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Cataluña

El tsunami
María Antonia San Felipe 16-09-2017 | 7:51 | 0

diadaA veces llegados a un punto del camino nos invade el desasosiego y nos preguntamos cómo hemos llegado hasta ahí si nunca pensamos caminar tan lejos. Tengo la sensación de que con el asunto de Cataluña ocurre algo así. Bajo la presión de las noticias y en un clima de elevada crispación muchos ciudadanos se preguntan cómo es posible que nuestra convivencia esté a punto de despeñarse por el precipicio.

Estamos desconcertados, unos buscan culpables, otros van de víctimas y la mayoría esperan respuestas. Lo cierto es que no sirve ya mirar atrás porque quienes nos han traído hasta aquí no están valorando la magnitud de sus errores sino cómo salir indemnes de toda esta hecatombe. El pasado lunes se celebró la Diada con un marcado sello independentista como evidenciaban las banderas utilizadas, la estelada sustituyó a la senyera (bandera oficial de Cataluña) y las consignas secesionistas al sentimiento catalanista. Entrar en la guerra de cifras es como entrar en una guerra de orgullos. Resulta irrelevante la precisión del dato. Es cierto que había muchos catalanes que pedían votar y se merecen el mismo respeto que el resto de multitud que no asistió. Esta es la esencia de la democracia: el respeto al otro. Es tan básico y tan de sentido común que debe hacer reflexionar sobre si lo que está en juego en Cataluña es la independencia o la democracia.

En el resto de España los ánimos están exaltados, las discusiones suben de tono, los chistes se multiplican y finalmente queda formulada una pregunta que todavía no tiene respuesta: ¿qué pasará el día 2 de octubre? Creo que en Cataluña la cuestión es todavía más grave. Los independentistas se han envalentonado con un gobierno y un parlamento que están alentando a los suyos con una quimera imposible a costa de cercenar los derechos de los que no piensan como ellos. Cuando muchos tienen miedo a expresarse para no ser señalados con el dedo, para no ser insultados como esquiroles o acusados de traidores a patrias y banderas es que alguna enfermedad aqueja a esa sociedad. Cuando la intolerancia crece, la democracia agoniza. Esta es la esencia del problema.

Vivimos en democracia y sin embargo parece que no hemos aprendido cuáles son los principios básicos que la sustentan. Además de poder votar, se basa en la legalidad que nos hemos dado para preservar la convivencia. Tenemos iguales derechos y no hay mayoría, ni menos parlamentaria, que pueda vulnerar los derechos del otro. Cuando se pretende sustituir las leyes democráticas, aunque no te gusten, por la ley de las calles, el riesgo es hermano del peligro. Si además se hace desde la soberbia de atribuirse la representación de todo un pueblo, la cosa es más grave. Los independentistas están olvidando los derechos civiles de quienes discrepan, apoyando a quienes utilizan arbitrariamente las instituciones del Estado que pretenden destruir, están disfrazando de legitimidad su autoritarismo. Si además de invocar las calles se alienta la insumisión y se acorrala a quienes defienden la legalidad se está eligiendo el camino del enfrentamiento y esos vientos siempre anuncian tempestades.

El consejero de Presidencia de la Generalitat, Jordi Turull, dice todo ufano que en Cataluña el día 1 de octubre se producirá un tsunami de democracia. Escuchándolo me echo a temblar porque estos fenómenos siempre dejan a su paso destrucción y dolor. Así que el día 2 de octubre no habrá independencia pero habrá que reconstruir el desastre. Se ha apostado por destruir la convivencia, un precio muy elevado para sustituirlo por la nada. Ese día ninguna de las dos partes querrá que realicemos un ejercicio de memoria, querrán que olvidemos su inmensa ineptitud. Quizá ese día Rajoy y Puigdemont debieran convocar elecciones tras presentar sus dimisiones. Antes de que llegue el tsunami soñemos que, quizás, todavía quede alguien con sentido común para reconstruir la convivencia y la esperanza en Cataluña y en España.

