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Jorge Alacid

Logroño en sus bares

El hombre de los posavasos

Javier Ochagavía, con parte de sus posavasos, en el bar Lorca de Logroño. Foto de Juan Marín

 

Érase un logroñés a una afición pegado. Érase una colección superlativa. Érase una ciudad que cabe en el bolsillo: el relato de los bares que fueron, los que perviven en nuestra memoria y (ay) los que jamás volverán, con alguna salvedad. Los que forjaron el itinerario sentimental de toda una generación de logroñeses, los que instauraron una estética muy setentera, cuya huella puede perseguirse a través de ese benemérito archivo ambulante que es Javier  Ochagavía. Quien, en la estrecha línea que él mismo traza entre el coleccionismo y el mundo de Diógenes, acumula en su hogar miles de posavasos. Ese humilde artefacto que antaño se enseñoreaba de las barras patrias, hoy en retroceso. Ese ingrediente cañí, tan de la época, que hoy dormiría en el olvido si de ese limbo no lo hubiera rescatado un alma tan benevolente e inquieta como este caballero que llega al bar Lorca de la calle Chile, desembucha su mercancía, toma la mesa por asalto y encandila a los periodistas con esa memorabilia que dispara sin querer ese maldito mecanismo: la nostalgia.

“Lo que intento es reconstruir la historia, ahora que vivimos los estertores de aquella época, porque creo que se está perdiendo”. La clientela del Lorca, uno de los pocos locales logroñeses que sobreviven de los coleccionados por  Ochagavía, pone la antena mientras el protagonista de estas líneas va desgranando su historia. No sólo de posavasos vive su colección, avisa. También reúne en su casa envoltorios de cerillas, carteles y recortes de periódicos de aquellos maravillosos (¿Maravillosos?) años. Los 60 y también los 70. “Me apena que haya tanta desmemoria”, se sincera, “y que desaparezca aquel paisaje social”. Le disgusta además que también el concepto de bar haya perdido su función histórica “como catalizador de la sociedad”. Y miramos entonces a nuestro alrededor y nos preguntamos al unísono, en esta melancólica sobremesa de otoño: sabrán los jovencitos de esta época tan líquida lo que se están perdiendo. “Incluso salir de bares está hoy pautado”, se queja. “Parecemos centroeuropeos”.

Así que, también al unísono, vamos enhebrando la historia oculta de Logroño tejida en esta gavilla de posavasos. Aunque la voz predominante, por supuesto, es la de  Ochagavía. Quien recita con memoria enciclopédica la alineación que forman sus hallazgos diseminados sobre la mesa, mientras pone el acento en la hermosa tipografía de este ejemplar de aquí o subraya el poderoso diseño que distingue a aquel otro de más allá. Y que recuerda sin pestañear dónde se ubicaba este garito o cuál sería el posavasos que agregaría a su colección si un día tuviera la suerte de dar con él: “El del Barbarella. O el del Isopo, un local que estaba por Jorge Vigón”.

Lo estaba, en efecto. Todo tiempo pasado fue anterior, así que no merece la pena ponerse melancólico, ese malestar tan emparentado con esta otra enfermedad que aqueja a  Ochagavía, según confesión propia: el coleccionismo. “No tiene cura porque no tiene fin”. Una enfermedad alimentada por una curiosidad genuina, que fluye a través de internet, desde luego, pero que también canaliza el amable haz integrado por conocidos y amigos, esas buenas gentes que le avisan cuando cae en sus manos algún descubrimiento. Por ejemplo, su pieza favorita: “El posavasos del Robinson, que me gusta mucho porque lo llegué a conocer abierto”. O el del Ramsés, el primero que adquirió (“Fue en Burgos hace ocho años”). O el último: el del Braulio el Loco. Joyas de una colección pródiga en ellas, con capital en Logroño, ramificaciones por La Rioja y alguna extensión al resto de España: ahí están los casos del Nelson de Haro o la discoteca Sendero, de Arnedo. Ese humus de iconografía tan rica, totémica. Ese mundo de ayer cartografiado por estas docenas de posavasos que vuelven ahora a su madriguera en la hora de las despedidas. En la luminosa tarde de otoño, desde el ombligo de la antigua Zona logroñesa,  Ochagavía  dice adiós con una frase que pide mármol: “Los bares han perdido su identidad”.

 

P.D. Le pedí al caballero Ochagavía, luego de nuestro encuentro en el Lorca, que tuviera a bien facilitarme los cinco posavasos que con mayor celo y mimo custodia. Aquellos que preservería de un hipotético fuego en su domicilio. Los que salvaría. Los que le acompañarían a una isla desierta. Como se observa, uno es un periodista muy original. Con su gentileza y paciencia habituales, esto me respondió el amigo.

1) Sala de fiestas Dólar (Logroño)

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Al haber nacido en 1979, mi conocimiento sobre estas salas de fiestas y discotheques de los años 60 y 70 está condicionado tanto por el recuerdo de las generaciones anteriores a la mía como por las escasas pistas perdidas por la hemeroteca. Este posavasos deliciosamente bicromo nos transporta a la época anterior a la llegada del dj, cuando las parejas buscaban el refocil  mientras en el escenario del local se daban cita los mejores conjuntos o orquestas de la región, todo esto incluído en la consumición obligatoria. La sala Dólar, durante la primera mitad de los años 70, cambiaría de nombre a “Tio Sam”, de no muy largo recorrido.

 

2) Discoteca Dandy (Pradejón)

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La discoteca Dandy de Pradejón fue uno de los establecimientos más potentes y sicalípticos de la Rioja Baja, hasta que quedó destruida tras un incendio (sin víctimas) en las navidades de 1983.

 

3) Borgia’s 2 (Logroño)

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La sala Borgia primigenia se encontraba en Viana (Navarra), cuyo éxito haría posible que se extendiese a territorio riojano. Los habituales que se asomaron por su sucursal logroñesa tendrían la oportunidad de presenciar las actuaciones de conjuntos de música progresiva tan míticos como The Storm o Mi Generación, entre otros.

 

4) Ramses II (Logroño)

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La fascinación por el Antiguo Egipto marca la transición setentera entre las primeras discotheques con olor a skai y las posteriores discos desplegando toda su imaginería láser. No hay duda de que la extinta Ramses II, tanto por su decoración como por haber sido testigo de la era “Travolta”, se ha convertido por derecho propio en la discoteca más emblemática de la historia de Logroño.

 

5) Discoteca Oh Madrid (Santo Domingo de la Calzada)

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Como lector ávido de cómics, este posavasos diseñado por Daniel Torres, uno de los emblemas de la revista Cairo en los años 80, captó de inmediato mi atención. De aquellos años donde la juventud encontraba más marcha en localidades como Nájera o Santo Domingo de La Calzada que en la capital riojana.

Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja

Sobre el autor

Jorge Alacid López (Logroño, 1962) es periodista y autor de los blogs 'Logroño en sus bares' y 'Línea de puntos' en la web de Diario LA RIOJA, donde ocupa el cargo de coordinador de Ediciones. Doctor en Periodismo por la UPV.


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