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Bernardo Sánchez Salas

Material escolar

Bajo el fuego

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Este jueves, en un baño de esos de final de la tarde, los mejores, en el drive-in estival de las Franco-Españolas, me volví a tirar a la piscina con Benjamin Braddock. La primera vez sería con veinte años, calculo, en alguna reposición de El graduado en los ochenta. A los veinte años, digamos que aún flotas. Adivinas, sí, el fondo, pero todavía a varios metros de distancia bajo tus pies. Ni se te ocurre tocarlo –el fondo, digo- de no ser por ver cuánto aguantas sin respirar; por deporte, vaya. Y vuelves a subir, sin mayor problema. A lo veinte años, aún se aguanta bastante sin respirar. Y se saca, luego, la cabeza, tan ufano. El graduado –ahora te das cuenta, claro, a base de bracear, de inmersiones y de forzar tu capacidad pulmonar- trataba precisamente de cómo mantenerse por encima de la línea de flotación. La tuya y la general. A Benjamin tampoco le ha servido de nada un trabajo de fin de máster. Es graduarse y hundirse. Se ve -lo vemos- como a un buceador acoquinado en el córner del fondo de una piscina. Y con la cabeza metida en el interior de una pecera o de unas gafas de bucear. Desde esta profundidad abisal, el cerebro percibe la vida como si estuviera envasado al vacío: se oye hablar a gente sin que se les oiga; se ve escuchar a la gente sin que se oigan y se ve escribir canciones para ninguna voz. Simplemente se boquea. El cerebro permanece activado a duras penas, en medio de una oscuridad familiar, muy parecida a la ceguera provocada por un neón deslumbrante. O esto es lo que decían Simon y Garfunkel en El sonido del silencio, que acompañará a Benjamin en su inmovilidad de ahogado. En su apnea existencial. En su infancia no resuelta. En su miedo submarino. El joven Braddock, benjamín de los tiburones que condujeron a América desde Kennedy hasta Nixon y más allá (y más acá), demuestra –pese a ser un buen partido- no tener más estabilidad que la de una colchoneta de piscina. Benjamin se mantiene en la delgada línea existente entre la respiración y el ahogamiento, entre el éxito y el naufragio. Y como la colchoneta y las burbujas puede pinchar en cualquier momento. Mientras, se va quemando al sol. Todos están más o menos quemados en El graduado. Benjamin es un quemado prematuro. Se supone que tiene veintiún años. Sin embargo, véase a Mrs. Robinson, una quemada veterana; tatuada incluso por el tedio irradiado desde el solarium del american way of life. Porque lo más erótico de Mrs. Robinson -estarán conmigo- son las marcas blancas que sobre su piel ha dejado impresas el dos piezas, expuesto al sol de las piscinas que por entonces ya se estaban llenando de petróleo. Resulta un mapa de fronteras, de sendas de piel intacta, que Benjamin no se atreve a franquear. Los veranos, exceptuando el verano original, el de la vacación infantil y la felicidad acuática, son una especie de unidad de quemados, en varios sentidos, con quemaduras de diversa consideración. Lo que no está al rojo vivo (taxis en Barcelona, los mostradores de Ryan Air…), arde directamente. Arde Grecia en una tragedia pompeyana. Con parejas abrazadas en coches y en residencias de ancianos. Datos para que los graduados en arqueología interpreten el tipo de drama infame, a menudo criminal, en que han vivido estos siglos nuestros, tan abandonados de los dioses. Ha ardido Grecia como veía arder el río Agamenón en La Ilíada según Alessandro Baricco: «Un muralla de fuego que venía hacia mí. Ardían los olmos, los sauces, los tamariscos; ardían el loto y el junco y la juncia; ardían los cadáveres y las armas y los hombres. Me detuve. El fuego me alcanzó. Lo que nadie, nunca había visto, lo vieron todos ese día: un río en llamas. Las aguas hirviendo, los peces escabulléndose aterrorizados por entre los torbellinos incandescentes». Ha ardido, en el corazón de Atenas, la mirada de Ulises: los papeles, los libros, las notas, las cartas, los proyectos, la materia de Theo Angelopoulos (1935-2012), el último cineasta homérico, que filmó la niebla y el río primordiales. Y el sonido del silencio. Arde el Mediterráneo clásico, desde las cubiertas de embarcaciones a la deriva, cargadas de inmigrantes insolados. En tierra, arden los lanzallamas en la frontera ceutí. No es de extrañar que el viernes ardiera también la luna; o se desangrara. Pero hay esperanza: el mar del futuro acaba de aparecer bajo los adoquines de Marte. En septiembre, hablamos.

 

Temas

Espacio de opinión en el que se aúnan las artes escénicas, el panorama político, el cine, la radio, y la televisión. Además de la cultura en general y la vida en particular. Su autor es Bernardo Sánchez Salas, escritor, doctor en filología hispánica y guionista.

Sobre el autor

Bernardo Sánchez Salas (Logroño, 1961) Escritor, Doctor en Filología Hispánica, guionista de cine y televisión y autor teatral: Premio Max en 2001 por la adaptación escénica de la película El verdugo y adaptador, también, de obras de Arthur Miller (El precio, nominado en 2003 al Max a la mejor adaptación), Tirso de Molina (La celosa de sí misma), Antonio de Solís y Rivadeneyra (Un bobo hace ciento) –ambas para la Compañía Nacional de Teatro Clásico-, Aristófanes (La asamblea de las mujeres), Edgar Neville (El baile), Howard Carter Beane (Como abejas atrapadas en la miel), Jeff Baron (Visitando al señor Green, nominado en 2007 al Max a la mejor adaptación) o Rafael Azcona (El pisito). Sus trabajos teatrales –realizados para unidades de producción públicas y privadas- han sido dirigidas por Luis Olmos, Jorge Eines, Tamzin Townsend, Juan Echanove, Sergio Renán, Esteve Ferrer, o Juan Carlos Pérez de La Fuente. Es también autor de textos teatrales originales como Donde cubre y La sonrisa del monstruo (dirigidos por Laura Ortega para la RESAD), El sillón de Sagasta (dirigido por Ricardo Romanos) y La vida inmóvil (dirigida por Frederic Roda). Ha publicado estudios sobre el dramaturgo del siglo XIX Bretón de los Herreros y editado algunas de sus obras; fue corresponsal de la revista El público. Autor del conjunto de relatos Sombras Saavedra (2001), publicado por José Luis Borau en “El Imán” y de monografías individuales y/o colectivas sobre Rafael Azcona, Bigas Luna, Luchino Visconti, Viçenc Lluch, José Luis Borau, Eduardo Ducay, Antonio Mingote, Pedro Olea, el Documental Español, la Literatura y el Cine en España o El Quijote y el Cine.


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