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Mas

Supervivientes
María Antonia San Felipe 09-01-2016 | 11:43 | 0

Me encanta la osadía de algunos en estos tiempos de pasión política. Tras la inocentada del empate a 1.515 votos  de la CUP para investirle como presidente de la Generalitat y tras el explícito “no” a su persona, el chulo que Artur Mas lleva dentro dice que no piensa dar un paso atrás. Anuncia que tiene ganas de plantar cara a Madrid y a quien se le ponga por delante. Tras humillarse suplicante ante la CUP, tras ponerse de rodillas y recibir una sonora bofetada, noqueado y dolorido se alza contra los molinos de viento con la lanza maltrecha sin advertir que la principal batalla debió haberla librado contra sí mismo: contra su orgullo, su ambición y su ceguera. Me encantan estos patriotas de tres al cuarto que creyéndose imprescindibles no ven la realidad. Algunos llevan tanto tiempo sobreactuando en el ridículo que se sienten incómodos en la sensatez, y lo juicioso ahora sería que Artur Mas, tras haber dirigido a su partido al desastre y fracturado la sociedad catalana, se fuera con viento fresco a su casa. Que no se preocupe, que la historia, a buen seguro, no lo olvidará.

Ya ven lo que son las cosas de la vida. Tras la resolución independentista de noviembre del Parlamento de Cataluña parecía que el proceso de desconexión con España iba a ser como quitar el enchufe de la red eléctrica y ahora sin la intervención de Tribunales constitucionales, ni del estado central, ni suspensiones de autonomía a través del artículo 155 de la Constitución, ni instrumentos coercitivos de ningún tipo, el proceso ha encallado. Artur Mas cegado por la ilusoria mayoría parlamentaria secesionista inició un proceso más complicado que la aventura equinoccial de Lope de Aguirre y la CUP, que ya dijo desde el principio que el plebiscito se había perdido, ha terminado por considerar que el lastre de corrupción y regresividad social en Cataluña se llama Mas. Un pacto imposible entre opciones políticas antagónicas.

En Moncloa, Rajoy, escocido por la pérdida de tres millones y medio de votos, ha brindado con cava. Sueña con la gran coalición pero el batacazo de Mas le favorece. Sin hacer nada, tras años de echar leña al fuego, se ha desinflado el globo, al menos de momento. Rajoy, que está tan rodeado de corrupción como Mas y con un resultado electoral que, aunque quieran plantearlo como un éxito, es un sonado batacazo, se lame las heridas y se regocija de las adversidades ajenas. Mas está, políticamente, como los muertos vivientes. Cualquier día anunciarán el funeral.

Para Rajoy el silencio es su mayor ventaja. Si Mas está en capilla, Pedro Sánchez está sitiado por los suyos. Las baronías del reino de taifas en que se ha convertido el PSOE están moviendo peones y tropas para intentar relevarlo del liderazgo que alcanzó por el voto de los militantes. La presidenta andaluza, Susana Díaz, parece que lidera la rebelión interna y todo indica que la apuesta es firme, aunque puede que el momento elegido para el aldabonazo se le vuelva en contra. Díaz no es garantía de mejores resultados. El problema del PSOE puede que sea de liderazgo pero también lo es de credibilidad y de fortaleza ideológica. Creo que es un despropósito lo que está ocurriendo en este partido centenario que lleva tiempo en una dinámica autodestructiva, tan peligrosa como incomprensible para sus votantes. Los votos no son propiedad de nadie y no parece que luchen por recuperarlos entretenidos como están acuchillándose unos a otros. Un par de batallas internas más y estos dirigentes tan listos pueden dejar a su partido anclado en la irrelevancia. Está claro que no necesitan enemigos externos por mucho que los busquen. Los ciudadanos, ejerciendo su libertad, votan a aquellos con los que se sienten identificados, ese es el único camino hacia la recuperación, volver a parecerse a sus potenciales electores.

Ante este panorama Mariano Rajoy se frota las manos. Sabe que está tan moribundo como los otros pero puede que, por la ineptitud general, el único superviviente sea él.

