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José Glera

La Poda

Delicia de locura

Esta semana me acerqué hasta Cárdenas salpicado por la curiosidad de ver qué hay detrás de un vino diferente y que me gusta. Me sorprendió el viñedo. Paisaje espectacular, policromado gracias a la mezcla de variedades. No es habitual. Paraíso fruto del paso de los años. Se nota que el hombre apenas ha intervenido. De ahí que no esté homogeneizado.
Allí estaban José y Carlos. Su proyecto se llama Octogenarius. Un vino de uva Garnacha de cepas de más de 80 años. «Ni las de mi padre; las de mi abuelo», dice José. Cepas especulares, orgullosas. La primera añada, 2013. Fueron apenas 1.800 botellas; de la última elaborarán 4.800. Ojo, con más cepas.
Su filosofía es sencilla: calidad. Consideran un crimen que se haya subvencionado el arranque de viñedo y rezan para que no llegue la parcelaria. Dos viticultores que aplican una máxima que les marca la propia viña: 300 botellas por fanega. Aquí no se habla por hectáreas. Ideas claras, locura y romanticismo. Su vino se hace en la cepa; la bodega queda en segundo plano. Viticultura más sacrificada. Esta visión refuerza mi creencia en la calidad y en las muchas posibilidades que ofrece Rioja. Como acertadamente afirma Alberto Gil, «producir más costará más».

La Poda

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