Leo esta semana en la prensa que en Madrid resiste desde hace treinta años un grupo surrealista, el Grupo Surrealista de Madrid, y que durante este tiempo ha tenido una media de diez afiliados. Lo celebro y me enternece. Y me imagino a los diez, al pie del cañón contracultural y situacionista, en medio de un mundo que es –o funciona– ya desde hace mucho tiempo como el urinario dadaísta boca arriba de Duchamp (y como los urinarios al revés de La aventura del Poseidón); es decir: como un órgano surrealista a todo motor, que desborda las imaginaciones de las huestes bretonianas o buñuelescas. Hubo un tiempo en que el gusto burgués se escandalizaba de las ocurrencias de aquel círculo epatante, pero hoy sucede a la inversa, siendo el realismo sucio en su creatividad galopante el que epata a los surrealistas de corazón. O como mínimo los deja ‘ojopláticos’ (y un ojo como un plato, por cierto, bien podría entrar en el catálogo surrealista, si no lo hizo ya). O nos deja a todos ojopláticos, porque no hace falta pertenecer al Grupo para que nos descoloquen aspectos de la nueva normalidad –contra la que el Grupo se manifesta en cualquiera de sus altavoces (revistas, editorial, panfletos)–; más que nada porque diez es la cifra perfecta, y proyecta la idea de una asociación compacta y activa. Y consciente del límite de su onda revolucionaria. Hacen un trabajo de fondo, tan de fondo, que le confesaban el otro día a un periodista (Sergio Fanjul, El País), al hilo de la treintena, que se encontraban a gusto en lo subterráneo y que «para lo suyo» no tenía sentido hacer proselitismo. Dicho así, el Grupo merecería ingresar con todos los honores en Los Misterios de Madrid, o en el subsuelo fascinante de una novela de Emilio Carrere. Fanjul, tras hablar con algunos de los diez, situaba a los surrealistas treintañeros «entre el materialismo y lo espiritual, entre la política y la poesía, entre este mundo y otros posibles». Suena a un surrealismo maduro, cercano a otro ismo: el romanticismo. En la actualidad, la imposibilidad del mundo que vivimos es, sin embargo, un hecho, y de esta manera: ¿qué no es surrealista? Sin salir del museo de titulares de prensa de las últimas semanas, y dejando aparte filones surreales como el del precio de la luz o la (no)renovación del C. G. P. J. (una no ‘salida’ digna del ángel exterminador de Buñuel), en todas las secciones, de las deportivas a las salmón pasando por sociedad, ocio o nacional, el surrealismo lo invade todo. Y así, fuera de contexto: «Artistas con un millón de grillos en los oídos» (cambien grillos por hormigas y estamos en El perro andaluz de Buñuel); «La edad de oro de las grandes naves industriales» (idem: una nueva L’age d’or); metamorfosis y metáforas alucinantes y hasta telúricas como «La Real se estrella contra un bosque de piernas», o «Las aguas de Doñana se vuelven lágrimas», o «La Princesa Mako se convierte en una simple mortal», o «Lo que Isabel II tiene en común con Sherlock Holmes», o «Alaphilippe vive en el arcoiris», o «Goles con el volcán en las gradas», o «El misterio de las piedras zen que parecen levitar», o «El seísmo de Evergrande exporta sus temblores» o «Un presupuesto, dos países»; teatros como «Se utiliza a Europa como si fuera un muñeco de los ventrílocuos» o «Los títeres crecen mejor al aire libre»; noticias como «Habrá ginebra y juguetes en Navidad»; hablando de Carrere: «Conjura para la unidad en la cena de Los Provincianos», o «Los banqueros centrales se inquietan por los cuellos de botella en la oferta económica», o «El botellón se cronifica en Barcelona y enturbia la gestión municipal» o «Ultimátum de ERC: si no hay impulso al catalán en NETFLIX rechazarán los presupuestos»; asuntos misteriosos, tipo «El Madrid gana tras una cabezada» o «Los pitos son buenos» u «Ocho iconos contra los clichés»; y luego la abstracción pura, o sea: «Nuestro valor viene de ser una operadora de móvil», «Un empleado readmitido puede ser despedido sin incorporarse» o «Nos falta creer». Mi preferido es «Casi veinte años de lucha detrás de una palabra». Los surrealistas madrileños, treinta. Y muchas más palabras.