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Bernardo Sánchez Salas

Material escolar

(Casi) todo sobre mi madre

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Cuando no era todavía mi madre, a mediados de los cincuenta, vivía en la Calle San Juan y era una empleada de zapatería. Todos los días le escribía una carta a su novio, cuando todavía no era mi padre. Su novio, un contable de la Calle del Norte, se encontraba entonces alojado en una pensión de Madrid mientras los médicos intentaban acertarle con una apendicitis mal operada durante el servicio militar y que casi se lo lleva por delante. Ella le daba novedades desde Logroño; por ejemplo: que fuera de los andenes de El Espolón no podían pasear las parejas sin que los multaran los guardias. Y que no le alcanzaba para ir al cine o para tomarse un refresco; o que iban a mandarlas a ella y a su hermana María Luisa, mi tía Marisa, a una Colonia femenina en Castro, donde se comía tres veces al día y hacían excursiones. En una, llegó a conocer a una de las hijas de Ataúlfo Argenta. También le contaba cómo se paseaban vacilones los marineros americanos que hacían escala en Santander. Le contaba, también, cómo veía con envidia a muchas parejas de enamorados, que buscaban no amarse a pleno sol. En las cartas –largas, escritas con letra escolar, y en las que intercambiaba la ‘v’ y la ‘b’- le recomendaba a su novio que en Madrid aprovechara, si las curas y dolores se lo permitían, para ir a la Zarzuela, al Retiro y al Cinerama; y le confesaba que no veía el día en que regresara repuesto de Madrid, se casaran y todo se solucionara. Acababa cada carta firmando “tu pequeña”. Por entonces, hacía de damita joven en la comedia Los marqueses de Matute, con un grupo de aficionados, y salía vestida con un falda de tubo que mi padre siempre recordaría. Con las funciones se sacaban un dinero para los viajes que hacían con Gerardo Capellán, don Gerardo. A Roma y a otros sitios. Mi madre siempre hablaba de aquel viaje a Roma, de novios. Su ilusión era ir un día a Jerusalén. Fueron, ya jubilados, pero su corazón, que empezaba a debilitarse, le jugó una mala pasada en tierra santa. Era muy guapa, mi madre. Todo el mundo lo decía. En cada época de su vida se pareció a una actriz distinta. Su hermana Josefina, que regentaba con mi tío Félix Sáenz, el pianista, la franquicia de Pingouin Esmeralda, murió, con mi tío, en un accidente de tráfico en los San Mateos de 1971. Mi madre se puso a vender lanas y lencería en la tienda, “Salas”, en Sagasta con Hermanos Moroy. Para eso tuvo que hacer un curso en La Estambrera y le dieron el “Premio a la simpatía”, un mazacote con una chapa del Pingouin en medio. Desde ese momento, a mi madre la veíamos más detrás del mostrador que en casa. Tenía como compañeras dependientas a mi tía Marisa –que lo había sido también de “La Violeta”- y a Adoración Martínez, Dorita, como otra tía nuestra. Doblaba muy bien las prendas mi madre y los viajantes de las marcas –me acuerdo de “Mitjans”- la apreciaban mucho. Me llevó al Diana a ver La vuelta al mundo en 80 días. Luego yo la llevé a ver a ella, en plena estación catastrófica, El hundimiento del Japón, al Avenida (en cuyo salón de fiestas, por cierto, habían celebrado su convite de boda). Aún no me lo habrá perdonado lo del hundimiento. Cocinaba en días especiales ‘patatas a la importancia’. Y en cada festivo, un pollo al horno. Le gustaba mucho Madame Butterfly, y Aznavour, Venecia sin ti, la que más. Olvidó todo menos la música. Durante años, ahorraron ella y mi padre para ir a ver a la Caballé al Liceo, en Salomé. Cuando al final, en la Residencia, le poníamos la Butterfly con un ipod iba directa al lacrimal. Un día, en la tienda de “Salas”, le presenté a Imperio Argentina. Imperio le compró unas medias. Pese a ser de iglesia, no le gustaban las procesiones de Semana Santa ni visitar cementerios el 1-N, y nunca impidió que sus hijos nos casáramos por lo civil. Le daban miedo los aparatos eléctricos y le aterrorizaban las tiras de petardos y los fuegos artificiales. El fuego en general. Sobre todo desde que unas navidades ardió el Belén en casa por un cortocircuito en las bombillas del Palacio de Herodes. Todos los domingos leía la revista Semana. No permitió que entrara un ordenador en casa. Y con el café cortado con leche condesada se fumaba –sin tragarse el humo- un mentolado, un “Pipper”. Decía mucho «estilosa», «estafermo» y «fantástico». «Fantástico, fantástico, hijo; esto es fantástico». Dormía mal, muy mal, como yo. Me tuvo por cesárea. Pensaba que yo –que me pusieron Bernardo por Bernardo de Claraval- tenía que haber sido abogado o médico o del Císter. Ahora hay una serie de internet que lleva su nombre: Paquita Salas.

Fotografía de ©teresarodríguezmiguel

Espacio de opinión en el que se aúnan las artes escénicas, el panorama político, el cine, la radio, y la televisión. Además de la cultura en general y la vida en particular. Su autor es Bernardo Sánchez Salas, escritor, doctor en filología hispánica y guionista.

Sobre el autor

Bernardo Sánchez Salas (Logroño, 1961) Escritor, Doctor en Filología Hispánica, guionista de cine y televisión y autor teatral: Premio Max en 2001 por la adaptación escénica de la película El verdugo y adaptador, también, de obras de Arthur Miller (El precio, nominado en 2003 al Max a la mejor adaptación), Tirso de Molina (La celosa de sí misma), Antonio de Solís y Rivadeneyra (Un bobo hace ciento) –ambas para la Compañía Nacional de Teatro Clásico-, Aristófanes (La asamblea de las mujeres), Edgar Neville (El baile), Howard Carter Beane (Como abejas atrapadas en la miel), Jeff Baron (Visitando al señor Green, nominado en 2007 al Max a la mejor adaptación) o Rafael Azcona (El pisito). Sus trabajos teatrales –realizados para unidades de producción públicas y privadas- han sido dirigidas por Luis Olmos, Jorge Eines, Tamzin Townsend, Juan Echanove, Sergio Renán, Esteve Ferrer, o Juan Carlos Pérez de La Fuente. Es también autor de textos teatrales originales como Donde cubre y La sonrisa del monstruo (dirigidos por Laura Ortega para la RESAD), El sillón de Sagasta (dirigido por Ricardo Romanos) y La vida inmóvil (dirigida por Frederic Roda). Ha publicado estudios sobre el dramaturgo del siglo XIX Bretón de los Herreros y editado algunas de sus obras; fue corresponsal de la revista El público. Autor del conjunto de relatos Sombras Saavedra (2001), publicado por José Luis Borau en “El Imán” y de monografías individuales y/o colectivas sobre Rafael Azcona, Bigas Luna, Luchino Visconti, Viçenc Lluch, José Luis Borau, Eduardo Ducay, Antonio Mingote, Pedro Olea, el Documental Español, la Literatura y el Cine en España o El Quijote y el Cine.


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