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Cataluña

La bomba
María Antonia San Felipe 08-07-2017 | 9:08 | 0

junqueraspuigdemont-655x368De nuestra primera Constitución (1812), ya saben, “la Pepa”, la de Cádiz, hay un párrafo que siempre me gusta releer, es su artículo 13. Un número mágico con un texto deliciosamente voluntarista e imposible: “El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen”. Es sencillo coincidir con nuestros antepasados en que finalmente a todos los individuos les mueve el deseo íntimo de conseguir la felicidad y para sustentarla hay que tener posibilidad de construir una vida con recursos propios. No es de extrañar que el último barómetro de CIS nos cuente que el 71,2%  de los españoles considera que el principal problema que tenemos es el paro. La gente quiere trabajar para vivir e intentar ser, al menos, medianamente feliz.

           Es por eso que casi 3 de cada 4 españoles tiene miedo al paro y solo 1 de cada 100 (1,2%) está preocupado por la independencia de Cataluña, el dato es todo un síntoma. Pese a la gravedad de la deriva que está tomando el tema del independentismo catalán la mayor parte de la ciudadanía está preocupada por su trabajo y, con enorme sentido práctico, no considera un riesgo la posible desconexión de Cataluña.

           La Generalitat está llevando el denominado “procés” al límite, pero la tensión también está minando al gobierno de Puigdemont, ya de por sí, inestable y secuestrado por los anticapitalistas de la CUP, una alianza que se está demostrando nociva para el nacionalismo de la burguesía catalana tradicional a quien estas urgencias, sin cobertura legal, la está dividiendo. A veces las prisas actúan como un boomerang y se vuelven contra quien lo lanzó como una bofetada del destino. El cese de un consejero del gobierno, Jordi Baiget, reconociendo que quizás el referéndum no pueda celebrarse es una muestra palmaria de la endeblez del proceso. Cualquiera con sentido común que sabe cómo se preparan unas elecciones libres intuye los peligros de pretender correr más de la cuenta.

           Aunque desde los portavoces del independentismo, incluido Pep Guardiola, se hable de que España es un estado “opresor” y “autoritario” la realidad desmiente tan exagerada mentira. Una cosa es que muchos consideremos que España debe mejorar su calidad democrática y otra afirmar que vivimos en un estado en el que no se respetan los derechos humanos ni las libertades civiles. En fin, sería mejor que algunos dejaran de frivolizar con estas cosas en un país que salió de la dictadura hace ahora cuarenta años y que sufrió la represión de un estado autoritario de los que se estudian como ejemplo en los libros de historia.

          Al final, abrir colegios electorales sin censos, sin funcionarios y sin cobertura legal puede resultar un fraude decepcionante precisamente para quienes desean que triunfe el sí y declarar la independencia. Una nación que añora ser un nuevo estado no puede fundarse en una mentira y en una acción que viole la legalidad si pretende quedarse en Europa y ser reconocido como tal. Lo que mal empieza mal acaba y esto bien no va a terminar.

          En el otro lado, el gobierno del PP debiera caminar con más cautela, al fin y al cabo, el independentismo y los independentistas se han fortalecido mientras Rajoy pilota la Moncloa. Una cosa será que los partidos mayoritarios apoyen al gobierno frente a una posible declaración unilateral de independencia, cada vez más improbable, y otra que se dé el visto bueno a su propia negligencia. Estamos ante el evidente fracaso de dos gobiernos ciegos que se retroalimentan el uno al otro para modelar sus propias identidades. Los dos están jugando a enfrentar los sentimientos y las emociones de la gente sin tratar de comprender su malestar, la tensión les da fuerza pero ambos deben saber que una vez que se ha soltado la espoleta es muy difícil evitar la explosión de la bomba.

