La Rioja
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Etiqueta: verano
Nada que hacer
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Teri Sáenz | 14-08-2017 | 09:36 |0

DOCU_RIOJA

E l que fuéramos unos ‘sinpueblo’ le tenía preocupado al yayo Tasio. Como no disponíamos de una casa propia ni prestada en el campo donde pasar el verano escuchando el cencerro de las vacas y el trino de los pájaros, el abuelo creía que yo corría el riesgo de convertirme en un repelente niño de ciudad de esos que creen que los yogures brotan en los supermercados y las lentejas se cosechan en botes al vacío. Para superar esa carencia, Tasio me montaba en su destartalado R4 cada fin de semana que salía el sol y visitábamos un pueblo al azar para inyectarme esa dosis de ruralismo que según él debía incluir mi crianza. Cuando recalábamos en el destino para echar el día no hacíamos nada en particular. Tasio echaba a andar en silencio por las cuestas empedradas y yo le seguía sin abrir tampoco la boca. Al llegar a las eras solía detenerse con las manos apoyadas sobre la cachaba y, simplemente, respiraba. En un momento dado sus piernas se dirigían hacia la chopera más próxima. Acomodados sobre un par de piedras, abría el zurrón y almorzábamos unos cachos de pan, queso y chorizo que él regaba con un trago de vino. Luego se recostaba bajo la copa más

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Viva el pueblo
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Teri Sáenz | 08-08-2017 | 08:54 |0

avemaria

Un día de estos empaquetará las maletas y pondrá rumbo al pueblo. Su propio pueblo, el de sus ancestros, un pueblo ajeno. Lo mismo da. Nada más llegar al destino estirará los brazos y exhalará la bocanada de aire más puro que recuerda. Y de pronto, percibirá que falta algo: el ruido. Además del oxígeno y el silencio, se reconciliará con la amabilidad. Por las callejuelas se cruzará con vecinos que le saludarán sin miedo, como si fuera uno de ellos. Empezará a convivir también con el mugido lejano del ganado, las campanadas puntuales de la iglesia, el camión que trae el pan de mañana, un zumbido de moscas a la hora de la siesta. Musgo, geranios y piedra labrada. Con tanta calma las horas se le estirarán como días y los días como semanas. Y se preguntará qué coño hace instalado en la ciudad. Por qué no rompe con todo y se viene aquí a vivir. Echar un par de vacas y aprender a hacer queso, trabajar ese huerto comido ahora por la maleza. Hace falta bien poco. Pero el verano caducará. Y cuando reingrese en la polución, la rutina y el agua con sabor a hiel, algún día de invierno se escapará un rato a ese idílico paraíso en el que durante unos

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Saber aburrirse
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Teri Sáenz | 12-08-2016 | 10:15 |0

vagancia

Cuando se avecinaba el verano no había nada que pensar. Nadie se devanaba la cabeza buscando la mejor oferta para alquilar un apartamento en la playa porque no había playa a la que acudir. Ni valle. Ni bosques. A los ‘sinpueblo’ tampoco nos quedaba intercambiar por unas semanas el paisaje urbano por otro rural, de modo que las vacaciones consistían esencialmente en no hacer nada. Sólo dejar discurrir el tiempo. Verlo pasar por delante con un plus de abulia. Una gimnasia de la inacción envuelta en vaharadas de calor tórrido y el zumbido de las moscas a través de las persianas echadas. Porque las calles eran un páramo irrespirable y la piscina, una boca de metro en hora punta con el agua a 30 grados. Sin afanes ni obligaciones, el sopor se colaba en la habitación como un ladrón discreto. Y tú, concentrado en permanecer quieto y aspirar el aire justo para activar los pulmones, te dejabas robar las horas mirando el giro imperfecto de un ventilador. El sudor se pegaba a la almohada y las arrugas de las sábanas cincelaban cicatrices en la piel desnuda. La pasividad adquiría tal grado de perfección que nadie se atrevía a profanarla. Y de pronto, en el duermevela de

