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Bernardo Sánchez Salas

Material escolar

Piezas separadas

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Qué curioso: la filmografía de un mismo director –pegado en sus temas a la infancia latente, o incluso mucho antes- atesora dos secuencias fundamentales para entender el valor de nuestros residuos más entrañados, de las piezas que contienen sintetizado el ADN del mapa humano, entre la lactancia y el psicoanálisis: una muestra de nuestro tracto espiritual. Dos secuencias tan gráficas como poéticas, centradas en un chicle y en una mierda de niño. Y qué curioso, coinciden ahora también en Logroño estos dos asuntos: el chicle masticado y la mierda fósil. De lo primero se encarga el servicio de limpieza del Ayuntamiento y lo segundo es materia de la Casa de las Ciencias: la Exposición “Excreta”. Por cierto, ‘excreta’ (RAE), del latín excretus: lo separado, lo purgado (y ‘purgar’ es limpiar). De ahí, lo ‘discreto’ y lo ‘discrecional’: separar lo distinto, limpiamente, discretamente. Si embargo, chicle y heces son excrementos de la central de ciclo combinado de nuestra nutrición y ansiedades: de nuestro drama. ‘Excremento’, siguiendo con la cadena biológica gramatical: lo que se expulsa. Son piezas –chicle y heces- separadas finalmente de nosotros, pero contienen información clave sobre lo que nos pasa y no nos pasa por dentro. Y me viene ahora la expresión “Bebe para que pase”. De hecho, un miedo fundamental, filogenético es no poder expulsar; el que se te queden atravesadas: la asfixia o el estreñimiento: “Tragarse el chicle”. Con su advertencia: «cuidado, no te tragues el chicle». Y con su fatalidad: «mamá, me he tragado el chicle». ¿Y qué pasaba si te tragabas el chiche? ¿Qué te podía pasar con el chiche dentro? Nada. Acabaría en las heces, como todo; pero el miedo del niño –y aún después- es el miedo; y te imaginabas el chicle adherido a una pared intestinal; como están adheridos millares y millares de chiches a la pared de la casa de Julieta en Verona. Julieta no existió ni tuvo casa, pero los chicles sí existen; y besados, masticados y pegados hablan de cosas de verdad: de una idea degustativa del amor, que surge desde la intimidad de la saliva y se estampa en una pared, como un tatuaje, como un tributo. En casa de Julieta, que sólo existe en las paredes de la literatura, de la imaginación: superficies plagadas de adherencias, que se expanden como la yedra, como una ramificación arterial, como un sistema circulatorio del deseo. Se deja el chicle en casa de Julieta, en un gesto boca a boca. Bertolucci, que rodaría en Verona La Luna -fábula sobre el cordón umbilical como chicle estirado hasta el origen- llegó más lejos en otra escena de balcón –pero post Romeo y Julieta- mostrando el valor del chicle en toda su extensión. En su último instante, después de que Jeanne le dispara, en el balcón, Paul, expirando en El último tango en París, se saca de la boca un chicle y lo pega debajo de la barandilla, como última palabra (también de amor) y último aliento. Un chicle exánime. Una identidad. Quizás Paul estaba devolviendo, al final, el chicle que se había tragado de niño, en América. Ahora le salía. Había estado pegado en su interior toda su vida. Como un miedo. Porque el chicle es, por encima de una goma masticable, una actitud, un gesto, una forma de rumiar la existencia. Contaba estaba semana La Rioja que en Logroño, cada día quedan pegados –en sus paredes, aceras y escaparates- una media de 700 chicles, ya usados. Lo que supone 700 historias. Habrá de todo: amor, despedidas, pistas, olvidos, palabras, biopsias. Son más que un chicle; cuesta, de hecho, más dinero el sacarlo que el comprarlo. Y más esfuerzo que masticarlo, porque ni con una espátula se pueden rascar el mensaje que contienen. La colección de excrementos de “Excreta” constituye –como no puede ser de otra manera- otra colección de mensajes, pues –se dice en la Exposición- el ser humano fabrica cada día por los menos 150 gramos. Multipliquen. No creo que al día seamos capaces de fabricar 150 gramos de ideas. No digamos de buena calidad. Todo está, en cambio, en el excremento de calidad: purgado, discreto, elocuente. Y paso ahora a la otra secuencia, una de El último emperador: el momento fundamental de la jornada de Pu-Yi, con sólo tres años, era cuando al médico le eran servidas en un bol las heces del niño-emperador. Minúsculas, de cachorro. El médico las olía y las observaba como se lee el futuro en los posos del café. Y prescribía, por ejemplo: puré, otra vez, y nada de carne. Esos excrementos son un recuerdo de la infancia, y se pronunciarán de por vida en diminutivo. Recuerdo a un hombrón –cuando a eso se le llamaba ‘tener mucha humanidad’-, un emperador septuagenario, que me aseguraba que su mayor ilusión era la ‘caquita’ diaria.

Fotografía Verona 1996 ©teresarodriguezmiguel

Espacio de opinión en el que se aúnan las artes escénicas, el panorama político, el cine, la radio, y la televisión. Además de la cultura en general y la vida en particular. Su autor es Bernardo Sánchez Salas, escritor, doctor en filología hispánica y guionista.

Sobre el autor

Bernardo Sánchez Salas (Logroño, 1961) Escritor, Doctor en Filología Hispánica, guionista de cine y televisión y autor teatral: Premio Max en 2001 por la adaptación escénica de la película El verdugo y adaptador, también, de obras de Arthur Miller (El precio, nominado en 2003 al Max a la mejor adaptación), Tirso de Molina (La celosa de sí misma), Antonio de Solís y Rivadeneyra (Un bobo hace ciento) –ambas para la Compañía Nacional de Teatro Clásico-, Aristófanes (La asamblea de las mujeres), Edgar Neville (El baile), Howard Carter Beane (Como abejas atrapadas en la miel), Jeff Baron (Visitando al señor Green, nominado en 2007 al Max a la mejor adaptación) o Rafael Azcona (El pisito). Sus trabajos teatrales –realizados para unidades de producción públicas y privadas- han sido dirigidas por Luis Olmos, Jorge Eines, Tamzin Townsend, Juan Echanove, Sergio Renán, Esteve Ferrer, o Juan Carlos Pérez de La Fuente. Es también autor de textos teatrales originales como Donde cubre y La sonrisa del monstruo (dirigidos por Laura Ortega para la RESAD), El sillón de Sagasta (dirigido por Ricardo Romanos) y La vida inmóvil (dirigida por Frederic Roda). Ha publicado estudios sobre el dramaturgo del siglo XIX Bretón de los Herreros y editado algunas de sus obras; fue corresponsal de la revista El público. Autor del conjunto de relatos Sombras Saavedra (2001), publicado por José Luis Borau en “El Imán” y de monografías individuales y/o colectivas sobre Rafael Azcona, Bigas Luna, Luchino Visconti, Viçenc Lluch, José Luis Borau, Eduardo Ducay, Antonio Mingote, Pedro Olea, el Documental Español, la Literatura y el Cine en España o El Quijote y el Cine.


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