Una industria vinícola en la que conviven grandes y medianas bodegas con cooperativas y cosecheros va dando paso a la aparición de una nueva generación de vitivinicultores sobrados de talento, concienciados en la defensa del medioambiente, con una visión más romántica del vino y apegados a la tierra.
Es esta una Revolución Silenciosa que va calando y con la que Rioja se ha reinventado.
Hasta hace unos 25 años mayoritariamente el vino criado de Rioja procedía de las bodegas industriales y cooperativas. Bodegas que producían a partir de medio millón de litros y que se abastecían de uva de sus viñedos y de viticultores de la zona y completaban, si llegaba el caso, con vino de los cosecheros. Con la reducción en 1.992 del requisito del mínimo de barricas para poder vender como criador, de un mínimo de 500 a 50 barricas, a muchos cosecheros se les abre un horizonte nuevo y comienzan a elaborar con su propia marca. Alguno de estos cosecheros se ha convertido hoy en bodegueros de gran éxito, regentando bodegas, algunas, que superan el millón de botellas anuales.
La figura de cosechero ha existido en Rioja desde siempre, viticultores con bodega propia que elaboraban vino para su venta al detalle sin marca propia en botellas o garrafas y más tarde a grandes bodegas. Los cosecheros abundaban principalmente en Rioja Alavesa fortalecidos por los consumidores que, de Vitoria, Bilbao o pueblos industriales del País Vasco, los fines de semana cruzaban la Sierra de Cantabria y Toloño para secar los huesos y mojar la garganta. La mayoría se quedaban en Álava o la Sonsierra riojana, donde se proveían del vino del año, de maceración carbónica; otros buscaban el clarete riojano y se llegaban a la cuenca del río Najerilla, a Cordovín, Badarán, Camprovín, San Asensio, Baños de Río Tobía, … Trabas legales, sanitarias y el cambio de hábitos de los consumidores hicieron que la venta de vino directa a granel fuera decreciendo paulatinamente, hasta mediados de los años noventa que prácticamente desapareció, arrastrando a muchos de los cosecheros, que dejaron definitivamente de elaborar o limitaron su producción al vino para consumo propio, dedicándose de lleno al cuidado de sus viñas y vender la uva a bodegas industriales. Algunos de aquellos cosecheros, en función de la coyuntura y perspectivas de precios de la uva y del vino, continúan vinificando los años que prevén que la elaboración pueda reportarles un valor añadido, otros ven como sus calados se desmoronan sin poder darles más utilidad que, de vez en cuando, ir a ellos a merendar con los amigos.
Si a partir de los noventa del siglo XX la apuesta para los cosecheros de elaborar cada año o vender la uva, dependía de las perspectivas de venta del vino y de la uva, ya entrado el siglo XXI, para algunos esta decisión no depende exclusivamente de cuestiones económicas.
La bajada de precios de la uva en 2009, que continuó en los años posteriores hasta 2016 hasta valores anteriores a la crisis, la falta de trabajo de los jóvenes, la gran oferta de titulados de La Universidad de La Rioja procedentes del grado de enología, master de viticultura y enología e ingenierías agrícolas y la exaltación de las profesiones ligadas al gusto (cocinero o enólogo), han sido alguno de los factores que han propiciado la fundación de un gran número de pequeñas bodegas con una filosofía de negocio que contrasta con las bodegas tradicionales. Es esta una revolución silenciosa liderada por una generación joven sobradamente preparada, entusiasta, amante del vino que sueña por crear su propia obra de arte, su propio vino y que, por otra parte, dispone de escasas oportunidades para dirigir su desarrollo profesional a otros sectores encontrando en el vino su medio de vida.
De la bata a la bota. Los enólogos del siglo XXI priorizan el trabajo en campo al del laboratorio
Una cuestión que distingue a estos nuevos bodegueros es el papel que juega la viña en el resultado final: de basar la vinificación al trabajo en bodega, a que la uva sea la auténtica protagonista del proceso. Para ellos, cuando se vendimia la mayor parte del trabajo en bodega está hecho: se trata solo de propiciar las condiciones para que el proceso se realice con normalidad tratando de sacar el máximo fruto a la materia prima. Consecuencia de todo ello es que la uva se cuida más y se presta mayor atención al material vegetal y a la procedencia de la uva. Los vinos de mezcla o de coupage, que han dado fama a Rioja, están dando paso, con la “revolución silenciosa” que se está produciendo en este siglo XXI, a vinos más ligados a fincas concretas y a un modo personal de entender la enología.
La creación reciente de la nueva categoría de vinos de Rioja, la de los “Vinos de Viñedos Singulares” , asociado a viñedos señalados y requerimientos más exigentes en lo referente a cultivo, rendimiento y edad del viñedo, es el soporte normativo actual que estas nuevas bodegas tienen para distinguirse y supondrá un incentivo para que otros nuevos emprendedores se lancen a producir su propio vino.