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El éxito del fracaso
María Antonia San Felipe 09-09-2017 | 9:25 | 0

parlament2Los partidos secesionistas catalanes culminaron el miércoles su primer desafío. Tras una tormentosa sesión parlamentaria, Junts pel Sí y la CUP aprobaron su Ley para celebrar un referéndum de autodeterminación. El aparente éxito de la votación no oculta otros inmensos fracasos. La imagen autoritaria y sectaria los aleja del victimismo que tratan de aparentar. Todas las triquiñuelas reglamentarias utilizadas para imponerse al resto de grupos, vulnerando los derechos de los diputados, no son la mejor carta de presentación ante el resto del mundo. Han ganado una votación y han prendido el incendio de la división estigmatizando a los no nacionalistas intentando asumir la representación de la totalidad de los catalanes,  una mentira tan grande como que este camino de rebeldía conduzca directamente a la independencia.
            La realidad siempre ha sido más terca que el deseo, quieren ignorarlo quienes creen que democracia se circunscribe solo al acto de votar. La presidenta del Parlamento de Cataluña, Carme Forcadell, ha abanderado consciente e irresponsablemente el intento de subvertir la legalidad ignorando los principios básicos de una democracia. Todos los estados democráticos tienen una Constitución que incorpora los derechos humanos universales, de la que se deriva un cuerpo legal que rige la convivencia, única manera de que cada uno no haga lo que le venga en gana. Incluso pretendiendo su separación de España el camino también debe ser legal porque, por mucho que lo pretendan, no son un pueblo oprimido en busca de una independencia liberadora ni pueden olvidar, que ellos, como mucho, representan a algo menos de la mitad de los catalanes.
           La opinión expresada por los letrados de la Cámara advirtiendo, como es su obligación, de la ilegalidad de la tramitación de la Ley del Referéndum es una prueba alentadora de que los funcionarios cumplen la legalidad a la que se deben, más allá de las veleidades quienes la desprecian. Su actuación es una señal de lo que puede ocurrir con el resto de los trabajadores públicos, incluidos los Mossos d’esquadra, que son necesarios para dar garantías a cualquier proceso electoral o de consulta, si fuera legal.
             Cierto que las culpas de cómo hemos llegado hasta aquí están muy repartidas entre unionistas y secesionistas, pero ahora solo queda afrontar el desafío y la rebeldía con inteligencia. Los independentistas están materializando un plan que solo busca provocar una reacción desmedida del Estado que justifique sus acciones. El mayor éxito de esta loca hoja de ruta que solo lleva al enfrentamiento, cada vez más visceral, pueden apuntárselo los antisistema. La CUP, aliada con sus antiguos enemigos, desea dinamitar lo que llaman, despreciativamente, el régimen del 78 que, a su pesar, nos ha permitido acceder a las mayores cotas de libertad y de bienestar jamás conocidas en Cataluña y en España pese a las grietas del sistema y a los errores que se han cometido.

Lo que tenga lugar el 1 de octubre no será un referéndum legal, ni de ello nacerá nada que facilite una declaración de independencia que pueda ser reconocida a nivel internacional. Saben que el proceso unilateral es, en su esencia, un fracaso y por eso están organizando la catarsis de la movilización ciudadana, primero en la Diada y después el 1 de octubre, para caldear los ánimos. El cúmulo de despropósitos va a ir en aumento porque cuando en una relación se pierde el respeto entre las partes es difícil levantar cabeza por encima de los reproches.
           El gobierno, pese a la tibieza de algunos, cuenta con el apoyo del PSOE y Ciudadanos que ante la emergencia han reaccionado con más altura de miras que el propio Rajoy desde que llegó al gobierno. Los partidos rebeldes a la legalidad añoran mártires civiles que abanderen su causa, espero de la inteligencia del Estado que no se los facilite cayendo en la trampa de la provocación. Es la única manera de demostrar la fortaleza de una democracia madura que piensa más en los ciudadanos que en las elecciones que, a buen seguro, vendrán el día después del fallido referéndum. El daño a la convivencia es inmenso y quienes han practicado la irresponsabilidad, aquí y allí, enfrentándonos a unos con otros y a los catalanes entre sí, solo merecen la bofetada de nuestro desprecio.

