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fatalidad

El oficio de mentir
María Antonia San Felipe 02-03-2012 | 9:19 | 2

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En Logroño un hombre se ha salvado de milagro de ser triturado por el compactador de basuras tras pasar la noche en un contenedor. La simple lectura de la noticia me estremece, sobre todo cuando pienso que en junio ocurrió lo mismo. ¡Cuánta desesperación debe albergar un alma para buscar refugio en un contenedor! Seguramente se huye de la mala suerte, se busca cobijo sin esperanza y jamás nadie espera que sea precisamente la fatalidad la que le salve a uno del infortunio en el último segundo, es decir, cuando la cuchilla de la guillotina está a punto de liberarte del dolor intenso con que te ha obsequiado la vida.
Es éste un ejemplo extremo de lo que está ocurriendo a nuestro alrededor pero cierto es que las desgracias florecen como setas y que, hoy por hoy, ésta es la única verdad a la que no podemos sustraernos en un país en el que la mentira parece haberse convertido en el deporte nacional. Si nos ceñimos a la última polémica sobre la dichosa cifra del déficit público de 2011, coincidirán conmigo que uno no sabe a qué carta quedarse. El gobierno de España da una cifra y las comunidades autónomas otras. Los virreyes autonómicos se revuelven heridos y embisten contra el picador que les ha clavado la puya. En realidad ha quedado al descubierto algo que todo el mundo sabe sin tener acceso a la contabilidad pública: que han gastado más de lo que podían y debían en proyectos superfluos de nuevos ricos que administran recursos ajenos sin la prudencia exigible a quienes dicen actuar en su nombre. Los ejemplos son infinitos: edificios restaurados o recién construidos, inaugurados a bombo y platillo, que están infrautilizados o sin uso, aeropuertos sin aviones, museos tan originales que nadie los visita, camino asfaltados como las autopistas, empresas públicas sin finalidad concreta, gabinetes de asesores más poblados que el camarote de los hermanos Marx y toda una suerte de dispendios impagables ahora y siempre.
No sabemos quién dice la verdad, aunque empezamos a sospechar que nadie. Unos, para presionar a Bruselas a modificar el objetivo de déficit para el próximo año, mostrando el desastre de la herencia recibida y justificando así nuevas medidas de ajuste ante la evidente debacle nacional y otros, porque no pueden asumir en público su propia responsabilidad. El presidente de Cantabria ha sido el más gráfico, “estamos desnudos y sin un euro”, ha dicho. Al hombre hay que comprenderlo, llegó al cargo hace 6 meses y no se siente cómplice del desaguisado, por eso, a mi entender el más olímpico ha sido el presidente riojano, el nuestro. La culpa ha sido del gobierno socialista que dio mal los datos, ha declarado. Don Pedro Sanz dice que el déficit de La Rioja es del 1% (80 millones de Euros) y no está dispuesto a aceptar que nuevo criterios contables digan que es casi del doble (160). Y punto pelota. Después de 17 años en el gobierno a él no ha nacido quien le tosa y menos quien le enmiende la plana ni le sonroje recordándole sus excesos presupuestarios, que él es tan perro viejo en trucos y artificios contables que ya los quisiera para sí el premio Nobel de matemáticas. ¡Vamos anda!, como para que ahora le saque los colores el tal Montoro, si dice 1%, es 1% y no hay más que hablar. Mientras se echan la culpa unos a otros, nosotros sobrevivimos entre la realidad que ven nuestros ojos y las medias verdades que nos cuentan a diario. Hace mucho tiempo que nadie nos dice la verdad, allá arriba hay que reconocer que manejan el engaño (la muleta) con gran maestría. Torean en este inmenso ruedo que es España con más destreza que Manolete, aunque se olvidan que el toro somos todos nosotros que, por cierto, seremos los únicos que hincaremos las rodillas en el suelo. Como dice mi padre, la única verdad es que hoy todo es mentira.

 

 

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El príncipe del pueblo
María Antonia San Felipe 17-02-2012 | 8:15 | 2

La decepción que los españoles sienten con la forma en que se administra la justicia en este país no es nueva y ese sentimiento se ha incrementado en el último año. Que todos somos iguales ante la ley lo proclama nuestra Constitución y hasta el Rey ha solemnizado esa obviedad, aunque la portavoz del Consejo General del Poder Judicial no ha estado muy fina cuando, refiriéndose al asunto que tiene encausado al insigne infante consorte, D. Iñaki Urdangarín, dijo que sí, que todos somos iguales pero que “no todos los imputados son iguales”. Tal fue el asombro de muchos que el presidente del Tribunal Supremo, Carlos Dívar, se vio obligado a explicar en el Congreso que sí, que todos somos igualitos, igualitos pero que, pese a la supuesta igualdad “las circunstancias son diferentes, y la verdadera igualdad es tratar diferente circunstancias que son distintas”.

Nadie debe extrañarse que ante tan preclara claridad la mayoría, incluida yo, pensemos como ese 77% de españoles que, según el barómetro de Centro de Investigaciones Sociológicas, consideran que la justicia no es igual para todos y no trata del mismo modo a los que tienen pasta y a los que carecen de ella, a los que pueden pagarse un buen abogado y a los que no. Salvo que, como toda regla tiene su excepción, alguien resulte excesivamente molesto o le tengan ganas sus colegas, como en el caso de Garzón y se decida, colectiva y orquestadamente, quitárselo de en medio para siempre. Dicen que la diosa de la Justicia lleva una venda en los ojos como símbolo de su imparcialidad al dictar sentencia aunque muchos creen que es para no ver los desmanes que cometen en su nombre los que la administran.

En este marco general de desconfianza no es de extrañar que la política de indultos haya concitado también el interés ciudadano. Puedes ser culpable y, con suerte, indultado sin cumplir la condena. Por ejemplo, el consejero delegado del banco de Santander, Alfredo Sáenz, un hombre con estrella, fue indultado en noviembre por el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. El sr. Sáenz, condenado por un delito de acusación y denuncia falsa, vio conmutada la pena de arresto mayor y la suspensión del ejercicio profesional por la multa máxima prevista para este caso, de unos 144.000 euros. Teniendo en cuenta que el banquero cobra al año nueve millones de euros, la elección no era dudosa. Los del Santander hablaron poco porque, como bien se sabe, cuánto más se airea una noticia más se difunde, así que punto en boca.

Así las cosas, no es de extrañar que Miguel Montes Neiro, el preso más antiguo de España, indultado por dos gobiernos, haya salido de la cárcel tras 36 años como un héroe popular perseguido por televisiones y reporteros. El preso común ha abrazado la libertad ante la algarabía de sus familiares y amigos, ha sido obsequiado con el mismo júbilo con el que la afición recibió los últimos éxitos del Mirandés o los del Alcorcón cuando ganó al Madrid. En fin, que ha obtenido la solidaridad que concita aquel al que el destino siempre considera, por fatalidad, el seguro perdedor de la historia. No dudo que Montes Neiro, que quiere ser alfarero, por su trayectoria, sus múltiples fugas, que agravaban aún más sus amplias condenas, y su mentalidad antisistema reúne características suficientes para llenar horas de programas televisivos y páginas de revistas. Hasta puede ser personaje inspirador de películas, de novelas o de poemas. Teniendo en cuenta que su vida recuerda la del pícaro tradicional español y ahora que la corrupción merodea los alrededores del palacio real, es posible, que este hombre pueda convertirse en un nuevo príncipe del pueblo. Además, si al engolado Mario Conde al salir de la cárcel le dieron un programa en la tele por qué a él no.

 

 

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