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Cataluña

Superar el ridículo
María Antonia San Felipe 04-11-2017 | 7:48 | 0

puigdemontLa Generalitat emprendió, a toda velocidad, un viaje hacía Fantasía y finalmente el conductor del “tren bala” lo ha estacionado en Ridículo. Esta sensación me produce la desconcertante escapada de Puigdemont a Bruselas. El chiste no puede ocultar el desgarro social que se ha producido en Cataluña. El expresident no huye de España sino de una realidad paralela construida con persistencia y derroche de medios presupuestarios. Puigdemont está huyendo de sus propios errores que lo han convertido, en héroe y traidor al mismo tiempo. Tras el vértigo, la República Catalana quedó proclamada entre titubeos y naufragó sin reconocimiento exterior. La convocatoria electoral, derivada de la aplicación del artículo 155 de la Constitución, ha sido aceptada por todo el independentismo pese a aparentar que todo sigue igual. Esta contradicción certifica su fracaso. Ahora la Justicia ha llamado a su puerta y la realidad les ha recordado las consecuencias de su irresponsabilidad. Las leyes existen aunque ellos las ignoren. Fueron advertidos por los letrados de los riesgos pero siguieron adelante.

Los problemas políticos no se resuelven en los tribunales sino en la mesa de negociación, este es el inmenso error que han alimentado ambas partes pero ni aun así puede justificarse lo que han hecho. El desafío no ha sido contra Rajoy y un gobierno enfangado en la corrupción sino contra el Estado y contra una democracia en cuya restauración también Cataluña participó y que les ha dotado de un autogobierno más amplio que el de muchos estados federales como Alemania.

Ahora el miedo les ha llevado a Bruselas a tratar de internacionalizar el conflicto buscando justificar que huyen de un estado represor y de un país sin libertades. En Bruselas no han encontrado pancartas de bienvenida. El viceprimer ministro belga, Kris Peeters, les ha recordado lo evidente, que tienen los mismos derechos que cualquier europeo y que “cuando llamas a la independencia y la declaras lo mejor es permanecer junto a tu pueblo”. Se mire como se mire esta huida no es un acto de grandeza sino una falta de respeto a los suyos. Son los hechos y no los discursos los que definen a los políticos. Hablar de gobierno en el exilio supone un insulto a los cientos de miles de exiliados que salieron de España al final de la Guerra Civil en unas condiciones durísimas tratando de salvar la vida, entre ellos, Lluís Companys (fusilado por Franco el 15 de octubre de 1940) y Josep Tarradellas, presidentes históricos de la Generalitat. Solo la necedad lleva a burlar la historia comparando lo incomparable.

Entiendo que todos los nacionalismos buscan construir un relato épico en el que anclar las columnas de su nacimiento pero en esta parte del “procés” se han situado más cerca de la cantinflada que del heroísmo. Puigdemont y sus fieles, en la realidad paralela en la que viven, argumentan que son víctimas de una persecución a causa de sus ideas y que no volverán a España si no se les dan garantías de un juicio justo. Todos esperamos que lo sea, España es un estado de derecho, pero una cosa es reclamar justicia y otra impunidad. Quienes hablan de venganza y de represión de las ideas no pueden olvidar que sus propios asesores legales les advirtieron de la responsabilidad penal que contraían, sin olvidar que la reiteración en el incumplimiento y la escapada protagonizada por Puigdemont van a ser agravantes y no eximentes para él y para el resto. La causa judicial es seria, los delitos graves y la división entre ellos, evidente. Veremos lo que ocurre.

Mientras, ocurren cosas que no me gustan. No me gusta que insulten por la calle a los representantes políticos, ni me gusta que los políticos nos roben y nos tomen por idiotas; no me gusta que se fomente el odio ni tampoco que se boicoteen los productos catalanes porque también son los nuestros; no me gusta que se persigan las ideas pero tampoco que traten de imponerse. Prefiero el diálogo al enfrentamiento, no deseo que metan a nadie en la cárcel pero tampoco quiero que se eludan responsabilidades. No quiero víctimas ni mártires y no quiero que si todos somos iguales ante la ley haya alguien que se sitúe por encima de ella. Quiero que el tiempo destierre el odio y que el afecto restaure la convivencia.

