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Bernardo Sánchez Salas

Material escolar

El vuelo interior

LOGRONO. Album de cromos de la pelicula Superman. 19.05.2018 Justo Rodriguez

Coleccioné cromos hasta los dieciocho. Luego ya empiezas a coleccionar otras cosas: años, por ejemplo. Puedes ir a un mercadillo y cambiar cromos, pero no puedes cambiar años. Aunque algunos los tengas –o te parezcan- repetidos. Los que te faltan, no los encuentras. La colección de cromos puedes llegar a completarla; la de años nunca. Siempre te faltará alguno. Cromo nº 15: «Lois Lane, la periodista más hábil e inteligente del diario Daily Planet». Superman, la película, fue mi última colección de cromos. En 1978. 180 cromos. Los años amarillean como los cromos: es por los pegamentos, que envejecen mal y se comen el color de las páginas. Cromo nº 121: «Aquella noche, mientras espera en su casa, Lois cree que encontrará la mejor noticia de su vida. No se equivoca: ¡Superman aparece allí, junto a ella!». El álbum me parece ahora como el pasaporte de haber pasado por muchos sitios. Cada cromo un visado. Desde un lugar sin nombre del Estado de Kansas hasta las azoteas de Metropolis. De haber pasado, sobre todo, por el Cine SAHOR, que entonces era un cielo nocturno maravilloso, mi estratosfera. Sin salir de la Calle San Antón. Su pantalla tenía exactamente las dimensiones de Superman en modo vuelo: todo lo grande que era desde el rizo hasta las calzas. Cromo nº 124: «Lois, que ama a Superman, y a él le pasa lo mismo [nota.- que ama a Lois, se entiende, no que Superman ame a Superman, que igual también]. El héroe le invita a un vuelo fantástico sobre Metrópolis y ella acepta encantada». La colección resumen en seis cromos –como seis ventanitas- el vuelo de Superman con Lois sobre el Manhattan de Metropolis. Lois, Margot Kidder, le sacaba cuatro años al superhombre, que sólo tenía 26: un gafapasta que vestía un pijama de Superman. Si no es por Lois, él no hubiera remontado el vuelo, viniendo de la infancia que venía, allá en la nevera de Krypton. Lois sí sabía lo que era un traje de noche, y volar en camisón, como Wendy, ligera de equipaje. No sabemos, en cambio, nada de la infancia de Lois. La cogemos ya con la carrera de periodismo acabada. Intuimos que acumula soledad, anhelo. Mi cromo preferido, el nº 124: «Desde aquella altura, la ciudad parece que se mueve dando vueltas despacio». Pero los cromos no se oyen, claro. Y como las palabras tampoco se escuchan en el espacio, los personajes, a esas alturas, sólo pueden hablar para sus adentros. Para los adentros del cine. Todo el firmamento pasa por la cabeza de Lois. Ella ocupa todo el espacio de la noche. La noche se hace en ella. Por encima de las nubes y desde la primera hasta la última fila del SAHOR arriba –ya en su terraza, como la del apartamento de Lois, desde donde despegamos- sólo se escucha a Lois. Porque la cosa es al revés: Superman no hace volar a Lois: es Superman quien vuela dentro de la cabeza de Lois. Y nosotros con ella. Y entonces escuchamos a Lois –a la periodista, a la novia- en el silencio estratosférico, en una de las grandes secuencias de la historia del amor; por su vértigo, por las mariposas en el estómago. Le escribió las líneas –quién lo iba decir- el autor de El padrino, Mario Puzo, guionista también de Superman: «Lee en mi corazón, y verás la razón de mi existir». Esto sólo se puede decir a unos cuantos palmos por encima del suelo. Y Lois prosigue el poema, que desafía las leyes de la gravedad: «En realidad soy una mujer. Ámame. Lee mi pensamiento. Lo que pasa por mi imaginación. Sí buscas amor, aquí estoy. Lee mi mente». Y toda su vida anterior, y la ciudad, y los apuntes de la carrera y el planeta completo giran delante de ella. En cinco minutos. La vida es eterna en cinco minutos. Si Superman acepta el reto, podrá llegar a convertirse en un hombre, que es un superpoder más preciado que ser un superhombre. Y éste era el vuelo. La exclusiva, el scoop. Claro que de este vuelo no se regresa. El aterrizaje era imposible. La tensión, bipolar. Tuvieron los dos amantes una mala caída. Pero mereció la pena el vuelo. Gracias a él, el cine, sus cromos, convirtieron el romanticismo en superomanticismo. Y es que el amor es muy raro en el mundo de los superhéroes, un continuo equilibrismo, sin red. Spiderman, por ejemplo, sólo puede besar a Mary Jane colgado bocabajo, pendiente de un hilo. De igual manera a Lois y a Superman, a Margot Kidder y a Christopher Reeve, en su paso a dos, sólo les sostenía la música de John Williams y unos hilos de algo, invisibles, que les sujetaban. Como los que nos sujetan a todos. Cogiditos, como estamos, con hilvanes.

Fotografía. Album de cromos de la película Superman. 19.05.2018 @Justo Rodríguez

Temas

Espacio de opinión en el que se aúnan las artes escénicas, el panorama político, el cine, la radio, y la televisión. Además de la cultura en general y la vida en particular. Su autor es Bernardo Sánchez Salas, escritor, doctor en filología hispánica y guionista.

Sobre el autor

Bernardo Sánchez Salas (Logroño, 1961) Escritor, Doctor en Filología Hispánica, guionista de cine y televisión y autor teatral: Premio Max en 2001 por la adaptación escénica de la película El verdugo y adaptador, también, de obras de Arthur Miller (El precio, nominado en 2003 al Max a la mejor adaptación), Tirso de Molina (La celosa de sí misma), Antonio de Solís y Rivadeneyra (Un bobo hace ciento) –ambas para la Compañía Nacional de Teatro Clásico-, Aristófanes (La asamblea de las mujeres), Edgar Neville (El baile), Howard Carter Beane (Como abejas atrapadas en la miel), Jeff Baron (Visitando al señor Green, nominado en 2007 al Max a la mejor adaptación) o Rafael Azcona (El pisito). Sus trabajos teatrales –realizados para unidades de producción públicas y privadas- han sido dirigidas por Luis Olmos, Jorge Eines, Tamzin Townsend, Juan Echanove, Sergio Renán, Esteve Ferrer, o Juan Carlos Pérez de La Fuente. Es también autor de textos teatrales originales como Donde cubre y La sonrisa del monstruo (dirigidos por Laura Ortega para la RESAD), El sillón de Sagasta (dirigido por Ricardo Romanos) y La vida inmóvil (dirigida por Frederic Roda). Ha publicado estudios sobre el dramaturgo del siglo XIX Bretón de los Herreros y editado algunas de sus obras; fue corresponsal de la revista El público. Autor del conjunto de relatos Sombras Saavedra (2001), publicado por José Luis Borau en “El Imán” y de monografías individuales y/o colectivas sobre Rafael Azcona, Bigas Luna, Luchino Visconti, Viçenc Lluch, José Luis Borau, Eduardo Ducay, Antonio Mingote, Pedro Olea, el Documental Español, la Literatura y el Cine en España o El Quijote y el Cine.

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