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Vuelva mañana
María Antonia San Felipe 14-11-2015 | 10:40 | 0

-Vuelva usted el jueves.

-Volveré.

Humillado y ofendido, Artur Mas volvió al Parlamento del que salió con las orejas gachas y la dignidad ausente. Yo que él me exiliaba a Andorra. Siempre pensé que los héroes tenían más pundonor y protagonizaban grandezas más épicas que las de anteponer el ansia de poder a cualquier otra consideración colectiva. El héroe permanece erguido aun cuando le flaqueen las piernas. Su humillante petición de votos a la CUP para que in extremis lo elijan presidente quedará escrita, con deshonor, en las páginas de nuestra historia común, a su pesar. Tras dejar su patria al borde del precipicio y a la sociedad catalana rota en dos mitades, sólo le quedaba mendigar para salvarse. Se ha puesto de rodillas ante quienes hasta ahora consideraba antisociales, les ha  pedido al menos unos pocos votos para quedar investido presidente con la legalidad española que, de momento, es la única existente.

            No quería escribir más de este asunto, pero reconozco la dificultad de sustraerse al espectáculo. Esto parece un circo de tres pistas, en el que no te da tiempo a ver las sorpresas que te ofrece cada una de ellas. Si la situación no fuera tan grave, si el desafío no fuera tan irresponsable y tan evidente el enfrentamiento que se está alimentando, la cosa sería como para partirse de la risa.

            Nunca vi una revolución sin líder, ni una proclamación de un nuevo estado sin presidente, claro que tampoco jamás había visto que el padre espiritual de un proceso independentista se pareciera más a Vito Corleone, El Padrino, que a Simón Bolívar o a Nelson Mandela. Como todo va tan rápido es bueno detenerse en los detalles. Mientras el parlamento de Cataluña (constituido con la legalidad española) proclamaba su deseo de desconectarse de España, como si construir un nuevo estado fuera como el milagro de la luz al darle al interruptor, hemos sabido que el hijo mayor de Jordi Pujol repartía entre los hermanos una barbaridad de dinero obtenido con las supuestas mordidas. Como en el Padrino, la familia es lo primero y ya verán como los delitos están prescritos. No nos engañan aunque nos toman por tontos, pero es evidente que la declaración independentista del 9 de noviembre era el primer plazo de las promesas hechas a la CUP a cambio de su apoyo, aunque la consecuencias de tanto desatino están por ver y no fueron valoradas ni por Mas ni por su socios.

           En la tercera pista del circo contamos con la actuación estelar de Mariano Rajoy. Tras avivar el anticatalanismo desde hace años, ha permanecido en el gobierno de brazos cruzados mientras las huestes independentistas se armaban ante su indiferencia. Ahora el presidente ha visto la ocasión de, sin tener que dar saltos mortales (que son muy fatigosos), mostrarse como el salvador y garante de la legalidad española. Ha sido sencillo, ha presentado un recurso ante el Tribunal Constitucional que obligatoriamente tenía que suspender la resolución independentista. Rajoy, en campaña, trata de convencernos de que, gracias a él, no pasará nada. Y es que, en realidad, nada va a pasar, de momento aún siendo grave lo sucedido. El proceso va a encallar, pese a mantener el desafío, porque no hay gobierno y porque sin legalidad que respalde la proclama independentista es imposible conseguir el reconocimiento internacional ya que Cataluña es parte de un estado democrático y no un país oprimido o devastado como Kosovo.

          Lo más preocupante es que en Cataluña la ciudadanía está dividida, los no independentistas han vivido en silencio durante años confiando en que el sarampión no iría a más, pero ahora esa parte silenciada tendrá que hablar tratando de ser tan protagonistas de su futuro como aquellos que tratan de enmudecerlos. Desde el plano político sería terrible que la irresponsabilidad de unos, el inmovilismo de otros y los intereses electorales de ambos destruyan la convivencia y levanten una frontera donde sólo debiera crecer la fraternidad.