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¡Más madera!
María Antonia San Felipe 02-09-2017 | 8:00 | 0

puigdemont-junquerasHubo un tiempo en el que muchos creímos, con la inocencia que daba estrenar democracia, que a los gobiernos siempre llegaban los mejores, los que tenían la cabeza mejor amueblada para prever lo que se avecinaba. La desilusión llegó con el tiempo y ahora estamos instalados en la decepción permanente. Después de los graves atentados yihadistas de Barcelona y Cambrils, por un segundo, muchos soñamos que, quizás, un poco de seriedad airearía las cabezas de los gobiernos de Madrid y Barcelona. Pero nada, la cosa no solo empeora sino que se anuncian tiempos de tragedia, en realidad, de tragedia cómica que no sé si ese género existe.
          Observo a Puigdemont y Junqueras, a la sazón los conductores del tren de la desconexión catalana con España y me viene un regusto ácido a los tebeos de Mortadelo y Filemón. Cada día un nuevo despropósito y todos ellos dirigidos a dinamitar la legalidad siendo conscientes, como son, de que sin respaldo legal ese invento que llaman “el procés” no desemboca en la independencia.  Tratan de aislar, como en los regímenes autoritarios, a los que no piensan igual. Están segregando a la ciudadanía entre buenos y malos catalanes como en otros tiempos, de ingrato dolor y recuerdo, se dividió entre buenos y malos españoles.
          En el duelo por los atentados yihadistas el Rey, que es el jefe del Estado aunque muchos españoles seamos republicanos, acudió por primera vez a una manifestación popular. Felipe VI aceptó el lugar en el que quisieron colocarlo. Hay que reconocer que tuvo más gallardía que los independentistas, que no todos los catalanes, que lo cercaron organizadamente con esteladas y pitaron su presencia en un evidente desprecio a las víctimas del terror. También reprocharon al cardenal Juan José Omella que expresara en su homilía algo que es evidente, que unidos contra el terror somos más fuertes.
          Que los independentistas están nerviosos es evidente ya que ellos mismos se han situado en un callejón sin salida pero, como Groucho Marx, cada día piden “más madera”. Están en pleno calentón y en medio de una infinita contradicción. Si el referéndum debe celebrarse el 1 de octubre: ¿quién va a aprobar la Ley o a firmar el Decreto-Ley sabiendo que es inconstitucional?, ¿quién va a comerse el marrón de una acción claramente ilegal? O quizás, ¿planean que el firmante se exilie después para tener una víctima que huya de la represión del Estado? Incluso la nueva república catalana que predican es otra improvisación en todo este órdago al Estado. Hoy Puigdemont dice que será necesario que tengan un ejército para garantizar la seguridad (uno de los puntales de cualquier estado) y al día siguiente Junqueras, lo desmiente y la CUP le reprocha que en ese mundo idílico que van a fundar el 2 de octubre la nueva Cataluña quedará libre de amenazas y de malvados. Es solo una muestra de cómo el “procés” se resquebraja desde dentro. No sabemos si este tren chocará contra el Estado o simplemente descarrilará por las peleas de los maquinistas de turno.
          La última broma de los independentistas ha acontecido en el Congreso de los Diputados.  Joan Tardá, portavoz de Esquerra, defiende que Cataluña se quiere ir de España porque están hartos de corrupción. El hemiciclo tembló de risa y los leones  de asombro al recordar como el prohombre de la patria catalana, el venerado Jordi Pujol, vació las arcas, como muchos catalanistas, para depositar las pesetas españolas y los euros en otras patrias custodiadas por otras banderas que ondean al viento de la usura y la ambición practicadas durante años a la sombra de una estelada.
          Hoy toca defender la legalidad, que no es lo mismo que defender a Rajoy, no lo merece. En el Congreso volvió a demostrar que el fantasma de la corrupción, que le persigue como su sombra, lo inhabilita para lograr una unidad de acción. Su incapacidad para el diálogo solo se ha demostrado eficaz multiplicando independentistas al grito de ¡más madera! Así que crucemos los dedos pues con tanto irresponsable en Barcelona y en Madrid solo queda confiar en que los Mortadelo y Filemón, de aquí y de allí, no nos estrellen contra el muro de su inmensa mediocridad e infinita incompetencia.

