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Bernardo Sánchez Salas

Material escolar

Santa Lucía

Ha sido la semana de Santa Lucía: el martes fue su santo y ayer domingo, en “su pueblo “en el Valle de Ocón, se despedía la cita Arte en la Tierra, tras veinte años sembrando, literalmente, obras en el escenario de su entorno; devolviendo al terreno la inventiva que germina naturalmente en sus formas y paisaje; en las artes tan bellas como espontáneas que la tierra hace brotar a los sentidos: a los ojos, por ejemplo. Los ojos que según el mito arrancaron a Lucía de Siracusa. Con lo que consiguieron, siguiendo con las versiones de su martirio, que ella llegara a ver sin ojos o que incluso, como relatan otras variantes, Dios llegara a otorgarle otro par de ojos, nuevos, de fábrica. Aún más hermosos que los anteriores, que –según se contaba– no dejaban dormir a los hombres que la pretendían. Es el caso de Lucía, en fin, el de alguien que vio dos veces. Y por esa visión resistente, por no dejar de ver aunque no tuviera ojos, o por no tenerlos como condición para ver (el “cerrar los ojos” de Víctor Erice), esta joven fue elevada a los altares como patrona de los ojos. Y cada vez que voy a Santa Lucía, y al valle que lo rodea, le pido que me conserve la vista. Y a los amigos que allí moran, Rosa y Félix, patrones en el siglo de un festival de la mirada que con la luz de agosto no tenía hora de cierre, ni se agotaba el peregrinaje. Arte en la Tierra va a ser como los ojos de la Santa, que aunque nos falte la convocatoria anual vamos a seguir viéndolo siempre; que lo veremos “con otros ojos” cada vez que visitemos la localidad, los enclaves en que las creaciones fueron plantadas y la casa de los anfitriones; ellos mismos y su hogar, taller y terraza, puro arte en la tierra. Sí, los veinte años del festival nos enseñaron a mirar de otra manera, entre los árboles, entre las pacas, en los caminos, a campo abierto, en la plaza, en las viviendas y hasta en el cielo; hicieron del inventario de piezas –muchas de ellas, la mayoría, en conversación con el propio repertorio del territorio– una segunda naturaleza, y nos convirtieron a los peregrinos en agrimensores de la plástica. Y dejó claro que la tierra no es plana, porque cada uno de sus accidentes y sorpresas le prestan un volumen y un relieve artístico que los habitantes del planeta imitamos cuando tenemos herramientas en la mano, y en la cabeza. Los que saben hacerlo, claro; los que han pasado durante dos décadas reinventando recodos, bosques, jardines, sembrados, paredes, plantas, piedras y atardeceres con instalaciones no adheridas sino cómplices del asunto y de la textura que el propio paisaje de Santa Lucía ofrecía. Escribiendo sobre la tierra. Artistas que acudieron a Santa Lucía, desde julio hasta agosto, para practicar y vivir una suerte de nuevo neolítico –valga la redundancia– jugando con los útiles y elementos que salían al camino. Como si estuvieran descubriendo su oficio. Como si fuera la primera vez. Todo ello, ahora recordado, volvemos a verlo. Y todo ello, bien enraizado y cosechado en la memoria y en la huella que ha dejado en cada punto de las rutas –aunque sea, con el tiempo, una marca de ausencia- ha crecido, y su trama, altura, escultura y arborescencia se ha multiplicado. Santa Lucía, en 2023, es lo que vemos y lo que vimos. Una doble vida, también. Porque a lo largo de estos años, Arte en la Tierra fue adiestrándonos en otro par de ojos, suplementarios, como ese par de gafas que te regalan cuando compras el primero. Como los de la joven Santa, ya digo. Aunque ya no esté en el calendario, el festival estará siempre en el santoral, de lo que rogamos por seguir viendo así, apreciando en la tierra su predisposición geológica y vegetal a fabricar formas que inspiran su réplica, o su fruto, en la materia con la que los seres humanos fabricamos los sueños. Y en el lugar donde lo hacemos, que es otro estrato, subterráneo, pero que Santa Lucía permitía elevar en superficie. Ars Terra Artis.

Temas

Espacio de opinión en el que se aúnan las artes escénicas, el panorama político, el cine, la radio, y la televisión. Además de la cultura en general y la vida en particular. Su autor es Bernardo Sánchez Salas, escritor, doctor en filología hispánica y guionista.

Sobre el autor

Bernardo Sánchez Salas (Logroño, 1961) Escritor, Doctor en Filología Hispánica, guionista de cine y televisión y autor teatral: Premio Max en 2001 por la adaptación escénica de la película El verdugo y adaptador, también, de obras de Arthur Miller (El precio, nominado en 2003 al Max a la mejor adaptación), Tirso de Molina (La celosa de sí misma), Antonio de Solís y Rivadeneyra (Un bobo hace ciento) –ambas para la Compañía Nacional de Teatro Clásico-, Aristófanes (La asamblea de las mujeres), Edgar Neville (El baile), Howard Carter Beane (Como abejas atrapadas en la miel), Jeff Baron (Visitando al señor Green, nominado en 2007 al Max a la mejor adaptación) o Rafael Azcona (El pisito). Sus trabajos teatrales –realizados para unidades de producción públicas y privadas- han sido dirigidas por Luis Olmos, Jorge Eines, Tamzin Townsend, Juan Echanove, Sergio Renán, Esteve Ferrer, o Juan Carlos Pérez de La Fuente. Es también autor de textos teatrales originales como Donde cubre y La sonrisa del monstruo (dirigidos por Laura Ortega para la RESAD), El sillón de Sagasta (dirigido por Ricardo Romanos) y La vida inmóvil (dirigida por Frederic Roda). Ha publicado estudios sobre el dramaturgo del siglo XIX Bretón de los Herreros y editado algunas de sus obras; fue corresponsal de la revista El público. Autor del conjunto de relatos Sombras Saavedra (2001), publicado por José Luis Borau en “El Imán” y de monografías individuales y/o colectivas sobre Rafael Azcona, Bigas Luna, Luchino Visconti, Viçenc Lluch, José Luis Borau, Eduardo Ducay, Antonio Mingote, Pedro Olea, el Documental Español, la Literatura y el Cine en España o El Quijote y el Cine.


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