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Bernardo Sánchez Salas

Material escolar

Ser de vinilo

(Para el amigo y músico Roberto Herreros)

 

El pasado es puro vinilo. Y presenta las mismas mellas, rayados, polvo y electricidad estática que un disco planchado en ese mismo material. Y como el disco, el pasado de cada cual se mueve en círculos concéntricos arados en cortes y pistas que son temas, asuntos, letras, ideas, palabras y sonidos: ecos, en definitiva. Que van a más o menos revoluciones. De vez en cuando el pasado nos suena así. Tocado, imperfecto, con una cara A y una cara B. Con canciones que aún nos emocionan y otras que son de transición, o directamente prescindibles. De algunas de ellas no desearíamos salir nunca (canciones para entrar a vivir y quedarse) y otras a las que no querríamos regresar nunca. Pasados que a veces dan para un LP y otras sólo para un single.  Pasados incluso anteriores al vinilo. Pues al principio fueron el verbo y la pizarra. El confinamiento duro nos encerró de nuevo, al menos en mi casa, con el plato y los vinilos. Como también removimos la biblioteca. Era, supongo, una forma de amarrarnos a la biografía, al histórico: al pasado material que nos había constituido antes de que un virus inmaterial y de evolución algorítmica amenazara con borrar globalmente los registros originales. Buena parte de nuestra biografía, en fin, es discografía (y bibliografía. Y caligrafía, quien la domine). Música que es una pasta, masa madre. Táctil. El pasado podemos palparlo, rozarlo como se palpa o roza la música. No es ni mucho ni poco: ésa es la banda sonora que nos pauta y respira. El músico japonés Ryuchi Sakamoto, que falleció hace un par de meses, sabiéndose enfermo terminal viajó hasta Fukushima tras el tsunami para rescatar del lodo un piano y reanimar su arpa. La pianoterapia le hizo vivir una docena de años más. Y Doce le puso por título a su hermosísimo y póstumo disco. Agotado en todo el mundo. Y Coda a uno de los más bellos documentales que se han realizado nunca sobre la creación y la supervivencia musicales (Filmin). Así que me pasa con la edad de los discos que he oído (también con las películas) como con la mía propia. Especialmente con los vinilos, que forman un lineal de lomos desgastados; tanto que a veces asoma el filo acharolado del disco. Y se sostienen entre ellos y se agrupan por estilos, autores y épocas. Son como capas y se parecen a los años. Cuando volví a plantar un vinilo en el plato tras años de dieta digital, sentí por el roce sonoro, por la información impresa en sus estrías, certificando el paso del tiempo, que en su superficie se habían escrito cosas, que se había convertido ya en un texto, en una especie de palimpsesto; es decir: que el silencio había escrito encima, como coautor. Cuando el otro día me enteré, por ejemplo, que Paris-Texas había cumplido cuarenta tacos me lancé a buscar su banda sonora en mi discoteca. Un logro de esta película era, precisamente, responder a la punción acústica de su música. La tenía en cd y en vinilo. En cd me sonó como una especie de certificación, sin duda impecable; pero cuando puse el vinilo, que tantas veces había escuchado incluso antes de ver la película (me sucedió lo mismo con las músicas de Carros de fuego o La misión, que había memorizado antes de verlas sonar en pantalla), ¡buaaaah! la guitarra de Ry Cooder adquirió una espesura y una verdad que me atravesó y me lanzó on the road hasta mis veinte años. Cuando lo saqué de la funda, aún pude apreciar, moviendo el disco a la luz, mis huellas dactilares de entonces. Yo no estuve, claro, en el Estudio de grabación con Cooder, pero era como si me hubiera permitido aportar alguna nota como peregrino de la película. Lo mismo me ha pasado esta semana con Tubular Bells, medio siglo después. Lo que me lleva hasta casi mi infancia musical y mi primer plato. Veo que tengo desgastada la portada del LP, por lo mucho que la miré. Los tubos están cómo más doblados. Y ahora ya sé que lo que es tubular es el túnel del tiempo. Y la memoria. Y antes de poner la aguja ya estoy tarareando el tema principal, que primero fue música celestial y luego diablura.

Temas

Espacio de opinión en el que se aúnan las artes escénicas, el panorama político, el cine, la radio, y la televisión. Además de la cultura en general y la vida en particular. Su autor es Bernardo Sánchez Salas, escritor, doctor en filología hispánica y guionista.

Sobre el autor

Bernardo Sánchez Salas (Logroño, 1961) Escritor, Doctor en Filología Hispánica, guionista de cine y televisión y autor teatral: Premio Max en 2001 por la adaptación escénica de la película El verdugo y adaptador, también, de obras de Arthur Miller (El precio, nominado en 2003 al Max a la mejor adaptación), Tirso de Molina (La celosa de sí misma), Antonio de Solís y Rivadeneyra (Un bobo hace ciento) –ambas para la Compañía Nacional de Teatro Clásico-, Aristófanes (La asamblea de las mujeres), Edgar Neville (El baile), Howard Carter Beane (Como abejas atrapadas en la miel), Jeff Baron (Visitando al señor Green, nominado en 2007 al Max a la mejor adaptación) o Rafael Azcona (El pisito). Sus trabajos teatrales –realizados para unidades de producción públicas y privadas- han sido dirigidas por Luis Olmos, Jorge Eines, Tamzin Townsend, Juan Echanove, Sergio Renán, Esteve Ferrer, o Juan Carlos Pérez de La Fuente. Es también autor de textos teatrales originales como Donde cubre y La sonrisa del monstruo (dirigidos por Laura Ortega para la RESAD), El sillón de Sagasta (dirigido por Ricardo Romanos) y La vida inmóvil (dirigida por Frederic Roda). Ha publicado estudios sobre el dramaturgo del siglo XIX Bretón de los Herreros y editado algunas de sus obras; fue corresponsal de la revista El público. Autor del conjunto de relatos Sombras Saavedra (2001), publicado por José Luis Borau en “El Imán” y de monografías individuales y/o colectivas sobre Rafael Azcona, Bigas Luna, Luchino Visconti, Viçenc Lluch, José Luis Borau, Eduardo Ducay, Antonio Mingote, Pedro Olea, el Documental Español, la Literatura y el Cine en España o El Quijote y el Cine.


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