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Jorge Alacid

Logroño en sus bares

Los bares de todos

Bar de La Rosaleda, en El Espolón de Logroño.

 

Paseando una tarde por el parque del Ebro, siguiendo como tantos logroñeses el sugerente itinerario alumbrado por el festival Concéntrico, me sorprendió muy agradablemente la instalación propuesta por el equipo invitado, unos jovencitos procedentes de las Galias. De Rouen, en concreto. Que observaban emboscados cómo interactuaban los peatones con su ingeniosa idea: un encadenado de carpas, que iban descendiendo desde la cima situada a la altura de la iglesia de Santiago, hasta alcanzar la explanada que rodea la chimenea. En su seno, anidaba una invitación a disfrutar de ese privilegiado entorno mediante otro hallazgo, que de algo sonará a los improbables más veteranos: unas mesas corridas. Como de sidrería. Como las del bar de Julio, por ejemplo, citando un caso cercano, allá al otro lado del río.

Lo curioso es que quienes tropezaron con la instalación, disfrutaban acomodándose en las mesas como si en algún momento alguien les fuera a allegar un porrón y ellos pusieran las tarteras recién llegadas de casa. Un arrebato que contrastaba con el lánguido aspecto que ofrecía el bar cercano, el situado junto a la chimenea. Uno de tantos bares de todos, porque nacen de una concesión municipal, que les conduce sin embargo a la derrota: éste, como otros de su estirpe, mantiene sus puertas clausuradas. Un guadiana logroñés, que a veces abre y casi más a menudo cierra. Así se encuentra ahora, asombrosamente cerrado. Asombrosamente porque lo tiene todo para triunfar: se cuentan por docenas los ciudadanos que transitan por sus alrededores. Los mismos que parecen estar pidiendo esas mesa en plan merendero que trajeron los franceses de Rouen, quienes miraban divertidos la escena: los logroñeses apropiándose de su invención. Paradoja: el bar aledaño, más que mustio. Abandonado.

Paso con frecuencia por su jurisdicción y ya digo que me sorprende verlo cerrado. Pero es que todavía con mayor asiduidad cruzo junto al quiosco de La Rosaleda, en el corazón de El Espolón, y ya directamente alucino: justo cuando florece la actividad hostelera a su alrededor, con bares y más bares de nutrida afluencia de público, esa otra concesión municipal también permanece dejada de la mano de los potenciales clientes. Me sangra el corazón logroñés. En su anterior encarnación, aquel coqueto caserón que también proveía de periódicos y revistas, me tuvo entre sus adictos. Y también la terraza que lo rodeaba, de enorme éxito: los mayores atacaban el vermú o el cafelito mientras los más pequeños jugábamos por las ranitas o rodeábamos al carromato de Tolo con sus golosinas, que también distribuía aquella dama llamada la Cariños.

El triste destino que acechaba a este bar, como al antes citado y a otros cuanto de los alumbrados por el Ayuntamiento (el de La Ribera, según tengo detectado, también está cerrado para mayor asombro todavía), me lleva a pensar que (tal vez, sólo tal vez) las exigencias que se reclaman a esos hipotéticos intrépidos empresarios interesados en su gestión pecan de mala adaptación al ecosistema actual en el sector. Alguno de ellos me ha hecho llegar en privado cuánto le gustaría llevar La Rosaleda, porque se malicia que ahí se oculta un negocio fetén a poco que disponga su proyecto de una administración sensata y una oferta complementaria a los triunfantes locales del centro de la ciudad. Y que tropieza con el vuelta usted mañana de rigor cuando intenta explicar sus ideas en el Ayuntamiento. O con un pliego poco realista, que conspira para impedir alguna de sus propuestas para dotar de atractivo a ese envidiable emplazamiento. Incluyendo la recuperación de sus veladores, santo y seña del Logroño de siempre.

Así que el desenlace de toda esta gavilla de concesiones municipales admite una lectura crítica. Algo ocurre. Y algo se podría hacer para mejorar el resultado final. Sobre todo, teniendo en cuenta que otros negocios de ese mismo linaje disfrutan de una saneada actividad. Pienso en el bar del parque del Carmen, el del Embarcadero, el del González Gallarza. Y pienso que ese modelo se podría extender para hacer rentables a sus gemelos. Y para evitar que algunos de quienes no olvidamos tantos ratos felices disfrutados en La Rosaleda nos resignemos a derramar una imaginaria lágrima por lo que pudo haber sido y no es. Extensible a ese estupendo y también imaginario escenario del parque del Ebro, festoneado el contorno de la chimenea de sus toldos al estilo Rouen (escuela Concéntrico) para solaz de los devotos de los merenderos, con el bar vecino de nuevo abierto.

P. D. Mientras redactaba estas líneas, estalló ante mis ojos el fallo del concurso que cada año elige entre las presentadas las mejores tortillas de Logroño. Y de La Rioja, habrá que añadir, puesto que la edición de este año que organiza Degusta La Rioja se abría también a las barras de toda la región. Una medida muy acertada, pienso: he seguido más de cerca otras convocatorias y me parecía que el certamen mejoraría si se agregaba el concurso de quienes algo saben de esto por la región interior. Lo atestigua el éxito obtenido por una de las participantes: el bar Virginia, de Nájera. Una barra ejemplar por variadas razones; al parecer, también por su tortilla. Enhorabuena a su modélica guardiana y enhorabuena a las buenas gentes del bar Tizona de Logroño, que se hizo con el premio al mejor bocado en plan tradicional. Y enhorabuena a la cincuentena de participantes. Y al jurado. El concurso se ha consolidado. Lo prueba el otro éxito, el éxito genuino: el que adorna a las barras triunfantes en ediciones anteriores, que reciben un espaldarazo en forma de clientela muy agradecida. Como me encuentro entre quienes se animan a comprobar en persona lo acertado (o no) del fallo, en próximas fechas daré cuenta de mi opinión al respecto. Así que continuará.

Un recorrido por las barras de la capital de La Rioja

Sobre el autor

Jorge Alacid López (Logroño, 1962) es periodista y autor de los blogs 'Logroño en sus bares' y 'Línea de puntos' en la web de Diario LA RIOJA, donde ocupa el cargo de coordinador de Ediciones. Doctor en Periodismo por la UPV.


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