Nota: De nuevo la crónica queda superada por los acontecimientos inmediatamente posteriores a cuando fue escrita, pero la esencia es la misma. Gracias

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Después de la batalla
María Antonia San Felipe 28-10-2017 | 12:39 | 0

ana-gabriel-y-puigdemontEstamos instalados en el vértigo que produce la incertidumbre. Cuando escribo estas líneas para mi encuentro semanal con todos ustedes, aunque se divisa el humo del incendio, nadie sabe cómo terminará el conflicto catalán pero hay cosas que sí sabemos.

Sabemos que ocurra lo que ocurra el fracaso huele a desastre. Los ciudadanos lo sabemos desde el principio ya que los platos rotos los vamos a pagar, como siempre, la mayoría social de este país integrada por trabajadores, autónomos, pequeños y medianos empresarios y, no lo olvidemos, un importante porcentaje de españoles (y catalanes) en riesgo de exclusión social o directamente pobres. No resulta sencillo comprender cómo hemos llegado hasta aquí, pero sí conocemos que hasta este punto nos han traído una ristra de irresponsables que han liderado la travesía sin mirar más allá de sus propios intereses. La irresponsabilidad política en toda España es muy barata, con culpar a los otros y hacerse las víctimas algunos esperan que se les perdone lo imperdonable.
Hay un poco de hartazgo en la gente, pero el hastío no debiera sofocar nuestro compromiso social. Tras sufrir una penosa crisis económica que se ha solventado sobre nuestros riñones y a costa de nuestros derechos ahora nos han instalado en este punto de no retorno. En la incertidumbre hay una única verdad que pase lo que pase las heridas, los daños colaterales, las pérdidas de empleo, es decir, la factura va ser nuestra.

Sorprende que a lo largo de esta crisis se hayan agitado muchas banderas, convocado en las plazas públicas las emociones identitarias mientras se han ocultado los problemas sociales. Los independentistas de izquierda o los herederos de los anarquistas catalanes de la CUP no hablan de la factura social en términos de empleo y de ruptura de la convivencia que la secesión unilateral va a acarrear. Se habla de un nuevo Estado en el que, como en las utopías del siglo XIX, todo será de color de rosa. Pero el sueño, por legítimo que sea, no alcanza a solventar los problemas de muchos catalanes que, en torno al 20% como en el resto de España, no están de ánimo para manifestarse porque tienen el frigorífico con telarañas. Pero no, de esto no se habla.
Los nacionalismos son en esencia insolidarios por eso no entiendo como hay una supuesta izquierda que pueda creer que una República catalana será más igualitaria que la democracia española. No puedo entender que para conseguirla pacten con la burguesía que siempre va a tener una supremacía económica y probablemente política. No entiendo que quieran levantar fronteras en vez de derribarlas, pues el internacionalismo siempre ha sido una seña de identidad de esa izquierda que no son. No entiendo que quieran abandonar Europa salvo que quieran unirse a los ultranacionalistas que pretenden dinamitarla. Como explicó el poeta alemán Bertolt Brecht, rememorado estos días por Nicolás Sartorious, “el nacionalismo de los de arriba sirve a los de arriba. El nacionalismo de los de abajo sirve también a los de arriba”.

Entiendo más a Puigdemont, al fin y al cabo, con su temeraria hazaña pretende defender a los suyos y conseguir la gloria. De sus predecesores en la Generalitat, en la memoria colectiva, solo queda honorable el histórico Josep Tarradellas que, tras su regreso del exilio, fue consciente de la clase de político que era Jordi Pujol, hace tiempo sepultado por la corrupción. De los fracasos de Artur Mas habrá tiempo de hablar si consideramos que Puigdemont es su mayor éxito.

Cuando esto escribo, no sé si habrá Declaración Unilateral de Independencia y a renglón seguido activación de la aplicación del artículo 155 de la Constitución. Me gustaría que ninguna de ambas cosas sucediera pero lo cierto es que pueden ocurrir las dos al mismo tiempo. Desde el amor a España y a Cataluña invoco al sentido común de Rajoy y Puigdemont. Las consecuencias son imprevisibles pues los daños siempre se evalúan después de la batalla.

