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Bernardo Sánchez Salas

Material escolar

Pasaprograma

Ya no podemos saber si las parrillas televisivas adaptan los contenidos de sus emisiones al horario de las necesidades prescritas de los espectadores –es decir: a esta hora, sabemos que te hace falta esto o lo otro, para estimularte o compensarte, y te lo damos- o sencillamente han fabricado, programado literalmente, esos estados de ánimo, que jornada a jornada ya funcionan solos, como reflejos condicionados. Lo acabo de improvisar, pero no me parece mal lo de ‘reflejo condicionado’ para definir al espectador de televisión, reflejado y condicionado en su relación con el aparato; pues la tele ha creado su propia especie de espectador (distinta a la del espectador de cine), con el que mantiene una relación de dependencia mutua, de contrato, una suerte de cuestión de confianza. Y luego cuento un sucedido sobre esto de la confianza. Pero volviendo a lo de las franjas, digamos ‘temáticas’; me pregunto: ¿es la primera hora de la tarde el tiempo en que el cuerpo necesita naturalmente abandonarse a la ficción folletinesca (y por eso todas las cadenas programan a esa hora su propia ‘novela’, como se le conoce a la entrega diaria)?; ¿es, en cambio, hacia el final de la tarde, el momento en el que el individuo, por definición, a la salida de su trabajo, tiende a fantasear con la ruleta de su fortuna, manifiestamente mejorable (y por eso las cadenas coinciden en programar a esas horas todo tipo de concursos, en los que, no obstante, te puede tragar un agujero bajo los pies o estallarte una bomba de juguete)?; ¿es el final del día, los previos al sueño, el momento orgánico de fantasear con el tipo de coche que desearías comprarte al día siguiente (y por eso las cadenas acumulan a esa hora preliminar publicidad de coches, a cada cual de mayor gama)?; ¿es entre las cuatro y las seis de la madrugada el momento en que, tras la larga vigilia de productos-milagro y tele-tiendas que sustituyen a la fase REM del sueño, el individuo insomne necesita algo de música para afrontar el paso de la oscuridad al amanecer (y por eso –es curioso el fenómeno- varias cadenas emiten a esa hora programas de música, clips o incluso ¡conciertos grabados en directo!, inaccesibles en horario diurno, con títulos como Minutos musicales –un clásico- o Mira Mi Música)?; ¿es la hora estelar de comer y de cenar, el momento en que el individuo –con el estómago vacío, con casi todo vacío, dependiendo del día- precisa, por naturaleza, ser nutrido de actualidad, por mucho que por lo general la actualidad revuelva el estómago (y por eso, desde la invención de la televisión en España las cadenas concentran sus respectivos telediarios a la hora del almuerzo o de la cena)? O…, muy a la inversa, la cosa está condicionada. Porque un amigo mío decía que si no veía el telediario no se le despertaba el apetito. O en general, que no daba el día por apagado, ¡perdón, por acabado!, hasta que acababa, ¡perdón apagaba! la televisión. Hablo, claro, de las generaciones de la televisión. Ahora son otras pantallas las que nos miran (móvil, ordenado, tablet…). En fin, que es posible que despegados de la tele, funcionaríamos de muy otra manera, menos programada, sin dieta. Me ha venido esta duda por el caso de la desaparición –probablemente provisional, pero de momento el estrago esta ahí- del programa concurso Pasapalabra. La brecha que ha dejado ha provocado una profunda crisis en la rutina de emisión, y en la secuencia de audiencia. La alteración es mayúscula, porque ya no es lo más importante el que no se emita Pasalabra sino que se ha roto la cadena de hábitos en la que un programa sirve de puente a otro, en la que el espectador modula su receptividad, su ritmo. Parece que ya no interesa tanto lo que a continuación cuente Pedro Piqueras que ha sucedido en el mundo si antes no ha habido una dosis de juego y azar, puntual, a la hora que toca jugar, mejor dicho: imaginar que eres tú el que juegas. Es como si te saltas una pastilla. El otro día estaba en un hotel, encendí la televisión (es lo primero que hago siempre cuando entro en la habitación de un hotel, otro reflejo condicionado, seguramente: oír algo, saber que el mundo sigue fuera). Al cabo de unos minutos fui al servicio. Volví y la pantalla de la televisión estaba en negro, y no reaccionaba. Llamé a recepción para decirles que se había estropeado, pero me respondieron lo siguiente: «eso es que como usted ha dejado de mirarla, la televisión se ha apagado». Pensé que era un chiste metaficcional. Pero no, no. Ahora hacen eso las televisiones. Yo me temo que no es por un asunto de ahorro energético, sino que la tele se toma como algo personal el que no la mires. Como si se hubieras vulnerado la cohabitación, creada al cabo de tantos programas en común.

Temas

Espacio de opinión en el que se aúnan las artes escénicas, el panorama político, el cine, la radio, y la televisión. Además de la cultura en general y la vida en particular. Su autor es Bernardo Sánchez Salas, escritor, doctor en filología hispánica y guionista.

Sobre el autor

Bernardo Sánchez Salas (Logroño, 1961) Escritor, Doctor en Filología Hispánica, guionista de cine y televisión y autor teatral: Premio Max en 2001 por la adaptación escénica de la película El verdugo y adaptador, también, de obras de Arthur Miller (El precio, nominado en 2003 al Max a la mejor adaptación), Tirso de Molina (La celosa de sí misma), Antonio de Solís y Rivadeneyra (Un bobo hace ciento) –ambas para la Compañía Nacional de Teatro Clásico-, Aristófanes (La asamblea de las mujeres), Edgar Neville (El baile), Howard Carter Beane (Como abejas atrapadas en la miel), Jeff Baron (Visitando al señor Green, nominado en 2007 al Max a la mejor adaptación) o Rafael Azcona (El pisito). Sus trabajos teatrales –realizados para unidades de producción públicas y privadas- han sido dirigidas por Luis Olmos, Jorge Eines, Tamzin Townsend, Juan Echanove, Sergio Renán, Esteve Ferrer, o Juan Carlos Pérez de La Fuente. Es también autor de textos teatrales originales como Donde cubre y La sonrisa del monstruo (dirigidos por Laura Ortega para la RESAD), El sillón de Sagasta (dirigido por Ricardo Romanos) y La vida inmóvil (dirigida por Frederic Roda). Ha publicado estudios sobre el dramaturgo del siglo XIX Bretón de los Herreros y editado algunas de sus obras; fue corresponsal de la revista El público. Autor del conjunto de relatos Sombras Saavedra (2001), publicado por José Luis Borau en “El Imán” y de monografías individuales y/o colectivas sobre Rafael Azcona, Bigas Luna, Luchino Visconti, Viçenc Lluch, José Luis Borau, Eduardo Ducay, Antonio Mingote, Pedro Olea, el Documental Español, la Literatura y el Cine en España o El Quijote y el Cine.


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