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La niebla
María Antonia San Felipe 07-11-2015 | 10:06 | 0

Cuando estás entre la niebla es tan difícil atraparla con las manos como ver con claridad más allá de tus narices. El otoño trae nieblas y las elecciones también. Nos quedan, por tanto, algo más de cuarenta días de nebulosas. Algunos son verdaderos expertos en la producción de neblinas con el único objetivo, no confesado, de confundirnos. Ahora estamos envueltos por la niebla catalana. Los independentistas están afectados por un ataque de prisa como si la independencia fuera un problema de velocidad y no de normas internacionales. Forzando la maquinaria y sobre todo la legalidad no llega antes la madrugada, al contrario, vulnerando las reglas del juego pueden perder lo que quieren ganar, es decir, apoyo internacional. Hasta el lehendakari Urkullu ve un desatino la declaración unilateral de independencia. La presidenta del recién constituido parlamento catalán violentando el Reglamento de la Cámara no consigue sino deslegitimar su propia autoridad. Por otro lado, Artur Mas y Convergencia están atrapados en sus propias mentiras, además de enfangados hasta el cuello de corrupción. Tiene gracia que en esta materia han conseguido parecerse, como dos gotas de agua, al estado del que quieren separarse. ¡Qué cosas tiene la vida! Cataluña y España han producido tanto corruptos que necesitan además de una limpieza general unos líderes políticos con más altura moral que la mediocridad actual.

En realidad tanto Mas como Rajoy tienen los armarios llenos de vergonzosas renuncias al interés general y de grandiosos altares a sus egos personales y a su instinto de supervivencia. Por eso esta niebla densa de la independencia resulta vital para a un Mas necesitado de algún triunfo de tanta dimensión que pueda ocultar, a un tiempo, la basura que le rodea y su incapacidad como gestor público. Mas ha convertido el nacionalismo moderado de la burguesía catalana al independentismo radical que asusta ya a sus propios correligionarios antes de haberse materializado la declaración unilateral de soberanía que puede convertirse en el anuncio de su funeral político. Por otro lado a Rajoy, como se dice vulgarmente, le ha venido Dios a ver en la antesala electoral y va a sacar jugo de este dislate a poco que se lo proponga. No podemos olvidar que la negligencia de Rajoy respecto de Cataluña ha sido mano de santo para los secesionistas, su inacción ha sido una fábrica de independentistas. Además de invocar a la ley hay una vertiente política que él y su partido se han negado a abordar porque les daba votos en el resto de España. Los secesionistas rezan para que Rajoy utilice el artículo 155 de la Constitución, es decir, la suspensión de la autonomía, para envalentonar a los suyos. Es por tanto la hora de la inteligencia y de la unidad, pero también de la grandeza.

En las conversaciones con los líderes del resto de partidos Rajoy  ha obtenido un respaldo mayoritario de quienes aspiran a sustituirle, aunque no pueden otorgarle un cheque en blanco. El reto de los independentistas es el mayor problema institucional de los últimos lustros. El presidente sólo ha reaccionado in extremis, por eso Rajoy es parte del problema pero no de la solución. Sonando los clarines de la campaña va a ser difícil concretar un plan de acción en estos meses de interinidad gubernamental. Todos han declarado que este asunto quedará al margen de la batalla electoral, pero no es cierto. Una vez que la economía se ha visto languidecer en el segundo semestre y que la legislatura concluye conun paro desbocado y un empleo de baja calidad, el PP precisa recurrir a las nieblas intensas para atolondrarnos. A fecha de hoy, a Rajoy como a Mas, ya solo les quedan las banderas. Veremos a ver si alguno de los dos sobrevive al desafío de sus propios errores, aunque lo importante es que cuando despeje la niebla luzca el sol en toda España.

