La Rioja

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Etiqueta: yayo tasio
Seguir vivos
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Teri Sáenz | 15-02-2017 | 12:01 |0

Cuando el yayo Tasio sale a pasear cada mañana, organiza su ruta de forma que en algún momento del recorrido pueda detenerse ante la Sombrerería Dulín. El abuelo se planta frente al escaparate y experimenta una conexión que no tiene tanto que ver con la exquisita oferta de productos alineados tras el cristal como con el aroma que rezuma la tienda. Tasio mira a un lado y a otro de Portales y certifica que la mayoría de negocios vecinos han mutado a lo largo de los años. O peor:han desaparecido para siempre. La calle que una vez fue el epicentro de aquel Logroño orgulloso de sus raíces, la arteria de paso obligada para turistas ansiosos de encontrar una postal genuina cargada de historia, es ahora un cúmulo de establecimientos y bazares sin encanto ni criterio. Sombrerería Dulín ha ido sobreviviendo a esa metamorfosis constante. El local se ha mantenido más de un siglo incólume al viento de los cambios y el tornado de las modas. Como un periódico de papel, un teléfono de góndola, una cocina de leña. Aunque Tasio nunca se ha tocado la cabeza con nada más que su vieja boina, una vez traspasó el umbral y se hizo con una elegante gorra. Rara vez sale a la calle

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Paso de cafres
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Teri Sáenz | 24-01-2017 | 09:38 |0

atropello

El yayo Tasio tiene que cruzarlo todos los días, y todos los días lo cruza con un nudo en la garganta. Es aparentemente un paso de cebra vulgar. Una anodina sucesión de franjas blancas y negras dibujadas en paralelo sobre la carretera a las que tampoco vendría de más un brochazo renovador. Pero el problema no es que las rayas estén desdibujadas. Su principal característica es que resulta invisible a los conductores. La vía es ancha y la visibilidad razonable y, sin embargo, los coches lo atraviesan sin miramientos entre el pavor de los viandantes a que la brea acabe teñida con su sangre. Con esa prevención, el abuelo saca primero la cabeza desde la acera para certificar que no viene ningún vehículo. Si el camino está expedito, acelera la marcha todo lo que el reuma le permite. O si coincide con otros peatones que van por la misma ruta, se cuida de caminar a su lado a modo de escudo por si el accidente se consuma. Esta mañana no hay nadie a su alrededor. Espera unos minutos y sigue solo ante el paso de cebra. Otea el horizonte y por fin se decide avanzar. De pronto, a lo lejos, un todoterreno. Pánico. Intenta apretar el paso, pero no da para más. Tasio se queda

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Una chaqueta gorda
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Teri Sáenz | 05-12-2016 | 09:31 |0

malditos

Le informo al yayo Tasio al calor del brasero que mantiene prendido todo el invierno de que existe un fenómeno bautizado como hiperpaternidad. El abuelo me mira con una cara que no alcanzo a interpretar si es de extrañeza o incredulidad cuando le explico que consiste en la fijación de muchos padres modernos por modelar unos hijos extraordinarios. Para alcanzar ese grado de perfección, se les introduce casi sin destetar en una carrera de fondo para formales en todas las destrezas que los nuevos tiempos obligan. El chaval se convierte en un amasijo de arcilla al que se le saca de la urna de protección extrema para moldearlo con entrenamientos de fútbol y/o gimnasia rítmica, cursos de natación, clases de informática, talleres de pintura, lecciones de música y, por supuesto, cuatro horas a la semana en una academia de inglés. Tasio me interrumpe tímidamente para suspirar que cómo cambian las cosas. Que a él y la recua de hermanos sus padres le hacían el caso justo porque no había dinero, tiempo ni tantas oportunidades, y que lo más parecido a una actividad extraescolar consistía en sacar a pastar las ovejas que guardaban en un corral junto a las eras nevadas.