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Letra pequeña
María Antonia San Felipe 12-08-2017 | 9:57 | 0

rajoy-puigdemontLa letra pequeña es algo en lo que no solemos detenernos en este loco mundo de la información que se transforma a la velocidad de la luz. Consumimos grandes titulares y despreciamos los jugosos detalles de las cosas que, a la postre, son los ingredientes auténticos de lo importante. Sorpréndase conmigo querido lector al conocer que, según el barómetro de julio del Centro de Investigaciones Sociológicas, intranquiliza más a los españoles “la crisis de valores” (2,7%), que la “independencia de Cataluña” (2,6%). A casi nadie desazona el tema catalán comparado con el 70,6% de españoles preocupados por el paro o el 45,3% de los alarmados por la corrupción. Sinceramente no sé si esto es bueno o malo, pero asombra la distancia entre la política y la calle, el ruido mediático y la vida cotidiana.
           No deja de ser chocante que los españoles contemplen sin desasosiego el espectáculo que tantos y tan encontrados sentimientos parece producir desde hace años y que está en el punto más álgido de tensión de los últimos tiempos. Los ríos de tinta, las largas polémicas televisivas y radiofónicas añadidos a los sesudos argumentos no parecen influir en el estado de ánimo de la ciudadanía que lo sitúa al mismo nivel que su desvelo por un concepto tan abstracto como la crisis de valores del mundo actual. Reír o llorar, esta es la cuestión.
           Los independentistas buscan urnas para votar y argumentos para convencer, los unionistas esgrimen los artículos de la Constitución y el derecho internacional y los más templados aventuran salidas imaginativas que hagan posible un marco de naciones múltiples que salvaguarde la idea envolvente de la España común. Mientras prosigue la guerra de argumentos, la inmensa mayoría de los españoles solo piensa, según el CIS, en dos cosas: conservar o conseguir empleo y confiar en que los corruptos no le roben demasiado.
           En este calorín andaban los españoles mientras extendían la toalla en la playa o tomaban una caña en la terraza del bar mientras elucubran con los amigos sobre cómo solucionar los problemas del país, cuando hemos conocido, con asombro, que al presidente del gobierno le ha sobrevenido un lumbago antes de ir a visitar al Rey. Parece ser que lo abultado de la mochila en la que transportaba los problemas que lleva tiempo eludiendo le ha producido una lesión más grave que la infligida por los casos de corrupción que afectan a su organización.
           Una vez recuperado el temple a nadie ha sorprendido que Rajoy le haya dicho al Rey que él es partidario de no hacer nada. No sabemos si es por prescripción médica o porque piensa seguir haciendo lo mismo que hasta ahora. El presidente sigue confiando en que el tiempo y el aburrimiento disuelvan, por agotamiento, el problema territorial del Estado español y frenen a sus mejores aliados que no son otros que los propios independentistas que, gracias a su inactividad, han crecido como setas. El caso resulta realmente llamativo, mientras unos viven instalados en la prisa y corren a la velocidad de Charlot en las películas de cine mudo; otros, con el presidente del gobierno a la cabeza, esperan tumbados a que se estrelle el tren contra la legalidad imaginando que ahí terminará el problema. Tengo la impresión de que unos contra otros y todos en contra del sentido común han destrozado el entendimiento que es la única forma de garantizar la convivencia.
            O todos están locos o todos nos engañan. Pudiera ser que todo este despropósito sea un invento coordinado entre unos y otros para distraernos mientras expolian nuestros derechos y dilapidan nuestros impuestos en perfecta sintonía, aquí y allí. No olvide nadie que los platos rotos siempre los pagan el pueblo, los pueblos, el ciudadano, las personas porque de sus decisiones siempre nos ocultan lo importante: la letra pequeña.