 

 

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La hora de la verdad
María Antonia San Felipe 31-10-2015 | 10:40 | 0

La hora de la verdad, ese momento clave en el que irremediablemente debes afrontar una situación, siempre llega y cuando lo hace suele ser de forma inoportuna. Lleva Mariano Rajoy varios años escondiendo la cabeza bajo el ala y de pronto, aunque se veía venir porque lo recogían sus programas electorales, los secesionistas catalanes han evidenciado que el presidente del gobierno no tiene ningún plan porque su única estrategia en estos cuatro años ha sido confiar en que el tiempo solucionara el gran problema político e institucional de España. El lunes Mariano Rajoy disolvió las cámaras y convocó elecciones, veinticuatro horas más tarde los independentistas catalanes han abierto en el parlamento de Cataluña un proceso que más que una provocación, como dice Rajoy, es un órdago evidente, no contra el gobierno interino sino contra el Estado.

Esta situación, quiera o no reconocerlo un Rajoy, que ha declarado en TVE que su máximo rival es él mismo, se convierte en una nueva torpeza suya en el suma y sigue. El secesionismo es ya uno de los grandes problemas de este país que él no ha querido afrontar y que tiene una gravedad máxima. El presidente parece vivir en un país distinto al nuestro, es ajeno a lo que pasa en la realidad española y catalana. Puede afirmarse que Rajoy emigró del país el día en que se convirtió en el lugarteniente de Merkel y tuvo que tragar con las ruedas de molino impuestas por Bruselas y el BCE. Se convenció a sí mismo de que el control del déficit y la estabilización de la prima de riesgo eran el antídoto contra todos los males de España. El balance no puede ser más demoledor: se han deteriorado los servicios públicos, se han perdido derechos laborales, ha crecido la desigualdad social, el pesimismo ante el futuro campa a sus anchas y la brecha con Cataluña amenaza con convertirse en frontera.

El presidente ha confiado su futuro a la economía, es la única carta que ha jugado. La ciudadanía no acaba de percibir la mejoría pero él se afana en mostrar imágenes de un mundo que no vemos. Sin embargo hay cosas que sí debía haber hecho y ha eludido. La primera no costaba dinero, sólo precisaba coraje para reconocer que su partido está envuelto en un gran escándalo de corrupción que no sólo lo debilita sino que perjudica la calidad de la democracia. La otra cuestión, que no ha querido abordar, es el problema de Cataluña. Aparentando ser más español que nadie, Rajoy ha jugado a tensar su relación con un Artur Mas, que ya estaba desnortado hace tiempo, y ambos se han hecho fuertes en su pública desavenencia. Ahora se aproxima el momento en que Rajoy debe salir del escondite, porque Artur Mas y sus socios ya lo han hecho. Los independentistas, incapaces de apoyar un gobierno propio, han optado por ahondar en la única pretensión que les une: la desconexión con España. Rajoy, con su torpeza habitual, repite lo de siempre: la ley está para cumplirse. De acuerdo, pero qué más hará que quizá ya debió hacer antes. Ahora que el problema es de todos, pide unidad y, es evidente que hay que  secundar medidas de emergencia unánimes. Pero no es un detalle menor que fuera el líder del PSOE, Pedro Sánchez, quien rompiera la primera lanza hacia el consenso telefoneando el primero a Rajoy en una situación tan grave.

Yo empiezo a pensar que Rajoy, además de vivir ausente de la realidad española y catalana, probablemente también es un cenizo porque sólo así se explica que este desafío le haya explotado entre las manos. En un momento tan complicado sigue, sin embargo, haciendo campaña electoral y se presenta ante los españoles afirmando que, mientras él sea presidente, España no se romperá (¡menuda garantía!), cuando es la primera vez que objetivamente puede ocurrir. Los secesionistas sólo pueden mantener su unidad con el desafío al Estado, porque es lo único en lo que están de acuerdo y no hay duda de que prefieren en España un presidente como Rajoy que saca pecho, se hace el valiente para conseguir voto españolista, pero que no tiene más plan que salvarse a sí mismo. Este reto es el exitoso broche final que nos ofrece para cerrar tan aciaga legislatura. En fin, que ahora tenemos un problema bastante más grave que el déficit pero no tan lacerante como la pobreza.

