La Rioja
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Etiqueta: miedo
Amenaza interior
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Teri Sáenz | 27-06-2017 | 16:29 |0

DOCU_RIOJA

A cada atentado yihadista se lenvanta una voz unánime de condena. Casi no han acabado de resonar las bombas, atropellar las camiones o blandir los cuchillos y en la bandeja de entrada del correo electrónico brotan los comunicados de repulsa que son, en realidad, un solo comunicado tan contudente como obvio. En paralelo, todas las gargantas en una reclaman normalidad. Que los terroristas no se salgan con la suya y la gente continúe inalterable su vida cotidiana. Contra la barbarie, rutina. Y el mensaje cala en cuanto los informativos olvidan el ataque y los periódicos dejan de hablar de los héroes. Los turistas siguen volando a Londres, los viajes de estudios eligen París como destino, nadie se privan de comer mejillones en Bruselas. La estadística vence al miedo y se impone la confianza en que, si algo malo sucede, es improbable que uno esté ahí en el momento fatal. Demasiados miles para que la mala suerte no se fije en otros. Esto es Occidente, donde los atentados son menos y los muertos valen más que en Oriente. Sin embargo, la semilla del terror que siembran los cinturones llenos de explosivos germina mucho más cercana como quieren los terroristas. A veces en el

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¿Dónde están?
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Teri Sáenz | 19-09-2016 | 09:45 |0

diana querr

 

Imagine por un momento que todo Arnedo desaparece. Así, de pronto. Amanece una mañana cualquiera y los más de 14.000 arnedanos censados en la ciudad ya no están. Nadie sabe qué ha ocurrido, dónde han ido, por qué no descansan en sus casa ni pasean por la calle. Sus cosas siguen intactas pero ellos, simplemente, se han evaporado. A la sorpresa mayúscula sigue la incertidumbre. A la incertidumbre, una catarata de preguntas que desembocan en el miedo. Y al miedo, la desesperación cuando al primer día se suceden otros días y nadie es capaz de intuir qué ha pasado, dónde está toda esa gente que de súbito se ha borrado del mapa. Semanas después, alguien deja caer una hipótesis. No importa con qué fundamento ni cuánta credibilidad. La falta de pistas sobre algo tan incomprensible es tal que quienes están a la búsqueda de los desaparecidos se aferran a cualquier resquicio. Las investigaciones siguen el hilo, atan cabos, remachan los flecos. Al final, nada. El tiempo transcurre y una capa de olvido acaba cubriendo el suceso. En España, cada año desaparecen 14.000 personas. Tantas como habitantes tiene por ejemplo Arnedo. Algunos se llaman Diana Quer y su

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Historia viva
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Teri Sáenz | 25-04-2016 | 10:20 |0

bosque

Todos (sí, también usted) guardamos en el cajón un placer que nos avergüenza confesar. El mío consiste en escuchar al yayo Tasio. Algunas mañanas me llego hasta su casa sin ningún pretexto y me siento junto a él sobre una de las sillas del salón que reciben la luz del mediodía. No abro la boca. El abuelo se coloca frente a mí y sin más empieza a hablar. Su catálogo de historias es infinito, aunque muchas se repiten. La más recurrente es esa en la que rememora cuando de muy mocete su padre le ordenó que ese día tenía que cambiar el hatillo de libros por el zurrón y sacar a pastar las cuatro ovejas que les daban de comer en el pueblo. Según cuenta, el cielo había amanecido negro oscuro. Al llegar al otro lado de la montaña, las nubes se desbocaron y estalló una tormenta de nieve y rayos como sólo había imaginado en las leyendas. Desorientado, hambriento y calado hasta el tuétano, se agazapó en el hueco de un tronco hasta que muchas horas después sin probar bocado un vecino le rescató para devolverlo a casa medio muerto. Tasio no lo sabe, pero en cada versión introduce detalles distintos y hasta contradictorios.  Unas veces le amenazaba un lobo