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Des Moines
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Teri Sáenz | 14-11-2016 | 09:34 |0

Donald Trump

La casa del yayo Tasio debe ser el único lugar del planeta ajeno al seísmo provocado por la victoria de Trump. Sentado sobre su orejero, apurando los rayos de sol que se cuelan por los cristales que siempre limpia la víspera de un chaparrón, el abuelo me pregunta a qué tanto revuelo. Y sobre todo, por qué tanta gente, hasta su avinagrado vecino del entresuelo que jamás ha salido del barrio ni sabe siquiera cuántos estados están unidos, opinan del sucesor de Obama como sesudos analistas de geopolítica planetaria. Yo, el único Donald que conozco tiene pico, plumas y voz de lija, reconoce sin rubor. Como conozco al abuelo, me limito a callar disimulando media sonrisa. Tasio, en realidad, habla para sí mismo. Me pregunta si todos los norteamericanos son tan retrógrados e ignorantes como pontifican los parroquianos del bar donde se toma a media tarde un café con leche ardiendo. Qué es un swing state, cómo no ha ganado Hillary si era tan fetén, por qué una papeleta en Ohio vale igual que otra en Florida, a qué viene que tantos inmigrantes hayan votado republicano si Donald (el pato no, el otro) ha prometido levantar un muro para frenar la entrada de otros

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Fantasmas de barro
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Teri Sáenz | 24-10-2016 | 10:13 |0

mansilla

Al yayo Tasio no le sacas de casa ni a tiros. A sus años, pasear más allá de los límites de su barrio es agotador y montar en coche, una heroicidad. No me quedó así otra que engañarle. A regañadientes aceptó llegarnos conduciendo un poquito más allá de la ciudad y parar a almorzar en algún hayedo donde las hojas ya están pintadas de otoño. Tuve que darle palique para que no percibiera que hacíamos más kilómetros de los prometidos devorando curvas y sorteando baches. Para cuando se quiso dar cuenta, ya habíamos arribado a Mansilla. Fue bajar del vehículo y ver cómo su cara mutaba en un espejo de la desolación que tenía delante. El pueblo que una vez fue fértil y populoso asomaba el esqueleto húmedo que durante años permanece oculto bajo las aguas. Aunque no abrió la boca para decirlo, el abuelo estaba viendo en aquellas ruinas las de su propia aldea y otras tantas que las riadas del tiempo han enterrado no en un embalse, sino en el sótano de la memoria. Me rogó que le dejara solo. Apenas había otro puñado de curiosos. Bajó torpemente hasta la vaguada y vagabundeó entre calles que aún dibujan su trazado sobre la tierra cuarteada, unas pocas

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Ultra fútbol
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Teri Sáenz | 21-06-2016 | 09:57 |0

ultras

A veces el yayo Tasio sueña con que asiste a un partido de fútbol. Pero no a uno de esos entre clubes aficionados en un campo de tierra donde menudea patadones al área. El espectáculo con el que fantasea el abuelo es de relumbrón. Sobre el césped están anunciados dos de los mejores equipos de Europa y Tasio, alérgico a otro deporte que no sea pasear por veredas solitarias, acude a la cita con la excitación de vivir en directo un espectáculo de dimensiones épicas. De camino al estadio, en su imaginación se topa entre la marabunta de público con un puñado de ultras empapados en alcohol. El grito ronco, los bíceps tatuados, toneladas de rabia en la mirada. La multitud se hace a ambos lados como un río que se bifurca ante un dique y el yayo queda sin saber cómo frente a ese escuadrón etílico. Sin mediar palabra ni argumentos, el cabecilla del grupo le pega una hostia en su cara de viejo. No es, como el partido de fútbol que soñaba con estar a punto de ver, un puñetazo cualquiera. La agresión tiene el sello de una brutalidad profesional. Un golpe de yunque excede el daño físico para ingresar en lo inhumano. Un manotazo al que sucede otro. Y otro. Y más.

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Cuentas corrientes
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Teri Sáenz | 30-05-2016 | 09:16 |0

rato

La senectud del yayo Tasio es proporcional a la gavilla de manías que va acumulando con los años. La más enraizada es la sospecha enfermiza de que le roban. El abuelo está obsesionado con que el nuevo inquilino del tercero ha enganchado la luz a su contador. Cada vez que baja a comprar el pan remira las vueltas por si la tendera trata de sisarle un céntimo y tampoco para de echarse la mano al bolsillo del pantalón para comprobar que su cartera sigue ahí. El catálogo de tics incluye acudir a diario al banco donde tiene domiciliada la pensión para actualizar la cartilla. Aunque en la oficina le han repetido amablemente que puede realizar el trámite en cualquiera de sus cajeros, Tasio prefiere hacer fila y esperar a que el empleado de turno lo haga personalmente. Coge el cuadernillo, lo abre por la página del último apunte y lo introduce en la máquina. El mecanismo se pone en marcha y para casi al instante, porque nunca hay más movimientos que las obligaciones de pago y la proverbial austeridad de Tasio permiten. El abuelo ha comparado su rutina con la de Rodrigo Rato y le ha invadido un sentimiento de empatía al conocer que tiene 178 cuentas corrientes en 16