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Cenicienta
María Antonia San Felipe 03-10-2015 | 9:11 | 0

Rodeados de seguidores, entre música, aplausos y cava festejaron su triunfo Artur Mas y sus socios. Grandes sonrisas adornaban los rostros aunque, en realidad, el escenario se movía bajo sus pies. Mientras Oriol Junqueras miraba hacia el horizonte en el que resplandecía una superluna y Romeva hablaba a la multitud, Artur Mas tuvo un pálpito que le hizo mostrar una sonrisa gélida con el regusto amargo de quien se sabe atrapado. Lo suyo es mucho peor que lo del cuento de Cenicienta, todavía no habían sonado las doce campanadas del baile cuando el encantamiento se deshizo. Los diputados de la CUP, cuyos votos son necesarios para conducir la carroza que le podría trasladar de nuevo al palacio de la plaza de san Jaume, anunciaron que no votarían a Artur Mas para presidente, con lo cual, antes de amanecer, se produjo el eclipse y él se descubrió abrazado a una gigantesca calabaza.

Los de la CUP son, según dicen, radicales antieuropeístas y anticapitalistas, pero se han mostrado más coherentes que Mas y sus socios. Según sus propias palabras, no piensan votar a un corrupto y recortador de derechos ni sumarse a una declaración unilateral de independencia simplemente porque no han superado el 50% de los votos del supuesto plebiscito. Así que ya vemos cómo las urnas han conseguido que las quimeras se conviertan en incertidumbres y los éxitos en derrotas. Dentro de nada y, si no, al tiempo, en las filas de Juntos por el Sí comenzará el fraccionamiento de las diversas tendencias y los diputados, que no pertenecen a un único partido, veremos a ver por dónde salen a la hora de elegir presidente.

Es evidente que Artur Mas apostó fuerte y a una carta y no parece que, pese al indiscutible triunfo electoral, el objetivo secesionista, el plebiscito que plantearon, se haya visto culminado por el éxito. Ante un órdago de estas características y tras esconderse en una lista electoral “ciudadana” como si no tuviera pasado político ni estuviera rodeado por episodios de corrupción, la coherencia personal debiera imponerse. Políticamente está muerto, aunque él no lo sepa. Mas ha perdido la apuesta y punto. Además ni ha sido el presidente de todos los catalanes ni está capacitado para unir la fractura social que sus políticas han propiciado. El problema es que ni en España ni en Cataluña, ni en Cataluña ni en España se practica la dimisión, lo único que podría redimir tan ampulosos errores. Parece que dimitir estuviera prohibido por la ley y ello es así porque imperan los caraduras y los vividores. Es buen ejemplo de lo contrario lo que, con singular elegancia, hizo el líder secesionista escocés Alex Salmond que dimitió inmediatamente de conocer el resultado negativo del referéndum por la independencia de Escocia y eso que él no cargaba a la espalda con tantas vergüenzas públicas.

Por su parte, Rajoy, que dirige un programa de humor desde la Moncloa, sigue empeñado en ilustrarnos de la complejidad del problema con la sesuda afirmación de que “un vaso es un vaso y un plato es un plato”, como si fuéramos idiotas y no supiéramos distinguir entre un elefante y un pollo o entre un tonto y un líder. En fin, que ahí sigue impertérrito, como si no hubiera pasado nada y aunque ya sabemos que un 48% no es un 50, ni mucho menos un 52%, sí sabemos que son más de 2 millones de personas y que a lo mejor ha llegado el momento de convencer, al menos a una parte importante, de que queremos que se queden en España antes que, tratando de conseguir votos en las elecciones generales, se propicie un incremento mayor del independentismo. Creo que Rajoy, criminalizando a Mas, es decir, victimizándolo y escondiéndose, negando su estruendoso fracaso en Cataluña, no va a mejorar su imagen  ni a reflotar su partido. Ya sabemos todos que un líder es un líder y un ciego es un ciego, aunque de momento, sumando al de España y al de Cataluña hemos conseguido tener dos invidentes.

