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Bernardo Sánchez Salas

Material escolar

Extraños elementos

Se celebra en todo el orbe químico el 150 aniversario de la “Tabla periódica de los elementos”, la que concibiera Mendeléyev; abriéndose su lista por el hidrógeno, claro, porque es que este elemento saltaba a la vista. No será por falta de hidrógeno. Yo, en cambió, empecé la tabla ya muy tarde, a la altura del elemento 54, que era el elemento que más abundaba en mi vida. Y aún seguiría abundando muchos años después, por encima de otros situados más arriba en el escalafón. También –si bien en otro sentido- el 54 saltaba a la vista. O hasta la vista. Y fue considerado extraño. Lo descubrí cuando, precisamente, empezábamos a cantar la tabla periódica en clase, a veces por orden alfabético y a veces por su número atómico. Sonaba muy bien la versión alfabética y era más fácil, por la cosa nemotécnica. Hubo un tiempo en que la ciencia se tarareaba de oído. Como los números de la lotería. Lo que corrobora que la música es una matemática. Y la matemática –al menos en mi edad escolar- una melopea de tablas de multiplicar y de dividir. Un rap cifrado, podría decirse. Y así entraba mejor. Los elementos periódicos tenían –los conservan- nombres propios originales, como inventados por Tolkien; o, en cualquier caso, por un Señor de los Elementos: Argón, Dubnio, Osmio, Fermio, Hafnio, Gadolinio, Livermorium, Zirconio, Oganesson, Terbio, Radón, Torio o ¡Rutherfordio!… Nombres de fanta-ciencia que ocultaban las verdaderas propiedades químicas cuando no el talante reaccionario del elemento (de reaccionar; o sea lo de «eso es que te ha hecho reacción»). Igual que nuestras propiedades, valencias o intolerancias personales quedan ocultas bajo nuestros nombres de pila. De ahí que alguien con pesquis te cale un día y te suelte: «Tú estás hecho un elemento». O revele de un tercero: «Ése es un elemento». Equivalente a elemento de cuidado. A la memorización de la tabla goda de elementos periódicos se sumaría algo después La bola de cristal en TVE, un programa repleto de buenos elementos, tan infrecuentes hoy en día en la televisión, con la que ya raramente estableces una química. Y así, prodesse et delectare, ampliamos el espectro de las fracciones microscópicas que conformarían el ‘nuevo abracadabra’ de nuestras vidas, que a esas horas de aquellos sábados comenzaban a estar maldormidas, pero siempre abiertas al conocimiento científico. La bruja Alaska y los electroduendes nos introdujeron en el mundo del Culombio y del Faradio, que eran unidades de capacidades eléctricas, no exactamente elementos de Mendeléyev, que de eléctrico, el hombre, sólo tenía el pelo, tipo personaje de pelos revueltos de Dostoyevski: buen elemento Dostoyevski. El elemento 54 era el gas Xenon. Un gas noble –como no podía ser de otra manera, por sus virtudes-, inodoro, incoloro (aunque si lo metes en un frasco produce una luz azul), de los antiguamente llamados inertes y por lo visto bastante pesado. Y extraño, pues de viene de ‘extraño’ en griego, que se pronuncia xenón. Pero por lo que le tengo tanta ley es porque era el gas del que estaban llenas las lámparas de proyección de los cines buenos, desde finales de los años 60, en sustitución de los carbones de polo positivo y negativo, que aquello era como unos altos hornos. Un día pasé, no recuerdo si por el Diana o por el Sahor, y leí en su marquesina un cartel de plástico ¡azul! que anunciaba: «EQUIPADO CON EL NOVÍSIMO SISTEMA DE PROYECCIÓN CON LÁMPARA DE 2.500 WATIOS XENON». No se me ha olvidado. Junto a lo del sonido estereofónico magnético transistorizado, que también se anunciaba como novedad. Y el nombre “XENON” aparecía enmarcado como en una pantalla de scope o de TODD-AO. Me deslumbraba nada más el pensar cómo tenía que ser ese pedazo de lámpara, y la potencia del montón de Watios, que cuántos Culombios o Faradios serían al cambio. Pero lo que no me podía imaginar es qué era el término XENON. Si era una marca como Philips u Osram o qué. Para cuando me enteré que se trataba de un gas, por cierto descubierto en 1898, sólo tres años más tarde de que se inventara el cinematógrafo (por entonces alumbrado con el resplandor trémulo de una linterna mágica), ya había visto innumerables películas atravesadas por el Xenon, que en realidad puedo decir fue más bien mi Oxígeno. Con el cierre de los Golem, un proyeccionista muy experto me regaló la ultima lámpara XENON de uno de los proyectores, agotada tras miles y miles de horas de vida. Suya y mía. Era como una válvula inventada por Julio Verne. Con un alma oscurecida en su centro, como los filamentos de una antigua ampolla de flash ya destellada. El cine me hizo a mí luz de gas. Mi gas-elemento. Extraño.

 

Temas

Espacio de opinión en el que se aúnan las artes escénicas, el panorama político, el cine, la radio, y la televisión. Además de la cultura en general y la vida en particular. Su autor es Bernardo Sánchez Salas, escritor, doctor en filología hispánica y guionista.

Sobre el autor

Bernardo Sánchez Salas (Logroño, 1961) Escritor, Doctor en Filología Hispánica, guionista de cine y televisión y autor teatral: Premio Max en 2001 por la adaptación escénica de la película El verdugo y adaptador, también, de obras de Arthur Miller (El precio, nominado en 2003 al Max a la mejor adaptación), Tirso de Molina (La celosa de sí misma), Antonio de Solís y Rivadeneyra (Un bobo hace ciento) –ambas para la Compañía Nacional de Teatro Clásico-, Aristófanes (La asamblea de las mujeres), Edgar Neville (El baile), Howard Carter Beane (Como abejas atrapadas en la miel), Jeff Baron (Visitando al señor Green, nominado en 2007 al Max a la mejor adaptación) o Rafael Azcona (El pisito). Sus trabajos teatrales –realizados para unidades de producción públicas y privadas- han sido dirigidas por Luis Olmos, Jorge Eines, Tamzin Townsend, Juan Echanove, Sergio Renán, Esteve Ferrer, o Juan Carlos Pérez de La Fuente. Es también autor de textos teatrales originales como Donde cubre y La sonrisa del monstruo (dirigidos por Laura Ortega para la RESAD), El sillón de Sagasta (dirigido por Ricardo Romanos) y La vida inmóvil (dirigida por Frederic Roda). Ha publicado estudios sobre el dramaturgo del siglo XIX Bretón de los Herreros y editado algunas de sus obras; fue corresponsal de la revista El público. Autor del conjunto de relatos Sombras Saavedra (2001), publicado por José Luis Borau en “El Imán” y de monografías individuales y/o colectivas sobre Rafael Azcona, Bigas Luna, Luchino Visconti, Viçenc Lluch, José Luis Borau, Eduardo Ducay, Antonio Mingote, Pedro Olea, el Documental Español, la Literatura y el Cine en España o El Quijote y el Cine.


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