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Bernardo Sánchez Salas

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Sólo para sus ojos

Precisamente hoy es su día: el del hombre que tenía más ojos que días tiene el año. «Esta mañana he visto al hombre que tiene más ojos que días tiene el año», me contaba de niño mi abuela, tal día como hoy, 31 de diciembre. Y yo salía disparado a la calle, a buscarlo, a ese hombre. Miraba a la cara a todo el mundo que pasaba, pero nadie tenía más de dos ojos; como mucho cuatro contando las gafas: un “cuatrojos”, que nos llamaban. Porque yo era, de hecho, uno de ellos, un “cuatrojos” más, con mis gafas encajadas desde los cinco o seis años. Pero buscando al hombre con más ojos que días el año, de momento era yo el que con cien, con cien ojos o mil, lo buscaba. Pasaba, así de “cuatrojos” a “cienojos” o a “milojos”. Era aquel personaje, creado por la agudeza inventiva, por una suerte de genio de la adivinanza, una de las criaturas míticas de mi infancia. Un ser fabuloso, que habitaba en la ciudadela y sólo se dejaba ver (él, que debía ser verlo todo, todo a la vez y en todas partes) un día al año. Lo imaginaba y buscaba fin de año tras fin de año sin nunca encontrarlo. Luego, a lo largo del año, no era raro que día a día, en mi imaginación, fuera sumándole un ojo al hombre. ¿Dónde le cabrían en el cuerpo los más de 365 ojos? Ni en el cine había visto yo nada parecido. Muy al contrario, eran los polifemos de los viajes de Simbad o los de Ulises, en las películas del colegio o de los programas dobles. Dobles como un par de ojos. El cine, la pantalla, la oscuridad sí que me multiplicaban los ojos, y así se me quedaron. El cine me trasplantó luego muchos ojos, a través de los cuales agudicé la mirada: los de Bette Davis, los de Ana Torrent, los de Kim Novak en Vértigo, el de El perro andaluz, los ojos misteriosos de Londres, los de la novia de Frankenstein, los abiertos a la vez que semicerrados de Kubrick. Los del hombre con Rayos X en los ojos. Eso: el cine te graduaba para ver por fuera y por dentro. Unos Rayos “X” antes que twitter.  El caso es que, película a película, ibas sumando y te podían salir más ojos que los del hombre que tenía más ojos que días el año. Pero yo, ya digo, me pasaba ese último día de diciembre persiguiendo al hombre de la polivisión. ¡Ah!, otra óptica similar era la del hombre-mosca, también descubierto por mí en el cinematógrafo, como tantas creaturas. ¡Claro!, sería como un hombre-mosca, con miles de ojos diminutos y hexagonales, capaces de mirar todo alrededor. Sin saberlo, estaba buscando al hombre-mosca, dotado para mirarlo todo en la periferia. Y no sólo mirar, porque hay en esta mirada de mosca una habilidad que resulta fundamental para abordar cada día del año, cada año que vivimos –sin excepción– peligrosamente. Porque es una mirada moderna, casi posmoderna, se podría decir, la de la mosca: ve en mosaico, en puzzle. Es una mirada global, que puede detectar hasta los movimientos más rápidos de las cosas o de las figuras y abarca los 360º del campo de visión. Pero sobre todo, esa mosca que tiene más ojos que años un siglo, advierte de cualquier peligro o amenaza que le circunda y es capaz de lograr una percepción lenta del transcurso del tiempo. No menos de todos esos ojos, más de uno día por día –un calendario sólo para los ojos– nos hacen falta para contemplar lo que va sucediendo en tiempo real y en tiempo pasado. Me pregunto ahora, con una vista algo cansada, si aquel hombre con tantos ojos, en los bisiestos llevaría unas bifocales.

Feliz 2024 de 366 días les desea un ojo… de buey.

Temas

Espacio de opinión en el que se aúnan las artes escénicas, el panorama político, el cine, la radio, y la televisión. Además de la cultura en general y la vida en particular. Su autor es Bernardo Sánchez Salas, escritor, doctor en filología hispánica y guionista.

Sobre el autor

Bernardo Sánchez Salas (Logroño, 1961) Escritor, Doctor en Filología Hispánica, guionista de cine y televisión y autor teatral: Premio Max en 2001 por la adaptación escénica de la película El verdugo y adaptador, también, de obras de Arthur Miller (El precio, nominado en 2003 al Max a la mejor adaptación), Tirso de Molina (La celosa de sí misma), Antonio de Solís y Rivadeneyra (Un bobo hace ciento) –ambas para la Compañía Nacional de Teatro Clásico-, Aristófanes (La asamblea de las mujeres), Edgar Neville (El baile), Howard Carter Beane (Como abejas atrapadas en la miel), Jeff Baron (Visitando al señor Green, nominado en 2007 al Max a la mejor adaptación) o Rafael Azcona (El pisito). Sus trabajos teatrales –realizados para unidades de producción públicas y privadas- han sido dirigidas por Luis Olmos, Jorge Eines, Tamzin Townsend, Juan Echanove, Sergio Renán, Esteve Ferrer, o Juan Carlos Pérez de La Fuente. Es también autor de textos teatrales originales como Donde cubre y La sonrisa del monstruo (dirigidos por Laura Ortega para la RESAD), El sillón de Sagasta (dirigido por Ricardo Romanos) y La vida inmóvil (dirigida por Frederic Roda). Ha publicado estudios sobre el dramaturgo del siglo XIX Bretón de los Herreros y editado algunas de sus obras; fue corresponsal de la revista El público. Autor del conjunto de relatos Sombras Saavedra (2001), publicado por José Luis Borau en “El Imán” y de monografías individuales y/o colectivas sobre Rafael Azcona, Bigas Luna, Luchino Visconti, Viçenc Lluch, José Luis Borau, Eduardo Ducay, Antonio Mingote, Pedro Olea, el Documental Español, la Literatura y el Cine en España o El Quijote y el Cine.


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