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El reto
María Antonia San Felipe 25-07-2015 | 8:48 | 0

En el esplendor de la noche, cuando la luna está llena, tienes la impresión de poder tocarla con la mano aunque se encuentre a 384.000 kilómetros. Una tontería de distancia si pensamos que mucho más lejos se encuentran los gobiernos de Barcelona y Madrid estando mucho más cerca. Ellos hablan pero no se escuchan, sólo se vigilan. Parece que se han retado a un duelo, dándose las espaldas avanzan diez pasos con los revólveres cargados para dispararse. Quizás sólo uno de ellos gane pero también pudiera ser que se destruyan mutuamente. Lo único seguro es que seremos todos nosotros, catalanes y españoles de a pie, los que saldremos perdiendo.

El supuesto líder catalán, Artur Mas, lleva tanto tiempo dando vueltas a la rotonda de sus delirios que en el mareo del pánico ha conseguido una muleta para no desplomarse. Así que Oriol Junqueras actúa de lazarillo y juegan a repartirse las uvas trampeando como en el cuento. Dado que el padre primigenio de la independencia catalana, el exhonorable Jordi Pujol no puede actuar de padrino, por encontrarse malherido y expuesto al insulto en el centro de la plaza de Cataluña, Artur Mas y su lazarillo han tenido que recurrir a lo que denominan la sociedad civil para presentarse en público con cierta pulcritud. Deben considerar que, tras el saqueo pujolista y de sus élites, los profesionales de la política están tan desprovistos de credibilidad que precisan de savia nueva. Han recurrido a un expolítico de la izquierda ecologista, Raúl Romeva y al antiguo entrenador del Barça, Pep Guardiola y se han reunido, vestidos de fiesta, en el Museo de la Historia, tratando de pasar a ella como los forjadores de una patria catalana independiente de España. Han cuidado todos los detalles, como en una boda. La proclama no deja lugar a error, “vamos a por todas”, “lo haremos, aunque España no quiera. Cuando tengamos todo el plan de desconexión con España hecho, declararemos la independencia”. De Europa no dicen nada, porque Europa no nació para levantar fronteras sino para ignorarlas.

Al otro lado del escenario encontramos al supuesto líder del gobierno español. Rajoy como siempre ni se inmuta. Aquí nunca pasa nada hasta que el incendio llega a las puertas de Moncloa, como con Bárcenas. Según el presidente nadie debe preocuparse porque su gobierno “está preparado para cualquier problema que pueda surgir en el futuro”. No sabemos si se refiere a que al final de la película siempre llega el séptimo de caballería o está ensayando algún truco de magia. Lo cierto es que este serial comienza a ser un despropósito, hay una crisis del modelo de estado y por eso hace tiempo que debiera haberse cogido el toro por los cuernos. No se soluciona un problema diciendo que no existe, la desidia puede terminar en gangrena y ambos están jugando con fuego. Rajoy cree que haciéndose el duro ante Mas gana terreno ante sus votantes y el catalán tras haberse echado al monte piensa lo mismo respecto a los suyos. Lo cierto es que ambos sacan beneficio de este desastre. Ambos creen que aludiendo a los sentimientos podrán ocultar el fracaso de sus gobiernos en materia económica y social, en eso ambos han aplicado iguales fórmulas propiciando una enorme quiebra social. Nadie dice toda la verdad, en realidad ningún partido lo hace. Estamos en un baile de máscaras y al final del mismo veremos qué rostro nos muestra cada uno.

Los catalanes en las urnas van a tener, no sé si la última palabra, pero si una voz importante. Si triunfan los partidos secesionistas, tendrán un arma de difícil desactivación y si ganan el resto de partidos, algunos respirarán aliviados pero no habrá terminado ahí la batalla porque la sociedad catalana seguirá dividida y probablemente la del resto de España también. Hace tiempo que pienso que en vez de odios es mejor impulsar reencuentros. Es malo gobernar desde las vísceras. No olvidemos que, salvo las élites económicas, en Cataluña y en el resto de España el problema más común entre la gente es conseguir llegar a fin de mes.

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.