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Javier Tourón

Talento, educación, tecnología

Arturo de la Orden: caballero y amigo leal

 

Defendiendo la tesis doctoral

Ayer recibí una triste noticia. El fallecimiento de un maestro de maestros y, sobre todo, un gran amigo. No es este el lugar, ni el día, para hacer una semblanza de los valores académicos del profesor de la Orden, otros lo harán con mayor y mejor criterio. Solo quiero dar unas pinceladas que recojan mi pesar que será el de muchos. Y quiero hacerlo basándome en el texto que utilicé en el acto académico que celebramos en su honor en Burgos en el año 2012, durante el congreso de pedagogía que tuvo lugar aquellos días. En el mismo, se le hizo entrega de un Liber Amicorum excelentemente coordinado por la profesora María Castro, que no podía tener, a mi modesto entender, mejor título: “Elogio a la Pedagogía Científica“. En el mimo hice mi modesta aportación sobre el agrupamiento por capacidad en el caso de los alumnos más capaces, tema del que el profesor de la Orden sabía tanto, y sobre el que conversamos en muchas ocasiones.

Durante el acto intervinimos varios profesores del área de Métodos:  María Castro Morera,  Mª José Fernández Díaz (Universidad Complutense); Eduardo Backhoff Escudero (Universidad Autónoma de Baja California); Luis Lizasoain Hernández (Universidad del País Vasco); Arturo Galán González (Secretario de la Sociedad Española de Pedagogía). El acto fue clausurado por José Luis Gaviria, entonces presidente de la Sociedad Española de Pedagogía.

Acabo de releer las palabras que pronuncié ese 5 de Julio de 2012 en el aula magna de la Universidad de Burgos. Entiendo que son perfectamente válidas -y verdaderas- para rendir este último tributo a mi muy querido amigo, el profesor de la Orden:

Es para mí un auténtico e inmerecido honor haber sido invitado a participar en este entrañable acto, por lo que, más allá de lo que la mera cortesía académica dicta, quiero en primer lugar dar las gracias a los organizadores.

En una subcultura de obsolescencia programada, del “te doy si me das”, si soy tu amigo ¿qué puedo obtener?, en la que solo prima lo útil a corto plazo, tener la ocasión de honrar, hoy de manera especial, al profesor Arturo de la Orden, en una etapa postrera de su dilatadísima carrera profesional, es un auténtico privilegio que recordaremos con agrado el resto de nuestras vidas, y que ancla este acto en una honda y vieja tradición universitaria que no ha de perderse.

Para quienes conocemos al profesor de la Orden desde hace tantos años y nos honramos con su amistad, de quien tanto hemos aprendido y con quien hemos pasado tan buenos momentos, tanto de trabajo duro como de diversión amable, no puede haber mayor satisfacción que la de colaborar ahora en este acto, y haberlo hecho también en su Liber Amicorum, una obra que recoge trabajos originales de sus discípulos o amigos, que se convierte en una celebración escrita en honor de quien se estima de manera especial, y que bien expresa con su nombre cual es la relación prioritaria que con el homenajeado nos une: ser sus amigos; ni más, ni menos.

Y es que: “Optimum lucrum amicicia”. El mayor tesoro es la amistad. Ciertamente, como ya señalara el aquinate, la amistad es un hábito electivo, pero quien tiene un amigo tiene un tesoro, hasta el punto de que nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Y si bien aquí no ha de llegar la sangre al río, lo señalado da idea de la dimensión e importancia de la amistad en las relaciones humanas. Ese es mi caso, yo estoy hoy aquí porque soy su amigo, y de ello me congratulo.

Ser profesor es importante, pero ser maestro lo es más, porque el maestro une a su ciencia su humanidad, su ejemplo y su testimonio de vida; su calado moral, en definitiva. Y nuestro homenajeado ha sido y es maestro, porque nada tiene que ver el estatus laboral con el ejercicio de la autoridad, ejercida como “saber socialmente reconocido” o auctoritas en distinción dorsiana.

El profesor de la Orden, mi querido Arturo, ha hecho eso y más; nuestra relación de tantos años ha estado presidida, creo yo, por la autenticidad y el equilibrio del que no tiene intereses personales más allá de la pura relación personal y el afecto mutuo, de la amistad auténtica. Yo nunca le he pedido nada…, él a mí tampoco.

Pero toda amistad cuando es genuinamente eso, también se convierte en una relación de ayuda, de servicio, de aprendizaje mutuo.

Si bien he de reconocer en este punto que el balance se rompe en favor del profesor de la Orden. Yo he aprendido mucho en su compañía, pero dudo de que este hecho sea recíproco; de lo que no me cabe duda es de que le he hecho reír en muchas ocasiones con las gracias atribuidas a vascos o a gallegos, grupos bien queridos para mí por vecindad, pues vivo en Navarra, o nacimiento, pues soy de Vigo.

El profesor de la Orden habla poco, pero cuando lo hace, como se dice en mi querida Galicia “canta un carro”.

Basta pues, con un sencillo: gracias Arturo por tu magisterio y por tu amistad.

¡Cuantas veces hemos hablado de la escuela no graduada!, de la necesidad de rescatar la vieja Pedagogía Diferencial, de tantos problemas relativos a la evaluación y de la mejora del sistema educativo…

Mi regalo para ti es una modesta colaboración en el Liber Amicorum que con tanto cariño te hemos preparado. Sobre todo María que ha llevado la carga de la prueba… de las pruebas, quiero decir.

En él trato un tema que conoces bien y que ha sido objeto de tu investigación de antaño, que he centrado, eso sí, en lo que para mí, después de 20 años de dedicación, se ha convertido en “una causa” que merece la pena: la atención a los niños más capaces.

En un sistema educativo empeñado en promover la igualdad en lugar de la diferencia, obstinado en promover una equidad que se hace equivaler a varianza, en el que precisamente los defensores de la igualdad no hacen sino promover la injusticia, me parecía que esta problemática era del máximo interés y que se compadecía muy bien con una parte de la obra dedicada a la Pedagogía Diferencial que tan bien has cultivado. En cualquier caso está escrito con el rigor y la profundidad que la capacidad del autor permitían, porque…¿sabes? aunque se empeñen no somos iguales y mi capacidad no daba para otra cosa.

Si de una faena taurina se tratase, espero que no sea de aliño, te diría refiriéndome a las páginas que te ofrezco: Va por usted, maestro!

Pues ahora solo he de añadir con la rotundidad literal de las palabras: amigo, descansa en paz. No sé cuando, pero ¡nos volveremos a ver!

 

P. D. La foto es del día en que defendí mi segunda tesis doctoral, allá por noviembre de 1988. Están con él en la foto el profesor Ramón Pérez Juste y el profesor González Simancas. Formaban parte del tribunal también Eduardo LópezMaría Jesús Renedo, entonces vicerrectora de alumnos de la Universidad de Navarra.

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Sobre el autor

Vicerrector de Innovación y Desarrollo Educativo en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), es Catedrático de Métodos de Investigación y Diagnóstico en Educación. Doctor en Ciencias de la Educación y Ciencias Biológicas. Convencido de que 'El talento que no se cultiva se pierde' ha dedicado gran parte de su carrera académica e investigadora a los alumnos de alta capacidad intelectual, su identificación y promoción educativa; encontrando en la correcta utilización de las nuevas tecnologías y la innovación educativa caminos para lograr sistemas educativos excelentes capaces de promover y alentar el talento y las capacidades de todos los alumnos.   MÁS SOBRE EL AUTOR


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