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Política

Demasiados hipócritas
María Antonia San Felipe 26-11-2016 | 8:15 | 0

Cuando Miguel de Unamuno murió, el último día del año 1936, José Ortega y Gasset estaba en el exilio, en París. Al enterarse del fallecimiento del hombre con el que había mantenido interminables polémicas filosóficas escribió en La Nación que desconociendo las razones médicas estaba seguro de que había muerto de “mal de España”. Al conocer la muerte de Rita Barberá lo he recordado y he presentido que a ella le aquejaba una dolencia parecida. Ha sido víctima de un mal que no se investiga en laboratorios ni se combate con fármacos. Rita Barberá, durante años buque insignia del PP, ha sucumbido al “mal del partido”, se trata de un potente virus que se alimenta de decepciones y al que engordan los desengaños. El factor humano es una variable que rara vez se tiene en cuenta en los análisis políticos pero no olvidemos que son fundamentales a la hora de comprender a las organizaciones humanas.
            No hay que ser un lince para adivinar que, entre los asuntos que habían quebrado el ánimo de Rita Barberá, el menor era su declaración ante el Supremo acusada de blanqueo de capitales para financiar, presuntamente, al PP. No hay dudas de que el puñal en el corazón se lo clavó su propio partido precipitando el inesperado desenlace. Si Rita es culpable o no, lo dirán los tribunales pero su forzoso silencio cierra las posibilidades de la investigación y protege a los beneficiados por el tinglado económico que son los mismos que terminaron negándole el saludo para salvarse.
            No es éste un elogio de Rita Barberá, no gozaba de mis simpatías políticas, la he criticado abiertamente pero, desde el respeto hacia la persona, es fácil imaginar las causas de su declive y el origen de sus pesares. Lo que mató a Rita no fueron las críticas de los adversarios sino la actitud de sus presuntos compañeros. No hay peor cuña que la de la propia madera. El momento crucial fue el 14 de septiembre cuando el PP le pidió que devolviera su carnet tras cuarenta años de militancia y quedó como una apestada en el Grupo Mixto del Senado. Se lo exigieron los favorecidos por un tejemaneje orgánico urdido para conseguir el mayor poder posible en toda España y ello incluye a Mariano Rajoy que, gracias a ella, ganó el congreso de Valencia.
              Cuando el pasado martes Rita apoyó su cabeza sobre la almohada de la tristeza y el desengaño en un hotel de Madrid, toda su vida política transcurrió ante sus ojos como una tragedia. Gran parte de la película la llenaban los aplausos, las adulaciones, la plaza de Valencia repleta y ella compartiendo escenario con Aznar, Rajoy, Camps y otros figurantes de primera fila, todos ellos miembros de la misma trama. Recordando  momentos felices se le heló el alma cuando en su cabeza retumbó el silencio de quienes hoy la rehúyen despreciándola. Presagiando su fatal destino sintió el martilleo incesante de las despectivas palabras del portavoz del PP, Pablo Casado, declarando sin pestañear, que nada debe decir de quien ya no pertenecía al PP. También recordaría a Javier Maroto y a tantos otros que hoy triunfan en su partido escudados en la hipocresía y olvidando que se cobraban sobresueldos ocultando la verdad.
             La ausencia de ética en el PP es inconmensurable. Campeones del disimulo, con espaldas anchas y conciencia estrecha, ahora que la difunta está de cuerpo presente culpan a otros y fingen estar consternados mientras se sienten a salvo sabiendo que Rita guarda silencio para siempre. Predicar una cosa y practicar la contraria es síntoma de total ausencia de principios. Nadar en la mentira tiene beneficios pero este cadáver ha puesto en evidencia la clase de personas de las que hablamos. La muerte de Rita es su venganza, una bofetada en sus conciencias. Son muchos los ciudadanos que sentimos náusea ante una forma de ejercer el poder tan deplorable que resulta urgente erradicarla para siempre. Insisto, no es un alegato a favor de Rita, es solamente un grito sincero pidiendo regenerar la política evitando reciclar la basura.