 

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La niebla
María Antonia San Felipe 07-11-2015 | 10:06 | 0

Cuando estás entre la niebla es tan difícil atraparla con las manos como ver con claridad más allá de tus narices. El otoño trae nieblas y las elecciones también. Nos quedan, por tanto, algo más de cuarenta días de nebulosas. Algunos son verdaderos expertos en la producción de neblinas con el único objetivo, no confesado, de confundirnos. Ahora estamos envueltos por la niebla catalana. Los independentistas están afectados por un ataque de prisa como si la independencia fuera un problema de velocidad y no de normas internacionales. Forzando la maquinaria y sobre todo la legalidad no llega antes la madrugada, al contrario, vulnerando las reglas del juego pueden perder lo que quieren ganar, es decir, apoyo internacional. Hasta el lehendakari Urkullu ve un desatino la declaración unilateral de independencia. La presidenta del recién constituido parlamento catalán violentando el Reglamento de la Cámara no consigue sino deslegitimar su propia autoridad. Por otro lado, Artur Mas y Convergencia están atrapados en sus propias mentiras, además de enfangados hasta el cuello de corrupción. Tiene gracia que en esta materia han conseguido parecerse, como dos gotas de agua, al estado del que quieren separarse. ¡Qué cosas tiene la vida! Cataluña y España han producido tanto corruptos que necesitan además de una limpieza general unos líderes políticos con más altura moral que la mediocridad actual.

En realidad tanto Mas como Rajoy tienen los armarios llenos de vergonzosas renuncias al interés general y de grandiosos altares a sus egos personales y a su instinto de supervivencia. Por eso esta niebla densa de la independencia resulta vital para a un Mas necesitado de algún triunfo de tanta dimensión que pueda ocultar, a un tiempo, la basura que le rodea y su incapacidad como gestor público. Mas ha convertido el nacionalismo moderado de la burguesía catalana al independentismo radical que asusta ya a sus propios correligionarios antes de haberse materializado la declaración unilateral de soberanía que puede convertirse en el anuncio de su funeral político. Por otro lado a Rajoy, como se dice vulgarmente, le ha venido Dios a ver en la antesala electoral y va a sacar jugo de este dislate a poco que se lo proponga. No podemos olvidar que la negligencia de Rajoy respecto de Cataluña ha sido mano de santo para los secesionistas, su inacción ha sido una fábrica de independentistas. Además de invocar a la ley hay una vertiente política que él y su partido se han negado a abordar porque les daba votos en el resto de España. Los secesionistas rezan para que Rajoy utilice el artículo 155 de la Constitución, es decir, la suspensión de la autonomía, para envalentonar a los suyos. Es por tanto la hora de la inteligencia y de la unidad, pero también de la grandeza.

En las conversaciones con los líderes del resto de partidos Rajoy  ha obtenido un respaldo mayoritario de quienes aspiran a sustituirle, aunque no pueden otorgarle un cheque en blanco. El reto de los independentistas es el mayor problema institucional de los últimos lustros. El presidente sólo ha reaccionado in extremis, por eso Rajoy es parte del problema pero no de la solución. Sonando los clarines de la campaña va a ser difícil concretar un plan de acción en estos meses de interinidad gubernamental. Todos han declarado que este asunto quedará al margen de la batalla electoral, pero no es cierto. Una vez que la economía se ha visto languidecer en el segundo semestre y que la legislatura concluye conun paro desbocado y un empleo de baja calidad, el PP precisa recurrir a las nieblas intensas para atolondrarnos. A fecha de hoy, a Rajoy como a Mas, ya solo les quedan las banderas. Veremos a ver si alguno de los dos sobrevive al desafío de sus propios errores, aunque lo importante es que cuando despeje la niebla luzca el sol en toda España.