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La bomba
María Antonia San Felipe 08-07-2017 | 9:08 | 0

junqueraspuigdemont-655x368De nuestra primera Constitución (1812), ya saben, “la Pepa”, la de Cádiz, hay un párrafo que siempre me gusta releer, es su artículo 13. Un número mágico con un texto deliciosamente voluntarista e imposible: “El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen”. Es sencillo coincidir con nuestros antepasados en que finalmente a todos los individuos les mueve el deseo íntimo de conseguir la felicidad y para sustentarla hay que tener posibilidad de construir una vida con recursos propios. No es de extrañar que el último barómetro de CIS nos cuente que el 71,2%  de los españoles considera que el principal problema que tenemos es el paro. La gente quiere trabajar para vivir e intentar ser, al menos, medianamente feliz.

           Es por eso que casi 3 de cada 4 españoles tiene miedo al paro y solo 1 de cada 100 (1,2%) está preocupado por la independencia de Cataluña, el dato es todo un síntoma. Pese a la gravedad de la deriva que está tomando el tema del independentismo catalán la mayor parte de la ciudadanía está preocupada por su trabajo y, con enorme sentido práctico, no considera un riesgo la posible desconexión de Cataluña.

           La Generalitat está llevando el denominado “procés” al límite, pero la tensión también está minando al gobierno de Puigdemont, ya de por sí, inestable y secuestrado por los anticapitalistas de la CUP, una alianza que se está demostrando nociva para el nacionalismo de la burguesía catalana tradicional a quien estas urgencias, sin cobertura legal, la está dividiendo. A veces las prisas actúan como un boomerang y se vuelven contra quien lo lanzó como una bofetada del destino. El cese de un consejero del gobierno, Jordi Baiget, reconociendo que quizás el referéndum no pueda celebrarse es una muestra palmaria de la endeblez del proceso. Cualquiera con sentido común que sabe cómo se preparan unas elecciones libres intuye los peligros de pretender correr más de la cuenta.

           Aunque desde los portavoces del independentismo, incluido Pep Guardiola, se hable de que España es un estado “opresor” y “autoritario” la realidad desmiente tan exagerada mentira. Una cosa es que muchos consideremos que España debe mejorar su calidad democrática y otra afirmar que vivimos en un estado en el que no se respetan los derechos humanos ni las libertades civiles. En fin, sería mejor que algunos dejaran de frivolizar con estas cosas en un país que salió de la dictadura hace ahora cuarenta años y que sufrió la represión de un estado autoritario de los que se estudian como ejemplo en los libros de historia.

          Al final, abrir colegios electorales sin censos, sin funcionarios y sin cobertura legal puede resultar un fraude decepcionante precisamente para quienes desean que triunfe el sí y declarar la independencia. Una nación que añora ser un nuevo estado no puede fundarse en una mentira y en una acción que viole la legalidad si pretende quedarse en Europa y ser reconocido como tal. Lo que mal empieza mal acaba y esto bien no va a terminar.

          En el otro lado, el gobierno del PP debiera caminar con más cautela, al fin y al cabo, el independentismo y los independentistas se han fortalecido mientras Rajoy pilota la Moncloa. Una cosa será que los partidos mayoritarios apoyen al gobierno frente a una posible declaración unilateral de independencia, cada vez más improbable, y otra que se dé el visto bueno a su propia negligencia. Estamos ante el evidente fracaso de dos gobiernos ciegos que se retroalimentan el uno al otro para modelar sus propias identidades. Los dos están jugando a enfrentar los sentimientos y las emociones de la gente sin tratar de comprender su malestar, la tensión les da fuerza pero ambos deben saber que una vez que se ha soltado la espoleta es muy difícil evitar la explosión de la bomba.

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.