La Rioja
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Etiqueta: cementerio
La vida eterna
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Teri Sáenz | 06-11-2017 | 11:23 |0

© JUSTO RODRIGUEZ

El yayo Tasio me llama puntual a primera hora cuando llega el día de acudir al cementerio para reponer las flores de las tumbas y quitar el polvo de las lápidas. Yo me dejo llevar, porque los protocolos del más allá son negociado del abuelo. Como dice medio en broma, los jóvenes hemos sido (mal)educados en la vida pero no sabemos nada de la muerte. Y como yo le respondo medio en serio lleva razón, aunque la culpa de esa asimetría no es toda mía. Empezó con el atavismo de ocultar a los niños el dolor, alimentado el hábito de alejarnos de todo lo feo que tiene la enfermedad como si pudiera contagiar. Y cuando algún vecino del barrio, algún pariente lejano ya no estaba, no moría de cáncer sino que se apagaba de viejo y subía al cielo. En esa quimera naif fabricada de ángeles con arpa y alas de algodón, los entierros eran para Tasio territorio exclusivo para los adultos donde la calidad del finado se medía por el número de asistentes, las alabanzas del cura y el tamaño de la esquela. Con esa barrera de protección tan bien intencionada como contraproducente, ahora envidio la capacidad del yayo para manejarse en los tanatorios, mantener la compostura sin

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Queridos muertos
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Teri Sáenz | 04-11-2014 | 11:20 |0

cementerio

A Tasio le gustan los cementerios. Entre el ruido que maniata la calle, el caos de las terrazas insaciables que devoran las aceras y el guirigay institucionalizado, el yayo encuentra allí el sosiego que la cotidianidad le niega. El abuelo conecta con el orden de esas calles con nombres de santo. Le relaja la simetría de los nichos. Es dar un garbeo entre el ejército de cipreses enhiestos y recobrar el equilibrio violado. Sin que el calendario le obligue a limpiar lápidas o renovar el agua de los crisantemos, de vez en cuando se deja caer por entre las tumbas. Igual que otros viejos echan la mañana vigilando unas obras de pavimentación, Tasio se pierde entre panteones con cruces oxidadas y angelotes cubiertos de liquen sin importarle que algún día él también se mudará allí definitivamente. Por eso le chirría el repelús que los cementerios provocan al resto del mundo. Ese afán por trasladarlos bien lejos con la excusa de un nuevo recinto aséptico y más funcional. Como queriendo alejar el dolor, asear el pasado, evitar al nene que vea esos retratos en sepia que le miran desde los mármoles fríos. El abuelo envidia los vetustos camposantos de pueblo en que la

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La segunda resurrección de 'El ruso'
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Teri Sáenz | 28-11-2013 | 11:33 |0

El reportaje publicado en estas mismas páginas en abril del 2011 sobre el lamentable estado que ofrecía desde hace décadas el panteón en el cementerio logroñés de Fernando Gallego (Villoria; Salamanca, 1901- Logroño, 1973) sirvió para resucitar su figura. Ingeniero, piloto, abogado inventor, viajero impenitente en una época de brumas y hermetismo y protagonista de cientos de leyendas que corren entre quienes llegaron a conocerle, ‘El ruso’ recuperó el protagonismo que una vez tuvo por sus heterogéneas aficiones y aquel estridente gorro de astracán que le dio el apodo.
Lo que no consiguió aquella información fue reconstruir esta exótica tumba… hasta este año. El Ayuntamiento dirigido por Concepción Gamarra ha acometido la rehabilitación con unos trabajos que se prolongaron durante cinco meses con un presupuesto final de casi 42.000 euros. El trabajo ha requerido no sólo una minuciosa labor de recomposición y apuntalamiento de una descomunal estructura que amenazaba ya con afectar a las tumbas contiguas, sino una inmersión histórica en la biografía de Gallego y su esposa Humildad, con quien comparte el nicho, para recuperar la esencia de la obra que él

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MEMORIA HISTÓRICA
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Teri Sáenz | 14-03-2011 | 11:53 |0

Permítame sugerirle que recupere el periódico del sábado y se detenga en el reportaje sobre la tumba de ‘El ruso’ en Logroño. El ejercicio le sentará bien para oxigenarse unos minutos de las noticas sobre Revuelta y le permitirá de paso conocer un caso que, al menos a mí, me ha generado de una mezcla de asombro e indignación. Sorpresa por conocer la historia de un panteón frente al que siempre me detengo cuando acompaño al yayo Tasio al cementerio, y rechazo por el lamentable estado en el que se está dejando caer una obra que no hace falta saber nada de arte para intuir que se trata de una pieza única, irrepetible.

‘El ruso’ era en realidad Fernando Gallego, un estrambótico personaje tan cercano en el tiempo (murió en 1973) que apenas quedan de él un par de reseñas biográficas y muchas anécdotas orales de quienes le frecuentaron en un Logroño gris donde entonces chirriaba la presencia imponente y extravagante de este ingeniero e inventor que recorrió medio mundo aunque su espíritu se detuvo en dos lugares: Egipto y Barcelona. De allí se trajo la inspiración para crear con sus propias manos la tumba que ahora le acoge y que agoniza sin que nadie

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CAMINO DEL CEMENTERIO
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Teri Sáenz | 02-11-2009 | 11:57 |0

De niño temía que llegase Todos los Santos. El yayo Tasio tenía la costumbre de llegarse temprano a casa para que le acompañara hasta el cementerio. Aunque no fuera domingo vestía el traje de los domingos, y en la mano que no apretaba la mía llevaba asida una bolsa del Simago. Ahí transportaba las tijeras, un estropajo, algunos trapos viejos y un manojo de rosas frescas que, aunque nunca lo ha confesado, sigue robando cuando nadie le mira en las jardineras de un parque cerca del Ebro.
Casi sin dirigirme la palabra para no quebrar la solemnidad del momento me conducía hasta el panteón de la abuela. Bisbiseaba un padre nuestro dejando caer una lagrimita y después, como un cirujano a punto de operar, desplegaba su instrumental junto a la lápida. Primero quitaba el polvillo del mármol, abrillantaba el retrato color sepia de la abuela después y al final cortaba el tallo de las flores sisadas para reponer las otras ya marchitas.

Mientras cumplía el ritual yo me meaba de miedo. Imaginaba que todos los ángeles de mármol del camposanto giraban su mirada hacia mí, que los cipreses susurraban letanías, que las losas rechinaban y sus inquilinos asomaban pidiendo aire

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