 

 

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La hora de la verdad
María Antonia San Felipe 31-10-2015 | 10:40 | 0

La hora de la verdad, ese momento clave en el que irremediablemente debes afrontar una situación, siempre llega y cuando lo hace suele ser de forma inoportuna. Lleva Mariano Rajoy varios años escondiendo la cabeza bajo el ala y de pronto, aunque se veía venir porque lo recogían sus programas electorales, los secesionistas catalanes han evidenciado que el presidente del gobierno no tiene ningún plan porque su única estrategia en estos cuatro años ha sido confiar en que el tiempo solucionara el gran problema político e institucional de España. El lunes Mariano Rajoy disolvió las cámaras y convocó elecciones, veinticuatro horas más tarde los independentistas catalanes han abierto en el parlamento de Cataluña un proceso que más que una provocación, como dice Rajoy, es un órdago evidente, no contra el gobierno interino sino contra el Estado.

Esta situación, quiera o no reconocerlo un Rajoy, que ha declarado en TVE que su máximo rival es él mismo, se convierte en una nueva torpeza suya en el suma y sigue. El secesionismo es ya uno de los grandes problemas de este país que él no ha querido afrontar y que tiene una gravedad máxima. El presidente parece vivir en un país distinto al nuestro, es ajeno a lo que pasa en la realidad española y catalana. Puede afirmarse que Rajoy emigró del país el día en que se convirtió en el lugarteniente de Merkel y tuvo que tragar con las ruedas de molino impuestas por Bruselas y el BCE. Se convenció a sí mismo de que el control del déficit y la estabilización de la prima de riesgo eran el antídoto contra todos los males de España. El balance no puede ser más demoledor: se han deteriorado los servicios públicos, se han perdido derechos laborales, ha crecido la desigualdad social, el pesimismo ante el futuro campa a sus anchas y la brecha con Cataluña amenaza con convertirse en frontera.

El presidente ha confiado su futuro a la economía, es la única carta que ha jugado. La ciudadanía no acaba de percibir la mejoría pero él se afana en mostrar imágenes de un mundo que no vemos. Sin embargo hay cosas que sí debía haber hecho y ha eludido. La primera no costaba dinero, sólo precisaba coraje para reconocer que su partido está envuelto en un gran escándalo de corrupción que no sólo lo debilita sino que perjudica la calidad de la democracia. La otra cuestión, que no ha querido abordar, es el problema de Cataluña. Aparentando ser más español que nadie, Rajoy ha jugado a tensar su relación con un Artur Mas, que ya estaba desnortado hace tiempo, y ambos se han hecho fuertes en su pública desavenencia. Ahora se aproxima el momento en que Rajoy debe salir del escondite, porque Artur Mas y sus socios ya lo han hecho. Los independentistas, incapaces de apoyar un gobierno propio, han optado por ahondar en la única pretensión que les une: la desconexión con España. Rajoy, con su torpeza habitual, repite lo de siempre: la ley está para cumplirse. De acuerdo, pero qué más hará que quizá ya debió hacer antes. Ahora que el problema es de todos, pide unidad y, es evidente que hay que  secundar medidas de emergencia unánimes. Pero no es un detalle menor que fuera el líder del PSOE, Pedro Sánchez, quien rompiera la primera lanza hacia el consenso telefoneando el primero a Rajoy en una situación tan grave.

Yo empiezo a pensar que Rajoy, además de vivir ausente de la realidad española y catalana, probablemente también es un cenizo porque sólo así se explica que este desafío le haya explotado entre las manos. En un momento tan complicado sigue, sin embargo, haciendo campaña electoral y se presenta ante los españoles afirmando que, mientras él sea presidente, España no se romperá (¡menuda garantía!), cuando es la primera vez que objetivamente puede ocurrir. Los secesionistas sólo pueden mantener su unidad con el desafío al Estado, porque es lo único en lo que están de acuerdo y no hay duda de que prefieren en España un presidente como Rajoy que saca pecho, se hace el valiente para conseguir voto españolista, pero que no tiene más plan que salvarse a sí mismo. Este reto es el exitoso broche final que nos ofrece para cerrar tan aciaga legislatura. En fin, que ahora tenemos un problema bastante más grave que el déficit pero no tan lacerante como la pobreza.

