A estas alturas de la película – nunca mejor dicho – existen demasiados documentales en el mercado musical que nos cuentan la historia de un grupo de la misma manera, una y otra vez. Sin embargo también hay otros que, además de cumplir con el trámite, te descubren una realidad alternativa que seguramente no recordabas de tu país. Ahora o nunca. La verdadera historia de Niagara, de Sergio Guillén y África Paredes, pertenece a los segundos.
Y es que Niagara no fue una banda más de aquel castizo Madrid de los ochenta, fue una rareza a contracorriente. En 1985, Manolo Arias llamó a Tony Cuevas —compañero suyo en Bella Bestia— con una idea que entonces sonaba temeraria, casi suicida: hacer hard rock melódico en inglés. Al proyecto se sumaron posteriormente Ángel Arias al bajo, Enrique Castañeda a los teclados y José Martos a la batería. Con semejante elenco el resultado fue brillante, pariendo tres discos que hoy todavía se siguen buscando con absoluta devoción —Now or Never (1988), Backstage Girls (1990) y III (1994), este último ya con José Antonio Manzano al micro—, dos giras por Reino Unido, una noche en el mítico Marquee de Londres y hasta las 5K de Kerrang!.

En esta España tan nuestra que llenaba sin pudor estanterías y cajones con cassettes y vinilos británicos, alemanes y americanos, a los de casa que se atrevían a cantar en la lengua del pirata Drake se les miraba raro. Niagara pagaron ese peaje. Mientras sellos ingleses y estadounidenses se interesaban por ellos, buena parte de la prensa nacional prefirió ponerse de perfil. El documental pone nombre a esa extraña invisibilidad —hay un episodio de fotos que pesó más de lo que debería— y lo hace sin convertir la historia en un ajuste de cuentas.
Ahora o Nunca habla, cuenta y deja que hablen. Y eso se agradece. Lo mejor del film en mi humilde opinión no es sólo Niagara, sino también el coro de músicos que los rodea. Aparecen los suyos y también diferentes personajes que compartieron década y escenario con ellos: gente de Barón Rojo, Muro, Sobredosis, Hiroshima, Ñu, Júpiter, Panzer. Con ellos se desbloquea el recuerdo de una escena que casi nunca se tuvo demasiado en cuenta. No la escena de la Movida, sino la otra, la nuestra: la del Canci, Vallecas, Usera, San Blas…
Aunque no es oro todo lo que reluce y el documental peca de un generoso metraje, su visionado es altamente recomendable. Al menos yo lo he disfrutado una barbaridad. Lo podéis ver íntegro a continuación.