Nota: este artículo fue escrito el miércoles 25 de octubre. La peor previsión se ha cumplido. Hoy sabemos el desenlace y la tristeza que produce una situación incontrolable. Por muy bien que se hagan las cosas el desgarro social tardará décadas en superarse.

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Quemados
María Antonia San Felipe 21-10-2017 | 7:45 | 0

jordi-cuixart-sanchezPortugal y Galicia han pasado días terribles luchando contra la desgracia sobrevenida o provocada. Han perdido a seres queridos, sus hogares, sus pueblos, sus bosques y todo aquello que ahora forma parte de sus recuerdos. Han combatido con valentía y dolor contra los elementos, la indignación camina junto a su dolor tras muchos años de cíclicas desgracias no siempre bien atendidas por los poderes públicos.

Pero ni la virulencia de esta catástrofe ha podido desplazar el foco de atención de Cataluña. Quienes apostaban a que cuanto peor, mejor, ya han conseguido su objetivo. Partidarios de ello los hay en ambos lados y se alimentan entre sí. Esta historia no es nueva, es la rueda de los extremos que se tocan y que no para de dar vueltas en el tiempo de la historia. Los malos siempre son los otros, un juego muy beneficioso porque las culpas y las responsabilidades siempre quedan en el otro lado.

Últimamente está de moda criticar el período de la Transición, sobre todo por quienes no la vivieron. Es uno de esos mantras que de tanto repetirlos pueden parecer verdad, eso es porque vivimos tiempos de la posverdad, es decir, tiempos en los que la mentira brilla con más fuerza que la desnuda verdad. Ahora se lleva decir que vivimos prácticamente en una dictadura. Quienes la vivieron y sufrieron la vulneración de derechos universales, que ni siquiera les eran reconocidos, sienten un revoltijo en el estómago porque ellos sí conocen la diferencia. En la Transición, hubo errores, a qué negarlo, pero en aquellos momentos el objetivo era dar un portazo a la dictadura para conseguir la democracia. Cuarenta años después no dudo que es momento de mejorar algunas cosas, de fortalecer los mecanismos democráticos, de poner coto a ciertos abusos que pervierten nuestro cuerpo legal o de encajar un modelo federal pero nuestra democracia, aun imperfecta, tiene mecanismos y cauces que deben utilizarse.

Puedes considerar excesiva la decisión judicial de decretar prisión preventiva sin fianza para Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, por la presunta vulneración de las leyes que no por sus ideas. Puedes manifestarte en solidaridad con ellos, puedes criticar la decisión judicial pero afirmar que son presos políticos me parece fuera de lugar. No hay que ser muy listo para deducir que esa decisión judicial ha dado un nuevo balón de oxígeno a los independentistas y ha encendido de nuevo las calles, pero todo ello son excusas para conseguir un relato épico con el que justificar el mantenimiento de una decisión, de una declaración de independencia unilateral que nadie sabe adónde lleva.

Hemos llegado a un punto en el que, aunque hubiera un acuerdo, aunque se adoptara la salida menos mala, que debiera ser la celebración de elecciones convocadas por Puigdemont, el destrozo a la convivencia es un hecho no reversible en el corto plazo. Los muros de odio perduran más que los de piedra. Creo que la Transición tuvo errores pero también generosidad y ello consiguió evitar una fractura social como la que actualmente se está viviendo en Cataluña. Las heridas abiertas costará décadas cerrarlas. Desde lo alto del precipicio, que es donde nos encontramos, echo en falta gente que mire lejos, que cohesione en vez de cavar trincheras, que renuncie a vencer para que todos ganen. Echo en falta a valientes que sepan reconocer errores en vez de empecinarse en ellos. Echo en falta ver en el horizonte el arco iris que anticipe el final de la tormenta.

