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Bernardo Sánchez Salas

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Comenzar por el final

Ha sido ésta una semana dedicada a debatir sobre los finales, su oportunidad, coherencia, secreto y duelo. Sobre todo el duelo, mezcla de tristeza y decepción, provocada por el adueñamiento que de la ficción realiza su espectador o lector, según sean series o sagas literarias. Esta semana, millones de guionistas espontáneos de todo el orbe se han sentado de la televisión, como en la final de un mundial (y es que había formado una mundial), a ver cómo otros guionistas profesionales finalizaban las series por ellos: Juego de Tronos, The Big Bang Theory. Series –o sea, personajes, tramas, lugares- de los que ellos ya se sentían propietarios desde la primera temporada. Sheldon Cooper y compañía también, como los que más. Todos tenemos, en fin, ideas propias acerca de cómo han de cerrarse las historias con las que nos hemos familiarizado –o prácticamente emparentado, caso de la hermandad de los Big Bang; Juego de Tronos, perdón (¡spoiler!) es que no sé ni de que va-, sólo que antes no existía más onda expansiva para la idea de cada uno que la barra de un bar; pero ahora, las redes sociales –tablero de un juego de rol opinativo tan global como caprichoso- han convertido la conclusión de una ficción en una versión de la comunión de las almas. En una cuestión universal, de la que se ambiciona ser parte. Y juez. Cómo para ponernos de acuerdo en cómo ha de ser el fin del mundo (inconcluso de fábrica, pues su hacedor el ultimo día se lo tomó por asuntos propios). Además, este drama de la finalización de –sobre todo- Juego de Tronos, ha provocado, por elevación, una discusión en prensa –páginas enteras- acerca de la naturaleza y ubicación de los finales en el proceso de creación de las ficciones (en qué momento aparece sobre la mesa de sus creadores, si al principio o… al final) y en la experiencia del espectador (desde cuándo debemos saber o intuir el final y cuál es el protocolo de su custodia, lo que ahora es la teoría y práctica del spoiler). Azcona, por ejemplo, decía que si no tenía, de entrada, el final del guión, no comenzaba a escribirlo. El final, efectivamente, hay que ganárselo. Una vez imaginado hay que alcanzarlo, y por eso se pone añade lo que va antes. A mí me gustaba mucho el antecedente del dichoso spoiler que era lo que llamábamos ‘destripar el final’. Nada más gráfico para mostrar cómo el final depende de un complejo intestinal de líneas de acción y de móviles que se van anudando hasta la estrangulación, que el guionista finalmente extirpa a la vista del público, a corazón abierto de la película. Y a propósito, fue Hitchcock el primero que decretó la omertá sobre el final de una película apareciendo en las marquesinas de los cines donde se proyectaba su Psicosis cruzándose la boca con el índice, como la enfermera de los pósters de los ambulatorios. Y aquí entra mi tía, mi tía María Luisa, con la que fui al cine entre los doce y los dieciocho años. Gracias a ella desacralicé los finales de las películas (y luego no sólo de las películas) para recorrer y apreciar con más relajo todo lo anterior. Mi tía lo pasaba mal en el cine pensando cómo iba a acabar la película. Le ponía nerviosa tanto esperar al desenlace. No veía el porqué de tanta angustia. Total: que, como entonces existía la ‘sesión continua’ (intenten describirle este formato a un millennial), entrábamos al cine cuando a la película le faltaban diez, quince minutos para acabar. Piti o Anita, las taquilleras, amigas de mi tía, ya nos conocían la dinámica; nos daban la entrada y entrábamos, claro. Llegamos a levantar alguna fila entera del Sahor en el momento cumbre de La aventura del Poseidón, de Network, de Rocky o de La profecía, entre varias decenas de películas. Y una vez sabíamos lo que iba a pasar, pues nos enganchábamos al siguiente pase sin movernos de la butaca, y ya tan tranquilos, disfrutábamos del arte y del ensayo. Había veces, vistas así las películas, que llegabas a pensar que el final pudiera ser distinto al que habíamos visto cuando entramos; que podía haber un final distinto en cada proyección. Nunca le comenté a mi tía esta posibilidad, que no le dejaría ver cine en paz. En cambio las novelas las leía de principio a fin, porque –de no soportar el suspense- podía dejarlo, en la intimidad del hogar y de la lectura nocturna, que no es lo mismo que salirse del cine porque no aguantas pensar que le va a pasar a Gene Hackman en las tripas del transatlántico. Yo respeto los finales, tienen su punto, pero desde aquello me paso rato en las librerías abriendo novelas por su ultima página. Y desde luego siempre comienzo al leer el periódico por su última página. Un destripador. Cuento esto hoy, uno de esos días que comenzarías por el final (¿pueden, por cierto, considerarse spoilers las encuestas?).

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Espacio de opinión en el que se aúnan las artes escénicas, el panorama político, el cine, la radio, y la televisión. Además de la cultura en general y la vida en particular. Su autor es Bernardo Sánchez Salas, escritor, doctor en filología hispánica y guionista.

Sobre el autor

Bernardo Sánchez Salas (Logroño, 1961) Escritor, Doctor en Filología Hispánica, guionista de cine y televisión y autor teatral: Premio Max en 2001 por la adaptación escénica de la película El verdugo y adaptador, también, de obras de Arthur Miller (El precio, nominado en 2003 al Max a la mejor adaptación), Tirso de Molina (La celosa de sí misma), Antonio de Solís y Rivadeneyra (Un bobo hace ciento) –ambas para la Compañía Nacional de Teatro Clásico-, Aristófanes (La asamblea de las mujeres), Edgar Neville (El baile), Howard Carter Beane (Como abejas atrapadas en la miel), Jeff Baron (Visitando al señor Green, nominado en 2007 al Max a la mejor adaptación) o Rafael Azcona (El pisito). Sus trabajos teatrales –realizados para unidades de producción públicas y privadas- han sido dirigidas por Luis Olmos, Jorge Eines, Tamzin Townsend, Juan Echanove, Sergio Renán, Esteve Ferrer, o Juan Carlos Pérez de La Fuente. Es también autor de textos teatrales originales como Donde cubre y La sonrisa del monstruo (dirigidos por Laura Ortega para la RESAD), El sillón de Sagasta (dirigido por Ricardo Romanos) y La vida inmóvil (dirigida por Frederic Roda). Ha publicado estudios sobre el dramaturgo del siglo XIX Bretón de los Herreros y editado algunas de sus obras; fue corresponsal de la revista El público. Autor del conjunto de relatos Sombras Saavedra (2001), publicado por José Luis Borau en “El Imán” y de monografías individuales y/o colectivas sobre Rafael Azcona, Bigas Luna, Luchino Visconti, Viçenc Lluch, José Luis Borau, Eduardo Ducay, Antonio Mingote, Pedro Olea, el Documental Español, la Literatura y el Cine en España o El Quijote y el Cine.


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