La Rioja

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Etiqueta: dolor
Miradas raras
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Teri Sáenz | 06-03-2017 | 18:53 |0

enfermedades raras

Hay algo mucho peor que padecer una enfermedad: no saber cuál es. Le ha ocurrido o le ocurrirá en el futuro a cientos de personas en La Rioja y miles en el mundo. El paciente acude al médico, pero si su cuadro no se ajusta a los estándares de una patología reconocible recibe el pasaporte para iniciar un peregrinaje incierto que acostumbra a prolongarse durante años. Un especialista remite a otro. Y éste a un tercero que quizás le derive a alguno más aquí o allá. Agostado por la incertidumbre, frustrado de recitar hasta la saciedad sus síntomas y someterse a análisis, biopsias y pruebas que nunca son concluyentes mientras su metabolismo se deteriora, el paciente entra en un bucle de esperanza/frustración que sólo se ataja cuando algún experto es por fin capaz de dar con cuál es su mal. Se provoca entonces una paradoja que sólo quien sufre una de las más de 7.000 enfermedades raras identificadas hasta ahora puede explicar. Poner por fin nombre (esdrújulo, alambicado, ignoto) a su dolencia supera saber al mismo tiempo que en la mayoría de los casos no existe cura ni tratamiento posible. Sin embargo, lo que no puede superar el alivio parcial que conlleva

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Ahí duele
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Teri Sáenz | 17-02-2014 | 09:54 |0

urgencias

Al yayo Tasio le duele de verdad cada vez que va a Urgencias. Literalmente. Unas veces le duele la vejiga infectada como si fuera a morirse cada vez que mea. Otras veces le mata esa pierna entumecida de repente que le asusta como el lobo de los cuentos y que el especialista, al final de la visita, siempre achaca a alguna mala postura. Le duele, sobre todo, reconocerse viejo. Saber que el tiempo se le agota como la reserva de un depósito de combustible y que esas manos que una vez fueron capaces de esquilar cien ovejas y labrar la pieza más recia ahora son dos ramas lacias de un tronco tambaleante. Al abuelo no le gusta ir a Urgencias. Preferiría estar sano. O si no hay más remedio acudir a su médico de cabecera. Pero cada vez que llama le citan para dentro de tres días. O cuatro. O los que sus achaques no pueden soportar. Le duele aguardar horas sobre una silla que le deja el culo cuadrado. Y también tener (a su pesar) que compartir la sala con otros pacientes que regalan los virus en cada tos. Lo único que le apacigua es que al final, cuando la tarde se convierte en noche esperando que el altavoz pronuncie por fin su nombre como un niño de San Ildelfonso canta el

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