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Miedo al miedo
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Teri Sáenz | 29-02-2016 | 10:55 |0

Un miedo compartido es infinitamente más poderoso que cualquier afecto singular. Un gesto personal de solidaridad, un particular guiño de cariño, un triunfo íntimo carecen de la vitamina de la cohesión. Donde realmente la manada se siente una es ante el pánico. Un pegamento que se hace mucho más adherente cuanto más ajeno e incomprensible. Nada mejor que una enfermedad ignota para disparar las alarmas entre la grey, reunirse en fila para compartir la inquietud como cuando suena la sirena del recreo. El grupo tiene fantasmas inaprensibles entre los que elegir. Cuando las vacas locas descansan en la hemeroteca y ya nadie se acuerda del ébola asoma el zika. Creutzfeldt-Jakob, ébola, zika. ¿Quién bautiza con tanto tino el espanto? Basta deletrearlos para experimentar un respingo. Excusar el interés por saber qué son, cómo actúan, dónde vienen para hacer un frente un común espontáneo y febril. El miedo al miedo encuentra la puerta abierta de par en par cuando llama al timbre. Aunque no se quede en casa. Mientras habita lejos es sólo un miedo a medias. Medio miedo. Si el infectado no tiene rostro, si la microcefalia está en otras placentas, el rebaño sigue

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Hacerse mayor
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Teri Sáenz | 17-04-2015 | 09:00 |0

niño

Que mi madre me diera unas pesetas para bajar a comprar mortadela hubiera resultado banal si no fuera porque yo tenía sólo seis años y jamás había salido solo de casa. En su orden no había ninguna estrategia psicopediátrica para fomentar mi autonomía personal ni alguna clase de interés soterrado por acelerar mi madurez. Simplemente, aquel día se había olvidado de mi merienda y a esas horas andaba demasiado liada como para ir ella misma a la tienda de la esquina. Fue darme la calderilla y empezar a sudar. Visualicé en mi cabeza de niño el trayecto que iba desde mi habitación hasta las estanterías de aquel minúsculo comercio de barrio que había frecuentado mil veces junto a un adulto y, de pronto, las distancias se agigantaron. No sólo unos pocos metros me parecieron kilómetros escarpados, sino que el pasillo de mi casa, la escalera que desembocaba en el portal, el tramo de calle que lo separaba de mi destino y hasta la sonrisa de la tendera que siempre habían desprendido amabilidad adquirieron una hostilidad feroz. Un poco para no parecer un crío y un mucho porque nadie iba a compadecerme, agarré el dinero y salí corriendo a por el embutido. En el viaje

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Factor miedo
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Teri Sáenz | 14-10-2014 | 10:51 |0

ebola

No tengo miedo al ébola. O mejor dicho, le tengo el mismo respeto ahora que cuando los efectos del virus ocupaban una parte residual de los informativos porque era un drama acotado a uno de esos rincones del tercer mundo que casi nadie sabe situar en el mapa y los muertos no tenían nuestro color de piel. La histeria desatada ante la confirmación de que la enfermedad ha llegado a las puertas de casa demuestra que la magnitud del pánico se mide sólo por la proximidad del enemigo, por la percepción de que el próximo no será aquél sino que puedo ser yo. El cascarón del que nos creíamos rodeado es ahora vulnerable. La cámara de seguridad puede ser perforada por lo desconocido y aquellas imágenes de destartalados hospitales en Sierra Leona o Liberia con enfermos aislados, saltar de la pantalla hasta nuestro salón.
No tengo miedo al ébola. O mejor dicho, me provoca inquietud las continuas llamadas a la tranquilidad cuando se sabe que no se sabe casi nada sobre cómo enfrentar una patología que lleva décadas matando en África. La única reivindicación posible es la prudencia. Aprender, cómo han estado haciendo los afectos más allá de nuestras acolchadas

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