La Rioja

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El día que vi a Amy Martin
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Teri Sáenz | 27-01-2013 | 17:36

El yayo Tasio conoció a Amy Martin en uno de esos simposios de figuras periodísticas ficticias que se celebran de tanto en tanto en el salón de un hotel para intercambiar experiencias comunes y estrategias sintácticas. Tras la charla del ponente de postín –creo que fue un tal Zavalita quien ocupó el atril entonces– la organización desplegó una artillería de canapés y vino blanco al fondo de la sala para que los asistentes pudieran charlar distendidamente.amy martin

Ella estaba en el círculo improvisado en el que cayó Tasio. Al abuelo le deslumbró. Hablaba con ese tono pausado pero rotundo de quien lleva años en el gremio, intercalando comentarios jocosos en un monólogo donde informaba a sus colegas de sus artículos sobre la industria del cine en Nigeria, la central de Fukushima, la implementación de medidas contra la crisis en la Eurozona o la medición de la felicidad (sic). Y todo, con un caché que no bajaba nunca de 3.000 euros por pieza. El yayo se encogía a cada parrafada de Amy. Se dio cuenta de que, aunque había escogido su mejor ropa para la ocasión, las mangas de la camisa estaban deshilachadas y la boina raída. Pero lo que más le avergonzó cuando Amy se interesó por él fue confesar que sólo hablaba de las pequeñas cosas que pasan en su barrio. Y encima, gratis. Al llegar a casa entre confuso y abrumado no me pidió un aumento de sueldo. Sólo exigió que acabemos con esta pantomima y reconozca que yo soy imaginario y Tasio, real.

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