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Bernardo Sánchez Salas

Material escolar

La miniserie

El arco de esta miniserie es de los más currados que recuerdo. Me gustan mucho las miniseries, o las de una única temporada. Seis o diez capítulos máximo. El equivalente a una novela medianamente larga. Cifuentes ha sido muy breve en emisión, un mes y pico –incluidas redifusiones, entrevistas al equipo y debates, como se hace ahora con la ficción nacional, con El ministerio del tiempo, Cuéntame o Fariña-, pero intensa, habilísima, bien graduada, implacable y absorbente, hasta culminar en un final que, resultando absolutamente inesperado para el espectador, era, sin duda –sé lo que es confeccionar la biblia de una serie-, el punto de partida de los guionistas; la secuencia que les sirvió para comenzar a trabajar el arco de Cifuentes desde el principio. Una vez que tuvieron clara esta secuencia –tan clara como blindada- ya pensaron en cómo desarrollar los capítulos que iban a componer la serie completa. Es el típico final que justifica por sí sólo el meterse a elaborar el resto de una serie; porque una serie es cara y la cadena de trabajo es complicada (y ésta, desde luego, tiene pinta de haber costado una pasta y de haber participado en ella mucha gente, de muchos departamentos distintos). Este tipo de final es la idea que en la primera vuelta se echa sobre la mesa de trabajo como si echaras un as de picas, mortífero pero fulgurante. Esto no le debe extrañar a nadie: es el modus operandi habitual de muchos guionistas de cine, de televisión y de cualquier otro formato dramático: tener previsto antes que nada el desenlace; saber hacia dónde se va, y luego ya se decide de qué manera hay que llegar hasta ese desenlace, cómo alcanzarlo: cómo ‘escaletearlo’, que se dice en la profesión. «¿Cómo vamos a acabar esta temporada?» es lo que se preguntan los guionistas el primer día que se sientan a pensar el arranque. Una vez acordado el final, falta por escaletear todo lo de en medio: trabajar en las tramas secundarias, paralelas o directamente distractivas; crear personajes más o menos periféricos; multiplicar las hipótesis sobre el curso que podría tomar la acción, etc… Marear la perdiz, vaya. Tras ver este miércoles los últimos segundos de la última entrega de Cifuentes, está claro, ahora se ve, que lo primero que tenían entre manos era el final. Un final que ni siquiera, en este caso, era lo que se llama en el argot un ‘giro’ –es decir, un golpe de efecto, una simple sorpresa- sino algo más importante: un agujero, un vacío. De los que desfondan al protagonista y al espectador. No es el final de Los Serrano; está más cerca de un final Twin Peaks. Ahora se ve que en Cifuentes nos han tenido muy bien engañados desde el minuto uno: todo lo del trabajo de fin de máster y, en general, lo de la trama universitaria –los personajes del rector y de los miembros del tribunal…- y el suspense de la dimisión de ella era un macguffin, un despiste superficial; porque –y advierto que la siguientes líneas contienen spoilers, por si alguien no vio el capítulo el miércoles- la clave era una ‘pieza aparte’ inscrita en la caja negra del asunto; un episodio casi onírico; una secuencia obscena, insoportable de contemplar, localizada en una salida de servicio de un híper, en medio de cajas vacías y material de limpieza, registrada en un plano picado de cámara de video vigilancia; ese tipo de plano que graba robos o agresiones. Muy al fondo del argumento académico-político latía, siniestro, de siniestro total, un presunto hurto de productos de belleza. Una cuestión nada vulgar. Y todo lo demás, lo visto en capítulos anteriores, ascendía desde el abismo de ese hecho, de ese miedo. No era, todo lo demás, sino una ficción diurna de la protagonista, porque lo real dormía en esa escena oculta. Acaba la cosa con que al final –que en realidad era el origen- ella tiene que vaciar el bolso delante del segurata, como le abres el alma a un desconocido. Es un plano, es una secuencia, es un miedo, como de Hitchcock (¿la secuencia del water de la gasolinera de Psicosis, cuando Marion repasa el fajo con los 40.000 dólares?); de Haneke (podría ser Isabelle Huppert con una peluca rubia) o de Chabrol. François Truffaut, que creía que Marnie tenía que haber durado no menos de tres horas -o sea: una miniserie- definía esta formidable película, Marnie –repleta de moradas idénticas a ésta del hurto de Cifuentes-, con un concepto que usaba mucho Chabrol para aplicarlo a sus propios personajes: «la tentación de la decadencia». Muy pensado todo, ya digo, en Cifuentes. Como mínimo, años de trabajo, siete u ocho, por ahí. Esperamos con ansiedad la edición en DVD de la miniserie Cifuentes; con los extras, el making of, las secuencias eliminadas y las tomas falsas. Perdón, las verdaderas.

Temas

Arte, Cine, Política, Series de TV, Televisión

Espacio de opinión en el que se aúnan las artes escénicas, el panorama político, el cine, la radio, y la televisión. Además de la cultura en general y la vida en particular. Su autor es Bernardo Sánchez Salas, escritor, doctor en filología hispánica y guionista.

Sobre el autor

Bernardo Sánchez Salas (Logroño, 1961) Escritor, Doctor en Filología Hispánica, guionista de cine y televisión y autor teatral: Premio Max en 2001 por la adaptación escénica de la película El verdugo y adaptador, también, de obras de Arthur Miller (El precio, nominado en 2003 al Max a la mejor adaptación), Tirso de Molina (La celosa de sí misma), Antonio de Solís y Rivadeneyra (Un bobo hace ciento) –ambas para la Compañía Nacional de Teatro Clásico-, Aristófanes (La asamblea de las mujeres), Edgar Neville (El baile), Howard Carter Beane (Como abejas atrapadas en la miel), Jeff Baron (Visitando al señor Green, nominado en 2007 al Max a la mejor adaptación) o Rafael Azcona (El pisito). Sus trabajos teatrales –realizados para unidades de producción públicas y privadas- han sido dirigidas por Luis Olmos, Jorge Eines, Tamzin Townsend, Juan Echanove, Sergio Renán, Esteve Ferrer, o Juan Carlos Pérez de La Fuente. Es también autor de textos teatrales originales como Donde cubre y La sonrisa del monstruo (dirigidos por Laura Ortega para la RESAD), El sillón de Sagasta (dirigido por Ricardo Romanos) y La vida inmóvil (dirigida por Frederic Roda). Ha publicado estudios sobre el dramaturgo del siglo XIX Bretón de los Herreros y editado algunas de sus obras; fue corresponsal de la revista El público. Autor del conjunto de relatos Sombras Saavedra (2001), publicado por José Luis Borau en “El Imán” y de monografías individuales y/o colectivas sobre Rafael Azcona, Bigas Luna, Luchino Visconti, Viçenc Lluch, José Luis Borau, Eduardo Ducay, Antonio Mingote, Pedro Olea, el Documental Español, la Literatura y el Cine en España o El Quijote y el Cine.

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