Sumida en esta tristeza confieso que la mejor noticia de la semana ha sido pequeña pero hermosa. Un perro ha salvado a una niña de dos años perdida en el monte de la pequeña localidad de Gil García (Ávila). El podenco ladró hasta que el dispositivo montado por la Guardia Civil la encontró dormida al calor de su regazo. La ternura de la escena que podemos imaginar esbozando una sonrisa reconozco que no logra ocultar el incendio en el que Cataluña y España se queman.

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Tengo miedo
María Antonia San Felipe 07-10-2017 | 8:00 | 0

chicas-banderasDesde el domingo no abro las ventanas tengo miedo, miedo de que penetre la desesperanza y esa creciente tristeza que inunda a toda España, también la que habitan los que quieren irse. Me siento, como la mayoría, desolada. No creo que estemos al borde del precipicio, más bien observo que estamos cayendo por el abismo a velocidad de vértigo. Percibo la caída tan real que ya me duelo solo de imaginar la potencia del impacto. Creo que la bofetada se anuncia monumental, salvo que, como en las películas, en el último momento alguien sea capaz de desplegar una red que la amortigüe. De momento no veo a nadie. 

Quienes negaron el problema dejando que el tiempo lo acrecentase están paralizados, atónitos porque todo lo que no iba a ocurrir, ha ocurrido y todo el mundo lo ha visto. Nos han dejado asombrados. Tras años de negar la realidad, cuando ha llegado la hora de la verdad su torpeza e improvisación han sido evidentes. El resultado de su acción ha dado una coartada de legitimidad a quienes la habían perdido por completo en una sesión parlamentaria tormentosa en la que se pusieron al margen de la legalidad. Han caído en todas las trampas diseñadas milimétricamente por quienes desde el Govern no han hecho otra cosa que planificar este momento. Desconcertados en su propio error se han escondido cobardemente detrás de policías y guardias civiles, ya saben, siempre sacrificando peones para salvarse ellos. Al otro lado, quienes irresponsablemente han desafiado la legalidad se han parapetado detrás de su propio pueblo al que han partido en dos, quien sabe si para siempre. Así que incluso su éxito es un clamoroso fracaso.

El balance es desolador porque quienes han vulnerado las normas básicas de convivencia que nos dimos se han envalentonado con los errores ajenos y han tomado las calles con la ficción de quienes creen estar haciendo historia para conseguir la Arcadia feliz. El problema es que todo eso es mentira. Este momentáneo éxito camina hacia el precipicio de la realidad y más si, como todo apunta, se declara la independencia de forma unilateral. Al día siguiente no habrá independencia pero Cataluña y España estarán rotas, fragmentadas de dolor.

La constatación de que un río de emociones recorre las calles y los pueblos es hoy desconcertante porque la racionalidad ha quedado aparcada. Es lo que ocurre cuando se sacan a pasear los sentimientos y unos se creen con más derechos que los otros. En estos momentos no vivimos el otoño sino los preludios del enfrentamiento. Ya lo dije la semana pasada, el hijo del enfrentamiento es el odio y, si no se impone la cordura, lo que florece es la malquerencia y un chispazo puede acabar en pelea. Ahí estamos, en el insulto y la bilis, entre el resentimiento y la hiel, diciéndonos barbaridades unos a otros sin poder taponar la brecha.

El mal ya está hecho y las heridas van a quedar tan repartidas como las culpas. El problema es que las vendas, las consecuencias de tanta irresponsabilidad política, de tanta manipulación de las emociones colectivas, siempre las sufre el pueblo, los pueblos, conducidos por líderes de pacotilla hasta el desencuentro.

No sé cuál es la solución aunque presiento que quienes nos han traído hasta aquí tampoco la conocen, pero hemos llegado a un punto que no podemos tolerar más despropósitos. España es una democracia y quienes lo niegan es porque no saben lo que es una dictadura, si lo supieran no jugarían con fuego. Hay una sociedad civil que debe reaccionar. No quiero tener miedo, nos jugamos el futuro, el de todos, así que es mejor que no nos perdamos el respeto. Todavía queda mucha inteligencia en este país, usémosla, alejemos el odio porque hay cauces democráticos y legales para enmendar el desastre, nunca es demasiado tarde para ganar el futuro y hoy es demasiado pronto para perderlo.

