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Antonio Remesal

Hablando de vino

El viñedo se echa al monte

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Si la vid fuera una persona diríamos que es “de buen conformar”, vamos, que se adapta sin problemas a las circunstancias.  La poca exigencia del viñedo en cuanto a ecosistema permite hacer vino en los lugares más recónditos del planeta. A prácticamente todas las civilizaciones ha llegado la vid y no para llevar a las mesa su fruto, sino, fundamentalmente, porque con ese fruto se ha hecho vino. Cuando un imperio se expandía había que asegurar la provisión de vino, por lo que si el cultivo de la vid no existía se plantaban vides y se creaba afición enseñando y cultivando (enseñando) a los nativos del lugar.

 

En la antigüedad la vid tuvo su mayor desarrollo en el área mediterránea, donde las condiciones eran las más idóneas para que la uva madurara, donde la suavidad de sus inviernos permitían su supervivencia y las heladas no mermaban de forma irreversible la cosecha.

 

Desde los inicios de la actividad agrícola el hombre ha sabido donde se podía cultivar la viña y donde daba lugar a vinos de mayor calidad. Esto no quiere decir que en aquellos enclaves en que las condiciones no favorecían el cultivo se renunciaba al disfrute del vino. Ni mucho menos, se plantaba en la solana, en las zonas más resguardadas de las heladas, en las menos propensas a plagas y enfermedades y si, aún con esto, la maduración era deficiente, se enriquecía el vino con azúcar o miel para aumentar el grado alcohólico, hacer el vino bebible y, facilitar, de paso, la conservación durante el mayor tiempo posible. Por tales motivos sabemos que la viña ha llegado a prácticamente toda la geografía española. Aunque ahora no se vean viñedos plantados, solo hace falta fijarse en las decoraciones con motivos vitícolas de edificios civiles o religiosos o en las vides aisladas en algunos casos asilvestradas, para constatar su presencia anterior.

 

Desde siempre, allí donde la vid se ha cultivado, las plantaciones se han dirigido a los terrenos más pobres, donde otros cultivos bien por ausencia de agua, pendiente elevada o presencia abundante de piedras o rocas no daban el rendimiento adecuado, mientras que la viña, más rústica, no tenía problemas. El vino ha sido hasta hace pocos años un complemento alimenticio más, pero el pan, las frutas o las hortalizas, eran irreemplazables  y más “señoritos”, por lo que los terrenos agrícolamente más aptos se reservaban  para estos cultivos. Si es verdad que en determinados momentos de la historia en el que el vino ha alcanzado mayor precio, la viña se haya desplazado a terrenos de regadío, pero siempre de manera puntual. La naturaleza del cultivo y su regulación más estricta, comparadas con otros cultivos, aleja a la vid de movimientos especulativos que en otros ámbitos han sido más habituales. La vid necesita al menos 3 años para empezar a producir, tiene gran longevidad y requiere de una autorización para plantar. Así es y ha sido durante siglos,  pero en los últimos 30 años la evolución ha sido más rápida que lo que venía siendo hasta ahora: en unos casos el viñedo se ha extendido rápidamente a latitudes hasta ahora desconocidas, mientras que en otros ha desaparecido o se ha trasladado a otros enclaves distintos.

 

Viñedos de altura

 

Hoy nos centraremos en el fenómeno que está ocurriendo en todo el mundo, el desplazamiento de las plantaciones a cotas más altas. Hasta hace no más de 20 años, la gran mayoría de los viñedos no alcanzaban alturas superiores a los 500 metros,  así con todo, la graduación media del vino era inferior a la actual. Era entonces cuando se fijaba como límite técnicamente recomendable para el cultivo de la vid para vinificación una altitud sobre el nivel del mar inferior a 750 m. Esa era la altura máxima que en Rioja, con contadísimas excepciones, el viñedo se localizaba. Altitud que los técnicos no recomendábamos sobrepasar para que la maduración se completara correctamente. Hoy, esa cifra se supera en las nuevas plantaciones de blanco (tipo de vino en el que se demanda mayor chispa y  riqueza aromática), pero también en tinto. Es por eso que, me atrevería a decir, ningún técnico cuestionaría una plantación únicamente por hacerse a cotas elevadas. Ciñéndonos a la DOC Rioja se asiste a plantaciones a los mismos pies de la Sierra Cantabria, en el monte Yerga, Sierra Carbonera, Montes Obarenes, Sierra de la Hez, Sierra de Moncalvillo, Sierra de Alcarama,…a cotas que ni siquiera nos planteábamos hace apenas unos pocos años.

 

Con todo ello la altura máxima en la que se planta en Rioja todavía queda lejos de la que alcanzan viñedos en nuestra península. Concretamente en la Alpujarra granadina podemos encontrar viñas con altitud próxima a los 1.300 metros. Un poco más lejos, pero también dentro del territorio nacional, en Canarias, al Sur de Tenerife perteneciendo a la D.O. Abona, se pueden ver plantaciones a alrededor de 1.800 metros, las más altas de Europa. Pero, si de records se trata, es necesario ir a los pies del Himalaya para encontrar viñedos aislados cerca de la cota de los 3.000 m.

 

Parece que la plantación en altura se ha convertido en un aval de calidad y es un hecho, que debido al cambio climático se han producido cambios en el fenómeno madurativo. Vemos, básicamente, que las vendimias se adelantan año tras año, los niveles de alcohol aumentan y la acidez cae, perdiendo los vinos frescura y capacidad de guarda. Igualmente observamos en Rioja, como ocurre en otras áreas vitivinícolas mundiales, como localizaciones para el viñedo que antaño, por su altitud, se consideraban extremas e incluso inviables resultan ahora mejor que las tradicionales a menor altura. Sufren de menos estrés térmico, de un menor acoso de enfermedades y plagas y su maduración es más pausada. Estos enclaves en altura dan lugar a vinos con menos graduación, mayor carga aromática, color más estable y mayor acidez; más próximos a los vinos de las, hasta hace poco, áreas naturales o tradicionales de cultivo, que por el cambio climático han modificado su perfil.

 

Estos cambios en el cultivo del viñedo deben hacernos reflexionar sobre hasta que punto límites, o conceptos agronómicos que creíamos inmutables, tienen vigencia, con las condiciones climáticas a las que parece de forma irreversible nuestro planeta va derivando. Los nuevos escenarios están dando  lugar a nuevos retos, a los que el viticultor, el agrónomo y el enólogo deben enfrentarse. Para ello ha de pensarse en soluciones, tanto desde el punto de vista vitícola, con la búsqueda de material vegetal adaptado, diferentes sistemas de cultivo, u opciones, como la que hoy nos ocupa: la plantación en altura. Del mismo modo debe contemplarse la modificación o flexibilización de la normativa vitivinícola que permita el encaje de soluciones que ahora mismo la legislación ni siquiera contempla.

 

Plantar en altura no es solo una moda es también una exigencia consecuencia del cambio climático. Lo demuestran las plantaciones que se han hecho en los últimos años y que han dado en general lugar a vinos muy particulares e interesantes y en la línea de los gustos actuales. ¿Quién sabe si, como en esa serie de televisión, en un futuro no veamos viñedos y bodegas en Ezcaray?.

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Sobre el autor

Ingeniero Agrónomo y enólogo. He trabajado en la empresa privada en ámbitos muy variados de la ingeniería. Actualmente en la Administración, en el sector del vino, con el que me siento absolutamente comprometido. Escribo sobre viticultura y enología y, de paso, sobre lo que tercia…Autor del libro “Talking about wine: Rioja”, primer libro monográfico sobre Rioja escrito en inglés.


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