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Nuevo curso
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Teri Sáenz | 14-09-2015 | 08:40 |0

El nuevo político ha pasado un verano infernal. Sin asociaciones de vecinos ni representantes sectoriales con los que reunirse –sus portavoces han excusado amablemente la invitación por estar en Salou de vacaciones– se las ha visto y deseado para dejar constancia pública de su cercanía y trasparencia. A falta de selfies con algún agente social que poder subir a las redes sociales como evidencia de estar codo a codo con el ciudadano, el nuevo político se ha visto obligado a peregrinar por las fiestas de cada pueblo dejándose ver compartiendo chanzas u ofrendas florales con los parroquianos. El tiempo sin rodilllo ni sectarismos inaugurado tras las últimas elecciones le ha tenido de celebración en celebración, saboreando un rancho por aquí y colaborando en una chuletada por allá. En un ejercicio de omnipresencia descorbatada ha llegado a estar en una misma jornada presenciando (siempre visible en primera fila) unos bailes populares por la mañana en una punta de La Rioja y por la tarde asistiendo a un torneo deportivo en el otro extremo. Sin renunciar tampoco a comulgar en alguna misa mayor o sacar al santo en andas, que ni todo va a ser laicismo y referendos

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Chicos de barrio
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Teri Sáenz | 25-08-2014 | 10:00 |0

colajet

Los que en verano no teníamos pueblo nos conformábamos con ocupar el barrio. El resto de los chavales no iban de vacaciones, pasaban unas semanas o visitaban el pueblo en el que quizás residían sus abuelos o los tíos aún conservaban alguna casa vieja: ‘Tenían’ un pueblo. Además de la absurda sensación de pobreza infantil por estar fuera de ese catálogo de latifundistas, quienes lo único que poseíamos registrado a nuestro nombre era un tramo del Iregua o el hueco que medía la toalla en el césped de Cantabria nos vengábamos de los propietarios de un pueblo conquistando los espacios del barrio que quedaban vacantes. Vivir lejos del centro no era entonces una anhelo precrisis con piscina comunitaria y una plaza doble de garaje, sino el destino natural en un Logroño en expansión. Los barrios tampoco aspiraban a elevarse como esas celdas de lujo exclusivo que ahora proyectan algunos. Sólo eran el prólogo gris sin que el no se podía leer el resto de una novela juvenil. En las calles vacías hacía un calor incandescente mientras la tele echaba un culebrón. Los que no teníamos pueblo recorríamos las aceras paladeando ese placer nunca bien valorado que es no

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Amigos de viaje
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Teri Sáenz | 28-08-2013 | 09:36 |0

viajes

Buenos días yayo Tasio, bienvenido a nuestra agencia de viajes; ¿en qué puedo ayudarle? Estaba buscando un compañero afín para marcharnos juntos vacaciones. Los viejos como usted están solos y desamparados, claro. Pues no, pero no llego a fin de mes y quería compartir gastos con alguien que ande tan jodido como yo. Entiendo, señor: hacer más con menos y todo eso. ¿Qué tiene por ahí? Déjeme ver. Le puedo ofrecer un extesorero arrinconado y ofendido. Supongo que será de fiar. Por supuesto, abuelo. Ha estado en un cargo de postín la tira de años y se conoce al dedillo las Islas Caimán, Uruguay, Antillas Holandesas, Singapur. Y Suiza. De Suiza se sabe cada banco. No sé, estaba buscando algo más de andar por casa. En ese caso le convendría una chiquita con aire ausente que escribe de maravilla y le haría mucho más amena la ruta. ¿Cómo se llama? Amy Martin. ¿Pero habla español? Por 3.000 euros le habla de lo que quiera y en el idioma que a usted se le ocurra ¿Y cómo es? Mmmm… Esto… Si le digo la verdad, en la agencia no la he visto jamás. Sólo tengo su número de cuenta. No sé, no sé. Bueno, si quiere irse en grupo y hacer cuchipanda, le