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Cenicienta
María Antonia San Felipe 03-10-2015 | 9:11 | 0

Rodeados de seguidores, entre música, aplausos y cava festejaron su triunfo Artur Mas y sus socios. Grandes sonrisas adornaban los rostros aunque, en realidad, el escenario se movía bajo sus pies. Mientras Oriol Junqueras miraba hacia el horizonte en el que resplandecía una superluna y Romeva hablaba a la multitud, Artur Mas tuvo un pálpito que le hizo mostrar una sonrisa gélida con el regusto amargo de quien se sabe atrapado. Lo suyo es mucho peor que lo del cuento de Cenicienta, todavía no habían sonado las doce campanadas del baile cuando el encantamiento se deshizo. Los diputados de la CUP, cuyos votos son necesarios para conducir la carroza que le podría trasladar de nuevo al palacio de la plaza de san Jaume, anunciaron que no votarían a Artur Mas para presidente, con lo cual, antes de amanecer, se produjo el eclipse y él se descubrió abrazado a una gigantesca calabaza.

Los de la CUP son, según dicen, radicales antieuropeístas y anticapitalistas, pero se han mostrado más coherentes que Mas y sus socios. Según sus propias palabras, no piensan votar a un corrupto y recortador de derechos ni sumarse a una declaración unilateral de independencia simplemente porque no han superado el 50% de los votos del supuesto plebiscito. Así que ya vemos cómo las urnas han conseguido que las quimeras se conviertan en incertidumbres y los éxitos en derrotas. Dentro de nada y, si no, al tiempo, en las filas de Juntos por el Sí comenzará el fraccionamiento de las diversas tendencias y los diputados, que no pertenecen a un único partido, veremos a ver por dónde salen a la hora de elegir presidente.

Es evidente que Artur Mas apostó fuerte y a una carta y no parece que, pese al indiscutible triunfo electoral, el objetivo secesionista, el plebiscito que plantearon, se haya visto culminado por el éxito. Ante un órdago de estas características y tras esconderse en una lista electoral “ciudadana” como si no tuviera pasado político ni estuviera rodeado por episodios de corrupción, la coherencia personal debiera imponerse. Políticamente está muerto, aunque él no lo sepa. Mas ha perdido la apuesta y punto. Además ni ha sido el presidente de todos los catalanes ni está capacitado para unir la fractura social que sus políticas han propiciado. El problema es que ni en España ni en Cataluña, ni en Cataluña ni en España se practica la dimisión, lo único que podría redimir tan ampulosos errores. Parece que dimitir estuviera prohibido por la ley y ello es así porque imperan los caraduras y los vividores. Es buen ejemplo de lo contrario lo que, con singular elegancia, hizo el líder secesionista escocés Alex Salmond que dimitió inmediatamente de conocer el resultado negativo del referéndum por la independencia de Escocia y eso que él no cargaba a la espalda con tantas vergüenzas públicas.

Por su parte, Rajoy, que dirige un programa de humor desde la Moncloa, sigue empeñado en ilustrarnos de la complejidad del problema con la sesuda afirmación de que “un vaso es un vaso y un plato es un plato”, como si fuéramos idiotas y no supiéramos distinguir entre un elefante y un pollo o entre un tonto y un líder. En fin, que ahí sigue impertérrito, como si no hubiera pasado nada y aunque ya sabemos que un 48% no es un 50, ni mucho menos un 52%, sí sabemos que son más de 2 millones de personas y que a lo mejor ha llegado el momento de convencer, al menos a una parte importante, de que queremos que se queden en España antes que, tratando de conseguir votos en las elecciones generales, se propicie un incremento mayor del independentismo. Creo que Rajoy, criminalizando a Mas, es decir, victimizándolo y escondiéndose, negando su estruendoso fracaso en Cataluña, no va a mejorar su imagen  ni a reflotar su partido. Ya sabemos todos que un líder es un líder y un ciego es un ciego, aunque de momento, sumando al de España y al de Cataluña hemos conseguido tener dos invidentes.

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.