Esta revolución, consecuencia de este cambio brusco del modelo vitivinícola tradicional no se está produciendo solo en Rioja, es esta una corriente generalizada fruto de la riqueza y el gran potencial que tienen distintas áreas españolas para elaborar vinos de calidad.
No es tampoco esta revolución silenciosa algo que se haya producido de golpe, aunque es ahora, en los 5 o 6 últimos años, cuando como setas en temporada han salido a la palestra tanto bodeguero, enólogo o vino nuevo. La nueva Rioja que se vislumbra a través de esta revolución pacífica y silenciosa es la culminación del trabajo de la generación que a finales de los 80 o 90 del siglo pasado creyó en las posibilidades de Rioja y, sin red ni paracaídas, osó en lanzarse al vacío.
Para que estos llegaran otros pioneros tuvieron que abrir el camino, me estoy refiriendo a Álvaro Palacios, su hermano Antonio, Abel Mendoza, Miguel Angel de Gregorio, Juan Carlos Sancha, Agustín Santolaya, Benjamín Romeo, Telmo Rodriguez, Pablo Eguzkiza, Jesús Puelles, Óscar Tobía, Juan Carlos López de Lacalle, Marcos y Miguel Eguren, Juan Luís Cañas, Juanje Valdelana, José Antonio Leza, … por nombrar algunos de los bodegueros riojanos que han actuado como locomotoras del cambio. Eran jóvenes, en aquel momento, con el mismo perfil que los que ahora lideran esta revolución silenciosa, pero con condiciones más difíciles si cabe que ahora: había que abrir brecha. Rioja entonces era el sota, caballo y rey del joven, crianza y gran reserva, salir con un vino distinto (y encima más caro), sin marca o etiqueta que lo avalara era poco menos que un suicidio, como lo aseveran tantos que se quedaron en la cuneta y tuvieron que cerrar la persiana. Los que ahora inician su aventura salen respaldados por aquellos pioneros que, trabajando duro, fueron capaces de traspasar nuestras fronteras hasta consolidar sus vinos “especiales” y su nombre en los mercados más exigentes.
La revolución silenciosa que se ha iniciado está suponiendo un cambio en profundidad del concepto de Denominación, de la normativa, de su estructura, del tipo de vinos que se elaboran, demostrando, lo que hace muchos años algunos pregonamos: que Rioja existían las condiciones para elaborar vinos a la altura de los más acreditados. Estas bodegas silenciosas están poniendo a Rioja en el mapa vitivinícola mundial como nunca antes había estado.
Vinos Silenciosos: el libro
Desde el año 2013 he estado trabajando en un proyecto, al que pronto invité que se uniera el periodista Alberto Gil y que ha culminado, de momento, en el libro “Vinos Silenciosos”- Quiet Wines-”.
En el libro, escrito mano a mano con Alberto, posiblemente la persona que mejor está al tanto de lo que se “guisa” en esta región vitícola, tratamos, entre otras cosas, de dar voz a esas bodegas “silenciosas” que buscan darse a conocer en este mundo globalizado del que, muchos presumimos nos hemos fotografiado delante de las 7 maravillas del mundo, y no conocemos, de verdad, ni lo, ni a quien tenemos a la vuelta de la esquina.
Hemos conseguido reunir en este libro a cerca de 200 bodegas, la mayoría prácticamente anónimas, de viticultores bodegueros que viven por y para el vino; que están ahí, sin hacer ruido, como la viña, enraizados en su territorio, haciendo con pasión lo que saben hacer, cultivar la viña y elaborar vino; sus vinos, como ellos, llanos, honestos y silenciosos, hablan poco pero dicen mucho.
El libro que hoy ya está en las mejores librerías, en enotecas, en los centros relacionados con la cultura del vino de toda España y en la sede de la Editorial “Pepitas de Calabaza” en C/ San Juan de Logroño, le permitirá tomar conciencia de la diversidad del Rioja, conocer las historias vitales de los auténticos protagonistas del vino, de pequeños bodegueros y, cómo no, de las grandes referencias vitivinícolas que habitualmente puede encontrar en otros manuales más convencionales.
Con un formato de guía, con muchas fotos y mapas, para cada una de las 8 regiones vitivinícolas en las que hemos dividido Rioja, y que caracterizamos pueblo a pueblo, paraje a paraje en algunos casos, incluimos, además de las bodegas “silenciosas”, otros atractivos para que sepa donde se come bien, donde se puede uno alojar cómodamente si viene de fuera y lo que no nos podemos perder si recorremos Rioja y sus alrededores. El libro y sobre todo la experiencia de sumergirse de lleno en esta Denominación, le permitirán ser partícipe de esta Revolución Silenciosa que está fermentando aquí y ahora, en una de las que es, y cada vez más gente lo sabe, las Grandes Regiones Vitivinícolas del Mundo.