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Un verano inolvidable
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Teri Sáenz | 27-08-2013 | 09:14 |0

Fue a la hora del desayuno hace un millón de años. Tomaba la leche con Nesquik y legañas cuando mi madre me informó de que aquel año iba a ser inolvidable para mí: me había apuntado a un campamento de verano. Para estimular la sonrisa que ansiaba ver en mi cara de espanto, soltó una retahíla que incluía los conceptos cantimplora, naturaleza, aire puro y nuevos amiguitos. Por mi cabeza pasaron otros más bastardos como roña, madrugón, picotazos o diarrea. Como esperaba, mi cruzada rogando pasar como siempre la canícula en Cantabria resultó inútil.tienda

Compramos una mochila donde me metió un puñado de mudas, camisetas y pantalonetas y me empaquetó en un autobús con otros desconocidos a un lugar ignoto en la sierra. El claro donde paramos estaba salpicado de tiendas de campaña de loneta azul y dos inquietantes letrinas un poco apartadas donde gobernaban un saco de cal y el papel higiénico más barato del mercado. Los monitores nos repartieron en grupos. En el mío había dos mocetes tan poco entusiasmados como yo y un grandullón con chirucas nuevas que nos informó en seguida de que sabía hacer nudos y encender fuego con dos piedras. Habló de murciélagos,

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Placeres de verano
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Teri Sáenz | 26-08-2013 | 09:34 |0

brasaLos mayores placeres de verano huelen a cloro y a hierba recién segada. A poza de río y barro entre los dedos arrugados de tanto chapotear. Pican como sólo saben hacerlo las moscas al mediodía en pleno agosto, buscando en escuadrón las heridas mal curadas y los restos de migas sin recoger. Son placeres que aguardan bajo una parra o al amparo de un porche en sombra, mientras el agua de la acequia discurre ajena al estío y el vino se descorcha para ser compartido. Sólo los pareceres de esta época saben a carne dispuesta para ser asada que se despliega como el cirujano dispone su instrumental antes de emprender una operación. Aquí las costillas, al lado la careta, unas raciones de chorizo, dos morcillas dulces, unas tiras de panceta. El gozo está en comerlo, pero sobre todo en compartirlo. En la gestación de los placeres estivales las gavillas empiezan a crepitar anunciando lo que está por llegar. El fuego lento, la grasa cayendo gota a gota sobre la brasa, la transfusión de sabor de la madera a la proteína. Cuando la parrilla se quema antes de disponer el festín, unos periódicos viejos se arrugan para limpiar placeres anteriores conquistados por los placeres que

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Verano del 87
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Teri Sáenz | 24-08-2011 | 09:27 |0

Aquel año aconteció un milagro: aprobé matemáticas. Fue un aprobado raspado, famélico, casi sietemesino. Como en casa sabían que las casualidades no se repiten y ante la perspectiva de pasar en breve a la universidad, decretaron que aquel verano debía buscarme un profesor particular para desentrañar sin presión el misterio de las derivadas y la trigonometría. Entonces, un compañero tan alérgico como yo a los números me habló de él: El Ilarraza. Así, sin nombre propio. Era sólo un apellido precedido de un determinante pero, según mi amigo, poseía propiedades mágicas. Tras pasar por infinitas academias, había sido el único capaz de hacerle sacar adelante una asignatura que suspendía desde que tenía uso de razón. Era el profeta al que los desahuciados acudían para convertir el agua en vino, los ceros en cincos. El Ilarraza daba clases en una modesta entreplanta con fluorescentes que parpadeaban, vestía una bata blanca y fumaba con avidez. En cuanto timbré su puerta, preguntó en qué curso estaba y fue a su despacho para regresar con un mamotreto lleno de ejercicios. Pasé el vereno cumplimentándolos y descubriendo, para mi sorpresa, que podía existir

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