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Podéis ir en paz
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Teri Sáenz | 23-05-2016 | 10:26 |0

despedida

Hoy es domingo y Tasio sale a la calle a gozar del día. Madruga para sentir el placer solitario de las calles recién regadas, las aceras mudas. Error. Nada más poner un pie en la acera le atropella una miríada de corredores. Runners, le matiza jadeante el que va en cabeza armado de pulsómetro y una cinta alrededor de la frente. Como en Matrix, el yayo hace un escorzo desafiando la gravedad para esquivar tanto sudor reflectante. Cuando se cree ileso, recibe un golpe en la cabeza. Le ha atacado la muñeca hinchable que portan una docena borrachos uniformados con camisetas con la fotografía de un pollo. Mientras trata de volver a ponerse la boina, comprueba que el pollo estampado es en realidad el novio disfrazo, que vomita plácidamente en un rincón. En vez de pedirle perdón la cuadrilla le pregunta dónde eztá nueztro hoztal en el que pretenden destilar el alcohol acumulado. Tasio, por supuesto, les manda en dirección opuesta. Justo por donde llega lo que parece una romería de pamelas y trajes recién planchados encabezada un niño vestido de almirante. La comunión con boato de bodorrio deja al menos un aroma de laca cara al pasar y el camino expedito para el

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Historia viva
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Teri Sáenz | 25-04-2016 | 10:21 |0

bosque

Todos (sí, también usted) guardamos en el cajón un placer que nos avergüenza confesar. El mío consiste en escuchar al yayo Tasio. Algunas mañanas me llego hasta su casa sin ningún pretexto y me siento junto a él sobre una de las sillas del salón que reciben la luz del mediodía. No abro la boca. El abuelo se coloca frente a mí y sin más empieza a hablar. Su catálogo de historias es infinito, aunque muchas se repiten. La más recurrente es esa en la que rememora cuando de muy mocete su padre le ordenó que ese día tenía que cambiar el hatillo de libros por el zurrón y sacar a pastar las cuatro ovejas que les daban de comer en el pueblo. Según cuenta, el cielo había amanecido negro oscuro. Al llegar al otro lado de la montaña, las nubes se desbocaron y estalló una tormenta de nieve y rayos como sólo había imaginado en las leyendas. Desorientado, hambriento y calado hasta el tuétano, se agazapó en el hueco de un tronco hasta que muchas horas después sin probar bocado un vecino le rescató para devolverlo a casa medio muerto. Tasio no lo sabe, pero en cada versión introduce detalles distintos y hasta contradictorios.  Unas veces le amenazaba un lobo

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Pequeños jabalíes
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Teri Sáenz | 18-04-2016 | 09:37 |0

jablí

La historia que más ha conmovido esta semana al yayo Tasio no se ha llevado grandes titulares. Nada que ver con offshores, corruptelas, dimisiones ni papeles (de Bárcenas, de Panamá). La atención del abuelo se la ha ganado un animalillo peludo de apenas 800 gramos. Una cría de jabalí que, todavía nadie sabe bien cómo ni por qué, apareció en el falso techo de una casa cualquiera en pleno centro de Logroño. Como en esas películas de terror psicológico donde el misterio convive con la cotidianidad de los inquilinos, los propietarios empezaron escuchar ruidos anómalos entre la escayola del baño cuando la casa permanecía en silencio. Lo que a priori barruntaban que podría tratarse de algún insecto hiperactivo o un roedor perdido entre los conductos de la calefacción resultó ser un minúsculo y tembloroso jabato encajonado en un rincón imposible. Al acabar la lectura de la noticia y llegar al punto final, Tasio empezó a gruñir. El abuelo encogió a cuatro patas, se le afilaron levemente los colmillos y le creció un pelo duro en el lomo. De pronto se sintió como aquel pequeño jabalí, débil y desorientado. Igual que el bicho, el abuelo empezó a

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