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El laberinto
María Antonia San Felipe 20-09-2014 | 9:51 | 0

Cuentan que en la antigua Creta, la tierra del rey Minos, el arquitecto Dédalo construyó un laberinto para encerrar a Minotauro e impedir que pudiera salir de él. Hoy bien podemos afirmar que el ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón vaga cabizbajo y abatido por los pasillos interminables del laberinto sin encontrar la salida al embrollo de su proyecto de ley del aborto que pretendía transportarnos medio siglo atrás. No hay constancia de si en este lío se introdujo él solito o lo metió el presidente Mariano Rajoy. Tampoco sabemos si Gallardón es Dédalo construyendo su propio fracaso o, quizás, representa el papel del repudiado Minotauro, aunque también puede ocurrir que esté triste viéndose a sí mismo como si fuera el toro de la Vega al que las lanzadas se las disparan sus ingratos compañeros de partido.

Dice el refrán español que el tiempo pone a cada uno en su lugar, eso le está ocurriendo al pobre Alberto. Tras endeudar el Ayuntamiento de Madrid hasta el límite de la ruina, se lo dejó como herencia a Ana Botella para convertirse en ministro de Justicia y por tanto, Notario Mayor del Reino. Este es un título muy bonito porque ahora él mismo puede dar fe de su propio declive. La más que probable defunción de su proyecto de ley del aborto pone de manifiesto una vez más la hipocresía que se practica en política y la ausencia total de principios que se derrumban ante las encuestas de opinión.

Mariano Rajoy tras incumplir el grueso de su programa electoral y traicionar a quienes creyeron en él, encargó a Gallardón la elaboración de una nueva ley del aborto para derogar la vigente cuya aplicación no había supuesto ningún rechazo social. Queriendo complacer a una parte de sus votantes defraudados decidieron cumplir al menos una de sus promesas. Así nació un texto que no sólo es retrógrado, sino que contradice la mayoría de las legislaciones al respecto de la Unión Europea al pretender criminalizar a las mujeres. Es decir, el proyecto nació de un cálculo electoral y, por igual motivo, parece que va a ser aparcado porque las encuestas demuestran que a la sangría de votos que se produjo en las elecciones europeas puede sumarse la pérdida de los votantes más moderados. Para un ministro que en tono solemne ha manifestado que “probablemente lo más progresista que yo haya hecho en mi vida política es defender el derecho a la vida”, tener que comerse ahora su proyecto de ley, le deja pocas salidas dignas. Él ha apelado a una cuestión de conciencia, de principios morales y los principios, si son tales, no son de quita y pon. Por tanto, la única salida que le queda si quiere ser coherente consigo mismo es la dimisión.

El gobierno tampoco queda bien parado. En esta contradicción traiciona sus supuestos valores inmutables de los que se enorgullecía hace unos meses temiendo perder un puñado de votos y ahora renuncia para favorecer la elección de sus alcaldes y presidentes. El ministro Gallardón, que sigue deambulando por el laberinto, para ganar tiempo buscando la salida, ha declarado que ahora lo importante es frenar el referéndum catalán interponiendo el correspondiente recurso ante el constitucional. No es la primera vez que amaga con irse aunque al final siempre se queda. Presiento que alegando el bien de España, una vez más, se tragará los principios, se confesará por mentir y aquí paz y después gloria. Podemos concluir que desde que la nobleza del ejercicio político se sometió al imperio de las encuestas de intención de voto la degradación del sistema se ha precipitado. Actualmente un gobierno puede defender una cosa y la contraria sin que pase nada. Seamos claros, hoy por hoy, todos somos víctimas y cómplices de la situación actual, aunque también es evidente que sólo nosotros podemos cambiarla. El reto es engañar al Minotauro y vencerlo como Teseo.

