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Bernardo Sánchez Salas

Material escolar

Un traje a medida

¿Que Pablo Iglesias comenzó su carrera en televisión en… La casa de los líos? ¡¿Pero qué me estás contando?! ¡Venga, noooo! ¿Qué cuando tenía diecinueve añitos ya apareció de figurante en la segunda temporada de La casa de los líos, ¡¡¡La casa de los líos!!!, haciendo de hippie, año 1997, o por ahí? Estamos hablando de una predestinación meteórica, de un encasillamiento fulminante; y además, apadrinado por dos actores de casta: Florinda Chico y Arturo Fernández. ¡Guauuu! Se podrá sintetizar la historia, la casa, el lío de la España de los últimos veinte años de muchas maneras, y marcar los intervalos que se quieran, pero a mí ahora no se me ocurre mejor manera, ni metáfora, ni serie ni nada mas revelador que esa imagen del joven Iglesias debutando en un hit de Antena 3. Y hasta ahora. Este arco dramático, como lo llaman los guionistas. ¿Estábamos ya asistiendo en aquel capítulo, sin saberlo, claro, a la precuela de la nueva política? ¿Y a los albores de la segunda transición, o como se le quiera llamar? Debutando en el mismo plano que ‘la chacha’ y ‘el galán’, figuras de un elenco veteranísimo de la familia española. El propio Iglesias, ahora propietario de su propia casa de los líos, lo ha tenido que confesar a la muerte –este jueves- de Fernández: que empezó con él. Se agradece que este tipo datos se desclasifiquen. Te ponen en alerta. Porque ahora mismo, seguro que, no sé, en algún capítulo de La que se avecina –por seguir con el tema de la vivienda- hay algún figurante cliente de Mariscos Recio que será clave en la política de dentro de veinte años. Poco le regaló Iglesias a Felipe VI un pack con La casa de los líos; le regaló Juego de Tronos jugando a las indirectas, en vez de a las credenciales. Pero de nuevo entra aquí hoy mi tía María Luisa, que era soltera. Arturo Fernández fue siempre su tipo. Y los que se parecían a él, de Rossano Brazzi para arriba. De modo que siempre que veíamos a un galán de estas características, decíamos mis hermanos y yo: «éste es para la tía». Y así hubo muchos para mi tía. Un buen catálogo. Pero Arturito, como lo llamaba ella familiarmente, era su ideal. Una vez, mi hermano Daniel, que era guionista del programa Versión Española, le pidió un autógrafo para ella durante la grabación del programa sobre la película Truhanes. Uno de sus mejores papeles para el cine. Le puso lo de con mucho cariño para María Luisa. No le podíamos haber regalado nada mejor. Un accidente de grabación –alguien que escribe sobre el primer papel que hay sobre una mesa del estudio, lo típico- estropeó la dedicatoria. Bueno, pero ya está. Le habrá firmado ya a estas horas un bloc completo. Mi tía pensaba que a nosotros no nos molaba Arturo Fernández por ser entonces los sobrinos un poco medio hippies y culturetas, en lo que ella entendía ser hippies y culturetas. Pero estaba muy equivocada. A mí me gustaba la clase de Arturito; su clase única, como un traje a medida. Todos sus trajes eran a medida. Arturo Fernández era, de hecho, un traje a la medida de Arturo Fernández Rodríguez (Gijón, 1930). Y todo lo que hacía procuraba que le sentara como un traje. Cada gesto, cada palabra, cada opinión, cada movimiento, cada función teatral. Cada función teatral que era siempre la misma función teatral. El mismo traje teatral. Era el de Arturo Fernández un corte perfecto. El colmo del corte. Y uno de los pocos españoles para los que la arruga nunca fue bella, ni en la cara, ni en el traje. Recuerdo aquella vez que le dieron un premio, creo que en su tierra. Salió al escenario y vio que le habían puesto un atril grande, de esos con pie de madera, como una columna, desde el que tenía que hablar. Algo contrariado, se dirigió hacia él y dijo que agradecía mucho el premio pero que lamentaba tener que ponerse detrás de semejante estafermo porque el público no iba a poder ver su traje recién estrenado, que efectivamente era de una alpaca deslumbrante y con una raya en los pantalones mejor trazada que el meridiano de Greenwich. Lo cual me recuerda aquello que dijo nunca recuerdo si Robert Mitchum o James Stewart, y es que el secreto de ser un buen actor consiste en no tropezarse nunca con los muebles. Arturo Fernández, en un escenario, no se tropezó nunca ni con un puff. Porque el escenario también era un traje cortado a su medida. Mi tía iba siempre a verlo al teatro, en Madrid –sobre todo le gustaba verlo en Madrid, claro, era como una cita- o en Logroño. Yo lo vi sólo en una ocasión y era eso, pues como Pedro Osinaga o Pepe Rubio, otros que tal, que era salir a escena y se recorrían a ciegas el decorado, como si ellos hubieran dibujado sus patrones y los hubieran cosido. Y luego la sempiterna casa de los líos: Fernández no iba a actuar a Cádiz porque gobernaba el partido del figurante.

Temas

Espacio de opinión en el que se aúnan las artes escénicas, el panorama político, el cine, la radio, y la televisión. Además de la cultura en general y la vida en particular. Su autor es Bernardo Sánchez Salas, escritor, doctor en filología hispánica y guionista.

Sobre el autor

Bernardo Sánchez Salas (Logroño, 1961) Escritor, Doctor en Filología Hispánica, guionista de cine y televisión y autor teatral: Premio Max en 2001 por la adaptación escénica de la película El verdugo y adaptador, también, de obras de Arthur Miller (El precio, nominado en 2003 al Max a la mejor adaptación), Tirso de Molina (La celosa de sí misma), Antonio de Solís y Rivadeneyra (Un bobo hace ciento) –ambas para la Compañía Nacional de Teatro Clásico-, Aristófanes (La asamblea de las mujeres), Edgar Neville (El baile), Howard Carter Beane (Como abejas atrapadas en la miel), Jeff Baron (Visitando al señor Green, nominado en 2007 al Max a la mejor adaptación) o Rafael Azcona (El pisito). Sus trabajos teatrales –realizados para unidades de producción públicas y privadas- han sido dirigidas por Luis Olmos, Jorge Eines, Tamzin Townsend, Juan Echanove, Sergio Renán, Esteve Ferrer, o Juan Carlos Pérez de La Fuente. Es también autor de textos teatrales originales como Donde cubre y La sonrisa del monstruo (dirigidos por Laura Ortega para la RESAD), El sillón de Sagasta (dirigido por Ricardo Romanos) y La vida inmóvil (dirigida por Frederic Roda). Ha publicado estudios sobre el dramaturgo del siglo XIX Bretón de los Herreros y editado algunas de sus obras; fue corresponsal de la revista El público. Autor del conjunto de relatos Sombras Saavedra (2001), publicado por José Luis Borau en “El Imán” y de monografías individuales y/o colectivas sobre Rafael Azcona, Bigas Luna, Luchino Visconti, Viçenc Lluch, José Luis Borau, Eduardo Ducay, Antonio Mingote, Pedro Olea, el Documental Español, la Literatura y el Cine en España o El Quijote y el Cine.


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