artificiales de la granada roja que te ciega al caer silbando, sino el presentimiento de ser una marioneta en manos de un titiritero desconocido, y hay veces en que ese presentimiento te hiela el corazón como si la muerte misma tirase de los hilos». Pues eso.