 

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Más pronto que tarde
María Antonia San Felipe 26-01-2013 | 12:12 | 0

El año pasado concluyó con una nebulosa de tristeza en el ánimo de la ciudadanía y 2013 ha comenzado con la insufrible constatación de que la hidra de la corrupción extiende sus garras hasta lo más profundo de nuestro sistema institucional y de representación política. El estallido del caso Bárcenas evidenciando que el tesorero del PP ha amasado, a la sombra del poder, una inmensa fortuna evadida fiscalmente en Suiza y las islas Bermudas, unido al presunto reparto de sobresueldos en dinero negro entre la cúpula dirigente del partido que, por otro lado, ya cobraba generosos sueldos del erario público está resultando un ciclón que amenaza con arrasar la poca credibilidad que quedaba de la clase política. Es cierto que cualquier generalización de una conducta delictiva y deshonesta entre la totalidad de las personas que se dedican a la política en España es injusta porque también hay gente altruista y trabajadora pero no es de extrañar que ante este desolador e indigno panorama muchos piensen que la mayoría están o han estado en política para forrarse.  

No es necesario realizar una encuesta para saber que una amplísima mayoría de ciudadanos considera que el clima de corrupción en España resulta irrespirable y la pestilencia es tal que exaspera, proliferan chistes y chirigotas y el enfado es de tal calibre que asusta pensar donde puede parar este clima de enfado social generalizado. Muchos empezamos a creer que mientras se fraguaba la crisis en vez de promover reformas que diversificaran nuestro sistema productivo o impulsar nuevos proyectos de investigación tecnológica e industrial, un selecto puñado de la élite política se dedicaba a realizar obras desmesuradas en su tamaño y en su utilidad con la única misión de cobrar comisiones ilegales inflando presupuestos o incrementándolos con modificados escasamente justificados. De igual manera se adjudicaban concesiones de servicios públicos, previo paso por taquilla, o se creaban múltiples organismos que ahora es preciso suprimir, para colocar a amigos, primos, afiliados de confianza y demás familia como con diligencia ha hecho José Luis Baltar, presidente de la Diputación de Orense. 

A mi modo de ver, limitarnos a constatar lo que resulta una obviedad no es suficiente, es necesario reclamar reformas urgentes si queremos salvar y regenerar nuestro sistema democrático. Los políticos honrados que están en los partidos políticos afectados por la corrupción debieran ser los primeros en unirse al pueblo que dicen representar y exigir cuanto antes cambios profundos. Es cierto que algunos de ellos puede que pierdan su empleo si se introducen nuevas reglas en el juego democrático, pero entiendo que la política no debe ser un oficio al que alguien acude a temprana edad con la intención de jubilarse en él porque la vocación de servicio a veces queda cercenada por la rutina y el apoltronamiento. Es un honor ser representante público y por ello esa dignidad debe rotar a juicio de los méritos que señale no el partido sino el elector. Yo, que en mi otra vida me dediqué a la política, comprendo las reticencias de los partidos a cambiar sus estructuras pero estoy convencida de que el momento de adoptar medidas es éste ya que el clamor ciudadano es atronador. No es la primera vez, pero hoy más que nunca me uno a quienes piden: cambiar la ley de financiación de los partidos políticos que recibiendo dinero del erario público deben ser auditados no por un Tribunal de Cuentas compuesto por expolíticos y pactado por ellos, sino por auditores independientes que no estén pendientes de adjudicaciones públicas, ahí están, los funcionarios de la inspección de Hacienda. Debe cambiarse la ley electoral, listas abiertas y electos que rindan cuentas a sus electores, limitación de mandatos para frenar la tentación de crear redes clientelares, elección directa de alcaldes, supresión de las diputaciones… y por supuesto, el que la hace la paga. En definitiva, o los políticos y sus partidos cambian escuchando lo que dice la calle o, sin duda, las calles los cambiarán a ellos más pronto que tarde.