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El tsunami
María Antonia San Felipe 16-09-2017 | 7:51 | 0

diadaA veces llegados a un punto del camino nos invade el desasosiego y nos preguntamos cómo hemos llegado hasta ahí si nunca pensamos caminar tan lejos. Tengo la sensación de que con el asunto de Cataluña ocurre algo así. Bajo la presión de las noticias y en un clima de elevada crispación muchos ciudadanos se preguntan cómo es posible que nuestra convivencia esté a punto de despeñarse por el precipicio.

Estamos desconcertados, unos buscan culpables, otros van de víctimas y la mayoría esperan respuestas. Lo cierto es que no sirve ya mirar atrás porque quienes nos han traído hasta aquí no están valorando la magnitud de sus errores sino cómo salir indemnes de toda esta hecatombe. El pasado lunes se celebró la Diada con un marcado sello independentista como evidenciaban las banderas utilizadas, la estelada sustituyó a la senyera (bandera oficial de Cataluña) y las consignas secesionistas al sentimiento catalanista. Entrar en la guerra de cifras es como entrar en una guerra de orgullos. Resulta irrelevante la precisión del dato. Es cierto que había muchos catalanes que pedían votar y se merecen el mismo respeto que el resto de multitud que no asistió. Esta es la esencia de la democracia: el respeto al otro. Es tan básico y tan de sentido común que debe hacer reflexionar sobre si lo que está en juego en Cataluña es la independencia o la democracia.

En el resto de España los ánimos están exaltados, las discusiones suben de tono, los chistes se multiplican y finalmente queda formulada una pregunta que todavía no tiene respuesta: ¿qué pasará el día 2 de octubre? Creo que en Cataluña la cuestión es todavía más grave. Los independentistas se han envalentonado con un gobierno y un parlamento que están alentando a los suyos con una quimera imposible a costa de cercenar los derechos de los que no piensan como ellos. Cuando muchos tienen miedo a expresarse para no ser señalados con el dedo, para no ser insultados como esquiroles o acusados de traidores a patrias y banderas es que alguna enfermedad aqueja a esa sociedad. Cuando la intolerancia crece, la democracia agoniza. Esta es la esencia del problema.

Vivimos en democracia y sin embargo parece que no hemos aprendido cuáles son los principios básicos que la sustentan. Además de poder votar, se basa en la legalidad que nos hemos dado para preservar la convivencia. Tenemos iguales derechos y no hay mayoría, ni menos parlamentaria, que pueda vulnerar los derechos del otro. Cuando se pretende sustituir las leyes democráticas, aunque no te gusten, por la ley de las calles, el riesgo es hermano del peligro. Si además se hace desde la soberbia de atribuirse la representación de todo un pueblo, la cosa es más grave. Los independentistas están olvidando los derechos civiles de quienes discrepan, apoyando a quienes utilizan arbitrariamente las instituciones del Estado que pretenden destruir, están disfrazando de legitimidad su autoritarismo. Si además de invocar las calles se alienta la insumisión y se acorrala a quienes defienden la legalidad se está eligiendo el camino del enfrentamiento y esos vientos siempre anuncian tempestades.

El consejero de Presidencia de la Generalitat, Jordi Turull, dice todo ufano que en Cataluña el día 1 de octubre se producirá un tsunami de democracia. Escuchándolo me echo a temblar porque estos fenómenos siempre dejan a su paso destrucción y dolor. Así que el día 2 de octubre no habrá independencia pero habrá que reconstruir el desastre. Se ha apostado por destruir la convivencia, un precio muy elevado para sustituirlo por la nada. Ese día ninguna de las dos partes querrá que realicemos un ejercicio de memoria, querrán que olvidemos su inmensa ineptitud. Quizá ese día Rajoy y Puigdemont debieran convocar elecciones tras presentar sus dimisiones. Antes de que llegue el tsunami soñemos que, quizás, todavía quede alguien con sentido común para reconstruir la convivencia y la esperanza en Cataluña y en España.

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.