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Bernardo Sánchez Salas

Material escolar

Coronadiario (I)

Lo primero que se agota en una situación de emergencia mundial es el papel higiénico. Por la calle, cerca de casa, circulan carritos de súper con montañas de papel higiénico. Los lineales con papel higiénico están arrasados. ¿Qué parte de nosotros es la primera en declarar, sin pudor, el estado de miedo? El miedo es libre, circula y desatasca. Para saber en qué tipo de sociedad y en qué tipo de cuerpo vivimos, qué somos, hay que leer entre lineales: lo que falta, lo que se desprecia, lo caro, lo barato, lo imprescindible, lo superfluo, lo que se agota, lo que caduca próximamente. La Semana Santa, lejos de suspenderse, se prorroga, en una especie de precuela. Es todo el rato cuaresma; como una especie de Viernes Santo con todo cerrado, el santísimo ausente y a la espera de la resurrección de las agendas. Dicen los obispos que vuelve a valer la misa televisada, la eucaristía telemática. El santísimo plasma. Noli me tangere. Comienzo a pensar en el tema del Ojo del domingo. En un título, que es por donde empiezo siempre. Sin título no hay artículo. Debieran poner lineales de títulos, para saber cómo encabezar las cosas, las ideas. Tener unos cuantos en la despensa e ir echando mano. Para esta situación, los títulos me van mutando, como todo. Hablando de lo intangible, de lo inaprensible, de la falta de sentido y de las imágenes que nos fabricamos del miedo: “El caballero”, se me ocurre, por la muerte del caballero Antonius Block; o sea: de Max Von Sydow, que ha concluido la partida de ajedrez que empezó con la Muerte -sobre el tablero de lo humano y de lo divino- en El séptimo sello y en la Edad Media, cuando el Covid de entonces, la bacteria Yersinia Pestis, que viajó de Asia a Europa pasando por Italia. En la hojita del taco de calendario de ayer sábado, se lee, precisamente: «No hay nada más difícil de entender que lo que es obvio», atribuido a una regla fundamental del ajedrez. Block pondría la sentencia en cuarentena, como poco. Para estar en casa, a falta de mascarilla, me he puesto un jersey como los que saca Fernando Simón. Como escudo. Para que lo que sea esto no me coja el pecho, que decían las madres. Hoy domingo hubiera cumplido años mi padre. “Libro de contabilidad” es otra posibilidad de Ojo: me acuerdo de los viejos libros de contabilidad de mi padre. No serían muy diferentes, en su tipografía y barrado, de los que utilizaban los manguitos de Dickens. Con sus columnas de “Debe” y de “Haber”. La vida consiste en llevar este libro al día. Yo he abierto uno donde voy anotando, en el “Debe”, el beso o abrazo que no he dado a tal amigo o amiga que me he encontrado en las últimas horas, para saldarlo. Y los vermús, y los cafés y los viajes. Al virus aún no sabemos cómo combatirlo pero al menos ya le ponemos cara: ya tiene su emoticono. O varios. Y hay también para la mascarilla. Debían inventar, a falta dar con el retrovirus, una aplicación de móvil que te la bajaras y te sirviera de mascarilla. Me salen títulos como variantes de películas: “¿Quién puede cuidar a un niño?”, por ejemplo. Una pesadilla en la que se mezclan a diario el distanciamiento escolar, la conciliación familiar y las horas extras de abuelos que –por otro lado- no debieran salir de sus casas. La original de Ibáñez Serrador, con otro supuesto, daba menos miedo y era de mentiras. Y “Todo es para el verano”. Es por el que hubiera tirado. La situación me recuerda, sobre todo, a la de familia de Las bicicletas son para el verano. La familia que yo siento como troncal, la que era como la mía. Todo va normal, mediano, hasta que empieza a escucharse que puede estar pasando algo ahí fuera, inédito, que hay un run-run que si a tal o cual vecino o amigo le podrían no se qué, que si igual cierran los colegios, que si mejor no salir de casa, que si a estar todo el día escuchando partes o rumores y que si pueden empezar a faltar las lentejas (quizás la mejor escena de la Historia y del teatro españoles del siglo XX). Y que quién sabe, Luisito, hijo, cuándo habrá otro verano. La normalidad, la supervivencia, la felicidad incluso, es una lineal de esas lentejas. Y consiste en la garantía de que se repongan. Torra le ha pedido a Sánchez que confine Cataluña: no sabe ya cómo declarar la independencia. Aprendes, también: ahora sé que el ángulo interior del codo sobre el que hay que estornudar se llama ‘flexura’. Me gusta la palabra, me destensa. Mi mujer fotografía cada rincón de la casa, a horas y luces distintas. Es una tasadora para un nuevo valor catastral de las cosas. Un catastro espiritual. ¿De qué hablábamos antes de todo esto? ¿Del pin parental y de Plácido Domingo? Voy a ver si me afeito. En coordinación constante con los gobiernos de todas las Comunidades autónomas, por supuesto.

Temas

Espacio de opinión en el que se aúnan las artes escénicas, el panorama político, el cine, la radio, y la televisión. Además de la cultura en general y la vida en particular. Su autor es Bernardo Sánchez Salas, escritor, doctor en filología hispánica y guionista.

Sobre el autor

Bernardo Sánchez Salas (Logroño, 1961) Escritor, Doctor en Filología Hispánica, guionista de cine y televisión y autor teatral: Premio Max en 2001 por la adaptación escénica de la película El verdugo y adaptador, también, de obras de Arthur Miller (El precio, nominado en 2003 al Max a la mejor adaptación), Tirso de Molina (La celosa de sí misma), Antonio de Solís y Rivadeneyra (Un bobo hace ciento) –ambas para la Compañía Nacional de Teatro Clásico-, Aristófanes (La asamblea de las mujeres), Edgar Neville (El baile), Howard Carter Beane (Como abejas atrapadas en la miel), Jeff Baron (Visitando al señor Green, nominado en 2007 al Max a la mejor adaptación) o Rafael Azcona (El pisito). Sus trabajos teatrales –realizados para unidades de producción públicas y privadas- han sido dirigidas por Luis Olmos, Jorge Eines, Tamzin Townsend, Juan Echanove, Sergio Renán, Esteve Ferrer, o Juan Carlos Pérez de La Fuente. Es también autor de textos teatrales originales como Donde cubre y La sonrisa del monstruo (dirigidos por Laura Ortega para la RESAD), El sillón de Sagasta (dirigido por Ricardo Romanos) y La vida inmóvil (dirigida por Frederic Roda). Ha publicado estudios sobre el dramaturgo del siglo XIX Bretón de los Herreros y editado algunas de sus obras; fue corresponsal de la revista El público. Autor del conjunto de relatos Sombras Saavedra (2001), publicado por José Luis Borau en “El Imán” y de monografías individuales y/o colectivas sobre Rafael Azcona, Bigas Luna, Luchino Visconti, Viçenc Lluch, José Luis Borau, Eduardo Ducay, Antonio Mingote, Pedro Olea, el Documental Español, la Literatura y el Cine en España o El Quijote y el Cine.


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