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Política
María Antonia San Felipe 12-10-2012 | 7:04 | 2

En este clima de tristeza ambiental que invade nuestros pueblos y ciudades propuse la semana pasada crear  el Club de los Ciudadanos Descreídos que pese a tanto desatino creen que España tiene futuro. Esta semana tras conocer la encuesta del CIS que sitúa a la clase política como tercera preocupación de los españoles creo que urge fundarlo y comenzar tomar medidas, ya que el traje democrático que nos dimos los españoles cuando se aprobó la Constitución de 1978 cruje por todas sus costuras después de tanto manoseo.

Yo no creo que la gente haya dado la espalda a la política, la mayoría sabe que la política es el único contrapeso posible que puede limitar legítimamente la dictadura injusta y sin corazón del poder económico que hoy por hoy triunfa sobre el poder político hasta llegar a someterlo, por la incapacidad y los titubeos de los que debieran protegernos de los abusos y extralimitaciones de los que jamás rinden cuentas. Por otro lado la mayoría de los ciudadanos no ha dado la espalda al sistema democrático, sabe que otro camino sólo lleva a la imposición de mordazas y a supresión de las libertades. Por tanto, muy al contrario de lo que muchos sostienen, la gente no ha huido de la política sino de unos políticos que creen que no les representan porque además de mentirles reiteradamente no entienden la naturaleza de sus problemas ni la materia de sus anhelos vitales.

Estoy convencida de que muchos ciudadanos lo que añoran es otra forma de ejercer la política y una clase de políticos que estén más atentos a la búsqueda de soluciones que al desprestigio, casi siempre inútil, del adversario. La mayoría de los ciudadanos están viviendo situaciones límites, se encuentran inmersos en una incertidumbre creciente, en los centros de trabajo la presión es enorme por múltiples causas, despidos, estrés, condiciones laborales adversas incrementadas por los crecientes impagos,  retraso en el pago de nóminas, desempleo, filas inmensas en la cola del INEM, pérdida de prestaciones y en muchos casos se vive en un enorme desamparo y en el límite de la exclusión social. El ciudadano lo único que ve a su alrededor es un enorme incendio y la columna de humo es tan grande que parece que ha estallado la bomba de Hiroshima y en vez de ver a sus representantes acudir corriendo con una manguera a minimizar el siniestro, observan atónitos como agarran la manguera se levantan los cascos y se ponen a discutir como locos sobre el origen del incendio, la cantidad de agua de la cisterna, la conveniencia de esperar a los bomberos del pueblo de al lado o sobre quién debe dar la orden de abrir la válvula para activar la manguera y mientras los dueños de la instalación, es decir, nosotros, el pueblo soberano vemos que si la situación se prolonga no quedara ni rastro de nuestro suelo patrio para recuperar el futuro.

Nos están dejando sin esperanza y por si fuera poco, en un enorme ejercicio de cinismo estos días, de forma colegiada y corporativista, la mayoría de la clase política se ha escandalizado porque un juez ha decidido dos cosas: no encausar a los convocantes de una protesta frente al Congreso de los Diputados y constatar que la clase política tiene un tufillo decadente que apesta. Pues bien, se  han molestado porque les han dado una bofetada en su mandíbula de cristal, ellos que tan esforzadamente dicen trabajar por nosotros creen que no les comprendemos cuándo su trabajo consiste en que ellos nos entiendan a nosotros. No pueden soportar que se proteste libremente en las calles porque confunden el legítimo derecho de manifestación con un golpe de estado. Casi nada. Yo creo que en vez de rasgarse las vestiduras lo que debieran hacer es remangarse, ponerse ropa de trabajo, sujetar la manguera y apagar el incendio. Cuando lo hayan sofocado prometemos aplaudirles. Nosotros sí cumpliremos nuestra promesa.

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.